Actions

Work Header

Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2025-07-11
Completed:
2025-09-17
Words:
2,402
Chapters:
2/2
Comments:
7
Kudos:
139
Bookmarks:
8
Hits:
1,185

La teoría de la autodestrucción de Enid Sinclair

Summary:

—Necesito que me rechaces —dijo Enid, sin respirar.

Wednesday alzó la vista. Ladeó la cabeza, como si analizara a una criatura fascinante por primera vez.

—¿Perdón?

Enid Sinclair se enamora de su compañera de habitación y no puede aceptar ese hecho.

Chapter Text

El caos comenzó con unas botas negras y una maleta sin pegatinas.

Wednesday Addams cruzó el umbral de la habitación 3B como si se tratara de un mausoleo. Llevaba el uniforme del instituto Nevermore impecablemente planchado, una mochila de cuero colgada de un solo hombro, y la mirada de quien ya ha redactado el epitafio de cualquiera que se atreva a hablarle.

Enid Sinclair estaba en plena operación decorativa. Sujetaba una guirnalda de luces pastel entre los dedos, debatiéndose entre un unicornio o una nube con carita feliz para el rincón de la ventana. Giró la cabeza al oír la puerta y, por un segundo, todo su sistema nervioso se congeló.

Wednesday no vaciló. Caminó en línea recta hasta la cama vacía del otro lado, dejó su maleta con un golpe seco y sacó un libro negro como su alma.

—Hola —dijo Enid, con una voz demasiado aguda como para parecer casual—. Soy Enid. Tu compañera de cuarto.

Wednesday la miró. Y fue eso, solo eso: una mirada. Lenta. Precisa. Invasiva como una autopsia.

—Wednesday Addams.

Enid asintió. Sonrió. Tropezó. Cayó.

Literalmente. Se enredó con las luces y acabó en el suelo con una pierna atrapada en cables de colores y una dignidad moribunda.

Wednesday no se inmutó. Solo alzó una ceja y, sin apartar la vista de su libro, murmuró:

—¿Te caes con frecuencia o solo cuando conoces gente nueva?

Enid pensó en responder. En explicar que había sido el susto, o el ángulo, o la gravedad actuando con saña. Pero lo único que salió fue un murmullo bajo:

—Solo cuando son intimidantemente góticas...

Y creyó que no la había oído. Hasta que Wednesday pestañeó. Un pestañeo lento, casi indulgente. Como quien concede atención a algo que normalmente ignoraría.

Desde entonces, algo empezó a desplazarse. Lentamente. Dentro de Enid.

Primero fue el silencio. Luego las madrugadas compartidas sin palabras. Después, el olor de los libros de Wednesday impregnando sus propias almohadas. Y, finalmente, la certeza.

La certeza de que algo estaba mal.

Pero no con Wednesday.

Con ella.

Porque Enid Sinclair siempre había sido la chica que soñaba con chicos. Con bodas bajo flores blancas. Con manos masculinas que le abrieran la puerta. Con hoyuelos. Con películas tontas de Navidad.

No con miradas afiladas. No con sarcasmos que quemaban. No con Wednesday Addams.

Así que decidió ignorarlo. Lo que sentía no podía ser amor. Era confusión. Estética. Hormonas.

Hasta que Yoko le dijo, sin filtro:

—Deja de escribir su nombre en corazones. Vas a llenar el cuaderno.

Enid tragó saliva. Se encerró en el baño. Se miró al espejo. Y mintió:

—No soy gay. 

Yoko la miró como si fuera una maldita mentirosa.

—Solo te gustan las góticas.


Veinticuatro días después, ya no quedaba rastro de rosa en su ropa. Sus notas habían descendido. Y el único nombre en su cabeza era el que no podía pronunciar sin sentir fuego en la garganta.

Wednesday Addams.

Y por mucho que intentara callar a su corazón con racionalidad, ya era tarde. Así que tomó la única decisión lógica posible cuando el mundo interno colapsa:

Buscar ser rechazada.

Esa noche se levantó, cruzó el cuarto y se plantó frente a ella.

Wednesday, claro, estaba leyendo.

—Necesito que me rechaces —dijo Enid, sin respirar.

Wednesday alzó la vista. Ladeó la cabeza, como si analizara a una criatura fascinante por primera vez.

—¿Perdón?

—Me he enamorado de ti —dijo Enid de un tirón, como si arrancarse las palabras fuera menos doloroso que dejarlas dentro—. Y necesito que me digas que no. Que jamás podrías sentir lo mismo. Que esto es una idea absurda. Quiero seguir con mi vida. Recuperar el control. Dejar de... doler.

Wednesday cerró su libro con calma. Lo apoyó sobre la mesa con una precisión quirúrgica. Luego, se puso de pie.

La habitación pareció llenarse de una electricidad muda.

—Está bien —dijo—. Te rechazaré.

Enid parpadeó, confundida por lo fácil. Por lo rápido.

—¿En serio?

—Sí. Pero con una condición.

—¿Qué clase de condición?

Wednesday se acercó. Su voz era más baja ahora, como una sentencia dictada en voz íntima.

—Te rechazaré solo después de que me hagas enamorarme tanto de ti que quiera arrancarme el corazón por haberte dejado entrar. Después de que tu existencia me duela. Después de que cada parte de mí que he protegido comience a depender de ti.

—Eso no es un rechazo —susurró Enid, asustada—. Eso es…

—Crueldad —completó Wednesday—. Y lo advertí. No soy alguien amable. Quiero destruirte. Pero necesito que me des razones.

Enid no supo qué contestar. Ni por qué parte de ella —esa que temblaba y latía y quería correr— también quería quedarse.

Wednesday volvió a sentarse. Abrió su libro. Como si nada hubiera pasado.

Pero algo sí había pasado. Algo irreversible.

Porque ahora Enid sabía que, si quería sobrevivir a esto, tenía dos opciones: huir… o lanzarse al fuego.

Y algo en los ojos de Wednesday le había dicho que, si saltaba, ella la esperaría en las brasas.

—No deberías hacer esto —susurró Enid, su voz quebrándose apenas—. No deberías jugar así con lo que sentimos. Con lo que yo siento.

Wednesday no alzó la vista del libro.

—Tú pediste esto —respondió, con la misma serenidad con la que alguien nombraría una nota a pie de página—. Dijiste que querías que fuera lo más cruel posible. ¿Esperabas que la crueldad viniera sin consecuencias?

Enid dio un paso hacia ella. Luego otro. Su sombra cubrió parte de las páginas abiertas de Wednesday.

—Quería que fueras sincera —dijo. Ya no temblaba. O al menos, no por fuera—. No que… me besaras con palabras y luego me dejaras sangrando con el silencio.

Wednesday cerró el libro con un suave clic .

La miró. Como se mira una presa que ya ha dejado de correr.

—Entonces deja de hablar.

Y se puso de pie.

Enid abrió la boca, pero no alcanzó a decir nada. Wednesday ya estaba frente a ella. Cerca. Lo suficiente como para robarle el oxígeno y dejarle sólo el temblor.

La besó.

No fue un beso real. No al principio.

Solo el roce de sus labios, como una amenaza. Como una prueba. Apenas unos segundos de contacto sin vida, tan mínimo que dolía más que el rechazo.

Pero entonces Wednesday alzó la mano, la posó en el cuello de Enid —sin violencia, sin urgencia, pero con una firmeza que no dejaba espacio a dudas— y hundió sus labios en los de ella con una decisión tan brutal que todo lo demás dejó de importar.

El beso se volvió otra cosa. Una jaula. Un grito mudo. Una confesión desfigurada.

Wednesday la besó como si quisiera devorarla desde dentro. Como si cada roce de lengua, cada mordida suave, cada exhalación compartida fuera parte de una maldición. Un hechizo que solo funcionaba si ambas estaban de rodillas.

Y fue ahí donde terminaron.

Las piernas de Enid fallaron. Se arrodilló, arrastrando consigo a Wednesday, que apenas si opuso resistencia. La morena cayó sobre su regazo como una sombra que se aferra al cuerpo que ha elegido poseer.

Se besaron como si el mundo no existiera. O como si quisieran asegurarse de que no existiera después.

Y cuando finalmente se separaron —boca contra boca aún, respiración hecha trizas, la mano de Wednesday aún en su cuello, la de Enid aferrada a su espalda—, Enid entendió.

La crueldad no era lo que Wednesday decía.

Ni siquiera lo que hacía.

La crueldad era esto. Era el amor.

El amor, como lo entendía Wednesday: un incendio sin escapatoria. Una promesa sin misericordia.

Y ella lo aceptó.

Porque ahora ya no podía huir.