Chapter Text
Michael siempre supo que moriría de forma terrible.
Tal vez era su pesimismo natural hablando, pero desde joven nunca tuvo energía para imaginarse un futuro brillante para sí mismo.
Técnicamente, no se había equivocado con su primera muerte: nadie sobrevive a que le abran el torso y le arranquen los órganos. Eso estaba alto en la lista de finales horribles, los que incluyen que lo metan forzosamente a un traje de Freddy o que le partan el cuello. Y ahora, con su segunda muerte también tenía razón.
Si Michael aún tuviera nervios sanos, seguramente se hubiera desmayado por el calor y la gran cantidad de humo colándose por las ventilaciones. El calor comenzaba a filtrarse por cada rincón de la oficina, y el termómetro del escritorio ya había colapsado sobre sí mismo.
Helpy tampoco sobrevivió al calor; se retorcía levemente luchando con sus protocolos para solucionar el problema de que su plástico exoesqueleto se derritiera.
La voz de Henry todavía resonaba por los parlantes.
Michael se preguntaba en qué parte del laberinto subterráneo se encontraba, probablemente en el centro, donde estaba la sala de entrevistas.
Fue bastante grosero de su parte no preguntarle si quería vivir, aunque, siendo justos, no estaba tan lejos de lo que él realmente deseaba.
En algún punto del caos, había terminado su discurso, cortándolo con un seco “conexión terminada”.
El cubículo de metal no resistiría mucho más. Ya comenzaba a tornarse rojizo, expandiéndose apenas por la presión del calor. Su cuerpo tampoco aguantaría por mucho tiempo.
Había escuchado que las personas no siempre se quemaban al instante sino que a veces se derretían vivas antes de desmayarse por el dolor. Estaba a punto de descubrir si eso era cierto.
Henry tenía razón.
Michael también había decidido quedarse. Podía haberse marchado de Hurricane cuando tuvo la oportunidad, pero no lo hizo. Igual que los monstruos atrapados en ese laberinto de metal, él fue atraído por la necesidad de enfrentar a su padre y darle fin definitivo al ciclo que había comenzado desde que mató a Dave.
Y honestamente, en el fondo, él también estaba bien con eso, con finalmente morir. No era más que un zombi, una sombra del chico que nunca salió de Circus Baby’s Rentals, Michael Afton había muerto desde hace tiempo, siendo sucedido por la carcasa que es él ahora.
A este punto, sintió una profunda lástima por su hermana, quien estaba gritando por su padre mientras trataba de romper las paredes con su garra. A pesar de todo, las memorias sobre Elizabeth seguían vivas en él. Lo que más atesoraba eran esos recuerdos, se aferraba a ellos con ambas manos, el dolor de su muerte no había logrado borrar del todo lo bueno con lo que la asociaba.
Lizzie siempre quiso agradar a su padre, siempre buscó sentirse amada. Michael debió haber hecho más para mostrarle que no necesitaba a su padre para sentirse valiosa, mucho menos convertirse en algo que no era para complacerlo.
La nostalgia por algo que nunca ocurrió era un sentimiento que siempre lo dejaba vacío.
Y era porque estaba tan cerca de la muerte definitiva que su mente intentaba consolarlo con lo imposible: un mundo que no fuera marcado por tantas tragedias, por tantos de sus errores.
Toda su vida lo había perseguido el pensamiento de: ¿y si hubiera tomado otra decisión? ¿Y si no hubiese sido un niño tan terrible?
En otro mundo, estaría visitando a Dave en la casa familiar mientras Elizabeth presumía de su nuevo puesto en alguna compañía. Dave mencionaria cómo Michael solía asustarlo con la máscara de Foxy, y Michael se burlaría llamándolo llorón.
Podrían haber tomado el control de Freddy 's convirtiéndolo en un lugar seguro para los niños. Quizás seguiría en contacto con Henry, llamándolo “tío” como cuando era pequeño, discutiendo sobre sus decisiones artísticas con los animatrónicos. Quizás Charlie aún se burlaría de él por su baja estatura, él no era pequeño, ella siempre fue más alta, y se reiría cuando él se quejara de su bloqueo artístico, llamándolo un pesado que siempre la fastidiaba cuando no encontraba qué hacer.
Idealmente, nunca se habría encontrado con animatrónicos asesinos, tampoco con ciencia mágica de almas o con fantasmas. Él estaría en Las Vegas despilfarrando dinero divirtiéndose, o en Vancouver, siempre quiso probar el patinaje en hielo, o quizás en Nebraska acampando con su posible familia.
El pasado era inmutable, y desear un mundo diferente era como intentar cambiar un destino tallado en piedra. Michael aceptaba su parte en el desastre, su culpa, su rol, su fracaso como hermano mayor.
Tal vez, si no hubiese actuado tan infantilmente aquel fatídico día del 83.
Pero incluso entonces, ¿habría cambiado algo? Su padre jamás supo ser feliz con lo que tenía. Si no hubiera sido Freddy’s, habría sido otra cosa.
Quizás esta siempre fue la única ruta posible.
Pensar en lo que pudo haber sido era inútil, especialmente ahora. Cuando ya era el final.
Lo único que le traía consuelo era saber que Dave, al menos, había encontrado descanso hace mucho tiempo. Si Michael llegaba al lugar donde estaba Dave, se estaba preparando para abrazarlo. Si el más allá (cielo, limbo o lo que sea) tuviera una heladería, lo llevaría.
La verdad, era terrible ideando actividades celestiales posibles.
Aunque sería mórbidamente gracioso si el más allá podría simplemente ser la nada, igual a lo que sentía antes de existir un vacío de inconsciencia.
No estaba seguro de qué había lejos de aquí, pero seguramente era mejor que estar en un restaurante en llamas en la ciudad más horrible de América, de lo contrario derrotaría el propósito del cielo.
O quizás Michael llegaría al infierno. ¿Qué tipo de castigo le pondrían para la eternidad? Seguramente trabajar en servicio al cliente.
Mike cruzó los brazos con pesadez mientras luchaba por permanecer consciente. Debía ser el último en pie para asegurarse de que nadie volviera, enfrentar este último tramo con dignidad.
Se peleó internamente con el remanente que ardía en su interior para que lo hiciera resistir un poco más.
Sin embargo, su cuerpo lo traicionó.
Cayó en el suelo duro con un estruendo que se perdía entre la crepitación de las llamas. A su lado, ya no quedaban más piezas de Helpy, cuyo endoesqueleto quedó reducido a metal líquido.
Dio una pequeña sonrisa a pesar del dolor, del cansancio.
“Gracias por acompañarme, osito”
El interior de sus orejas se tapó, y los gritos disminuyeron, convirtiéndose en ruido blanco.
Uh, era cierto, la piel sí se derrite primero.
Michael despertó, aunque no estaba seguro de si realmente lo había hecho.
Tal vez aún se encontraba en la oficina, su cerebro delirando buscando respuestas a ser quemado vivo.
El calor dentro de él era insoportable, su cuerpo ardía desde lo más profundo expandiéndose a sus articulaciones, la fiebre lo consumía poco a poco sin piedad alguna.
Todo a su alrededor era un caos, fue arrancado de un sueño profundo. Despertando en algún lugar.
Conciencia; estaba consciente. Se encontraba en el más allá.
Mike tenía expectativas razonables de lo que era la vida después de la muerte, siendo criado cristiano –o aparentar ser criado cristiano– era muy sencillo: los pecadores sufren por la eternidad en el infierno, sin descanso por sus actos en vida, y los buenos y justos llegan al cielo, aquel el paraíso eterno sin lazos terrenales donde solo hay paz y perdón.
El cielo olía a basura. Petida, terrible e inescapable descomposición que se colaba en su nariz.
Estaba tirado sobre montones de bolsas de basura, que raro, ¿Por que el otro mundo tendría basura?
"¿Esto es el infierno?" pensó, creyendo que tendría sentido que el infierno tuviera basura, tal vez su castigo eterno era ser basura, ser desechable como siempre.
Sintió algo áspero lamiéndole la mano, un toque húmedo y persistente. Miró hacia su costado, entrecerrando los ojos; tardó un tiempo en que su visión se aclarara completamente.
Era un perro grande, de pelaje color crema con manchas café alrededor de su ojo visco. Su cara tenía cicatrices, y el contorno de su boca estaba manchado con algún líquido de extraña procedencia, hurgaba por comida en la basura cuando se encontró con la mano de Michael.
La acción de lamerlo gentil pero ferozmente era tierna, como si quisiera consolarlo, a pesar de que el animal no era bonito, ni siquiera estaba cerca de ser feo de manera tierna.
El perro debió sentir que Mike lo estaba juzgando, porque de pronto le clavó los dientes en la mano. Michael se levantó de golpe por el punzante dolor.
—¡Pow, pow! —el perro lo estaba…
¿¡Lo estaba regañando!? ¡La audacia que tenía!
¡Ese perro era un demonio!
Lo había llevado a un falso sentido de seguridad solo para luego traicionarlo. El animal se alejó moviendo su pequeña cola con entusiasmo, como si nada.
Mike apretó los dientes. ¡Se vengaría de tal traición! Vencer a un perro demonio sería fácil, si logró sobrevivir seis horas por cinco noches en Freddy 's–incluso más noches de las que su contrato estipulaba– esto sería pan comido.
Corrió hacia el animal, tropezando varias veces con el pavimento roto. La calle apenas estaba iluminada; los postes titilaban, a punto de morir en cualquier segundo. El piso, inundado con agua de drenaje, chapoteaba bajo cada paso de sus tenis. Obstáculos inútiles frente a su misión.
Entre varias casas de un piso llegó a una que destacaba por su extrañeza: era de madera, pequeña y algo torcida, con techo de metal y con partes incongruentes en sus paredes. Pero a Mike no le importaba. Su mente, nublada por la venganza, no atendía razones.
El perro demonio saltó sin esfuerzo a través de una ventana baja, o más bien, por un hueco improvisadamente tapado con madera, claramente hecho para animales.
Mike lo observó un momento, con las flamas de la venganza ardiendo en su mirada. Su cuerpo lo seguía sin cuestionar, movido por una fuerza inimaginable. Hacía mucho que no luchaba tan duro por mantenerse en pie, como si la dificultad hubiera bajado de 20/20/20/20 a un 01/09/08/07.
¡Aún es complejo pero mucho menos!
—Es mi último paso —murmuró, como si ese hueco fuera, de alguna forma, la entrada a su purgatorio personal. Una batalla legendaria lo esperaba. Su libertad estaba al otro lado.
Sin pensarlo más, se metió por el hueco, estrujando su cuerpo para lograr entrar completamente.
Al entrar en la oscuridad, una sensación reconfortante lo envolvió: un abrazo cálido y protector. Se arrastró hacia dentro, buscando un rincón cómodo, hasta que dio con un sofá.
Bostezó.
Sin decir una palabra, se acurrucó en posición fetal, abrazando sus rodillas contra el pecho. Cerró los ojos, la respiración entrecortada y febril, y en pocos segundos, se dejó llevar por el sueño.
Luego podría pelear con la bestia infernal.
