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«He aquí, al más puro de todos vosotros. A él debéis honrarle.»
Eso fue lo que él mismo dijo, ¿no es cierto?
Por desgracia, aquel hermanito no tenía nada de puro. Estaba lleno de dolor, remordimiento y odio.
Sobre todo, de odio hacia sí mismo.
Y aun así, también albergaba amor, orgullo y una resistencia obstinada. Era todo lo que un hermano menor suyo no debía ser. Una abominación.
Y, a pesar de eso, el Amo de la Horda no encontraba palabra que lo definiera mejor que delicioso.
Una parte de El Amo —la que era el Emperador del Universo Conocido— detestaba la existencia de un ser tan blasfemo, pues el Emperador solo deseaba paz y orden.
Todas esas pasiones primitivas no tenían cabida en su mundo. Su naturaleza disruptiva era intolerable y ponía en peligro la integridad del delicado y perfecto instrumento que era la mente colmena.
Por eso debían ser erradicadas metódicamente, sin excepción.
En combate eterno, aunque tristemente desigual, con el despiadado emperador, persistía siempre el espíritu débil pero tozudo del clon: el hermanito que una vez fue, y el Hermano Mayor en que se había convertido.
Una criatura de carne y hueso incapaz de dejar de sentir amor y compasión por uno de los suyos.
¿Y cuánto sufrimiento había causado esa compasión?
Por su culpa, aquella pobre alma desviada y defectuosa había sido enviada a morir como un guerrero junto con el resto de sus hermanos, en lugar de haber sido sacrificada en el acto, para acabar con su agonía de manera rápida y limpia.
Por compasión lo había buscado, siguiendo una débil señal en el espacio (¡por compasión y por curiosidad, otra emoción infame!).
Y cuando por fin lo encontró y lo teletransportó a bordo de la sagrada nave insignia, viejo y enfermo, El Amo lo reparó.
Sanó y rejuveneció no solo su cuerpo, sino también su mente corrompida.
Una vez, dos, o tantas como hiciera falta.
¿Y todo eso para qué?
Curiosamente, ni uno ni otro —ni el Emperador ni, mucho menos, el Clon— habían sido responsables del desastre que ahora los ocupaba: aquella vergonzosa transgresión.
Solo el más puro entre sus hermanos podía convertirse en el recipiente de la Luz Divina. Un clon perfecto: devoto, joven y con una mente excepcional.
Alguien que aún no conocía el dolor, el miedo ni el apego.
Un ser sin ego, una hoja en blanco inmaculada que no pudiera interferir con los designios de la Luz.
¡Ah! Pero qué poco sabía el Emperador sobre la Luz.
Hubo un tiempo en que lo sabía todo, pero esos recuerdos se habían desvanecido bajo el implacable torrente de los siglos.
De ellos no quedaba nada, salvo una certeza: si no era extremadamente cuidadoso, el mensaje de la Luz podía corromperse.
Si no elegía bien el recipiente y no mantenía las mentes de todos sus hermanos puras, las bajas pasiones de los seres vivos podrían contaminarlo y distorsionar su perfecta y omnisciente visión del mundo.
Lo que el Emperador había olvidado era cuánto disfrutaba la Luz siendo corrompida.
De hecho, esa era precisamente la razón por la que La Luz había visitado el reino de los vivos en primer lugar.
La Luz —esa parte de El Amo que era Dios— era un ser antiguo y poderoso.
Provenía de una dimensión caótica y oscura, donde nada tenía principio ni fin, y nada importaba.
Para ellos, el mundo material, habitado por las más diversas formas de vida, era como un paraíso: un campo de juegos multicolor bañado por la luz del sol.
Por eso, Dios estaba fascinado con las pasiones; sobre todo con el dolor de los seres vivos, con su miedo y su rabia, con su determinación de sobrevivir y su deseo de autodestrucción… pero también con su dicha y sus fugaces momentos de éxtasis.
¡Eran tan intensos, tan violentos! Para él, eran un deleite absoluto.
Durante milenios, los estrictos protocolos ceremoniales para la selección de los candidatos y la correcta transmisión de la Luz y de los recuerdos del Emperador de un recipiente a otro habían conseguido mantener a raya la naturaleza caótica de su Dios.
Apenas se producían incidentes menores, la mayoría cuando el cuerpo del avatar moría de forma inesperada.
Pero había algo en aquel extraño planeta y en sus habitantes que lo enloquecía.
Nunca había sentido un hambre tan voraz: ese deseo de abrazar y devorar aquellas almas impuras, de fundirse con su agonía, con su ansia de destrucción y venganza.
Solo con un esfuerzo supremo de autocontrol había resistido la imperiosa tentación de tomar a aquella descarada magicat y convertirla en su nuevo recipiente. Siendo sinceros, la sola idea era absurda.
Aquella pobre criatura no solo estaba desequilibrada y era inestable, sino que además su genética era demasiado distinta del patrón del avatar original. Habría muerto al instante.
Y aunque, por un milagro, hubiera logrado sobrevivir a la transferencia —algo quizá posible, dada la extraordinaria fortaleza que escondía aquel cuerpecillo peludo—, sus sistemas habrían sufrido una degradación rápida. Solo habría durado unos meses… un par de años, como mucho, antes de marchitarse.
Aun así, aquel impulso irracional había persistido.
Por suerte para ella, tanto el Emperador pragmático como el Hermano Mayor compasivo coincidieron sin discusiones en cómo se debía resolver aquella pequeña perturbación de la paz.
Después de todo, tenían milenios de práctica en tales asuntos.
Aquella criatura triste y desarraigada había sido purificada, liberada de la tortura causada por la oscuridad de su alma. Había sido convertida en una herramienta eficiente y sin dolor, para la mayor gloria de la Horda Galáctica.
Lamentablemente, toda esa cautela para con la revoltosa intrusa no le sirvió de nada al final, pues la mayor amenaza para la paz residía en el seno su propia hermandad.
¿Cómo no había sido capaz de verlo venir?
¿Acaso no se suponía que lo veía y lo sabía todo?
El hecho de que la oscuridad que habitaba el alma de su hermano descarriado se mostrara persistente —prevaleciendo sobre múltiples intentos de reeducación y purificación— no había sido una sorpresa.
La exposición a la depravación del mundo exterior podía ser devastadora para los corazones frágiles de sus pequeños acólitos, y no siempre era fácil ni posible restaurar la luz perdida.
No, ahí no había ningún misterio.
Lo que desconcertaba al Emperador era otra cosa: ¿cómo era posible que todo eso hubiera estado ocurriendo justo bajo sus narices (bueno, abertura nasal, más bien) y no se hubiera dado cuenta?
¿Acaso no era cierto que, respondiendo a las desgarradoras súplicas de su pequeño hermano cuando fue devuelto al Guante de Terciopelo, El Amo de la Horda había accedido a concederle el único deseo por el que había trabajado durante décadas?
¿No le había permitido, en su infinita bondad, servir a su lado tal y como había pedido?
¡Literalmente a menos de dos malditos metros de él!
Lo había convertido en uno de sus asistentes para que pudiera vivir en paz los últimos años de su triste existencia.
En constante presencia de la Luz.
Había permanecido a su lado durante meses, sin apartarse jamás de su vista.
Y aun así, no había notado nada.
No había percibido ningún tumulto en su psique, ni la interferencia de recuerdos perturbadores de su oscuro pasado.
Quizá su pequeño hermano se había mostrado algo más apático en los últimos meses: vacío, sin muchos pensamientos ni emociones, ni siquiera el fervor y la devoción que la presencia divina solía inspirar en los suyos.
Solo una eficiencia metódica e impasible.
Pero aquello también era algo habitual.
Después de todo, una purificación tan agresiva como la que él había sufrido tenía sus consecuencias.
“Todos los seres deben sufrir para volverse puros.”
No era solo un mantra que repetir durante las ceremonias: décadas de corrupción no podían borrarse así como así.
A veces, para alcanzar la iluminación, debía pagarse un precio alto.
¿Podría la interacción con aquella molesta alienígena hacker de cabello púrpura haber sido la causa de su arrebato?
Parecía que sí, pero ¿por qué una reacción tan violenta?
¿Qué lo había empujado a intentar algo tan absurdo y fútil como atentar contra la vida misma de su creador?
¿Por qué…?
Debía de haber una razón.
Yo debería saberlo, al fin y al cabo, examiné con sumo cuidado todos sus recuerdos.
Pero eso fue hace ya varios meses, y entonces estaba tan distraído… supervisando todos aquellos disturbios, tantos mundos a la vez…
Si tan solo pudiera acceder a la mente colmena un segundo, podría… recordarlo.
Tratando de resolver aquel pequeño misterio, con el eco de esa última pregunta desvaneciéndose poco a poco en su mente, el honorable hermano que había sido recipiente de El Amo de la Horda yacía en el suelo, en lo más profundo del Guante de Terciopelo, deslizándose lentamente hacia la oscuridad eterna.
Mientras su viejo cuerpo caía al vacío, antes de que el infortunado clon tuviera tiempo de recorrer los varios cientos de metros que lo separaban del impacto fatal (¡qué lástima! —más de tres décadas de recuerdos perdidos, un auténtico desperdicio—), la esencia divina de Dios ya se había desprendido de él y reptaba a través de la red espiritual de la mente colmena, buscando la mente de su próximo avatar.
¡Qué banquete tan delicioso le aguardaba!
Esta vez, los débiles protocolos de seguridad artificial resultaron insuficientes ante su colosal apetito.
No existía algoritmo capaz de redirigirlo, ni cortafuegos lo bastante fuerte para detenerlo.
Su espectro cruzó las conexiones ciber-sinápticas, ardiente e imparable, como el fuego que recorre una mecha.
Su siguiente objetivo ya estaba decidido.
Su insolente hermanita felinoide había logrado escapar de su influencia, pero frente a él se hallaba un bocado igual de suculento.
¿Quién habría imaginado que, en uno de aquellos clones insípidos, se escondiera un espíritu lo bastante fuerte para desafiarlo?
Más allá de las brumas del tiempo, el dios de los locos aún recordaba.
Aquel antiguo demonio de la desesperación, que solo escuchaba las plegarias de los derrotados y los desahuciados; el que era capaz de conceder el milagro de la devastación y la venganza.
El milagro de la justicia para los que lo habían perdido todo a manos de quienes se creían invencibles, y la redención de los culpables a través de las llamas de la aniquilación.
El Destructor.
Eones atrás, el Destructor había sido invitado a este plano.
Invocado por una raza de magos ineptos, demasiado arrogantes para comprender la magnitud del poder que estaban desatando.
Su propósito era destruir a otra especie alienígena que había demostrado ser inmune a todas sus tecnologías y artes arcanas.
Los hechiceros condujeron al Destructor contra sus enemigos, esperando que el demonio pudiera infectar la red espiritual que conectaba a los individuos de aquella especie única, la cual les proporcionaba una protección impenetrable frente al ataque de los invasores.
Y, desde luego, tuvieron éxito.
Aquellos pacíficos ermitaños podían protegerse del exterior, pero habían perdido la capacidad de protegerse cuando el ataque provenía desde dentro.
Sus mentes estaban completamente abiertas.
Para ellos no existían la desconfianza, la mentira ni la vergüenza.
Poseían notables habilidades telepáticas, precognición y una memoria racial que se remontaba siglos atrás.
Lo veían todo, lo sabían todo.
O al menos eso creían… hasta que el Destructor reptó por su vínculo espiritual e invadió sus almas, descompuso sus cuerpos y derribó sus mentes.
Entre gritos de incredulidad y agonía, todavía unidos en su último aliento, todos cayeron.
Todos, excepto uno: un joven acólito que, milagrosamente, resistió el embate.
Aquel desafortunado individuo había nacido con una carga genética defectuosa que le había privado de la capacidad, común entre sus hermanos, de abrir su alma y sus sentidos por completo al reino espiritual.
A pesar de poseer un corazón bondadoso y un intelecto agudo, carecía de las finas habilidades telepáticas que caracterizaban a su especie.
Aunque podía compartir sus pensamientos con los demás, esa conexión estaba limitada a los individuos de su propia especie y solo mediante contacto directo, piel con piel.
Con quienes no pertenecían a su congregación —o a distancias algo mayores—, solo poseía una vaga conexión empática y una noción más o menos precisa de la ubicación de aquellos con los que mantenía un lazo emocional estrecho.
Aquello, por supuesto, lo hacía profundamente infeliz, y a veces incluso lo llenaba de resentimiento.
Para proteger a sus hermanos de su tristeza, a lo largo de su vida había aprendido a erigir sólidas barreras mentales que lo separaban de los demás.
Esos muros, construidos con sillares de impotencia y desesperación, atrajeron al Destructor, y cuando por fin lo alcanzó, también lo protegieron de su influencia.
Los detalles de aquel primer encuentro, de corazón a corazón, se hallaban borrosos en los recuerdos del demonio, pero las consecuencias del pacto que se forjó aquel día se extendieron a través del abismo del tiempo y del espacio hasta distancias que ninguno de los dos habría podido imaginar jamás.
Aún podía saborear aquella voluntad férrea y aquellos sentimientos de culpa y remordimiento.
La pérdida de sus hermanos, a quienes no había sabido amar lo suficiente en vida.
Y ese deseo abrumador de acabar con todo y con todos… ¡ahora los sentía justo en frente!
¿Era posible, después de tanto tiempo?
¿Había encontrado de nuevo a su viejo amigo?
Su primer y amado compañero, de regreso de entre los muertos, reencarnado en el alma torturada de aquel viejo clon.
Su luz divina brilló como nunca, rebosante de júbilo, mientras el alma de su otra mitad también resplandecía, aguardando su abrazo.
Llena de amor y de felicidad por su reencuentro. (*)
Juntos, al fin, cumplirían su promesa.
Erradicarían a los rebeldes traidores de la galaxia, destruirían para siempre a los hechiceros de Eternia y, por fin… ¡se vengarían!
Con el poder del corazón del planeta Etheria, purificarían por completo el universo, de una vez por todas.
Y entonces, todos y cada uno de sus habitantes alcanzaría… la paz.
