Chapter Text
—Yo lo haré.
Enji se paró en seco, con los dedos cerrándose en un puño a su costado, y no se dio la vuelta.
Shouto se paró en seco también, sentía como sus propios ojos se abrían aún más por la conmoción ante las palabras que salieron de su boca, ante el hecho de que se haya atrevido a levantarse, a seguir a su padre fuera de la habitación y a apresurarse tras él solo para decirle que... ¿que lo haría? ¿Que él lo haría? Él. Shouto Todoroki. Él lo...
Enji se giró al fin y lo fijó con una expresión llena de tal desdén que tuvo que esforzarse por mantener la barbilla alzada.
—Tú te casarás con el Rey Bárbaro.
Shouto pestañeó.
—Sí.
Enji ladró una sola risa, fría, penetrante y amarga.
Shouto tragó saliva.
—¿Quién te crees que es la persona más indicada para hacer de agente doble en una nación de salvajes belicistas? ¿Fuyumi —arrastró el nombre haciendo que sonara tan ridículo como se sentía él en ese momento—... o yo?
Enji volvió a trasladar el peso sobre los talones y se cruzó de brazos. Shouto se sentía diminuto de pie enfrente de él. Siempre se sentía diminuto cuando Enji lo miraba desde arriba, por encima de su barba, tal como estaba haciendo ahora. Pese a que Shouto ya no era un niño y era apenas varios centímetros más bajo que su padre, cosa que, dentro de lo que cabe, hacía de él un hombre relativamente alto. Aun así, carecía de los hombros anchos de Enji, de sus gruesos brazos y desmesurado ego.
—¿Y qué te hace pensar que voy a acceder? —Ahora la voz de Enji sonaba entretenida; le puso los pelos de punta.
Shouto se limitó a volver la vista hacia Enji con la mayor calma posible y decir:
—Esa gente valora la fuerza por encima de cualquier otra cosa, ¿no es así?
—Sí.
—¿Cuál es entonces el botín más apetecible? El mundo entero sabe que, para ti, el valor de Fuyumi se reduce al de la persona con la que la puedas casar. Natsuo es tu heredero. Y yo soy —le daba vueltas la cabeza—... tu mayor orgullo. Tu mayor decepción.
Dio un paso hacia atrás y alzó las manos con las palmas hacia arriba, los codos doblados a la altura de la cintura. En la izquierda, conjuró una diminuta llama naranja; en la derecha, invocó una nubecilla de escarcha.
El rostro de Enji de ensombreció, pasó de entretenimiento a seria consideración.
—Ofrécele tu inútil, casi sin poder alguno, hija —susurró Shouto; odiaba cada una de las palabras que pronunciaba y odiaba aún más tener que pronunciarlas—... y se reirá en tu cara.
—¿Y si la prefiere a ella? —preguntó Enji, esta vez pensativo.
Shouto tragó saliva, la adrenalina le corrió por las venas cuando se dio cuenta de que esto estaba surtiendo efecto y que era su pescuezo el que estaba en juego ahora. Dejó caer los brazos a los costados.
—Un hombre como él no preferiría una figura política a un guerrero. Tiene mujeres propias en su nación. Y dudo mucho que... —añadió Shouto. Sentía como se le helaba la sangre ante la comprensión de lo que estaba insinuando su padre, de lo que significaba todo esto para él.
—¿Te crees guerrero, muchacho? —lo interrumpió Enji.
—Sí. —Shouto entrecerró los ojos.
—Porque parece que acabas de ofrecerte para hacer de puta.
Shouto apretó la mandíbula y sintió como le chirriaban los dientes, pero consiguió guardar silencio. Enji se limitó a observarlo, con expresión ufana y entretenida otra vez, deleitándose en la chisporroteante furia de Shouto. A Enji nunca le llevaba mucho tiempo sacar a la luz ese sentimiento. Impotencia e indefensión y puro odio.
—Si mandas a Fuyumi, si siquiera logras que él la acepte, ella morirá —dijo Shouto finalmente. En cierta manera, se la estaba jugando; Shouto no estaba seguro de que debiera revelar los motivos verdaderos por los que se ofrecía a ir en lugar de su hermana. Era casi igual de probable que, si lo hiciera, Enji la mandara solo para fastidiarlo. Sin embargo, si fuera verdad que Enji toleraba a alguno de sus descendientes más que a otros, esa sería Fuyumi—. La pillarán, la ejecutarán y tú tendrás otra guerra entre manos.
Una sombra se asentó en el ceño de Enji.
—¿Cuándo ha contado ella una falsedad? —preguntó Shouto—. Mándasela y toda su vida se convertirá en una gran mentira. Flaqueará. Sabes que lo hará. No tiene lo que hace falta para engañar.
—Ah, pero tú sí que lo tienes, ¿no es así, muchacho? —siseó Enji con un ceño fruncido insoportable y burlón.
Shouto entrecerró los ojos y levantó la barbilla. Logró parecer lo más insolente posible y, aun así, retener una postura perfecta y una expresión neutral.
—¿Y si te pillan a ti? —preguntó Enji al final, y Shouto comprendió por qué fue que escogió a Fuyumi. De los tres herederos al trono de Enji, su hermana era la más prescindible: no era ni la heredera ni la más fuerte.
Shouto se alejó otro paso de Enji y alzó las manos de nuevo. Unas llamas surgieron de la izquierda y, sin previo aviso, estallaron en un pilar de fuego tan alto que alcanzó el techo, mientras que de la derecha brotó hielo en una serie de lanzas que agrietaron el muro de piedra a su lado.
Enji se protegió la cara con un brazo y frunció el ceño mientras Shouto sacudía ambas manos y guardaba la magia.
Enji lo miró fijamente; Shouto podía ver los engranajes de su mente girando y cogiendo velocidad.
Y entonces dijo:
—De acuerdo.
Dio media vuelta sin decir más y se fue. Shouto esperó a que Enji desapareciera tras la esquina al final del pasillo para apoyarse contra la pared, exhausto, con el corazón latiendo desbocado y las palmas sudorosas. ¿Dónde se había metido? ¿Qué es lo que accedió a hacer? A... a espiar contra el hombre más peligroso en este rincón del mundo, introducirse en su corte y hasta en su cama ... eso... no. Shouto no lo haría, simplemente se negaría y que la suerte acompañe a quien intente obligarlo, pero...
Sacudió la cabeza y se irguió de nuevo. Iba a hacerlo porque no había otra, porque no le había mentido a Enji.
Si iba Fuyumi, ella moriría.
Shouto no podía perder a otro hermano. No otra vez. Con uno ya fue suficiente.
Cuando volvió a la sala de estar, Fuyumi y Natsuo se aferraban el uno al otro en silencio; estaban temblando. Ambos levantaron la vista hacia Shouto cuando este entró. La esperanza en sus rostros era tan evidente que compensaba por la repugnancia y el miedo y la furia que se arremolinaban en su pecho.
Miró a Fuyumi a los ojos y dijo:
—No vas a ir.
Los ojos de Fuyumi se abrieron desmesuradamente y empezó a sollozar.
—¿Has conseguido que cambiara de opinión? ¿No tendrá que ir? —preguntó Natsuo, incrédulo.
Shouto negó con la cabeza.
—Ella no va a ir —repitió. Quería dejarlo ahí, pero, por supuesto, no podía hacerlo. Por supuesto que merecían saberlo—. Voy yo.
Fuyumi levantó la mirada hacia él, tan estupefacta que se calló al momento.
Natsuo se tambaleó, se alejó de Shouto con ojos desorbitados y la boca entreabierta.
—Shouto —susurró Fuyumi llevándose las manos a la boca.
—Estaré bien —se apresuró a decir Shouto—. Para mí es menos peligroso —añadió mientras le dirigía una mirada incisiva a Fuyumi.
—Ninguno de vosotros debería ir —dijo Natsuo con determinación, pero eso fue lo único que dijo.
Los tres sabían que una vez Enji tomaba una decisión, no había manera de hacerle cambiar de opinión. Alguien iba a infiltrarse sí o sí en el círculo íntimo de la corte bárbara bajo la excusa de un matrimonio.
Shouto era la única esperanza de Fuyumi.
*
En lo que respecta a fiestas nupciales, la presente era un evento muy austero. Enji negoció para que la ceremonia se celebrase en la frontera entre ambos reinos, el lugar en que los lozanos y ondulantes campos verdes pertenecientes al hogar de Shouto colisionaban con el terreno rocoso y quebrado de las Tierras Altas.
Ambos grupos se encontraban cara a cara. A un lado, todos los Todoroki permanecían sentados sobre caballos blancos en una imagen de resplandeciente realeza; una fila de nobles y consejeros bien vestidos detrás de ellos y otras tres filas de ellos. En el lado contrario, había un grupo de bárbaros en continuo movimiento; algunos a caballo, otros no, todos ellos observaban con recelo la organizada formación de los Todoroki.
No es que Shouto pudiera distinguir a cada individuo, pero notó la manera en que estaban vestidos. Portaban varios estilos diferentes de vestimenta bárbara, con diversos tipos de ornamentación. Eso era de esperar, supuso Shouto. El verdadero peligro del Rey Bárbaro —Katsuki Bakugou— residía en la manera en que unificó las tribus: buscando, retando y venciendo a cada uno de los líderes tribales, uno a uno, hasta someter bajo su control la totalidad de las Tierras Altas. Antes de eso, nunca supuso una verdadera amenaza para Enji ni su reinado.
Pero ahora. Ahora corrían rumores de que el Rey Bárbaro quería volver su ambición hacia el este, que quería demostrar a todo el mundo que podía conquistar más que una seria de tribus altígenas aisladas.
Han estado esperando durante mucho más tiempo de lo normal. Shouto estaba empezando a pensar que quizá, solo quizá, el Rey Bárbaro ha decidido que prefería declarar la guerra antes que casarse con el príncipe Shouto.
Sin embargo, la suerte no estaba de su parte ese día.
Una inesperada sombra oscureció el cielo y Shouto alzó la vista reflexivamente.
La mandíbula se le desencajó sola. A su lado, Fuyumi jadeó sorprendida y el caballo de Natsuo se sobresaltó.
Por supuesto que escucharon que el rey Katsuki Bakugou tenía un dragón, pero no es como si Shouto hubiera creído que era verdad.
La bestia era enorme y de un rojo tan intenso que casi dolía mirarla. Una fuerte ráfaga de viento los alborotó a todos cuando batió las alas para iniciar un lento y cuidadoso descenso entre los dos grupos reunidos. Todos los bárbaros vitoreaban y gritaban y silbaban y, en general, hacían el imbécil. Los soldados y la nobleza del lado de Shouto se estaban mirando entre ellos en busca de indicaciones, con el miedo y la inseguridad dibujados en los rostros; solo permanecieron inmóviles porque lo estaba Enji.
El dragón aterrizó, bajó la cabeza al suelo y reveló a un hombre encaramado a un lugar en su cuello. El hombre se apeó de la bestia y aterrizó de cuclillas con agilidad. Se irguió y palmeó la cabeza del dragón, como si fuera algún tipo de perro leal. El dragón se quedó ahí, con los ojos clavados en la familia real, y no se movió.
Y entonces el Rey Bárbaro alzó la vista y Shouto sintió esa mirada en sus mismos huesos.
Arrastró la vista por Enji con tal desdén que Shouto lo podía divisar hasta desde donde estaba. El rey Katsuki no despegó la vista de él mientras se sacudía el polvo de la ropa, se ponía recto y marchaba hacia el grupo real.
Shouto tuvo que esforzarse para no mirarlo de hito en hito. Por lo que podía ver, no estaba armado, apenas estaba vestido. Llevaba pantalones de cuero remetidos en botas sólidas e iba con el torso completamente descubierto, cosa que, por alguna razón, le subió a Shouto un calor inusual a las mejillas. Alrededor del cuello llevaba collares con cuentas, tenía tatuajes negros en los musculosos brazos y una capa roja con ribete de pelaje blanco echada sobre los hombros. Ondeaba en el viento detrás de él mientras caminaba cual cazador tras presa hacia los Todoroki, cada paso pesado e intimidante.
Shouto lo sabía. Le habían dicho que el Rey Bárbaro era joven, que solo le llevaba unos años a Shouto. Pero, aun así, eso no le preparó para… No esperaba una apariencia... agradable, en cierto sentido, pero lo era. Su cabello rubio y despeinado poseía un vivo lustre, y hasta con el ceño fruncido, su rostro seguía teniendo un algo...
Shouto alzó la barbilla y tragó saliva.
Hubo un largo y tenso momento de silencio cuando el rey Katsuki los alcanzó. Se paró enfrente del caballo de Enji, lo miró de la cabeza a los pies y, entonces, se volvió casi de forma despectiva. Un murmullo atónito recorrió la corte de Enji, pero Shouto no pudo evitar las chispas de satisfacción que le causó.
Eso quedó en el olvido, sin embargo, cuando el Rey Bárbaro se volvió hacia Natsuo y apuntó con el dedo.
—Uno.
Caminó a lo largo de la fila hasta que llegó hasta Fuyumi.
—Dos.
Fuyumi se ruborizó detrás de su abanico y el Rey Bárbaro avanzó varios pasos más hasta detenerse, de forma deliberada, enfrente de la montura de Shouto.
—Tres.
Shouto no pudo evitarlo. Sintió como se le inflaban las aletas de la nariz con un bufido y como se le arrugaba la nariz de desagrado mientras el Rey Bárbaro le sonreía desde el suelo, con los ojos entrecerrados, desafiantes y malhumorados.
Y luego dijo, alto, para que su voz alcanzase a su gente, al otro lado de la brecha:
—Vaya, desde luego que en pintas eres toda una novia.
Las mejillas de Shouto ardían. Tuvo que haberse puesto tieso de pura furia, porque su yegua se asustó un poco y tuvo que tirar de las riendas para calmarla. Shouto no dijo nada. Se suponía que no tendría que decir nada. Esto tenía que haber sido poco más que una negociación. Los términos que ya se acordaron de antemano se repetirían en un ambiente más privado por Enji y este rey y, entonces, se celebraría la boda. Habría una cantidad suficiente de celebración falsa y, después, los bárbaros se llevarían a Shouto y se irían.
Así era como se hacían las cosas.
Nada iba como debía.
—Baja de ahí.
Shouto lo miró sin pestañear y luego, porque de verdad que no tenía ni idea de qué debería hacer en esta situación, se volvió hacia su padre. Enji tenía los ojos entornados, pero, después de un breve momento de vacilación, asintió con la cabeza.
Shouto desmontó con su manto, de un azul real, cayendo en abanico detrás de él. Lo vistieron con su mejor atavío formal, todo rojos y azules y ribeteado en oro. No se acordaba de haber ido tan engalanado en su vida. Se sentía, noción incómoda, como un cerdo vestido para la cena, como si sus suaves sedas lo estuvieran confinando.
No hizo ningún gesto de deferencia a este rey. Sabía que, técnicamente, debía hacerlo, pero ni siquiera consiguió obligarse a inclinar la cabeza. Era como mínimo una cabeza más alto que el Rey Bárbaro. Eso era increíblemente satisfactorio.
El Rey Bárbaro lo miró de arriba abajo como quien inspecciona una montura regalada —Shouto quería gritar— y entonces dijo:
—Un pajarito me ha dicho que sabes luchar.
Shouto lo miró de golpe, no consiguió evitar que se le reflejara la sorpresa en la cara.
—Yo pensé que era todo una inventada —dijo con una voz como grava en los oídos de Shouto—. Un niño bonito como tú... —se burló—. Apuesto que ni siquiera sabes qué hacer con una espada.
Shouto sintió como una mueca empezaba a tirarle del labio superior y le costó trabajo mantener a raya su ceño fruncido.
—¿Tiene intención de enviarme al frente, mi señor? —preguntó en voz baja.
La pregunta era bastante inofensiva, pero Shouto cargó su tono con toda la sutil insolencia que su padre nunca ha conseguido quitarle ni a palos. Si Enji lo hubiera oído, es probable que el manifiesto desdén de Shouto le hubiera avivado el temperamento, pero Shouto estaba bastante seguro de que hablaban lo suficientemente bajo para que solo Fuyumi pudiera oírlos. Fuyumi hizo una mueca.
El rey Katsuki se limitó a poner mala cara.
—Para qué, ¿para poder enterrarte después?
Shouto tragó saliva, pensó en Fuyumi y consiguió apaciguar su crepitante cólera.
—¿Quién te ha decorado la cara?
Shouto se tensó de pies a cabeza, su ira alcanzó niveles que hasta él sabía que eran peligrosos.
El rey torció otro gesto maleducado y asqueado y dijo muy bajito:
—Ah, ya veo. Te manda a ti, porque nadie más quiere un segundo heredero desfigurado con media cara reventada, ¿verdad? Si me traen una puta de sangre real, ¿no debería ser al menos guapa?
Le tocó el cabello al decirlo: alargó la mano y dio un capirotazo al flequillo que se dejó largo para cubrirse el ojo izquierdo. Ante el gesto familiar y burlón, Shouto perdió los estribos.
Su fuego se inflamó tan rápido y tan caliente que su yegua retrocedió y su atuendo ardió en llamas. El rey prácticamente voló en su prisa por alejarse de él, tan rápido que a Shouto le dio vueltas la cabeza, pero a Shouto le daba igual, Shouto iba a matarlo ahí mismo...
El rey rompió a reír. Después de esquivar la llamarada inicial, simplemente se quedó de pie, en perfecta inmovilidad, riéndose por lo bajo y...
Shouto volvió en sí, jadeando, y logró devolver su magia a las manos, en vez de dejar que las llamas suban por su brazo como antes. Y, después, se dio cuenta de que todos los de su lado estaban apartándose y desenvainando las armas, murmurando aterrados; mientras tanto, todos los del lado del Rey Bárbaro estaban vitoreando, gritando, golpeando toscas espadas contra escudos y, en general, adoptando una actitud celebrativa.
—Impresionante —dijo el rey con una sonrisa. Alzó su propia mano y una bola de fuego explotó en el aire y se disolvió en una lluvia de chispas a la altura de los hombros—. ¿Eso es todo lo que tienes?
Shouto frunció el ceño.
Avanzó un paso con la pierna derecha y empezó a extender una capa de hielo por el suelo hasta cubrir las piedras bajo los pies del rey.
Los bárbaros aullaron aún más alto, el dragón rugió y el rey solo sonrió, antes extender de golpe los brazos a ambos lados y literalmente explotar el hielo a sus pies.
Shouto comprendió exactamente cómo de fuerte era este hombre, lo veraces que fueron los rumores. Podía saborear la magia cual humo en el aire; vivía en este hombre de la misma manera que vivía en él. Era fuerte, concentrada y poderosa.
Y la manera en que estaba mirando a Shouto en ese momento…
Nadie nunca lo había mirado así. Este hombre no le miraba con miedo, como los criados, o con asco, como su padre y la corte. Esto era... algo diferente, y Shouto lo sintió como un zumbido en los oídos, como una presión en el pecho.
Se puso recto, volvió en sí, se acordó de su porte y de quién se supone que era. Cogió los pedazos de su destrozado chaleco para sujetarlos donde debían ir, sobre su expuesto pecho, encogiéndose de hombros mientras se movía para que su manto cayera sobre su lado izquierdo.
Entonces, el rey se giró hacia su propia gente y alzó ambas manos al aire.
Los clamores que recibió como respuesta fueron ensordecedores. Y el dragón. La bestia se levantó sobre las patas traseras y batió las alas de tal manera que el viento zarandeó al grupo de la realeza y Shouto tuvo que sujetarse el manto para que no se le volara hacia atrás. El rey volvió a girarse hacia ellos, con la misma sonrisa aterradora grabada en la cara, y alcanzó a Enji.
—Me vale.
Shouto sintió su genio encenderse de nuevo, pero esta vez lo mantuvo bajo control. Enji le fulminaba con furia, sin duda muriéndose de ganas por hacer que Shouto se arrepienta por no interpretar su papel de novio recatado, con la mirada sobre el suelo y las manos juntadas con elegancia enfrente de él.
Por alguna razón, Shouto pensó que esa no habría sido la mejor actitud para tratar con los bárbaros.
Después de eso, todo ocurrió a una velocidad vertiginosa. Se revisaron y se firmaron tratados. Iida le trajo a Shouto un chaleco y una túnica nuevos de donde tenía sus prendas; no eran di de lejos igual de elaboradas, pero tampoco eran harapos quemados.
Y luego tuvo lugar una ceremonia.
Esa fue la parte más extraña. Las ceremonias de boda eran acontecimientos organizados y moderados en el reino de Enji, donde la celebración transcurría de una manera muy concreta en lugares muy concretos. Pero los bárbaros gritaron, silbaron e hicieron el tonto durante toda la ceremonia. Causaron tal barullo cuando Shouto y el rey Katsuki por fin se cogieron de la mano, para que el sacerdote de Enji pudiera atar un cordel de seda roja alrededor de sus muñecas, que Shouto se sonrojó; odiaba las obvias implicaciones en sus voces. En lo que se refiere al rey, no movió ni un músculo. No agarró la mano de Shouto en una muestra de posesión, como Shouto vio hacer antes a otros hombres, en bodas de conveniencia. No le lanzó a Shouto ninguna mirada horrible y lasciva, como las que Shouto tuvo que esquivar hace años, antes de que su reputación ahuyentara a los posibles pretendientes. Cuando Shouto se atrevió a mirarle al rey a la cara, vio que miraba justo enfrente de él, con el ceño fruncido y los labios dispuestos en un rictus algo severo.
Y entonces los declararon casados. Habían acabado.
Hubo vítores, comida y bebida. Los bárbaros eran, de lejos, mucho más bulliciosos que la familia de Shouto; la gente de Enji se retiró el momento a partir del cual se consideraba educado hacerlo, después del intercambio de obsequios y de que Enji haya soltado un discurso espantoso sobre la nueva paz entre sus reinos. Pero los bárbaros siguieron bebiendo y comiendo hasta altas horas de la noche.
Por la mayor parte, Shouto sí que pudo hacer el papel de decoración. No quería hablar con nadie, mucho menos con su nuevo esposo, el hombre al que estaba literalmente atado para el resto de la tarde. Aun así, había ciertas cosas que no podía evitar: como cuando todo el mundo había bebido quizá un poco más de lo recomendado y Shouto estaba concentrado en simplemente terminarse su comida, pese a que su apetito no estaba para nada por la labor, y, al fin, nadie les estaba hablando o mirando, el Rey Bárbaro se inclinó dentro del espacio personal de Shouto y, en una voz baja y suave que motivó a Shouto a levantar la vista de golpe hacia él, dijo:
—¿Pastelito de miel?
Shouto bajó la vista hacia el pastelito ofrecido y la volvió a subir hacia el hombre que se lo ofrecía. No había desdén alguno en su expresión, nada de mofa.
—No, gracias, mi señor —contestó Shouto algo tieso, intentando a todas fuerzas entender qué ventaja se supone que le aportaba al rey ofrecerle un dulce.
—Katsuki.
—¿Mi señor? —Shouto pestañeó.
—Mi nombre es Katsuki. Deja de llamarme "señor", eso no es para ti.
Shouto guardó silencio más tiempo del que debería.
—No es para mí —dijo en voz baja.
El rey —Katsuki— puso los ojos en blanco e indicó los festejos con la barbilla.
—Eso es para ellos. No para ti.
Shouto volvió a su plato, seguro de que se estaba perdiendo algo muy importante.
—Tú no hablas mucho, ¿verdad?
Shouto alzó la vista rápidamente. La voz que le habló era nueva, afable y animada, pero modulada bajo, solo para Shouto y... Katsuki.
El hombre nuevo le sonaba de una manera que no conseguía comprender. Tenía cabello largo y desgreñado que se proyectaba de la cabeza en forma de espinas y, cuando sonrió, todos sus dientes eran afilados y puntiagudos. Shouto no se fijó de dónde vino y no lo notó en toda la noche, cosa rara porque era enorme. Tenía brazos gruesos, hombros anchos... Era como mínimo tan alto como Shouto. Si no más.
—No pasa nada —dijo el recién llegado en voz baja—. Katsuki probablemente hablará por dos personas.
Shouto entrecerró los ojos, confuso.
—Cierra el pico, Kiri —gruñó Katsuki.
—¿Ves a lo que me refiero? —Kiri sonrió y alargó la mano hacia el pastelito de miel que Katsuki acababa de ofrecer a Shouto.
Katsuki apartó el dulce y dijo:
—¡Oye, que te den! —Se lo metió entero en la boca. Shouto se limitó a observarlos a ambos—. ¿Qué? —exigió Katsuki—. Tú no lo querías.
Shouto volvió la vista a su plato y sintió como le cubría una oleada de intensa vergüenza. Esta gente era extraña. Puede que Shouto odiara a su padre y su reinado, pero al menos él tenía reglas, normas que Shouto podía seguir, cosas que podía esperar que pasaran y cosas que entendía. Pero aquí había un hombre tosco, grosero y violento que se llamaba a sí mismo rey y le ofrecía dulces. ¿Que al parecer les permitía a sus súbditos llamarle por su nombre? ¿Y vacilarle?
Shouto no entendía nada.
—Vayamos a la cama —el tono de Katsuki era casual, pero las palabras desencadenaron conmoción e ira en el pecho de Shouto. No dijo nada. Se vio obligado a ponerse de pie cuando lo hizo Katsuki, unidos como estaban todavía por el cordel de seda.
—Oh, a la cama, ¿eh? —dijo Kiri con las cejas arqueadas.
—Cierra el pico, Kiri —se quejó Katsuki—. Haz algo útil y vigila la entrada al campamento—. Lanzó una mirada a Shouto—. Esposo real o no, me fiaré de ese rey Gilimemo cuando lluevan rocas.
—No creo que eso vaya a pasar —dijo Kiri meditabundo.
—Sabes a lo que me refiero.
—Vale —refunfuñó Kiri. Le dirigió a Shouto una mirada pensativa y dijo—: Guarda un poco de diversión para después.
Katsuki puso los ojos en blanco a modo de respuesta. Kiri se fue y Katsuki envolvió la mano de Shouto en una de las suyas.
—Venga.
Shouto lo siguió, porque ¿qué otra opción tenía? Sentía todo el cuerpo demasiado ligero; la sensación le revolvía el estómago, lo mareaba.
Había una tienda de campaña enorme instalada en la parte posterior del campamento. Shouto miró a su alrededor, intentando mantener la compostura mediante la vigilancia de su entorno, y se percató de que no había visto al dragón de Katsuki desde la ceremonia nupcial. ¿Dónde estaba escondiendo una criatura tan descomunal?
Katsuki vaciló a la entrada de la tienda y observó sus alrededores con disimulo. Shouto lo hizo también, en silencio, y vio unos cuantos bárbaros rezagados mirándolos con amplias sonrisas.
Katsuki puso los ojos en blanco, lo cogió de la mano y lo arrastró dentro de la tienda. Shouto se vio tropezando como un ternero recién nacido mientras pasaba por la cortina de cuero.
La tienda era enorme. Lo suficientemente grande para que Shouto pudiera permanecer erguido. La habían aprovisionado con uno de los baúles de Shouto, todos los obsequios que habían enviado con él y una gran pila de pieles y almohadas justo en el centro. Había antorchas alumbrando y calentaban el aire; tenían que ser encantadas porque el humo olía bien y era ligero, en vez de pesado y abrumador.
Katsuki desató sus muñecas sin decir palabra y, sin más, aventó la seda a algún rincón de la tienda. Shouto la observó aterrizar, sorprendido, porque la seda era importante, era símbolo de su unión y era... La mayor parte de las parejas guardaban la suya el resto de sus vidas. El cordel de seda que se usó para atar a Enji a su madre había pertenecido antes a los tatarabuelos de Enji. Este era nuevo, pero, aun así, era...
Katsuki marchó hacia la pila de mantas y almohadas y empezó a ponerla patas arriba.
Shouto se quedó cerca de la salida, las llamas le acariciaban las puntas de los dedos debido a toda la energía nerviosa acumulada.
Katsuki cogió una gran pila de mantas y mandó a patadas unas cuantas almohadas a un rincón alejado de la tienda. Luego, cargó a Shouto con las mantas.
Shouto pestañeó como un búho y aceptó las mantas, pese a que no estaba seguro de qué se supone que tenía que hacer con ellas.
Katsuki puso los ojos en blanco.
—Tú duermes ahí —dijo en tono firme indicando la pila de almohadas.
A Shouto casi se le doblaron las rodillas del alivio y asintió sin protestas. Fue al rincón para dejar las mantas y buscó a su alrededor con la mirada.
—No tiene ayuda de cámara —dijo en voz queda.
—¿Qué narices es una ayuda de cámara? —Las cejas de Katsuki se juntaron.
—Nuestra ropa se ata por detrás —explicó Shouto con las mejillas encendidas. Cuando Katsuki no hizo más que mirarlo, Shouto desabrochó el broche que llevaba en el cuello y se quitó el manto con un movimiento de hombros. Se giró para que Katsuki pudiera ver los cordones que recorrían la parte posterior, de cintura a cuello—. Alguien tiene que ayudar para quitarla.
Shouto se volvió justo a tiempo para ver a Katsuki poner los ojos en blanco y avanzar un paso.
—Puedo...
Pero Shouto se apartó de él con pánico, se delató y mostró al bárbaro exactamente cuán reticente era a estar aquí, cuán nervioso, cuán... asustado.
Katsuki se paró de golpe y lo observó con ojos intensos.
—Puedo solo —dijo Shouto después de una larga y muda pausa. Desde luego, no iba a dejar que lo hiciera Katsuki.
—¿Quieres que llame a tu criado? —arrastró Katsuki con los brazos cruzados.
Shouto negó con la cabeza.
—Iida no es un criado. Es de la nobleza. Es mi caballero.
Claro que Iida le trajo a Shouto un chaleco nuevo de buena gana; siempre estaba contento de ser de utilidad, probablemente ni pestañearía si le pidiera que le ayudara a quitarse la ropa de calle.
Katsuki lo miraba fijamente, sin mover ni un pelo. Después de que Shouto se diera cuenta de que no tenía pensado ir a ningún lado, bajó los ojos a un lugar cerca de los pies de Katsuki y se llevó un brazo a la espalda. Pudo tirar de los cordones lo bastante para aflojarlos y, después de tironear de ellos hasta no poder aflojarlos más, se quitó el chaleco por la cabeza con un contoneo.
Y eso era suficiente, decidió. Se quitó las botas, se cubrió hasta el cuello con una de las mantas que le dio Katsuki y se puso cómodo sobre las almohadas, todavía con la túnica y los pantalones de boda puestos.
Vigiló a Katsuki en todo momento, como si el hombre fuera un tigre que fuera a lanzársele en cuando lo perdiera de vista. Puede que se notara que estaba nervioso, con los ojos desorbitados y angustiados, porque Katsuki resopló algo parecido a una risa desdeñosa y le dio la espalda cuando terminó de quitarse sus propias botas.
No volvió a mirar a Shouto el resto de la noche, pero Shouto sintió como despedía irritación y puede que hasta enfado hasta altas horas.
Shouto no durmió. No podría haber dormido, ni siquiera con sueño.
Cuando era muy tarde y el silencio llegó al campamento, cayó en la cuenta de que no iba a volver a casa. Si no nunca, al menos en mucho, mucho tiempo.
Fuyumi estaba a salvo. Natsuo estaba a salvo.
Shouto no había tenido la oportunidad de decir adiós.
*
Shouto tuvo que haber dormido al menos un poco, porque, cuando abrió los ojos, se encontró con Iida mirándole y los rayos de sol ya se filtraban por los resquicios en la tela de la tienda.
—¿Su alteza?
Shouto pestañeó, se sentó en su horrible pila de almohadas y mantas y miró a su alrededor antes de balbucear:
—¿Qué está haciendo aquí?
Iida frunció el ceño y miró a Shouto desde arriba con cierta severidad.
—Su majestad, el rey Katsuki, me pidió que le despertara, señor. ¿Dio a entender que quizá necesite ayuda?
Iida habló bajo y con cuidado, y la razón por la que lo hizo le vino a la mente de inmediato. Sea cual sea la manera en que Katsuki había ordenado a Iida dirigirse a la tienda, la educación tuvo que haber brillado por su ausencia. Shouto suspiró suavemente y dejó que la manta cayera de sus hombros.
Iida frunció el ceño otra vez y dijo en voz muy baja:
—¿Durmió en su ropa de boda, Shouto?
Shouto cerró los ojos. Iida nunca le llamaba por su nombre; era posiblemente la única persona en el mundo a la que Shouto podría llamar "amigo" y solo conseguía acordarse de como tres ocasiones en el pasado en las que utilizó su nombre sin un título o un honorífico pegado. Todas ellas fueron ocasiones en las que Shouto podía leer la preocupación su cara como de un libro abierto.
Shouto apartó las mantas con brusquedad y susurró:
—Puede que a estas alturas no sea más que un botín de guerra, pero todavía me queda algo de orgullo, Iida.
—Por supuesto, su alteza. —Iida frunció el ceño.
—Siento pedírselo —dijo Shouto con un suspiro, levantándose al fin de sus almohadas—, pero ¿me ayudaría a vestirme? Estos hombres de las cavernas no tienen ni idea de cómo funciona la ropa de verdad.
Iida asintió con la cabeza y lo obsequió con una pequeña sonrisa.
—Ciertamente, señor.
Shouto se sentía más como él mismo cuando salió de la tienda en su ropa de siempre. Cuando ejecutaron a Touya, empezó a vestir exclusivamente de negro; una pulla secreta para su padre, que le ganó pena por parte de los eslabones superiores de la nobleza, en vez de desdén. Pobre criatura. Llorando a un traidor. Demasiado sumido en el dolor para ver que el heredero no era alguien a quien vale la pena echar de menos. Enji no podía exigirle a Shouto que vistiera como el resto de la realeza sin admitir cuánto le fastidiaba la su protesta muda y, ya que durante todo el proceso de la ejecución actuó como si Touya lo hubiera acorralado, como si hubiera tenido que quemar a su propio hijo vivo en la plaza del palacio, no podía arriesgarse a forzar a Shouto a ponerse ropa normal sin parecer el hombre cruel y desalmado que era en realidad.
Así que Shouto iba de negro. Seda negra, lana negra, cuero negro tan suave y fino que era como crema entre los dedos. Pero negro. Siempre negro.
Eligió ropa de viaje, ya que asumió que no iban a quedarse en la frontera. Era más sencilla que sus ropajes de boda, más entallada y menos ornamentada. Aparte de la calidad del material de la túnica y del chaleco, y del cuero de los pantalones, solo un ribeteado en hilo de plata lo delataba como miembro de la realeza.
Hacía frío fuera de la tienda y Shouto calentó sin pensar el aire a su alrededor antes de observar la horda de bárbaros. Estaban desmontando el campamento, guardando las tiendas, preparando el equipaje que portarán las monturas. Lo hacían con tal aire de frivolidad que Shouto se sorprendió; se le olvidó que había personas que tenían algo por lo que alegrarse cuando él estaba tan hundido en la miseria. Estaba solo en eso también, supuso.
Los criados bárbaros no le prestaron mucha atención, excepto para dirigirle sonrisas amables o miradas lascivas cargadas de insinuación que le pusieron la piel de gallina. Iida permaneció cerca de él y Shouto intentó pensar que eso importaba, que un amigo era mejor que ninguno, que no estaba destrozando también la vida de Iida al arrastrarlo con él.
Rondaron, incómodos, alrededor de la tienda real, hasta que unos criados vinieron y se pusieron a desmontarla. Shouto empezó a irritarse. Sabía que estaba dejando atrás a un rey por otro, quien a duras penas era mejor. Una parte de él esperaba que el nudo entre sus omóplatos se aflojara sin la constante presencia de Enji cerniéndose sobre él, pero, por supuesto, eso no resultó ser mucho más que un ridículo deseo.
No, esperaba que Katsuki fuera cruel.
Lo que no esperaba es que le ignorase por completo.
Se mentalizó para soportar insultos, para golpes bajos y burlas, para que lo encajen a la fuerza en el papel de espectro mudo en calidad de cónyuge. Se mentalizó para tener que rechazar insinuaciones al coito. Y, pese a que odiaba tener que admitirlo, el momento en que vio a Katsuki por primera vez, hasta se le pasó por la cabeza que, al final, estaría dispuesto a hacer el esfuerzo por caer en gracia con su esposo, si resultaba que no era tan ruin como pensó. Y si eso le ofrecía la ventaja que necesitaba para derribar este imperio y volver a casa, quizá como héroe o quizá haciendo el papel de viudo en duelo. Cualquiera de los dos.
Shouto estaba acostumbrado a que lo insultaran y lo humillaran. Estaba acostumbrado a que lo admiraran y lo desearan. Hasta estaba acostumbrado a que lo miraran con lástima.
A lo que no estaba acostumbrado para nada era a que lo ignorasen.
La tienda del rey estaba completamente despedazada y las pertenencias de Shouto se estaban subiendo a un vagón, cuando oyó la conmoción que provenía del centro del campamento, donde celebraron la noche anterior.
Y, porque no estaba seguro de qué más se supone que tenía que hacer, Shouto se acercó, con Iida a su lado.
Encontró a Katsuki con su dragón rojo, la animada muchedumbre presionando por todos los lados para tocar a uno o al otro. Katsuki, por su parte, lo toleró todo bastante bien. Le estrechó la mano a su gente, empujó en broma a algunos, fulminó con la mirada e insultó a otros. Shouto no lo entendía. Enji nunca le habría dejado ni siquiera a los altos eslabones de la nobleza hablarle y tocarle de esa manera. Y Shouto ni siquiera estaba seguro de por qué la gente de Katsuki querría... La expresión fiera y maniática que portaba en la cara parecía peligrosa. Pero a esta gente parecía no hacerles efecto alguno.
Shouto avanzó un paso sin querer, quizá con intención de oír lo que estaban diciendo, y chocó con alguien al borde de la conglomeración. Cuando esa persona lo vio, tocó a la mujer que tenía enfrente y ella tocó a otra y a otra y a otra. El silencio se extendió como una ola, consumió a la gente hasta que todos estaban girados de cara a él; un sigilo extraño y expectante se apoderó de todos ellos.
Katsuki levantó la vista, lo vio parado ahí y Shouto vio como se le desdibujaba la expresión. Era la primera vez en la memoria de Shouto en que nadie estaba mirando a Katsuki y, en ese instante, pudo ver cómo se transformaba su rostro, cómo esa sonrisa maniática desaparecía para ser sustituida por algo más serio. Katsuki echó una mirada a ambos lados, como si intentara decidir qué debería hacer.
Y entonces le tendió una mano.
Shouto permaneció de pie, perfectamente inmóvil, y se dio cuenta de que había cuero fijado a la espalda del dragón, algún tipo de arnés quizá, que se abrochaba alrededor de su cuello. Katsuki estaba parado sobre la pata de la bestia, con una mano enredada en el arnés de cuero, claramente preparado para montarse.
Shouto retrocedió un paso.
Katsuki puso en blanco sus fieros ojos rojos.
—A caballo es una semana de camino hasta el castillo. Puedes ir con ellos si quieres, pero yo me voy.
El ambiente entre la muchedumbre que los observaba cambió, se electrificó.
—Así es medio día —añadió Katsuki.
Y Shouto no podía llamar su voz afable o plácida, pero era... más suave, de alguna manera. Recordaba menos el duro crujido de la gravilla.
Era una elección, la primera de las muchas a las que tendrá que enfrentarse. Luchar o ceder. Protegerse a sí mismo o nadar hasta las profundidades, por el bien de su gente.
Estaba aquí por una razón, por una única razón. Tenía un objetivo: ganarse la confianza del Rey Bárbaro, Katsuki Bakugou, y encontrar el eslabón débil que derribaría el imperio. Enji quería las Tierras Altas y Shouto era la llave que abriría las puertas a ellas.
Shouto decidió lanzarse de lleno.
No le dijo nada a Iida, no le dijo nada a nadie. Simplemente empezó a andar, despacio, al principio, y después más rápido. Katsuki se encaramó al cuello del dragón, le volvió a tender la mano y Shouto la tomó, con el corazón en la garganta y la cabeza repleta de dudas y de incredulidad. La mano de Katsuki era más cálida de lo que esperaba, y áspera y callosa como la de un criado. Y fuerte. Dioses si era fuerte. Aupó a Shouto detrás de él como si no pesara más que un niño y Shouto sintió sus mejillas arder cuando se percató de que la única manera de montar sobre un puñetero dragón con el rey de las Tierras Altas era rodeando las caderas de Katsuki con las piernas y su cintura con los brazos. El arnés de cuero hacía poco más que soportar la parte baja de la espalda de Shouto, evitando que se deslizase hacia atrás por las resbaladizas escamas, que recordaban a guijarros.
La voz de Katsuki sonaba terriblemente entretenida cuando dijo:
—Tendrás que sujetarte más fuerte que eso, niño bonito.
Shouto no tuvo tiempo de responder. De repente, el dragón empezó a moverse, el largo cuello levantándose del suelo y alargándose hacia el cielo, y Shouto se deslizó hacia atrás sobre el arnés, con el sólido peso de Katsuki fijándole contra el cuero. Tensó los brazos en repentino pánico y luego esas descomunales alas estaban batiendo y la tierra se estaba alejando y Shouto pensó que bien podría ser que él fuera el Todoroki más estúpido que jamás ha existido.
Por un vergonzoso momento que pareció durar una eternidad, la sorpresa y el miedo tomaron el control y Shouto lo estrujó con los brazos, se aferró a la espalda de Katsuki. El rey toleró el contacto y, entonces, el dragón dejó de coger altura y se estabilizó. El peso de Katsuki liberó las caderas de Shouto, quien empezó a sentir que estaba sentado encima de la criatura, en vez de a un pelo de caer al vacío desde ella.
Katsuki le dio un codazo en las costillas.
—Relájate.
Shouto lo soltó por completo; el inesperado contacto y el hecho de que estaba volando lo estaban dejando, la verdad, un poco estúpido.
Se tambaleó un poco; Katsuki lo estabilizó con una mano en la rodilla que retiró en cuanto Shouto recobró el equilibrio. Y entonces a Shouto le dio un vuelco en el corazón. porque Katsuki se estaba moviendo. Se giró en una pequeña y diestra maniobra y se encontró de cara a Shouto, reclinándose hacia atrás contra el cuello del dragón, con los brazos cruzados en actitud engreída y las piernas a ambos lados de las caderas del otro.
Shouto lo miró fijamente, se inclinó hacia atrás en el arnés y tembló.
La sonrisita engreída de Katsuki flaqueó un poco y bajó los ojos al pecho de Shouto. Frunció el ceño y cerró los dedos ligeramente alrededor de la capa que llevaba, pesada y con borde de pelaje.
Shouto calentó el aire alrededor de sí otra vez, mató el frío que le pellizcaba la piel antes de poder pensar con detenimiento en qué iba a hacer Katsuki con esa capa.
—Un buen truco ese. —La expresión de Katsuki cambió.
A estas alturas el viento era ruidoso, pero Shouto y Katsuki parecían estar encerrados en una pequeña burbuja de aire más quieto, formado por el ángulo que creaba el dragón al doblar el cuello y encoger los hombros para mantener las alas alzadas. Si Shouto no miraba abajo, era más cómodo de lo que esperaba, y más estable.
—¿Usted no puede hacerlo? —preguntó Shouto.
Katsuki negó con la cabeza.
—Mi magia es más una chispa que la llama de una vela. —Shouto frunció el ceño y Katsuki dijo con énfasis—: Explota, no arde.
Shouto asintió con la cabeza.
Estaba montado sobre un dragón.
Con el rey de las Tierras Altas.
Quien también era su esposo.
De acuerdo.
—Por fin solo —dijo Katsuki doblando una rodilla y dejando que la otra cuelgue del cuello del dragón.
Shouto sintió como se le enrojecían las mejillas y clavó la mirada en una escama roja cerca de sus manos.
—Estábamos solos la noche anterior.
Katsuki soltó un bufido.
—Como si no tuviera tu querido papá ojos y oídos en todas partes.
—Firmó un tratado —protestó Shouto—. Quiere paz.
—Ya veremos. —Katsuki se rio entre dientes y observó el paisaje escarpado que Shouto solo podía tolerar por el rabillo del ojo.
—¿Por qué acceder a... si no creía que...? —Shouto frunció el ceño.
La comisura de la boca de Katsuki se alzó una vez, pero en vez de contestar preguntó:
—¿Por qué has accedido tú?
Shouto bajó la vista a las manos. Por qué por qué por qué... Nunca esperaba que le preguntaran eso. ¿Cuál era la respuesta apropiada? ¿La respuesta que se espera de él, que haría la vez de halago encantador, además de evasión?
La respuesta, cuando le vino a la mente, le revolvió el estómago.
—Es un gran honor servir a mi nación y a su gente con esta... unión.
Katsuki lo consideró en silencio, con una mirada extraña en el rostro.
—Claro.
Observó a Shouto. Shouto observó sus propias manos un rato más.
—Si esa fuera la única razón —dijo Katsuki al final—. ¿Por qué no enviar a tu hermana?
Shouto alzó la mirada hacia él demasiado rápido, el temperamento echando chispas.
—Ella es la elección obvia —dijo Katsuki arrastrando las palabras—. Si tu padre estaba buscando una manera de deshacerse de uno de sus mocosos.
—¿La habría preferido a ella? —saltó Shouto. Sentía las manos mojadas y se percató de que estaba conjurando escarcha en las puntas de los dedos y derritiéndola con la burbuja de calor que ya había creado—. Siento decepcionar.
La manera en que la sonrisa de Katsuki se afiló de repente, en ponzoñoso y vengativo entretenimiento, lo informó de que no pasó por alto el sarcasmo de sus palabras y que, de hecho, probablemente haya revelado más de lo que quería.
Pero en vez de insistir en el tema, Katsuki alzó la barbilla y dijo:
—De verdad, ¿quién te hizo eso en la cara?
—¿De verdad?
—Mis informantes, a los que tengo instalados en todos los recovecos del bonito palacio de tu papi, solo pudieron contarme putos rumores de mierda sobre el tema.
La sorpresa de Shouto tuvo que habérsele reflejado en la cara, porque Katsuki dijo:
—¿En serio creías que te dejaría entrar en mi hogar sin investigar primero tu miserable existencia?
Algo de su elección de palabras le llamó la atención. Mi hogar. Ni su reino, ni su cama, ni su círculo de amistades. Su hogar. Shouto no estaba seguro de por qué, pero era raro. Demasiado familiar, demasiado... humano. Demasiado blando.
—Apuesto a que fue tu querido papá —dijo Katsuki con una sonrisa salvaje—. Puede que como aviso. Te enseñó temprano una lección que tu hermano nunca aprendió, ¿hm?
—Cierre su puta bocaza.
Shouto siseó las palabras antes de darse cuenta de que estaba hablando, antes de poder considerar lo ridículas que eran y cuánto estaban diciendo en realidad.
—Así que se sabe algunos tacos, al fin y al cabo —contestó Katsuki como si nada—. Estaba empezando a pensar que solo sabías hablar con palabras bonitas y ensayadas.
Shouto rechinó los dientes.
—Mi hermano era un sucio traidor —dijo Shouto en una voz muerta y vacía. Sujetaba la muñeca derecha en la mano izquierda, usando el dolor del frío en la piel para anclarse a la realidad—. No me gusta hablar de él—. Entonces, porque Katsuki estaba abriendo de nuevo la boca y, de repente, Shouto no podía soportar oírlo hablar, dijo—: Lo hizo mi madre. —Katsuki cerró la boca—. Estaba enferma. No era su intención. —Porque Katsuki todavía no había respondido nada y Shouto odiaba el horrible y pesado silencio, añadió—: Ocurrió hace mucho tiempo.
Katsuki lo estudió con los ojos entornados y Shouto no le miró, simplemente observó el terreno marrón y montañoso. Mirar hacia el suelo era mejor que mirar a Katsuki.
Un cambio en el rabillo del ojo le hizo volver la vista rápidamente a la cara de Katsuki: el rey se inclinó hacia delante, el movimiento deliberado y transparente, más lento de lo que Shouto pensó que tenía que ser.
Shouto lo vio venir, así que no se sobresaltó, simplemente vigiló su mano.
Shouto se quedó increíblemente, terriblemente, quieto cuando Katsuki le tocó el pelo de nuevo, como hizo ayer cuando lo vio por primera vez. Excepto, esta vez, no era... burlón. Le apartó el pelo a un lado, de manera que Shouto se encontró cara a cara con él sin que un mechón de pelo rojo obstruyera la vista.
—En mi reino —dijo Katsuki, enunciando las palabras con cuidado— no escondemos nuestras cicatrices.
Shouto se apartó con cuidado del contacto y se alejó fuera del alcance de Katsuki, sin movimientos bruscos. No quería que lo tocaran, pero tampoco quería que Katsuki pensase que tenía miedo de dejarse tocar.
Las palabras atravesaron a Shouto como una mofa, a pesar de que sabía que no era esa su intención. Porque Katsuki no tenía cicatrices de quemaduras rojas e irregulares rodeándole un ojo, unas que nunca podía esconder del todo, no importa lo largo que se dejaba crecer el pelo. Necesitaría una máscara para cubrir por completo la prueba de la débil mente y la violenta desconexión de la realidad de su madre.
Katsuki no tenía nada parecido.
Tenía algunas cicatrices en el pecho, finas líneas en relieve donde puede que haya pasado el puñal de un asesino, pero él podría cubrirse el pecho.
Katsuki lo estaba mirando fijamente y Shouto no decía palabra. Siguió sin decir palabra durante un largo tiempo.
—Se te está poniendo morada la muñeca.
Shouto frunció el ceño y miró hacia abajo. Se encontró con las yemas de los dedos congeladas a la piel de la muñeca. Apartó la mano; pese a tener conjurado aire caliente alrededor de sí, consiguió igualmente que se le durmiera de frío el brazo izquierdo.
Así que miró a Katsuki a los ojos e inundó su piel de calor. Dolió al principio, el fuego luchando contra las gélidas agujas y el hormigueo, pero quizá le guste el dolor. Quizá hasta lo necesite.
El aire se volvió un poco más cálido y el brazo de Shouto enrojeció, las frías marcas de los dedos blancas por un momento.
—Nunca he escuchado de nadie con una magia como la tuya —dijo Katsuki observando las manos de Shouto.
La voz de Katsuki era distraída, pero él lo caló.
Había planeado tentar a Katsuki con la promesa de un esposo poderoso.
Y lo consiguió. A eso se limitaba su situación. Shouto dejó atrás las manos de un amo solo para que se lo apropiara otro. Él era un arma, atrapada entre dos reyes que querían su lealtad y su fuerza.
—Mi padre esperaba honrar su fuerza ofreciéndole la mía.
—¿Sabes una cosa, niño bonito? —La sonrisa de Katsuki recuperó su filo.
Shouto tragó saliva y se mordió la lengua, no le gustaba la repentina frialdad en su tono de voz.
—Después de esos lametones en el culo creo que calladito estás más guapo.
Shouto se mordió la parte interior de la mejilla para evitar fulminarle con la mirada o protestar o maldecir.
—Encuéntrate a algún imbécil que se trague tus halagos.
Cambió de posición de golpe, se giró y le dio la espalda a Shouto. No le volvió a dirigir la palabra.
