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Su primer día en el Anakt Garden.
Sua tenía ocho años, y lo único que conocía era el cuidado de Nigeh. Estaba acostumbrada a los tirones de pelo, miradas intensas cada que hablaba, manos apretando sus hombros para que se quedara quieta. Estaba acostumbrada a no sentir nada, a sentir miedo, a estar sola, a no tener su propio espacio. Era pequeña, ¡pero inteligente! o al menos eso le decía su Madre a los demás segyein cada que les presentaba la nueva adición a su colección de muñecas.
Lo que su hermana le había dicho no dejaba su mente en paz. Era pequeña, pero inteligente. Sabía lo que significaba estar aquí. Una competencia que tenía que ganar, o terminaría como copos de nieve sobre los demás niños.
Era pequeña, pero inteligente. Sabía que no duraría mucho tiempo.
La llevaron a un gran jardín, con un cielo azul que ella nunca había visto antes. Cuando no apartó la mirada, se dió cuenta de que el horizonte se movía.
No era real.
Madre estaba hablando con otro segyein, el que las había guiado hasta este jardín falso que estaba empezando a poner algo nerviosa a Sua.
-El primer día es para adaptarse, y conocer a los otros pequeños humanos. Serán con quiénes convivirá y aprenderá por los siguientes años, al fin y al cabo.
—¿Entonces la dejo aquí?
—Sí. Estaremos monitoreando su comportamiento en todo momento. Puede venir a recogerla al final del día.
—Bien. Que no se ensucie demasiado, y de ser posible, que no pierda tiempo jugando con los demás mocosos. Puede acercarse, claro, pero manténganla segura y limpia. Su mayor cualidad es su ternura, no quiero que eso se arruine.
Sua no parpadeaba. Sabía que debía comportarse al estar bajo la mirada de su Madre, pero sin embargo, dejó su mente vagar un poco. De camino al jardín, en una de esas cajas extrañas, había visto a otra niña.
De lentes, cabello largo y rosa, y una incapacidad de comportarse como debía cerca de los segyein. O eso había dicho Madre cuando se alejaron de ella y de su propia cuidadora.
Seguro tenía razón. Sua no tenía idea, no conocía a ningún otro humano además de sus hermanas. Y todas ellas se comportaban bastante bien.
Sua era pequeña, pero inteligente. Sabía que ella no podía portarse tan bien como sus hermanas. Sabía que la única razón por la que sería llevada a este jardín era que su Madre la consideraba bonita.
¿Por qué la otra niña había llorado al separarse? ¿Tendría miedo?
Sua tenía miedo. Pero ella no lloraba. Sabía que no ganaría nada con eso, excepto más tirones de pelo, miradas intensas, y manos en sus hombros.
Manos en sus hombros. Ahora mismo, fuertes.
—Sua, deja de mover tus pies de esa forma. No es correcto para una dama.
Sua se había dejado llevar tanto que se olvidó de quedarse quieta. Y sabía que eso tendría consecuencias, si no fuera por el hecho de que había otro segyein observándola. Madre nunca las disciplinaba frente a otros.
—Bien, la dejo por hoy. —La atención de Nigeh regresó al otro segyein.— Confío en su cuidado.
Sua no sintió nada al ver a su Madre irse. Tampoco sintió nada al seguir a su "profesor" (así era como se había presentado) hacia los otros niños. No sintió nada cuando uno le preguntó si quería jugar, y no sintió nada cuando este se le quedó mirando de forma extraña cuando ella no respondió.
—¡Oh, eres tú! ¡Esa muñeca que parece de nieve!
Una voz detrás de ella había hablado, momentos después de que el otro niños se fuera. Sua se dió la vuelta, y no admitiría que sintió algo de curiosidad al notar que era la misma niña de cabello rosa de antes.
Le sonrió. Sua no lo hizo.
—¿Quieres jugar algo?
No sabía por qué, pero Sua negó con la cabeza en lugar de solo ignorarla.
La sonrisa de la niña desapareció.
—O-oh. Bueno. Nos vemos después.
Y así como vino, se fue.
—
Su décimo noveno día en el Anakt Garden. La niña de cabello rosa, Mizi, (había escuchado a otro niño llamarla así mientras correteaban por ahí,) solía observarla de lejos.
La mayoría de los niños ya habían hecho amigos, y Mizi parecía llevarse bien con todos, al contrario de Sua. Ella solo usaba su tiempo libre para sentarse bajo un árbol a leer la letra de las canciones que les habían dado en los últimos días, y practicaba cantarlas por sí sola.
Si quería ganar este concurso, tenía que esforzarse.
Pero Sua notaba que Mizi siempre estaba cerca. Dejaba de correr para mirarla, aunque sea solo unos segundos, antes de regresar a lo que sea que hags con los otros niños. Y en sus clases de canto, siempre se paraba al lado de Sua. No le dijo nada después del primer día, pero parecía interesada en ella.
Hoy, como siempre, Sua estaba practicando la canción de la semana bajo el árbol.
Notó a Mizi cerca.
La ignoró. Siguió cantando, con los ojos cerrados, hasta que una pequeña voz la acompañó.
Sua abrió los ojos, pero no dejó de cantar. Mizi estaba mirando hacia el frente, no hacía Sua, pero estaba cantando junto a ella.
Cuando la canción terminó, Mizi cruzó miradas con Sua. Le sonrió, y luego se fue saltando hacia los otros niños.
Qué rara, pensó Sua. Pero tiene una bonita voz.
—
Su vigésimo sexto día en el Anakt Garden.
Mizi cantaba con ella todos los días, a la misma hora, bajo el mismo árbol. Al inicio, Sua había sentido ganas de preguntarle qué hacía ahí, en lugar de seguir perdiendo su tiempo con los demás niños. Pero luego del tercer día, se acostumbró a su presencia. Callada, excepto por su suave voz al cantar junto a Sua.
Pero esa vez, después de terminar la canción, Sua vió que Mizi no corrió hacia los demás niños. En su lugar, se sentó junto al árbol.
Sua la miró, intrigada.
—¿No quieres jugar algo? —Le preguntó Mizi.
Sua negó con la cabeza.
Mizi pareció pensativa. De una forma un poco caricaturesca, ya que se llevó la mano a la barbilla y emitió un pequeño hmmm...
Sua nunca había entendido qué quería decir su Madre al llamarla bonita, o adorable. Sua no se sentía así. No creía conocer nada realmente bonito, o adorable, excepto por las flores que solía ver esparcidas por donde vivía.
Pero al ver a Mizi, sentada con las mejillas un tanto rojizas por el esfuerzo del canto, y frunciendo el ceño en concentración, no pudo evitar pensar que era bastante bonita.
Adorable, incluso.
—¿Quieres cantar más? —Las palabras de Mizi la sacaron de sus pensamientos.
Sua volvió a negar con la cabeza.
Mizi asintió, lenta pero decididamente.
—¿Quieres sentarte conmigo?
Sua la miró.
Se sentó.
Observaron a los demás niños hablar y jugar desde lejos. Por un tiempo, ninguna dijo nada, hasta que Mizi rompió el silencio.
—Sabes, me gusta mucho tu voz.
Sua la observó de reojo.
—...Gracias. —Murmuró en respuesta.
Mizi sonrió.
—¡De nada! También me gusta la canción que nos dieron esta semana. La letra es muy divertida, ¿No?
Sua asintió. Era cierto que era un poco graciosa.
—¿Cuál es tu clase favorita?
—Matemáticas.
Mizi frunció el ceño. -Yo odio matemáticas.
Sua, apesar de sí misma, no pudo evitar sonreír un poco. —¿Por qué?
Un suspiro. —¡No entiendo las multiplicaciones! Se supone que nos memoricemos tantos números... es muy complicado.
—No lo es tanto si estudias.
Mizi pareció ponerse pensativa de nuevo. Luego de una pausa, dijo, —Supongo que tienes razón. ¿Quieres ayudarme a estudiar?
Sua se sorprendió a sí misma por segunda vez en el día. —Bueno.
La sonrisa volvió. —¡Gracias! Bueno, cambiando de tema, no tienes idea de lo que me dijo Shine el otro día... ¡Es mi cuidadora, por cierto! Estaba ayudándola con mi cena, y de la nada…
Sua la escuchó por atención. La escuchó ese día, y el siguiente, y el siguiente. Rápidamente, cayeron en la misma rutina: Cantar, sentarse bajo el árbol, escuchar a Mizi hablar sobre cualquier cosa.
Con el tiempo, Sua comenzó a hablar también. No decía mucho, no tenía tanto que contar, pero Mizi le prestaba tanta atención como si estuviera diciéndole algo de vida o muerte.
Sua se dió cuenta de algo, también. Mizi no entendía mucho acerca de en qué lugar estaban. Creía que sería algo divertido, fácil, lindo.
Sua no entendía cómo eso era posible.
Y un día, le dijo, —¿Crees que podríamos ganar Alien Stage juntas?
Sua la miró. —Eso no es posible.
—Yo creo que sí. No hay forma que nadie te gane a ti, tu voz es demasiado genial, pero creo que yo también soy bastante buena. Y, la verdad, no quiero ganar si no es contigo. ¿No sería genial ser las primeras en tener un empate?
Sua sabía que eso no podría pasar. Una de las dos tendría que perder, y por ende, una de las dos no podría continuar en el concurso.
Una de las dos tendría que morir.
Sin embargo, no tuvo la fuerza suficiente como para decírselo. No quería arruinar sus ilusiones, no quería hacer desaparecer esa sonrisa tan adorable.
-Sí, sería genial. - Le sonrió.
Mizi le sujetó de la mano. - ¡Seremos el primer dúo en ganar!
Sua sintió un sabor un tanto amargo en la boca. -Lo seremos.
Mentir nunca había sido su fuerte.
