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La Vida Que Me Robaste (Y Volviste A Dar)

Summary:

- ¿Qué está pasando aca? - Una voz interrumpió la conversación.

Roier volteó molesto, observando como el híbrido de oso se acercaba a ellos despreocupadamente. - ¿Con quién quedé al final?

Quackity volteó a ver a Roier, quien negó suplicante con su cabeza. No sirvió de mucho. - Con… Con Roier. -

Spreen pareció congelarse en su lugar, para inmediatamente sonreír. - ¿En serio?

...

(O un universo alterno donde por azares del destino Spreen y Roier deben de cuidar a Bobby juntos)

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Volviendo A Empezar

Chapter Text

Roier pensaba que todo esto era un mal chiste. Debía de serlo.

- Entonces tú y Spreen tendrán que cuidar del huevo juntos. - Quackity finalizó tranquilamente, tratando el tema como si de algún error insignificante se tratase. Pero para Roier, por supuesto, no se trataba de un error cualquiera.

- ¿QUÉ? - Gritó, exaltando no solo a Quackity, si no a todos dentro del centro de adopción, quienes voltearon a verlo estupefactos. Sus mejillas se calentaron ligeramente ante la atención, pero continuó hablando. - Nonono, debe de haber un error, Quackity. Spreen no habla inglés. -

- Lo sé, pero no hemos podido contactar a Wilbur hace días y Dan ya nos mencionó que no iba a poder estar mucho, así que decidimos sacarlos de la lista de cuidadores. - Quackity explicó nuevamente, soltando un suspiro profundo. - Lo cuál los deja a todos con equipo, excepto a Spreen y a ti.

- ¡Debe de haber otra solución…! ¡Puedo cuidar del huevo solo, no necesito a Spreen! - Roier exclamó inmediatamente, intentado por cualquier medio posible el tener a Spreen de compañero. ¿Cómo demonios iba a cuidar de un huevo junto a él cuando lo único que quería era venganza?

- Podría ser, pero… 

- ¿Qué está pasando aca? - Una voz interrumpió la conversación.

Roier volteó molesto, observando como el híbrido de oso se acercaba a ellos despreocupadamente. - ¿Con quién quedé al final?

Quackity volteó a ver a Roier, quien negó suplicante con su cabeza. No sirvió de mucho -  Con… Con Roier. - 

Spreen pareció congelarse en su lugar, para inmediatamente sonreír. - ¿En serio?

- No. - Roier afirmó fríamente, para voltearse hacia Quackity una vez más. - Quackity, no me seas mamón, puedo cuidar del huevo solo, déjame intentar, ya verás que si.

Quackity se removió incómodo en su lugar, pero parecía estar pensándolo. Roier iba a argumentar de nuevo, cualquier cosa que terminara de convencerlo, pero Quackity habló primero. - Creo que todo esto sería más fácil si haces equipo con Spreen. Recuerda que no queremos que los huevos mueran y… Bueno, creo que entre los dos sería más sencillo. 

Abrió la boca, pero nuevamente fue interrumpido. - Dale Roier, no empieces nuevamente de caprichoso. - Spreen alzó la voz.

Volteo a verlo fríamente, y Spreen le regreso la mirada con un toque de burla que hizo su sangre hervir. Ambos se quedaron así, viendo al otro fijamente, y un ambiente tenso se formó en el pequeño grupo. 

Roier no soportaba su presencia, no soportaba el odio y el dolor que parecían querer derretir su pecho cada que recordaba la traición de aquella noche. Iba a vengarse, iba a hacerlo sentir de la misma forma en que él se sintió en aquel momento en que el arma de su amigo se clavó en su espalda, pero para ello, necesitaba un plan. No podía actuar a la ligera. 

- De acuerdo. - Accedió, consciente de que no le quedaba alternativa. - Tú ganas Spreen, cuidaremos de ese huevo juntos. 

Roier se dio la vuelta, buscando al huevo que había visto desde un inicio y que se había ganado con facilidad su cariño.

Quackity suspiró con alivio y por el rabillo de su ojo pudo ver cómo Spreen sonreía anchamente en clara señal de victoria.

Rezó porque aquellos dos no se mataran el primer día.

 


 

Habían llamado a su huevo Bobby. Roier había quedado encantado con él desde que lo vio por primera vez en su vitrina, portando un adorable overol azul y soltando burbujas para llamar su atención. Spreen no protestó mucho cuando le comentó sobre el huevo y su nombre, cosa que agradeció, ya que no quería volver a discutir tan pronto.

Ambos decidieron que lo mejor sería que Bobby viviera en su casa, ya que la de Spreen aún no estaba terminada. 

- Y aquí vas a vivir, conmigo. ¿Te gusta, Bobby? ¿Te gusta mijo? - El huevito dio un par de saltos en respuesta, lo cual lo hizo sonreír tontamente. 

Al entrar en la casa Bobby corrió de un lado a otro, inspeccionando cada rincón con mucha curiosidad, viendo cada detalle. Roier miró con una sonrisa suave la escena. En un principio, la idea de cuidar de un huevo no le parecía buena; tenía muchas cosas pendientes, planes que hacían el cuidar de un niño algo complicado y poco idóneo. 

Pero ahora que veía a Bobby, caminando de un lado a otro emocionado, una sensación cálida se posaba en su pecho, haciendo que nada de esto pareciera realmente algo malo. Su venganza podría esperar un rato más.

- Ven Bobby, ven. Déjame mostrarte tu habitación. - Roier habló suavemente, llamando la atención del huevo para subir al tercer piso.

- Podemos decorarlo como tú quieras, ¿te gusta? Aquí podríamos poner tu baño, por aquí un sofá y una televisión para ver tus caricaturas y por allí… - Roier le mostró la habitación vacía, dando vueltas alrededor y apuntando de un lado a otro todo lo que podrían colocar. Bobby por su parte no dejaba de dar de vueltas, asintiendo a cada una de las ideas que su papá le decía, claramente emocionado.

Ambos estaban en su burbuja de ensueño cuando Spreen habló con voz seria. - Eh, ¿No crees que le estás dando muchas cosas al niño? ¿Para qué mierda va a necesitar un lienzo?

Roier se sobresaltó. Había olvidado por completo que Spreen estaba con ellos. Sin embargo, una vez analizó sus palabras, frunció el ceño ligeramente. - Pues por si quiere pintar. Aún no sabemos qué es lo que le gusta hacer, podría ser un gran artista. - Respondió con naturalidad. Spreen endureció su gesto. - El no necesita pintar, lo que necesita es que le enseñemos cosas útiles, luchar, cazar, supervivencia.

Al escuchar las palabras de su compañero, Roier río estupefacto. - Es un niño, Spreen.

- Ya, pero igual va a enfrentarse al mundo algún día. En vez de perder el tiempo con tonterías, deberíamos de estarle enseñando a ser más fuerte. -

- ¿Ah sí? ¿Así más fuerte como tú? - Roier contestó con sorna. Spreen se cruzó de brazos al escuchar su tono de voz. - ¿Tienes algún problema con eso?

- Nooo, no, ninguno. - Roier sonrió, preparándose para la segura reacción que sus palabras iban a causar  - Solo que no estoy seguro de querer criar a Bobby para que sea  un tramposo traidor. - 

Si la mirada de Spreen de por sí ya era seria, ahora era helada. Roier podría sentir la adrenalina en su cuerpo correr, alertándolo del posible peligro ante cualquier acción que el pelinegro pudiera realizar. Estaba tentando a su suerte actuando tan descuidadamente, pero una parte de su cerebro, aquella que todavía seguía caliente con los sentimientos de ira y rencor, le pedía a gritos continuar hablando.

- ¿Seguro que así quieres llevarla? - Spreen le contestó demasiado calmado, una señal que Roier conocía a la perfección y que significaba enojo puro. - Pensé que habías dicho que ya no estabas molesto ¿qué ocurre contigo?

Fueron esas palabras las que hicieron reaccionar a Roier. Mierda. Se suponía que debía de permanecer calmado, pretender que las cosas estaban bien para luego atacar sin que nadie sospechara nada, ya que una batalla frente a frente no era opción cuando de Spreen se trataba. No podía dejarse llevar, no ahora. 

Quizás aún podía arreglarlo.

Como si de un switch se tratara, la actitud de Roier cambió en un dos por tres. Sonrió ampliamente, y dijo divertido. - Era solo una broma Spreen, tranquilo.

Spreen por su parte alzó una de sus cejas, bastante incrédulo. Era obvio que las cosas no estaban bien. Roier parecía planear algo pero sin la seguridad de el qué, o de si tan siquiera sus instintos eran ciertos, no podía hacer mucho. Decidió dejarlo ir de momento, colocando una alerta para el futuro. - No me pareció divertida.

- No aguantas nada boludo. - Roier jugueteo, y el ambiente volvió casi a la normalidad, casi, ya que aún quedaban los pequeños rastros que indicaban que ya nada era como lo que solía ser. Semillas de desconfianza, de lazos rotos que con el tiempo parecían más y más imposibles de reparar. Ninguno de los dos dijo algo al respecto.

- Bueno, ¿Entonces qué quieres construirle al mocoso? - Spreen preguntó. Roier suspiró aliviado y rápidamente empezó a explicarle, discutiendo cada cierto tiempo sobre las cosas que sí y que no harían.

Tras mucho insistir, decidieron quedarse con los lienzos y las pinturas. De Roier brotó una risa burbujeante, imaginando todas las obras de arte que Bobby y él harían. Quien sabe, quizás hasta podría convencer a Spreen de pintar algo pequeño con ellos también. 

Spreen lo observó fijamente, viendo como sus ojos se cerraban en una expresión feliz que no le veía portar desde la apuesta, e inconscientemente, dejó salir una sonrisa de medio lado, sin apartar ni por un momento sus ojos del castaño.

Apartado en una esquina de la habitación, Bobby los miraba a ambos con una pizca de confusión.

 


 

Desde aquel día, Spreen no apareció mucho en la casa.

Iba y venía constantemente, y aunque siempre dedicaba unos minutos al día para hablar un poco con Bobby y preguntarle por cualquier cosa que necesitara, la mayor parte del tiempo se la pasaba lejos en alguna expedición, buscando materiales para su construcción o simplemente de aventura.

Fue por ello que Bobby y Roier se dedicaron a pasar la mayor parte de su tiempo juntos, y con cada pequeño momento compartido, desde cocinar un pastel en casa hasta salir a explorar mazmorras juntos, Roier se encariñaba más y más con el huevito. Y es que Bobby era, en su humilde opinión, el huevo más chingón de todo el lugar. 

No solo era bastante capaz de seguirle el ritmo en sus aventuras juntos, sino que también había mostrado una gran habilidad para la caza, el combate, la minería… incluso sabía hacer water drops. Cada cosa nueva que descubria de Bobby era un motivo más para sentirse sumamente orgulloso, para que una llama llena de cariño creciera en su pecho, haciéndolo débil ante cualquier cosa que hiciera su niño.

En ese momento, Roier y Bobby se encontraban en casa, ambos habían estado de acuerdo en que merecían un día más tranquilo después de la aventura que habían tenido ayer, donde por muy poco Bobby casi pierde una vida. Optaron por pintar juntos, y ahora Roier se encontraba sentado en el suelo, con su rostro lleno de pintura roja en forma de pequeñas manos mirando directamente al lienzo enfrente suya, concentrado en la pintura que le haría a Bobby. 

Se dejó llevar, disfrutando del silencio que se formó en la casa, siendo el sonido de los pinceles y la certeza de que Bobby estaba a su lado sus únicos acompañantes. Tras un rato ambos finalizaron y agarraron sus lienzos, ocultándolos del otro. - ¿Vas tú o yo primero? - Roier preguntó. Bobby le pegó suavemente en respuesta. - De acuerdo, voy yo. ¿Estás listo?

Bobby asintió y en un solo movimiento Roier colocó el cuadro en la pared, revelando la imagen de Bobby en un elegante traje negro y lo que parecia un cigarro en sus labios. - ¿Te gusta? ¿Bobby te gusta? - Roier rió ligeramente y Bobby saltó emocionado en respuesta. - Me alegro mucho mijo. Ahora a ver, muéstrame el tuyo.

De la misma forma, Bobby colocó su cuadro en la pared, mostrando un dibujo de lo que parecían ser Roier, Spreen y él tomados de la mano. 

- Awwww ¡Somos nosotros! - Roier exclamó dulcemente. Era un cuadro muy bonito. 

Bobby saltó un par de veces, pero tras un rato poco a poco dejó de moverse y tan solo se le quedó viendo fijamente al cuadro. 

Roier notó inmediatamente el cambio en la actitud de su hijo. Se agacho a su nivel, y con un toque de preocupación en su voz preguntó. - ¿Qué ocurre mijo? ¿Todo bien?

Bobby no se movió. Se quedó viendo un rato más la pintura, para después negar suavemente. Sacó un cartel y de él escribió - ¿Por qué papá Spreen casi no está con nosotros?

Roier al leer lo escrito se tensó inmediatamente. - Tu otro papá solo está muy ocupado mijo, estoy seguro que uno de estos días va a tener un poco más de tiempo y podrá jugar mucho contigo. - Dijo lo más natural que pudo.

Bobby pareció considerar las palabras. Unos segundos más tarde, puso otro cartel - ¿Papá Spreen es malo?

- ¿Qué? No, no. ¿De donde sacas esas cosas? - Roier preguntó alarmado.

- Papá Spreen y tú pelean mucho y cuando se va te ves triste.

Casi se atraganta al leer ese cartel. 

- No, Bobby, mira, las cosas con Spreen son… Complicadas ¿De acuerdo? - Roier exhalo, mirando a sus manos sin saber muy bien qué decir. Sabia que Bobby no era tonto, y tambien sabia que Spreen parecia estar evitandolos desde la discusion que tuvieron el primer dia. Aun cuando quería creer que Spreen no sospechaba nada, conocía al oso y no era estupido, seguramente se olía que algo no estaba bien con él. 

Él todavía quería su venganza. Aún le dolía el recordar; recordar cada momento bueno a su lado que se iba al vacío cuando entendía que Spreen había desechado cada uno de ellos como si nada, sin siquiera poder comprender por qué. No quería que su dolor fuera en vano, no quería volver a creer y ser nuevamente herido, porque francamente, no sabía si podría soportarlo.

Pero ahora estaba Bobby, y el huevo los necesitaba a ambos unidos para poder tener una familia plena. Mierda, todo era un desastre.

- Spreen y yo… Entre Spreen y yo ocurrieron cosas que nos alejaron un poco. - Finalmente contó con la mirada baja. - Pero yo sé que tu papá es bueno, solo que últimamente… No sé qué le pasó. Ha cambiado mucho. - Murmuró, dejando salir un poco de su tristeza en aquella última frase. Al darse cuenta, Roier inmediatamente se compuso, sonriendo hacia Bobby gentilmente. Sin embargo, Bobby sabía, aquella sonrisa no era del todo sincera. - Por eso debemos tener paciencia con él ¿Si? 

Bobby asintió, acercándose a su papá para recargarse a un costado suyo. Roier lo recibió cálidamente, envolviéndolo entre sus brazos. Al arrullar a su niño para que se quedara dormido, solo pudo pensar en una cosa.

Necesitaba hablar con Spreen.

 


 

Era de noche y todas las luces estaban ya apagadas, excepto por la lámpara de noche a un lado de la cama de Bobby. El niño tenía cierto miedo a la oscuridad. 

Roier estaba sentado en la sala cuando escuchó el click de la puerta abrirse y detrás de ella, apareció Spreen, cargando su mochila descuidadamente, visiblemente cansado.

- Al fin llegas - Habló desde las sombras. 

Spreen ahogó un grito en lo profundo de su garganta. - Hijo de puta me asustaste.

- Shhh, Bobby está durmiendo. - Roier dijo intentando no reírse. Era rara la ocasión en qué Spreen era tomado por sorpresa y aunque tenía una gran necesidad de burlarse de la reacción del pelinegro, habian asuntos más importantes en la mesa. - Necesitamos hablar

- ¿Y era necesario esperarme en la oscuridad como un lunático? - Spreen gruñó. Roier rodó los ojos. - ¿Y qué más querías que hiciera? Casi nunca estás en casa, cabron.

Spreen parecía querer seguir discutiendo, pero Roier lo interceptó antes de que pudiera hablar - Mira, ¿Te parece si vamos a tu bar primero? Vamos a terminar despertando a Bobby si seguimos así. 

El híbrido apretó sus labios, molesto al ser interrumpido, pero asintió igualmente. Roier se levantó de dónde estaba, parándose a un lado de Spreen y dedicándole una sola mirada de lado antes de salir. Spreen lo siguió desde atrás. 

La noche era fría, aunque inusualmente tranquila, con pocos monstruos atacandolos en su camino. Una vez llegaron ambos se sentaron en la mesa cerca de la ventana, la cual tenía una bonita vista en la cual se podía ver la casa desde lejos. 

- ¿Y? ¿De qué querías hablar? - Spreen habló primero. 

Roier inhaló y exhaló profundo, preparándose mentalmente para lo que se venía. - Quiero una tregua. 

- No sabía que estábamos peleando.-

- No te hagas menso, sabes que hemos estado discutiendo a lo pendejo desde hace semanas… Las cosas no están bien, Spreen. - Roier admitió con dificultad. Ahí iba su oportunidad de una venganza inesperada. - Necesitamos arreglar lo que sea que esté pasando, Bobby… Bobby te extraña.

- Bobby… - Spreen repitió, casi en un gruñido. - ¿Y qué hay de ti?

- ¿Cómo? 

- A ver, si estamos así es por tu culpa, tú me habías dicho que ya no estabas enojado - Spreen reclamó. - Pero es obvio que algo te pasa, no soy pelotudo como para no darme cuenta. Aca la pregunta es ¿Qué quieres tú de mí?

Roier se quedó sin palabras por un momento. Era algo que en el fondo era consciente iban a tener que hablar sí o sí, pero no… no estaba listo. 

Dudaba algún día llegar a estarlo.

- Yo lo único que quiero de ti es que pases tiempo con tu hijo. - Respondió a la defensiva. - Fuera de eso me vale madres lo que hagas con tu vida. 

Spreen se le quedó viendo fijamente. Podía sentir su pesada mirada incluso a través de sus lentes oscuros, analizándolo, mirando a través de su alma y sus mentiras. Se sentía tan expuesto. 

- Sigues molesto por la apuesta.- Spreen afirmó. - Ya te había pedido disculpas. 

- Y yo las acepte. - Dijo fríamente. 

- Tú sabes… Sabes que no se me dan bien estás cosas. - Spreen habló más bajito. - ¿Qué más quieres de mi para que volvamos a cómo era antes?

A cómo era antes.

Roier bajó su mirada al escuchar la frase. Volteó hacia su casa, la de ambos, y después miró a la derecha, dónde a lo lejos pudo ver la silueta de la construcción de Spreen. Nuevas paredes se alzaban a los costados y lo único que faltaba por terminar era el techo. Pronto Spreen podría oficialmente mudarse de casa. Aquello, contra todo pronóstico, se sintió como un golpe en el estómago. 

- No creo que podamos volver a como era antes. - Finalmente respondió. Por la periferia pudo ver a Spreen exhalar profundamente, dejando caer sus hombros. Lucia tan… derrotado. - Ya no… ya no confío en ti. - Admitió.

Un silencio se formó entre ambos, cargado con el peso de la verdad que tanto se había intentado esconder. Nada estaba bien porque Roier había perdido mucho más que una mascota y su vida esa noche, había perdido la confianza. Una que había sido arrancada de su corazón de raíz; porque Spreen mintió, porque Spreen no se detuvo cuando se lo suplicó, porque de entre todas las personas, había sido él, la persona que más amaba y más permanecía en su mente. ¿Cómo podía dejarlo ir, cuando su corazón había sido apuñalado cruelmente y sin miramientos? 

Simplemente no podía.

Un toque lo sacó de sus pensamientos. Spreen tomó una de sus manos con delicadeza, acercándola a sus labios, dónde suavemente le dio un beso. Roier pudo sentir el frío y húmedo toque en sus nudillos enviar corrientes eléctricas por todo su cuerpo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. 

- Detente. - Suplicó.

- Perdóname. - Spreen respondió en su lugar, recargando su frente en la mano de Roier, sosteniéndola fuerte, como si Roier tuviera la suficiente fuerza de voluntad como para apartarla. Quiso reír ante la idea. - Dame otra oportunidad. Te mostraré que puedes volver a confiar en mí. No volveré a lastimarte, solo… perdóname. 

- Spreen basta… - Roier sollozó, con el corazón confundido y en un puño. - No puedo wey, no voy a soportarlo si me vuelves a mentir. 

- No volveré a mentirte.

- No te creo.

- Te… Te extraño. 

Roier soltó un quejido lastimero. Spreen siempre había sido egoísta, no sabía cuándo rendirse y nunca aceptaba un no por respuesta. Eran cualidades que podrían parecer negativas, pero que Roier había aprendido a amar incondicionalmente, pues después de todo, eran todas ellas las que hacían de Spreen, Spreen. 

Más justo ahora, eran esas mismas cualidades las que lo estaban destrozando. 

- E-eres un hijo de puta. - Sus palabras salieron entrecortadas. - ¿Quieres que te perdone? Demuestramelo. Demuestrame que puedo confiar en ti.

Spreen tragó saliva. - ¿Y cómo hago eso? 

- Sé un buen padre para Bobby. Cuídalo, pasa tiempo con él. Comprometete. Entonces sabré que vale la pena volverlo a intentar. 

Spreen hizo un gesto amargo, entendiendo lo que Roier quería decirle. No solo era el hecho de cuidar de Bobby, era más, era Spreen demostrando que tan dispuesto estaba a cambiar sus formas, a dejar la violencia, la ira y sus malos tratos por él. 

Era algo grande lo que se le pedía, y honestamente no estaba seguro de poder cambiar esa parte que se encontraba en el núcleo de su ser, no por completo, al menos. Pero por Roier, haría una excepción. 

- De acuerdo. - Spreen cedió. Roier suspiro con las lágrimas aún saliendo de sus ojos. Una diminuta sonrisa brotó de sus labios, oculta en el velo de la noche. 

Se levantó de su asiento, acercándose a Spreen quién al verlo imitó sus pasos. Ninguno dijo nada, y como atados por el mismo hilo, se acercaron a la vez, abriendo sus brazos al otro en busca de consuelo. Roier se derritió en el toque ajeno, en la calidez del cuerpo de Spreen y su aroma amaderado, en las manos con garras que gentilmente se arrastraban por su cabello. Era tan débil.

- No te acostumbres, sólo será por esta vez. - Murmuró Roier con la poca resistencia que le quedaba. Sus ojos ardían. - No me hagas arrepentirme, por favor.

Una punzada atravesó el pecho de Spreen al escuchar la voz de Roier quebrarse. Lo único que pudo hacer fue abrazarlo con más fuerza, enterrando su rostro en el cuello del castaño. Quería esconderse allí y nunca más abandonar su lado. 

- Te juro que no te vas a arrepentir. Te lo juro.