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Language:
Español
Stats:
Published:
2025-10-08
Words:
1,278
Chapters:
1/1
Kudos:
9
Hits:
63

El prisionero del Norte

Summary:

Después de la guerra, Jaime es capturado por bandidos en el Norte. Robb, ahora rey, lidera su rescate y encuentra a un hombre roto, marcado por el dolor y la desconfianza. Entre silencios y cicatrices, ambos aprenden a sanar.

Work Text:

El invierno no se había ido. Ni de la tierra, ni de los hombres.
Las montañas del Norte seguían cubiertas de nieve, y el aire cortaba la piel como si el mundo quisiera recordar que la guerra, aunque terminada, había dejado sus cicatrices.

Robb Stark avanzaba entre los árboles helados con una docena de hombres. El viento traía el olor del humo, de un campamento cercano. En otro tiempo, habría enviado exploradores, pero esta vez no. No cuando el nombre del prisionero era Jaime Lannister.

—No quiero testigos —dijo el rey, la voz baja, firme.
Sus hombres asintieron.

Las noticias habían llegado semanas atrás: bandidos, antiguos soldados sin causa, habían capturado a un hombre rubio en una caravana del sur. Lo exhibían como trofeo, pedían rescate, se jactaban de tener al “matarreyes”.

Robb no entendía por qué su corazón había respondido así, con una mezcla de ira y algo más. Jaime Lannister había sido su enemigo, su prisionero, su pérdida. Pero también el rostro que recordaba en las noches silenciosas, la voz cansada que no mentía cuando todos mentían. Tal vez porque en él veía un reflejo de lo que la guerra había hecho de ambos.

El viento trajo un gemido. Robb alzó una mano. Avanzaron sigilosos hasta ver el campamento: cinco hombres, un fuego, y una jaula de madera ennegrecida por el frío. Dentro, apenas visible, un cuerpo.

La orden fue rápida. Las flechas silbaron; dos bandidos cayeron. El resto corrió o fue alcanzado por las espadas norteñas. Cuando todo acabó, solo quedaba el sonido del fuego crepitando y del aliento de los caballos.

Robb se acercó. La jaula olía a hierro y sangre.
—¿Jaime Lannister? —preguntó.

El prisionero alzó la cabeza lentamente. Su rostro estaba cubierto de barro y sucio, la barba crecida, los labios partidos. Pero esos ojos grises seguían allí, tan claros como recordaba, aunque vacíos.

—¿Robb… Stark? —La voz era un susurro ronco.

El joven rey tragó saliva. No había arrogancia ni burla en el tono, solo agotamiento.
—Vine por ti. —Forzó la cerradura con su espada—. Ya estás libre.

Jaime no respondió. Ni siquiera intentó ponerse de pie. Robb arrojó su capa sobre sus hombros, el peso ligero sobre un cuerpo demasiado flaco. Cuando lo ayudó a levantarse, sintió los huesos, las costillas marcadas, el temblor involuntario de quien ha dormido sobre piedra y miedo demasiado tiempo.

—Vamos a casa —murmuró Robb, sin saber por qué usaba esa palabra.

El viaje a Invernalia duró tres días. Jaime no hablaba, apenas comía. Su mano de oro estaba oxidada, y su otra mano temblaba al intentar sostener una taza. A veces despertaba sobresaltado, respirando con dificultad, como si todavía escuchara las cadenas.

Robb no lo presionaba. Solo dejaba pan y caldo junto al fuego, y se mantenía cerca, en silencio. En la segunda noche, Jaime lo observó por largo rato.
—¿Por qué? —preguntó al fin.
—Porque nadie merece morir solo en la nieve —respondió Robb.
Jaime soltó una risa débil, amarga.
—Nadie… excepto los que lo merecen.
—¿Y tú crees merecerlo?
El silencio fue su única respuesta.

En Invernalia, los maestres lo atendieron. Las heridas viejas tardaron en cerrar. La fiebre vino y fue. Cuando Jaime despertó, encontró una habitación cálida, una manta gruesa y una jarra de agua fresca. Robb estaba allí, sentado junto a la cama, con un libro abierto que no leía.

—No esperaba que vivieras —dijo el rey sin levantar la vista.
—Yo tampoco —contestó Jaime. Su voz era apenas un hilo—. Los dioses se aburren de mí, parece.

Robb sonrió, cansado.
—Tal vez te dieron otra oportunidad.
—¿Para qué? ¿Redimirme? —Jaime giró la cabeza, mirando la nieve caer tras la ventana—. No creo en eso.

Hubo un silencio largo.
—Yo sí —dijo Robb.

Por primera vez, Jaime lo miró de verdad. Había cambiado. El chico impulsivo se había vuelto un hombre: la mirada más vieja, la voz más serena. Un rey que había perdido demasiado y seguía de pie.

Los días se volvieron rutina. Jaime empezó a caminar por los patios, siempre con la capa gris del Norte, siempre en silencio. Algunos lo evitaban; otros lo miraban con rencor. Robb, en cambio, lo buscaba con naturalidad.

Una tarde, lo encontró observando a los soldados entrenar.
—Aún sabes sostener una espada —comentó Robb.
—Con la izquierda —respondió Jaime, girando la muñeca con torpeza—. Es como intentar escribir con los pies.
Robb tomó una espada de práctica y le ofreció otra.
—Puedo ayudarte.

Jaime arqueó una ceja, pero aceptó. Los primeros movimientos fueron desiguales; el metal chocaba sin ritmo. Robb no se burló. Corregía con paciencia, hasta que Jaime empezó a recuperar un poco de equilibrio.
Cuando terminaron, ambos jadeaban, riendo sin saber por qué.

—Estás mejorando —dijo Robb.
—Mentiroso.
—Un rey no miente.
—Entonces eres un rey muy distinto a tu padre.

Robb se quedó quieto. Jaime se arrepintió al instante.
—Lo siento.
—No —negó Robb—. Es verdad. Mi padre habría mandado ahorcarte.

Jaime lo miró.
—Y tú no.
—Yo prefiero entender antes de juzgar.
—Eso te matará algún día.
—Quizá. Pero hasta entonces, prefiero vivir como mi madre me enseñó.

Hubo una pausa. El viento movió la capa de Robb; un copo de nieve se posó sobre el cabello de Jaime.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa real cruzó el rostro del león.

Las semanas se volvieron meses. Jaime empezó a ayudar en los entrenamientos, a enseñar estrategia a los jóvenes soldados. Los Stark aceptaban su presencia con cautela, pero Robb lo defendía con cada palabra y mirada.

Una noche, el fuego del salón principal ardía bajo el techo de piedra. Jaime bebía lentamente, Robb frente a él. El ambiente era tranquilo, íntimo.

—Nunca pensé que encontraría paz en el Norte —dijo Jaime.
—Tal vez porque nadie la busca en el mismo lugar —respondió Robb.

Jaime observó la luz dorada reflejarse en su copa.
—¿Y tú la encontraste?
—No lo sé. Pero cuando llegué a esa jaula y te vi… sentí que debía hacerlo bien esta vez. Salvar a alguien, no perderlo.

Jaime lo miró en silencio. Había algo en la voz del joven rey: una vulnerabilidad que reconocía.

—No me salvaste solo a mí —dijo al fin.
Robb levantó la mirada, sorprendido.
Jaime sonrió, leve.
—Te diste una segunda oportunidad también.

Esa noche, Robb no durmió. Salió al patio, al frío. La luna iluminaba la nieve, y el silencio era casi sagrado. Escuchó pasos detrás: Jaime.

—No puedes dormir tampoco —dijo Robb.
—Los viejos fantasmas no saben de horarios.
—Aquí tampoco.

Se quedaron juntos, mirando la nieve caer. Robb rompió el silencio.
—Podrías irte, si quisieras. El sur te esperaría.
—¿Y dejar todo esto? —Jaime sonrió con ironía—. Hace tanto frío que no siento los dedos.
—Eso no suena como una razón para quedarte.
—Tal vez lo sea. Aquí nadie me llama matarreyes. Solo… Jaime.

El silencio volvió, pero no era incómodo.
Cuando sus miradas se cruzaron, no hubo sorpresa ni prisa. Robb dio un paso, apenas uno, y Jaime no se apartó.
El beso fue lento, sin fuego ni urgencia, solo calor humano en medio del invierno.

Jaime se separó primero, respirando hondo.
—¿Estás seguro?
—Por primera vez en años —susurró Robb.

Con el tiempo, nadie volvió a hablar del prisionero del Norte.

Solo de un caballero que enseñaba a los soldados, que caminaba junto al rey por los muros, que reía bajo la nieve.

Algunos decían que había cambiado. Otros, que había encontrado lo que nunca buscó: redención.
Pero Robb lo sabía. No lo había salvado. Se habían salvado el uno al otro.

Y cuando el invierno llegó con toda su fuerza, Jaime no pensó en irse.

Porque por primera vez, tenía un hogar.