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Language:
Español
Stats:
Published:
2020-03-29
Completed:
2020-04-04
Words:
6,686
Chapters:
9/9
Comments:
2
Kudos:
50
Bookmarks:
2
Hits:
370

Durmiendo con el Enemigo

Summary:

Incluso los abogados brillantes y los profesores de derecho caracúlicos no tienen una vida sexual perfecta. He aquí una crónica sin censura de las (des)gracias de dormitorio de Pedro y Guillermo.

Notes:

Intentado retomar el camino de la escritura, acá vengo con otro fic que nadie pidió, pero espero que sirva para distraerse un rato, mientras transcurren estos días atípicos.
Como siempre, tenkius a mi beta, @beggianirules, por sus aportes y ocurrencias siempre acertadas.
Y muchas gracias a @Ilgora por Brisa.

Disclaimer: Guillermo Graziani, Pedro Beggio y demás personajes de Farsantes no son míos. Yo los hubiera tratado mejor.

Chapter 1: Me dejaste colgado

Chapter Text

 

Guillermo entra a la cocina sin pronunciar palabra, con la camisa desabrochada y las medias todavía en la mano -medias grises con lunares-, un color sombrío para un día sombrío. Simplemente entra, se aúpa en el banco de la isla de la cocina, y espera.Y espera un poco más.

Pedro lo recibe con una sonrisa y un casual —Buenos días, Guille —mientras pasa para meter la sartén en la pileta. Sisea un poco cuando toca el agua fría, y es el único sonido que se escucha en la cocina, aparte del tamborileo impaciente de los dedos de Guillermo contra la mesa de madera.


Hasta que Guillermo explota.


¡¿Buenos días, Guille?! ¿Eso es lo único que me vas a decir? ¿Buenos días, Guille?


Pedro, sobresaltado y confundido, saca la otra sartén del fuego. Conoce muy bien el calibre de los despotriques de Guillermo, pero es una hermosa mañana de invierno y se levantó con ganas de intentar panqueques para el desayuno. Hasta ahora pintan bien, así que no puede permitirse ninguna distracción. —¿Qué hice?


Guillermo lo escucha y levanta las manos al cielo, como si clamara por fuerzas para sobrellevar lo que sea que lo está atormentado.


—¿Es enserio? ¿No te acordás de anoche?


Una sonrisa un tanto grogui se va extendiendo por la cara de Pedro, mientras en su mente revive el recuerdo vago de un orgasmo adormilado. —Ah, sí, me acuerdo.


Lo dice con un tono entre relajado y satisfecho, y lo único que consigue con eso es espolear todavía más el fastidio de Guillermo. —¿Ah, sí? Bueno, yo no. Yo no recuerdo nada de nada.


Pedro se le acerca, rápido de reflejos, y con dedos gentiles le acaricia las sienes, girándole con cuidado la cabeza para un lado y para el otro. El nivel de angustia que demuestra es tan elocuente que podría derretir el corazón más duro. —¿Te golpeaste la cabeza? ¿Estás bien?


¿El corazón de Guillermo? En la normalidad de su vida diaria, podría decirse que es un lugar blandito y sentimental, por lo menos cuando se trata de hijitas pícaras y de abogados irresistibles. Pero hoy no. No, señor, hoy no. Hoy su corazón es un páramo hecho de hielo y piedra.


Bueno. Algo parecido.


Pedro lo mira tan amorosa y preocupadamente, que a Guillermo lo inquieta un poco que vaya a sufrir algún daño físico. —¡Basta, dejá de hacer eso! —Lo golpea en las manos para sacárselo de encima; unos chirlos que resultan apenas unas palmadas, si acaso—. No tengo ningún golpe, pesado.


Pedro empieza a sentir que se le contagia el malhumor. —¿Entonces qué es lo que te pasa?


Los dos son de pocas pulgas y no andan con vueltas para enfrentar las cosas; incluso en asuntos que son de índole personal van derecho al hueso. Así lo prefieren, así les funciona.


Guillermo se baja del banco y se le va encima, arrinconándolo contra la heladera mientras lo golpea con un acusador dedo índice en medio del pecho, remarcando cada palabra.


—La razón por la que yo no me acuerdo, es porque alguien, y no voy a dar nombres, pero digamos que se trata de un abogado con estúpidos hoyuelos, se me desplomó dormido encima, tres miserables segundos después de acabar en mi pierna. Y no recuerdo nada, porque no tengo nada para recordar. Además, sos un pulpo durmiendo, Pedro. Lo digo con amor, pero esa manía tuya de agarrarte de mí no es muy saludable para mi hábito de respirar.


—¿¡Qué decís!? ¿Qué pulpo? ¿Qué tres segundos?—se indigna Pedro, siempre listo para discutir lo que sea—. ¡Y no me desplomé! ¡Te dí una manito primero!


En su frenesí por hacer evidente su desacuerdo Guillermo sacude la cabeza con una habilidad casi cómica. —No, Pedro, eso no fue lo que hiciste. ¡Dijiste, y te cito! —gesticula, señalando con el otro dedo índice al techo—: “Eso fue genial, amor. Gracias”. Entonces perdiste la vertical encima mío y empezaste a roncar como un hipopótamo.


—Yo no ronco.


Guillermo no intenta siquiera disimular lo disconforme que está con esa afirmación. —Esa es una discusión para otro momento. Ahora estamos hablando de una persona que es sexualmente egoísta y que carece de buenos modales en la cama.


—Ah, claro —retruca Pedro—. ¿Y vos sos perfecto? Acaparás casi toda la cama ¿y yo soy el egoísta? Y que conste que el que ronca como un oso pardo, Graziani, sos vos.


Ante semejante desparpajo, Guillermo rechina los dientes, no del todo dispuesto a ceder, pero tampoco tan arrogante como para negarlo totalmente. —¿Un oso pardo yo? Mis ronquidos serán más bien los de un osito panda, dulces y adormecedores. Oso pardo yo. Sí, claro —contraataca—, porque vos no tenés aliento a cenicero cuando te levantás, querido. Además, eso también es una discusión para otro momento.


La ceja izquierda de Pedro empieza una subida sostenida hacia la línea del pelo. —Qué conveniente para vos.


Después de eso, la cocina queda envuelta en un silencio hostil, los dos malhumorados y ofendidos. Una de las cosas que Pedro ha aprendido acerca de estar en una relación con alguien, es que no siempre se anda a los saltos entre las margaritas, ni todas las discusiones se resuelven con dulzuras y besos.


El resto de la mañana la pasan esquivándose milimétricamente, incluso cuando llegan a la oficina. Tratan de disimular por respeto al trabajo y a sus colegas, pero hay un tinte sombrío en el aire.


La tarde encuentra a todo el equipo sentado alrededor de la mesa de conferencias, terminando de ultimar los detalles para un juicio. Cada pieza de evidencia, cada documento ha sido revisado y vuelto a revisar casi hasta el agotamiento. Todos conocen su parte y su papel, y trabajan como un equipo perfectamente entrenado después de haber aprendido hace mucho tiempo con el mejor. Aún así, siempre es bienvenida la descarga de adrenalina en la previa de un gran caso.


Justo cuando Guillermo está terminando de etiquetar la última documentación, siente una vibración contra su pierna. Deja la carpeta sobre la mesa y busca el teléfono en su bolsillo.


Un rápido movimiento de dedos -Brisa le estuvo enseñando atajos en la pantalla-, revela un mensaje de Pedro.


Yo, Pedro Beggio, le debo a Guillermo Graziani un orgasmo alucinante y devastador, que será hecho efectivo cuándo y dónde el destinatario elija.


Guillermo se queda mirando fijamente la pantalla, maldiciendo a sus orejas por el desafortunado hábito de ponerse coloradas cada vez que algo lo excita o lo avergüenza. Mientras un pasante empieza a guardar la documentación en cajas, él finge estar profundamente absorto en el mensaje. Afortunadamente, el teléfono vuelve a vibrar unos segundos más tarde, dándole en verdad algo que leer.


Además, tenés esa expresión increíble cuando llegás al orgasmo. Tu cara se tensa y apretás la boca para no gritar, pero siempre tratás de mantener los ojos abiertos. Creo que es porque también te gusta mirarme cuando acabo. Es estúpidamente romántico. ¿Cómo podría no amar eso?


Carajo. Es un cliché. Guillermo sabe que es un cliché, y se esfuerza mucho por aparentar indiferencia, y sin embargo no puede evitar buscar la preciosa cara de Pedro entre las caras que los rodean.


Sus ojos se encuentran. Pedro le sonríe vacilante, arrugando la nariz. Están a punto de compartir esa mirada, cuando un gruñido de Alberto los saca de situación.


Marcos, parado al lado de Guillermo, putea y se refriega los ojos con las palmas de las manos, como si acabara de ver algo que desearía poder olvidar. Alberto levanta el teléfono y su cara es una mezcla de culpabilidad, diversión y mortificación, todo junto.


Alarmado, Guillermo vuelve inmediatamente la atención al mensaje. Siente que se queda sin aire cuando se da cuenta de que sí, Pedro accidentalmente acaba de informar a todo el equipo acerca de la intimidad de sus orgasmos.


Cerrando los ojos con resignación, casi puede escuchar a Pedro encogerse de dolor al otro lado de la mesa.


~oOo~