Chapter Text
Cometer errores y tomar malas decisiones son parte de la frágil y volátil naturaleza del ser humano, los ayudaba a aprender, a reflexionar y a desarrollarse como persona. Sus mundanas y predecibles vidas estaban llenas de ellos, como constantes baches o piedras estorbosas que se encontrarán en su corto camino, hasta que la muerte los alcance y los reclame como suyos.
Eran los perfectos maestros para que logren ver qué la perfección absoluta era inexistente y que su sola búsqueda era una pérdida de tiempo total. Algo tan ambiguo como ello era una mera ilusión humana y boba para presionarse a sí mismos y no verse tan débiles ante su propio destino.
Un destino del cual Sergio no debía temer ya que él no era un humano.
Él podía tomarse todo el lujo de decidir por su cuenta con que pie comenzará el día, si el izquierdo o el derecho, ignorando la superstición centenaria que ha dominado la ilusa suerte del hombre, viviendo con tanta tranquilidad aún sí sus decisiones no fueran las correctas, porque sin importar cual fuera el camino que tomara, Sergio, al final del día, siempre terminaba ganando y triunfando.
Una vida tan larga como lo era el tiempo mismo, de constante rutina y de constante planeación, han hecho de Sergio un hombre observador y suspicaz. Nada se le escapaba. Ni el más mínimo detalle.
Sin embargo, los errores no estaban exentos a los humanos, un ser sobrenatural, casi perfecto, como él, también se equivocaba, también erraba, pero, a diferencia de los humanos, los errores podían ser perjudiciales. Y esa noche, Sergio se estaba lamentando.
¿Cómo fue que él pudo haber cometido una estupidez tan mundana como olvidar su propia hambre? ¿A caso era un estúpido neofito aguantando la sed? No, ni siquiera un recién convertido habría hecho esa idiotez, y todo por su terquedad.
Sergio estaría camino a la reunión que se había organizado en un bar de la ciudad, fingiendo una noche más que era un humano normal con una vida normal —si es que ser piloto de la Fórmula Uno se catalogaría “normal—, bebiendo tequila y hablando con sus amigos sino fuera porque el hambre, que lo estaba carcomiendo por dentro, lo tenía detenido a mitad de la carretera, obligandolo a permanecer sentado en el asiento del conductor de su auto mientras se retorcía e insultaba constantemente.
Su estómago parecía más una bestia de fauces enormes, sanguinaria e irracional, que un estúpido órgano que se podía expandir el doble de su tamaño. Lo estaba matando, lo estaba dañando. Parece como si estuviera empeñado a recordarle sus malas decisiones, apuñalando constantemente todo su sistema digestivo hasta que Sergio no tuviera otra opción más que sucumbir y saciarse.
Tenía demasiada hambre, tenía demasiada sed.
Sus manos apretaban con una abismal fuerza el forro de cuero del volante, rompiendo y desgarrando el material junto con las rígidas costuras tensadas con sus afiladas uñas recién crecidas, un intento en vano de menguar el terrible dolor que crecía conforme seguía sin hacer nada.
La sensación era infernal, como ser quemado con hierro al rojo vivo o masticar pedazos de vidrio que se incrustan en las encías y rompen la sensible piel hasta hacerla sangrar, Sergio está febril y temblando de desesperación. Le dolía todo el cuerpo, la cabeza le daba vueltas, las articulaciones se tensaban, pero entre tantas sensaciones que lo dejan ensimismado y casi en la imposibilidad de moverse, lo que más lo estaba matando, además del horrible dolor de estómago, era el dolor en sus dientes, en sus colmillos tan afilados como una cuchilla que corta la carne y penetra hasta el hueso.
Si su corazón marchito y congelado pudiera bombear sangre como el de un humano, Sergio ya se habría mordido y bebido a él mismo, consumiendo hasta la última gota hasta quedar débil, pero satisfecho.
¿Qué iba a hacer?
¿Qué carajos debía hacer?
No podía ir así al bar, no con el aspecto que tenía —el de un loco que parecía haber consumido drogas o algo peor—, el solo considerar un paso fuera del auto para recibir un poco de aire, ponía a Sergio tenso y en una constante lucha entre su lado racional y su hambre voraz. No sabría de que sería capaz. Su propia desesperación lo pondría ido, tan famélico como enloquecido, a tal punto de cegarlo y comenzar una caza en la que ni siquiera estaría consciente.
Con el simple hecho de oler una ligera pizca del característico aroma de la sangre flotando en el aire, Sergio irá a cualquier parte, sin importar que tan alejado esté, para encontrar algo o a alguien que lo satisfaga y lo llene por completo. Beberá la sangre de su víctima hasta dejarlo vacío y marchito, al igual que su corazón; drenará hasta la última gota y solo así calmará a la bestia dentro de él.
Debía… No, tenía que regresar por donde vino, ir directo hacía el hotel en el que estaba hospedado y tragarse todas las bolsas de sangre que guardaba en su pequeña hielera con la que viajaba a todas partes; o buscar a un imbécil sin nombre y sin rostros que nadie extrañe y comérselo.
Tenía que tomar rápido una decisión antes de cometer otro error, antes de que su vida construída minuciosamente desde que se convirtió en vampiro, se derrumbara.
Pero no pudo moverse. Estaba casi poseído por el dolor, doblegado y abrumado por su hambre inhumana que rugía cada vez más fuerte dentro de sus pensamientos que trataba de tomar el control.
En sus ojos entrecerrados, los faros de la autopista, cuyo único propósito era alumbrar a los conductores el camino hacia la ciudad, no eran más que destellos que se perdían entre los árboles del bosque tupido que rodeaba la carretera y que escondía entre la oscuridad sus salvajes secretos que ningún humano descubrirá sino quiere perderse en el salvajismo de la naturaleza y morir.
La curva en la que se quedó estacionado —o más bien varado— estaba bajo la copa de un enorme árbol ayudando a Sergio a ocultarse, parcialmente, como el frío y sádico depredador que era. La noche era tranquila y la oscuridad no era absoluta, sin embargo, a pesar de la agudeza de sus sentidos, debido al infernal hambre al que estaba confinado, Sergio a duras penas pudo distinguir la sombra que se acercaba a su auto. Solo fue en el preciso momento que el sonido rotundo, pero breve, de un par de golpes contra el vidrio de su ventana hizo eco en el interior, fue que Sergio se despabiló, exaltandose.
¿Pero qué…? ¿Quién fué el idiota qué toca a su ventana?
Bajo la sombra del enorme árbol que se arraiga al suelo con sus fuertes raíces y deja pasar la luz de la luna sobre la cabeza de aquel hombre, la cara del tipo al otro lado del vidrio hace que la respiración —inexistente— de Sergio se entrecorte.
—¿ Daniel?
El cabello rizado y desprolijo de control no eran más que la punta del iceberg para reconocer fácilmente que se trataba de Daniel Ricciardo quien lo había hecho saltar en su propio asiento. De todas las personas que Sergio se esperaba encontrar en la noche a mitad de la carretera, Daniel no era una de ellas.
Conociendo al moreno, supuso que él sería de los primeros en llegar al bar, iniciando el ambiente e incitando a los demás a ser parte de la diversión. Daniel era, en pocas palabras, un alma intrépida y bastante viva, cuya risa escandalosa contagia a los demás. Decían «fiesta» y todos ya sabían quién sería el primero en apuntarse.
¿Entonces que hacía Daniel allí, en medio de la nada, tocando a su ventana?
—Checo, abre.
Lo escucha hablar, incluso puede ver qué hace un gesto con su mano, sin embargo, Sergio tarda en captar el mensaje. El hambre lo tiene un poco idiota y disociado.
Pero antes de obedecer a Daniel, Sergio se detiene por un breve momento, pensando si era adecuado hacerlo sabiendo su condición. No quiere comerse a su amigo, prefiere morirse de hambre a tener que encajarle el diente a Daniel.
—Sergio, amigo, abre, por favor.
No obstante, la súplica de Daniel es más fuerte que su propia autoconservación, Sergio baja su mano del volante hacia el botón debajo de su antebrazo, presionandolo con dos dedos temblorosos a pesar de la fuerza con la que su naturaleza lo estaba maldiciendo.
Parpadea varias veces, acostumbrado a la penumbra y a las sombras, Daniel tenía el ceño fruncido y una cara llena de preocupación como de irritación que no iban acorde a lo que normalmente mostraba ante los demás; vestía una ligera camisa negra y de su cuello ancho colgaba un collar de plata que resplandecía levemente, no quiso bajar más para ver qué pantalón o zapatos vestía porque el aroma de Daniel lo había golpeado de lleno, y Sergio estaba seguro que en lo único que se enfocaría era en la yugular del hombre.
Mierda. Olía delicioso.
—H-Hola—intenta decir con una sonrisa fingida, pero Sergio solo logra hacer una estúpida mueca—¿Cómo te va?
Daniel lo miro con una cara de obviedad y Sergio se sintió tan idiota.
—¿En serio? ¿Me vas a preguntar eso?—Sergio trata de reírse para aligerar la tensión, pero, en cambio, solloza.
—P-Perdón…
—Sergio quiero que me seas completamente sincero, ¿ya has comido? ¿Ya comiste?
Sergio se siente pesado y cohibido, la cabina del auto comenzaba a sentirse pequeña y asfixiante a su alrededor, no sabe qué decir, no sabe qué contestar, a duras penas y puede pensar con normalidad. Tragar se vuelve una batalla cuando los músculos de su garganta estaban tensos y apretados, y la saliva solo le provocaba ardor en su interior; no puede desviar sus ojos de Daniel, el color achocolatado de esos iris y la pequeñez de esas pupilas lo miraban con una intensidad y un ruego que lo obligaban a permanecer inmóvil.
No sabe a qué se deba, si el aura dominante natural de Daniel que lo cautivaba, o el hambre voraz que rugía, o el aroma delicioso que llenaba sus fosas nasales… carajo.
—... Y-Yo…
Esa colonia masculina y ese fuerte olor corporal y natural resaltan con exquisitez el aroma de la sangre de Daniel… su rica y deliciosa sangre.
—... Hah…
Jadea, su frente chocó contra la abertura por donde sale el vidrio de la ventana, su boca deja escapar bocanadas de aire para que no tenga que respirar por la nariz y cometer una idiotez. Los minutos estaban contados, él lo sabe.
—Checo—levanta brevemente la mirada, Daniel estaba a unos cuantos centímetros. ¿Es que acaso quiere morir el imbécil? Oh diablos, huele increíble—, contesta ¿ya comiste?
El silencio se prolonga, Sergio se muerde los labios al punto de abrirse la piel con sus colmillos. Su falta de respuesta hace que Daniel sepa la verdad.
Lo escucha gruñir, bajo—¿Desde cuándo?
Regresa a poner su frente en dónde estaba, escondiéndose y sintiéndose mal ante su propia vergüenza, al mismo tiempo que rehuía de la mirada de Daniel y ese maldito deseo carnal por hincarle el diente.
—Sergio-
—H-He estado ocupado.
—¿Pero desde cuándo?
No respondió de inmediato, la hebilla del cinturón de seguridad parecía más entretenida e interesante que el hecho de tener un ser denominado su enemigo natural frente a él, ignorando el peligro y las alarmas que se encendían en su cabeza.
El entrenamiento constante, las reuniones con la escudería y los patrocinadores, las discusiones sin acabar con su equipo sobre el maldito monoplaza, y la lucha por sobrevivir a la expectativa, han tenido a Sergio atado de las manos desde muy temprano en la mañana hasta ya muy tarde en la noche. Aunque él no dormía, porque no lo necesitaba, no quería decir que Sergio no descansara de un largo y pesado día de trabajo, terminaba tan atareado que a veces se le olvidaba cumplir cosas primordiales y básicas; a veces lo único que llegaba hacer después de sufrir las mismas agotadoras constantes era quedarse en pleno silencio mientras la oscuridad era su único acompañante.
Gracias a ello, Sergio olvidó por completo beber su dosis semanal.
El primer indicio de su hambre no tardó en llegar tres días después, se hizo de la vista gorda pensando que podía soportarlo —ya había pasado por varias sequías, otra más no lo mataría—, pero fue terco y un pendejo.
Y ahora, sufriendo las consecuencias, Sergio no sabe si soportará un minuto más sin beber sangre.
—Sergio, responde. Carajo.
—H-Hace dos semanas—admite con rapidez y un poco molesto por la insistencia. Sí, fue descuidado, lo acepta, pero tenía trabajo que hacer, responsabilidades por cumplir.
No era tan viejo a comparación de otros de su misma especie, tan solo tenía noventa y ocho años, casi el siglo, pero tener todos esos años cargando sobre su espalda lo volvían despistado y que se disociara de vez en cuando. A veces retener demasiada información era complicado.
Daniel masculla algo entre dientes. Vampiro estúpido e idiota.
—Mierda, Checo—gruñe, jalando de su cabello, volviéndolo aún más caótico y recordándole al vampiro a los nidos de pájaro colocados entre las ramas—. Sal del auto, ahora.
—P-Pero-
— Ahora Sergio.
La personalidad de Daniel, siempre alegre y bonachona, aunque un poco cínica, ocultaba perfectamente su lado dominante y severo que solo llegaba a ser visto en las noches de luna llena, normalmente, el hombre se mostraba con una sonrisa y una actitud relajada que denotaba su carisma y su vibra tranquila, esos significativos detalles lo ayudan bastante a pasar desapercibido, a abrirse paso entre los humanos y ser considerado uno de ellos. Pero si la gente supiera la verdad detrás de esa máscara, de esa estúpida sonrisita y esos ojos destellantes, no mirarían de la misma forma al hombre que se convertía en una bestia de garras y colmillos monstruosos cada cierta fase de la luna.
Lo temerán o tal vez lo adorarán, quién sabe… en cambio él, conociendo la verdad oculta, en vez de tenerle algún tipo de sentimiento en particular, era más una indiferencia que se convirtió en una terrible atracción ante la voz grave que le ordenaba bajar del automóvil. Daniel se veía diferente, mucho más duro y mezquino, pero incluso con esa expresión de disgusto, Sergio puede ver su atractivo. Además que escuchar la voz de Daniel hizo que un calor intenso burbujeara dentro de él y recorriera todo su cuerpo, haciéndolo vibrar y temblar ligeramente.
Cómo si se tratara de adrenalina cosquilleando bajo su fría piel, provocando escalofríos que erizaban todos los vellos de su nuca.
Respira hondo, ignorando el hecho que esa acción era más que innecesaria siendo un muerto en vida, oliendo en consecuencia el fuerte aroma que Daniel estaba desprendiendo para dejar en claro su dominio y su poder, causando que Sergio se sintiera borracho y un poco excitado.
Era difícil no pensar en lo bien que olía su amigo, lo delicioso que era su perfume. Podría estar salivando como un perro y no darse cuenta.
— Vamos Sergio, baja.
¿Cómo se atrevía ese pulgoso a mandarle? Ha hecho de la vista gorda tanto a su osadía como a su descaro, nunca le ha puesto un alto porque era su amigo, debería romperle la yugular y beberse su vida… si debería haber eso. Pero Sergio ahora no es tan diferente a un animal salvaje o un hombre embriagado. Fue tan sencillo hacer que obedeciera sin sisear con enfado, sacarlo del auto y tenerlo frente a Daniel a unos cuantos pasos.
Solo recobra la parcialidad de su conciencia cuando el aroma de Daniel se entremezcla con el silvestre del bosque y de los animales escondidos entre las ramas o los arbustos. Puede escuchar el cántico de los búhos, el chirrido de los grillos, las ramas quebrándose bajo el peso de los mamíferos y el latir constante y vivo del corazón de Daniel, bombeando sangre por todo su torrente sanguíneo, fluyendo en cada una de las venas.
Hambre…
—Ven—Daniel lo tomó de su muñeca con un agarre fuerte y agresivo.
El mensaje era claro, una advertencia de que por más que luche por soltarse, Daniel no lo va a soltar. Aquellos dedos que lo sostenían con firmeza eran capaces de quebrarle los huesos, desgarrar sus tendones y romperle la carne así lo quisieras. Con la facilidad con la que Sergio se dejaba manejar, Daniel podría moverlo a su antojo y molerlo a golpes hasta hacer mierda; cuando se detuvo ante el sonido de algo rondando a su alrededor e intentó jalar de su brazo, Daniel, en vez de mostrarle los dientes y rugirle, solo hizo un ademán para que se acercara a él, siguiendo su andar hacia el interior del bosque sin dirigirle una sola palabra, dejando atrás el bonito auto y las luces que iluminaban la carretera.
La bruma de su hambre era tan fuerte que podría desmayarse, o peor, volverse loco. Ante cada pequeño ruido, por más minúsculo que fuera, Sergio giraba la cabeza listo para dar comienzo a la caza. Estaba preparado para correr y matar.
La oscuridad los absorbe, los envuelve y los hace parte de ellos conforme más se alejan de la luz de los faros y la luz de la luna se ocultaba entre las copas de los árboles, podría fácilmente perderse y desorientarse, pero para dos seres que no eran humanos y vivieron gran parte de su vida bajo las sombras, el camino era claro y sin dificultades.
Sergio perdió la noción del tiempo, fue como una eternidad lo que caminaron, solo recuerda haber tocado troncos llenos de musgo y vegetación verde antes de que Daniel se detuviera frente a un claro sin descubrir en dónde la luna brillaba en toda su intensidad. No había nadie, solo el tranquilo zumbido de la naturaleza y la tintineando luz de luciérnaga que sobrevolaba la hierba.
Hermoso, no había otra cosa que decir, sin embargo, esto fácilmente podría ser su lecho de muerte, el lugar en dónde Daniel acabaría con su vida por su estupidez. El hombre lobo sería más rápido que él, en un parpadeo ya tendría su cabeza entre sus manos y su cuerpo inerte sobre el suelo.
—Daniel-
Cuando Daniel se voltea, Sergio guarda silencio e intenta evitar la mirada dura dirigida hacia él. Su cuerpo tiembla ante el acercamiento de Daniel y el calor que irradiaba.
—¿Sabes lo peligroso que es que no hayas comido, en lo más mínimo, por semanas, un solo litro de tu maldita dosis? ¿Lo peligroso qué es que tu especie no coma en lo absoluto? ¿Lo sabes? ¿Lo sabes, no?—Sergio no responde—¡Mierda Sergio, pudiste ponerte en peligro o poner en peligro a alguien! ¿Es que acaso tú cerebro no funciona, vampiro idiota? Podrías haber cometido una idiotez y que el mundo supiera lo que eres.
Daniel gruñe con más fuerza y se aleja dando pasos fuertes contra la tierra, puedo oler las feromonas que emanan de su cuerpo, el enojo y la ira sobrecargando cada una de ellas, oye el crujir de los huesos de los dedos, el desgarre las cutículas romperse bajo el crecimiento de las garras y el resoplar de la nariz prominente.
Daniel quiere hacer algo, probablemente golpearlo contra el árbol más cercano, pero se abstiene.
—Vampiro imbécil, debiste decirme que no habías comido, con razón estabas todo raro durante todos estos días. Te habría ayudado, Sergio—dijo Daniel un poco más calmado.
—No quería molestar—comienza a decir Sergio, tratando de no mostrar el dolor que sufría—. Lo tenía todo bajo control, en serio.
—¿Bajo control? ¿A eso dices bajo control?—la expresión del hombre se vuelve a tronar dura—Eres un maldito terco, un necio insufrible, haciéndote el estúpido valiente. Mírate, imbécil, pareces un zombie a punto de comerte a cualquiera que se te cruce.
—¿No crees que estás exagerando?—gruñó Sergio, harto.
—¿Exagerando yo? ¡Por Dios, Checo! ¡No me jodas!
El australiano se recarga en el árbol más próximo a él, pasando sus dedos entre sus cabellos, intentando, otra vez, de calmar su arrebato.
—En serio, no quería molestar, Dani—Sergio copió la misma acción, se recargó en un árbol y soltó un largo suspiro. Podía sentir la corteza quebrarse bajo sus manos, el sonido intensificando el zumbido en sus oídos. El hambre lo seguía matando.
—Idiota, sabes que nunca me vas a molestar. Me molesta más cuando no me dices que tienes un problema—Daniel lo ve, pero ya no con esos ojos duros—. Me preocupo por tí, lo sabes.
Eran enemigos naturales. Eran un vampiro y un hombre lobo. Dos bestias en constante confrontación que no se supone que deban mostrarse compasivas o sentirse preocupadas por nadie más que no fueran ellas mismas. Sus historias remontan cientos de años de guerras, peleas y luchas, mitos y leyendas han contado su eterno odio como para saber que una unión como la que tenían Sergio y Daniel no podía ser posible. El vampiro famélico chupaba la vida de su contraparte y el hombre lobo lo destrozaba bajo su brutalidad.
Mucho antes de entrar a la Fórmula Uno, Sergio sabía que los hombres lobo no eran buenos augurios, no tenía buenas experiencias con ellos, no después de vivir en un pueblito en Alemania infestado de ellos. Apestaban cualquier lugar en el que andaran con su hedor y sus ruidosas presencias atormentaban su psique. Tenerlos cerca lo desequilibraba, lo ponía tenso y no lo dejaban pensar con claridad. No los detestaba, pero tampoco los soportaba.
Cuando conoció a Ricciardo, identificó rápidamente el olor a perro en cuanto estuvo cerca de él, igual que un gato asustado su cuerpo se erizó en amenaza. Quiso huir instantáneamente, desaparecer de su presencia para nunca tener que volverlo a ver. Encuentro no fue un caos total, pero si fue incómodo, Sergio apenas y conversó con él, apenas y lo miró o se atrevió a verle. Muchos lo relacionaron con timidez o algo más personal, pero viniendo de Sergio fue extraño para algunos de los testigos de la pobre interacción.
Sergio se mostró accesible y amable como lo hace con cualquier ser humano a pesar de su renuencia en acercarse a Daniel. Mantenía límites en cuanto a relacionarse con el hombre lobo, marcando un comienzo y un fin para mantener la armonía que ya había entre los pilotos de la parrilla, y la vida de cada uno.
No obstante, para Daniel fue fácil darse cuenta que él no era un humano.
No sabe qué fue lo que lo delató, Sergio era bastante meticuloso y cuidadoso consigo mismo, siempre precavido con lo que hacía incluso en las palabras que decía… a lo mejor fue la intuición de los instintos de Daniel ante la presencia del enemigo, o posiblemente su aroma anormal a muerte. Los humanos emanaban una calidez y una suavidad que en Sergio era inexistente tras haberlas perdido en la noche en que lo mordieron, solo había una estela agridulce a su alrededor combinado con la ligera acidez de su hambre retorcida.
Para una nariz común eso se podría confundir con algún perfume caduco o inservible como el que a veces su compañero Max se echaba por error, pero para el olfato agudo de un hombre lobo, desarrollado para cazar y acechar, era claro que lo iba a descubrir.
Tampoco puede olvidar su magnetismo natural, su aura vibrante de extrañeza con un toque de misterio hacía que sus víctimas cayeran ante él como insectos en busca de sábila en la boca de las plantas carnívoras, cegados hacia el filo de sus colmillos por un deseo mortal. Como vampiro, Sergio tenía una de las armas más peligrosas del mundo que era la atracción, podía enamorar a cualquiera con solo batir sus pestañas o verle a los ojos; una sola muestra de su interés, de su cariño o su afecto, y podía destruir a toda una nación si él así lo quisiera. No era de extrañarse que él llamara demasiado la atención del público conociendo su atractiva naturaleza y que su popularidad creciera cada día más.
Sin embargo, todas esas cualidades que uno relacionaría con el carisma, confirmaron todas y cada una de las sospechas de Daniel.
Por instinto, Daniel quiso deshacerse de Sergio, destrozarlo y ponerle fin a su vida longeva. Aunque el vampiro era que amable y humilde, no quería decir que no fuera un peligro para todos a su alrededor, por más que tratara de fingir ser algo más a parte de un ser sobrenatural, los vampiros estaban demasiado arraigados a su propia hambre que cualquier pequeño error o muestra de su comida los pondría enloquecidos y famélicos.
Un solo pequeño atisbo de sangre los haría perder el control.
¿Y que si mataba a Sergio? Sería un vampiro menos que atemorice la noche con su pálida y fría cara. Un vampiro menos que no atacará a los humanos y se los comerá.
Estuvo a punto de hacerlo, ya tenía planeado todo para hacerlo pasar un accidente —un trágico y feo accidente—, pero cuando Daniel comenzó a tratar a Sergio para que su plan funcionara, sus pensamientos homicidas y su odio arraigado se fueron por la borda a pesar de que sus primeros encuentros con Sergio fueron incómodos y demasiado rígidos.
El mexicano era todo lo contrario a lo que Daniel conoció una vez en su vida, un antítesis de su propia especie que sería un fenómeno entre ellos. Otros ya lo habrían matado por intentar indagar en sus vidas personales, por ser demasiado encimoso, pero Sergio, en vez de mostrar los dientes y amenazarlo, se vio ligeramente incómodo pero no menos amable. Intentó hacer que la conversación fuera amena y que el ambiente fuera más relajado. Llenaba los vacíos con algunas anécdotas y sonreía cada vez que Daniel contaba uno de sus chistes.
Para desgracia de la sed de sangre de la bestia rugiendo por destrozar la cabeza de su enemigo mortal, Daniel, igual que los humanos, cayó ante los hipnóticos bonitos ojos marrones de Sergio, descubriendo que tenían más en común de lo que había imaginado. No solo se encontró con el muro de la confusión y la incertidumbre, sino también el camino hacia otras opciones que no fueran el de asesinar.
Podía bromear abiertamente en el paddock sobre cosas que los humanos no entenderían, charlar de temas que solo otro ser sobrenatural comprendería sin juzgarlo o llamarlo loco.
Podía jugar sin temor a lastimar a alguien, sin temer a quebrarle el hueso a alguien; Sergio, a pesar de ser más pequeño que él, era bastante fuerte y resistente, suficiente para resistir los golpes rudos o los abrazos acalorados.
Podía confiar abiertamente en él aún si se tratara de un vampiro, ser honesto consigo mismo y dejar que alguien más lo cuidara. En las noches que la luna llena lo reclamaba, era Sergio quien estaba allí a su lado para cuidarlo y guiarlo; el único allí para protegerlo de su propia bestia sin control.
En menos de un año, dos especies con un odio en común se hicieron amigos dejando atrás sus historias y rivalidades, dándole paso a un nuevo camino sin escribir en su historia ya escrita. Se cuidaban el uno y el otro, y ahora que uno de ellos estaba en problemas, le correspondía a Daniel cuidar de Sergio y evitar que algo grave ocurriera.
Solo había una solución. Sergio debía beber sangre.
Pero no había tiempo para buscar algún pobre animal.
Daniel tenía una opción, una muy arriesgada, pero no sabe que tan bien resultaría, además, no sabe si Sergio lo aceptará.
Conociendo al maldito probablemente se negará y lo llamará imbécil, pero no había otro plan y el tiempo se agotaba. Sí, podrá ser idiota y un poco descerebrado, pero cuando se trataba de las personas que quería, eso no importaba.
No ahora que su amigo está desmayándose o volviéndose loco.
—Perdón por preocuparte, Daniel—gime Sergio—. Agradezco mucho que te preocupes por mí, no sabes cuánto.
—Está bien, cariño. Tampoco puedo retroceder el tiempo para enmendar tu error, ahora lo que necesitamos es alimentarte y tengo la solución.
—¿Y cuál es?
Daniel se separa del árbol en el que estaba recargado, sus manos se dirigen hacia los botones de su camisa para comenzar abrirle paso a su parcial desnudes, desde su lugar, Sergio lo mira con extrañeza y confusión, su ceño fruncido es clara muestra de que no entiende qué carajos estaba haciendo Daniel. ¿Acaso su solución era quitarse la ropa?
De ser así, a Sergio le habría gustado primero una cita antes de llegar a tercera base. Era anticuado, culpa de sus antiguas creencias católicas en su vida humana.
—¿Daniel?
—Te daré mi sangre.
Está bien, eso era algo que no esperaba.
—¿Qué?
—Que te daré de mi sangre y no te vas a negar.
Esto debe ser una broma. Una estúpida y fea broma. Debe ser eso, Daniel tendía al humor en momentos tensos o serios como estos, solo falta que se ría y será el fin de cualquier cosa que sea esto. Pero Sergio espera, aguarda a qué el hombre lobo le diga o haga algo para contradecir todas sus acciones, advertir que nada de eso era real.
Y sin embargo, no llega nada… Oh demonios.
—¡No!—exclama, desesperado—¡P-Puedo ir a cazar, Daniel! ¡E-Esto es innecesario!
—Escucha Checo—Daniel suspira—, pondrías ir a cazar algún animal en este bosque pero no confío en tí en tu estado. Tu propia hambre te va a echar, y cuando te des cuenta ya habrás matado y asesinado a alguien.
Sergio quería estirar aún más su resistencia, demostrar que él no era como los demás de su misma especie, pero es inevitable aceptar la verdad cuando Daniel tenía toda la razón. Sin embargo, lo que proponía Daniel era una verdadera locura, es enternecedor saber que su amigo tenía la total confianza como para alimentarlo con su propia sangre, pero seguía siendo un maldito suicidio.
Daniel estaba preocupado, mucho, lo podía notar en su voz, en la forma en que lo veía, en la falta de pena cuando se quitó la camisa hasta quedar completamente expuesto al aire de la noche y a sus ojos carmesí. Podía escuchar sus latidos, el sonido de su corazón bombeando… podía escuchar como fluía la sangre, la acuosidad recorriendo las venas. Podía oler la adrenalina, el sudor frío y la incertidumbre en el aire. Era escalofriante la capacidad que tenía Sergio para escuchar, para percibir y ver cosas que unos sentidos comunes no podían hacer.
Incluso puede escuchar el movimiento de los huesos, las articulaciones doblándose y los músculos palpitando.
—Checo, por favor, mírame—pidió Daniel—. Tienes que comer.
—¡Pero no de tí!—sisea, enojado—¿Acaso no ves lo que haces? ¡Es suicidio, pendejo ! ¿Qué? ¿Las pulgas te chuparon la sangre del cerebro y ya no piensas, Ricciardo? ¡Me niego, chingada madre !
Sergio trastabilla sintiendo el mareo que venía acompañado junto con la ola feroz del hambre que lo tiene en su actual situación. Jadeando con desesperación, él se inclina sobre su propio estómago y murmura una barbaridad de insultos sin ningún destino en común, intentando que con eso ayudara un poco a calmarlo. Pero fue en vano.
Comenzaba a perder los estribos. Necesitaba tanto comer, encajar los dientes y beber.
Carajo.
—Checo.
—No Daniel—gruñe con sus colmillos ya sobresaliendo de su boca y los ojos fundidos en rojo.
Nuevamente se pierde en su mente, mirando un punto fijo entre la hierba húmeda y el musgo creciente. Tantos años manteniendo una vida tranquila, casi perfecta, resquebrajándose por una mala decisión. Se prometió nunca beber directamente de las personas después de aquella última vez en dónde casi pierde el control. Nunca se lo perdonaría.
—Checo.
La voz de Daniel aún tiene poder en su cabeza atormentada, los zapatos de piel de Daniel estaban justo en su campo de visión. ¿En qué momento se acercó tanto a él sin que se diera cuenta?
Al levantar la cabeza, Sergio quiere retroceder y fundirse en el árbol en el que estaba recargado, desaparecer de la faz de la tierra y ser uno con el maldito bosque. No sabe el porque ahora está tan enfocado en los detalles que ignoró, no era normal que pudiera captar casi fotográficamente el torso desnudo de Daniel y guardarlo eternamente bajo sus párpados.
Arriba de la pristina del pantalón negro y caro que ocultaban las piernas fuertes y musculosas del hombre lobo, había piel al descubierto besada por el sol, colorada con una gracia casi enigmática que hizo que Sergio se le quedará viendo y recorriera todo lo que está a su disposición. Subió su vista por el abdomen definido y el pecho construido tras duro entrenamiento y constante ejercicio, el vello es espeso, oscuro como el cabello rizado en la cabeza de Daniel, naciendo en la firmeza del pecho y bajando hasta esconderse debajo de los pantalones que tentaban a Sergio a querer desaparecer. Daniel es duro, firme y bien proporcionado.
Olía hermoso y su aura sobrenatural lo llamaba y lo atraía.
Maldito perro bastardo.
Sergio aún se mantiene en el torso de su amigo hasta llegar a dónde más quería encajar los colmillos. El cuello es grueso y la piel delicada que lo decora ocultaba las venas en dónde la sangre es más recurrente y exquisita. La puede saborear y Sergio no puede evitar salivar ante la imaginación de tenerla en su boca.
— Puta madre.
¡Estaba que se lo quería comer!
Daniel era un idiota. Un estúpido. Un suicida.
Sacrificándose como animal de corral… no puede aceptarlo.
—N-No tienes que preocuparte por mí, voy a soportar el dolor.
—¡Maldición, Sergio!
Pero no lo escucha, no lo quiere escuchar—Ya te dije que no—Sergio a duras penas pudo articular las palabras sin morderse la lengua con sus colmillos lastimandole—¡No lo haré!
—¡Escucha Checo, tienes que comer, yo mismo me estoy ofreciendo! Se que no quieres pero debes de hacerlo antes de que pase a peor tu hambre—insiste, tanteando el terreno para llegar a Sergio como lo haría un lobo a punto de saltar.
Cuando Sergio lo miró, sus ojos ya habían sido consumidos por el rojo intenso de la furia y el negro de la lucha famélica que se originaba dentro de él; sus colmillos ya tenía tres centímetros de largo y su rostro se comprimía a una expresión dura y casi sin emociones además del enojo. Seguro Daniel habría retrocedido, habría dado pasos hacia atrás con las manos al frente, listo para atacar. Pero el imbécil resistió y no se movió a pesar de que Sergio le siseo.
—Daniel, lárgate idiota—Sergio se resistía—¡Hablo en serio!
—No lo haré. Confío en tí más que nadie.
El moreno extendió su brazo quedando apenas unos cuantos centímetros del rostro de Sergio, Sergio observó, casi en cámara lenta, como la garra de Daniel se hundía en su piel, abriendo una herida que abarcaba desde la muñeca hasta menos de la mitad del antebrazo. La sangre comenzó a fluir lenta pero constante, manchando el brazo fuerte en hilos delgados de rojo carmesí, cayendo sin gracia al suelo terroso del bosque y llenando el aire con su intenso aroma a hierro y a feromonas.
Las fosas de su nariz se abren al instante que percibe el fresco olor de la sangre, sus pupilas se dilatan, se vuelven afiladas y se alargan como las de un felino. Lo inevitable llegó en una sola fracción de segundo antes de que Sergio se diera cuenta, ninguno de los dos pudo reaccionar a los movimientos rápidos del vampiro, ambos seres quedaron tumbados sobre la hierba y la tierra en un golpe seco, llenando el silencio tranquilo con los gemidos audibles de la satisfacción y quejas ahogadas.
Daniel era sometido ante el peso sobrenatural del cuerpo de Sergio, tiene al vampiro a horcajadas sobre su regazo, con ambas piernas alrededor suyo como una trampa mortal que no lo dejará escapar. El vampiro lo tenía cautivo al mismo tiempo que bebía de él, Sergio mantenía su boca en la herida recién hecho, enfrascado únicamente en sentir como ese elixir maldito le llenaba el estómago y su sabor explotaba en sus pupilas.
Cada gota que bajaba por su lengua era la vida misma, la gloria hecha líquida; era un afrodisíaco adictivo y estimulante. Sergio se sentía pesado, febril y nublado.
Se sentía excitado.
Se sentía vivo.
Estaba demasiado ebrio y ensimismado como para darse cuenta del calor que estaba floreciendo conforme más bebía, más tomaba. En el comienzo, Sergio permaneció quieto mientras sometía a Daniel, alegre de la sumisión de su víctima; pero con el aumento de su líbido y la deliberada falta de control en sus propios cuerpos, Sergio comenzó a moverse de acuerdo a sus necesidades, a la necesidad que sentía debajo del cierre de su pantalón.
No solo la sangre era deliciosa sino también el bulto grueso y duro formándose debajo de sus nalgas, se sentía bien tenerlo allí, tocándolo y rozandolo. Lo ponía sensible y muy necesitado. ¿Es acaso que a Daniel también le gustaba esto? ¿Se calentaba teniendo su lengua recorriendo su piel y saboreando su sangre? Si pudiera moverse con más consciencia, Sergio ya habría roto la parte trasera de su pantalón y empalado así mismo en la enorme verga del hombre lobo.
Gimió una vez que la sangre dejó de fluir y lamió la herida limpiando los hilos rojos que han dejado su rastro por todo el brazo de Daniel y parte de su cuerpo, sus labios siguen los caminos ensangrentados hasta llegar al cuello grueso de Daniel y lame un gran tramo de piel hasta la barbilla, provocando que el hombre gime y levante la cadera en reacción. Sus dientes rozan la sensible piel mordisqueando sin intención de perforar la carótida y posa sus delgados labios sobre la glándula hinchada en dónde Daniel contenía todas sus feromonas. Aquella pequeña bolita insignificante que tenía ganas de morder para llenarse de su delicioso sabor, lo llamaba con su tonalidad rojiza.
Cuando el hambre irracional se satisface y el estómago se llena, el primitivo instinto se convierte en algo más profundo y oscuro, la desesperación se vuelve en calor, y la lengua ya no lame únicamente para limpiar la sangre. Los vampiros se excitaban, se sentían en la necesidad de tocar y ser tocados. Sergio nunca ha cazado en pareja o en grupo porque era demasiado reservado y tenía un poco más de decoro a comparación de muchos de sus hermanos y hermanas; pero con un hombre tan viril, fuerte y delicioso como Daniel, le era imposible no sucumbir ante el deseo.
Si Sergio fuera realmente él —el consciente y el avergonzado—, habría deseado que Daniel le arrancara la garganta en vez de que le permitiera tal muestra de desenfreno y poca falta de respeto.
— Checo —La voz de Daniel sanaba igual que un ronroneo de minino. Su pecho vibra debajo de su cuerpo y resuena en sus oídos como un sonido retumbante y constante. Su aliento se siente bien contra su fría piel; provoca que su cuerpo tiemble y los vellos de su nuca se ericen.
No deja de besar el cuello y de dejar sutiles marcas sobre este, su lengua siente el palpitar de la arteria y sus manos recorren sin ninguna pizca de timidez el cuerpo caliente de Daniel, Sergio aún está en su extraño estado febril, moviendo la parte baja de su cuerpo en círculos contundentes y tortuosos sobre el duro bulto de Daniel, mientras suspiraba y gemía como todo un descarado.
Su boca sube por la mejilla llena de barba recortada lamiendo el sudor frío y la humedad del bosque impregnada en ella, prueba su salinidad, sus cargadas feromonas que Daniel exudaba, para luego llegar a los labios húmedos del hombre y comenzar a rozarlos con los suyos. Sus colmillos pican la suavidad y provocan una pequeña herida que Sergio aprovecha para lamer y chupar; sus bocas se encuentran eventualmente y con ello el fuego en sus cuerpos crece como un incendio forestal que quema cada poro de su piel y el poco rastro de autocontrol.
Daniel sabía que nada podía contener a Sergio en ese estado, ni siquiera él mismo. El vampiro era una bestia, una fuerza descomunal, que si bien podía eliminar con sus manos, lo tenía hipnotizado y lo convertía en uno más de sus víctimas del año, cautivandolo por completo con esa mirada inocente inyectada en lujuria y esos malditos movimientos de cadera que solo causaban que Daniel comenzara a perder el control y ha querer arrancarle el pantalón.
Aquel delicioso y doloroso beso era hidromiel en sus bocas. Embriagador y una perdición. Lo quería tanto como Sergio quería su sangre, se sentía tan bien estar así con él, teniendo su cuerpo entre sus fuertes brazos y su redondo culo moviéndose contra su maldita erección de infierno. Son igual que animales en celo, pensando únicamente en una sola cosa y sin dejar que nada los detenga a pesar de estar en medio de la nada.
Los chasquidos de sus lenguas, de sus labios y el sutil choque de sus dientes no son más que una sinfonía que se pierde entre el ruido del bosque profundo.
Sergio está tan absorto en su deseo que no le importa seguir montando a Daniel y abrir la boca para gemir con fuerza cuando siente que su orgasmo se acerca. Aquel ruido es tan excitante que incluso Daniel lo sigue, el descontrol y el libido alto hacen que esas grandes manos le desgarran la ropa hasta dejarlo desnudo y completamente a la merced del hombre lobo. Solo es ahí en ese preciso momento, entre el calor y la ropa hecha pedazos, que Sergio despierta del trance y su cerebro registra la situación en la que estaba enredado.
Casi pega el grito de su vida. En ninguno de sus noventa y ocho años había hecho algo semejante, algo tan pecaminoso, atrevido y sexual como aquello. Sin embargo, su control se desvanece como el halo de su aliento cuando la voz de Daniel —ronca y rica en matices graves— perturba sus pensamientos y lo llena con caricias verbales y buenas palabras que lo hacen estremecerse allí mismo sobre el regazo de Daniel.
—¿No te han dicho lo hermoso que eres Sergio? Te ves precioso bajo la luz de la luna llena, cariño—Las manos fuerte de Daniel acarician sus piernas desnudas, usando los pulgares para aplanar la grasa de sus muslos morenos, subiendolas hasta llegar a sus costados rellenos para tocarlos con cariño y devoción—Tenerte así sobre mi, desesperado, famélico y bonito me pone demasiado duro.
Las caderas de Daniel suben con intención, haciéndose paso entre la grieta de las nalgas de Sergio para tocar el rincón oculto y sensible en dónde tanto quería enterrarse. El vampiro sisea, con ojos negros y colmillos alargados, sus labios están pintados de un bello rojo carmesí y su cabello despeinado retrataba a la perfección la imagen de la lujuria y ternura eterna. El pecho de Sergio sube y baja con respiraciones fuertes, dándole a Daniel una muestra completa de la belleza corporal que ocultaba debajo de tanta ropa holgada y grande; a pesar de que Sergio era pequeño, era fuerte.
Está bien hecho. Bien trabajado. El músculo era definido en zonas calientes como los brazos, el pecho —gordo y perfecto para apretar—, las piernas; pero en otras partes Sergio era pura suavidad, pura grasa fofa y piel pecosa y bendecida por el sol. Daniel siempre ha creído que al ser un vampiro, Sergio sería puro músculo grande y tonificado, cuerpo perfecto para cazar y matar; pero lo que veía era mejor que todo lo que había creído.
Daniel siempre ha tenido más afán por la carne y la grasa, por los cuerpos más llenos y blandos; le gustaba morder, le gustaba pellizcar, y el hecho de que Sergio fuera un poco gordito… Santo cielo, lo ponía bastante caliente. Se lamía la boca como el animal mítico que era. Lo mucho que quería enterrar sus dientes en esa carne, hacer sudar esa piel, rebotar esas tetas… ponía a Daniel en un delirio.
Siguió tocando al vampiro, adueñándose de su cuerpo con sus caricias y sus toques posesivos, se maravilló de la expresión de frenesí en la cara de Sergio cuando le apretó el pecho y jaló de sus bonitos pezones erectos; se maravilló de escucharlo jadear y gemir sin control cuando bajó una de sus manos a su miembro despierto y comenzó a tocarlo.
— Daniel, n-no juegues conmigo —su siseo era peligroso y amenazante, pero era una advertencia más por el calor sexual que por otra cosa. Sergio estaba perdiendo cualquier rastro de raciocinio. No sabe si podrá contenerse con esas manos tocándolo y esa mirada derritiendolo.
—No pensaba jugar contigo, primor—Daniel hace que Sergio quedé a la altura de su rostro, recargando su pecho contra él. Sus ojos se encuentran y sus respiración se mezclan; el frío y el calor hace que él tiemble y gruña excitado—. Solo quiero verte disfrutar un poco de lo que te estoy provocando.
— Dani…
El hombre lobo pasó su lengua limpiando los rastros de sangre de la boca de Sergio, el vampiro gimió, eufórico, y sin más comenzó un beso famélico y profundo dónde sus colmillos, sus labios y sus lenguas eran los que les provocan miles de sensaciones y sentimientos. El acto era casi oscuro y profano, con ambos tan desesperados por dominar al otro. Sergio tomó a Daniel de su cabello rizado, jalando de él y exigiendo más de aquel esporádico beso, mientras el hombre lobo lo tomaba con fuerza de la cintura y la cadera, haciendo que el vampiro se frotara contra él y su cuerpo se acercara cada vez más, como si las intenciones de Daniel fueran el de fusionarlos a ambos.
Están completamente sumergidos en sus propios deseos e instintos, se comían la boca como si no hubiera un mañana y no dejaban de tocarse con el mismo fervor con el que cazaban o mataban; Daniel no paraba de gemir cada vez que Sergio le mordía el labio, el vampiro se dedicaba tanto a besarlo como seguir bebiendo de él, cosa que solo excitaba cada vez más a Daniel.
No sabe qué es lo que tiene la ponzoña vampírica de Sergio, pero lo calentaba mucho y lo ponía tan duro como piedra.
—¡Mierda, Checo! ¡Necesito cogerte!—gruñó Daniel entre las pausas del constante beso húmedo y sangriento. Casi podía sentirse enterrándose dentro de Sergio, su pene estaba tan erecto que aún no puede creer que no haya roto la cremallera y el botón de su pantalón.
—¿Y qué esperas, Lobito? ¿Una invitación?—Sergio lamió la oreja de Daniel, rozando la sensible piel del cartílago con sus dientes. El hombre lobo parecía casi aullar a la luna, Sergio podía sentir las garras enterrándose en su carne.
—¡No digas cosas que vas a lamentar, vampiro idiota!
Sin embargo, en vez de sentirse intimidado por la voz ronca de Daniel, Sergio sonrió. Se incorporó de su posición recostada y se alzó en el regazo de Daniel como todo un ser imponente con el poder suficiente para someter a alguien mucho más grande y fuerte que él.
La luz pintaba su piel fría y recorría cada curva y relieve de su cuerpo, Daniel estaba hipnotizado por la forma en que parecía brillar aquel ser sanguinario bajo la luna llena; ese pecho gordo apuntaba hacia el norte al igual que el bonito pene que segregaba esperma, Sergio era hermoso en toda la extensión de la palabra y Daniel no podría negarlo. La forma en que el vampiro sonreía con sorna, en cómo sus ojos oscuros por el hambre de la lujuria se lo comían y la manera en que lo sometía con esas piernas preciosas y ese culo exquisito, no habría nada ni nadie que sacaría a Daniel de su espléndida prisión.
Mataría incluso a cualquiera que se atreviera a intentarlo.
—Oh Daniel, yo nunca me lamento a menos que tome malas decisiones. Y creo que esto es la mejor decisión que he tomado en toda mi maldita vida—las manos de Sergio rompieron las costuras, la bragueta y el cierre del pantalón al igual que el resistente cinturón de piel. El pene de Daniel se levantaba cuál estaca, llenando el aire con su almizclado aroma y sus feromonas cargadas de lujuria. Sergio ensanchó su sonrisa una vez que Daniel estaba completamente desnudo y tomó con su mano el miembro caliente para comenzar a moverla de manera lenta y tortuosa.
—¡Carajo!
—Nunca antes había visto el pene de un hombre lobo, todo en ti es enorme, Daniel. Incluso tienes un nudo—Sergio apretó la base que comenzaba a hincharse, sus dedos subían y bajaban por la piel húmeda y recorrían todo el tronco hasta llegar a los testículos—. ¿Quieres anudarme, verdad Lobito? Enterrar tu cosa dentro de mí y llenarme de esperma como si fueras un perro en celo.
Cada vez era más fuerte el vaivén de Sergio, Daniel gruñía y mantenía sus manos sobre las piernas del vampiro, negándose a cerrar los ojos para deleitarse con el trabajo que Sergio estaba haciendo sobre él. El desgraciado lo estaba torturando.
—¿Eso es lo que quieres, cierto? Dímelo, Daniel. Por favor.
Daniel jadea— Dios santo… ah… Sí, Checo. Quiero cogerte, no sabes cuánto. ¡Mierda, primor! Checo, si me sigues tocando así, no creo que dure tanto.
—¿En serio?—el vampiro hace un pequeño mohín con sus labios, estaba jugando al inocente y el hombre debajo suyo lo sabía a la perfección—Y yo que pensaba que los hombres lobo tenían mucho más resistencia—Sergio pasó su lengua en el pecho fornido de Daniel, mordió el pezón, jalando de él hasta dejarlo completamente erecto y rojizo. Sus dientes raspan la piel morena y perforan solo lo suficiente para que la sangre brote en pequeñas gotas que con gusto él lame.
— Checo, ahora mira quién está jugando.
—Lo siento, Lobito. Sabes muy bien que los vampiros aman jugar con su comida—Sergio se levanta brevemente del regazo de Daniel, únicamente para colocar la dura verga entre sus nalgas y dirigir la punta en su estrecho agujero—. Te voy a montar, Dani, y quiero que todo tu esperma me llene.
—¡Maldita sea!
Las manos de Daniel rasgan los muslos carnosos de Sergio, abriendo la carne y enterrándose en ellos al instante que el frío interior de Sergio lo envuelve como una capa deliciosa que hace demasiado contraste con su propio calor corporal. Escucha sisear al vampiro de dolor. Lo escuchaba jadear su nombre y retorcerse arriba de él. Sergio gemía con fuerza mientras trataba de removerse sobre su regazo, estaba igual de excitado que él por la forma en cómo su boca se abría y su interior se apretaba con fuerza.
Las uñas largas de Sergio rasguñaron su pecho, sus hombros y su abdomen, tratando de encontrar de alguna forma un ancla que lo atara a la realidad o que lo pusiera con la cabeza fuera de las nubes, porque lo que estaba sintiendo iba más allá del hambre y la sed de sangre. No fue lento ni amable consigo mismo, Sergio comenzó un rebote fuerte y rudo, una penetración que no le daba descanso a su agujero apretado y mucho menos al pobre Daniel que no paraba de gruñir, al principio es un sonido seco y casi doloroso, Sergio se esfuerza para no ceder, pero conforme más se embastia a sí mismo, conforme más buscaba su placer, la humedad hizo su presencia y con ello el fuego creció en su interior.
Sus mordidas se hacen más frecuentes, más fuertes. Bebió la sangre de Daniel, satisfaciendo aún más su antojo y aumentando aún más su líbido. Su ponzoña, inyectada en el torrente sanguíneo de Daniel, sólo causó que el hombre lobo comenzará a entrar en calor y sus movimientos fueran similares a la de un hombre en celo. Sergio ya no es quien domina con una posición hacia arriba y el rostro mirando el cielo, ahora está justo donde Daniel más lo quería, con la cara enterrada en la tierra y el culo al aire; presentado como una hembra necesitada y excitada.
—Muéstrame lo que tienes, Lobito.
Ahora la bestia famélica era Daniel, parecía haber crecido un poco más en estatura con sus músculos volviéndose más duros y toscos, y el vello más espeso en su pecho, brazos y rostro; sus rasgos eran más lupinos y su mirada humana estaba carente de ella. Sus colmillos eran amenazantes y en sus ojos brillaban algo peligroso en ellos. Cualquiera habría corrido y huido de él, pero Sergio no lo hizo porque le gustaba tentar a la muerte y reírse de ella.
No siente dolor cuando Daniel se vuelve a enterrar en él, arde un poco pero se acostumbra rápidamente y de nuevo empieza a gemir ahora con mucho más fuerza. Todo el peso de ese hombre está sobre su espalda, lo tiene presionado contra su pecho mientras sus manos inquietas lo tocan con hambre; Sergio se dió cuenta rápidamente que a Daniel le gustaba agarrarse de la grasa abultada que había en su abdomen, le gustaba masajear su vientre y pasar sus manos sobre ella. Parece un gusto específico porque Daniel no parece con intenciones de moverse a otra parte, sigue allí aferrado mientras lo embiste —cada vez más fuerte y constante— haciendo que Sergio viera las estrellas y el infierno al mismo tiempo.
— Así, Lobito. Me estás cogiendo tan bien..mmh….
Daniel no piensa más allá de lo que sus instintos dictaban. Únicamente quería cogerse a ese vampiro y enterrar su nudo en él. Casi aulla cuando sintió el interior de Sergio apretarse alrededor de él, el vampiro estaba cerca de su orgasmo y a nada de venirse. Su boca se dirige hacia el cuello y los hombros expuestos, su lengua lame la piel fría y sus dientes buscan de forma instintiva el lugar donde Daniel pondría su marca. Sus manos aprietan justo en la pelvis rozando el pene erecto y lloroso de Sergio, jadeó al sentir lo suavidad del ser sobrenatural y gime imaginado que llenaba un útero listo para ser fertilizado.
Está demasiado sumergido en hormonas y feromonas que empezaba a confundir las cosas, Sergio era imposible que se embarazara y además era un muerto andante; sin embargo, para un animal que estaba entrando casi en un celo provocado, eso no le importaba a Daniel que seguía embistiendo contra Sergio. Parece que incluso se lo tomó como reto porque ahora tiene al vampiro sujeto de los antebrazos, jalando hasta que ambos estuvieran levantados y el culo redondo y pecoso de Sergio cayera automáticamente sobre la verga dura de Daniel.
—¡AAAAH, más fuerte!
El siseo se convierte en gemidos y posteriormente en sollozos, Daniel sabe que lo estaba haciendo bien cuando vió el placer inundar la cara de su pareja, dentro de su mente lupina, el apareamiento estaba tomando buen camino, porque por más que el objetivo del acto sea procrear, también era transmitir placer.
— Te voy a dar mi nudo y dejaré mi marca en tu cuello— susurró Daniel contra el cuello de Sergio, rugiendo con fuerza cuando su nudo comenzó a hincharse y sus embestidas a volverse lentas, pero certeras—. Te verás lleno y gordo de mis hijos en tu vientre, asqueroso vampiro. Te usaré únicamente para aparearme y dejarte embarazado.
— ¡Sss! ¡Maldito animal apestoso!
—Para eso es lo que sirven los de tu especie, Checo. Para ser unas perras de cría y someterse a los hombres lobo— Daniel mordió el cuello y saboreo su sabor sutil a hierro.
—¡Mierda, carajo!
Daniel no lo soltó en ningún momento, siguió cogiendoselo con sus manos tomándolo de sus brazos hasta que Sergio se corrió con un grito que resonó por todo el bosque y su agujero se apretó alrededor de su verga, pareciendo que se lo quería tragar. Eso fue suficiente para que Daniel igual hiciera lo mismo y llenara el interior frío de Sergio con su esperma y su nudo, Sergio lloriqueo cuando Daniel hizo que bajara por completo su culo hasta que el nudo quedara atrapado por los bordes de su agujero. Dolía del carajo y solo lo puso aún más excitado, quería tocarse pero sus brazos estaban atrasados aún y su cuello apresado.
Estaba igual que una presa de leona en la sabana, sometida a su cruel destino por el cuello.
— Mierda, Daniel. Suéltame maldito chucho.
Las manos de Daniel dejaron sus brazos, Sergio casi se cae al frente por la falta de estabilidad, pero Daniel fue más rápido y lo sostuvo de la cadera y el pecho; el lobo cachondo aprovecho para seguir tocandolo, manoseandolo a su antojo, provocando que Sergio llorara de la desesperación y la sobreestimulación. El hombre lobo aún seguía aferrado a su cuello, mirándolo con ojos de hambre y devoción, mientras sus manos recorrían su cuerpo desnudo y apretaban su carne. Su pecho fue la principal víctima de esas garras, sus pezones siendo pellizcados hasta alcanzar su punto máximo de dureza; su pene estaba siendo masturbado con precisión hasta que Sergio se corrió por segunda vez y ordenó nuevamente el pene erecto en su agujero.
Siguieron en esa posición por unos cuantos minutos hasta que Daniel decidió soltar su cuello y lamer la herida, lo siguió sosteniendo con sus manos sobre su torso y esperaron pacientemente hasta que el nudo bajó y Sergio pudo liberarse.
— Ahhh, aaah —Daniel lo sostenía de sus piernas, separándolas para que el pene saliera de su agujero, pero la sensación de la verga pesada deslizándose fuera de él fue demasiado placentera que Sergio no pudo evitar gemir y querer volverse a auto penetrar; su mano sostuvo la flácida verga y le suplicó a Daniel que esperara un poco. Jugo con el miembro en su mano y puso la cabeza rozando su agujero, disfrutando del cosquilleo placentero que le causaba la viscosidad y la carne que comenzaba a ponerse dura.
—Q-Quiero que me cojas otra vez—suplicó Sergio.
Daniel beso la mejilla del vampiro y empezó a embestir lentamente en interior húmedo de Sergio, separó aún más las piernas haciendo que las rodillas rozaran el pecho de Sergio y gimió con fuerza por la sensación de la mano delicada y el agujero apretado. Gimió cuando olió el delicioso aroma de Sergio llenándose de su esperma y nuevamente el lobo en su interior tomó el control.
Lo beso y lo mordió otra vez, Sergio se arqueaba sobre su pecho y estrujaba su cabello con fuerza cada vez que golpeaba su próstata con la cabeza de su verga; apretó esa enorme teta que estaba dispuesto a comer una vez que se llenara de leche materna y la amasó a su antojo mientras el vampiro seguía chillando sobre él.
— Vamos vampirito, monta la verga de tu alfa.
— ¡Aaah, aaaah Daniel!
Sergio se corrió, su siseo combinado con un grito incontrolable, estaba perdido en la sensación del sexo y el post orgasmo, temblando y chillando mientras Daniel aún seguía en su incontrolable frenesí. Las embestidas aumentaron hasta el orgasmo, y con ello, otra vez la mordida en su cuello fue renovada.
El esperma salpicó en sus nalgas y en sus testículos, estaba atrapado oor completo y no había forma de escapar. Sergio no es consciente de lo que sucede a su alrededor, solamente capta las sensaciones en su cuerpo y cierra los ojos para tranquilizar su ser. El sexo con un hombre lobo era una experiencia que nunca había experimentado hasta esa noche, la fuerza y el poder con el que Daniel lo dominaba era excitante y embriagador, lo hacía sucumbir con tanta facilidad y abrirse de piernas como una cualquiera; ya había olido el aroma que Daniel segregaba, lo fuerte que podía ser para atraer a una pareja compatible, nunca se había sentido tan más necesitado como ahora que quería ser mimado y cuidado mientras esperaba a que el nudo bajara.
Su cuerpo dolía como el infierno, sabe que no durará mucho porque cualquier parte rota o lacerada será sanada rápidamente, pero eso solo ocurrirá hasta que Sergio esté más tranquilo y en sí. Mientras tanto, seguía siendo el juguete de ese tonto y cachondo hombre lobo que ahora ronroneaba y acariciaba su estómago.
— Dani— susurró Sergio.
—¿Sí, vampirito?
—Gracias.
Cuando el nudo bajó, y con ello la verga de Daniel y una cantidad descomunal de semen, Daniel regresó a su cuerpo normal y giró con cuidado a Sergio hasta que esté estuviera recargado sobre su pecho. Abrazó la cintura y acercó aún más al vampiro, dándole una pequeña sonrisa amable y besando su frente con cariño.
—No hay de que, Checo.
Se besaron lentamente dejando que el aire del bosque, la humedad de la hierba y la luz de la luna los envolviera. No había prisa en lo absoluto y dudaban mucho si podrían llegar a la fiesta a tiempo puesto que lo único que tenían disponible eran sus zapatos. Su ropa no eran más que trozos sin forma ni sentido que acabaron esparcidos en la tierra.
Fernando los iba a matar por ausentarse.
