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El motor del Impala zumbaba suavemente mientras avanzaban por el callejón angosto que llevaba al motel. Acababan de erradicar un nido de vampiros al norte de colorado.
Castiel estaba sentado en el asiento trasero, con el hombro izquierdo empapado de sangre. Había recibido una cuchillada durante la pelea, y aunque intentaba aparentar calma, su respiración era irregular. La herida ardía, y la ausencia de sus poderes angelicales lo dejaba en una vulnerabilidad que aún no aceptaba del todo.
Dean, al volante, apretaba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le veían blancos. No había pronunciado palabra desde que salieron del lugar. Sam, en el asiento del copiloto, miraba entre ambos, tenso.
Cuando el Impala se detuvo frente al callejón junto al motel, Dean habló finalmente, con voz áspera: — Sam, baja. Ve al cuarto.
— ¿Qué? —Sam giró la cabeza, sorprendido— ¿Por qué?
— Sólo ve, Sam. —Dean lo miró de reojo, la mandíbula tensa.
Sam alzó las manos en rendición, pero antes de salir, miró por el hombro hacia Castiel con preocupación.
— Está herido, Dean. Esto no es el momento de...
— Te dije que vayas.
Sam apretó los labios, frustrado.
— ¡Bien! Haz lo que quieras. —masculló, abriendo la puerta de golpe. Salió del auto, cerrándola con más fuerza de la necesaria, y comenzó a caminar hacia el motel sin mirar atrás.
Un silencio incómodo se instaló en el Impala. Castiel bajó la mirada, sintiendo el calor de la sangre empapando la tela de su gabardina.
Unos segundos después, abrió la puerta trasera y descendió con cuidado, conteniendo un quejido cuando el hombro le lanzó una punzada de dolor. Se acercó al asiento del conductor, donde Dean seguía sentado con la vista clavada al frente.
— ¿Cuál es tu problema? —preguntó Castiel con voz firme, pero apagada por el cansancio y el dolor.
Dean finalmente giró el rostro hacia él, y lo que Castiel vio en sus ojos no era sólo enojo. Era algo más primitivo. El aire pareció volverse más denso de pronto.
— ¿Mi problema? —Dean bajó del auto lentamente, cerrando la puerta de un golpe seco. Se paró frente a Castiel, acortando la distancia entre ambos— Mi problema, Cas, es que tú no pareces valorar tu vida ni un maldito segundo.
Castiel lo sostuvo la mirada, sin retroceder.
— Hice lo que tenía que hacer.
Dean gruñó por lo bajo, y su mirada se desvió hacia la mancha oscura en el hombro de Castiel.
— Estás sangrando. Otra vez. Porque actuaste como si aún fueras invencible. Cas... Eres… —Dean apretó la mandíbula sin saber como continuar.
Castiel sintió cómo se le tensaban los músculos. Un aroma dulzón se empezaba a filtrar en el aire.
— Estaba protegiéndote. —susurró Castiel, la voz calmada, pero había una tensión en sus ojos azules, como si apenas se estuviera manteniendo en pie.
Dean soltó un resoplido, una mezcla de rabia e incredulidad. Lo empujó de espaldas contra la pared de ladrillos, sus manos atrapando la nuca de Castiel con fuerza. Castiel dejó escapar un jadeo cuando sintió el muro frío contra su espalda.
— ¿Protegerme? ¿Con qué, Cas? —Dean apretó la mandíbula, su rostro peligrosamente cerca del de Castiel— ¡Podrías haber muerto!
— Lo logré. —Castiel replicó, su tono inexpresivo pero sus pupilas dilatadas.
Dean soltó un gruñido bajo, y de pronto, el aire se cargo. Una ráfaga densa de feromonas brotó de Dean, golpeando de lleno a Castiel, quien inhaló bruscamente, sobresaltado.
— Dean… —susurró Castiel, parpadeando con confusión. Su cuerpo reaccionó instintivamente al aroma del alfa, un calor incómodo propagándose por su piel. Las rodillas le flaquearon ligeramente.
Dean apretó más la mano en su nuca, inclinándose lo suficiente como para que su aliento caliente chocara contra el cuello de Castiel.
— ¿Por qué no entiendes? —la voz de Dean era baja, áspera.
Castiel intentó moverse, pero el cuerpo de Dean bloqueaba cualquier intento de escape. Dean irradiba calor y una necesidad territorial que Castiel no sabía cómo manejar.
Castiel no sabía cómo manejar eso. Como ángel no tenía dinámica, no entendía cómo su cuerpo –el recipiente, al parecer es un omega–podía estar reaccionando con sumisión, con una necesidad que no comprendía ni quería sentir.
— Suéltame. —dijo Castiel, pero su voz carecía de convicción. La confusión lo envolvía.
Dean tensó la mandíbula, cerrando los ojos un segundo como si tratara de contenerse, pero el olor dulce de Castiel en el aire, mezclado con el miedo y la sumisión involuntaria, le estaba causando un cortocircuito en la mente.
— Dime que no lo harás de nuevo.
Castiel cerró los ojos, sus manos aferrándose a los costados de la chaqueta de Dean, Para este punto había olvidado su dolor en el hombro, el instinto le estaba empujando a ceder, a bajar la cabeza.
— No… puedo prometer eso... —dijo Castiel, con la voz temblorosa.
Dean gruñó contra su cuello, aspirando el aroma y sus dedos presionando suavemente la piel en la nuca de Castiel, como si buscara calmarlo o marcarlo, la cabeza de Castiel cayó hacia un lado de forma instintiva, ofreciendo más acceso al lugar donde Dean respiraba profundamente.
El rostro de Castiel se tiñó de rojo. Algo dentro de él gritaba que debía detener esto.
Aprovechando el momento en que Dean aflojó el agarre, Castiel levantó la pierna y le dio una patada directa en el muslo.
— ¡Mierda! —Dean soltó un gruñido de dolor, tambaleándose hacia atrás.
Castiel jadeaba, las manos temblorosas mientras se separaba de la pared.
— No vuelvas... a hacer eso... —dijo Castiel, la voz ronca y entrecortada, intentando de recuperar algo de dignidad.
Si, Castiel estaba asustado, nunca había experimentado algo así.
Castiel no miró atrás.
Su respiración aún era inestable cuando entró al motel. Caminaba con pasos torpes, uno de sus brazos sujetando el hombro herido.
Necesitaba a Sam. Un omega.
Sam abrió la puerta al instante, como si lo hubiera estado esperando.
— ¿Cas? — dijo confundido — ¿Qué pasó? ¿Dónde está Dean?
— No quiero hablar de él... —murmuró Castiel, entrando tambaleante.
— ¿Qué pasó? —Sam volvió a preguntar — ¿Dean te hizo algo?
Castiel negó lentamente con la cabeza, sin mirarlo.
— No... Nada. Sólo… necesito aire.
Sam frunció el ceño. Un aroma distinto flotaba en el ambiente. Dulce. Alterado. Y lo reconoció de inmediato, el aroma de un omega bajo estrés y con el rastro evidente de un alfa cerca. Sam, también omega, sintió cómo se le erizaba la piel.
— Ese idiota... —murmuró Sam refiriéndose a su hermano, pero dando un paso hacia él ángel.
Castiel cerró los ojos, apretando la mandíbula, como si aún pudiera borrar el recuerdo.
— No lo hizo a propósito... —dijo con voz cansada.
Sam no respondió de inmediato. Solo dio un suspiro pesado y fue directo a su bolsa. Sacó un pequeño frasco con pastillas y una botella de agua.
— Tómate esto, es uno de mis suspensores. Te va a ayudar a nivelarte.
Castiel lo miró, dudando. Pero de igual manera se tomó la pastilla. Sam luego se acercó, apartó con suavidad el cabello mojado por el sudor en la nuca de Castiel, y colocó un parche bloqueador de olor.
— Ese lado… es el más sensible —explicó Sam con un tono más suave— Hay que mantenerlo cubierto.
Y sin pedir permiso, Sam comenzó a revisar la herida del hombro. La limpió con cuidado y la vendó, no hizo preguntas innecesarias.
Para cuando terminó, Castiel ya estaba medio dormido, agotado, como si su cuerpo se hubiera rendido por completo. Cayó como una pluma sobre la cama, respirando despacio.
Media hora más tarde, la puerta se abrió con un chirrido. Dean entró, oliendo a cerveza y calle mojada.
Lo primero que vio fue a Castiel, profundamente dormido, acurrucado en la cama más cercana a la ventana. El vendaje en su hombro asomaba por debajo de la camiseta, su rostro sereno por primera vez en días.
Dean soltó un suspiro tenso, pero al cerrar la puerta, lo hizo de golpe, como si no pudiera contener la presión dentro del pecho.
— ¿Qué carajo te pasa? —Sam se incorporó bruscamente desde la otra cama, en pijama, el cabello desordenado, el ceño marcado— ¿En serio? ¿A esta hora y apestando como un maldito perro en celo?
— Fui por una cerveza.
— Dean, hueles a él. A Castiel. ¿Qué hiciste?
— No es asunto tuyo.
Sam se volteó para encararlo, la mandíbula apretada.
— Cas es mi amigo y es mi asunto cuando entra temblando y sin saber cómo manejar su propio cuerpo porque un alfa lo hizo entrar en pánico.
Dean lo fulminó con la mirada.
— No lo toqué.
— Pero lo acorralaste. —espetó Sam— Él está cambiando. Su cuerpo... o su recipiente esta cambiando. No entiende lo que le está pasando.
— ¡Claro que no! No sé qué me pasó, Sam… simplemente… lo vi herido. Lo olí. Y… se me fue de las manos.
— Joder...
Dean apretó los dientes, pero no discutió. Solo asintió con rigidez.
— Dormiré en el auto.
— Buena idea. —dijo Sam, volviendo a la cama.
Dean lo miró una última vez, y también a Castiel. Se quedó ahí un momento, en silencio. Luego dio media vuelta y salió, cerrando la puerta con más suavidad que con la que la había abierto.
La noche, al fin, volvió al silencio.
