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El reloj en la pared marcaba las 16:37, la misma hora que marcaba siempre que Yoshikage Kira pedía un préstamo en la biblioteca. En esa banal actividad, no había coincidencia o azar alguno, aunque cualquiera lo creería. En su meticulosa rutina, había elegido los martes antes de las cinco para visitar el recinto precisamente porque estaba casi vacío. Especialmente en aquellas tardes de verano, donde los académicos jóvenes descuidaban sus estudios, las familias visitaban la playa y hacía demasiado calor para los oficinistas.
El hombre entró, su andar era formal y al detenerse se apreciaba su excelente postura. Andaba en el pasillo como si su recorrido estuviera perfectamente coreografiado, saludó en la entrada con voz baja. Llegó a devolver los libros cuyo plazo concluía exactamente ese martes, y los colocó rectos, sobre el mostrador junto a su credencial de biblioteca. Los libros incluso estaban volteando hacia Reiko, los había dispuesto así, con precisión quirúrgica. Un hombre normal, quizá demasiado normal.
Hasta ese momento el día de Reiko Mabuchi había transcurrido tal cual transcurrían todos sus días, desde hacía dos años y cuatro meses, sin ningún cambio en particular, ella podía jurarlo porque lo había contado. Tenía de testigo a su diario.
Llegó a la biblioteca de Morioh faltando treinta minutos para la hora de apertura. Al pasar por el espejo de la entrada, revisó que los mechones de su cabello estuvieran bien lisos, y que el partido estuviera hecho exactamente a la mitad. Recolectó todos los libros del buzón de devoluciones, y revisó con cuidado el estado de los mismos, escudriñó por manchas, dobleces, y esas espantosas anotaciones, caligrafía torcida e irregular en los márgenes, que arruinaba por completo la simetría de la página. Colocó títulos en su sitio, cuidando que los lomos quedaran alineados con los estantes. Archivó una docena de fichas amarillentas, planas, ligeramente rugosas al tacto, completamente opacas, le brindaban calma, en ellas estaba todo lo que había que saber sobre los libros. Se pasmó un instante al ver que “Un grito de amor desde el centro del mundo” había sido solicitado diecinueve veces, hizo una solicitud propia, ahora eran veinte. También se había lavado las manos en ocho ocasiones ya, con el suave jabón de arroz que le dejaba las manos uniformes.
El ambiente veraniego de una ciudad costera podía poner el aire pegajoso, era parte de su trabajo cuidar que los libros no sufrieran por exceso de humedad, debía revisar los sensores y mantener a raya al personal de mantenimiento. Sin embargo, el calor tenía sus ventajas, el chillar del carrito metálico disminuía, las luces fluorescentes no lucían tan poco favorecedoras y el olor de los libros viejos se intensificaba. Nada desconocido, porque las estaciones como todo en la vida, estaban regidas por reglas invisibles, que la hacían comprender el mundo.
Por eso al levantar la vista y ver al hombre frente al mostrador, parpadeó con cierta incredulidad. Tuvo que comprobar la hora, 16:37. Por tercera semana consecutiva, 16:37. Enlistó el contenido de la ficha de préstamo con calma mientras inspeccionaba el aspecto exterior: El primer libro era delgado, “Ikebana: Arreglos florales japoneses”. Tan solo por el roce de sus nudillos contra una sobrecubierta áspera supo que el siguiente libro era de historia, “El renacimiento de Japón: La Política del Muromachi Bakufu”, y por último un libro de pasta blanda, lustrosa, occidental “Y no quedó ninguno”.
—Curiosa elección —comentó. Le gustaban las personas que leían, las personas que podían dedicar su atención a las páginas estáticas, permanentes y no a las modernas y efímeras pantallas de televisión. Le gustaba la gente que hacía elecciones con sentido, quienes persiguen algo. Le gustaba la gente que tenía propósito. Una parte de ella solo quería romper el silencio, la otra necesitaba corregir esa anomalía en la lista de títulos, porque algo en su interior, le gritaba que debía haber una conexión entre ellos, y lo más importante, necesitaba comprobar la teoría del hombre de las 16:37. Si esta era cierta no habría manera en que el período de Muromachi se hubiese colado entre sus préstamos.
Kira levantó la mirada, inexpresiva.
—¿Curiosa por qué?
—Porque Conan Doyle es mucho más popular que Christie. Y ninguno de los dos suele ir acompañado de… flores. —No pudo decir la otra parte, la del tiempo, la de las 16:37, no debía. No se hacen dos preguntas a la vez. Y tampoco contestas a lo que no se ha formulado.
Un par de segundos, y su interlocutor seguía sin respuesta. Normalmente no hacía comentarios o iniciaba conversaciones ¿Por qué se había atrevido a hablar? ¿Por qué necesitaba con tanta urgencia comprobar que el hombre de las 16:37 no era solo una coincidencia?
Se sintió helada, creyó que iba a quebrarse. Pero no tenía lógica, no había corrientes de aire frías en verano. Más tiempo, contuvo el aire en sus pulmones, podía escuchar el zumbido que emitía la luz sobre ella y en una mesa del fondo, un hombre mayor hojeando un enorme periodico que le tapaba el rostro.
La leve capa de sudor en sus manos la hizo querer ir al lavabo, deseaba sentir el chorro de agua llevándose las impurezas, pero entonces sería la novena vez en la jornada laboral. Y nueve no era un número correcto para esa hora.
Otro segundo más, podría quebrarse del todo ¿podría el hombre frente a ella desaparecer sin más? Silencio. Si se concentraba podía escuchar el segundero del reloj. Más silencio. Levantó su sello, lista para llenar el vacío con unas cuantas estampas ruidosas en la tarjeta. Una silla lejana estaba siendo arrastrada, pero el leve sonido no sacó a ninguno de los dos de su ensimismamiento. A Reiko, solo le hacía pensar en que todavía no contestaba.
Él completamente ajeno, bajó los ojos al libro, como si sopesara el comentario. Lo estaban observando. No le gustaba ser observado. Cuando habló, lo hizo con calma.
—El arte, pulso y orden requeridos para el Ikebana, también son útiles develando un misterio.
El mundo pareció avanzar de repente, porque tan pronto dijo eso, la luz dejó de parpadear, sonó la campanilla de la entrada anunciando a un visitante y el anciano del periódico estornudó.
Ella parpadeó, sorprendida. Creyó que nunca obtendría su respuesta y aun así se preguntó si debió haberla buscado. Luego su mente viajó hacía lo lógico, lo aceptado. Lo lógico en primer lugar habría sido reír, bromear o hasta cambiar de tema. Pero solo respondió, en lo que a ella le pareció una eternidad. Reiko vio de reojo su reloj de mano, 16:39… 16:40. Cruzó las manos con delicadeza, ocultándolo bajo la manga de su blusa.
—¿De casualidad tiene usted la hora?
Kira la miró, otra vez, neutral. No usó el reloj fino que claramente traía en la muñeca y aún así contestó sin titubeo alguno.
—4:40 — declaró como sentencia.
—Para responder de esa manera tendría que haber estado contando los segundos, —pensó Reiko, y cualquier dejo de inquietud se perdió. Con todo y que lo hubiera dicho en el formato común, que para ella, acostumbrada a la precisión de las 24 horas, siempre le sonaba un poco extraño. En ese segundo, volvió a sentir como si él hubiera doblado el tiempo a su manera. No era coincidencia, ya tenía una respuesta. Y esa era la satisfacción para Reiko Mabuchi: comprender. En ese instante, el mundo pareció haberse ajustado a esa voz neutral.
El hombre extendió la mano, levantó un folleto y fingió examinarlo. En el cristal impoluto de las gafas de la mujer se delataron tres relojes: un reloj en la pared, otro en la parte baja del mostrador y ahora que procesaba su nuevo préstamo, notó el que llevaba en la muñeca: Circular, correa delgada de cuero robusto, sencillo. Los había contado todos. Funcionales. Las manecillas lo señalaron. Demasiados ojos sobre él, dos para ser exactos, suficientes. Había algo en la manera en la que hablaba esa mujer, que le parecía irritante. Hablaba como si supiera cosas, como una persona observadora. No le gustaba. No le gustaba en absoluto.
Bajó la vista para evaluarla físicamente. Casi en sus treintas, débil, delgada, estudiante de posgrado seguramente, de cabello castaño y rostro común. Sería fácil, como siempre lo era con Killer Queen: detectar, corregir, eliminar.
Pero algo lo detuvo. El silencio. Ella había callado en seco, como si una regla invisible le prohibiera insistir. Una pregunta, un comentario nada más, nunca dos. No había ruido de fondo, no hubo el coqueteo o el nerviosismo que solía producir en las mujeres cuando estaba demasiado cerca. Tampoco titubeó aunque él deliberadamente se haya tomado el tiempo para contestar.
Y también estaban esas manos. Sobre el mostrador, entregando los libros: demasiado limpias, demasiado cuidadas, dedos delgados y ágiles, uñas que pasaron por una lima, redondeadas y firmes, brillando bajo la lámpara con un orden que no coincidía con la vida austera de una bibliotecaria. Eso era una excelente manicura, hecha de manera milimétrica.
La pregunta hizo eco en su mente “¿De casualidad no tendrá usted la hora?”. No detectó alguna inflexión acusatoria en su tono. Y no era curiosidad lo que había visto en sus ojos, sino compulsión. No pudo detenerse para preguntar y a la vez se contuvo, en ese vaivén sintió familiaridad. No le pareció un caos que debía extirparse, sino un reflejo que podía moldearse.
—¿Cuál es su nombre? —La pregunta no tenía un tono de petición, sino más bien de comando.
—Mi nombre es Mabuchi Reiko —contestó viéndolo directo a los ojos, con la voz firme extendiendo sus libros, con la credencial arriba. Todo volteando hacia él. Otro acierto.
—Un gusto conocerla —no había un ápice de calidez en su voz o en su mirada, pero un ojo no entrenado no lo notaría. Quizá si la bibliotecaria no estuviese navegando en la satisfacción de un descubrimiento, lo habría visto. Para Kira no tenía nada de raro decir cosas así, el secreto de contar una buena mentira, está en que esta contenga siempre un poco de verdad.
Y es que muy pocas cosas hacían emocionar realmente a Reiko, una de ellas era entender a los demás.
—Kira Yoshikage, —murmuró repitiendo el nombre en la credencial, tenía cierta musicalidad, cadencia. El hombre que llegaba a la misma hora cada martes con un propósito. Las personas con propósito le parecían admirables de por sí, ahora aquellos que parecían tener las cosas tan claras y resueltas podían resultarle fascinantes. —El gusto es mío.
Hubiera podido ser un día como cualquier otro, para Yoshikage Kira y también para Reiko Mabuchi. Pero no lo fue. Así, sin que nadie lo supiera ya estaban destinados a volver a verse.
