Chapter Text
Al entrar, sus amigos le dieron un pequeño empujón para animarle y él se obligó a sonreír un poco. Bueno, no eran sus amigos, más sus compañeros de trabajo. Recién adquiridos, como un mes o así. Pero los más jóvenes le habían obligado a salir con ellos. “Obligado” es una palabra muy fuerte. Cithrios habría dicho “sugerido con entusiasmo”, que era similar. Pero no había dicho que no. Porque era un tío (o zorro, mejor dicho), de las gentes, así que aceptó ir a aquel club o discoteca. No estaba seguro. Pero había mucha gente, aún más colores y música aún más alta.
La estética del lugar era muy típica de la Grecia antigua, con sus columnas corintias extremadamente decoradas y cortinas que daban cierta intimidad a las zonas en las que la gente podía sentarse. Se preguntó si dentro de cada espacio habría gente vestida con la típica ropa griega, pero sus preguntas fueron respondidas en seguida cuando el grupo se cruzó con un camarero. El chico llevaba un estrofión, cayó en la cuenta Cithrios, unas prendas que dejaban al descubierto sus hombros y parte del pecho. Esperaba que las camareras pudieran llevar alguna prenda debajo para cubrirse, a veces había un límite en la veracidad de un cosplay. Especialmente en un ambiente como aquel en el que la gente no tendía a mantener las manos quietas. Cithrios, de todas formas, se dio palmaditas mentales en la espalda al poder citar el nombre de la prenda en su cabeza. Aunque no era como si nadie le fuera a preguntar. Nadie sabía de su afición por la historia antigua. O la historia en general. Nadie en el trabajo le había preguntado. Y todos estaban muy ocupados buscando sitio y algo de beber. Así que siguió al grupo hasta sentarse en uno de los pocos espacios que quedaban libres. Un reservado, decían. Tenían que darse un capricho.
Cithrios no solía darse muchos caprichos. Hacía el mismo camino al trabajo todos los días, y siempre trabajaba de ocho a cuatro. Le ayudaba a mantener su rutina. Su casera estaba encantada con él, de hecho. No hacía mucho ruido. No llevaba chicas a casa, no hacía fiestas, no era ruidoso y pagaba siempre a tiempo. Y, a pesar de que su trabajo no le entusiasmaba especialmente, trabajaba de forma muy diligente.
—Cithrios, ¿qué quieres beber?— la voz de uno de sus compañeros le sacó de sus pensamientos.
—Oh, iré a pedir todo yo mismo.
Sus compañeros se quedaron en silencio, y Atlas a su lado señaló a la figura que esperaba junto a la mesa que habían elegido para sentarse. Parecía que tenían un gran servicio.
La figura junto a la mesa era femenina. Llevaba otro de los estrofiones, y de entre la tela asomaba una pieza que sostenía su pecho. Pero Cithrios estaba intrigado por la máscara sobre el rostro de la camarera. Era un conejo, o más bien una liebre, más alargada que un conejo, que le daba un aspecto más estilizado a todo su rostro que era imposible de adivinar. Sus ojos tampoco se adivinaban bajo la máscara y su cabello estaba semirecogido que acentuaba lo poco que se notaba de su rostro, que era absolutamente nada. Pero, en su mente, esa fue su justificación para recorrer con la mirada la forma de la persona frente a él. La tela resaltaba la forma de sus caderas, algo abierta en la zona del muslo, que se abría hasta mostrar una pierna firme y tonificada, su piel levemente tostada por el sol, probablemente. Cithrios devolvió la mirada al rostro cubierto de la camarera, que tenía la mano lista con un bolígrafo sobre un cuaderno. Pero Cithrios solo podía mirar el cinturón de cuentas plateadas que colgaba de su cintura, y solo pudo tragar saliva. Hacía bastante tiempo que no conocía chicas fuera del trabajo, y la que tenía delante era exactamente lo que Cithrios definiría como su tipo. Pero sabía exactamente que era lo que el club buscaba de él, ¿no? Gente irresistible que trabajara para ellos, para que así quisieran ir más a menudo a consumir al local. Pero tampoco era tan horrible fijarse, ¿no? Estaba trabajando allí de forma voluntaria.
—Oh. ahm.— se aclaró la garganta cuando Atlas le dio un toque con el pie bajo la mesa.— Una cerveza. Con limón.— hizo una leve pausa, armándose de valor.— ¿Y tu número?
Apoyó los brazos en la mesa, mostrando su mejor sonrisa para ocultar la vergüenza que le había dado haberse quedado mirándola fijamente. Iba a parecer un pervertido, o algo así. Para esas cosas salía de casa, para verse como un pervertido delante de sus compañeros de trabajo e incomodar a una chica que solo hacía su trabajo. De hecho ella no dijo nada, simplemente se limitó a apuntar el pedido. Pero para sorpresa de Cithrios, apoyó las manos en la mesa, sus dedos alargados llenos de anillos plateados, bajo la máscara parecía estar mirándole directamente.
—¿Algo más?— se guardó la libreta en una pequeña bolsita en su cinturón.— Muy bien.
Y se alejó sin decir una palabra más. Cithrios se desinfló durante un momento. Pero tampoco podía culparla, se veía agotado y hecho polvo por completo, así que tampoco era un problema para él. Y estaba trabajando, así que lógicamente no quería (o podía) seguir una conversación así.
—Ahh, así que te ha gustado la camarera.— comentó Zion a su lado, con el brazo apoyado en el respaldo del sofá.— Y eso que no querías venir, ¿eh?
Cithrios se encogió de hombros y siguió con la mirada la dirección en la que se había ido la joven. No tenía la costumbre de fijarse en chicas y menos en las desconocidas. Pero había algo en esta desconocida, quizá era el agotamiento mental después de meses de trabajo sin descanso que le estaban llevando a interesarse por la primera chica guapa que le dirigió una sola palabra. Pero qué podía hacer si era exactamente su tipo, con su figura que se adivinaba bajo el vestido, ese cabello grisáceo que estaba semi recogido en una coleta alta y su aura de misterio. Cithrios no era el mayor fan de los misterios, pero el que se había alejado unos minutos antes le parecía algo digno de investigar. No podía creerse donde se había metido, pero podía aprovechar ahora que estaba allí. Hacía unos cuantos años que no salía de casa de esa forma, y menos aún buscando a alguien. Bueno, nunca había buscado activamente.
—Ahh, ¿así que te da miedo?— sonrió otro de sus compañeros de trabajo al otro lado de Atlas. No podía decir que recordara bien el nombre. ¿Leo? ¿Lucas? ¿Leandro?
—¿Miedo? No. No tengo miedo.— Cithrios se sentó recto en su sitio, mirando atentamente en la dirección en la que la joven se había ido.
—Bueno, entonces no tendrás problema en acercarte y ligar con ella, ¿no?— la sonrisa en los labios de su compañero se ensanchó. Ninguno de ellos era el más hábil en el tema de ligar, eran una parodia con patas del tema recurrente de los frikis de turno. ¿Leroy?
Mientras no fuera demasiado como aquella serie sobre ciertos frikis con aires de grandeza, entonces todo estaría bien.
—Espera. ¿Un reto?— Cithrios alzó las cejas, aunque no se oponía a intentarlo en absoluto.
—Hm. ¿O es que no te atreves?— Zion a su lado sonrió, y Cithrios se puso en pie de inmediato.
—Observad y aprender.— el vastaya sonrió levantando las cejas, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Oh, por favor. Muéstranos cómo se hace.— el otro chico, del que cuyo nombre no recordaba, (heh) le animó. Definitivamente Leroy.
Así que Cithrios, listo para demostrar de lo que era capaz, se acercó a la barra y se apoyó en esta, sonriendo a la camarera cuando hicieron contacto visual. Ella levantó las cejas al verle acercarse, pero no dijo nada, así que Cithrios se inclinó hacia delante, dibujando una sonrisa con los labios.
—Buenas piernas.— señaló con el mentón las piernas de la camarera, hablando lo suficientemente alto para que se le escuchara sobre la música.— ¿A qué hora abren?
La camarera se detuvo durante un momento, sus manos congeladas a medio camino de tomar una botella de debajo de la barra. Cithrios esperó en silencio, pero ella pareció bufar, por la forma en la que su flequillo se movió con el aire que pareció expulsar. La camarera no dijo nada pero rodó los ojos y dejó las bebidas que había preparado en una bandeja para salir de detrás de la barra. Pasó junto a Cithrios sin dirigirle una sola mirada y se acercó a la mesa para dejar las bebidas que habían pedido sus compañeros de trabajo.
Cithrios frunció levemente el ceño y suspiró. Ninguna reacción. Nada. Cero. Aunque era cierto que era posible que no estuviera impresionada para nada con una frase como aquella. Y menos aún de alguien con un aspecto como el suyo. Nada más salir del trabajo, con aspecto de cansado y la peor frase para ligar de la historia. Probablemente. Parecía tan poco impresionada que Cithrios se preguntó si realmente era algo recurrente. Que los clientes intentaran ligar con ella. Pero la respuesta era obvia. La camarera era una chica joven y guapa (probablemente), con una máscara de conejo y un vestido (estrofión) que resaltaba su forma. Obviamente la gente intentaba ligar con ella y Cithrios era otro más. Así que era una molestia más que nada para ella, que estaba haciendo su trabajo.
Cithrios se pasó la mano por el rostro, resignado, y volvió a la mesa para sentarse, dejándose caer en su sitio con Atlas dándole unas palmaditas en la espalda.
—Buen trabajo, Romeo.— Leroy rió un poco, llevándose la copa a los labios para beber.— Nos has demostrado perfectamente como no ligar.
—Ya veo que está encantada con tus habilidades— observó Zion, siguiendo sus movimientos con la mirada, mientras Cithrios bebía de su propio vaso.
—Hm.— Cithrios hizo un sonido, hundiéndose en el sitio sin querer añadir nada más después del desastre que había sido su mediocre intento de ligar.
—Vamos, vamos. Ya lo conseguirás otro día. Hay muchas más oportunidades.— añadió Phylip, que de lo poco que sabía Cithrios de él, era una persona bastante razonable.
Pero Cithrios no estaba tan seguro. No quería volver a intentarlo e incomodar a la chica solo por el comentario que había hecho. Y la próxima vez ella no querría ni verle, después de todo.
Por lo tanto, el resto de la noche fue lo menos fructífero del mundo. Sus compañeros de trabajo estaban hablando de sus respectivas vidas (igual que él, todos tenían un apartamento vacío al que volver). Así que al final de la noche, sobre las dos y media de la mañana, Cithrios se puso de camino a casa junto con Ryo a su lado. Ryo era su compañero de oficina, y era probablemente el tío que menos pegaba con ellos. Era un chico guapo, Cithrios tenía que reconocerlo, de brazos trabajados y pelo oscuro. Cithrios estaba seguro de que la gente a su alrededor le veía como el típico chico malo de las películas: el motorista con pendientes y una sonrisa que se ganaba todos los corazones sin piedad. A Cithrios le gustaba Ryo. Como persona, no como. Bueno. Eso. A Cithrios no le convencían los hombres.
Y a pesar de que Ryo siempre parecía tener visita de alguna de las chicas de algún otro departamento, (especialmente de Diana, una de las chicas del departamento de diseño y arte) Cithrios reconocía que Ryo era un buen compañero. No invadía su espacio y no intentaba forzar una conversación cuando le veía desanimado. Ryo también necesitaba su espacio y era bueno conversando. Le había contado a Cithrios que este era su segundo trabajo, por la mañana era profesor. O algo así.
—Así que no te ha ido bien con la camarera, ¿hm?— el chico le preguntó cuando estaban a medio camino, ya lejos del club.— Parecía que estabas bastante confiado. ¿Qué le has dicho?
Cithrios suspiró, pasándose las manos por el rostro con un pequeño sonido ahogado, suspirando pesaroso. No estaba seguro de querer repetir lo que había pasado un rato antes, si era sincero.
—Ah… Algo sobre sus piernas y a que hora abrían.— el bufido de risa de Ryo le hizo sonreír sin siquiera poder evitarlo.— Patético, lo sé.
—Hm.— Ryo hizo un sonido, y Cithrios estaba seguro de que se estaba conteniendo de decir algo más. Algo como que a él le habría funcionado.— Estaba haciendo su trabajo. A ti tampoco te habría gustado que alguien te dijera algo así mientras trabajas.
Cithrios levantó las cejas, claramente impresionado de que Romeo Santos, el donjuán, el rompecorazones, de la oficina, estuviera defendiendo a la chica. No defendiendo, pero poniéndose en su lugar. Ryo, el tío más famoso de la oficina por siempre estar alrededor de alguien de cualquier género que no fuera el suyo, poniéndose en el lugar de una desconocida.
—Me he dejado llevar.— fue lo único que se le ocurrió decir a Cithrios, con una mano en la nuca.
—Es posible que necesites una opinión más profesional.— sugirió Ryo, con las manos en los bolsillos del pantalón, con una pose tan relajada que Cithrios se preguntaba si habría algo en el universo entero que pudiera preocuparle. Cuando Cithrios se quedó en silencio, literalmente esperando lo que diría el otro.— Yo no soy un profesional, ¿por qué me miras así?
—¿Se supone que eres un profesional con las mujeres?— Cithrios se detuvo, pero Ryo se encogió de hombros.
—¿Qué te parece si te ofrezco la opinión de que no deberías decirle a una desconocida que abra las piernas?— Ryo frunció el ceño, cruzando los brazos sobre el pecho. Siempre llevaba una camisa unas tallas más pequeñas y Cithrios se preguntó entonces de donde venía todo eso de las mujeres en la oficina estando a su alrededor.— Cithrios, no soy ningún experto, pero creo que veo como una desconocida no le gustaría escuchar algo así. Aunque es posible que lo escuche a menudo, visto su trabajo.
Cithrios se detuvo un momento, finalmente cayendo en la cuenta de que Ryo se había detenido frente a la puerta de su portal y el mayor le hizo un gesto con el mentón hacia la puerta.
—Piensa en ello. Nos veremos mañana.— y sin esperar a que Cithrios dijera algo más, se alejó de camino a su propia casa.
Así que no tuvo más remedio que subir a casa, resignado con su propio destino de ser un poco perdedor. Dentro del ascensor, se apoyó en la pared y finalmente fue consciente de como le pesaban los párpados. Estaba agotado, todo lo que había pasado a lo largo del día le alcanzó como un tsunami golpeando la costa. Se pasó las manos por el rostro, usando los dedos para pellizcarse el puente de la nariz. El brillo de la incandescente del ascensor le estaba provocando un dolor de cabeza que definitivamente iba a sentir mañana. De modo que en cuanto entró en casa, un apartamento moderno y amplio, dejó caer las orejas hacia atrás, sin energía siquiera para mantenerlas erguidas. Los últimos días había estado muchísimo más cargado que de costumbre, y el equipo estaba trabajando a un ritmo perfecto. Lo que le tenía estresado era el hecho de llegar a casa para irse directo a dormir y repetir la misma rutina todos los días. Cithrios sabía que necesitaba algo más, pero no estaba aún seguro de qué era ese algo. Con un suspiro de resignación, arrastró los pies a la cocina para prepararse un vaso de agua bajo la tenue luz de la lámpara de su estractor y se tomó una pastilla para su dolor de cabeza. No le llevó mucho tiempo más tomar una ducha y dejar colgada su ropa de oficina sobre la silla. Y, con un último suspiro, se metió a dormir, pidiendo a los dioses que le dieran una noche sin sueños.
En su lugar, se pasó un largo rato dando vueltas de un lado al otro sobre su cama, sin encontrar la posición y sin poder dejar de pensar en lo ocurrido esa noche. Era extraño, escuchar a Ryo diciendo algo así teniendo en cuenta que parecía que le gustaban más las mujeres que a nadie. Parecía incluso decepcionado en que usara frases así, y tenía razón en estarlo. Al fin y al cabo no había sido mejor que las demás personas que se habían interesado en la camarera. Se había acercado, le había hecho un comentario fuera de lugar que había interrumpido su trabajo, ella le había ignorado y él se alejó con la cola entre las piernas para contárselo a su grupo. Obviamente le había mirado de aquella manera, con sus ojos grises fríos y cortantes, era uno más en una larga lista de personas que se habían acercado a molestarla. Solo estaba haciendo su trabajo y allí había ido él, a interrumpir su trabajo. No solo eso, parecía desesperado y un pervertido cualquiera. Y, aunque no conocía a la camarera, sabía que no merecía que la hablaran así. Ni a ella ni a nadie, por supuesto. Pero tenía que admitir que había algo en ella que le había captivado, no sabía si era el misterio de no ver sus facciones o que era indudablemente su tipo, con la forma en la que se adivinaba con su vestido, pero definitivamente había algo en ella que le atraía. Quizá realmente si que quería ser algo distinto, algo que no fuera el típico tío para ella. No quería ser uno más, había algo, algo en ella que hacía que quisiera perderse totalmente. Y era extraño de pensar, pero parte de él quería perderse en ella y dejar que le llevara a donde quisiera. Se preguntaba, de hecho, donde le llevaría si la dejara, si fuera algo más que otro tío. ¿Le llevaría a bailar? ¿O quizá era como esos clubes en los que si vas por tu cuenta las camareras se sientan en tu regazo?
Cithrios se dio la vuelta en la cama, todos esos pensamientos parecían de pervertido. Y él no lo era, solo estaba intrigado por la misteriosa desconocida. Y él era un zorro curioso, nada más ni nada menos, quería saber más. Se sentía atraído hacia ella de la misma forma que una polilla se ve atraída hacia la luz. Y si tenía que quemarse para saber más, entonces Cithrios no estaba seguro de que odiara la idea del fuego. Lo que si que tenía claro era que tenía que disculparse, decirle que no era su intención incomodarla y mucho menos molestarla mientras hacía su trabajo. Ante todo, Cithrios quería que la camarera no se hiciera una idea equivocada de él. Aunque no se conocieran, prefería dejar una buena imagen en ella: y más aún si tenía la intención de intentar tener algo con ella. No quería que pensara que era un imbécil. Así que así lo decidió: se disculparía con ella la próxima vez que fuera al bar. Y no una excusa barata, si no una disculpa honesta y real. Le contaría la verdad y ella al menos escucharía la historia completa.
A la mañana siguiente entró al trabajo con la energía de siempre, a pesar del agotamiento de la noche anterior. Especialmente después de dar una vuelta a un lado y otro de su cama, pensando en la misteriosa desconocida y arrepintiéndose de sus acciones. Y el bajo de los ruidos del club todavía resonaba en su cabeza, así que Cithrios entró en el trabajo con un café en la mano, de la máquina de abajo. Ryo apenas levantó la mirada de su ordenador al hablar:
—Que raro que no estés hecho un asco.— la voz de Ryo no cambió en absoluto cuando habló, ninguna inflexión, ninguna ironía. Puros hechos y ninguna opinión.
—Buenos días, Ryo.— saludó Cithrios, sentándose a su mesa para trabajar, obligándose a tomar el café de la máquina. Que sabía a tierra, pero que le iba a hacer.— He dormido bastante bien así que no puedo quejarme en absoluto, de hecho.
—Hm, bien.— respondió Ryo, y no volvieron a decir nada en toda la mañana.
Lo cierto es que los dos trabajaban muy bien en silencio, y Cithrios estaba bastante orgulloso de tener su espacio ordenado. Aunque a menudo perdía sus cosas por su zona de trabajo, le solía pasar con los bolígrafos o sus notas, o cualquier cosa del estilo. Había intentado de todo, meterlos en un cajón, dejarlos en una caja, atarlos con una goma, pero no había habido forma. Así que mantenía todo a la vista en la medida de lo posible para poder tenerlo cerca y así no perdía nada. Al menos tan a menudo. Estaba cansado de dar viajes a coger bolígrafos y artículos de oficina al armario. Iban a empezar a pensar que estaba robando, y no era una buena imagen de un zorro vastaya.
De hecho estaba bastante seguro de que, a pesar de que su currículo era impecable, la empresa le había contratado porque buscaban a un no-humano para cumplir la cuota. Además, sabía que tenía suerte de que le contrataran aún siendo un vastaya zorro, puesto que ya tenían muy mala reputación generalmente. No le gustaba para nada la idea de tener que mendigar por un trabajo decente, teniendo en cuenta su currículo, pero así eran las cosas y es la vida que le tocaba vivir. Así que todos los días daba las gracias por haber sido aceptado en un trabajo que pagaba de forma decente y le trataba como a una persona. Haberse mudado a otra cuidad le había venido muy bien, el cambio era más que bienvenido: el invierno era mucho más frío pero sabía que el verano sería mucho más gentil.
A mediodía se levantó de su asiento para ir a comer algo, y, cuando volvió a su sitio, encontró la imagen de siempre. Diana, del departamento artístico, sentada sobre el escritorio de Ryo, hablando animada con el chico mientras comían. Diana era una chica linda, del tipo que siempre viste con colores y cada cierto tiempo llega con un cuaderno lleno de dibujos en la mano. Su piel era de un tono bronceado, como si el sol le siguiera allá donde iba, y su cabello blanco azulado, esponjoso y rizado como una nube. La primera vez que se vieron, Diana le explicó que era porque su padre era un espíritu de nube, y le sonrió hasta que sus ojos parecieron desaparecer tras sus pómulos. Objetivamente hablando, Diana era muy linda. Y siempre, siempre tenía algo que decir, una causa que defender, o una opinión que dar. Era completamente contraria a Ryo, por lo que le seguía sorprendiendo que estuvieran juntos. Pero era lo que muchos decían: los opuestos se atraen y todo eso.
—¡Cithrios!— le sonrió Diana, sin bajar de la mesa de Ryo.— ¿Qué tal te fue en el club anoche? Ryo me ha contado que hablaste con una chica.
—Hola, Diana.— Cithrios se descubrió a sí mismo sonriendole de vuelta.— Intenté con la camarera, pero no hubo suerte. Al parecer no se me da tan bien como recordaba.— Cithrios se rió de sí mismo.— Debo haber perdido la práctica.
—Hmm, bueno, Ryo me ha contado lo que le dijiste.— asintió Diana, bajando de la mesa con expresión pensativa, llevando las manos a los hombros de Ryo.— Y creo que puedo entender por qué te rechazó.
Cithrios abrió la boca para hablar, listo para expresar su opinión pero Diana sacudió las manos y se acercó a toda prisa desde la papelera donde había ido a tirar una servilleta.
—Lo que quiero decir, es que ninguna chica quiere que le pidan que abra las piernas mientras trabaja.— y cuando Cithrios fue a hablar de nuevo, Diana levantó un dedo.— Sé que lo sabes, pero. Me veo en la obligación moral de aconsejarte.
—Diana.— Cithrios alzó las palmas de las manos también, pidiendo tiempo.— He estado reflexionando yo solito en mi rincón de pensar entre mis orejas y no tienes que preocuparte, ¿vale? Ya sé lo que voy a hacer: voy a disculparme con ella.
—Oh.— la joven se detuvo por completo, y sonrió un poco más, mirándole desde abajo: era una chica pequeñita y comparada con Cithrios era bastante más pequeñita aún.— ¿Ves, Ryo? No hacía falta que te preocuparas por nada, Cithrios es una persona resolutiva. Muy bien, Cithrios. Muy buen plan, de hecho.
El vastaya asintió y, sin perder la sonrisa, se apoyó en su propia mesa, sabiendo que claramente Diana tenía bastante más que decir de lo que parecía a simple vista.
—Asegúrate de que sea sencillo, ¿sí? Quiero decir, no te andes por las ramas demasiado y tampoco seas demasiado escueto. O sea, tampoco la interrumpas mientras está trabajando, por supuesto, pero tienes que ser sincero ante todo y hacerle ver que no querías ofenderla y que-
Y desde ahí se convirtió en un monólogo por parte de la joven, que empezó a darle consejo tras consejo, y Cithrios realmente lo agradecía, pero sabía que lo mejor que podía hacer era ser él mismo y ser sincero. Decirle la verdad, y mostrar lo arrepentido que estaba.
Así que cuando Diana se despidió de Ryo y le deseó suerte a Cithrios, el vastaya volvió a su trabajo. La tarde pasó sin ningún tipo de incidencia, más allá de Diana pasándose con su compañera de mesa, Arya, para ofrecerles unas pastas y despedirse, recordándoles que tuvieran cuidado esa noche y dándole ánimos a Cithrios. Arya, por su parte, les mostró imágenes de la gata de su prometido a petición de Diana, una calicó de pelo largo. Y, después de varias fotos e incluso el feed en vivo de la gata en casa a través de una aplicación del móvil (con el prometido de Arya dándose un paseo tarareando por el salón), les dejaron solos la media hora que les quedaba antes del fin de su turno.
Cuando terminó de hacer sus tareas, Cithrios parpadeó un par de veces al mirar la pantalla del ordenador. No tenía nada más que hacer por el resto de la semana, podía irse a casa y descansar. Pensar en sus cosas. Pensar en disculparse, pensar en la camarera de Persona. Pensar y pensar. Y solo pensar en pensar le quitaba las ganas de tener su merecido fin de semana. Pensar en pensar era agotador. Y pensar solo le iba a traer más problemas. Pero obviamente debía irse, no podía quedarse en el trabajo todo el fin de semana. Podía avanzar cosas de la semana siguiente en casa, desde su portátil. Era una buena opción, una posibilidad. Así no pensaría en ella. Lo cual era buena idea. Siendo objetivo, avanzaría en el trabajo, y no tendría que pensar en su disculpa por ahora.
—¿Cithrios?— la voz de Ryo interrumpió sus pensamientos, y el vastaya parpadeó al volver en sí mismo, la pantalla seguía encendida y le picaban los ojos de mirarla sin descanso. Se frotó los ojos con un suspiro, respirando hondo.
—¿Has dicho algo?— Cithrios habló lo mejor que pudo para que no se notara lo cansado que estaba y se aseguró de apagar el ordenador antes de ponerse en pie, consciente de la mirada de Ryo pesando sobre él.
—Preguntaba si has terminado.— ah, Ryo ya se había puesto el abrigo y estaba listo para irse, con las manos en los bolsillos.
—Oh, sí.— Cithrios se puso en pie, poniéndose su propio abrigo para recoger su móvil y llaves de su cajón.— Ya me voy también, de hecho.
Ryo asintió, y los dos subieron al ascensor para bajar a la calle. Se mantuvieron en silencio por el camino hasta la puerta, donde se detuvieron, con Ryo con las manos en los bolsillos.
—Nos vemos el lunes, entonces.— Ryo inclinó la cabeza, enterrando las manos más profundo en sus bolsillos.— Buen fin de semana.
—Buen fin de semana.— Cithrios inclinó la cabeza de vuelta y eso fue todo.
Cada uno se alejó en una dirección, y Cithrios se quedó una vez más solo con sus pensamientos. Para variar. Tenía que descansar un poco, Ryo tenía razón, necesitaba dormir y descansar. La fiesta de la noche anterior le había dejado agotado y apenas había podido dormir así que en cuanto llegó a casa tomó una ducha caliente y se puso su ropa cómoda. Se hizo una cena sencilla pero saludable en el silencio de su piso y se fue a dormir pronto.
El fin de semana pasó sin ninguna novedad, aunque tuvo mucho tiempo para pensar en el silencio de su casa. Así que salió a hacer la compra para tomar el aire y tomar un momento, y así sacar de su mente a la camarera. Pero no había manera, seguía ahí cada vez que parpadeaba, cada vez que veía unas orejas de fae entre la gente, no podía evitar llevar la mirada en su dirección, esperando encontrar un cabello gris. Pero siempre acababa decepcionado, y resultaba ser otra persona muy distinta. Quizá debía darse por vencido de verla fuera de Persona y aceptar que debía disculparse con ella dentro del club.
Pero si tenía que hacerlo, que así fuera.
