Chapter Text
—¡Mi príncipe! ¡Aemond! —exclamó Alys con las manos sobre el vientre levemente abultado. Su rostro de facciones suaves y elegantes se había contorsionado en un gesto de desesperación pura tras escuchar del príncipe que partiría a pelear con Daemon—. ¡Llévame contigo!
Sus ojos verdes estaban anegados y lo miraban con pánico. Aemond no sintió ni una pizca de compasión por ella, el único remordimiento era el bebé de cuatro lunas que esperaba con ansias. Llevó una mano ahí, al lugar en el que yacía la esperanza de volver a ver a…
—Mi príncipe —llamó, voz entrecortada y con las manos cernidas sobre la de Aemond—, si vas solo…
—Me desharé del último obstáculo que nos queda. La puta de Rhaenyra perderá el único pilar que la mantiene a flote.
Y Aemond por fin podría descansar de la maldita guerra. El agotamiento se había apilado sobre él desde la noche en que perdió a Lucerys. Cada que oscurecía venían a él pesadillas en las que el muchachito moría una y otra vez frente a sus ojos; una muerte más grotesca que la anterior. Durante madrugadas tranquilas se permitía rememorar la última vez que vio a su sobrino en Bastión de Tormentas. Recordaba los rizos de una cabellera castaña, ojos expresivos y aniñados, piel blanca, nariz respingona, boca pequeña y labios delgados. A diferencia del padre, lord Harwin, Lucerys no había sido bendecido con un cuerpo corpulento o musculoso, sino de talle esbelto y delgado. Quizás hubiese crecido tan alto como lord Harwin, pero era un pensamiento que se esfumaba al saber que nunca podría corroborarlo.
Aemond había matado a Lucerys.
—Y tal vez mueras en el proceso —replicó Alys con mirada reprobatoria a la vez que se apartaba de él—. Si vas solo es muy seguro que mueras. Sabes lo que soy, quien soy. Puedo ayudarte con…
—Tú tienes un deber —interrumpió Aemond, con un tono autoritario y una presencia aplastante— y ese es no perder al bebé en ninguna circunstancia.
El apodado Matasangre había hecho un trato con ella, con una hechicera y bastarda. Ella había solicitado una audiencia con él la noche previa a la sentencia de Ser Simon Strong y sus parientes.
—Yo sé qué es lo que desea, alteza —había dicho ella completamente erguida.
—¿Y qué es eso que deseo, según tú, bastarda? —Las palabras le habían sabido al veneno que madre vertió en él desde niño. Una sustancia espesa, ennegrecida, fétida y ardiente cual llamarada de dragón, tan conocida y desagradable. La culpable de tantas desdichas y agravios.
Alys no se amedrentó por la ira resguardada bajo una fachada arrogante y eso alteró a Aemond. Solo los estúpidos habían creído buena idea desafiar al jinete de Vhagar, ¿qué fue de ellos? Al príncipe le daba igual si pisaba sangre o cenizas de enemigos, lo único importante era acabar con ellos.
—Aemond el Matasangre Targaryen quiere a su bastardo de vuelta.
Si ella se había asustado por el repentino agarre en el cuello por una mano fuerte, lo ocultó bien. Su mirada no la apartó de él, se limitó a colocar las manos sobre la muñeca contraria sin la intención de romper el contacto. Bajo la palma de Aemond se pudo percibir el pulso sereno a un acto violento.
—Repite eso, puta bastarda. —El ojo del príncipe era uno de los siete infiernos y Alys se dejó engullir por él.
—Yo… puedo cu-cumplir… ese deseo.
Se decía que los dragones eran el fuego hecho carne, pero ¿qué había de los jinetes? Tal vez ellos obtenían un poco de esa esencia mágica tan envidiada y prohibida. Debía ser eso ya que no había otra explicación para el fuego irradiado por el temido príncipe. Alys había visto en las diminutas llamas de una antorcha la verdad detrás del caballero más fuerte de los Verdes. El Señor de los Siete Infiernos le mostró el camino para seguir bajo la luz en aquel camino de sombras; una piedad que debía agradecer de la mejor forma.
Aemond en un instante le soltó y le importó poco que cayese de forma estrepitosa.
—Eres una bruja.
A Alys se le dificultó reír al estar tratando de llenar los pulmones de aire.
—Me gusta más el término de aprendiz de hechicería. —Tambaleante se puso de pie bajo la atenta mirada del joven príncipe.
—Me importan una mierda tus gustos.
—Sé que puede parecerle un disparate, pero es la verdad: yo, Alys Ríos, junto con el Desconocido, puedo traer al mundo de los vivos esa alma que desea. Pero hay un precio a pagar para lograr tal cometido.
—¿Y cuál es ese precio?
Una sonrisa vulpina se dibujó en los labios carnosos de la mujer.
—El segundo hijo de la actual reina Rhaenyra Targaryen nació con sangre de los primeros hombres y valyria. —Alys miró el fuego en la chimenea del salón y se acercó dando pasos suaves. Palabras inteligibles fueron murmuradas y Aemond fue testigo de un incremento en la fuerza del fuego en la chimenea.
La mujer cerró los ojos al estirar las manos hacia las llamas danzantes para después inspirar sonora y dedicarle una mirada que le erizó los vellos de la nuca. Sintió como si hubiese sido juzgado por una entidad hostil y traicionera.
—Sangre fuerte y semilla de fuego —susurró ella—, ese es el pago.
Aemond no replicó ante el escepticismo, sin embargo…
—La casa Strong será el sacrificio y en mi vientre crecerá una cría de dragón —explicó solemne Alys—. Al nacer el bebé, mi Señor le arrebatará al Desconocido esa alma que tanto desea, mi príncipe.
Una parte de él sabía que era una locura, una estratagema de la mujer para lograr salvarse de la muerte. Mas Aemond escuchó un susurro fantasmagórico en lo profundo de su mente que le instaba a aceptar. Quiso resistirse y habría rechazado tal oferta de no ser porque de pronto Lucerys apareció detrás de Alys y le sonrió como en aquella cena. Le estaba retando, abriéndose paso por debajo de su piel como solo ese niñato sabía hacerlo.
«Bien, que así sea», pensó Aemond.
Fue por esto por lo que ordenó la matanza en Harrenhal y perdonó la vida de Alys Ríos. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para volver a ver a su sobrino y si para cumplir tal deseo debía acabar con toda una casa y encamar a una hechicera, lo haría. Tal vez debió dudar de la palabra de una bruja, pero ¿qué más podía perder?
En algún momento la culpa se había transformado en una obsesión insana. Aemond sabía a la perfección que ese fantasma no era real, que las conversaciones que tenía con él eran vistas como actos dementes, pero en ese rincón oscuro y repleto de violencia, estaba Lucerys. Cada que encamaba a Alys gemía el nombre del chico cual plegaria. No le importaba si ella se negaba al cabo de dos rondas, él le llenó el vientre por noches seguidas hasta que un embarazo fue confirmado. Ella no tenía ningún rasgo de su sobrino, en absoluto. Sin embargo, por sus venas corría la sangre Strong y era un consuelo bastante mediocre, mas era lo que había. Donde él buscaba ojos achocolatados, encontraba esmeraldas; veía cabellos ébano en vez de castaños; había un coño en vez de un pene…
—Sé cuál es mi papel en esto, mi príncipe —retó ella, trayéndolo de vuelta al presente—. Pero no quiero que nuestro hijo se quede sin padre…
De nueva cuenta el príncipe perdió los estribos y cernió las manos sobre el frágil cuello de la fémina.
—Ese no es mi hijo —aseveró entre dientes cual dragón enfurecido—. Podrá llevar sangre valyria, pero no es mi hijo. Él es Lucerys, mi sobrino, ¿entiendes, mujer? Y tú no eres su madre, solo un vientre con sangre Strong. ¿No fue eso lo que dijiste cuando supiste de su existencia? Un bebé que te arrebataré tan pronto tenga el alma correcta, ¿me oyes?
Para evitar que ella cayera luego de soltarla, Aemond la sostuvo de los hombros en lo que tosía.
—No confundas nuestra relación, bastarda —advirtió él, gélido y amenazante—. Si estás a mi lado es por él, no por cualquier estupidez romántica que hayas pensado.
—Aun así —habló ella con dificultad—, me necesitas, Aemond, ya que sé dónde está exactamente Daemon. Lo vi en las llamas, me lo dijo mi dios. El mismo dios al que le ofreciste un sacrificio de sangre por un alma.
Hubo un largo silencio en el que hubo una guerra de miradas.
—Partimos al alba.
.
Vhagar rugió al llegar donde Daemon y Caraxes esperaron por días. Aemond había dejado a Alys en tierra, permitiendo que le besase antes de enfrentarse con su tío. Confió en el poderío de Vhagar, mas esa fue su perdición: había subestimado a Daemon.
A pesar de ser la mitad de grande que la antigua dragona, Caraxes le dio pelea, demostrando la fiereza y sed de violencia que compartía con su jinete. Ambas bestias se hirieron en el aire, destrozándose mutuamente tal como el tío y sobrino anhelaban hacerlo entre ellos. El deseo de venganza, de dar muerte al segundo hijo de una generación diferente, despertaba en ellos la demencia maldita en la familia.
Aemond se negaba a morir, no cuando faltaba poco para tener entre sus brazos a Lucerys. La irracionalidad se apoderó de él al percatarse de las fauces cernidas en la garganta de Vhagar.
Lucerys, Lucerys, Lucerys.
Una sensación de desesperanza le embargó entero al ver a Daemon preparándose para asaltarlo con Hermana Oscura.
¡Lucerys, Lucerys, Lucerys!
Estaban en caída libre y él seguía sin poder desatarse de la montura. Los chillidos de Vhagar le taladraban los oídos. El cielo arrebolado enalteció la figura de su tío saltando de un moribundo Caraxes.
¡¡Lucerys, Lucerys, Lucerys!!
Lo último que vio fue la punta de Hermana Oscura demasiado cerca de su ojo derecho.
¡¡¡Lucerys!!!
.
Abajo, en la Torre de la Pira Real, con una mano sobre el vientre, Alys Ríos miró la gran batalla entre los fieros caballeros de ambas facciones. El negro y verde colisionaron para después mezclarse en las tranquilas aguas del Ojo de Dioses.
Una sonrisa autosuficiente se dibujó en un rostro siempre jovial.
—Mi príncipe, no te preocupes, cumpliré con mi deber en tu tiempo.
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Aemond siempre se preguntó cómo sería la muerte. ¿Habría dolor o la ausencia de este? ¿Habría oscuridad o algún dios se dignaría a aparecer? No podía describir la decepción que sintió al encontrarse en un pasillo familiar: el que llevaba al Salón del Trono en la Fortaleza Roja. No obstante, había una luz ligeramente rojiza cubriendo las paredes y el bullicio de la corte se vio reemplazado por el eco de sus pisadas y el ronroneo propio de un dragón.
Al estar frente a la puerta de doble hoja un calor sofocante le estremeció. Se sintió como cuando niño iba a Pozo Dragón en búsqueda de ese vínculo del que todos alardeaban en su cara. La curiosidad le impulsó a abrir la enorme puerta. Al alzar la vista no halló el Trono de Hierro sino a un caballero de armadura y cabellos negros sosteniendo una espada envuelta en llamas y, detrás de él, la cabeza enorme de un dragón de escamas oscuras y ojos tan amarillos como el oro derretido.
Un miedo inconmensurable le detuvo en su andar. La penetrante mirada del dragón parecía ver en lo más recóndito de su alma rota.
—Aemond Targaryen, segundo hijo varón de Viserys Targaryen y Alicent Hightower —escuchó decir al hombre vestido de negro con voz suave. La armadura tintineó a cada paso dado por él y el dragón poco a poco alzó la cabeza, ojos de oro fijos en el príncipe fallecido—. Hermano de Aegon, Helaena y Daeron Targaryen. Padre de Jaehaerys y Jaehaera Targaryen. Medio-hermano de Rhaenyra Targaryen y tío de sus hijos, Jacaerys, Lucerys y Joffrey Targaryen-Strong. —El dragón emitió un gruñido amenazante yuxtaponiendo la serenidad del caballero con rostro borroso—. El príncipe que perdió un ojo por un dragón y, aun así, exigió que se pagase una deuda ya saldada. El mismo que le arrebató la vida al supuesto deudor e hizo un trato con el Señor de los Siete Infiernos por su alma, se presenta ahora ante mí, Balerion, padre de las Catorce Llamas Valyrias, ¿por qué?
Aemond no tenía la respuesta, quien se sorprendió al verse arrodillado ante el dios.
—¿Buscas clemencia?
Había perdido todo optimismo la noche que vio lo restos de Arrax caer.
—¿Buscas perdón?
El único perdón que deseaba escuchar era el de Lucerys.
—¿Protección para algún ser querido?
Quizás Alys y el bebé…
El dragón rugió colérico y el filo de la espada en llamas se posó en la garganta de Aemond.
—¿Tienes el descaro de pronunciar el nombre de un vástago de los Siete Infiernos en mi presencia? —reprochó el caballero, esta vez la voz gélida como el acero.
De pronto una figura blanca se interpuso entre Balerion y Aemond, calmando al dios que apartó la espada y parecía tener una conversación con la silueta. Por más que intentó escuchar, el príncipe no oyó algún intercambio de palabras, solo pudo percibir el aura tranquila y familiar.
—Entiendo —dijo Balerion—. En ese caso… De pie, Aemond Targaryen. —El cuerpo del mencionado actuó por sí solo, obedeciendo la orden dada—. En vista del gusto que tienes por los pactos y deudas, aquí hay un par. —Balerion extendió la mano hacia la silueta y en un instante esta se transformó en una perla luminosa sobre la palma oscura del caballero—. La deuda con mi reino por la transgresión de haber hecho un pacto con el Señor de los Siete Infiernos te será perdonada gracias a esta Llama Pura que ha abogado por ti y, además, serás su deudor eterno al sacrificarse para así darte la oportunidad de volver en el tiempo a corregir el error cometido. Tú y solo tú pondrás fin a lo que comenzaste. Tu espada deberá atravesar carne añeja y un corazón de piedra, antes de que la fuerza se vea menguada por el infierno. Solo entonces, podrás descansar.
La cabeza de Aemond le daba vueltas conforme la información le era dada. Era como cuando Helaena hablaba solo que mil veces peor.
—Espero sepas usar con sabiduría este regalo.
Ni siquiera había terminado de procesar las palabras de Balerion cuando este llevó la esfera luminosa hasta la cuenca vacía. El gemido de dolor que emitió se equiparó al que desgarró su garganta aquella fatídica noche en Marcaderiva.
Tal fue la agonía que no reparó que enfrente de él estaban Jacaerys, Rhaena, Baela y Lucerys con rastros de una pelea. No escuchó la llegada de la Guardia Real. Tampoco se percató al instante de que ya no era ese hombre de veinte años sino un niño.
Aemond el Matasangre Targaryen había vuelto aquella noche en Marcaderiva, sin saber que la Llama Pura que abogó por él había sido su hermana Helaena Targaryen, que perdió la habilidad de los sueños proféticos.
Todo por una obsesión.
