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Feelings that you don’t wanna fight

Summary:

Justo cuando Moski se está enganchando con alguien, a Manuel le dan muchas ganas de pasar más tiempo con él.

Notes:

Hola! No sabía qué título ponerle y me acordé de la única canción que conozco de Carrie Underwood, "Cowboy Casanova", y me pareció que pegaba. Los títulos de los capítulos van a ser versos de ese tema también.

Mi idea con esta historia es que sean capítulos breves para actualizar rápido. Originalmente, pensaba hacerlo un one shot más larguito, peeero el slow burn se disfruta mejor en capítulos.
Por ahora, no hay smut. Si amerita (que creo que va a pasar), cambiaré el rating.
Ojalá les guste!

Chapter 1: You wanna get out, but he's holding ya down

Chapter Text

Al pasar junto a la habitación del rubio, sintió la urgencia de abrir la puerta y comprobar que todavía estuviera ahí. Manuel, que nunca había sabido muy bien cómo luchar contra sus instintos, no lo pensó dos veces y lo hizo.

Moski seguía allí. No se había ido, su vuelta tampoco había sido un sueño. Su amigo había regresado y estaba con ellos.

Sintió una presencia a su lado y luego escuchó la voz de Bauleti.

—Te juro que, por momentos me cuesta caer, Manu —dijo colocándole una mano en el hombro.

—Sí —fue todo lo que pudo responder mientras se concentraba en la respiración uniforme del más chico, quien estaba ajeno a los miedos de los otros y cuyo pecho subía y bajaba lleno de paz.

Santiago le dio dos palmaditas en la espalda y retomó su camino.

Desde que Moski había regresado hacía dos días, ambos streamers tenían la costumbre de dar una miradita en su habitación para ver si seguía en el departamento cuando no lo tenían dando vueltas por el living. La mayoría de las veces, lo encontraban durmiendo.

Quizás Manuel se quedara mucho más tiempo que Santiago, pero este último lo hacía más seguido. En total, calculaba que ambos pasaban la misma cantidad de minutos al día siendo unos raros de mierda que miraban a su amigo dormir.



Los primeros días, Moski no salió para nada. Tenía sentido, porque estaba de incógnito hasta que lo anunciaran al público. Unos días de tranquilidad para que se aclimatara nuevamente a su hogar. Algunos streamers amigos vinieron a visitarlo y a darle la bienvenida, así que nunca estuvo solo por mucho tiempo.

A Manuel le gustó eso.

Sin embargo, los días fueron pasando y Lautaro seguía prácticamente sin asomarse a la calle. Recién entonces comprendió la razón: no tenía motivos para salir.

Se sintió un pelotudo. El rubio no tenía un círculo en Buenos Aires con el que se vinculara independientemente de él y Bauleti. Todos eran amigos de ellos que se llevaban bien con Moski o gente del ambiente que los conocía a los tres. Su “gente”, la exclusiva de Lautaro, estaba a una pantalla de distancia y la mayoría del tiempo se la pasaba escribiéndoles o hablando con ellos por videollamada.

Lo atravesó una punzada de culpa. Tendría que haberlo sabido. Si bien Moski no lo había planteado explícitamente, había sido algo que estuvo latente en muchas de las conversaciones que tuvieron desde que se amigaron. Lautaro se había ido porque se había perdido la conexión humana entre ellos y porque en las últimas semanas todo pasaba por el stream, sí, esto estaba claro. La cuestión de fondo era lo solo que se había sentido en ese tiempo.

Hizo memoria y pensó en los reclamos que su amigo le hacía cuando vivían con su madre cada vez que se veía con alguien y lo dejaba solo, en cómo le pedía que pasaran algo de tiempo juntos previamente a irse a Dubai, en lo apagado que había estado en ese momento. También recordó lo feliz que se veía cuando estaba en su compañía, en lo feliz que él mismo se sentía cuando eso ocurría.

Decidió hacerse un huequito para estar con Moski todos los días aunque sea un rato fuera de stream. No sería fácil, entre los entrenamientos para la pelea, su vida social y el trabajo, pero lo consideraba necesario. Su amigo valía la pena.



Y así fue cómo las cosas volvieron a ser como en un comienzo, como esa temporada en la que el rubio llegó a Argentina para instalarse en su casa y se volvieron el mundo del otro. Moski eventualmente comenzó a salir del departamento sin él y sin Santiago, aunque fuera de forma muy esporádica.

Manuel estaba cómodo con esa rutina. Había logrado balancear bastante bien todos los aspectos de su vida y podía darse el lujo de mimar a Moski. Le hacía el desayuno, le compraba lo que le gustaba para merendar, se tomaba el tiempo de charlar para ver cómo se sentía y lo abrazaba siempre que tenía la oportunidad.

Lautaro no volvería a irse.



Ocurrió en una noche tormentosa durante los primeros días de diciembre. Manuel había salido en el auto, pero a las tres cuadras, la torrencial lluvia lo convenció de pegar la vuelta.

Le escribió a la chica con la que iba a verse para avisarle del cambio de planes y regresó al departamento. Ella lo entendería. Era algo casual, después de todo.

Al subir a su piso, el morocho estaba completamente seco gracias a que el edificio tenía un estacionamiento en el subsuelo y no había tenido que exponerse al temporal. No sabía en qué ocupar su tiempo. Bauleti había salido más temprano y Moski estaba durmiendo.

Despacio, fue hasta el cuarto del rubio. Estaba acostado sobre su estómago. Tenía la sábana y la frazada a la altura de la cintura y la remera un poco levantada sobre su espalda, lo cual lograba que la curva de su culo se pronunciara más. O, quizás, siempre había sido así. El morocho era consciente de sus atributos aunque ahora resaltaran. No podía ver su rostro ya que estaba volteado para el otro lado, pero por los movimientos uniformes que causaba su respiración, sabía que estaba durmiendo.

Sin pensarlo, pero sin apurarse, Manuel se descalzó, se sacó el buzo y fue acercándose a la cama. Había espacio suficiente para que él se acomodara detrás de su amigo. Podrían dormir una siesta juntos y ponerse a ver una peli después.

Tras apoyar su peso en el colchón, este se hundió un poco más y un inconsciente Moski se pegó a él. Si bien el movimiento no lo despertó, el rubio refregó su cara contra la almohada, intentando pelear contra una fuerza invisible que le decía que despertara.

Manuel le acarició el brazo suavemente.

—Soy yo —susurró—. Quería estar un ratito con vos.

Eso pareció calmarlo, incluso si el morocho no estaba seguro de que el otro le hubiese entendido.

Notó que todo su cuerpo estaba de costado contra el del rubio y quiso separarse para recostarse sobre su espalda, pero descubrió que ya no había espacio. Con cuidado, envolvió al más chico por la cintura para asegurarse de no caer mientras estuviera durmiendo y dejó que la oscuridad y el silencio de la noche hicieran lo suyo.



No sabría decir cuánto tiempo durmió. Quizás cinco minutos, quizás cinco horas. De lo que estaba seguro era que no se quería levantar.

Sin embargo, el chico junto a él tenía otros planes.

—¿Manu? ¿Qué hacés acá? —preguntó girándose sobre sí mismo para enfrentarlo al tiempo que se refregaba uno los ojos con los dedos.

—Suspendí mi salida. ¿Querés hacer algo?

Lautaro se mostró incierto.

—Tengo planes.

—Cancelalos, quédate conmigo —le pidió haciendo un “pucherito” sutil.

Vio la duda en sus ojos, lo estaba considerando. Se estiró para agarrar su celular y ver la hora.

—No puedo, es tarde.

Manuel le pellizcó la cintura porque, sí, seguía aferrado a ella.

—Dale, gordo. ¿Qué tenés que hacer tan importante? ¿Justo hoy vas a salir? Afuera el cielo se está cayendo.

—No pensaba salir.

—¿Entonces?

Frunció los labios antes de responder.

—Viene un amigo.

Eso llamó su atención.

—¿Quién?

Como si hubiera estado planeado, en ese momento sonó el teléfono del portero eléctrico. Quienquiera que viniera a ver a Moski había llegado. Manuel tendría que despedirse de esa comodidad.

—Ian —dijo el menor levantándose y sin mirarlo a los ojos.