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Dos Inviernos y una Primavera

Summary:

En una fría y sombría Nueva York, Sherlock enfrenta la debilidad de su cuerpo en tres ocasiones y bajo las peores circunstancias. En los días pasados conoció el abandono y el dolor, presagiando solo heridas que aún no sanan; pero ahora encuentra el calor de alguien cercano, capaz de transformar su sufrimiento en consuelo y mostrar cómo la compañía puede suavizar hasta el invierno más desalentador.

Day 1: Sickfic

#sherliamweek2024

Notes:

Estuve muy ocupada en el trabajo y solo participaré unos cuantos días, quizás 3 o 4, aún no sé.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

En aquella tarde soleada cuando el vapor ascendía en espirales por las calles enardecidas y  el calor era un enemigo común por la atronadora sensación de ahogo en la garganta seca, Sherlock carraspeó con creciente dificultad. 

Regresaba del trabajo con el cansancio pesando en sus ojos y el desaliento en cada parte de su respiración entrecortada que no le dejaba un minuto de tregua cuando cruzaba la puerta de la habitación de aquel hospital olvidado por Dios.

Caminaba sin rumbo, persiguiendo el fantasma de William para solamente encontrar la imagen saturada de aquel hombre postrado en la cama con rostro cadavérico, que vegetaba y le hacía entender que todo se reducía a su terrible soledad. Ignoró su garganta en llamas, la presión del pecho que no sabía si era por las terribles ganas de llorar que no fecundaban siquiera un aliento de lástima o era que sus pulmones habían contraído el virus de temporada por el cambio de clima. 

Los escalofríos empezaron a trepar por su columna vertebral y con ello confirmó que realmente no debía acercarse demasiado a William si estaba resfriado. William no estaba para contraer virus adicionales y atacaran las pobres defensas que aún prevalecían con escudo y espada de cartón en su organismo. 

Le dijo a Billy que se quedara esa noche con William, mientras él se quedaba en la habitación que rentó para los asuntos básicos del hombre como comer y dormir cuando lo echaban del hospital para que se bañara o descansara, pues no podía seguir durmiendo en el suelo árido o en el borde de la cama del enfermo.

Billy había insistido en decorarlo con algunos muebles y los menesteres para la habitación o la cocina; pero a todo se negó. Solía desayunar en los café cercanos o en la caridad de algún cliente que notaba su falta de recursos, recibiendo algunos obsequios por su benévola sabiduría y personalidad suave, que no era más una imagen sucedánea de un William pasado que mantenía vivo en su conciencia a fuerza de su obstinación.

Tenía como vecino a un militar retirado que todavía le sacaba voz a su piano desafinado y todas las noches solía dedicarle canciones a los rincones vacíos de su casa, que más de una vez le arrancó las lágrimas a Sherlock al otro lado de la pared. Lo escuchaba mientras fumaba con lágrimas secas en sus ojos, riéndose amargamente porque simplemente todo, hasta la música, le recordaba a William. Empezó a escribir versos y poemas que solo el amor fatídico podía inspirar, despertando su alma proveniente de las páginas rasgadas y polvorientas que trazaron el contorno de un hombre mal hablado que en realidad era un verdadero poeta. Por ello, empezó a componer poemas para William cada vez que el corazón se le marchitaba. Escribió sobre las ásperas páginas de los libros o los perfiles de criminales que Pikerton le pedía analizar. También escribió en las paredes descubiertas de la cocina y del baño, y cuando se quedó sin espacio, lo hizo en los brazos como una lucha contra sus pensamientos más lúgubres. Leer las palabras en la piel de sus muñecas le hacía recordar que debía seguir adelante, por William y por él, y que el tiempo más adelante iba a sonreírles. O al menos, eso esperaba. 

De igual forma, esperaba no quedarse demasiado en esa habitación que olía a humedad, pastoreada por roedores y vestida de tapices que se despegaban por las paredes carcomidas que le hacía pensar que así yacía su consciencia.

Se tendió en el piso cuando un mareo le golpeó con la suficiente convicción que lo obligó a sostenerse de la pared, antes de rendirse al cansancio. Se hizo ovillo  sobre una sábana que hacía de cama, temblando por el frío helado que exudaba su cuerpo y siempre pensando en William.

Sintió que las lágrimas tibias dejaron caminos cristalizados por su rostro, soltando sollozos involuntarios y entrecortados, sin conocer el motivo real por el cual lloraba. Si era acaso porque la realidad le decía que William no despertaría nunca o acaso se había llenado de tanta agua pantanosa que eran los recuerdos salpicados por la nostalgia, sintiendo que algo tumefacto y doloroso se había reventado en su interior. Veía a William en cada rincón de la casa, sentado y omnipresente, leyendo las paredes con todo lo que escribió para él, cada promesa no dicha y que el tiempo parecía burlón en no querer darle una oportunidad a sus almas desafortunadas; pero Sherlock sabía que solo eran desvaríos por la fiebre. 

Se dejó arrastrar al fango de un sueño trémulo y sin descanso, hasta que se durmió por completo, sin cambiarse de ropa y abrazando la ropa que tenía William cuando saltó del puente, apretando entre sus dedos el naipe que habían encontrado en su corazón. Pidiendo a ese ente invisible que le dio fuerzas a William, se las diera a él también.

La fiebre lo dejó fuera de combate varios días y si Billy no hubiese tenido la divina providencia de irlo a buscar cuando su ausencia se prolongó, le habrían encontrado muerto. Lo halló con los labios rotos por la fiebre, la piel pálida, agrietada y desecha, deshidratado, y bañado en sudores viejos. 

Había salido corriendo a buscar a un médico que al realizar el diagnóstico dijo que era necesario hospitalizarlo, porque la fiebre llegó a un punto que lo envió a hablar incoherencias y del que apenas reconocía los rostros que le miraban. 

Era por ello que usaron como recurso de supervivencia que Billy tuviera una copia de la llave del departamento, porque estaba tan sumido en el miedo que William no despertaría, que era un peligro para sí mismo. Pero era mentira, porque Sherlock todavía se aferraba a vanas esperanzas a pesar de ver a ese  cuerpo cada vez más perdiendo peso, la herida del ojo todavía no sanaba y luchar contra el dolor que  esa cuenca muerta no enfocaría nunca más. Sherlock aprendió tanto de las enfermeras —Y de Watson también— que después Billy lo encontrara tirado, asfixiado en una tos parecida a un asma, se hizo algunos brebajes que le ayudaron a sobrellevar el cuerpo desfallecido por los recuerdos y aplastado por la desesperanza. 

Habían pasado meses y todavía William no despertaba. 


La siguiente vez que volvió a enfermarse fue cuando había olvidado llevarse su abrigo para el trabajo y el asomo de los arañazos del frío despertaban hasta las malas palabras. Había llegado con la evidencia de unos pétalos rosados en sus mejillas, sombras profundas bajo los ojos, el resuello quebrado, que cuando William le vio soltó el libro que estaba leyendo. 

—Sherly… 

—No te acerques, te voy a contagiar —se adelantó Sherlock, levantando una mano para tranquilizarlo—. Te compré para cenar pero me iré esta noche. Lo último que quiero es que por mi culpa pesques un resfriado. 

Pero William no era de los que se quedaba sin hacer nada y menos cuando se trataba de Sherlock, obligándose a ponerse de pie cuando solo tenía un par de días para la rehabilitación de su andar, que no pudo dar más allá de dos pasos sin tener la suficiente fuerza en sus piernas. Sherlock se escandalizó cuando lo vio, después de dejar todo en la mesa, girándose para atrapar a William casi cayendo al suelo. No los separaban muchos palmos, así que llegó a tiempo para sostenerlo. Lo tuvo contra su cuerpo, brindándole su apoyo. 

Gracias a esa cercanía, fue que William comprendió que tenía sudoración y el aliento entrecortado, pero aun así verificó tocándole la frente para luego bajarla hasta la mejilla.

—Tienes fiebre, Sherly —informó, con un rictus que desgranó de a poco su preocupación. 

Sherlock quiso decirle que estaba bien, que no era para tanto, que solo necesitaba descansar; sin embargo, la voz le abandonó atrapada en la telaraña de alivio que tenía a William con vida y viéndole, que se encontró con los ojos empañados de lágrimas y con el rostro caliente dejándose caer en la mano de William. 

—Te extrañé tanto, Liam —dijo Sherlock en voz susurrante, besándole la palma y dejando caer la cabeza en el hombro con cansancio. 

William se sintió abatido por aquellas palabras que guardaban tantas grietas detrás, comprendiendo esos tantos llantos silenciosos, esas oraciones a deidades en las que ni creía, pero que buscaba cualquier medio para aferrarse. Lo abrazó, sintiendo las lágrimas también acudir a su rostro, pidiéndole disculpas aún cuando no tenía por qué y Sherlock se lo había hecho saber. 

No tardaron en regresar a la cama, William llamando a las enfermeras para solicitar una ayuda extra, envuelto en un aura de ansiedad cuando Sherlock se durmió casi de inmediato, hundiéndose en un estado de postración febril y su cuerpo se abrió en un delirio sin pudor que se necesitó toda una noche para estabilizarlo. 

Le dieron una habitación a parte de la William para que descansara, Billy costeando los gastos adicionales pese a que estaba en misión para ese entonces, por lo que solo restó que se recuperara. 

Sherlock sentía su mente ir y venir, despertaba a medias, viendo cosas flotantes y difuminadas. Navegó en una reverberación turbulenta, oyendo palabras de personas que estaban a su alrededor y que se perdían en la lejanía. Un paño era constantemente colocado en su frente, bajo sus axilas y sus pies. Se escuchaba una voz preocupada y familiar de las enfermeras. Las súplicas de William.

En un acceso de consciencia, había abierto los ojos y encontró una escena de dos enfermeras sosteniendo a William de los costados, evitando que llegara a él. 

—¡No puedes acercarte! —intentaba hacerle entrar en razón una enfermera—. ¡Va a contagiarte y en tu caso puede ser hasta mortal!

Y aun así, William estiraba su brazo hacia él, sin escuchar lo que le decían. Sin tener en cuenta las advertencias ni el peligro, porque lo único que deseaba era estar a su lado. 

¿Por qué? ¿Por qué era difícil? ¿Por qué tantas barreras? 

—Sherly, Sherly —llamaba William y Sherlock quería ir hasta él. Decirle que todo iba a estar a bien, que solo era un maldito resfriado y que por favor, no llorara de esa manera que le hacía estremecer el alma y el corazón. 

Levantó una mano hacia William, como si tratara de alcanzarlo y trató de ofrecerle una sonrisa para tranquilizarlo. 

—Liam…, todo estará bien. 

Pero apenas acabó de decir aquello, se desvaneció entre la bruma y los vapores, el cansancio como barra de plomo agrietando sus huesos, dejando caer su brazo suelto fuera de la cama causando el efecto contrario porque William cayó en un ataque de pánico. Tuvieron que asistirlo también, cuando se encontró vomitando lo que apenas había podido comer por la ansiedad y la angustia. Fue una algarabía donde tuvieron que intervenir un médicos y cuatro enfermeras.

Establecer una vigía constante y nadie podría pensar que tratar de mantener vivos a dos hombres con nombres desteñidos, sin papeles y con acento inglés, iba a ser una petición del gobierno tan difícil. 

Las enfermeras debían mantener a William constantemente informado sobre el estado de Sherlock y que aun así burló la seguridad que protegía la habitación de su compañero, después de dormir a dos enfermeras con los somníferos que le daban de vez en cuando. 

William se había apoyado de aquel bastón viejo y carcomido, caminando con pasos endebles por los pasillos a través del silencio soporífero, apoyándose de las paredes hasta que llegó a la habitación de Sherlock que por suerte no había un vigilante en la puerta. 

Lo encontró dormido en una cama individual, desnudo y con muchos estropajos húmedos, sintiendo que el alma le regresaba al cuerpo cuando lo vio con mejor semblante. Se sentó junto a su cama y le removió el cabello que olía a sudor, pero no le importaba. Atrapó su mano y entrelazó los dedos, dejándose consolar por el pulgar encima de la muñeca para sentir el pulso.

Estaba vivo, estaba respirando. Realmente, Sherlock tenía un espíritu envalentonado y temerario que podía sobrellevar la angustia mejor que él; porque si William habría tenido a Sherlock en coma tantos meses, no podría asegurar que lo fuese soportado. Apenas podía lidiar con la angustia de tenerlo enfermo y no con la certeza que podía encontrarlo muerto a cualquier hora del día. 

Acercó sus labios a la frente de Sherlock y la besó, luego bajó hacia la nariz y se estacionó en la boca que siempre quiso tocar pero no lo hizo, porque al final había perdido muchas de sus iniciativas y se volvió un hombre pusilánime. 

Se derrumbó en el pecho de Sherlock y lloró en silencio, porque todavía tenía una red de espinas a su alrededor que no le dejaban libre. Todavía tenía clavada la estaca del amor funesto escrito con sangre.

Solo dos horas después, cuando el amanecer empezaba a romper las tinieblas y entibiar las cornisas, fue que Sherlock despertó, más lúcido, notando que William estaba sentado a su lado. 

Estaba despierto pero notó que luchaba por mantener los párpados abiertos, mientras comprobaba su temperatura. 

—Liam… —llamó con voz débil, ladeando la cabeza hacia el tacto de William en su frente y éste se estremeció un poco al escucharle. 

—No te esfuerces, necesitas descansar. 

—...te vas a enfermar. No te preocupes por mí…

William sonrió con tristeza y sintió que un puño se encerraba en su estómago.

—Es imposible, Sherly. Si algo llega a pasarte, no sé si pueda soportarlo.

Sherlock se rio cortamente, convencido que William no estaba risible para sobrellevar una broma, por lo que decidió incorporarse a fuerzas de su voluntad para abrazarlo. Definitivamente estaba estable y con pies en tierra, atrayéndolo a su pecho y William dejándose venir como si fuese deseado eso todo el tiempo. 

—Lo siento, no quise preocuparte. 

—No te disculpes, Sherly —pidió William negando con la cabeza y ademanes afligidos—. No lo hagas. Por favor.

Estaban tan estragados por la angustia, la zozobra y los nervios escandalizados, que solo pudieron estabilizarse cuando conectaron sus labios en un alivio a las tantas heridas del alma. 

El sabor tenía diferentes matices de medicinas, que los hizo reír conforme iban adivinándolas, sumiéndose en caricias lentas y besos cortos, que no tardaron en olvidarse del mundo y el mundo de ellos. 

No fue hasta que el sol entró oficialmente por la ventana, llenando de luz los rincones, fue que escucharon a una de las enfermeras bramando el nombre de William. Se observaron como niños atrapados en la masa, salpicados con sonrisas cómplices, que Sherlock le indicó a William que se escondiera en el armario. 

Lo llevó con cuidado, porque aún le daba tiempo antes que los gritos fueran alarmantemente cerca que cuando la enfermera entró a su habitación, dispuesta a llevarse del brazo o la oreja a William. Encontró al enfermo sentado y respirando bajo en el borde de la cama. 

—¿Qué pasa con Liam? —preguntó Sherlock como si estuviera desorientado. 

—¿No está aquí?  —Ella le devolvió la pregunta con latigazo de mal humor que fue mermando conforme a la comprensión que Sherlock lucía desconcertado 

Para coronar su actuación, Sherlock se puso de pie, tembloroso, pintando una expresión urgida. 

—¿Dónde está Liam?

—Tranquilo, tranquilo. Debió salir a caminar, como suele hacer y no nos dimos cuenta. Las enfermeras que dejé cuidándolo se durmieron. Ve a descansar, apenas lo encuentre, te lo hago saber. 

Y salió huyendo, porque hablar más sería terminar de enfundar a Sherlock en hilos de pánico. 

Cuando la puerta se cerró, el detective suspiró de alivio y oyó el rechinar de la puerta del armario para el momento que William salió de ella, apoyándose en la pared porque aún le era difícil caminar por su cuenta.

—Majestuosa actuación, señor Holmes, estoy conmovido. Realmente, el teatro ha de estar de luto al perder un actor como usted. 

—Oh, cállate, y explícame cómo drogaste a las enfermeras. 

Ambos terminaron riéndose, aliviados de superar una de las tantas tormentas que vaticinaban su destino. 


La tercera vez que se enfermó ya tenían casi dos años en Nueva York y estaban en víspera de navidad. William fue el primero en darse cuenta, pues para ese entonces ya compartían una cama y Sherlock se había removido tanto entre las sábanas por la incomodidad de la fiebre que no tardó en despertarlo. 

Sherlock había sentido unas manos suaves en su rostro, pulgares que alisan los pómulos y besos que ahuyentan más que los pesares. 

—Sherly, tienes fiebre —anunció William.

No tenía muchas ganas de hablar y lo único que produjo fue un murmullo incomprensible.

Parecía ya un castigo, aunque ya era evidente que las aguas del Támesis parecieron arruinar también algo dentro de él. No cabía dudas que su sistema inmunológico estaba en jubilación, siendo el hecho que no podía creer que se había vuelto a enfermar. Sin embargo, William ya estaba preparado, porque desde aquella vez en el hospital, le había preguntado a Billy si Sherlock se enfermó antes y éste le dijo que sí; William le preguntó si la fiebre había sido tan avasallante que lo debilitara tanto y Billy lo echó a los leones diciendo que casi lo encontraba muerto. 

William tuvo que sostenerse de la mesa, mirándole con reproche y Sherlock teniendo que excusarse que iba a cuidarse mejor, pero para su compañero no fue suficiente. ¿Cómo iba a serlo cuando supo que su amado Sherlock estuvo a punto de morir en una habitación abandonada a la deriva y sin nadie para llorarle?

El mero pensamiento que podría haber despertado y recibir la noticia que Sherlock había muerto por una fiebre era para enviarlo también al ataúd, porque no iba a vivir el nuevo mundo sin él. 

Billy le había entregado las recetas médicas de la primera fiebre, uniéndola con otras recomendaciones que aprendió de las enfermeras. William había estado al pendiente del cambio de clima, de los viajes a tierras inhóspitas donde se respiraban fragmentos de hielo, de las salidas nocturnas o los amaneceres que pudieran agravar el estado de salud de Sherlock. Lo que antes resultó ser una broma, que era que Sherlock era débil ante el frío cuando estuvieron con el caso de Alan, terminó volviéndose una realidad y William empezó a considerar los inviernos como un enemigo, por lo que decidió preparare con una dedicación de santo.

Cuando fue la primera vez que recibieron aquel manto escarchado, William ya había tapizado las ventanas primero con plástico con cartón y luego con pesadas cortinas; había comprado alfombras de terciopelo para el suelo y sábanas mullidas; dedicó todo sus esfuerzos monetarios en tener un armario solo para ropa de invierno y le pidió a Sherlock que preparara un tocador en la segunda habitación inhabilitada y con baños de polvo por todas partes, en las que guardaría toda una armería medicinal. 

Sherlock no había dicho nada ante sus concienzudos cuidados y esmeros en pelear ahora con su debilidad, se reía de a ratos, porque también eso beneficiaba a William. Quizás lo ignoraba o tal vez no, pero William también estaba muy propenso a enfermarse por las mordeduras de un cuerpo consumido por días vegetativos.

Se cansaba con facilidad y existían días donde su brazo derecho, cubierto con una venda y que habría de llevar mucho tiempo porque habían más cicatrices en la consciencia, le dolía que trataba de contener las muecas cuando perdía fuerza.  Sherlock también había tenido cierta parálisis en el brazo que lo sostuvo en el puente, pero con la rehabilitación de su tiempo, pudo recuperar la movilidad sin problema y sin un dolor de pena ni gloria. 

Así que solo quedaba luchar contra las inclemencias del clima, porque Sherlock ya había mostrado impermeabilidad hacia los gérmenes o virus de temporada como se suponía. Su enemigo era el frío. Y William ya había presagiado esa consecuente, cuando se les había asignado una misión a Transilvania. Tomó tantos esfuerzos en prevenir una enfermedad durante el viaje, por lo que no podía creer que tuvieron la mala dicha de dejar una ventana abierta y en una madrugada con lluvias prematuras después de regresar de su viaje, donde el frío se adentró como un tenaz habitante. 

William y Sherlock apenas se habían abrigado esa vez, porque habían estado retozando en la cama, sintiéndose como un par de amantes apresurados que necesitaban más horas del día para amarse, quedando a la deriva de una desnudez y llegar a los bordes de un esplendoroso  virtuosismo. Incluso cuando se agotaron en la exaltación de los placeres sosegados, tras unos besos perezosos y lánguidos, lamidas largas y susurros a la boca, deslizarse entre el sudor y la piel enrojecida, encontraron mejor forma de sacarle provecho al letargo.

No habían tardado en dormirse desnudos, con las extremidades enredadas y Sherlock disfrutando de la intimidad de poder acariciarle la espalda a William, toda moteada de besos y dejar descansar su mano en los glúteos desnudos. 

Así que como era de esperar, al tercer día, cuando creía que William resultó victorioso, Sherlock terminó con las mejillas encendidas y la piel en un caldo de sudor. 

William no se molestó en acumular algún remordimiento, tan escrupulosa como era su personalidad, que no se dejó llevar por nada más que la preocupación y empezó a trabajar. Primero, le envió una carta a Billy, para ponerlo al corriente sobre la antojadiza precariedad andrajosa del destino de como Sherlock había enfermado; luego, dispuso todo el arsenal que había preparado de antemano y no se brindó un hálito de descanso hasta que supo que había ganado el combate contra la temible fiebre. 

Había bañado a Sherlock con paños tibios y muchos besos tenues, mientras le decía que era un paciente obediente pero en realidad era que la enfermedad lo dejaba totalmente postrado. Siquiera para quejarse. Lo cual era bastante extraño porque mayormente Sherlock era el peor paciente existente, llenándose de orgullos y evasiones, quejarse de los diagnósticos o pelear contra las recetas medicinales para invalidar cualquier sugerencia; pero ahora solo era un niño que estaba siendo abrazado por los temblores. William se dejó envolver por la ternura. Le acariciaba la frente y le ató los cabellos, arrodillándose frente a su detective para también limpiar sus pantorrillas y lavar sus pies. Sherlock no dejaba de mirarlo con devoción sacramental, pese a tener los ojos empañados por el cansancio. Sonreía desde la neblina de la consciencia apenas despierta y William se sintió desnudo ante aquella atención aguda de un detective afanado y con mucha honra. 

—Eres tan hermoso, Liam —decía Sherlock, llevándole el mechón rubio colgante cerca del rostro y sujetarlo detrás de la oreja—. Parece una mentira tenerte aquí. 

Pero no lo era. Y William lo atrajo a su pecho, besándole los cabellos con minucioso cariño. 

—Te vas a recuperar —respondió William en cambio, luchando contra sus propios temores pero resistiendo los latigazos de la ansiedad con resuelta determinación.

A diferencia de las anteriores veces, no había nada que impidiera que pudieran protegerse mutuamente, no había ausencias pesadas, no había enfermeras siendo obstáculos entre ellos; así que de la misma forma que tenían ímpetus irreverentes en la cama, también tenían tal entrega y dedicación para cuidarse.

Se había acostado con él en la cama, Sherlock apoyando la cabeza en su regazo y le había acariciado los cabellos rizados para propiciar mejor descanso. Llevaba con su reloj de bolsillo el tiempo en que la medicina debía hacer efecto, comprobando que algunas recetas eran mejor que otras. 

Sherlock apenas era consciente del ir y venir de William. Lo escuchaba en la cocina removiendo las ollas, la tetera soltando sollozos insufribles a su oído que pronunciaba su dolor de cabeza y también escucharlo con pasos rápidos para mantener la chimenea en su estado de exaltación de brasas a la medida. 

Bebió caldo de pollo y té de hierbas, queriendo recuperarse en la medida posible que, para cuando Billy llegó a los dos días, ya solo le quedaba una ligera tos que ya William combatía con miel y té de laudano.

—¡Sobreviviste, Ponytail! Me alegra mucho —dijo Billy, sudoroso, pues también se había precipitado a viajar hasta ellos cuando se enteró de la noticia—. William, te ves muy cansado. Ve a dormir, yo cuidaré de nuestro querido Ponytail.

—Lo aprecio, Billy, pero estoy bien —respondió William, mintiendo en evidencia, porque tenía ojeras, una palidez invernal y su voz era más suave de lo habitual—: ¿pudiste traer lo que te pedí?

—¡Sí! Aquí tienes. —Le entregó una cesta con algunas botellas pequeñas dentro y un festín de frutas—. Tuve que ir a la anterior residencia de Ponytail, porque habíamos olvidado enviar a limpiarla y creyeron que había un muerto allí. Aproveché y te traje tus poemas, Ponytail. Por cierto, gracias por tu oficio de escribir en las paredes. Ahora debo enviar a pintarlas y cambiar los tapices.

—Oh, vete a la mierda —espetó Sherlock, tomando los papeles de un ramalazo—. Qué agradezcan que no los denuncié por tener de inquilinos extras a las ratas.

—¿Y qué escribiste en las paredes, Sherly? Tenía razón que solías dispararle pero ¿también cometes tal injuria? —se burló William revisando la cesta que le entregó Billy.

—¡Oh! ¿No sabes, William? —se entusiasmó Billy—. Si vieras aquellos románticos y valerosos poemas escritos a tu nombre y…

—¡No digas más! —interrumpió Sherlock, saltando hacia Billy y persiguiéndose; olvidando por completo el fajo de cuartillas en la mesa, que William aprovechó la conmoción del enfrentamiento para tomarlas y guardarlas para leerlas luego.

Se escuchó un fuerte estruendo y al alzar la vista, encontró a los dos revoltosos observando con pánico como quebraron un florero que le habían regalado al matemático una vecina por enseñar a su hija a leer.

—¡Mira lo que hiciste, Billy!

—¡Fuiste tú, Ponytail!

Con su esencia natural autoritaria, William estampó la mano en la mesa dejando a sus acompañantes en un helado silencio.

—Espero que así como tienen energía para crear desastres, están para hacerse cargo de las consecuencias —dijo con aplastante calma, sonriendo de forma tranquila pero también… escalofriante.

—Conseguiré uno ya mismo, William… —tartamudeó Billy, retrocediendo y yendo hasta la puerta hasta que desapareció por ella.

En el silencio sepulcral,  solo quedaron Sherlock y él.

—Yo también iré… —empezó el detective, pero no tardó en interrumpirle.

—Tú no irás a ninguna parte, Sherly, deberás esperar que te prepare un tónico de corteza de cereza silvestre con lo que me trajo Billy.

—¡Basta de brebajes, Liam! ¡Vas a matarme! ¡No quiero! 

—Lo beberás aunque tenga que obligarte, Sherly —amenazó William con una sonrisa, acercándose a él—. No me hagas usar las cuerdas que usamos en la cama y emplear su real utilidad.

Y esbozó una sonrisa maliciosa, dejando a un Sherlock con los labios apretados, jurando que no volvería a enfermarse en lo que le restaba de vida.

FIN.

Notes:

¡Siempre gracias por leer! Cabe destacar que en uno de los relatos de Sherlock Holmes, menciona como Sherlock era un verdadero poeta.