Chapter Text
No reconocía el colchón en el que estaba acostada.
Esa fue la primera cosa en la que reparó antes de abrir los ojos.
Si fuese el suyo, definitivamente no se sentiría tan hundido, teniendo en cuenta que acababa de voltearlo apenas ayer luego de haber estado aplazándolo durante días, también estaba el hecho de que, recordaba con muchísima claridad haber puesto una sola frazada para no sufrir por las altas temperaturas durante la noche, así que despertarse envuelta en una cantidad considerable de mantas, con el frío colándosele entre los dedos, no tenía sentido porque cualquier persona con un poco de materia gris sabría que el verano no se transforma en invierno de la noche a la mañana. Además, estaba segurísima de que, cuando se fue a la cama, llevaba unos pantalones cortos.
Grande fue la sorpresa de Addison cuando, al abrir los ojos, se encontró con una habitación en la que apenas se filtraban algunos rayos de sol a través de las cortinas gruesas, su campo de visión estaba limitado y apenas le permitió registrar los detalles suficientes como para entender lo más obvio de todo el asunto: que este no era su cuarto; ni estos sus dedos, ni esta su cama, ni su ropa. Por sobre todas las cosas, este no era su cuerpo, ¡joder! Todo era muy espacioso, si, la cama tenía proporciones bastante generosas y, además, un respaldo de madera sólida con el que se topó al momento de enderezarse, notando, a su vez, aquella intricada estructura que sostenía dos cortinas gigantescas de terciopelo violeta en forma de carpa que se extendía desde el techo hasta la mismísima cama, simulando un elegante dosel. Incluso los pocos muebles a los que tenía acceso a través de su escaso campo visual le dejaban muy en claro que se trataba de una casa de aspecto antiguo y señorial, sin embargo, esa no debía ser ni por asomo la verdadera causa de sus preocupaciones.
El enfoque estaba en su cuerpo, bueno...el que no era su cuerpo.
Addison reprimió un grito al caer en cuenta de la apariencia de sus manos, no porque los hubiera visto aún, sino porque la piel se sentía rugosa al tacto, delicada, los dedos más alargados de lo que recordaba y estaba segura de que, al aventurarse un poco más, podía tocarse los huesos por lo delgada que se sentía. Era, para ella, como estar tocando los dedos de su Abuela, sin intención de insultarla, por supuesto, en su defensa, ¿quién envejecía tanto al irse a dormir? Es decir, estaba en sus veintitantos, y ocasionalmente escuchaba uno que otro hueso de su rodilla tronar si se agachaba, aun así...estaban hablando de arrugas, manos flácidas, y ahora que lo notaba, un camisón muy «vintage» que no combinaba para nada con su propio estilo de pijama. No-tenía-el-doble-o-triple-de-su-edad.
Addison soltó un respingo, sintiendo un escalofrío recorrerle al momento en que un chillido estridente, muy parecido a la voz de una jovencita con excelentes pulmones o un diafragma muy bien entrenado, resonó por todo el lugar gritando una palabra muy específica que le caló muy profundo:
—¡CENICIEENTAAA!
Como si eso no fuese suficiente, otra más se sumó, utilizando ese mismo tono demandante, agudo y gangoso. Ambas, una y otra vez, algunas veces al mismo tiempo o bien, menos coordinadas en otras ocasiones, repitiendo esa palabra de tal manera que asemejaba al chirrido molesto de un tenedor raspando una sartén para quitar los restos de los huevos revueltos que se le han pegado, esa tensión le hizo encorvar los hombros mientras se cuestionaba si debía gritarles de regreso que se callaran de una buena vez.
—Santo Dios, ¿es que no se callan? Algunas personas tratamos de...
Se detuvo en seco al escucharse, quedándose muy quieta en su lugar por algunos segundos hasta que pudo reconocerlo, es decir, no vivía debajo de una piedra como para no reconocer que ese tono de voz tan severo pertenecía a una de las villanas más icónicas de cierta corporación multimillonaria que ha vendido sueños durante generaciones, o algo así, y claro, estaría loca si no supiera—más allá de ese nombre que seguía repitiéndose como un eco lejano en lo que trataba de darle cierto sentido a sus circunstancias—qué tipo de cuento era este. Lo más lógico era pensar que se trataba de un sueño lúcido. Había estado teniendo conversaciones con su hermana menor, así que la idea de que eso pudiera estar influenciando sus sueños no sonaba tan descabellada si tenía en cuenta que, la cantidad de horas que invirtieron en esa charla sobre shifting* fueron las suficientes como para hacer a sus padres involucrarse y decirles que no intentaran esas tonterías. O bien, estaba en coma, ¿qué tan alta era la probabilidad de que estuviera dentro de la historia? Bastaba con levantarse, y...
Y luego... ¿qué? ¿arrojarse por la ventana? Tal vez eso funcionaría, si su cerebro notaba que se encontraba cayendo, abriría los ojos por el susto y estaría en su cuarto con su teléfono en las manos luego de despertar, después regresaría a dormir y fingiría que todo esto sólo fue su propia mente jugándole una mala pasada.
—Bien—dijo de pronto—. Mundo real, aquí voy.
No pudo hacerlo.
Ganas no le faltaban, se había quitado los cobertores de encima con muchísimo entusiasmo, fue la aparición repentina de una pantalla emergente la que le retuvo a medio camino e hizo caer sentada sobre el colchón a causa de la impresión con las manos bien aferradas a las cobijas.
「 Código automático activado: «Si yo fuera ella, lo haría mejor». Sistema activado automáticamente 」
¿Qué?
—¿Quién está ahí? —preguntó al aire.
Carraspeó.
—¿Eres tú, Cenicienta...?
¡Claro que no era ella! ¡¿Qué tenía en la cabeza como para pensar que la abnegada y dulce heroína del cuento tendría la voz de un estúpido robot?! ¡Esta no era una de esas ridículas novelas cortas con un doblaje pobremente hecho a las prisas con inteligencia artificial! Si los gritos de las hermanastras sonaron bastante reales hace un momento.
「 ¡El sistema se activó con éxito! Rol enlazado: Madona* Tremaine, la madrastra malvada que atormenta a Cenicienta. 」
Entre todas las palabras suspendidas en la pantalla de azul transparente, su cabeza rescató las más relevantes: sistema, madrastra malvada, y Cenicienta. Addison, se sintió bastante tentada a informarle a la ventana emergente que pudo deducir todo eso por sí misma, ¡era evidente! Sin embargo, todavía no creía haber cruzado esa delgada línea que sostenía su cordura como para comenzar a discutir con lo-que-sea que eso fuera y optó por una táctica más inteligente, y eso significaba en enfocarse en lo menos horroroso de la situación, ya que, sí, era Madona Tremaine, la villana de Disney cuyo final no era del todo horroroso si lo comparaba con el de otros, ¿que si la historia estaba ya un poco torcida para ella? Le bastaría con tratar a la protagonista de forma apropiada desde ahora, quizá sacándose de la manga alguna rebuscada epifanía que llevase verbalizar lo cruel que ha sido con esa pobre jovencita, seguido de un discurso muy emotivo, prometer cambiar para mejor y pedir disculpas, quizá ir tan lejos como para participar de forma indirecta en el romance de Anastasia con el panadero estaría muy bien para congraciarse con ella. Todo resuelto, todos felices y comiendo perdices.
Se volvió a recostar con rapidez sobre la cama ante la advertencia de los pasos acercándose a través del pasillo, no necesitaba ser muy inteligente para saber que esta era la entrada del personaje principal en el escenario, así que acomodó las mantas a las prisas a la par que adoptaba una posición que le permitiese mantener el rostro en la oscuridad, cosa de poder disimular mejor el hecho de que no tenía bien definida la manera en que la confrontaría, ¿Cómo se supone que debía tratar a alguien con un ápice de decencia humana si todo lo que ha recibido de la dueña original han sido cosas malas? Por todos los benditos cielos, estaba más jodida de lo que pensó si llegó a creer que sería tan fácil como trazar la idea.
La imagen de Cenicienta ingresando con las bandejas tampoco le ayudó.
Fue muy difícil de digerir, al punto en que, no pudo evitar pensar que recibir un puñetazo directo en el estómago, proveniente de una mano envuelta en un guante de boxeo hecho de púas sonaba mucho menos doloroso que lo que tenía en frente, porque a esa chica le faltaba carne por todos lados; en las mejillas, las piernas, en.… ¡todo el cuerpo! Era un espectáculo deprimente y andrajoso, de baja estatura, muñecas delgadas en las que sobresalía el hueso y hasta creyó que las bandejas se le caerían por la forma en que las sostenía. Nada en ella gritaba heroína, ni tenía el filtro Disney por ninguna parte, se veía muchísimo más cerca de una versión de los hermanos Grimm que una película con plagas que hablan y hadas madrinas que convierten calabazas en carrozas.
—Buenos días, señora —saludó la muchacha.
Tenerla más cerca le llevó a darse cuenta de lo callosas que estaban sus manos, de la suavidad de su tono al momento de dirigirse a su madrastra, incluso la forma en que sonreía al depositar la bandeja sobre la mesa cercana, cuidando de no derramar nada, eso hizo que la bilis se le subiera a la garganta y se viera obligada a cubrirse los labios para disimular una arcada. Si le preguntan, la chica que tenía delante estaba más cerca de un ataúd que de conquistar el corazón de un Príncipe.
—¿Se encuentra bien? —preguntó Cenicienta, visiblemente alarmada.
—Estoy bien, gracias por preguntar—respondió—. ¿Ya desayunaste?
«Y todavía tienes tiempo para preocuparte por eso, ¿has visto cómo estás tú? ¿Hola? Tú aspecto es pésimo, no te martirices tanto por el mío» pensó para sus adentros.
「 ¡OOC! ¡Alerta de comportamiento OOC! Madona Tremaine no le preguntaría a Cenicienta si ha desayunado. Por favor, deberías tomar tu interpretación en serio si no deseas recibir una penalización. 」
¿Ah? ¿Disculpa?
"¿Qué demonios es OOC?" le preguntó a su, bueno...a eso.
Los ojos de Lady Tremaine descendieron con sutileza hacia la pantalla, haciéndose de la taza de té que sostuvo con cuidado entre los dedos, disimulando bastante bien la sorpresa, quién iba a decir que la memoria corporal podía ser una cosa tan alucinante, porque las manos sabían muy bien de qué manera tenían que moverse para no dejar de lado esa vibra sofisticada y contenida, con cierto aire condescendiente. La “mujer mayor” jugó con la taza, meneándola en círculos pequeños antes de beber un sorbo pequeño.
「 ‘OOC’ son las siglas en inglés de “Out of Character” que en español se traduce como fuera de personaje, ¡al parecer la usuaria no está muy familiarizada con esto! Pero en palabras que se puedan entender, debe apegarse a su rol o se le penalizará descontando puntos de vida, si la cantidad disminuye a cero, tendrá que despedirse de su suscripción. Como este error ha ocurrido por la ignorancia de la usuaria, no se le descontará, aun así, sea cuidadosa en el futuro.
Cantidad de Puntos B: +120. 」
Lady Tremaine estuvo a punto de escupir el té ante lo último.
El agarre de su mano sobre la vajilla trastabilló ligeramente, disimulado apenas por un sonido ronco de la garganta, tener el vidrio bien pegado a los labios fue una bendición, o la habría, en palabras muy poco refinadas, cagado en grande. Sea como fuere, si es que entendió de manera correcta, estaba todavía más hundida de lo que creyó al inicio, confirmando al mismo tiempo que no se encontraba en coma; ni dentro del sueño lúcido, ni manifestaciones, ni desdoblamientos cuánticos o lo que sea, para empeorar las cosas, sus planes de tratar a Cenicienta con decencia humana básica se le estaban escurriendo entre los dedos. La ventana emergente estaba siendo clara, así adornara las frases con palabras rebuscadas, despedirse de su suscripción era un simple eufemismo para decirle que, si la cuenta llegaba a cero, iba a morir.
Vaya reglas de mierda.
Cenicienta seguía atendiendo sus propias responsabilidades, llevaba hablando desde hace algunos minutos sobre algunas de las cosas que estaban en la agenda de hoy y al mismo tiempo, corría las cortinas para dejar que el sol ingresara en el interior del cuarto, finalmente un poco de color en ese lugar tan sombrío que le ponía los pelos de punta. Lady Tremaine la miraba moverse de un sitio a otro, sin dejar de hablar con esa sonrisa jovial apenas perceptible, había notado otros detalles, como el hecho de que la chiquilla solía detenerse para darle el espacio de entrometerse y corregirla, o dictar nuevas órdenes que le hicieran la existencia aún más miserable de lo que ya debía ser, como no quería arriesgarse a perder puntos, contestó con leves asentimientos de la cabeza, con la atención dividida entre la molesta pantalla y la voz de la hijastra, al menos, hasta que algo entre todo lo que estaba comentando le llevó a dirigirse hasta ella por completo.
—El carruaje de la señorita Rosalind estará aquí por la tarde —decía Cenicienta—. Me aseguraré de que todo esté en orden para recibirla.
Un momento.
No fue la mención del nombre de un personaje que no apareció en las películas lo que le hizo enfocar su atención en la desafortunada protagonista, era la cadencia distinta con la que la llamó, hasta ese preciso instante, la Cenicienta había estado usando un tono más mecánico al responder o recitar las visitas, salidas o cualquier cosa relacionada con la casa, en cambio, llamar a esa chica le devolvió hasta el color a los pómulos, que se tiñeron de un suave carmín, los ojos se le iluminaron y hasta esa sonrisa jovial, antes hecha un poco más como una obligación, parecía adquirir cierta honestidad que, para su desgracia, no le pasó desapercibida, como si no bastara con eso, ella fue tan lejos como para jugar con un mechón de su desaliñado cabello sin una pizca de sutileza.
Imposible.
“Hey...” le habló al sistema.
「 ¡El sistema está disponible 24/7! ¡Siempre a su servicio! 」
“¿Desde cuándo a Cenicienta le gustan las chicas?”
