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Y si huyo, no me busques

Summary:

Tadeo, "Tad" pa' los cuates, anda iniciando su nueva vida en Laramie, Wyoming. Si no has escuchado de aquella ciudad, qué bueno. Eso era exactamente lo que el mexicano quería. No es que quisiera dejar a su país atrás, pero ciertas circunstancias lo obligaron. La más importante, una relación que lo hirió en más de una forma.

También hay magia involucrada, pero eso solo añade a los problemas.

Mientras tanto, Alfred solo quiere invitar a salir al chico lindo de la tienda.

Notes:

¡Hola! Esta idea me surgió un día y me encantó. Espero les guste. El fic va a ser E.U.A x Mexico, pero tiene un montón de Russia x México porque esa es, al final, el inicio de todos los problemas :) (Hay otras parejitas, pero son mínimas)

Mi México es hombre, se llama Tadeo "Tad" Cuauhtli García.

Si a alguien le interesa, hay una canción que escuché un día en la radio y dije "numaaa", porque sentí que si mi fic fuera una novela, esa sería la canción tema. Se llama "Quasi" de Pablo López.

Una cosa más, se supone que por el contexto todos hablan en inglés. Así que cuando haya palabras en itálica es que hablan el idioma en el que está la palabra.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Es como un respiro de aire fresco

Chapter Text

—Cinco dólares.

Recibió el billete distraídamente, para después asegurarlo en la caja registradora. Recargó sus codos sobre la mesa y suspiró.

Hoy había sido un día lento. El sol rebotaba en el pavimento y su calor abrasador entraba en lo más recóndito de la tienda. Por suerte el jefe les puso un ventilador. Uno solo porque según dice, hay que ahorrar luz. Aunque Tadeo bien supone que tiene que ver más con el bolsillo del jefe que con la preocupación medioambiental. 

Bien cutre su ventilador además. Tad se lo ponía justo a lado. Que el cliente se friegue, pero él es el que tiene que estar otras tres horas ahí. 

El aparato era ruidoso, y sin embargo Tad se sentía arrullado. Hasta podría echarse una pestañita… Era agradable. Sentía como el aire acariciaba su cabello.

El viento acaricia su cabello y ensordece sus oídos, sabe que está yendo muy rápido, sabe que tiene que elevarse nuevamente, su corazón late muy rápido, es la adrenalina y-…

—Tad!

Una voz chillante y la campanita de la entrada lo despiertan de golpe.

No mam’s , no grites —dijo el mexicano estregando su rostro. 

Sorry —dijo el otro, sonando un poco apenado. 

Tadeo apenas se estaba incorporando, preparándose para lidiar con las sandeces de Alfred, el gringo que ha estado infortunándolo desde que empezó a trabajar ahí. 

Empezó con Alfred yendo a la tienda casi todos los días. En serio, si ya de por si era raro que alguien comprara Candy Corn, el que alguien lo comprara casi diario era insólito. Entonces, o el güero le tenía ganas… o estaba desquiciado. No sabía qué era peor, así que decidió ignorar la situación…

…Hasta que le fue imposible. Alfred tenía esta manía de intentar e intentar e intentar acercársele y hablarle. Lo había visto tartamudear, tropezar y hasta golpearse con la puerta. Tadeo casi se muere de la risa con esta última, jamás había visto ese tono de rojo en el rostro de un humano. En fin, ver al otro sufrir había sido chistoso —incluso tierno—, hasta que se convirtió en algo muy penoso. 

—Amigo, tienes que dejar de comprar esta porquería. No es sano. —le había dicho después de cobrar la octava bolsa de Candy Corn de la semana. Era la primera vez que le hablaba más allá de “Hola” y el precio.

—¡No son para mí! —dijo nervioso —Son para mi amigo, Kiku. Adora estas cosas jajaja. Yo siempre le ofrezco otros dulces, pero es terco ¿sabes? “Quiero mis Candy Corn” me dice. Japoneses, ¿me entiendes? Ahora, ¿será cosa de asiáticos? Es qu-…

‘Oh no’. Pensó Tadeo. Vómito verbal. Este cuate tiene vómito verbal. Y entonces el mexicano se dio de golpes contra la mesa —metafóricamente hablando—, porque por acabar con el martirio del otro, acababa de terminar con el mismo destino. De verdad no debió decir nada.

De aquello ya habían pasado cuatro semanas. Y a pesar de que a veces quiere ahorcar al gringo, a Tadeo le duele admitir que empieza a disfrutar su disruptiva compañía. 

Alfred estrelló sus manos frente a Tadeo. 

 —Estaba pensando, deberíamos salir.

—¿A dónde?

—Juntos. Ya sabes, en una cita.

Pinche güero, cada vez eres más directo. No me digas, ¿hiciste alguna apuesta con tus amiguitos? ¿Una cita con el chico de la tienda para el final del mes?—dijo con picardía, acercándose ligeramente hasta entrar en el espacio del otro.

—…¿Quizá?— dijo —Digo, no lo hago por eso. ¡En serio! — agregó cuando escuchó al otro reír en un pequeño resoplo.

— Mira, creo que eres cool y guapo, y yo soy cool y super guapo, y juntos podríamos ser algo más.

Tu ego está cabrón.

—¿Qué?

—Nada. —dijo Tad dándole unas palmaditas en su hombro. — Creo que deberías salir con alguien de tu edad. Alguien igual de super guapo que tú… ¿A lo mejor de tu carrera?… ¿Qué estás estudiando, otra vez?

—Derech-…

—Derecho, sí —interrumpió Tadeo fingiendo reflexionar —¿No habrá una Elle Woods por ahí?

—Tad —le recriminó —No quiero a Elle Woods, ¡te quiero a ti!

Que se te haga la boca chicharrón . Elle Woods está a otro nivel.

—Ya… tómame en serio, please ? —le rogó.

En otras circunstancias, Tadeo lo habría considerado. Alfred estaba lejos de ser feo. Tenía un cuerpazo, era alto y tenía unos preciosos ojos azules. El mexicano no era ignorante tampoco de su vida socioeconómica, gracias a sus pláticas sabía que había vivido en los suburbios toda su vida, y que había entrado a la Universidad de Wyoming con beca de fútbol americano. Era el popular, era el hijo de favorito de mami, era ese que saldría en alguna portada de la revista Home & Health… 

Alfred era un partidazo.  

Y fácilmente Tadeo podría caer en sus ligues, es por eso que el mexicano ha mantenido distancia. Ahorita no está para ninguna relación, los recuerdos de ojos fríos lo persiguen. 

A él lo dejó atrás en México, así como dejó todo lo demás. Llegó a Laramie, Wyoming, cuidadoso de no dejar rastro alguno, con la esperanza de que su tía se acordara de su familia más allá de la frontera. Y ya sea por el amor a su madre —que en paz descanse— o por vergüenza de no haber ido ni siquiera al funeral, su tía lo había dejado quedarse con ella por un tiempo.

Estaba solo, pero estaba bien. A salvo .

…Y quería mantenerlo de esa forma. Tampoco quería exponer al gringo a las consecuencias de su pasado. Alfred era un buen chico. No tenía por qué lidiar con todo eso. A riesgo de sonar como señora: pero qué necesidad. 

Debido a esto, Tadeo no puede ofrecerle al güero una explicación franca de por qué lo rechaza. Contarle a Alfred los detalles de su relación con su ex era un ‘no’ definitivo. No solo porque no quiere abrir esa herida, sino también porque mucho del contexto era medio inverosímil. Y la verdad no llegó a aquella ciudad para convertirse en el loco del pueblo, cosa que seguro pasaría tomando en cuenta que Alfred hablaba hasta por los codos, lo cual lo hacía una fuente de elixir para los chismosos.

Es por eso que prefiere decir:

—Estás peque. Llámame en diez años. 

Y no es mentira total. Alfred es cuatro años menor que él. Algo muy diferente a lo que está acostumbrado… pero bueno, al final de cuentas, Ivan había sido un caso especial.

—Creo que deberías darme una oportunidad —dijo Alfred suavizando la voz, rogando—, dios, Tad… te trataría muy bien.

Alfred lo miraba con mucha ternura, y el mexicano no estaba acostumbrado a ser mirado de esa forma, así que bajó la mirada.

—Al, no me conoces —dijo serio por primera vez desde que el otro llegó.

—Y no me importa, ya habrá tiempo…

—No, escucha-…

Sonó la campanita de la entrada, interrumpiendo el momento.

—Tadeo, a las 5 llegan unas cajas que quiero que metas en la bodega. 

El mexicano dirigió la atención a su jefe recién llegado.

Sure thing, boss.

El señor fue directo a la bodega.

—Okay, mira, en la noche algunos amigos nos vamos a juntar en el boliche —dijo Alfred incorporándose—. Vente un rato.

—No quiero ser niñera, muchas gracias —dijo cruzándose de brazos.

—Hay mayores, ¡lo juro!

—¡Oye, ayúdame a hacer espacio acá! —se oyó la voz del jefe desde la bodega.

—¡Voy! —le contestó Tad, levantándose.

—A las nueve, en el boliche que está enfrente del H&M. —dijo apurado Alfred, dirigiéndose a la salida.

A que la canción, ¡que no voy’ir!

—Okis, ahí te veo —le guiñó el ojo abriendo la puerta.

—Alfred, no-…

—¡Tad! —llamó con urgencia el jefe.

—Voy, voy.

Suspirando, se dispuso a ir rápido a la bodega. De todas formas, el gringo ya se había ido.

 

 

—’Tons te dejo el changarro. —dijo Tad mientras se colgaba su mochila en el hombro.

—Hmm —respondió Heracles rellenando el estante de dulces.

A Tad le caía rebién el Heracles. Era un tipo tranquilo y siempre le hacía las preguntas más extrañas, dándoles mucho material para filosofar cada que se echaban su cigarro en el cambio de turno.

…Además tenía de la mejor mota. La otra vez lo invitó a pasar el rato en su cantón con otro amigo suyo, Sadik. Estuvo chido. Le gustó también ser colchón de sus gatos.

Al salir de la tienda, la noche lo recibió. Decidió caminar un rato antes de tomar el camión, pues el clima estaba agradable y necesitaba estirar sus piernas. El mexicano cerró los ojos sintiendo el viento tibio. 

Lo ansiaba, de verdad. Sentirse como se sentía cuando se transformaba. 

Pero no había llegado tan lejos para echar todo a perder por un capricho. Sabía que en el momento en que hiciera alguna mínima chispa de poder, él lo sentiría.

Paró en seco al ver que más adelante estaba el H&M. Y en el boliche de enfrente estaba Alfred.

El mexicano ya podía volver a sus viejos trotes. Fiestas, reuniones… después de todo él siempre había sido amiguero. Aquello se le había negado desde hace un buen tiempo, y ahora era libre. Libre en una ciudad tranquila, llena de universitarios que seguro hacían las fiestas más chingonas. 

Y sin embargo, Tadeo se había mantenido a raya desde que había llegado a Laramie. Sí, estaba a kilómetros de su pueblo, pero Iván era perseverante. Tenía que mantener un perfil bajo, eso incluía las redes sociales. Se prometió a sí mismo que era temporal, que tarde o temprano él se cansaría de buscar, lo olvidaría y se iría con otro pobre gato.

Escuchó risas y música de ambiente que provenían del local. 

Chale. Sí le hacía falta una buena socializada. 

Suspiró mirando el edificio con el —nada sutil— bolo gigante. 

Era frustrante, como Iván seguía estando detrás de sus decisiones.

Mudarse allí había sido un alivio. El viaje había sido largo y pesado. Pero la sensación que tuvo al sentarse en ese primer camión que salía de su pueblo natal no tenía precio. Detrás del pánico, detrás del terror, se sintió bien, muy bien . Y viendo el paisaje quiso recordar cuándo había sido la última vez que se sintió así. 

 

El camión saltaba con los baches y como a una hora de camino, un ligero picor en su pecho lo sacó de su euforia. Regresó de golpe a la realidad. Se recriminó a sí mismo por olvidar algo tan importante. 

Se levantó rápido tomando sus cosas y fue al pequeño e incómodo cubículo del baño. Se encerró ahí, y entre las luces tintineantes, sacó su cuchillo. El cuchillo de plata. Pensándolo un poco, también sacó de su mochila alcohol. Agarrando papel de manos, desinfectó la hoja. Se quitó la playera y observó en su reflejo el pequeño símbolo que yacía en el lado izquierdo de su pecho. 

Corazón con corazón: el sigilo que los unía.

Sin pensarlo dos veces, se hizo un primer corte, la intención clara. Hubo un ardor insoportable que no concordaba con la pequeña herida. Este se sentía en su núcleo. La vista se le nubló arqueando su cuerpo en dolor, mientras que su rostro se distorsionó en un grito ahogado. 

Tenía que volver, volver, VOLVER.

No.

Volvió la vista a su reflejo. 

…Y se vio mal. Así como se había visto los últimos años. 

Entonces sintió rabia, hacia Iván, hacia su persona. Estaba dispuesto a salir. Y en el brillo determinado de sus ojos, se encontró a sí mismo por primera vez en mucho tiempo.

E hizo otro corte. Otro y otro más. Hasta que el sigilo ya no era visible y el ardor disminuyó.

Agarró un bonche de papel de manos y se lo pegó al pecho, para que la sangre no goteara en el piso. Sentándose en la tapa de escusado, lloró un rato. Mordiendo su puño, amortiguó sus sollozos. 

En la primera parada del camión para estirar las piernas e ir a la tiendita, Tadeo vomitó. 

—¿Necesitas algo? —le preguntó amablemente un señor fuera del cubículo.

—No, no, gracias —contestó con dificultad.

—Es el camino, tiene muchos baches y curvas. Después te sentirás mejor.

Sí, por eso lo hacía, ¿no? Para sentirse mejor después.

—Sácalo todo, tienes que sacarlo todo.

Y lo hizo, y lo volvió a hacer hasta que su pancita se asentó.

Cuando salió del cubículo, ya no había nadie. Se enjuagó la cara y la boca. Y cuando salió del baño, el aire refrescó su rostro. Le llegó el aroma de la gasolina, del perfume de una señora que iba pasando, de la tortitas de nata de un puestecillo, del caño y del bosque de al lado… 

Tadeo jamás se sintió más pleno.

Al subir al camión, quiso buscar al señor del baño para darle las gracias, pero era medio imposible. Estuvo un rato al pendiente, a ver si escuchaba su voz, pero nunca pasó. 

Supuso que no estaba en ese camión.

 

—¡Tad! ¡Viniste! —le gritó Alfred desde la puerta del local, sacándolo de sus pensamientos.

Chin.

Ahora Tad no podía darse la vuelta e ignorarlo. Digo, sí podía, pero eso era de mamones. Se acercó, pues, al rubio que lo esperaba efusivamente.

—Quiubo, ¿andabas espiando a ver si llegaba? Qué creepy .

—Nah —rió nerviosamente—, solo vine por un poco de aire y te vi.

Lo cierto es que Alfred había estado “saliendo por aire” cada 10 minutos desde que llegó.

—Ven, te voy a presentar a todos —dijo disponiéndose a entrar.

—Nel, ya me tengo que ir, güero.

—¿Por? —preguntó Alfred mirándolo alarmado—. ¡Acabas de llegar!

—Pus qué te digo, así es —dijo Tad, encogiéndose de hombros.

—Quince minutos, ¿va?

—Eh, no sé…

—Vente.

Acto seguido, Alfred lo agarró del brazo y prácticamente lo arrastró dentro del local.

 

Hey, guys! Want you to meet someone!

—¿Oh? ¿Por fin conoceremos al famosísimo Tad? —preguntó un rubio con -les juro por dios- una camisa con olanes en el año de nuestro Señor 2023. Tenía un Starbucks en la mano y le dedicó una mirada interesada.

—Naah, ¿Tad? ¿El “sus ojos son como estrellas” Tad? Te nos escondes we’… —dijo un albino antes de ser callado por Alfred a la fuerza. —Pérate cabr’, que me tiras la bebida.

—Oigan, no soy un enigma —dijo encogiéndose de hombros—. Lit’ trabajo en la tiendita. A la mitad de ustedes los he visto comprar papas de mal gusto.

Tad pasó su vista por el grupito reunido, enfocando caras y recordando cosas. Eran pocos, como unos seis/siete chavos.

—Tú —señaló de repente al que luego se presentaría como Ludwig—. ¿Pringles fuego de carne asada? Mira, trabajo como 8 horas al día. No tendría que acordarme de esto, pero lo hago ¿okay? Porque fue atroz.

—Que asco de paladar —habló otro chico mordazmente—. Para que ya no lo andes besando, Feli.

—¡No saben tan mal! Saben a carne, Lovi—dijo el que parece ser su hermano. Mientras se colgaba de un muy sacado de onda Ludwig, quien no entendía por qué de repente era expuesto de esa forma.

—Amigo, te vi comprando los Doritos Salsa Verde el otro día —le comentó Tad a “Lovi” para mantenerlo humilde.

El albino soltó una risotada.

—Los estaba probando, ¡cállense! —les gritó ofendido.

—¡Me cae bien el morro! —dijo el otro con una sonrisota, dándole un sorbo a su cerveza.

—¿Papas de maple con tocino? ¿Te suena familiar?

—Woah, ¿quién eres? ¿El sheriff de las papas o algo?  Son las favs de mi chico, obvio me gustan —dijo rodeando la cintura de otro rubio con un gran parecido a Alfred, pero de una complexión más delgada y facciones más suaves. Este se puso rojo.

—Lo respeto. Tad, como ya sabes —dijo ofreciéndole la mano, presentándose.

—Gil —dijo aceptándola, para luego señalar a su pareja —Este es Mattie.

—Matthew —saludó.

—Eres hermano de-…

—Sip —interrumpió sabiendo lo que el otro quería decir—, pero créeme, somos muy diferentes.

—¡Salud por eso! —exclamaron Tad y el que conocería como Lovino.

—Jinx —señaló Tad al otro de buen humor—. Weeey, siento mi mano vacía. Voy por una cerveza.

Estaba decidido. Al menos por esta noche, iba a divertirse un rato.

 

— ¿A ver, quéquéQUÉ? ¿Tienes el manga completo? —Tad estaba anonadado — ¿Los 42 volúmenes?

—Sin censura —respondió Kiku, asintiendo con la cabeza.

Válgame

Tad estaba encantado con Kiku, presentado por Alfred como su super bestie. Si hay algo que su época de trauma no pudo borrar fue su amor por el anime. Es más, lo mantuvo a flote. El Canal 5 fue su único confidente por varios meses, y bueno, youtube también.

—Te los puedo mostrar sin problema. Podemos hacer maratón en mi dormitorio. Tengo videojuegos también. A mi compañero no le molesta.

Tad no debería, esto es solo una ocasión especial… pero no ma´, ¡no puede perderse eso!

—Va que va.

Estaban en medio de intercambiar teléfonos cuando Alfred llegó a sentarse a su lado.

—Sabía que se iban a caer bien —dijo agarrando un bonche de papas a la francesa y metérselas en la boca.

—Sí, no sabía que alguien que consumiera tantos Candy Corn podía tener buen gusto.

—¿Te refieres a mí? —preguntó Kiku muy confundido.

A su lado Alfred se atragantó y Tad solo intentó suprimir una sonrisa.

 

—Con que ingeniería industrial…

—Sí, segundo semestre.

—¿Y ahí conociste a Feliciano? ¿Estudia lo mismo?

—No, …él se equivocó de salón —Ludwig miró hacia donde estaba el susodicho concentrándose en el juego.

—Pasó la primera hora de la clase de Gestión de Operaciones a punto de llorar. Yo solo le tendí una mano, y no me lo he podido quitar de encima —dijo poniéndose rojo, un poco incómodo. Pero a leguas se le veía la ternura que sentía por el otro. 

—¡Luddy, te toca! —dijo Feliciano saltando hacia ellos.

Ludwig se levantó para recibir la bola de boliche que le presentaba el otro. Agachándose un poco para que Feli le diera un pequeño beso de la mejilla. ¿Y no es eso lo más adorable que Tad había visto?

—¡Apúrate, mierda! —le gritó Lovino al alemán con ambas manos, mientras se sentaba en el asiento recientemente desocupado.

—Okay, tengo que preguntar. ¿Cuál es tu pedo con Ludwig? —preguntó Tad tomando una papa con catsup.

—Es un idiota musculoso, bueno para nada —contestó Lovino respondiendo absolutamente nada.

—Tu hermano parece pensar lo contrario.

—Meh, Feli no es muy brillante que digamos —dijo para luego suspirar y mirar distraídamente alrededor—. Ah, cabrón… Oye, Tad. El idiota come hamburguesas te anda viendo…

Tadeo miró en la dirección señalada, encontrándose con Alfred, quien rápidamente desvió su vista hacia el juego. 

—Ya sé. Alfred no es sutil —dijo para luego soltar una pequeña risa, mientras se recargaba en su asiento, mirando hacia el techo—. Debiste verlo las primeras semanas en la tienda.

—Verga…

—Ajá.

—¿Bueno, y luego? —habló otra voz con fuerte acento francés. Era Francis, el rubio con olanes, con quien había platicado hace rato.

—¿Y luego qué?

What do you feel? ¿Te gusta? —dijo sentándose al lado.

Ah, chinga’ , ¿es chisme de secundaria o qué pedo? Déjame te trenzo el pelo y hacemos pelea de almohadas. —dijo Tad incorporándose.

—Tan a la defensiva —se lamentó Francis. —Igual que mon lapin … 

—¿El personaje de Harry Potter?

—Ese es Lupin, idiota. —le rectificó Lovino.

—Hablo de Arthur. —aclaró el rubio—Es el primo de Alfred, por cierto. Y es muy protector de él.

—Oh.

—Mhmm, “Oh”. —asintió Francis. —Solo sé gentil a la hora del rechazo.

Tad no dijo nada, pero desvió la mirada.

—No es que no quiera —dijo por lo bajo.

—Bueno, eso es interesante… —señaló —. Solo recuerda que Al tiene corazón de pollo.

—Ugh, Fran, arruinaste la velada con tus cosas sentimentales —se quejó Lovino, rodando los ojos.

Guys, are you being weird? Please don’t be weird. —habló Alfred acercándose.

—Solo platicamos a gusto. —dijo tranquilo Francis

—Extrañamente eso no me tranquiliza. —declaró para luego dirigirse a Tadeo —. Te toca, vente.

—Okas, güero —dijo levantándose y seguir al otro.

 

—Gracias, me salvaste de una conversación súper incómoda —dijo Tad, mientras se acercaban a la zona de tiro.

—No hay problema. Francis puede ser… demasiado.

—Sí, es una forma de decirlo… Mira, te voy a decir algo porque ahorita de todas formas te vas a dar cuenta: nunca en mi vida he jugado boliche.

—¿Qué, en serio?

—De veritas, de veritas.

—Yo te enseño, básicamente soy campeón en estos lares —dijo el gringo, felizmente.

Como que Tadeo no le creía, pero le gustaba seguirle la corriente. El rubio tenía un brillo especial cuando se enorgullecía de algo. No iba a admitirlo, claro.

 

—Son un cliché —habló Lovino mientras miraba la escenita de Alfred y Tadeo. El primero enseñándole al otro cómo tirar la bola, abrazándolo casi casi por detrás. 

—Ah, l’amour —suspiró Francis, viendo como Alfred le hablaba al oído, posiblemente diciéndole las reglas del juego a Tad.

—Ok, ¿opiniones, comentarios? —Gilbert se acercó de la mano con Matthew.

—¡Me cae bien! –habló Feliciano, desde su asiento con Ludwig.

—Sí, creo que es el consenso general, ¿no?

Todos confirmaron de alguna forma.

—Solo quisiera saber… bueno, es una tontería —dijo Matthew.

—No, no, dilo —apoyó Lovino.

—Es que… —Matthew se recogió el flequillo pensativo —¿soy yo o Tadeo no ha dicho nada de él más que lo superficial? Cada vez que la conversación iba en esa dirección, cambiaba de tema sutilmente.

Todos guardaron silencio. Asimilando lo que acababa de escuchar, dándose cuenta de la verdad de la declaración.

—No nos corresponde juzgar —habló por fin Kiku, quien se había mantenido como observador hasta ahora—. Quizá no sea grato. Seamos pacientes, cuando haya confianza, seguro nos contará.

—¡Ya llegó por quien lloraban! —resonó una voz desde la entrada del boliche. Sacándolos a todos de la vibra seria que se acababa de crear.

—¡Bien tarde, cabrón! —le respondió igual de fuerte Gilbert—. ¡Ya nos vamos a ir!

Bro, la peli duró más de lo que pensábamos…

Quien iba llegando era Mathías, acompañado de Lukas. Se acercaron al grupito, ignorando la renta de zapatos de boliche, pues ya era tarde y ya no quedaba mucho tiempo para jugar.

—No van a creer quién sí vino —comentó Francis subiendo y bajando sus cejas.

—No, cállate, ¡¿en serio?! —dijo Mathías uniéndose al chisme—. ¿Tad? ¿El -quiero besar cada lunar suyo- Tad, de la tienda?

Akwaaaard —interrumpió una voz detrás del danés.

Matthías se giró rápidamente, sorprendido. Mirando al moreno, quien llevaba un ligero sonrojo y luego a Alfred que en ese momento se estaba tapando su cara con ambas manos, claramente avergonzado.

—JAJA, ¡Tad! Gusto en conocerte. —Tomó la mano del mexicano en un apretón efusivo. 

—Igual, eh…

—Mathías —respondió el danés, luego atrajo hacia sí al noruego—. Este es Lukas.

—Hola —dijo mucho más tranquilo el otro.

 

Lukas ya tenía sueño. La película estuvo aburridona y tardó siglos en terminar. Pero habían quedado con los demás de verse en el boliche, y de todas formas, estaba de paso a los dormitorios. Así que fueron. 

Lukas admite que también estuvo sorprendido al enterarse de que el crush de Alfred había aceptado ir. Y es que el susodicho hablaba hasta por los codos de “el mexicano lindo de la tienda” que parecía alguien inalcanzable. Pero ahí estaba, frente a ellos, después de la vergonzosa escena causada por la bocota de su novio.

—Hola —saludó Lukas al ser presentado. 

Y luego algo pasó, algo que casi le pasa desapercibido: Tadeo miró al lado derecho de Lukas, casi por encima de su hombro. Okay, Lukas podía dejarlo pasar, igual y estaba viendo algo detrás, alguno de sus amigos quizá. Sin embargo, el noruego notó cómo su rostro se congeló por casi una milésima de segundo. 

—Qué tal —dijo. Sonrisa forzada, casi perfecta, bien podía engañar a todos… Pero Lukas estaba poniendo atención . Notó cómo lo volvió a hacer, volvió a mirar. Esta vez solo moviendo sus ojos en un movimiento rápido. 

Esto no era coincidencia.

Verán, Lukas tienes estas… habilidades. Las tiene desde que tiene memoria. Sus abuelos le ayudaron a controlarlas y a desarrollarlas. Es magia, le dijo su farfar.  

Los trolls llegaron después. La primera vez que vio uno, se congeló del miedo. ¿Quién podía culparlo? Tenía ocho años.

—Mi niño, ¿pues qué esperabas? Norge er et land av troll —le dijo su abuela cuando se apuró a contarle, llorando.

Supo después que no había mucho que temer. Si bien no todos eran amigables, cada quien se ocupaba de sus asuntos. Excepto los juguetones. Se metió en muchos problemas por los juguetones. 

—Los del pueblo están bien, pero ten cuidado con los de más arriba en las montañas. Esos se roban a los niños y las mujeres —le advirtió su abuelo un día.

Con el tiempo forjó un tipo de amistad con un Troll que siempre pasaba por su casa. Løvrike tre, así dijo que se llamaba. Y en un parpadeo, Løvrike tre ya se había vuelto su protector. Es por eso que, cuando decidió viajar a Estados Unidos a estudiar, naturalmente su amigo lo acompañó.

No estaba siempre con él, había veces que no lo veía por días. 

…Pero hoy sí estaba, y se erguía intimidante justo en donde el mexicano había fingido no ver.

Tadeo lo había visto. Tadeo tiene el poder.

Esa es la conclusión a la que llega Lukas. Sin embargo no está muy seguro porque si Tadeo tiene magia, ¿por qué mierdas no lo siente? 

No hay vibra palpitante, su aura no es diferente… nada.

 

Esas son las dudas con las que le llega a Arthur, amigo y líder de su club esotérico universitario, el lunes.

—Nada, Arthur, no sentí nada —le dice, intentando seguir el paso del inglés, quien camina apurado por el corredor.

—Entonces te equivocaste, Luk. El chico seguramente no vio nada. —dijo Arthur sin darle importancia, hojeando su folder.

Fukk , Arthur, para un maldito segundo —Lo detiene del brazo. El otro lo mira impaciente. 

—Hablé con Løvrike tre después. Él se sintió visto.

El inglés frunció el ceño. Aquella declaración interesándole.

—Okay, pero cualquier ápice de magia causa variación.

—Ya sé, no tiene sentido. —dijo Lukas frustrado.

—A menos que… —inició Arthur contemplando una idea en su mente.

—¿Arthur?

—Luk —dijo volviendo su atención hacia el noruego, exaltado —, tenemos que estar seguros porque si este chico tiene magia y no podemos sentirlo, eso significa-…

—Que lo está ocultando —terminó sorprendido, dándose cuenta de la respuesta —. Pero si esto es cierto, Tadeo debe ser muy poderoso, ¿no? Para ocultarse así…

—¿Y para qué hacerlo? ¿Para qué mierdas haría algo así? No es fácil, no es… cómodo —preguntó frustrado. 

Lukas no tenía respuesta, pero las posibilidades que se le venían a la mente no eran gratas.

Una alarma interrumpió los pensamientos de ambos. Venía del reloj de Arthur. Este lo checó rápidamente, para después apretar los dientes.

Shit. Look, I have to go. Pero te veo en el club más tarde. Tenemos que platicar esto.

Mientras veía al otro alejarse, Lukas pasó la mano por sus cabellos, suspirando cansado. 

Una situación extraña, se dijo a sí mismo. Una situación problemática.

 

 

—¡Era importante, ¿okay?! Quería presentarte al amor de mi vida.

—Uno, había un 2% de probabilidad que tu crush se presentara. Y dos, tenía que terminar un ensayo —se defendió Arthur para después darle una mordida a su sándwich. 

Moría de hambre. Toda la mañana el inglés se la pasó de un lado a otro. Tuvo una discusión con el decano hace rato acerca del presupuesto de la fiesta de halloween y dos reuniones más como líder del comité estudiantil. Apenas pudo llegar a la hora acordada con Alfred para el almuerzo, 

El lugar en el que están es de los más agradables. Generalmente está lleno, pero por la hora, muchos estudiantes están en clase. Está al aire libre, las mesitas están en el pasto y hay uno que otro árbol que añade sombra. 

Una ligera brisa tibia llega, y Arthur suspira en disfrute.

Alfred abrió sus papas. Y lo ruidoso de los dientes triturando el producto lo trajo de vuelta a la conversación actual.

Damn, he really did came. ¿Crees que tenga oportunidad? —dijo todavía masticando.

—Si comes así, no. 

Rude.

Dios, estaba exhausto. Pero bueno, prácticamente ya había acabado los pendientes de la semana. Ahora sí podía enfocarse en la situación que Lukas le había comentado en la mañana…

Es normal que las personas oculten su magia. Esto puede ser por múltiples razones, pero todas básicamente se resumen a que no se sienten suficientemente seguros en su entorno como para mostrarse. 

Sin embargo, por más que no lo muestren, y se refiere a que no hagan sus benditos rituales a la mitad de la sala o carguen sus bolsitas de hechizos en un lugar muy visible, …se sienten. Es como le dijo a Luk: cualquier ápice de magia causa variación. Es la chispa en su vibra, es un movimiento invisible y constante alrededor del ser que atrae y empuja.

Arthur se recarga sobre la mesa, decidiendo ignorar cómo el otro destroza su almuerzo. Recorre su vista desinteresadamente por el lugar, mientras le da otra mordida a su sándwich.

La magia se da diferente según la persona: las habilidades natas, las facilidades. Por ejemplo, hay a quienes se les da más la magia de plantas, otros se les da más con los elementos, e incluso a otros se les da el don de la adivinación. Sin embargo, de todos ellos, solo pocos pueden ver con claridad y nitidez.

Lukas, por ejemplo, es poderoso. Lo supo cuando lo vio, y definitivamente lo supo cuando el imponente troll de dos metros tomó su lugar detrás del chico, presente y alerta.

Fue Lukas quien se le acercó en una clase que compartían.

—Se llama Løvrike tre —fue lo primero que dijo el noruego cuando se sentó en el asiento de al lado.

—Sorry, what? —dijo Arthur tardando en procesar a lo que se refería el otro.

—El troll. Se llama Løvrike tre —aclaró—. Te vi observándolo en el corredor.

—Bueno, no todos los días se ve un pinche troll a la mitad de una universidad estadounidense —dijo expresando por fin la impresión que le causó el suceso.

El noruego dio una pequeña sonrisa de lado.

—Supongo.

Fue agradable, hablar con alguien más que tuviese “la vista”. 

Incluso cuando tenía otros amigos y compañeros mágicos —todos bienvenidos al club de magia fundado por él— nadie más tenía “la vista” tan fuerte como Arthur. Algunos podían ver sombras y luces, y otros podían hasta escucharlos. Pero Lukas sí lograba ver. Y vaya si eso no emocionaba al inglés, por fin le podía mostrar a alguien lo bonita que es Flying Mint Bunny.

Lo invitó a su club de magia y quedó claro que Lukas no era ningún principiante. Dicho esto, Arthur estaba preocupado, porque no es nada sencillo ocultar —genuinamente ocultar— habilidades mágicas del noruego. Si Luk no le hubiese dicho que Løvrike tre se sintió visto, no le hubiese creído. 

Una risotada lo sacó de sus pensamientos y miró a Alfred quien se reía de algo en su teléfono.

El inglés suspiró. De verdad no quería que Alfred sufriera por un chico cuyas intenciones parecían todo menos buenas. No es que piense que el único objetivo de ese tal Tadeo sea aprovecharse de Alfred, pero bueno, ha escuchado historias y… si el mexicano es verdaderamente tan poderoso como para bloquear su magia por completo, de alguna forma tuvo que crecer su poder. Con solo práctica no se llega a eso tan joven. Hay métodos que… bueno, no quiere que Alfred pase por eso.

—Hay que planear algo para que me lo presentes —le dijo abruptamente al otro. Tenía que ver a Tadeo con sus propios ojos.

—¿Qué, a Tad? —preguntó Alfred un poco desconcertado.

—¿De eso estábamos hablando, no?

—Pus sí, pero como hace diez minutos. ¡Luego te fuiste lejos!

—Bueno, ¿y qué? ¿Cuándo? —dijo Arthur, inclinándose sobre la mesa.

—…

—¡Alfred! —interrumpió una voz acercándose.

—¡Elizabeta! —le gritó Alfred de vuelta al reconocerla.

La chica puso su mochila en el suelo para luego sentarse en la banca a lado de Arthur, saludándolo también.

—¿Y bien? Supe que el chico de tus sueños asistió a la partida de boliche —le dijo pícaramente.

Alfred rió nervioso.

—Sí, me sorprendió mucho…

Arthur no lo duda. Sabe que su primo estaba preparándose para ser rechazado, aunque se mostrara muy seguro de sí mismo.

—Bueno, no se diga más —siguió la húngara—. Las chicas y yo apartamos el cinito. Invítalo. Vamos a ver pelis de terror —le guiñó.

Oh, oportunidad perfecta.

—Sí quiero, …pero no sé si acepte. Casi me dice que no en el boliche —baja tímidamente su mirada.

Ugh, ojalá su primo se hubiese crusheado con alguien menos problemático. Aunque en su defensa —de Alfred— no sabe que el mexicano es problemático. 

—Aww, niño hermoso. —Elizabeta se reclina para tomar su mentón con delicadeza—. ¿Quieres que vaya a la tienda a hablar con él? —le dijo haciendo voz de bebé.

—¡Eli, basta!

La chica solo se echa a reír.

—¡Vamos, Al! El chico no muerde. No me decías el otro día que eras básicamente el príncipe de la seducción.

Arthur casi se atraganta con su té al escuchar tal tontería.

—Ay, cállate. Ya no te voy a contar nada —dijo Alfred cruzándose de brazos.

—Ya, ya, perdón —se disculpa Elizabeta mientras saca su celular—. Miren, les mando los detalles. Es el viernes a las 8pm.

Elizabeta toma sus cosas y se levanta para irse, cuando algo parece ocurrírsele.

—Si vienes ¿verdad, Artie? —dice dirigiéndose hacia él.

Arthur ya espera con ansias ese día, pero prefiere mostrarse ligeramente desinteresado.

—Supongo, …pero no pienso ver Halloween 20.

—Duh. Prefiero Saw 11 —dice dándole un guiño, a lo que Arthur le contesta con un resoplido, claramente sonriendo por lo bajo.

 

 

—¿Entendiste el plan, entonces? —pregunta mientras se mira al espejo de su habitación, acomodándose el cuello de su camisa.

Qui — contesta su novio distraídamente mientras hojea una revista.

—…Lo que no entiendo —prosiguió —es por qué quieres maldecir al pobre.

—Okay, por última vez, no quiero maldecirlo. Lukas y yo solo queremos estar seguros de algo. 

—Maldiciéndolo…

—Sí, maldi-… no, you frog! I told you! —El inglés le avienta un cojín que estaba a la mano.

El francés lo atrapa con facilidad.

—Okay, pero si están seguros que es mágico, por qué no… ¿le preguntan? Tad es alguien sencillo de platicar.

—¡Porque puede mentir! —dice levantando las manos, exasperado—. Mira, no espero que lo entiendas. En este momento Lukas y yo somos los únicos que se pueden interponer entre Tadeo y su -muy posible- maligno plan. 

—Genuinamente no creo que sea un villano, mon amour —dijo intentando que se calmara. Lo cual es ridículo. Arthur estaba calmado .

—¿No me dijiste que no contó nada de su vida? —preguntó cruzándose de brazos, levantando su poblada ceja.

—Pues sí, pero eso no es un crimen. Kiku dijo-…

—”Que no es nuestro lugar” —fingió una voz aniñada—, pues el de ustedes no. Yo soy el primo, y me concierne este asunto. No quiero que Alfred salga lastimado.

—Ahora —dijo tomando las llaves de la habitación—, ¿nos vamos o qué?

 

 

Todo iba de acuerdo al plan. Bueno, no había pasado algo específicamente importante para el plan. Alfred y Tadeo todavía no llegaban. Pero Arthur sabía que cuando llegaran, todo iría exactamente de acuerdo al plan.

Eran como 20 personas, casi todos ya estaban ahí. Elizabeta estaba platicando con Emma y Lin Yi-Ling mientras se servían lo que parecía ser cafecito. Los demás platicaban en grupos, mientras poco a poco tomaban asiento. Cada quien traía papitas y otros bocadillos. 

Arthur esperaba cerca de la puerta. Estaba alerta. No tuvo que esperar mucho, pues sonó una voz no conocida que se venía acercando.

—Tranquilo, mi estimado. Te aseguro que faltan varios.

—Ay Tad, es tardísimo…

—Nah…

Se abrió la puerta y Arthur vio a un chico moreno pasar. El famosísimo Tad .

—¡Llegamos! —habló/gritó Alfred.

—Ya era hora —habló Arthur detrás de ellos, sobresaltándolos un poco.

—A cabr’

—Perdón. Soy Arthur, primo de Alfred. —le tendió la mano, observándolo detalladamente.

El otro la tomó de inmediato, sonriendo.

—Quiubo. Tad.

Y efectivamente. Ni un tintineo, ni una ligera ola de energía mágica. 

—Vente, te voy a presentar a los demás —dijo Alfred, llevándoselo.

Arthur le lanzó una mirada a Lukas sentado a lo lejos, quien asintió seriamente para después rebuscar en su mochila. Luego hizo lo mismo con Francis, quien suspiró resignado, levantándose para ir en dirección de Tadeo.

Sintió a Lukas pararse a su lado. 

—Lo tengo. 

En su mano sostenía un pedacito de papel con un sigilo dibujado. 

—Perfecto.

Ambos se acercaron al mexicano, distraído por la conversación de Francis a la cual se le había unido Antonio y Gilbert. Sutilmente, Arthur pegó el papelito a su espalda. No pasó ni unos segundos cuando el cuerpo entero de Tadeo empezó a brillar… solo para sus ojos, claro. Si no, hubiese sido raro.

Ambos tuvieron que apartar la mirada. Era demasiada luz.

Mon lapin, ¿estás bien? —se le acercó el francés preocupado.

—Sí sí… —dijo para luego abrazarlo y decirle al oído. —Quita el papel de su espalda.

—Oh —dijo para después soltarlo y colocarse detrás de Tadeo, quien también lo miraba preocupado junto con los demás.

—Es tensión —aseguró Tad—. Alfred me dijo que anduviste muy ocupado en la semana. Y supongo que tú también, Lukas. Miren, tengo una cremita… bueno, ahorita no la traigo conmigo, pero a ver si luego se las doy. Se van a poner tantita en los dedos y se van a dar un masajito en la frente. Así…

Thank god que ya había dejado de brillar. No esperaba que el resultado fuera tan fuerte. Es verdaderamente un sigilo muy fuerte. Lukas lo hizo de maravilla.

Pues bien, la respuesta ahí estaba. Estaban seguros que Tadeo era mágico y sabían que lo estaba ocultando por una razón que era -sospechaba- no grata. Ahora solo tenían que confrontarlo. Y Arthur iba a hacerlo, pero…

—¡Tad, vente! ¡Aquí ya tengo tu refresco!

Alfred se veía muy feliz. Quizá lo dejaría en paz esta noche. Que su primo disfrute de las mariposas en su estómago. 

—Arthur —Lukas lo sacó de sus pensamientos.

Arthur negó con la cabeza. Después se pondría de acuerdo con el noruego para emboscar a Tadeo.

—Vayamos a ver la película.

A lo lejos, Elizabeta pregunta:

—¿Quién de ustedes puso en la lista “Las vacaciones del terror con Pedrito Fernández”?

—Ah, ¿pus qué no aceptaban sugerencias?

 

 

Del otro lado del río Bravo. En una ciudad pequeña. Una figura paró abruptamente su caminar, para después mirar al cielo. Lo percibía brillando tan vívidamente, casi como si estuviera en frente.

—Por fin.

Su voz fría rompió el silencio de la noche. Y una mueca se dibujó en su rostro, casi parecía contener una carcajada.

—Te encontré, ptichka.

Y aquello pareció rebotar en un eco inmenso.

 

 

—Dos con 58, please.

Tadeo está de buen humor. Desde aquél día en el cinito, Alfred y él se la han pasado muy bien. 

No lo malentiendan, Tad sabe que le está jugando al vergas, pero la verdad ya no puede evitarlo. Se limitó tanto este último año que sentir de nuevo ese calorcito en el pecho al socializar y conocer gente era gloria.

¿Acaso Tad debió decir que no cuando Alfred lo invitó por un helado hace unos días? Sí. ¿Acaso debió decir que no cuando lo invitaron a una no-doble-cita con Gil y Matthew? También. 

La campanita de la entrada sonó distrayéndole. Se sorprendió al ver dos figuras conocidas que rápidamente se acercaron hacia su lugar.

—Arthur, Lukas, qué ondiux —saludó animadamente.

—Hasta aquí llegó tu teatrito —habló el inglés, azotando sus manos contra la mesa.

Khé.

—Sabemos tu secreto —dijo fríamente Lukas.

Tad de verdad lo duda mucho. No hay argumentos a sus conclusiones, así que no le preocupa mucho. Seguro nada más van a decirle que es ilegal o algo, y francamente Tad puede lidiar con eso. Con comentarios racistas lidia casi todos los días.

—¿Okay? ¿Y cuál es?

—No te hagas el tonto. Tienes magia.

Eso ciertamente no lo esperaba. 

Inconscientemente Tad juguetea con la piedrita de su pulsera. Su amuleto que hasta hace unos momento juraba que funcionaba a la perfección. Tendría que verificarlo cuando llegara a casa.

Para negar la acusación, Tad se ríe forzadamente porque sabe que la gente se ríe cuando escucha ridiculeces. 

—Es la cosa más estúpida que me han dicho —exclamó —. La magia no existe.

—Lukas, hazlo.

Løvrike tre

Tad palideció al ver la imponente figura que venía atravesando la puerta. Un trol que fácilmente podía destrozarle el cuello. Ya lo había visto antes, claro. El susto que le había puesto en el boliche, jamás había visto uno hasta ese momento. Después, Tad se había felicitado por haber disimulado su impresión muy bien. Al parecer no fue así. El noruego lo notó y lo estaba amenazando con ello.

Pensó por un instante en seguir disimulando, pero al ver las miradas de los otros dos, supo que no había vuelta atrás. ¡Iban a dejar que el trol lo hiciera puré sin miramientos! 

—¡Okay! —levantó los brazos—. ¡Okay, mierda! 

Luka hizo una seña para que se detuviera el troll, quien rápidamente paró para luego salir de la tienda.

—Escuchen, la última vez que chequé, la magia no era ilegal en este estado —se defendió cuando supo que ya no estaba en riesgo—. Además, ustedes también andan en el mismo barco.

—¿Por qué lo escondes? —preguntó mordazmente el inglés.

—¿Perdón? Lamento no tener una capa e ir hechizando a diestra y siniestra —dijo incrédulo.

—Sabes a lo que me refiero. 

Oh. Tadeo miró su pulsera. Al menos sí funcionaba hasta cierto punto. Su mirada llamó la atención de Arthur.

—Dame la pulsera —exigió.

Eso puso a la defensiva al mexicano. ¿Cómo se atrevían estos cuates a venir a su trabajo a gritarle de la nada? ¿Y además tener cero respeto por sus cosas? 

—No. Y lo que haga o no, no les incumbe.

—Yo creo que sí —insistió Arthur.

—De verdad creo que no —dijo serio —. Y si no piensan comprar nada, voy a pedir que se retiren.

—¿Piensas hacerle daño a Alfred? 

—Daño a Alf- … ¿por qué chingados haría eso?

—No lo sé, tú dime —respondió Arthur.

Tadeo suspiró. Supone que entiende: Arthur, el primo protector, no confía en él por ocultar su magia. No lo culpa, hay mucho loco que anda suelto. Tadeo lo sabe mejor que nadie. Así que decide intentar dar una respuesta genuina que los satisfaga. 

—Escuchen. No pienso hacerle daño a Alfred, lo juro. ¡Por dios, él vino primero a mí!

—Mi primo no tiene sentido de autoconservación —se cruzó de brazos Arthur.

—Sí, bueno. Sí estoy ocultando mi magia… y es por una muy buena razón que no les pienso decir.

Vio como el inglés pensaba reclamar, pero Tad se le adelantó.

—Es personal. Tiene que ver con mi pasado y de verdad no quiero hacerle daño a nadie. Mucho menos a Alfred. Yo… me cae bien.

Listo, lo dijo claro y directo sin vomitar toda su historia con Iván. 

Hubo un silencio en donde vio cómo los otros dos meditaban sus palabras.

—Okay —finalmente habló Arthur—. Pero te advierto —dijo acercándose a él sobre la mesa—, le tocas un pelo a Alfred y no solo Lukas te echará encima al trol, sino que yo me encargaré de que no encuentren tu cuerpo.

—Whoa, un poco dramático, pero entiendo. —dijo Tad más relajado. Nadie se iba a preocupar por su cuerpo de todas formas. Su tía, tal vez…  

—No es como que les importe, pero no pienso hacer magia en ningún futuro cercano así que… —Se encoge de hombros— su niño de oro está a salvo.

—¿Por qué? —habló Lukas, quien se había mantenido alejado hasta el momento. 

Su voz suave, llena de genuina curiosidad le llegó a Tadeo. Y al mirarlo a los ojos por primera vez desde que entraron a la tienda, Tad sintió la necesidad de contarles todo. De escupir sus errores, su vergüenza y su dolor. Tuvo la sensación de que si les contaba, ya no se sentiría tan solo arrastrando el paquete metafórico. Quizá entiendan, quizá lo ayuden incluso. Y quizá Tad pueda admitir libremente que sigue aterrado.

Pero sabe que los otros no vienen a ofrecer el hombro para llorar y que a pesar de que vinieron buscando respuestas, no estaban preparados para tanta honestidad. Así que solo hace una mueca en forma de sonrisa y dice:

—Ya no me parece tan divertido, supongo.

 

 

Are you having fun?

Tadeo quita la atención de su algodón de azúcar para ver al güero, quien lo mira con lo que el mexicano solo puede describir como adoración.

—Sí. Me siento como en las ferias de las películas…

Ya llevaban casi dos meses de esto …lo que sea que “esto” fuera. Alfred seguía muy claro en sus intenciones y Tadeo se estaba debilitando en su resolución. Y es que el gringo era atento. Era tierno. Y Tad se sentía halagado, se sentía cómodo. E incluso sentía una leve comezón en su pecho que cada vez era más evidente, una sensación que pretendía que no existía.

—¡Vamos al carrusel!

Andaban en una feria que se había puesto por unos días en la ciudad. Como era fin de semana y día libre de Tad, decidieron que sería una buena “cita” en palabras de Alfred y “salida” en palabras de Tad.

Era su primera feria gringa y por ello el otro lo ha estado arrastrando de un lado a otro. 

Sí, se estaba divirtiendo. 

Se andaba subiendo al hipopótamo del carrusel cuando Alfred hizo ademán de sacarle foto con el celular.

—¡Al! ¡Que no quiero fotos! —le recriminó, mientras se volvía a resbalar por el trasero de su animal elegido. ¿Por qué rayos era tan difícil subirse? ¡Esto es para niños! Él es bajito, pero no tanto.

—Yo sé, yo sé —calmó Alfred—. Que no quieres tus fotos en redes, pero …no es como que tu ex tenga superpoderes de investigación de internet.

Ja, no tienes ni idea.

Así que, ya le contó un poco a Alfred acerca de Iván. No mucho, solo lo general: exnovio tóxico y una mala relación. 

Le contó porque conforme avanzaba su relación-no relación, Tadeo sentía que tenía que ser más honesto con el otro. Si bien todavía no se sentía capaz de contarle los detalles, al menos podía explicarle lo mínimo. Así, el secreto no es tan grande. 

Además también se le estaban acabando las excusas de por qué no quería que le tomaran fotos. No podía seguir diciendo que era por cuestiones religiosas, ni culturales, ni porque tenía un miedo irracional a su imagen, ni porque no cree en el internet, ni cualquier otra cosa más.

—No importa, Al. No.

Sabía que Alfred lo quería presumir, si por él fuera su instagram estaría lleno de fotos de ambos. Así que Tad aprecia el esfuerzo del otro.

—Okay, vale —se rindió—. Pero estas son solo para mí, de recuerdo. No las pienso subir ni nada…

— …ugh, bueno —concedió Tad y luego fingió molestia cuando Alfred lo abrazó por detrás con un brazo, mientras tomaba una selfie con la otra. 

Sí quiere esas fotos. Espera un día mirar atrás y que las memorias congeladas estén al alcance de su cajón. Porque se la estaba pasando muy bien.

No pudo contener su risa cuando el otro le dio un beso en la sien, para después hacerle cosquillas en la cintura.

—¡Al!

Click

Si después notó que el otro la ponía de fondo de pantalla, Tad fingió demencia.

 

—¿Entonces adentro solo hay un montón de espejos y ya?

—Ajá, y tienes que salir del laberinto. Es más difícil de lo que parece.

Y efectivamente era más difícil. Eso pensó el mexicano cuando chocó por tercera vez con un vidrio.

—Verga —dijo sobándose—, ¿Alfred?

En una distracción se separaron y Tad ya no tenía idea de en dónde estaba el otro. Lo estaba buscando, de hecho.

Después de sentir que pasaba por el mismo lugar como por veinteava vez, por fin ve de reojo la figura del gringo de espaldas.

—¡No te muevas, ya te vi! —le gritó y al parecer el otro escuchó, pues le hizo caso.

Viendo todos los caminos posibles, por fin dio con el que lo llevaba a Alfred. Estiró su mano para tocarlo y dio con una superficie dura: otro vidrio. El mexicano levantó sus brazos en frustración. 

—A ver, Alfred, muévete tantito —le ordenó al otro. Igual y moviéndose le daba alguna pista a Tad de su paradero.

Pero el gringo no se movió, como si no lo estuviese escuchando. Por suerte, Tad dio por sí solo el camino correcto. Dando un suspiro aliviado, tocó su gorrito del suéter. El otro saltó de la nada, volteando rápido.

—¡Tad! ¡Me espantaste!

—Pero si te he andado grite y grite —dijo extrañado. Luego notó la mirada dispersa y apurada de Alfred. E incluso Tad juraba que estaba ligeramente más pálido. Qué raro, antes estaba muy bien.

—¿´Tas bien? —Le pone una mano en su frente checando su temperatura.

El otro salta al contacto.

—Sí, solo… —Regresó su mirada a sus espaldas.

—¿Qué ves? —preguntó Tad, poniéndose de puntitas para ver por encima del hombro del otro.

—Nada —lo detuvo Alfred, tomando sus manos. —¿Encontraste la salida? Ya me dio hambre.

—…No. Pero estoy seguro que es por acá —señaló el mexicano. 

No dijo nada cuando Alfred tomó su mano, ni cuando la apretó más fuerte de lo normal.

Antes de girar en una esquina, Tad dio una última mirada a sus espaldas.

 

Solo vio espejos que reflejaban nada.

 

 

Notes:

Traducciones:

farfar - Noruego. Abuelo

Norge er et land av troll - Noruego. "Noruega es tierra de trolls"

ptichka - Ruso. Palabra de cariño. Un diminutivo de птица (“pájaro”, pronunciado ptícha), птичка (pronunciado ptichka) se utiliza sobre todo con las mujeres y las niñas.

Siento que he trabajado años en este fic. Y la verdad no quería publicarlo hasta tenerlo completo. Pero la cosa es que tengo un problema de perfeccionismo y quén sabe cuánto más tarde. Así que me dije, "fuck it" y henos aquí.

Calculo que va a haber uno o dos capítulos más. No sé cuándo estén listos, pero segurísimo es antes de que acabe el año. Que por cierto, los comentarios serían un muy buen incentivo ;)