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and i can see us twisted in bedsheets

Summary:

un domingo muy doméstico

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Lionel abre sus ojos lentamente. Parpadea varias veces, enfocando el techo blanco y trata de desperezarse. Intenta moverse para ver la hora, pero un peso sobre su pecho lo mantiene en su lugar.

Baja su vista y recorre la imagen que tiene el privilegio de admirar, aunque una cabellera ruluda le tape parte de ella. Sonríe mientras pasa su mano derecha sobre los cabellos de Pablo y lo escucha suspirar. Aunque no lo pueda ver, sabe que tiene su boca abierta, por el cálido aliento que golpea contra su piel desnuda. 

Sus ojos van un poco más allá, al hueco de su propio cuerpo que estaría libre de no ser por una mano que no es de ninguno de los hombres. Recorre con lentitud toda la piel expuesta hasta llegar a la manga de una camiseta de River vieja. Su novia está hecha un bollito a su lado, con su cara apuntando hacia ellos, y parece tan relajada y en paz que le sorprende, porque entre sus trabajos y obligaciones de las semanas que pasaron, hubieron pocas veces en las que disfrutaron de esa tranquilidad. Trata de grabar esa imagen, la curva de su nariz, sus labios entre abiertos y el rimel que no logró sacar antes de acostarse.

Algunos flashes de la noche anterior aparecen en su mente. Por culpa del alcohol todo está medio borroso, aunque recuerda bailar con ellos en la fiesta y el momento en el cual todo se empezó a acalorar, pero también la llegada a casa, como se besaron y boludearon hasta que les pegó el sueño antes de poder hacer cualquier otra cosa, la charla que tuvieron tirados en la cama, recordandosé lo mucho que se aman y las palabras de adoración que se dijeron. Palabras que jamás olvidaría, si es que alguna vez lo intentara.

Escucha algo golpear la persiana de la pieza y sale de su ensoñación para prestar atención a su alrededor. El repiqueteo constante de la lluvia lo sorprende. Se siente un poco boludo por estar tan absorto en sus parejas que su cerebro bloqueó todo. Pero en realidad no le importa, no después de admirar todo lo que tiene delante de él y que es solo suyo.

Por un momento, sopesa si levantarse y comenzar el día. Ir al frío que lo espera en la cocina o quedarse en la calidez de los cuerpos que lo rodean. La elección es tan sencilla que ni siquiera entiende porque hubo una en un principio.

Aprieta un poco más el cuerpo que tiene encima y pasa sus dedos por la línea entre el rostro y el pelo de la mujer, y suspira contento. Cierra sus ojos y respira profundo para relajarse contra la almohada. Es todo lo que necesita, lo demás puede esperar.

 

Hay movimientos en la cocina. Lo puede distinguir en su cerebro confuso por el sueño aunque lleve despierto hace un rato, sin haber hecho un solo movimiento en todo ese tiempo. El sonido de una risa lo termina obligando a levantarse de la cama.

Ni siquiera pasa por un espejo antes de ponerse un short del Valencia que estaba tirado en el suelo y salir al encuentro de sus personas favoritas.

Frena en seco para poder mirarlos y quiere congelar el tiempo ahí mismo. Solo están sentados mirando hacia el cielo oscurecido por nubes negras y una lluvia tranquila que decora todos los edificios de Buenos Aires.

Lionel murmura algo que no puede llegar a escuchar y la respuesta es la misma risa que lo hizo salir de la comodidad de la cama. Sonríe, porque es todo lo que quiso para su vida: despertarse y que haya alguien más (ahora tiene dos). Un hogar.

La pareja se da un beso en los labios al mismo tiempo que un relámpago ilumina todo el cielo y el departamento se sacude por el sonido. Pablo salta en el lugar, no esperando tanto de una lluvia que parecía inofensiva, y un gemido de sorpresa se escapa de sus labios.

Lionel abre un ojo y sonríe en los labios de la mujer mientras se separa.

—Buen día. Vení, sentate —palmea el asiento entre ellos y gira su cabeza hacia la fémina—, Pablín.

Ella solo rueda sus ojos, divertida, mientras el riocuartense le hace caso.

—Ya aprendí, ¿o no, Pabl… —Su voz se desvia más hacia una i que una o y el menor alza sus cejas, retándola a que siga hablando. Pone una cara inocente al corrigirse— ooo. Pablo.

Niega con su cabeza, y clava su mirada en ella. Una de las manos de Scaloni encuentra su rodilla y queda ahí, sin intención subida de tono, solo como muestra de cariño. El calor que no sabía que había perdido vuelve a él. Por un segundo, queda perdido en el tacto y toda la seguridad que le trae. Decide dejar eso de lado para concentrarse en molestarla un poco. 

—Capaz te vendría bien una segunda parte a vos.

Los ojos contrarios se oscurecen un poco y sus piernas, aunque piense que no la ve, se aprietan mínimamente. Su mirada desafiante contradice lo que su cuerpo expresa, pero antes de que pueda emitir palabra, el cielo se ilumina al caer de un rayo casi frente a su ventana.

El estallido hace saltar a todos y el ventanal vibra peligrosamente. Toda ternura y calentura que se pudo haber formado, se esfuma rápido. La mano desaparece, las pupilas se achican, las piernas se separan, pero el calor, ese horrible, asqueroso, y adicto calor, que lo hace querer volver a su casa una y otra vez, permanece en su interior. Tratando de concentrarse en otra cosa, gira su cabeza a la pared, donde el reloj marca las diez y se pregunta qué mierda hacen despiertos tan temprano. Resopla por su nariz antes de hablar. 

—Parece que viene para largo, ¿eh?

Solo responden con un “ajá”. Vuelven a mirarse entre sí, Lionel le alcanza un mate mientras el silencio es rota por la voz femenina con la pregunta de que iban a comer.

 

—¡Ay, la puta madre! 

Girás rápido y encontrás a Lionel llevandose los dedos a su boca. En otro contexto, la imagen podría significar demasiadas cosas, pero ahora solo se había vuelto a quemar preparando panqueques. Dejas la mezcla de brownies en la mesada y prendes la canilla dejando que el agua fría corra.

Había insistido en hacerse cargo de esa parte, sin importar la cantidad de veces que se lastimó por distraído.

—Sos un boludo —ponés su mano bajo el agua que corre —. ¿Mejor? 

Antes de que pueda responder, una tercera voz llena el lugar.

—¿Te volviste a quemar? —Pablo camina hasta encontrarse con ustedes. El cabello húmedo y ondeado le enmarcan la cara como si fuera un ángel. Hacía ya un tiempo le habías inisitido para que se deje crecer el pelo y no podías estar más feliz con el resultado (no había mejor cosa que tirarle esos rulos en cualquier momento)—. Me parece que le querés cumplir el sueño de ver bomberos.

Ríe por lo bajo cuando rodás tus ojos. 

El olor a comida que está cerca de terminar rostizada llena la cocina, e instintivamente los tres llevan su mirada a la panquequera que empieza a largar humo. El menor se apura a sacar la plancha del fuego directo y con una espátula intenta salvar la masa.

Volvés tu atención al mayor.

—¿Te sigue doliendo?

—Na, ya pasó —sonríe un poco y con la mano no herida cierra la canilla. No tan convencida, llevas la mano a la altura de tus ojos y en un acto de cariño, besas la yema de sus dedos enrojecidos. Se desenreda de tus dedos para levantar tu pera y encajarte un beso—. Gracias, amor— susurra contra tus labios.

Se separa y se dirige detrás tuyo. No estás muy segura a qué, solo quedás parada ahí, media pelotuda, media enamorada, flotando entre remolinos de sentimientos.

Te despabilas en el momento que un mate aparece en tu visión. Cuando retomas la ardua tarea de terminar de revolver el brownie, pispeás que Pablo está en el lugar de Lionel al lado de la hornalla y sigue con la tarea del mayor. Este último se divide entre hacer acotaciones boludas y pasar la bebida sagrada a quien le correspondiera.

 

El día le da paso a la noche entre mates, brownies, panqueques, risas y silencios que solo ustedes comprendían. Antes de que el reloj de las 10, están cómodamente enredados en las sábanas, disfrutando de sus últimos días todos juntos.

Agosto estaba llegando a su fin, y se había terminado tan rápido como una botella de vino blanco en fiestas. Estás entre ellos, boca arriba, con ambos lo suficiente cerca como para tocarlos y molestarlos, aunque por tu bienestar de esa semana, no lo haces. Lionel dice algo, Pablo se ríe, Lionel lo acompaña y no existe sonido más preciado en tus oídos que ese. Hay silencio después. Quietud, sosiego. La domesticidad no es algo que vivan día tras día, pero los tres la abrazan siempre que pueden. Cerrás los ojos y te dejas llevar por la paz.

Notes:

mora10: jajaj el primer fluff! muéranse de sobredosis de azúcar

littlemissanxiety: cómo se nota que a este no lo escribí yo kjj

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