Chapter Text
Decir que estos últimos diez minutos habían sido los más agónicos de toda su vida, bien podía ser una exageración, pero dejaba como un problemilla de infantes a los sucesos ocurridos los días anteriores. Se llevó una mano a la boca y otra al estómago, sintiendo un frío agónico recorriéndole el cuerpo mientras veía como la sustancia que había creado esta mañana cambiaba lentamente de color. Se apoyó con ambas manos en el borde de la mesa de madera, pálido como un papel y sudoroso como si hubiera entrenado todo el día; las piernas las sentía tan débiles que, si no se sentaba rápido, en algún momento caería al piso. La saliva se acumuló dentro de su boca, espesa y amarga. Desagradable, a tal punto que no pudo contenerla por más tiempo debido al asco que le daba y salió corriendo al baño a botar el mísero café que había podido tolerar esta mañana, afligido como nunca antes lo había estado.
Y es que no era para menos. Él, un caballero dorado; el guardián de la primera casa, Mu de Aries, estaba en cinta. La mera idea le hizo revolver el estómago una vez más y secretar más saliva, devolviendo hasta lo que no tenía en su interior. ¿Cómo?, ¿por qué? Muchas otras preguntas circularon dentro de su cabeza; era biológicamente imposible que esto ocurriera, si es que sus teorías eran ciertas.
Había experimentado cambios y sensaciones extrañas en sí mismo hacía unas tres semanas: malestares matutinos, dolor y debilidad muscular, salivación excesiva, constantes dolores de cabeza, olores insoportables, comidas no apetecibles; era una combinación extraña que fue graduándose a medida que pasaba el tiempo. Eran tantos síntomas que no pudo ignorarlos todos, por lo que, sumido en su natural curiosidad por saber qué era lo que estaba pasando con él, buscó en un viejo libro de medicina los síntomas con un potencial remedio para cada uno de ellos y así poder eliminar lo que sea que tuviera para seguir con su vida normal. Probó con todos los remedios de cada una de las enfermedades posibles escritas en ese bendito libro hasta llegar a la última sugerencia de ese ejemplar: embarazo.
Para ese entonces, Mu, quien ya estaba harto de tanto revoltijo de tripas, de las malas noches sin poder dormir y varios días sin comer bien, intentó, como última alternativa, descartar lo obvio; decidido en confirmar que aquella última y descabellada condición que allí se mostraba era algo realmente inconcebible y ridículo, y lo hizo con un simple test de embarazo. Recordó como en su juventud, en una pequeña localidad, a kilómetros de su torre, solía ir y practicar este tipo de pruebas a mujeres que pretendían o sospechaban estar en cinta, por lo que no fue difícil para él crear una mezcla que cambiara de color al reaccionar con cualquier tipo de fluido. El resultado negativo mostraría aquel líquido sin ningún tipo de color. Sin embargo, al ser positivo, este cambiaría a un fucsia intenso. No había nada más que añadir; era algo fácil y a prueba de errores.
Y solo para demostrarse a sí mismo que había probado todas y cada una de las indicaciones de ese maldito libro, lo hizo, colocó las gotas de sangre dentro del frasco y esperó… y cambió. Incrédulo ante esto, probó con otra cosa: saliva, positivo; sudor, positivo; orina, positivo. Quiso llorar, pero a estas alturas las lágrimas ya ni se asomaban por sus ojos; estaba en tal estado de shock que la última prueba, esa que había hecho con la orina, seguía ahí sobre la mesa de la cocina, mientras que él vomitaba dentro del retrete cada vez que la recordaba.
Se levantó temblando como una hoja. Se limpió todo rastro de la boca con la muñeca, dando pequeños pasos hacia el lavabo. Se lavó las manos y se enjuagó la boca; odiaba el sabor que tenía. Se lavó la cara con abundante agua; afortunadamente para él, el agua estaba fría y le hacía sentir como despabilaba de su reciente trance. Levantó su vista y se vio en el reflejo de su espejo, blanco, ojeroso, con unas líneas de expresión que no había notado antes y visiblemente deshidratado. Se tomó la cabeza con ambas manos, pensando una y otra vez cómo mierda había ocurrido esto. Aunque bien, en su interior, sabía cómo había ocurrido, cuándo, dónde y con quién había ocurrido; la verdadera pregunta que se escondía en su cabeza era ¿por qué él? y ¿cómo? porque biológicamente era imposible que algo así sucediera, ¿cuándo? Aquella noche donde sus compañeros habían preparado una fiesta por su cumpleaños y, sacando cuenta por sus síntomas, debía tener alrededor de unas seis semanas de embarazo.
A medida que iba respondiéndose preguntas, en su mente otras veinte más venían a instalarse en busca de respuestas: ¿Qué pasaría con él ahora?, ¿qué le diría a Athena?, ¿a Shion?, ¿al padre? Un peso enorme cayó sobre sus hombros al pensarlo, pues sabía a través de la misma boca del padre que a él no le agradaban los niños y lo sabía porque un día paseando por el pueblo le había comentado que tenía una paciencia ilimitada con Kiki y que él no podría manejarlo de esa manera. Sin embargo, las peores preguntas llegaron después: ¿cómo tendría al crío?, ¿lo criaría en el santuario como un caballero?, ¿lo tendría en primer lugar? Y esa pregunta silenció a las demás preguntas de su mente, a la espera latente y silenciosa de una decisión. Le hubiera gustado decir que se sentía menos estresado al tener solo una pregunta rondándole en la cabeza, pero no era así, ya que esta tenía el peso de todas las demás preguntas juntas y más.
Estaba abrumado y asustado. Caminó a la cocina, arrastrando los pies; el cabello suelto se mecía de un lado a otro. Tenía la mente perdida en algún sitio, menos en la realidad, en cualquier lado menos en la realidad. Eliminó el frasco con el contenido fucsia, recordándole dónde estaba y por qué; el dolor de cabeza comenzaba una vez más. Tenía hambre, pero no todo lo que tenía en la alacena era tolerable. Se preparó otro café y se sentó en la silla, frente a la vieja mesa de madera, bebiendo de aquel líquido oscuro con calma, con la mirada puesta en las marcas de la madera, preguntándose una y otra vez si quería tener a ese bebé. Los ojos se le llenaron de lágrimas, le temblaron los labios, ¡por Athena!, estaba tan confundido, tan perdido, todo era negro, no veía ni una sola luz. Las lágrimas cayeron hasta golpearse en sus muslos, unas tras otras, cada vez más grandes y sin saber realmente por qué.
¿Y si no lo tenía?, se preguntó de repente. Si no lo tenía, no tendría que lidiar con los problemas del embarazo y posteriormente el problema del parto; y se le heló la piel con solo pensarlo. Sabía cómo funcionaba el parto en una mujer; ahora, pensarlo de esa misma manera en él le daba unos escalofríos horrendos. Si no lo tenía, podía mantener su vida normal sin ningún problema. No negaría que se sentiría reconfortado por ello; lo lamentaría eternamente por la criatura, pero en verdad no podría lidiar con esto.
Se limpió las lágrimas y bebió por primera vez en varias semanas un café de manera tranquila, que hasta le sabía bien, porque él odiaba el café.
Limpió lo que había ensuciado y se dio una ducha; necesitaba ir a la biblioteca que tenía Shion a recabar información extra y de una manera segura de no estar más embarazado, y no podía aguantar ni un solo segundo tener el cabello con restos de lo que había vomitado recientemente, apestando a sudor y bilis. Buscó un bolso de tela roja bastante sencillo, echó dentro de él unas seis naranjas grandes, lo único que podía tragar y no devolver; era seguro que estaría en la biblioteca una buena cantidad de tiempo. Mu había perdido la cuenta de las veces que había tenido que bajar al pueblo para buscar más naranjas, pero es que era una necesidad que tenía por comerlas, tanto que, si seguía así, posiblemente el crío saldría de ese color. Detuvo inmediatamente esa idea de su cabeza; era mejor no estar pensando más en el bebé si no quería tenerlo.
Buscó en uno de los muebles un viejo cuaderno de notas y un lápiz, dispuesto a subir y comenzar con su investigación.
—¡Hola, maestro, ya llegué de entrenar! —salió de su trance cuando escuchó la vocecita de un enérgico Kiki entrando al templo. Lo vio aparecer por la puerta de la cocina lleno de tierra por todas partes. Mu lo miró con una sonrisa en los labios; solo su discípulo podía venir de esa manera luego de un simple entrenamiento.
—¿Cómo estuvo el entrenamiento? —preguntó Mu, cruzándose el bolso sobre el torso y colocándose la bufanda. Afortunadamente, cerca de la biblioteca había un baño improvisado, por lo que no tendría que preocuparse por ir a orinar o vomitar.
—Bien, el señor Afrodita dijo que, si seguía perfeccionando el muro de cristal, pronto podríamos practicar con las rosas demoníacas. —dijo contento. Mu le miró cariñosamente, las mejillas redondeadas, los ojos grandes y felices que se curvaban en media luna; no había cambiado mucho desde que lo encontró siendo un bebé. Tenía cerca del año y medio cuando lo vio dentro de aquella vieja y destartalada canasta de bambú, tan inocente y frágil. Sacudió su cabeza; debía subir rápido al templo de Shion— Y hablando de flores, encontré estas en un costado de las escaleras, huelen muy bien, huela… —dijo el pequeño, estirando hasta su nariz el pequeño ramo que había traído inocentemente para decorar aquella taza rota que el mismo Kiki había roto y que ahora usaban como florero sobre la mesa.
Los suaves pétalos de las flores rozaron la punta de su nariz y el dulce aroma se hizo presente, mezclándose con el aire del lugar y llegando rápido a sus fosas nasales. Sintió un olor intenso que hizo que su estómago se revolviera dentro de él, provocándole unas arcadas que lo hicieron correr rápidamente al baño.
oOo
Tuvo que bañarse una vez más; durante el camino de subida por las escaleras se comió tres naranjas seguidas y no podía comprender cómo podía estar cansado si apenas había subido cinco templos. Pensó en que se debía a la escasa comida que ingería y a las pocas horas de sueño, pero pronto todo se terminaría y volvería a su estilo de vida nuevamente. Entró lo más sereno que pudo, viendo como Shion leía unos documentos en su enorme silla de oro.
El mayor levantó la vista de sus papeles cuando escuchó el saludo de su alumno inundar con ecos el salón principal, sonriéndole al verlo llegar; no había visto a Mu en varias semanas. Él estaba tan ocupado con sus asuntos que no había podido ir a ver a su discípulo desde su fiesta de cumpleaños.
—Tanto tiempo sin verte, Mu. —comentó Shion, dejando sus papeles de lado— ¿Estás bien?, ¿Te ves algo… ehm… cansado? —balbuceó y es que, si bien Mu intentó parecer lo más natural posible, sus ojeras no eran disimulables; incluso Shion podía apreciar como su alumno había bajado de peso, pero eso era algo que prefería no comentarle.
—Sí, algo así —dijo, quitándole importancia—, pero estoy bien, no tiene por qué preocuparse por eso, maestro. —respondió, restándole importancia. Shion quedó más tranquilo con eso. A veces, como herrero, era inevitable perder más sangre de lo requerido al reparar las armaduras y terminar más fatigado de lo normal; era algo esperable, especialmente si se hacía de manera recurrente, como en el caso de su discípulo.
—Qué bien, por favor, intenta no sobrepasarte con las armaduras; pedirles a tus compañeros que donen sangre no es un pecado, Mu. —le aconsejó Shion, mientras lo miraba asentir con la cabeza. Aunque él sabía a la perfección que su alumno no le haría caso en absoluto. Conocía muy bien a Mu y su preferencia por hacer su trabajo solo sin pedir ayuda.
—Gracias por sus consejos, Maestro; lo tendré en cuenta. –respondió; eso era claramente un no.
—Eso es bueno, estás llevándote todo el peso del trabajo y Kiki aún es muy pequeño para donar sangre para las armaduras. —comentó Shion. Si bien Kiki era el discípulo y aprendiz de Aries, y como aprendiz debía manejar la reparación de armaduras al derecho y al revés, con todo lo que eso conllevaba, donar su sangre, sin embargo, Mu había optado por esperar un poco más para que lo hiciera; decisión que Shion no tuvo problemas en aceptar.
—Maestro, a la edad de Kiki, usted y yo ya reparábamos las armaduras con nuestra sangre. —no es que él haya considerado en hacer que su pequeño discípulo lo hiciera, no, él también creía que Kiki era demasiado joven; con el mundo sin una amenaza de aquí a otros doscientos años más no necesitarían que el menor pasara aún por algo tan invasivo como la donación, pero que lo dijera como si el pensarlo siquiera fuera una aberración y una violencia contra la niñez, era por todo, muy hipócrita de su parte.
—Esos eran otros tiempos, no podemos presionar a Kiki con una guerra que no alcanzará a pelear; tendrá su momento. —dijo Shion, desviando la vista de los acusadores ojos de su discípulo; era un alivio saber que Kiki no se criaría con las exigencias de Shion y eso a Mu lo alivió— Kiki, si bien llevará la armadura eventualmente, podría ser él quien entrene a otros para la herrería… A futuro, Kiki tendrá que buscar a quien enseñará y así hasta que nazca el próximo caballero que peleará una guerra santa. —era lógico y, considerando las palabras de Shion, esperarían a que Kiki fuera en búsqueda de otro niño huérfano, de preferencia, lemuriano.
—Creo que es muy pronto para pensar en eso; deberíamos dejar que Kiki termine su entrenamiento primero. —comentó con sumo cuidado, cambiando el tema; no le gustaba a veces la forma en la que se usaban a los lemurianos. Sin embargo, él mismo había sido parte, sin querer, en formar parte de esto, pero como Shion mismo dijo, eran otros tiempos y era necesario. Kiki aún no necesitaba esto, tampoco el bebé que llevaba escondido en su vientre.
—Tienes razón, no hay por qué adelantarnos tanto. —Shion se acomodó más en su silla con una pregunta— Y bien, ¿qué es lo que te trae por aquí? Dudo que vengas solo a saludar. —comentó ante la incómoda conversación que habían tenido. Conocía lo sobreprotector que podía ser Mu con el pequeño y hoy no quería lidiar con una batalla pasivo-agresiva con su discípulo.
—Así es, quería pedirle, por favor, a su Altísima, si era posible tomar un libro de la biblioteca. —consultó, apoyando una rodilla en el frío mármol en una reverencia muy formal.
—Claro, sabes que no necesitas mi permiso para ir hasta allí. —sonrió. Mu aún no perdía esa costumbre de pedir permiso para todo en su presencia, igual como cuando era un niño.
—Gracias, Maestro. —se levantó de inmediato y sintió como todo el salón le daba vueltas, junto con una sensación desagradable, una que se había hecho recurrente e intensa en estas últimas semanas y que intentaba salir desde el fondo de su estómago. Respiró profundo, concentrándose en otra cosa mientras todavía sentía como el piso se movía bajo sus pies.
Shion lo vio extraño y quiso preguntar, pero Mu se adelantó para excusarse de que estaba cansado por la falta de sueño, quitándole importancia una vez más a su estado, haciendo una ligera reverencia para marcharse de la habitación con mucho cuidado hasta el costado del salón. Siguió adelante con pasos tambaleantes hasta que encontró, detrás de las gruesas cortinas rojas, un pasillo largo y escasamente iluminado. Caminó por el pasillo hasta el final; allí se encontraba la puerta de la biblioteca que escondía las respuestas que requería con tanto anhelo. Tuvo que sostenerse con una mano sobre la pared para calmarse; sentía que todo a su alrededor le daba vueltas, incluso peor que aquella vez que se teletransportó desde su habitación hasta la cocina, y que de no ser por el mueble que tenía detrás, se hubiera caído directo al suelo. Se giró lentamente, recargando la espalda en el frío muro, respirando tranquilamente para que aquella molesta sensación de mareo pasara cuanto antes. Una vez que se sintió mejor y que sus piernas hubieran recuperado algo de fuerzas, se enderezó, acomodando sus ropas y el cabello que tenía pegado en su cara debido al sudor frío, antes de pasar a aquella sala.
Abrió aquella vieja puerta y entró silenciosamente, como si estuviera violando la privacidad de alguien a pesar de saber que en ese lugar las únicas cosas que habitaban eran el polvo, Shion y las arañas. Apenas cerró la puerta, recargó la espalda sobre ella con la mano sobre la boca, conteniendo las arcadas que amenazaban con devolver el escaso contenido de su estómago; olía a madera y a encierro, un olor asqueroso que sentía tan potente en su nariz. Se envolvió la mitad de la cabeza con su bufanda roja, tapando su nariz y así evitar que aquel olor de la biblioteca se metiera por su nariz, reemplazándolo por el perfume de su propia ropa. Le parecía irónico que aquel olor que en su niñez le había parecido agradable y le daba una sensación de misterio, ahora le resultara repulsivo.
Afortunadamente, el olor de su propio cuerpo no le parecía desagradable y atenuaba por mucho el otro olor a soledad de la habitación. Se acomodó de mejor manera la bufanda para que no se le resbalara mientras se movía por aquí y por allá. Caminó hasta un escritorio antiguo que estaba junto a una de las paredes, limpió un poco el polvo con su mano y dejó sus cosas sobre el escritorio, tomando en su lugar una lámpara polvorienta, la cual se encendió sin ningún tipo de contacto gracias a su cosmos. Una vez listo, se fue en búsqueda de todos los libros que podían servirles, recorrió cada uno de los estantes con suma paciencia, leyendo cada tomo; los libros que llamaban su atención se arrastraban de su sitio, flotando sobre su cabeza hasta llegar al escritorio, los que fueron amontonándose poco a poco hasta formar una alta torre. Y cuando vio que no había nada más que pudiera ayudarlo con su problema, se devolvió hasta el escritorio que lo esperaba con un montón de libros, cada uno más grande y colorido que los otros, unos cuantos rollos de papel y hojas sueltas.
Se sentó en la silla, sacó su cuaderno de apuntes y algo para anotar. Tomó entre sus largos dedos el primer libro de la enorme columna y comenzó a leer.
Las noches se estaban volviendo fatales para él. Llevaba alrededor de una semana visitando la biblioteca; el primer día había pasado casi toda la tarde ahí encerrado, buscando información, principalmente, de libros sobre anatomía. Leyó todos los libros en todos los idiomas que encontró: anatomía femenina y masculina, fisiología, reproducción; no había nada que no supiera, pero no estaba de más recordarlos y repasarlos. Al terminar de leer todo sobre el funcionamiento del cuerpo, revisó los libros sobre plantas medicinales, nuevamente, en todos los idiomas que allí había y descubrió una lista grande de hierbas que estaban prohibidas durante la gestación. Analizó las propiedades y los posibles efectos adversos para él; en su cuaderno tomó notas de las hierbas que necesitaría para hacer aquella infusión que le ayudaría con su caso.
Según la cuenta que había hecho desde su única vez, tendría alrededor de unas siete semanas de embarazo, por lo que estaba aún dentro del primer trimestre, donde las propiedades de la planta harían su efecto. Se comió la última naranja que llevaba en un morral más grande y bufó de frustración; no le quedaban más en su cocina, por lo que tendría que bajar al pueblo, otra vez, por más. Se levantó perezoso luego de terminarse con tanta desesperación y gusto el último gajo de la jugosa fruta.
Decidió que pasaría al pueblo a conseguir sus anheladas naranjas y aprovecharía en revisar por el camino si conseguía todo aquello que necesitaba. Acomodó su ropa y bolso, listo para salir, no sin antes pasar al baño primero; era incómodo tener que estar orinando a cada momento, pero esas naranjas tendrían que salir en algún momento y esperaba que fuera ahora y no en medio del camino hacia su templo. Bajó lentamente los escalones, cansado; cada vez se le hacía más difícil conciliar el sueño debido a los vómitos, las ganas de orinar y especialmente porque había empezado a sentir un ligero sonido dentro de sus oídos, como si pudiera escuchar su propio latido, tan bajito, pero acelerado que le ofuscaba. Todo eso durante la noche, pero durante el día no podía aguantar el sueño, que pareciera volverse cada vez más intenso, durmiéndose en los lugares más inesperados: en la mesa de la cocina, en el sillón, en el taller e incluso una vez se durmió en la bañera.
Ya no podía esperar a que este agotamiento físico y mental acabara; necesitaba recobrar su vida, especialmente su energía. Cuando entró a su habitación por sus cosas, sintió un alivio enorme y un cansancio que le llamaba a acostarse sobre su cómoda cama, junto con los vómitos que aparecieron rápidamente. Corrió al baño lo más rápido que pudo, volteando el estómago y las naranjas que había comido. Se limpió los dientes, lavó su cara para despejar un poco el cansancio y el sueño. Y cuando ya estaba por salir, las ganas de orinar lo detuvieron para devolverlo sobre sus pasos en dirección al baño, una vez más. Ya con todas sus necesidades satisfechas y seguro de que no volvería a vomitar ni a orinar, salió decidido de su templo rumbo al pueblo.
Las sensaciones de escozor en los ojos por falta de descanso se intensificaron; incluso podía adivinar sin tener necesidad de mirarse en un espejo que las ojeras que habían aparecido hacía algunas semanas seguían en su rostro. Se detuvo varias veces para descansar; esos horribles mareos lo estaban hartando, no podía hacer algún movimiento sin que sintiera que el mundo le daba vueltas. Siguió caminando y, cuando llegó al pueblo, se fue directo al mercado, buscando su tan ansiado alimento. Pasó al primer puesto que vio y agarró la bolsa más grande que encontró, llenándola con naranjas hasta el tope; con esa cantidad tendría para hoy y quizás dos días más, con eso sería más que suficiente, puesto que dentro de poco ya no lo necesitaría.
—Esas son muchas naranjas. —miró con asombro la señora del puesto. Mu le sonrió, cansado.
—Son para mi esposa. —dijo sin preocuparse por la mentira que acababa de soltar, total, qué más daba si, de todas formas, muy pocas personas lo conocían en el pueblo— Está embarazada. —finalizó. Eso último había sido innecesario, pero por una extraña razón tenía la necesidad de decirle. La mujer, sorprendida y emocionada, lo felicitó por su futuro bebé y por ser un hombre tan atento con su esposa en ir por sus antojos. Él intentó quitarle importancia, arrepentido de haberlo mencionado, pero la señora le siguió hablando de que en sus tiempos los hombres no tenían tales atenciones.
Mu se sonrojó y escuchó la historia de sus cinco embarazos y como cada uno fue diferente a los otros; la mujer, orgullosa de haber parido en casa a cada uno de sus hijos, le daba mil y un consejos sobre qué debía hacer o no hacer su supuesta esposa, de lo importante que era el reposo, las comidas concentradas en vitaminas y ni hablar de las molestias que se sentían cuando se hinchaban los pies. Mu no podía parar de imaginarse a él en tales estados, especialmente cuando escuchó de lo importante que era la respiración al momento del parto, el dolor y la sangre. A Mu se le deformó el rostro con solo pensar en el proceso del parto y sintió un malestar en su estómago y un escalofrío que le remeció el cuerpo.
Se sentía cansado y horrorizado con solo imaginarse a él pariendo, pero al terminar, la mujer le dijo que no se arrepentía de haber tenido a sus hijos. Mu aprovechó ese pequeño espacio de silencio que le había regalado la señora para preguntar:
—Disculpe, ¿sabe dónde puedo conseguir algo de artemisa y salvia? —la señora lo miró con horror y él se tensó ante el gesto de desagrado de aquella mujer.
—¡No se le ocurra darle esas infusiones a su mujer! Son muy dañinas para el bebé. —le reprendió. Mu se sintió como un niño pequeño ante el regaño de la anciana que no paraba de hablar, esperando nuevamente otros largos minutos en ese puesto— Una vez oí que una mujer tomó por mucho tiempo de esas hierbas, sangró tanto hasta el punto que nunca más volvió a tener hijos; y supe también de otra mujer que tomó de esas hierbas en grandes cantidades, sangró tanto que falleció días después. —dijo hablando bajito. Sintió un ligero escalofrío en el cuerpo y una sensación extraña bajo el ombligo, como si lo punzaran con un alfiler.
—No son para mi esposa, son para mí. —respondió apenas tuvo algo de espacio entre el parloteo incesante de la señora; no necesitaba más historias trágicas, solo las benditas plantas.
—¡Oh! Entiendo… Sí, te ves algo pálido y estás ojeroso, —siguió hablando mientras echaba un ramo de diferentes plantas verdes. Mu la escuchó hablar, mientras en su mente iba creciendo una duda— necesitarás algo más que eso; se nota que has estado preocupado por tu futura familia. No te preocupes, todo saldrá bien. —comentó más animada, entregándole la bolsa con todo lo que Mu necesitaba, despertándolo de su reciente trance, viendo sorprendido la cantidad de cosas que le daba— No es necesario que pagues por esto, es un regalo. —le sonrió. La señora, ya entrada en años, le miraba con unos ojos llenos de compasión que, sin saber por qué, tuvo unas enormes ganas de llorar— Lo otro, tres puestos más allá venden las hierbas que necesitas; pídele, además, valeriana para que puedas dormir más tranquilo, ¡pero nada de darle esas infusiones a tu mujer! —le recordó, señalándole en una clara advertencia. Mu asintió y agradeció por la bolsa.
Siguió por donde le había dicho la anciana, con los ojos aun ardiéndoles por las ganas irracionales que tenía de llorar; respiró varias veces para evitar hacerlo, entendía que las hormonas en el embarazo producían un desequilibrio que afectaba el nivel emocional, pero jamás pensó que podría ser a este nivel. Había lidiado con algunas embarazadas mientras recorría las tierras de Jamir en ayuda a otras personas, por lo que ya había visto cómo podía llegar a ser ese cambio de emociones, pero jamás llegó a pensar en experimentarlos, más cuando él tenía un gran manejo mental y emocional.
Llegó al dichoso puesto y compró las hierbas que necesitaba; la señora de ese puesto apenas le habló, cosa que agradeció en silencio. Sin embargo, cuando la tuvo en su mano, volvió a sentir una sensación extraña en el pecho y esa pequeña duda que estaba en su cabeza empezó a crecer sin que fuera consciente de ello. Cargado con tres bolsas, se dirigió hasta la salida del pueblo, pensando y pensando; no sabía qué era, pero esa sensación horrible todavía le pesaba en el pecho, incómoda y nostálgica. Llegó a su templo, donde dejó todo en su lugar; las plantas que la señora le regaló habían resultado ser acelgas y espinacas. Pensó en que le servirían para recuperar las vitaminas que había estado perdiendo con los incesantes vómitos.
Preparó la infusión tal y como salía en aquel viejo libro. La sirvió en una taza que llenó hasta el tope, la tomó del asa y la llevó hasta su boca.
Él jamás sabría cómo explicarlo, pero en el mismo instante en que se tomó el primer sorbo de aquella agua, comenzó a llorar. Lágrimas gruesas caían por sus mejillas lentamente, unas que poco a poco empezaron a caer de forma rápida e incontrolable; esa sensación desagradable de su pecho se había vuelto cada vez más fuerte y hacía que respirara agitado. Se tomó de golpe todo el contenido del jarro mientras aún lloraba; el sonido metálico del jarro sonó sobre el mueble de la cocina cuando Mu soltó la taza para apoyarse en el borde con ambas manos, llorando descontroladamente.
Sentía como se le apretaba el pecho y un sentimiento de culpa le invadió, seguido de unas náuseas que no pudo controlar, y salió disparado hacia el baño. Era una mezcla de sonidos de arcadas y llantos los que inundaban el baño. Botó todo el contenido de su estómago, triste y asustado.
—No puedo hacerlo… —se dijo entre llantos, llevándose una mano bajo de su ombligo, y ese mismo suave palpitar acelerado que escuchaba todas las noches ahora lo sentía con más claridad. Se sentó en el frío suelo escondiendo la cabeza entre sus rodillas, sin dejar de tocar ese lugar que parecía tener una mariposa haciéndole cosquillas adentro— Lo siento tanto. —dijo entre sollozos.
La mente de Mu era un desastre; no sabía por qué el sentimiento de culpa y arrepentimiento, solo sabía que tendría a ese bebé, no importaba lo duro que fuera, ni cuán doloroso pudiera ser. Se levantó, se lavó la cara y los dientes como por quinceava vez ese día, se puso ropa cómoda y se tiró a la cama a dormir, cubriéndose con las mantas hasta la cabeza. No supo en qué momento había anochecido o si Kiki había llegado ya al templo; en realidad no pensó en nada más que en el pequeño que crecía dentro de él y en cómo explicaría esta situación a Athena y, sobre todo, al padre.
Sin embargo, a pesar de todos esos pensamientos, por esa vez y solo por esa vez, Mu pudo dormir una noche completa.
