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Danza de apareamiento de dos idiotas

Summary:

Criado en un entorno tóxico donde los omegas hombres son considerados menos que basura u objetos sexuales, Christopher se manifiesta como uno. Tras asesinar accidentalmente a su hermano alfa, el orgullo de su padre, Chris se ve obligado a cambiar su naturaleza contra su voluntad mediante experimentos en un laboratorio improvisado en casa.

Habiendo perdido sus feromonas, la única constancia que le recuerda ser un omega biológico son sus ciclos de celo retrasados e inoloros.

Después de pasar gran parte de su vida viviendo bajo la incertidumbre de no sentirse parte de nada, termina conociendo a Vigilante durante una misión improvisada.

Poco a poco, Chris se permite bajar la guardia y descubre que su nuevo compañero y amigo es un alfa dominante, pero uno con evidentes problemas mentales, empezando por el hecho de saturar a Chris con feromonas alfas en cada encuentro que tienen.

Chapter 1: Revelación

Chapter Text

Contrario a la opinión de los amigos de su padre, Christopher y Keith asistían a un instituto. Uno pequeño y privado, donde solo aceptaban gente blanca. En su curso, la cantidad de alumnos superaba apenas los quince. Cuarto grado y siendo niños que oscilaban entre los ocho y nueve años, muchos ya poseían rasgos distintivos, siendo la mayoría alfas.

Se sospechaba que un niño era omega. De ser así, sería el único de la clase. Pequeño, delgado, callado, tímido. Chris escuchaba a diario a su padre hablar sobre los omegas, despreciando a los masculinos y alabando el cuerpo de las femeninas. Entre los comentarios negativos, esas anteriores características siempre eran mencionadas. Por eso, cuando a Chris se le preguntó si también creía que ese niño era omega, él, sin pensar mucho, respondió que sí. En verdad lo pensaba.

Al cruzar por los callejones, Chris siempre encontraba al niño siendo acorralado por un grupo de chicos más grandes. En algunas ocasiones escuchaba gritos, en otros llantos. Cuando veía al mismo grupo, pero no hallaba sonido alguno, un temor retumbaba en su corazón. Preso de un pánico desconocido a corta edad, lo único que dictaba su razón era huir.

El niño omega terminó abandonando el instituto un año después. Chris veía a los padres de este por el vecindario, pero nunca a su antiguo compañero. Tampoco recordaba su nombre.

Parecía algo cotidiano acosar omegas, no solo en el instituto, también fuera de este. Molestar a cualquier omega masculino decía ser divertido, porque en el conocimiento obligado a aceptar en casa, ellos no eran humanos ni objetos sexuales. Las omegas pertenecían a la última categoría, pero los omegas… eran más cercanos a la basura, un error creado por Dios, igual que la gente de color o de diferente etnia.

Keith un día confesó que su grupo de amigos lo invitó a participar en algo divertido con un omega que capturaron detrás de los baños públicos. Chris no necesitó pensar más. Sabía lo que harían. Fingiendo dolor de estómago y muchas ganas de vomitar, cayó de rodillas frente a su hermano mayor. Así, solo por ese día, evito que Keith cometiera esa atrocidad.

Si lo hizo o no más después, no tuvo forma de saberlo. Porque Keith, manifestado como alfa y volviéndose el orgullo de su padre, fue asesinado por un Chris pequeño que no controló el movimiento de sus golpes.

Los vecinos y amigos de su padre empezaron a convencerlo de que, siendo capaz de derrotar a un alfa, seguro se manifestaría como uno dominante. Esa era otra preocupación que Chris albergó por años. Su manifestación no llegaba. Creyendo que sería Beta, su padre lo empezó a apartar durante las salidas grupales, prefiriendo a Keith. Chris nunca se quejó, pero la mala suerte parecía empeñada en joderlo, porque con dos meses de duelo, Chris perdió el sentido en sus piernas cerca del lavabo.

Le picaba el trasero. Sentía los músculos de su interior contraerse hambriento. El calor subió, tiñendo su rostro en rojo, obligándolo a llorar. Chris mordió sus labios intentando reprimir los quejidos. Su padre estaba en la sala, y de escucharlo, no sabía qué podía ocurrir. Porque sin acudir a un médico, Chris lo intuyó. Lo supo.

Se quedó encerrado, llorando en silencio por horas, hasta que el sonido de pasos acercándose provocaron espasmos en sus hombros. Ya nada se podía hacer. Si ser omega era un castigo por matar a su hermano, Dios fue justo en imponerlo.

Gritos, insultos, palabrería que denigraban al ser humano. Su padre gritó y Chris no entendió nada. Un sonido hueco envolvía su entorno, similar al sonido blanco que bloquea la realidad. Regresó en sí al sentir ser tirado por la hendidura del cuello de su camisa.

Tratado como un objeto apestoso, su padre lo encerró en el sótano sin nada de comida. Chris gateó hasta una esquina, donde la tubería de agua tenía una pequeña fuga que nunca arreglaron. Como un perro, bebió del charco que en un punto se mezcló con sus propios fluidos, escapados de entre sus nalgas.

Pasaron cinco días y la puerta se abrió. Al verlo abrir los ojos, su padre maldijo. Parece que albergó la esperanza de encontrarlo muerto. Chris consideró cumplirle su deseo, pero de hacerlo, no podría cumplir su castigo. Pensar de ese modo lo regresó a la época de cuarto grado, cuando huía de las escenas de su compañero violentado a diario.

«Viviré como él ahora», pensó. Pero nuevamente, no resultó ser así.

Su padre lo introdujo a esa habitación extraña donde usualmente realizaba todo tipo de cosas usando tecnología desconocida. Allí amarró a Chris a una cama e insertó en su cuerpo todo tipo de máquinas, agujas, rayos láser, y demás. Desgarró su cuerpo y cosió su piel en más de una ocasión. «¿Sigo siendo humano?», se cuestionaba cuando sentía el eco del dolor reducirse.

No descubrió lo que su padre quería producir hasta que le permitió salir.

Acorralado cerca de la puerta, ese hombre le dijo:

—A partir de ahora, actúa como beta, maldito maricón.

Creyó imposible poder cumplir su orden, pero con el pasar de los días fue descubriendo una realidad fantasiosa e irremediable. Todo el mundo creía que era Beta. Los alfas y omegas no sentían su olor.

En su cuarto a solas, Chris intentó expulsar feromonas, pero nada surgía de su cuerpo. Los ciclos de celo que llegaban una vez cada tres meses era lo único que le permitía recordar su verdadera casta. Algo que su padre no pudo eliminar. Ese ardor interno que desgastaba su ser. Aun así, seguía inoloro.

Y aunque se sintió aliviado al inicio, con el paso de los años, aquello fue el culpable de su enorme vacío.

Christopher Smith no era Alfa, beta, menos omega. Mirando la noche durante sus patrullas, se preguntó sin falta qué era él. Y cuando la depresión desbordaba, se respondía a sí mismo:

—Cierto. No eres nadie.

Esa era su vida.