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Rating:
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Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 5 of Diluc y Kaeya
Stats:
Published:
2024-12-22
Updated:
2025-01-07
Words:
5,824
Chapters:
2/3
Comments:
6
Kudos:
42
Bookmarks:
6
Hits:
544

I can't breathe

Summary:

—Yo… ahm…—Su mano temblorosa buscó la de Diluc, aferrándose como si eso pudiera detener que el mundo se tambaleara. Pero la sensación de opresión en su pecho aumentó.
Su garganta se cerraba. Podía sentirlo. Podía escuchar el sonido horrible de su propia respiración, un jadeo desesperado que apenas lograba arrastrar oxígeno a sus pulmones. Su visión se volvió borrosa, el ruido de las voces a su alrededor disminuyó hasta ser un zumbido distante.
El aire simplemente dejó de entrar.
Kaeya abrió la boca, intentando inhalar, pero no hubo nada. Su pecho subía y bajaba inútilmente mientras sus manos buscaban apoyo en cualquier lugar que pudieran alcanzar. Un miedo primitivo lo atravesó, rápido y agudo como una estocada.
No podía respirar
No podía respirar
ó
Kaeya termina en emergencia por una reacción alergica.

Notes:

Ahora que estoy de vacaciones voy a aprovechar de escribir todas las ideas con las que fantasee en mis clases, y estudio farmacia asi que pueden darse una idea de que van.
Eso, disfruten! Los amo! <3

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Últimamente, Diluc lo detiene cada vez más temprano cuando viene a beber. Quizás crea que Kaeya tiene un problema con la bebida y esta sea su forma indirecta de lidiar con ello. O tal vez solo le gusta molestarlo, algo con lo que empatiza perfectamente pero no cambia el hecho que es molesto. 

Así que nada pudo detener la mueca de desagrado en su cara cuando frente a él pusieron un vaso de jugo de bayas y menta, bueno al menos esta vez no es jugo de uva, eso es mucha consideración viniendo de Diluc. 

Y claro, Kaeya podría quejarse, algo que solía hacer sin problemas. Pero conocía el riesgo: terminaría siendo castigado con jugo de uva, esa cosa demasiado dulce que a Diluc le parecía divertido darle a Kaeya cuando no estaba prestando atención.

Horrible.

Eso de ser detenido después de beber solo dos miserables vasos de muerte después del mediodía era penoso. Si Diluc era el maestro de algo, es el de arruinar la diversión, o al menos lo era para Kaeya.

Nunca detenía a nadie, a no ser que la otra persona esté vomitando su estómago en el suelo de la taberna. 

Nooo, Kaeya parecía recibir un trato especial. No sabe si estar feliz porque su hermano lo tenga vigilado o estar absolutamente indignado.

Lo descubrirá otro día, ahora quiere otro trago antes de que el efecto se le pase, porque ya estaba sintiendo la sobriedad llegar y eso no hacía nada para apaciguar la molestia creciente, había venido para nublar su juicio un rato y no lo estaba obteniendo. 

...

Tal vez Kaeya si tiene un problema y simplemente lo está ignorando. ¿Quién sabe? ¿Qué importa? Al final del día, ya está medio achispado, así que el propósito de Kaeya para hoy está medio cumplido. Ja, ja.

Entonces, evaluando sus opciones, decidió que era mucho más divertido elegir su segunda actividad favorita después de beber: molestar a su querido hermano mayor.

Diluc puede molestarlo cortando su suministro semanal de alcohol, está bien, lo aceptará. Pero entonces tendrá que aguantar las consecuencias, porque no se va a ir. Es una linda noche de jueves y no quiere regresar a su silencioso y frío departamento aún. Olvidó comprar leña y el señor Bauer dijo que no podría dejarle más hasta el viernes así que, o podría congelarse en su casa hasta mañana o podría seguir molestando aquí. 

Perdón pero retrasara el momento de ir a su casa lo máximo posible.

Además! Molestar a Diluc siempre era divertido. Kaeya, por supuesto, era un experto en la materia. Podía hacerlo incluso sin proponérselo, pero esta noche estaba de humor para hacer un esfuerzo consciente.

Con la mente aún lo suficientemente nublada por el alcohol como para olvidar cualquier traba, estaba más que listo para convertirse en una auténtica espina en su costado.

No le tomó mucho trabajo. Todo lo que tuvo que hacer fue parlotear sobre mil y un cosas al azar mientras se apoyaba en la barra, observándolo con esa sonrisa descarada que sabía que a Diluc le molestaba mucho.

El tema de conversación era irrelevante; lo importante era hablar directamente a su lado, lo suficientemente alto como para desviar su atención mientras tomaba los pedidos. Y, como había previsto, no tardó en obtener resultados: un trago preparado con medidas incorrectas por aquí, un pedido confundido por allá.

Kaeya tuvo que contener una risa. No era que quisiera sabotear la preciada reputación de la taberna de su padre, pero había algo tan deliciosamente entretenido en ver a su hermano perder su perfecta compostura, aunque fuera solo un poco.

—Señor Kaeya, si no tiene nada útil que decir, cállese— gruñó Diluc mientras intentaba compensar un error en el último cóctel que había servido.

—Pero si solo te hablo de temas importantes y relevantes que creo debería de oír, maestro Diluc — respondió Kaeya, con una sonrisa que claramente decía "No voy a parar".

Diluc no respondió. En cambio, le lanzó una mirada gélida que no tuvo el efecto intimidante deseado. Kaeya estaba acostumbrado o solo demasiado borracho para notar el peligro, por lo que, para desgracia de Diluc, su mal humor no estaba siendo un disuasivo para él.

Satisfecho consigo mismo, Kaeya se inclinó aún más, observando cómo su hermano intentaba mantener la compostura mientras manejaba la creciente pila de pedidos. Podía sentir cómo la paciencia de Diluc disminuía con cada palabra que salía de su boca.

Justo cuando estaba a punto de lanzar otro comentario, la puerta de la taberna se abrió de golpe, dejando entrar un viento frío que pareció barrer toda la calidez del lugar.

—¡Está helado! —se quejó una pequeña hada blanca que flotó con desgana hacia la barra. Su voz chillona resonó, arrancando una sonrisa de diversión a Kaeya.

Detrás de ella venía la Viajera, con su vestido de siempre, de mangas cortas, como si el gélido aire invernal no le afectará en absoluto.

—Estamos entrando al invierno, Paimon. Tal vez te compre un chaleco bonito —dijo Lumine mientras levantaba una mano para saludarlo.

Kaeya desvió su atención hacia la joven que se acomodaba en el taburete junto a él, bastante feliz de ver a Lumine tan pronto, después de todo ella ya no solía quedarse en un solo lugar por mucho tiempo.

—Viajera, Paimon, qué gusto verlas por aquí. Pensé que se irían después de mi cumpleaños.

—Ese era el plan —admitió Lumine, encogiéndose de hombros—, pero Paimon dijo que extrañaba Mondstadt, así que decidimos quedarnos un poco más. Recorrimos las llanuras, dimos una vuelta por los alrededores, y al final terminamos extendiendo la visita. La verdad, no está mal, sobretodo porque aún me faltaban algunas cosas que llenar en mi inventario. No sabes lo complicado que es conseguir flores dulces en algunas naciones —suspiró, descansando los codos sobre la barra.

Un par de tazas de café caliente se deslizaron sobre la barra hacia ellas. Diluc, quien las había preparado, las observaba con una expresión ligeramente más suave de lo habitual, aunque la molestia aún se reflejaba en sus ojos al desviar la mirada hacia Kaeya.

—Qué bueno que llegaron —dijo Diluc, su tono seco como siempre, pero con un leve toque de cansancio—. Este café es gratis, si me hacen un favor.

—¿Un favor? —preguntó Lumine, arqueando una ceja mientras soplaba suavemente su bebida para enfriarla un poco.

Diluc frunció el ceño y señaló con la cabeza hacia Kaeya, quien se acomodaba en su asiento con una expresión evidentemente satisfecha —Háganme el favor de hacer que se calle.

Lumine ocultó una carcajada detrás de su taza mientras tomaba un sorbo de café caliente. Paimon, siempre dispuesta a regañar al capitán de caballería, había comenzado una perorata contra él, gesticulando exageradamente mientras flotaba junto a la barra.

—Wow, lograste molestar al maestro Diluc. Hasta hiciste que levantara la voz una octava, felicidades Kaeya —comentó Lumine con burla, mirando a Kaeya con una sonrisa traviesa antes de beber nuevamente de su café.

Kaeya le devolvió la mirada con una sonrisa —Gracias, Viajera. Siempre es un placer. Si alguna vez necesitas lecciones sobre cómo desesperar al maestro Diluc, solo dilo, te puedo enseñar cualquier día.

Lumine rodó los ojos divertida, mientras Diluc, visiblemente tenso, terminaba de servir una bandeja repleta de jarras de cerveza para los clientes. Diluc notó lo satisfecho que estaba Kaeya por haber logrado irritarlo, así que saco la infalible. Con un movimiento brusco, colocó un vaso de jugo de uva GRANDE frente a Kaeya con un golpe seco contra la barra.

—Hiciste que me equivocara en tres pedidos —gruñó con un tono bajo pero cargado de irritación—. Te lo tomas de una, o no entras aquí durante un mes.

Kaeya miró el vaso con una expresión de absoluto desagrado, como si el contenido fuera veneno y no simple jugo.

—¿Me estás culpando por tu falta de eficiencia? —intentó defenderse, alzando una ceja con fingida inocencia.

—Ahora. —El tono sombrío de Diluc y su mirada fija parecían perforarlo. Había una amenaza silenciosa que a Kaeya no le pasó desapercibida, y un escalofrío le recorrió la espalda. Tal parece que el alcohol había desaparecido de su sistema lo suficiente como para que la amenaza de Diluc se volviera más real que antes.

Sabiendo que no iba a ganar esa batalla, Kaeya suspiró, resignado.

—...Ya que —murmuró con desgana.

Lumine no pudo contener la risa esta vez, mientras Paimon se cruzaba de brazos, satisfecha de que Kaeya finalmente recibiera un regaño.

Kaeya observó el vaso de jugo de uva con expresión resignada antes de tomar un sorbo, lento y cauteloso. Lo odiaba. En serio, lo odiaba. El dulzor empalagoso parecía invadir su lengua y, sin esfuerzo, el líquido amenazaba con devolverse por su garganta.

Con cada trago, Kaeya mantenía el jugo un momento en la boca, como si intentara reunir la valentía para tragarlo, antes de obligarse a pasarlo y concentrarse para evitar vomitarlo. Su rostro se torcía en muecas ocasionales, reflejo de su absoluta aversión. 

La noche se alargó, y ahí permaneció, tomando diminutos sorbos espaciados, sufriendo en silencio con cada uno. Mientras tanto, Lumine decidida a pagar el precio del café gratuito, mantuvo a Kaeya lo suficientemente ocupado como para darle un respiro a Diluc, quien continuaba con su trabajo en la barra. 

La taberna comenzaba a vaciarse de la habitual multitud nocturna. El ruido de las conversaciones y el tintineo de las jarras se iba apagando. Diluc apenas lanzaba miradas fugaces a Kaeya desde la barra, como si esperara que finalmente terminará el jugo y se marchara. Pero Kaeya seguía allí, con la bebida en la mano, convirtiendo su castigo en una especie de prueba de resistencia que parecía disfrutar más de lo que debería.

Al final, Kaeya terminó el jugo de uva, soltando un suspiro de alivio mientras dejaba el vaso vacío en la barra. Paimon no pudo contenerse y soltó una carcajada, divertida por su evidente sufrimiento. Lumine, siempre más amable, aplaudió suavemente, en tono de broma.

—Bien hecho, Kaeya. Justo a tiempo para cerrar. Te mereces un premio —dijo ella con una sonrisa.

—Si no es vino, no quiero nada —respondió Kaeya, aún quejándose mientras hacía una mueca de disgusto.

Diluc, sin perder el ritmo, colocó un vaso de agua frente a él.

—¿Entonces no quieres esto? —dijo con tono burlón, raro de ver en él hoy en día.

—No, no, dámelo. Necesito lavarme el sabor de la boca —contestó Kaeya apresurándose a tomar el vaso y bebiendo un largo sorbo.

Diluc negó con la cabeza, murmurando con exasperación—Eres un bebe.

—No me culpes por tener un paladar fino —replicó Kaeya, alzando una ceja mientras le devolvía la mirada con aire altanero.

—De niño, mejor dicho —alegó Diluc, con una expresión engreída que solo lograba aumentar el disgusto de Kaeya.

Lumine decidió intervenir antes de que la situación escalara—¡Ya, ya, no peleen! —dijo, levantando las manos como si quisiera separar a dos niños—. Mejor, Kaeya, ¿por qué no me ayudas con algo? Con suerte eso te quita el regusto de la boca.

Se giró hacia ella con curiosidad, aunque su mirada aún conservaba un rastro de molestia.

—¿Algo que me quite el mal sabor de boca? ¿Que cosita exótica traes en tu inventario que pueda lograr esa hazaña?— Kaeya guiñó un ojo, con un aire despreocupado.

Lumine, sacó de su inventario una docena de frutas de color lila suave. Tenían una forma peculiar, como una lágrima alargada.

Kaeya tomó una y la giró entre sus dedos, probando su peso. La fruta encajaba perfectamente en su mano y desprendía un aroma dulzón..

—¿Qué son estas?— preguntó Diluc, mirándolas con curiosidad.

—Fruta Amakumo—respondió Lumine con orgullo—. Solo crecen en la Isla Seirai, un lugar donde nadie se atreve a caminar por las tormentas eternas. Puede que ustedes sean los primeros en Mondstadt en probarlas.

Paimon, siempre dispuesta a añadir dramatismo, se cruzó de brazos y empezó a hablar como si estuviera en un recorrido turístico:
—Dicen que si te acercas la fruta al oído, puedes escuchar la diminuta corriente eléctrica que chisporrotea dentro de ella. La planta amakumo nació hace miles de años, mucho antes de que la batalla en la Isla Seirai cubriera la región en truenos perpetuos. Esta planta resistió la tormenta y dio frutos como una ofrenda al cielo del que proceden los rayos.

Kaeya ladeó la cabeza, claramente divertido con la explicación de Paimon, pero no dijo nada. Lumine continuó:
—Tengo demasiadas. Mi inventario atrasa que se pudran, pero tarde o temprano iban a madurar. No quiero que se echen a perder, así que pensé que podrían ayudarme con ellas.

Para alimentar su apetito, Paimon tomó una y la mordió, dando un suspiro de felicidad. Diluc, curioso pero cauteloso, tomó la fruta, sacó un cuchillo y cortó un pequeño trozo antes de probarlo.

Sus mejillas se inflaron ligeramente, y por un momento pareció sorprendido.

—Saben bien—comentó Diluc, llevándose otro trozo a la boca—. Quizás pueda llevar algunas a Adelinde para que haga algo con ellas.

—Por favor, llévatelas todas—dijo Lumine, suspirando, aliviada por la idea de deshacerse de ellas.

Kaeya, sin embargo, se quedó mirando las frutas con una expresión escéptica. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras las sostenía. La idea de que vinieran de una región cubierta por tormentas le resultaba desagradable. No le gustaban los truenos. De hecho, no era particularmente fan del elemento Electro. El rechazo ya estaba arraigado en su mente, como un prejuicio difícil de superar.

Todo lo malo en su vida ocurrió bajo un cielo tormentoso.

Cuando estaba a punto de devolverlas, Diluc lo miró con una sonrisa altanera, esa que lograba irritarlo más que cualquier burla directa.

—¿Qué pasa? ¿Ya no quieres probarlas? Supongo que no se puede evitar, siempre tuviste un paladar de bebé.

Kaeya frunció el ceño. Burlarse de Diluc era divertido, pero ser objeto de sus burlas no lo era en absoluto.

—Estaba considerando dejarlas para Adelinde. Ella seguro podría preparar algo más interesante con ellas, pero ya que cuestionas mi buen gusto, maestro Diluc, no me queda otra opción—respondió con fingida dignidad.

Tomó el cuchillo de la mano de Diluc y cortó un trozo de fruta. Sin darle más vueltas, se lo llevó a la boca.

La dulzura lo golpeó de inmediato, como una descarga que encendió cada rincón de su paladar. La pulpa era suave y jugosa, y el jugo bajó por su garganta dejando un leve cosquilleo que, para su disgusto, resultaba bastante agradable.

—Está… muy buena—admitió a regañadientes, mientras cortaba otro trozo.

Sin embargo, a medida que comía, el cosquilleo en su lengua se intensificó ligeramente. Era una sensación peculiar, como una ligera picazón que le raspaba la garganta, aunque no lo suficiente como para detenerse. Atrapado entre el placer del sabor y el leve desconcierto que le producía la reacción, Kaeya continuó comiendo, con la mirada de Diluc clavada en él.

Lumine empezó a platicar brevemente cómo las encontró y la aventura que la llevó a hacerlo, Paimon interrumpía de vez en cuando con sus acotaciones, hablando con entusiasmo mientras Kaeya seguía comiendo. Diluc, resignado, tuvo que sacar otro cuchillo al darse cuenta de que Kaeya no le devolvería el suyo.

Kaeya parecía disfrutar de la historia que Lumine relataba, incluso mientras la ligera picazón en su garganta persistía. Al principio, lo ignoró, pero pronto notó que la sensación comenzaba a extenderse a su lengua, volviéndose incómoda.

—¿Debería picar tanto?—preguntó Kaeya, interrumpiendo a Lumine en medio de su relato.

Ella lo miró confundida y negó con la cabeza.

—A mí no me pica. ¿A usted, maestro Diluc?—intervino Paimon, flotando con curiosidad.

Diluc negó con un leve movimiento de cabeza.

Kaeya hizo un ruido de comprensión, encogiéndose de hombros.

—Tal vez sea cosa mía. Lamento interrumpir, sigue contando la historia. ¿Qué pasó con el ave?

Lumine retomó su relato, pero Kaeya comenzaba a sentirse extrañamente incómodo. Un calor creciente se instalaba en su rostro, como si hubiera pasado demasiado tiempo bajo el sol. Luego, su ojo comenzó a lagrimear, una molestia que intentó disimular parpadeando rápidamente. No era nada, o eso se repetía a sí mismo, pero el calor no se iba.

—¿Señor Kaeya, está bien?—preguntó una voz chillona. Kaeya no se dio cuenta de quien le pregunto, no sabe en qué momento comenzó a marearse, el mundo se movía incómodamente como si hubiera bebido una botella de vino añejo.

—Estoy bien—murmuró, aunque su voz sonó débil incluso para él—. Solo creo que hace un poco de calor, ¿no tienen calor?

Comenzó a quitarse la chaqueta, pero incluso ese simple movimiento lo dejó jadeando, el aire escaso en sus pulmones. Cada respiro le costaba más esfuerzo, como si estuviera inhalando a través de una rendija demasiado estrecha.

—¡Está rojo! ¿Qué le pasa?—exclamó Paimon, su tono más agudo por la preocupación.

Una mano fuerte y cálida lo sostuvo por los hombros—Kaeya, mírame—exigió una voz grave, que le tomó un momento reconocer—. ¿Estás bien?

Kaeya parpadeó varias veces, tratando de enfocar, pero el rostro de su hermano parecía deformarse, como si el mundo a su alrededor se moviera en ondas irregulares. Intentó responder, pero un silbido agudo salió de su pecho, cortándole las palabras.

—Yo… ahm…—Su mano temblorosa buscó la de Diluc, aferrándose como si eso pudiera detener que el mundo se tambaleara.  Pero la sensación de opresión en su pecho aumentó.

Su garganta se cerraba. Podía sentirlo. Podía escuchar el sonido horrible de su propia respiración, un jadeo desesperado que apenas lograba arrastrar oxígeno a sus pulmones. Su visión se volvió borrosa, el ruido de las voces a su alrededor disminuyó hasta ser un zumbido distante.

El aire simplemente dejó de entrar.

Kaeya abrió la boca, intentando inhalar, pero no hubo nada. Su pecho subía y bajaba inútilmente mientras sus manos buscaban apoyo en cualquier lugar que pudieran alcanzar. Un miedo primitivo lo atravesó, rápido y agudo como una estocada.

No podía respirar 

No podía respirar 

Diluc lo atrapó antes de que se derrumbara por completo.
—¡Kaeya!—Su voz estaba teñida de pánico, rompiendo la máscara de compostura que siempre llevaba—. Lumine, hay que llevarlo a la catedral, ¡ahora!

Paimon chilló algo que Kaeya no alcanzó a entender, y un borrón rubio que supone era Lumine desapareció de su vista. Todo se volvía oscuro y lejano, un abismo donde las voces eran ecos y el dolor en su pecho era lo único real.

Diluc alzó Kaeya para acomodarlo en sus brazos y cruzó corriendo la puerta hacia la catedral. Kaeya jadeaba desesperado, luchando por un aire que se negaba a llenar sus pulmones. Su conciencia se desvanecía poco a poco mientras manchas oscuras nadaban en los bordes de su visión. Los sonidos a su alrededor comenzaban a volverse borrosos, pero aún podía percibir vagamente la voz de Diluc, grave y tensa .—Vas a estar bien. No te duermas, maldición, no te duermas—le ordenó Diluc con desesperación, aunque ambos sabían que las palabras eran inútiles.

Kaeya intentó responder, quisó burlarse de que incluso en ese momento Diluc parecía incapaz de dejar de darle órdenes. Una sonrisa socarrona habría sido la respuesta perfecta, pero las palabras murieron antes de formarse en su boca. En su lugar, un silbido áspero y aterrador emergió de su pecho, interrumpido por jadeos cada vez más débiles.

Su cabeza, pesada y sin fuerzas, cayó sobre el hombro de Diluc. Supone que aguanto todo lo que pudo aguantar sin el aire entrando a su cabeza. Tendrá que dejarle el resto a Diluc.

Solo espera que si esto es lo que supone que es, no se le haya hinchado la cara.