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Sus ojos nublados por las lágrimas, intenta observar a Sergio, quien yace en el suelo respirando un poco agitado aún. De pie, su mirada se dirige sobre donde está la herida ya tratada, o al menos lo mejor posible. En su mente, se repiten las palabras de su amigo "yo en vos confío" y la angustia le abruma, la culpa por todo lo sucedido. Si tan solo fuese mejor persona, si tan solo hubiese escuchado al Pollo. En simultáneo, se repiten las palabras tajantes de Walter sobre el beso de Judas y dentro suyo, le da la razón. Se siente miserable, se siente un parásito que consume y vive de las alegrías ajenas sin ser capaz de hacer algo. Incluso dudando ante la idea de coser la herida en una situación tan urgente, se vuelve a ver como un inútil.
Su cuerpo tiembla, tiene tanto miedo, un miedo mayor que el que sintió ante el Negro Pablo: El miedo de que El Pollo le odie. "Y razón tiene", piensa para si mismo. No puede borrar la imagen del torso ensangrentado de su amigo, menos pensar que este se atrevió a arriesgar su vida por él ¿Qué había hecho él para que una persona tan noble le quiera así? No puede dejar de llorar, no recuerda haber sentido tanta culpa antes, tanto miedo que le asfixia, tanto odio hacia si mismo. Su egoísmo se esconde y deja lucir la fragilidad de su persona, ahogado en la pena de sus acciones y en el desprecio a sus seres queridos. Maldice ser tan desagradecido, maldice no ver más allá de su mundo.
Quiere dormir, debe dormir. No quiere hablar con Clara mañana, no tiene ánimos de despertarse tampoco. Solloza un poco, ya perdió noción de cuantas horas lleva llorando. Toca su rostro y siente las lágrimas y los mocos, un escalofrío recorre su cuerpo ante el asco. Y ese escalofrío empeora cuando recuerda la sangre en su mano. Pasa esta sobre su pantalón, desesperado por limpiar la culpa.
—Mierda.
Murmura para si mismo, haciendo un sonido con su nariz tratando de contener los mocos del llanto. Y su tren de pensamientos se detiene ante la campana: La voz cansada de Sergio.
—¿Qué pasa? ¿No podés dormir?
Tímidamente, Ricardo vuelve a mirar al cuerpo recostado de su amigo, le cuesta ver bien aún con tantas lagrimas así que intenta limpiarse con la manga de la campera.
—No, no, solo que me quede pensando.
—¿Y que pensabas?
—En lo pelotudo que soy —su voz se vuelve a quebrar, nuevamente las lágrimas estorban su visión y se siente patético.
—Nah loco, hiciste bien. Ya que no podés dormir, ¿por qué no venís acá al lado mío? Tampoco tengo sueño —mentía, su cariño le exigía proteger a Ricardo y esta necesidad era más fuerte que toda necesidad suya.
No podía verlo mal, no puede soltarlo; no quiere soltarlo. Nunca imaginó una vida sin Ricardo, siempre soñó una vida mejor a su lado. Desde las tardes de su infancia cuando jugaban al fútbol en el patio de la casa Riganti hasta aquella noche donde Ricardo lo invitó al "Caserón del orto" como lo definía. Siempre que su amigo le extendió la mano y ayudó, Sergio sintió una inmensa felicidad en su ser. No era de sonreír mucho, tampoco de disfrutar pero al lado de él todo eso era posible. No le gustaba admitirlo en voz alta pero siempre sintió que Ricardo era lo único bueno en su vida, lo único atípico; su único pase a una mejor vida, la oportunidad tan anhelada.
Piensa en las mañanas donde seguía escapando solo de un "trabajo", expectante y aterrado de algún fallo que le cueste su vida. Y luego piensa en las mañanas en casa de Ricardo, sin dormir luego de una noche entre charlas y música, viendo el amanecer desde la ventana al ritmo de Soda Stereo, sintiéndose tan feliz que olvidaba su realidad. ¿Cómo no iba a defender a la persona que tanta alegría le produce y que tanto quiere? A veces se cuestiona cual es el límite de ese cariño o que se supone significa. Duda sobre sus pensamientos también, sobre esos flashes de fantasías románticas. Soñaba despierto, curioso de como se sentirán los labios ajenos, o como se vería debajo suyo entre sabanas. Y ante esos pensamientos, su corazón acelera, su pecho duele un poco y siente una pequeña punzada en el sector de la herida. Aun así, sonríe orgulloso, sabiendo que Ricardo no sufrió alguna herida física y consciente de que esa herida no es el límite de su cariño. Sabe que sería capaz de mucho más con tal de protegerlo.
—Dale, vení para acá.
Vuelve a indicar, el contrario yacía estático en su lugar, temeroso de acercarse, paranoico de escuchar odio hacia su persona aunque asume seria lo adecuado. La culpa le carcome y quiere tirarse al piso a llorar aún más. Pero la voz ronca de su amigo de la infancia resuena en su mente, iluminando toda la oscuridad dentro. Entre tanta tormenta, es una brisa suave. Sus pies se mueven, caminando hacia la derecha de su amigo y se recuesta boca arriba a un lado, acomodándose a una distancia no tan cercana para evitar incomodar al otro. Recordó las noches que pasaban juntos en su casa, ambos tirados sobre el suelo, escuchando Sumo y Los Redondos, y charlando sobre todo y nada a la vez. Eran tiempos más felices, más tranquilos. Más bien, lo eran para él, El Pollo no tenía esa tranquilidad. La culpa crece, nunca hizo nada para ayudar realmente. Nunca fue capaz de salvarlo como él lo salva.
—Perdoname, por favor —ruega frustrado, ahogando sus palabras entre sollozos.
—¿Qué hay que perdonar? Me fuiste a buscar, lo que haces siempre.
Recuerda esas tardes en primaria, donde Ricardo fue a buscarlo a su casa para preguntar porque no fue a clases. Y recuerda cómo le ayudaba a tener los materiales para estudiar, como le daba los ánimos necesarios para rendir. Una sonrisa se dibuja en el rostro de Sergio y con dificultad, se voltea hacia el lado de su amigo, apoyando su cuerpo sobre el lado derecho y sosteniendo su cabeza sobre su mano, para comentar sobre sus tiernas memorias.
—¿Te acordás la entrega de diplomas de séptimo? Te juro que no podía creer que estaba ahí, pensé que ni en pedo llegaba a mitad de año siquiera.
—Fue buen día ese, ¿no? —débilmente intentaba sonreír mientras se volteaba para ver mejor al Pollo colocando su cuerpo sobre su lado izquierdo, apoyando su cabeza sobre su mano también izquierda, imitando la pose de su amigo—. Me acuerdo que casi me quedo dormido en la ceremonia y vos me despertaste dandome un golpe.
—Y si boludo, era la ceremonia, ni ahí dejaba que te duermas.
—¿A que viene el recuerdo? ¿Andas nostálgico?
Una pequeña risa suena por parte del Pollo y Ricardo sentía la tensión de su cuerpo disminuir de a poco. Se sentía como en la adolescencia cuando se juntaba con él, y se arrepiente de no haber aprovechado más esos años, de no haber hecho algo por Sergio. Tal vez así estarían mejor.
—Algo, la verdad me acordaba de como me ayudaste, loco —suspira sosegado, disimulando el dolor físico gracias a la pastilla que le dieron, aunque no siente haga efecto completo—. Me ibas a buscar a casa cuando faltaba, traías las tareas y hasta me ayudaste con algunos materiales.
—No es para tanto, Pollo.
—¿Qué no es para tanto? Si no era por vos, ni segundo grado terminaba y no solo eso, más adelante por vos me esforzaba para poder volver a mi casa, así nos juntábamos.
—No entiendo, ¿Qué querés decir?
—De cuando estabas en el secundario. De tanta mierda, lo único que valía la pena era cuando nos veíamos, entonces yo hacía todo para volver de donde sea que me metía.
La conversación fluye como siempre entre ambos, siquiera cuidan el volumen de sus voces aunque agradecen sus amigos estén tan cansados que no había oportunidad de que les interrumpan. Se sentían como en su adolescencia, conversando, ensimismados en su charla y luego recordando que debían disimular que dormían. Y de repente, una memoria se prende en la cabeza de Riganti.
—¿Te acordás cuando terminé el secundario?
—Obvio que me acuerdo, me puse la mejor ropa para ir a la ceremonia y vos te me reías, pelotudo —bromeaba entre risas, contemplando el tiempo que ha pasado y recordando cuanto se esforzó en verse bien aquella noche, con la idea de "impresionar" a su "amigo".
—Y si, nunca te vi tan elegante.
—Bue, "elegante", camisa y pantalón planchado eran.
—Y bien te veías.
Un silencio se generó de repente ante aquel comentario. Ricardo lo entendió al instante de pronunciarlo y la vergüenza lo golpeó, recordando su realidad. Respira profundo y se reprocha el día que nació incluso, maldiciendo cada segundo de su existencia con cada insulto en su vocabulario. Inquieto, incómodo, no encuentra forma de pronunciar algo pero no necesita hacerlo, El Pollo rompe alegre aquel silencio atroz con un tono algo pícaro.
—Vos te veías bastante lindo.
De su ser, se resbaló sus pensamientos y sentimientos más ocultos, lo cual al instante le generó algo de vergüenza pero no puede retroceder de eso. No sabe si ese impulso nació de la adrenalina de haber recibido una puñalada, del medicamento o por la perdida de sangre; o si aquel viaje por los recuerdos avivó ese cariño que tanto le confunde. Pero no pudo evitar soltar ese comentario porque era parte del recuerdo. Vívida memoria de cuanta emoción sintió al ver a un Ricardo de 18 años con traje recibiendo su diploma. No podía dejar de repetirse para si mismo cuan lindo le parecía. Y extrañamente, en ese momento nada cuestionó aquello. En el festejo posterior, anhelo posar sus labios sobre su "amigo" pero nada se concretó y se limitó a un largo abrazo.
Lleva años intentando enterrar esos sentimientos, o al menos apaciguar estos. Pero estos últimos días, rocían sobre la flor de ese amor que prefiere ignorar y nuevamente crece con más belleza que nunca. Su consciente le grita que no intente nada, que no es posible. Tiene miedo de ensuciarlo y que el Negro Pablo casi haya abusado de él, conforma sus temores. Es un deseo prohibido, cree en la pureza de Ricardo, en la distancia entre los mundos de ambos y la luz que le rodea. Se siente un pecador, incapaz de alcanzar algo tan divino. Y se odia por colocarse tan abajo. No sé cree ángel guardián justamente por eso pero si busca proteger a Ricardo, proteger su realidad, su luz; proteger todo lo que a él se le negó. O tal vez era su destino, estar en el polo opuesto de su amigo y ser su guardián. No un ángel, más bien un demonio amigable. Y tal vez nunca pueda romper realmente esa distancia.
Contempla los ojos celestes de Ricardo, brillantes de tantas lagrimas y alumbrados débilmente por la luz del techo. Piensa que parecen cristales que encierran la belleza del cielo. Encantado por estos, sus palabras se entorpecen dentro suyo. El amor se desborda en su ser y no sabe como contenerlo. No entiende como puede querer tanto a alguien. No entiende como diferenciar el límite entre la amistad y algo más. Solo quiere que el otro sea feliz pero también quiere ser feliz junto a él y quiere liberar esa carga de años.
La voz de Ricardo suena en un murmuró, riendo nervioso intentando sobrellevar la charla.
—Ahora estoy hecho mierda.
Con su mano libre, posa esta sobre los cabellos castaños desordenados del contrario, sintiendo la suavidad de estos entre sus dedos y acariciando la cabeza del otro en un intento de peinarlo mejor.
—Hecho mierda también te ves lindo.
Su mano bajó hacia el rostro, delicadamente pasa su mano sobre la mejilla y disfruta la sensación suave de la piel del otro, preguntando en su interior por unos momentos como se sentirá si bajase más su mano, como se sentiría la piel del torso o las piernas. Pero ahí se detuvo tímido, incapaz de entender si Ricardo daba alguna señal que le permita hacer otra cosa. Y repentinamente, escucha el responder de esa voz que tanto adora.
—Vos tampoco te ves mal.
—Si es así, voy a dejar que me apuñalen más seguido.
Aquella broma incomodó al contrario y ante eso, El Pollo retiró su mano arrepentido. El rostro de Ricardo drásticamente cambió, mostrando una expresión apenada y angustiada. Desvío su mirada, asustado y murmuraba buscando controlar su sollozo.
—¿No estás enojado?
—¿Enojado de que?
—De que casi te morís porque soy una máquina de mandarse cagadas —las lagrimas nuevamente brotaban, irritando sus ojos y su garganta—. Siempre tenés que estar sobre mi y no se, loco, soy un pelotudo de mierda.
Su pecho dolía por la ansiedad, la garganta de cierra y emitir una mínima palabra causan un enorme dolor. No quería seguir hablando, no podía hablar de tanta aflicción y en medio de su llanto, ve como Sergio se acerca mejor hacia él, forzando su cuerpo malherido. Y la primera reacción ante eso fue detenerlo, procediendo el mismo a desplazarse cortando la distancia entre ambos. La cercanía era incómoda y tensa a la vista de terceros pero agradable y placentera para ambos, más para El Pollo que para Ricardo tal vez, aunque la confusión entre ambos no faltaba. No por sentir la respiración del otro, sino por el contexto cargado de tanto que ocurrió y tanto que piensan y sienten, de tanto acumulado.
—¿Qué pasa? —alcanza a murmurar con dificultad Ricardo, observando a los ojos a su amigo.
—¿Qué te pasa a vos? No estoy enojado, entre vos y yo está todo bien, siempre lo está.
—¿Por qué?
—Ricardo, sos el único amigo que tengo desde pibe y estoy seguro sos lo único bueno que tengo. No tenés idea cuanto me importas y menos tenés idea todo lo que haría por vos.
—¿Pero por que tanto? ¡Te apuñalaron por mi culpa! ¡¿Que no entendés?!—el tono de su voz se elevó, hastiado de escuchar como Sergio se desvive por él e irritado de tanta culpa, peor que esta aumenta debido a que le está gritando.
—¿Te pensás me importa una puñalada de mierda? Si es por vos, que me apuñalen 20 veces más.
Perplejo, intenta comprender las palabras del contrario pero no encuentra razón alguna. Le cuesta creer que tal vez la respuesta sea la que anda rondando su cabeza. Piensa que tal vez el desangrado lo volvió tonto unos momentos, que tal vez mañana sea el Pollo inteligente que conoce. Pero desconoce todos los sentimientos que resuenan dentro de este. Sentimientos que alimentan el motor que le permite arriesgar tanto con tal de proteger aquello que considera su salvación. Y ahí está la clave que Sergio no entendía: Siente que Ricardo es su salvación, que es él quien le protege. Si nunca se soltó por completo, si nunca se descuidó definitivamente fue por Ricardo. Es una luz que nunca se apaga y que siempre le dará calor. Es el efecto iridiscente en los charcos de agua cuando llueve por la ciudad, brillando bajo el cielo el gris y encantando la vista de quien lo capte. Es una belleza que encuentra en la tormenta que es su vida y realmente sueña que todo sea mejor a su lado.
No puede negar lo que siente, no quiere negarlo tampoco. Y sonríe confiado, seguro de su decisión. Encuentra divertido que necesitó perder sangre para clarificar sus sentimientos pero así es su vida, y es la vida de la cual quiere alejarse y mantener lejos a Ricardo.
—No estoy jodiendo —reafirma sus declaraciones previas, con el carácter que tanto le identifica.
—¿Por qué te importo tanto?
No más palabras, no más pérdida de tiempo. Las palabras siquiera son lo suyo, entonces decide desplazar su mano libre hacia el cuello del contrario y suavemente presiona para atraerlo hacia él. En sincronía, Ricardo se acerca más y ambos sienten el calor de la respiración del otro. Curioso, se siente tentando, sabe que va a pasar, sabe que puede significar eso. Y como todo lo pasado en los últimos días, quiere probar todo lo ajeno a su mundo conocido. Sigue los movimientos de su amigo, dando señales que aprueben lo que está pasando. No sé tardan más y avanzan con rapidez, posando los labios del uno con el otro, sintiendo la suavidad de aquella zona y el sabor del otro. Ricardo tenía gusto salado, producto de las lágrimas; El Pollo tenía gusto a tabaco, producto del cigarrillo que le invitó Clara. Y para ambos, era el mejor sabor a degustar, en especial para Sergio. Al principio eran torpes los movimientos, la timidez les impedía mucho pero poco a poco, se soltaban y profundizan, saboreando la lengua del contrario incluso.
La intensidad subió, los movimientos se volvían complejos y la posición en que estaba incomodaba. A penas cortaban para recuperar algo de aire, como si estuvieran hambrientos del otro. Ricardo se movía para colocarse cómodamente encima de su "amigo" para continuar mejor con los besos, intentando no apoyarse sobre la herida. Entre besos, Sergio sonreía victorioso, sintiendo que todo valió la pena, creyendo que todo comenzaría a mejorar. Pero no se distrajo tanto en su mente y prefiero disfrutar las sensaciones. Su cuerpo respondía solo, sentía mayor calor y necesidad de movimiento. Una ansiedad emocionante ante el contacto de ambos cuerpos. No sentía el peso del otro encima suyo, sino que anhelaba ir por más. Sus manos acariciaban la espalda del otro, disfrutando el tacto con la piel, la cual percibía como suave. Y Ricardo se estremecía levemente ante las caricias, y el sentir de los mordiscos en sus labios y en su cuello. En respuesta y aprovechando la posición, Ricardo bajó hacia el cuello del otro y comenzó a besar con delicadeza, para luego dar algunos mordiscos y generando unos jadeos que Sergio intentaba contener. Entonces volvieron a besarse, hipnotizados por lo sensorial, sus pensamientos apagados y todo se siente cual paraíso. Hasta que en un mal movimiento, El Pollo sintió el dolor de la herida pues su "amigo" se apoyó mal y exclamó de dolor por lo bajo:
—¡Ay! La puta madre.
Ricardo rápidamente se desconcertó, sentándose con la espalda recta aún sobre El Pollo.
—Perdón, perdón —se arrepentía, sintiendo su corazón acelerado por la adrenalina de ese momento.
—No, está bien, mejor bajemos un poco o se abre de nuevo la herida.
El contrario se levantó de sobre su "amigo" para recostarse nuevamente a su lado, esta vez a la izquierda. Ambos respiran agitados y contemplan el techo, pueden sentir como sus pechos se elevan y bajan, pueden escuchar la respiración del otro. Ricardo se ríe, sintiéndose liberado, con cierto poder. Siente que hizo algo malo y lo disfruta, como si fuese una rebeldía adolescente pero tardía.
—Esto no lo hacíamos en mi casa.
—Y no, sino tu vieja te rajaba.
—Igual casi nos manda a la mierda varias veces cuando dejábamos la música fuerte.
Ambos comenzaron a reír con cierto volumen y se sentían felices y libres. Era el deleite de la vida, disfrutar al lado de quien más quieren. Ya tendrían tiempo para conversar mejor sobre lo ocurrido. El Pollo cree que podrán charlarlo, quiere creer que habrá algo luego de eso. Y tal vez es algo inocente pero su amor le hace confiar ciegamente en Ricardo, quien no comprende del todo lo que significa lo ocurrido. Tontamente, cree en que es un juego más, algo por experimentar; una situación que será una anécdota. Pero ninguno sabe lo que el otro siente y piensa, y solamente se ríen y disfrutan la alegría de la ilusión.
Ricardo bosteza y se levanta para ponerse de pie, estirando su cuerpo una vez arriba. Se siente ligero, como si aquel acto purificó su culpa y la adrenalina le alimenta, le entrega un mejor animo. Se cree peligroso, fuerte y vivo, se ilusiona con hacer lo que quiere cuando quiere y sabe que mañana se va a enfrentar a su prima.
—Mejor me voy a dormir para otro lado así nadie jode.
—Anda nomas, si dormís a mi lado fija que me sacas la frazada y no tengo ganas de pelear.
—Descansa bien, pollito.
Camina hacia las escaleras y ante de subir el primer escalón, escucha la voz de su amigo llamar.
—Ricardo, ¿estás mejor?
Asiente animado, esbozando una pequeña sonrisa y aunque no puede verlo, El Pollo también sonrió ante eso. Sigilosamente, Ricardo subía por los escalones y el otro escuchaba cada paso resonar en su cabeza. Tenia demasiado para pensar pero estaba agotado.
Lamió sus labios, sintiendo un poco el gusto de Ricardo y una pequeña electricidad recorrió su cuerpo, el cual estaba preparado para algo más. Piensa que es algo ingenuo de su parte creer que algo más pasaría, o que algo más allá de esto puede pasar. Una parte suya sueña con quebrar esa barrera que le impide estar a un lado de Ricardo en un sentido romántico, que puedan amarse sin problemas y alejarse de la vida de mierda. Y otra parte suya, está pensando que todo es una mentira, un juego. Pero inocente acepta eso también, no le interesa ser un juego, no le interesa ser una experiencia. Solo le interesa estar al lado de Ricardo y cuidarlo, sea como sea lo hará mientras vea en él una luz que le da esperanza de una vida mejor. Es todo lo que necesita y le cuesta pedir más que eso pues se siente en deuda eterna con quien fue su compañero de banco en primaria. Al menos puede atesorar el recuerdo de esa noche y soñar con una posibilidad. Siempre sueña con posibilidades y se pregunta cuando alguna será una realidad.
