Chapter Text
Bastard München — Vestuario principal.
—¡Oye, Ness! —saltó Raichi desde su banco, con voz fuerte y esa sonrisa que solo anticipa alguna locura de las suyas.
Ness se giró a medias, recogiendo sus cosas y con el pelo recién lavado, pegado a la frente.
—¿Qué pasa?
Raichi ya estaba de pie, con los brazos abiertos como si fuera a contar una revelación mística.
—¿Es verdad eso que le dijiste a Isagi? —preguntó con tono burlón—. ¿Que nunca has besado a nadie?
Silencio.
Ness se congeló en el acto. Isagi, dos taquillas más allá, se giró con cara de “yo no he dicho nada, lo juro”. Se escucharon varias carcajadas. Gagamaru que estaba distraído, se detuvo en seco, con una toalla colgando del cuello. Hasta Kunigami alzó las cejas con curiosidad.
—¿Cómo…? —balbuceó Ness—. ¿Tú qué…? ¡Estabas en la otra punta del pasillo!
—Las paredes del vestuario son de papel, campeón —respondió Raichi, encantado de sí mismo—. Y tú hablas muy bajo para soltar semejantes bombazos —ironizó.
Ness se cubrió la cara con ambas manos.
—Joder…
—¿Es verdad o no? —insistió Raichi, ya con el equipo entero pendiente—. ¿Nunca, nunca? ¿Ni un pico?
—¡Déjalo ya! —saltó Ness, rojo hasta las orejas, sin levantar la vista.
Hiori no pudo evitar mostrar una diminuta sonrisa divertido.
—Esto es mejor que cualquier resumen de partido. Venga, Ness, cuéntanos. ¿Lo tienes en la lista de pendientes o es un voto de castidad? —siguió hablando Raichi, ahora más que entretenido, provocador.
—No es nada —murmuró Ness, hundiendo ahora su cara en su toalla.
—Yo digo que lo solucionamos fácil —intervino Yukimiya, apareciendo de la nada—. Que alguien le enseñe. Práctica uno a uno. Didáctico.
—¿Lo dices porque quieres ser uno de los voluntarios? —soltó Raichi sin pensarlo.
Varios se echaron a reír. Menos Ness, que quería evaporarse.
Kaiser, hasta entonces aparentemente ajeno a la escena, seguía serio. Dejó el móvil en su taquilla con un golpe seco.
—¿Qué coño estáis montando ahora? —preguntó sin mirar a nadie en concreto.
—Raichi dice que Ness nunca ha besado a nadie —habló en alto Hiori en su tono suave y calmado , como si fuese necesario remarcarlo.
Kaiser giró la cabeza hacia Ness. Lo miró de arriba abajo. Luego habló, seco.
—¿Y por qué cojones se lo contaste a Isagi?
Ness tragó saliva, incapaz de sostenerle la mirada.
—No lo sé. Estaba… hablando. Fue sin pensar.
Kaiser resopló.
—Idiota.
Se giró de nuevo hacia su taquilla como si fuera a dejar el tema ahí… pero no lo hizo.
—¿Y qué? —añadió, sin mirarle—. ¿Te preocupa no saber cómo se hace? ¿O es que no quieres cagarla cuando llegue el momento?
Ness no respondió. Tenía las manos apoyadas en las rodillas, la cabeza gacha, la cara ardiendo. Se sentía como si lo hubiesen desnudado en mitad del campo, con todo el estadio mirándole.
Kaiser cerró su taquilla de un portazo.
—Tío, ya que lo dices así… —intervino Raichi, sin poder contenerse—. ¿Por qué no le echas una mano tú?
Kaiser giró la cabeza muy despacio, como si le prestarle atención le estuviera quitando años de vida.
—¿Te metes porque te aburres o porque te gustaría vernos morreándonos? —preguntó, sin cambiar el tono de voz.
Raichi se echó a reír.
—¡No jodas! ¡¿Y tú, Isagi?! ¿No vas a decir nada?
De golpe, todas las miradas se giraron hacia Isagi, que acababa de cerrar su taquilla con aire de “esto no va conmigo”.
—¿Yo qué? —preguntó, alzando una ceja.
—Tú lo sabías —dijo Raichi, señalándole como si estuviera en un juicio—. Ness te lo dijo primero. ¡El mundo merece saber si le diste algún consejo decente!
Isagi se encogió de hombros y se quedó callado.
—Lo que hablamos entre él y yo, se queda entre nosotros —contestó Isagi con calma, sin perder la compostura.
Raichi resopló, cruzándose de brazos.
—Tío, qué soso eres. Así no hay quien se divierta.
—Menuda manera de divertirse —añadió Isagi al aire sin mirar a nadie.
Kurona se le quedó mirando.
Ness apretó otra vez la toalla contra su cara, deseando que lo tragara la tierra. Su voz salió ahogada, apenas un murmullo.
—¿Podéis dejarlo ya?
—No empezamos nosotros,—dijo Raichi con una sonrisilla culpable—. Fuiste tú el que fue por ahí confesando cosas tan íntimas.
Kaiser, que aún no se había ido, volvió a intervenir sin levantar la voz.
—Se os da de puta madre hablar de la vida privada de los demás. Igual si jugarais con la mitad de esa energía, tendríais más minutos en el campo.
La frase cayó como un cubo de agua fría. Varios apartaron la mirada. Yukimiya se limitó a alzar una ceja, como si no se diera por aludido.
Kaiser chasqueó la lengua y se fijó detenidamente hacia Ness.
—Tú. Te espero fuera.
Y sin más, se marchó.
Por un momento, nadie dijo nada. Solo se oía el agua goteando desde alguna ducha mal cerrada y el rumor de algunos pasos en el suelo. Ness sentía los ojos de todos clavados en su figura.
—¡Esto va a dar para más cotilleos! —murmuró Raichi, aún con media sonrisa.
Ness no contestó. Salió casi disparado sin fijarse en nadie. Caminó fugaz hacia la puerta como si le estuvieran persiguiendo.
Al salir, el aire del pasillo le pareció más frío. O tal vez era su cabeza, que no sabía si quería esconderse o simplemente teletransportarse.
Kaiser estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, el pelo aún húmedo, la expresión neutra. Como si a Ness, no acabaran de dejarlo en evidencia delante de todo el equipo. Como si no hubiera pasado absolutamente nada.
—¿Y bien? —preguntó sin moverse cuando Ness estuvo lo suficientemente cerca —. ¿Por qué se lo contaste?
Ness se encogió de hombros, sin poder sostenerle la mirada.
—No lo sé. Isagi... me escuchó. Y yo… supongo que quería contarlo. A alguien.
Kaiser suspiró. No con exasperación. Más bien como si le costara entender por qué todo esto le importaba.
—Tienes que aprender a callarte. Sobre todo con esa cara.
—¿Qué pasa con mi cara? —preguntó Ness, confundido, alzando la vista.
Kaiser se separó de la pared, emprendiendo el paso.
—Que se te nota todo. En los ojos, en la boca, en la forma en que tragas saliva cuando alguien te mira más de dos segundos. No sabes mentir.
Ness apartó la mirada, mordiendo el interior de su mejilla. Sentía que se le encogía el pecho.
—Lo siento.
—No te disculpes. No es eso lo que me molesta.
Caminaban uno al lado del otro. No se tocaban pero la distancia era mínima. Ness podía oler el champú que había usado Kaiser. Ness le miró de reojó y observó como algunas gotas de agua le resbalaban hasta el cuello, desapareciendo bajo su camiseta. Pudo escuchar el leve crujido de los nudillos de Kaiser al tensar los dedos.
—Entonces… ¿qué es lo que te molesta?
Kaiser lo miró durante un largo segundo. Luego bajó un poco la voz, como si no quisiera que nadie más escuchara.
—Que fueses a Isagi, y no a mí.
Ness sintió como se le detenía el corazón. Quiso responder, pero no encontró palabras. Kaiser ladeó la cabeza, evaluándolo.
—La próxima vez, pregúntame a mí —dijo—. Lo que sea. Aunque sea eso.
Y sin esperar respuesta, volvió a girarse, caminando por el pasillo con calma. como si no acabara de dejar a Ness en un cortocircuito.
Ness no se movió durante varios segundos. El pasillo estaba vacío, pero él seguía sintiendo las miradas del vestuario, como si se le hubieran pegado a la piel.
Se llevó una mano al pecho. El corazón le latía demasiado rápido. Como cuando se marca un gol en un partido de una final. Como cuando Kaiser le grita desde el centro del campo y su cuerpo reacciona antes que su cabeza.
“La próxima vez, pregúntame a mí.”
Esa frase no dejaba de darle vueltas. Lo había dicho como si fuera una orden. Como si fuera lógico. Como si… esperara que lo hiciera.
Suspiró, y lo siguió.
.
.
Al día siguiente.
Kaiser estaba en una de las salas auxiliares, sentado sobre una máquina de pesas, el móvil en la mano y los codos apoyados en las rodillas. No levantó la vista cuando Ness entró. Solo habló, seco.
—Cierra la puerta —Ness lo hizo —. No pienses demasiado —añadió Kaiser, sin mirar—. Solo… dime la verdad. ¿Querías que alguien te besara?
Ness se quedó en el sitio, congelado.
—¿Qué?
—Soltaste esa mierda delante de Isagi —dijo Kaiser, ahora sí levantando la mirada—. Y luego todo el puto equipo se enteró. Sabes de lo que estoy hablando.
—No… no quería decírselo a todos — se defendió —. Solo…Bueno, Isagi me había contado algunas cosas suyas y me... —murmuró Ness, sintiendo que le costaba sincerarse—, me dio confianza.
Kaiser entrecerró los ojos. Dejó el teléfono a un lado.
—¿Confianza, eh? —repitió, casi con burla—. ¿Y qué te contó él exactamente?
Ness lo miró con un sobresalto breve, como si no esperara la pregunta.
—Nada malo… solo cosas personales. Lo que siente cuando juega, lo que piensa cuando falla. No es como tú —añadió sin pensar demasiado—. Él habla de lo que le pasa por la cabeza. No se lo guarda todo.
Kaiser lo miró en silencio durante un par de segundos.
—Así que te sientes más cerca de él que de mí —dijo, como si solo estuviera constatando una estadística.
—No he dicho eso —se apresuró Ness, dando un paso más cerca—. Solo… contigo es distinto.
Kaiser se levantó despacio, hasta quedar frente a él.
—¿Distinto cómo?
Ness tragó saliva. Se odió un poco por la forma en que le temblaba la voz.
—No lo sé. Me cuesta pensar cuando estás cerca. Me haces sentir que… si digo una palabra de más, te vas a molestar.
Kaiser lo estudió como si estuviera valorando qué respuesta darle.
—Isagi es un libro abierto. Todos creen que pueden leerlo. Tú también.
—¿Y tú?
—Yo soy la portada. Te guste o no, eso es lo único que enseño.
Ness frunció el ceño, frustrado.
—Eso es una gilipollez —murmuró.
Kaiser alzó una ceja, divertido.
—¿Ah, sí?
—Una portada no sirve de nada si no tiene páginas dentro. Y tú las tienes. Te jode que alguien quiera leerlas, pero las tienes.
Por un segundo, a Kaiser la sonrisa se le congeló en la cara. No se lo esperaba. Nadie le hablaba así.
—¿Y tú qué sabes de mí, Ness?
—Poco, supongo —admitió—. Pero me gustaría saber más.
La tensión en el aire era casi eléctrica. Ninguno de los dos se movía, como si cualquier gesto fuera a romper el equilibrio precario en el que estaban colgados.
Kaiser dio un último paso y ya apenas quedaba espacio entre ellos.
—¿Te gustaría, eh?
—Sí.
—¿Y por qué yo? —preguntó, con una mezcla de escepticismo y curiosidad.
Ness tardó unos segundos en responder.
—Porque contigo todo es diferente. A veces me siento idiota, pequeño… pero... me remueves.
Kaiser bajó la mirada un instante, recorriendo lentamente el cuerpo de Ness.
—¿Y eso te gusta?
Ness asintió, con una honestidad que casi dolía.
—Sí.
Kaiser estaba tan cerca que Ness notaba el calor que irradiaba su cuerpo, la tensión que se acumulaba entre los dos.
—No te conviene eso. No soy como él.
—¿Como Isagi?
Kaiser se pasó una mano por la nuca, crispando los dedos un segundo. Cuando volvió a hablar, su voz sonaba más firme.
—Él es fácil. Predecible. Tú le importas y te lo dirá. Te escuchará. Te consolará si lo necesitas.
—¿Y tú?
Kaiser lo miró con intensidad, sin pestañear.
—Yo ...
Ese silencio que vino después fue diferente a los anteriores.
Kaiser alzó la mano, muy despacio, y rozó la mejilla de Ness con el dorso de los dedos. No era un gesto romántico. No del todo. Era más bien como si estuviera comprobando sus propios límites.
—Joder, Ness… —murmuró.
—¿Qué?
Ness sentía su cara arder.
—Nada —Kaiser retiró la mano y dio un paso atrás—. Vete antes de que haga algo que haga que esto se vuelva jodidamente complicado.
Ness tragó saliva, aturdido, con el corazón en la garganta. No se movió. Solo lo miró, con esa mezcla de expectación y dudas que ahora se remolinaban . Kaiser apartó la mirada.
—No quiero joderte, Ness.
—Tarde —susurró él.
—No si tú sales ahora por esa puerta— Kaiser volvió a mirarlo, con los ojos duros —. Lárgate.
Ness no se movió. Ni un paso. Sus pies seguían anclados al suelo. Las palabras de Kaiser pesaban sobre él, pero algo en su interior se negaba a obedecer.
—¿No me oíste? —insistió Kaiser, más tenso—. Te dije que te largaras.
—Lo oí —respondió Ness, con voz débil, pero firme.
Kaiser entornó los ojos. Dio un paso hacia él, lento, como si tanteara la amenaza.
—Entonces, ¿qué mierda estás haciendo todavía aquí?
Ness respiró hondo.
—No quiero irme —dijo, y esta vez sonó más claro.
Kaiser apretó los dientes. Dio un par de vueltas, como si necesitara moverse para procesar lo que le pasaba por la cabeza.
—¿De verdad quieres que un cabrón como yo sea tu primer beso?
Kaiser se giró de nuevo hacia él, con los ojos clavados en los suyos, cargados, intensos.
—¿No vas a contestar? —insistió, dando un paso—. ¿Te he dejado sin palabras o simplemente estás dándote cuenta de que esto no tiene ningún puto sentido?
Ness intentó hablar, pero solo consiguió sacudir levemente la cabeza, sin saber si negaba, afirmaba o simplemente pedía tiempo.
—Joder… —Kaiser murmuró, dando otro paso más, más firme. Como si ya no quisiera frenarse.
Ness retrocedió por puro reflejo. Uno, dos pasos. Hasta que su espalda tocó la pared. El contraste le recorrió la columna, pero el calor de Kaiser ya lo estaba envolviendo, mucho más cerca de lo que creía posible.
—¿Eso quieres? —preguntó, mirándole desde muy cerca—. ¿Que te bese yo? ¿Aquí mismo? ¿Después de todo esto?
Ness sintió que le faltaba el aire. El corazón le golpeaba el pecho tan fuerte que temía que Kaiser pudiera oírlo.
Kaiser apoyó una mano a un lado de su cabeza, cerrándole el paso.
—Dilo —exigió, en voz baja pero fuerte —. Si lo quieres, dilo.
Ness tragó saliva. Sentía cada parte de su cuerpo al límite. Todo gritaba que respondiera, que dejara de tener miedo. Que cruzara esa línea.
Pero no lo hizo. Solo lo miró, sin apartar la vista. Como si en esa mirada estuviera su respuesta entera.
Kaiser lo notó. Y no se alejó. No se movió. Su mano seguía en la pared, la otra, aún cerrada en un puño, colgaba tensa a su costado.
—¿Vas a decir algo o solo vas a seguir mirándome así? —susurró Kaiser, sin apartar los ojos de los suyos.
Ness parpadeó, con un temblor apenas visible en la mandíbula. No era miedo. No del todo. Era vértigo. Era ese punto exacto entre el salto y la caída.
—No sé qué decir —admitió, con un hilo de voz.
Kaiser asintió muy despacio, como si ya se lo esperara.
—No es tan complicado —replicó con un susurro que rozaba lo grave —. Solo tienes que decidir. Sí o no. Te jodes o te lanzas. Eso es todo.
Sus palabras fueron un cuchillo en el aire. Frías. Directas. Violentas.
Kaiser bajó un poco la cabeza, apenas unos centímetros. Lo suficiente para que sus frentes casi se rozaran. Ness trataba de mantenerse rígido. Los ojos de Kaiser no lo soltaban.
—No soy buena idea —murmuró, tan cerca que Ness sintió su aliento —. Lo sabes, ¿no? —Ness apenas asintió. Sus labios se entreabrieron por reflejo. Su cuerpo no sabía si empujar o rendirse —. Entonces, ¿por qué no te vas? —Kaiser dejó caer la pregunta, más suave esta vez, como si de verdad no entendiera por qué Ness seguía ahí.
—Porque quiero quedarme —respondió Ness, por fin. Con los ojos grandes, brillantes. Vulnerable, pero firme.
Hubo unos segundos de absoluto silencio. Como si el tiempo se hubiera congelado justo en ese punto. Y entonces Kaiser soltó el aire como si llevara minutos reteniéndolo. Cerró los ojos un segundo. Sus dedos se crisparon en la pared.
—Si vas a parar esto —dijo, con voz ronca—, hazlo ahora.
Su voz sonaba tocada, como si algo en él también estuviera librando una batalla.
Bajó la mano de la pared… y la dejó caer sobre la cintura de Ness. No apretó. No reclamó. Solo la apoyó ahí, esperando.
Ness no se movió. Ni un centímetro. Kaiser lo supo. Y entonces… lentamente, bajó la cabeza, apenas un poco más. Sus narices casi se rozaban.
—Última oportunidad —susurró.
Pero Ness, esta vez, no contestó con palabras. Solo cerró los ojos.
Y lo que vino después fue como si Kaiser hubiese estado conteniéndose durante demasiado tiempo.
El beso fue feroz.
Sus labios se estrellaron contra los de Ness con una necesidad casi rabiosa, como si quisiera simplemente asfixiarle. Lo agarró por el cuello con una mano firme, dominante, y la otra apretó su cintura, obligándolo a quedarse quieto, a no escapar de lo que estaba pasando.
Ness jadeó contra su boca, sorprendido por la fuerza, por el calor, por el modo en que su propio cuerpo respondió al instante. Se aferró al pecho de Kaiser, sin saber cómo comportarse o reaccionar.
Kaiser lo besó como si le echara la culpa. Como si lo odiara por hacerlo sentir. Como si necesitara castigarlo y, al mismo tiempo, expulsar todos los demonios que llevaba dentro.
Ness no supo cuándo había empezado a devolverlo. Solo supo que lo hacía. Torpe , miedoso, ansioso, tímido.
Cuando Kaiser se separó, lo hizo de golpe, como si se hubiese quemado.
Ambos respiraban agitadamente.
Ness tenía los labios hinchados, rojos. El pecho subía y bajaba, descontrolado.
—¿Esto era lo que querías? —murmuró Kaiser, sin aliento, con la voz rasgada—. ¿Que te besara así? ¿Que lo hiciera todo mal desde el principio?
Ness no respondió al momento. Apenas podía pensar. Seguía con la espalda pegada a la pared, temblando, como si su cuerpo aún no hubiera procesado lo que acababa de pasar. Pero sus ojos, clavados en los de Kaiser, no se dispersaron ni un momento.
—No lo sé…. —confesó, bajito—. Pero no quiero que pares.
Kaiser apretó la mandíbula, furioso con él, consigo mismo, con todo. Dio un paso atrás, solo un poco, lo suficiente para no tocarlo.
—No digas eso, Ness. No me des permiso para hacerte daño —hizo una pausa —. No eres justo —dijo entre dientes —. No deberías querer esto.
Ness iba a replicar, pero Kaiser se le volvió a echar encima antes de que pudiera articular palabra. Lo acorraló de nuevo contra la pared, una mano firme a un lado de su cabeza, la otra cerrada en un puño. Sus ojos, fijos en los suyos, ardían con algo difícil de nombrar.
—¿Quieres saber por qué te dije que te largaras antes? —preguntó con la voz baja, pero en un tono afilado—. Porque estaba empezando a perder el control. Porque tú, jodidamente tú, me pones de un modo que no sabía que me iba a costar tanto aguantarme .
El silencio cayó como una losa entre ambos.
—¿Y ahora? —susurró Ness, más que nervioso, pero sin hacer amago de apartarse.
Kaiser cerró los ojos un segundo, como si luchara contra sí mismo. Luego, bajó la cabeza hasta apoyarla ligeramente en la frente de Ness.
—Ahora estoy intentando no hacer nada que te arrepientas después —confesó.
Ness tragó saliva. No dijo nada. Solo levantó su mano temblorosa y la apoyó en el pecho de Kaiser, justo donde latía su corazón.
Kaiser la sostuvo allí por unos segundos. Luego, con delicadeza tensa, la agarró guiándola lentamente hacia abajo. No pretendía ser un gesto vulgar. Ni apresurado. Pero le salió de esa manera.
La detuvo justo encima de su entrepierna.
—Esto —susurró Kaiser, con la voz más ronca—. Esto es lo que me haces.
Ness lo miró, y casi instantáneamente su mirada bajó. No entendía del todo lo que estaba pasando, pero sí entendía cómo se sentía: mareado, vivo, aterrado… y completamente rendido.
—Michael... —murmuró, apenas audible.
Para cualquiera habría sido solo eso: un nombre. Pero para Kaiser, dicho así, con esa mezcla de demanda y ternura que transmitía el tono de Ness, sonó como un ruego. Seguramente no lo era. Quizás simplemente su cabeza estaba desvariando, demasiado llena de tensión, de piel que ardía, de todo lo que se había esforzado en ignorar hasta ahora.
Contuvo el aliento.
—No digas mi nombre así —murmuró, con la voz más áspera de lo que pretendía.
Ness parpadeó, confuso.
—¿Así cómo?
Kaiser apretó los ojos un segundo, y luego los abrió con una intensidad que casi quemaba.
—Como si me estuvieras dando permiso para hacer contigo lo que quisiera… —dijo con voz baja, rasposa— . Y si me dejas... no voy a saber dónde parar.
Kaiser retiró su mano, pero Ness no movió la suya. La dejó exactamente donde Kaiser se la había colocado. Quieto. Firme .
Kaiser lo miró, entre desconcertado y cada vez más encendido.
—Vaya —musitó, con una media sonrisa torcida—. De santo a pecador en tiempo récord.
Ness tragó saliva, pero no apartó la mano. No desvió la mirada. No dijo que no.
Kaiser soltó una risa corta.
—Eres un chico sucio, ¿eh? —musitó, y entonces, por primera vez, pronunció su nombre con un tono que no esperaba escuchar de si mismo —. Alexis…
El sonido de su voz parecía vibrar en el silencio que los rodeaba. Ness sintió que el mundo se estrechaba, como si escuchar su nombre hubiese provocado que la chispa se convirtiese en un incendio a punto de arrasarlo todo.
Kaiser volvió a apretarse contra él.
—¿Sabes lo que haces conmigo? —susurró, tan cerca que Ness notaba todo el calor —. Me tienes al límite…. —pudo verse reflejado en los ojos contrarios —. Y parece que lo estás disfrutando….No sé cuánto más voy a aguantar sin volverme loco contigo —sus labios rozaron la piel sensible del cuello de Ness, dejando un rastro ardiente—. Pero te juro que quiero que lo sientas… que me sientas.
Ness cerró los ojos un segundo, dejando que cada palabra, cada roce, le quemara por dentro. Quería más, necesitaba más, y aunque el miedo seguía ahí, se disolvía ante esa pasión brutal que los envolvía.
Antes de que Ness pudiera reaccionar, Kaiser lo atrapó de nuevo, sus labios chocando contra los de Ness con una mezcla de urgencia y dominio. Era un beso que sofocaba. Kaiser no dejaba espacio para dudas ni escapatorias; cada gesto suyo era potente, contundente. Kaiser lo besó con más fuerza esta vez. Lo sujetó por la nuca con una mano firme, obligándolo a encajar, a seguirle el ritmo, a responder.
Lo tenía ahí, entre la pared y él, y no parecía dispuesto a soltarlo.
Cuando por fin se separó, fue solo por falta de aire. Ambos estaban jadeando. Kaiser tenía la mirada nublada, fija en él.
Al otro lado de la puerta, una voz irrumpió con fuerza, amortiguada pero clara.
—¡Kaiser! ¿Estás ahí? El entrenador te está buscando. Dice que si no apareces en tres minutos, estás fuera del once.
Kaiser cerró los ojos con frustración. Se apartó y apoyó la frente un instante en la pared, como si necesitara contener el fuego que le recorría por dentro.
—Sí, ya voy —respondió alzando la voz, sin moverse del sitio.
Silencio del otro lado. Luego pasos alejándose por el pasillo.
Ness se había quedado inmóvil, observándolo con los labios entreabiertos y las mejillas encendidas. Parecía a punto de hablar, pero no encontraba palabras.
Kaiser bajó la mirada hacia él. Sus ojos aún brillaban, tensos, y en su expresión se leía un deseo sin resolver.
Y entonces, como si necesitara grabárselo a sí mismo, volvió a acercarse y rozar sus labios con los de Ness. No fue un beso completo. Fue apenas un contacto, breve, eléctrico.
—¿Vamos?
.
.
Después del entrenamiento de la tarde, y cuando ya todos habían abandonado el vestuario, Ness estaba esperando a Kaiser.
Cuando Kaiser terminó de vestirse y cerrar su taquilla, soltó un resoplido brusco, como si le faltara el aire.
—Joder… —masculló, dándose la vuelta —. No debería haber pasado.
Ness lo miró, con el corazón galopando.
—Pero…
—No digas nada —le cortó Kaiser, levantando la mano. Su voz sonaba más tensa de lo habitual —. Ya me he pasado de la raya una vez. No voy a seguir haciéndolo.
El silencio se volvió incómodo, pesado. Ness sintió que su estómago se apretaba.
—¿Te arrepientes? —se atrevió a preguntar, temiendo la respuesta.
Kaiser apretó los dientes, sin mirarle.
—Me arrepiento de no haberme controlado —contestó rápido y seco—. Porque contigo es fácil olvidar quién soy. Y eso… eso me jode...
Ness sintió un golpe en el pecho. Dio un paso hacia él, pero Kaiser retrocedió.
—No lo hagas más difícil.
—Yo no lo veo difícil —replicó Ness, con un temblor en la voz, pero sin apartar la mirada.
Kaiser soltó una risa corta.
—Claro que no. Porque tú no entiendes en lo que te estás metiendo.
Kaiser se giró para mirarlo directo a los ojos. Y lo que Ness vio allí definitivamente le revolvió las tripas.
—No soy lo que crees, Ness —murmuró, casi como una declaración—. Y si no me largo ahora, voy a acabar demostrándotelo de la peor manera.
Ness se quedó quieto, el eco de las palabras de Kaiser retumbaban en sus oídos. Podía recordar con precisión el fuego del contacto. Cada fibra de su cuerpo parecía rememorarle la proximidad de Kaiser, su fuerza, el modo en que lo había acorralado. Sus pies se movieron sin que él lo planeara, acercándose un poco, midiendo la distancia que Kaiser había dejado. Pero apenas un paso más y volvió a detenerse. El miedo se mezclaba con la necesidad, creando un nudo en el estómago que le dolía y le excitaba al mismo tiempo.
Ness cerró los ojos un instante, imaginando a Kaiser respirando cerca, sintiendo su calor. Y entonces, sin pensarlo, dejó escapar un suspiro bajo, cargado de frustración.
—No quiero que te vayas…
No esperaba decirlo en voz alta, pero ahí estaba, la verdad escapando sin filtro. Y al instante, quiso que se lo tragase la tierra, pero era demasiado tarde. El ansia se filtraban por sus poros, y no podía frenarla.
Kaiser, que había estado a punto de emprender la marcha hacía la salida, se detuvo. No se giró inmediatamente, pero sus músculos se tensaron de forma casi imperceptible. El silencio entre ellos se estiró como un cable al borde de romperse, y por un segundo, parecía que Kaiser no iba a responder. Pero luego, con esa calma peligrosa que tanto lo caracterizaba, giró lentamente la cabeza hacia Ness.
—¿No quieres que me vaya? —preguntó.
Y en su cabeza solo había una cuestión: ¿realmente sabe lo que está pidiendo?
Ness tragó saliva, observando los ojos de Kaiser, esos ojos que lo descolocaban con solo una mirada. No podía dejar de mirarlos, de ver algo en ellos, algo que no podía identificar, pero que lo dejaba inquieto y atraído al mismo tiempo.
—No... —murmuró, ahora sin poder mirar de frente, jugando con sus dedos para distraerse de la ansiedad —. No quiero que te vayas... pero no sé qué hacer con esto. No sé qué es...
Kaiser dio varios pasos hacia él, lento, calculado. La proximidad de su cuerpo aumentó la tensión, el aire a su alrededor pareció volverse espeso, como si estuvieran atrapados en una burbuja que nadie más se atrevería a romper. Su mano, de manera casi instintiva, tocó el cuello de Ness.
—¿Seguro que no lo sabes? —su pulgar trazó una línea lenta por el cuello de Ness, justo sobre la vena que palpitaba con fuerza.
—Yo… —empezó a decir, pero no pudo.
Kaiser esbozó una media sonrisa Era una sonrisa que decía te tengo. Y eso era peor. Porque Ness lo sabía también. Kaiser tenía el control. Siempre lo tenía.
Kaiser mantuvo los labios cerca, tan cerca que Ness podía sentir el roce de su respiración sobre la piel húmeda de su boca. Sus dedos seguían en su cuello, presionando apenas, con la precisión de quien conoce demasiado bien su propio efecto.
—¿Lo quieres? —preguntó Kaiser, con esa voz baja, cargada de provocación y veneno—. Dímelo.
Ness apenas podía respirar. Tenía el corazón en la garganta, la piel en llamas. Quería decir que sí, pero las palabras parecían no querer salir.
—Yo… s-sí —soltó después de segundos luchando consigo mismo. Su cara estaba completamente roja. Bajó la mirada, temblando, abrumado por la intensidad, por la cercanía, por todo lo que significaba estar así con Kaiser.
Entonces Kaiser sonrió más ampliamente. Pero no con ternura. Era esa sonrisa suya, afilada, superior. La que usaba cuando sabía que ya había ganado.
—¿Sí qué? —insistió, acercándose aún más—. ¿Qué es lo que quieres que te haga, Ness?
Ness tragó saliva. La desesperación lo apretaba por dentro. No podía decirlo. No así. No con esa mirada encima.
—No… no lo sé —balbuceó. Sentía el calor subirle a las orejas, la garganta seca. Dio un paso atrás, pero la pared le bloqueó el escape.
Kaiser lo vio. Lo disfrutó. Su sonrisa se ensanchó un poco más.
—Ah… ya veo —dijo, como si acabara de descubrir algo fascinante—. Eres de los que dicen que sí sin tener ni idea de lo que están aceptando —quiso sonar algo cruel, pero sin ensañarse del todo. Como un cuchillo con el filo oculto —. Mírate. Todo sonrojado, sin poder ni siquiera decir lo que quieres. No estás listo para esto. No estás ni cerca. ¿Creías que iba a tomarte en serio solo porque te tiemblan las piernas cuando te toco?
—No es eso —susurró Ness, bajando la mirada. Sus manos se cerraban en puños a los costados, el pecho subiendo y bajando con fuerza. La vergüenza lo envolvía, hundiéndolo.
—Claro que lo es —interrumpió Kaiser, frío, implacable.
El silencio que siguió fue brutal.
Y luego, Kaiser dio un paso atrás. Se alejó como si nada de eso le importara.
—Eres divertido cuando crees que puedes seguirme el ritmo —añadió, lanzando una última mirada por encima del hombro—. Pero no juegues con fuego si no estás listo para quemarte.
Ness sabía que no podía dejarlo todo así. Kaiser ya estaba por irse cuando la voz de Ness resonó en toda la sala.
—¡Entonces enséñame! —pronunció alzando la voz.
Kaiser no se movió.
—¿Qué?
—Enséñame —repitió Ness. Dio un paso hacia él. Luego otro—. No me trates como si no pudiera soportarlo. No me dejes atrás solo porque no soy como tú.
Kaiser se quedó inmóvil.
—¿Tienes idea de lo que estás diciendo?
Ness lo alcanzó, quedando justo delante de él. Ya no estaba temblando. O si lo hacía, era por otra cosa. Por rabia. Por orgullo herido. Por la maldita necesidad de no dejarlo ganar.
—No… —admitió, bajando la mirada—. Pero me cansé de que tú seas el único que decide.
Kaiser soltó una risa seca. Lo miró de arriba abajo, como si lo estuviera analizando con los ojos entrecerrados. Su sonrisa pasó rápido a una expresión completamente seria. A algo más… sucio.
—¿Quieres que te enseñe? —dijo, despacio—. ¿De verdad?
Ness tragó saliva, pero cuando alzó los ojos, no desvió la mirada.
—Sí.
Kaiser se acercó de nuevo. Esta vez sin juego, sin ritmo. Solo con una intensidad que le oscurecía los ojos. Lo acorraló sin tocarlo, dejándole apenas espacio para respirar. Y cuando habló, su voz sonó más directa que nunca, pero con cierto tinte agresivo.
—Muy bien. Entonces arrodíllate.
El espacio se congeló.
Ness lo miró, sus pupilas se engrandecieron , su cara seguía encendida. Se quedó paralizado, atrapado entre el deseo y la vergüenza. Entre el impulso y el pudor. No lo esperaba. No tan directo. No tan humillante.
—¿Q-qué? —susurró.
Kaiser se inclinó un poco, con una sonrisa perversa dibujándose lentamente en los labios.
—¿No dijiste que querías aprender? Este es el primer paso. ¿O vas a echarte atrás ahora?
Ness abrió la boca, pero no salió nada. El aire pesaba. Sus piernas flaquearon. Su cuerpo no le respondía como quería. No podía moverse.
Kaiser ni se inmutó.
—Lo sabía —se apartó de golpe, retrocediendo un par de pasos. Su expresión volvió a esa frialdad y desprecio disfrazado —. No estás listo. Solo querías la fantasía de tenerme cerca —dijo, con un tono más duro—. Pero la realidad te queda grande.
—¡Eso no es verdad! —se excusó Ness con los ojos húmedos sin saber cuándo habían empezado a humedecerse.
Se arrodilló.
Justo frente a Kaiser.
Ni una lágrima cayó. Ni una. Aunque por dentro se estaba ahogando con las ganas de llorar. Y aún así, alzó la vista. Sus ojos se clavaron en los de Kaiser .
—¿Así? —preguntó, sintiendo el frío suelo contra las rodillas.
Kaiser no respondió. El gesto altivo de siempre desapareció. Pasaron varios segundos en absoluto silencio.
—Levántate —ordenó al final.
—¿Por qué? —preguntó Ness negando —. ¿Porque ahora te incomoda?
Kaiser apretó la mandíbula. Dio un paso al frente. Se inclinó, tomándolo del mentón con una mano, fuerte.
—Porque no quiero que lo hagas así —gruñó
—¡Pero sí querías que lo hiciera! —disparó Ness, sin apartar la mirada.
—Entonces… ¿Me la vas a chupar sin oponer resistencia? —escupió, con un tono feroz—. ¿Quieres mamármela con cariño? ¿O lo que de verdad quieres es que te arrastre por el suelo y te la meta hasta que no puedas ni hablar? —Ness abrió la boca, pero Kaiser lo apretó aún más, clavándole los dedos en la mandíbula —. Entiende esto: cuando pase, no voy a detenerme. Te voy a dar tan fuerte que no vas a volver a mirarme igual.
Ness se quedó helado, con la mandíbula dolorida bajo la presión de los dedos de Kaiser. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que podía reventarle el pecho. Cada palabra lo había atravesado como un dardo envenenado.
Y aún así, no se apartó. No se derrumbó. No huyó.
Kaiser lo miró en silencio por un segundo más… y entonces aflojó la mano. Como si el calor de su propio arrebato empezara a escocerle los dedos.
—Mierda… —se pasó una mano por la cara, con un gesto brusco, como si quisiera arrancarse de encima las palabras que acababa de soltar—. Puedo hacer que te arrodilles. Puedo hacer que digas que sí incluso sin entender por qué —Kaiser cerró los ojos un segundo, respirando hondo. Cuando los abrió de nuevo, su mirada estaba cargada de algo que rara vez dejaba ver: culpa. No era solo tensión; era la conciencia de lo cerca que estaba de traspasar una línea que no tendría vuelta atrás —¿Sabes lo que jode? —murmuró, con voz grave—. Que sé que accederías. Que aunque tu cuerpo temblara, aunque tu cabeza gritara que no, al final lo harías… porque soy yo. Y no puedo con eso. No podría mirarte a la cara después.
Sus dedos se crisparon a los costados, como si le ardieran las manos por la necesidad de tocarlo y, al mismo tiempo, por la rabia de contenerse.
—No quiero que sea un “sí” por culpa mía —continuó, bajando un poco la voz—. No quiero que la primera vez que cruce esa maldita línea contigo sea porque te doblegué, porque no te dejé opción. Eso… no lo soportaría —Kaiser apartó la mirada —Si alguna vez pasa... —añadió, eligiendo cada palabra con cuidado—, quiero que seas tú el que lo decida. Tú, no mi ego.
Ness se incorporó lentamente. Durante un instante, pensó que iba a romper la distancia y arrasarlo todo. Pero no lo hizo.
Kaiser se giró bruscamente y salió, como si escapar fuera la única forma de no destrozarlo… o destrozarse a sí mismo.
El silencio lo envolvió todo. Ness se dejó caer sobre un banco, con la garganta seca y las manos temblando. Y mientras se quedaba solo en aquel vestuario vacío, entendió algo que le heló la sangre y al mismo tiempo lo quemó por dentro: lo que sentía no era un capricho, ni un impulso pasajero. Quería a Kaiser. Lo quería, aunque se lo hubiese negado, aunque el mundo pareciera estar en su contra.
