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Cuando apareció Leocadia en La Promesa, Cruz no pudo más que sorprenderse. Rómulo le dijo que había muerto, bueno, que la había matado y, sin embargo, allí estaba después de tantos años. Ya hablaría con el mayordomo, pero ahora tenía que mantener la compostura.
Los siguientes días fueron tensos, ella claramente sabía que Cruz la había mandado matar y estaba intentando antagonizarla a través de la boda de Manuel con aquella criaducha.
La noche de antes de esta, Petra estaba planeando cómo interrumpir la boda cuando la vieron. Las había oído, no cabía duda. El ama de llaves partió y las dejó solas. No estaban a solas desde hacía muchos años. Desde antes de que Cruz pusiera sus ojos en el marqués de Luján.
Pero no serviría de nada pensar en ello. Ahora tenía que escuchar sus amenazas y tenerlas en cuenta. No podía arriesgarse a perder su estatus, menos por antagonizar a Leocadia a raíz de esa menesterosa.
— ¿Cruz? ¿Me estás oyendo? —Leocadia la miraba con desdén, con una media sonrisa que le recordaba a cuando eran pequeñas, a cuando empezaron a explorar las tierras de sus padres juntas, a cuando empezaron a explorar… otras cosas…— Esto es increíble, no sé en qué estás pensando pero deberías prestar atención a mi advertencia.
— Perdón, me he distraído un poco, pero sí te he escuchado, querida —la marquesa se recompuso.
— Eso espero. Buenas noches.
Y entonces se dispuso a irse, se dio la vuelta, se alejó, de nuevo, de Cruz.
Una necesidad de volver a tenerla la invadió. Y la marquesa siempre conseguía lo que quería. La cogió del brazo.
Leocadia quedó paralizada, se tensaron sus hombros. Cruz dio un paso hacia ella y se acercó a su oreja.
— Desde que has vuelto a mi vida, no puedo parar de pensar en ti —le dijo al oído, en un susurro.
Leocadia soltó el aire que parecía haber estado conteniendo y se soltó de Cruz de golpe.
— ¿En cómo me mandaste matar? —Su odio era visceral. Bueno, eso solo haría el proceso más interesante, ¿no?
— Te veo muy viva para haber muerto. Eso es algo que no acabo de comprender.
— Pregúntaselo a Rómulo, porque créeme que yo no tengo ninguna intención de contártelo —contestó a la pregunta implícita y se fue.
¡Qué presencia tan fuerte! Cruz tenía que conseguir llegar a su corazón de nuevo fuera como fuese.
La boda transcurrió (casi) sin ningún incidente. Manuel y Jana estaban casados, para desgracia de Cruz. Aun así pudo decirle cuatro cosas a la criaducha después de la ceremonia. Las contorsiones de su rostro valieron la pena.
O no.
Porque Leocadia fue a consolarla justo después.
Leocadia.
Todo acababa volviendo a ella.
Pero para eso estaba el alcohol en las bodas, ¿no? Para olvidar, para recordar; para abstraerse, para volver a pensarla; para perderse, para encontrarse. Y la dueña de sus pensamientos se acercó a ella hacia el final de la fiesta, cuando solo quedaban los habitantes del palacio.
— ¿Quieres que te acompañe a tu alcoba, Cruz? Pareces haber bebido un poco de más.
La marquesa se rio.
— Aunque tuvieras razón, no creo que se me notara.
Leocadia se le acercó al oído y le susurró:
— Si supieras todo lo que soy capaz de notar de ti…
Un escalofrío recorrió a Cruz de la oreja hasta los pies. No quería nada más que besarla, apasionadamente, allí mismo. Pero su parte racional le recordó que no podía hacer esas cosas delante de testigos, así que aceptó su oferta y juntas fueron hasta su alcoba.
— Veo que has seguido mis indicaciones y no has intervenido —comentó en la puerta de la alcoba de la marquesa.
Leocadia empezó a observar la habitación, parándose en los cuadros. Cruz aprovechó para cerrar las puertas corredizas de su alcoba.
— Como si hubiera tenido ningún remedio, querida.
Mientras lo decía, se iba acercando poco a poco a quien fuera una vez su amante y compañera, hasta que solo les separaban unos centímetros.
Entonces, Leocadia se dio la vuelta, abriendo los ojos ante su proximidad. Cruz acarició su mejilla con la palma de la mano y alzó su mentón. Leocadia apoyó su mano sobre la suya, haciendo algo de presión pero no intentó zafarse. Cruz le sonrió y procedió a acercar sus labios lentamente, mirando fijamente a sus ojos.
Entonces, en un rápido movimiento, Leocadia la empujó haciéndola tambalearse.
La cara de la marquesa debía ser un poema, pues Leocadia sonreía maliciosamente.
Eso fue la gota que colmó el vaso.
Lágrimas empezaron a desbordar de los ojos de Cruz, pero se dio la vuelta rápidamente antes de que Leocadia se diera cuenta. No debió funcionar porque, al poco, notó una mano en su hombro y un susurro en su oído contrario en tono burlón:
— ¿Qué le pasa a la marquesa de Luján?
Cruz se tensó aún más ante esas palabras, lo último que necesitaba que le recordaran ahora era su título
— Llevo pensando en besarte desde que reapareciste en mi vida y ¿ahora me vienes con lo de «marquesa de Luján»? —contestó gritando entre hipidos.
Sí, estaba bastante borracha, pero tenía motivos de peso.
— Si sigues llorando, va a venir alguien del servicio —Leocadia trató de razonar con ella.
— ¡Como si realmente les importara!
Cruz empezó a llorar y gritar, blasfemando a todo el mundo. Especialmente a Leocadia, que no era capaz de darle lo que más anhelaba del mundo: un beso. Un beso de los suyos de los que hacía tanto que no recibía, de los que casi la hacen desobedecer a su padre y poner en riesgo su ascenso a la nobleza.
— ¿Desobedecer? Espera, ¿no fue idea tuya?
— ¿Cómo podría serlo? —y la sinceridad con la que habló, la asustó hasta a ella.
Entonces, poco a poco, Leocadia se volvió a acercar a la marquesa, esta vez fue ella la que acarició su mejilla, la que vio a Cruz cerrar los ojos ante el contacto del dorso de su mano con esta, esta vez fue ella quien la sujetaba por la parte de atrás de su cabeza y quien acercó sus frentes hasta que la una se apoyaba en la otra, hasta que la punta de sus narices se rozaban.
— Luego tendremos una larga conversación sobre lo que acabas de decir pero ahora creo que deberías callarte —esto fue un susurro apenas audible.
— Cállame tú.
Y, sin esperar ni un segundo más, fue Leocadia quien cerró la distancia entre ambas.
Se besaron durante lo que a la marquesa le pareció una eternidad suya y demasiado poco. Se besaron por todos los años que habían pasado separadas, por todos los que habían pasado juntas, por las desgracias, por las alegrías, por los malos recuerdos, por los buenos. Se besaron mientras todo permanecía en silencio, mientras la mano de una de ellas empezó a bajar, mientras la otra le siguió, mientras cayeron en la cama, mientras empezaron a desvestirse.
Pararon para quitarse las joyas la una a la otra, pararon para observarse en su desnudez, pararon para recorrer con sus manos el cuerpo de la otra, pararon pero continuaron, más lentamente un poco después.
Leocadia estaba recostada sobre la cama, Cruz sobre ella. Y ambas querían más que unos besos, porque, aunque eran tesoros, la avaricia de ambas no conocía límites y no se iban a contentar hasta que hubieran exprimido a la otra del todo.
Por eso Cruz empezó hacer un camino con sus besos, recorriendo todo su cuerpo: su frente, donde le dijo que recordaba su tacto como si fuera ayer pero, aun así, la realidad no se le podía comparar. Sus cejas, donde le dijo que, ahora que no estaba su padre intentando deshacerse de ella, podría protegerla. Sus párpados, donde le pidió que cerrara los ojos. Sus pestañas, donde la instó a pedir un deseo ahora que ella ya estaba cumpliendo el suyo. Su nariz, donde le dijo lo adorable que era. Su mejilla. Su oreja, donde le susurró todo lo que había callado durante tanto tiempo.
En el cuello, calló, pues ya no era tiempo de hablar embriagada por el momento, era tiempo de volver a disfrutar de su piel en sus labios y de hacer disfrutar a Leocadia. Plantó besos en diferentes puntos de este, empezando a trazar su silueta con la punta de sus dedos. Cruz empezó a hacer pequeños círculos y espirales con ellos, causando que Leocadia reprimiera un gemido. O tal vez fuera por el leve mordisco que acababa de hacer. Puede que dejara una marca en un lugar visible, pero no le importaba.
— Quiero oírte —dijo la marquesa volviendo a besarla en la boca, bebiendo de los sonidos que ahora salían directamente a la suya.
— Pero… el servicio…
Cruz le puso un dedo en los labios y la mandó callar.
— Que no te importen esos menesterosos, aquí nadie se atrevería a molestarme. —Y, sin dejar de acariciar su cuerpo, volvió a besarla lentamente.
Leocadia apoyó sus manos en las caderas de Cruz, atrayéndola hacia sí, correspondiendo al beso con un fervor sin precedentes. Parecía que lo deseaba tanto como ella.
El beso fue acelerándose hasta que tuvieron que separarse para recuperar el aliento. Cruz apoyó su frente en la de Leocadia hasta que sus respiraciones se estabilizaron. Plantó, entonces, un beso en la comisura de sus labios y volvió a dejar besos por su clavícula hacia uno de sus hombros donde succionó dejando un chupetón.
A partir de ahí, cogió su brazo y empezó a plantar rápidos besos hasta llegar a su muñeca que rodeó mientras Leocadia reía. La risa cesó cuando Cruz comenzó a chupar sus dedos en el interior de su boca, moviendo su lengua entre ellos. Ahí, Leocadia inhaló aire de golpe, arqueando su espalda y cerrando los ojos, lo que causó una sonrisa en la marquesa.
La marquesa observó cómo abría los ojos atentamente y sostuvo su mirada mientras seguía chupando sus dedos.
Ahora, Leocadia movía sus caderas, acercándolas y alejándolas de Cruz que la sostenía con sus piernas. Los siguientes sonidos que salieron de la boca de la que estaba acostada sobre la cama fueron hechos a posta para sacar una reacción de la marquesa.
— Te haré perder el control, querida —susurró soltando su brazo.
— Estoy deseando que pase, Cruz.
La marquesa procedió a apoyar sus codos sobre el colchón y llenar el pecho de Leocadia de besos, mientras esta sostenía su cabeza cerca de su cuerpo.
Entonces, Cruz se recostó sobre ella, liberando sus brazos para tocar su cuerpo. Los dirigió hacia abajo, hacia donde tanto había querido ir desde el principio.
Leocadia suspiró su nombre cuando por fin llegó a aquel lugar, haciendo que Cruz se acelerara.
A partir de ese momento, las dos se convirtieron en un revoltijo de suspiros y gemidos que solo podía pensar en la otra. No hubo ni rastro de control ni de nada por el estilo. Se dejaron llevar hasta el cielo, ida y vuelta, porque su lugar era la Tierra, entre los brazos de la otra.
Cuando todo pasó, Leocadia sostenía a Cruz entre sus brazos, haciéndole caricias. La marquesa dormía profundamente, pero Leocadia solo podía pensar en el motivo por el que realmente estaba ahí: venganza.
Si lo que había dicho Cruz era verdad, la persona de la que realmente debía vengarse ya estaba muerta. Esperaba que hubiera sido una muerte dolorosa.
Ahora debía reevaluar su plan de acción, puede que ya no quisiera fastidiarle la vida a la marquesa, pero tampoco quería separarse de ella. No después de esa noche. Y parecía que Cruz quería lo mismo.
Besó su frente. Eso era problema de la Leocadia del futuro, ahora solo tenía que disfrutar de tenerla entre sus brazos y ya trabajaría al día siguiente por que esta situación fuera tan permanente como se pudieran permitir.
Y, con esos pensamientos, al fin las dos durmieron entre los brazos de la otra. Al día siguiente se tendrían que enfrentar a un mundo hostil, pero ahora descansarían en el lugar que siempre habían deseado habitar después de tanto tiempo.
