Chapter 1: Un Desastre
Chapter Text
―No.
Charlie, en ese momento, no sonrió. No podía hacerlo cuando sentía que su corazón se estaba partiendo en miles de pedazos por una sola palabra. Era impresionante y desastroso.
Nunca debió de darle tanto poder a Sylvie.
Pero es que Charlie lo hizo porque confió en que Sylvie nunca iba a lastimarla.
―¿En serio? ―Charlie había titubeado. Recuerda que sus labios temblaban demasiado y solo quería llorar más de lo que ya había llorado en toda la discusión―. ¿Ni siquiera vas a dar una excusa?
Sylvie aún tenía sus brazos cruzados. Sus mejillas tenían rastros de las lágrimas que hacía menos de un minuto había soltado. El delineador de sus ojos se corrió. Los ojos estaban rojos y sus lentes empañados. Su cabello… Oh, su hermoso cabello estaba erizado y desastroso.
Charlie quería abrazarla. Tenía tantas ganas de hacer que se acurruque contra ella, en su pecho, acariciarle la cabeza y prometerle que todo estaría bien. Le iba a besar la frente y luego los labios. Al final, se irían a la cama y dormirían desnudas sin haber hecho nada, porque Sylvie necesitaba el contacto más directo de piel con piel para tranquilizarse.
Y ella, Charlie, casi lo hace.
Pero luego recordó a su papá… No, ella no podía hacerle eso a su papá… No de nuevo.
Fue por eso que, con el dolor de su alma, Charlie dijo aquello que nunca pensó decirle a Sylvie.
―Entonces ya no tiene sentido seguir juntas.
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Resulta que a una persona se le acaban las excusas para no celebrar las fiestas navideñas luego de que vomitas borracha en el tacho de basura que hay en la sala de fotocopias que nadie nunca usa.
Y Charlie lo está descubriendo en ese mismo momento.
―¿Obligada? ¡Papá, soy una adulta, no puedes obligarme a viajar a ningún lado!
Ella se está pintando las uñas de los pies y de fondo dejó olvidado un programa de televisión que está transmitiendo su especial navideño, aunque apenas sea 2 de diciembre, mientras sus perros dormían con la panza para arriba en una esquina de la sala. No, en realidad, ella estaba intentando pintarse las uñas de los pies, mientras charlaba con sus padres por videollamada, hasta que su papá decidió decir la mayor estupidez de todas.
―Si puedo y lo hago. ―Su papá frunce tanto el ceño que Charlie tiene miedo de que se quede congelado con esa horrible expresión el resto de su vida―. ¡No te he visto en años!
―¡Que maldito mentiroso, si nos vimos el día de Acción de Gracias!
Su papá parpadea.
―Eso fue el año pasado.
―No, eso fue este año.
―¡No, fue el año pasado! Creo. ―Su papá se aleja de la cámara y mira sobre ella, hacía donde debería de estar la cocina de la casa, y grita―: ¡Lilith, ven acá, amor! ¡Tu hija está intentando manipularme! ¡Corrígela!
―¡No metas a mamá en esto!
―¡Tu no metas mi mala memoria en esto! ¡Eso es un alzhéimerfobico!
―¡Oh, vete a la mierda, papá!
―¡Niña, no me hables en ese tono que soy un hombre sensible, mierda!
Entonces, Charlie piensa seriamente en llamar a su padre viejo. No lo hace, más que nada porque sabe que es el único insulto, no tan insulto, que su padre nunca sería capaz de permitirle ni perdonarle decir. Odia que le digan viejo, aunque este a dos años de los 60. Y Charlie podrá putear a su padre todo lo que quiera, ¿pero decirle viejo? No, eso nunca.
Aunque sí que quería, mierda.
Su padre se estaba pasando de idiota. Cosa que no es novedad. Siempre ha tenido un comportamiento infantil y torpe. Es un idiota con mucho poder y encanto. Un hombre respetable, cabe aclarar. Charlie no lo odia, pero sí que le saca canas verdes cuando empieza a joder y joder con la misma porquería de siempre de que la familia tiene que estar junta durante las fiestas.
Pero no hay que malinterpretar a Charlie. Ella no es un grinch de la navidad o algo así.
Charlie ama las fiestas, usar suéteres feos con renos mal cocidos y narices rojas, cocinar galletas de jengibre que va a decorar muy rápido y eso hará que todo se derrita antes, y decorar un árbol que va a soltar muchas hojas y nadie querrá limpiar después.
Si, uno no se emborracha tanto en navidad por puro odio. No, normalmente eso ocurre por exceso de cariño a una festividad cristiana que como que ya no tiene nada de cristianismo. Al menos, Charlie ya no arma ningún pesebre, pero si empieza a decorar su departamento a mediados de diciembre.
Entonces, bien, no hay problema en festejar navidad.
El problema es el lugar donde su querido papá quiere festejar la navidad.
Lugar al que Charlie no tenía pensado volver ni, aunque le prometieran un ascenso que sabía que se merecía desde hace dos años, mierda.
―Papá, voy a colgar, no quiero tener esta discusión por videollamada donde, en serio, lo único que puedo ver es tu pálida cara. ¡Nos vemos!
―¡No te atrevas a colgarme, Charlotte Morningstar! ―Grita su papá. Su voz sonaba un poco extraña por el ruido artificial de la computadora―. ¡Aun no terminamos de hablar!
Nah, si habían terminado de hablar y por eso Charlie decide que cortaría la maldita llamada… Hasta que la cara de su madre apareció.
Lo peor del asunto es que no es intimidante. No, claro que no, porque ni su mamá ni su papá parecen entender aún que no tienen que estar con las mejillas pegadas para caber en la pantalla de la llamada. O quizás si lo saben, pero no les importa. Con el historial que tienen de ser tan dependientes del contacto físico, a Charlie no le sorprendería que ellos solo quisieran pasar pegados porque si y ya.
Su mamá no miraba directamente a la pantalla. Mentira, en realidad Charlie no podía saberlo porque su madre estaba usando lentes oscuros de playa y sus ojos no se notaban. No tenía mucho sentido que los usara a esa hora de la noche, pero Charlie entendía la razón: Es rara.
―¿Charlie? ―Pregunta su mamá, como si no estuviera segura de que ella seguía ahí. Unos mechones de su cabello plateado caen y golpean directamente la pantalla. Su papá, sin decir nada, se apresura a acomodarlos detrás de la oreja de su mamá―. ¿Sigues ahí?
―Si, mamá. Aquí sigo. No me iré. ―Charlie frunció el ceño y miró fijamente a su papá―. En serio no pienso irme.
Su papá bufó y la ignoró.
Maldito berrinchudo.
―¿No? ¿Qué? Espera, no puedo verte bien. ¿Qué te pasó en la frente?
Charlie se toca la frente con un poco de pena. Le había salido un grano que aún no maduraba y no podía destruirlo hasta que no quedara rastro. En su lugar, parecía una bolita roja que brillaba de forma molesta justo entre sus cejas.
Era el colmo que su madre no pudiera verla bien a todo lo que es ella, pero si era capaz de ver el puto grano.
―Un grano, mamá.
―Has comido mucho chocolate. ―Su mamá asiente ante sus propias palabras―. Qué bueno. ¿Has hecho galletas? Acá no hemos hecho nada aún. Estamos esperando a que llegues.
Charlie suspira, mientras se pasa las manos por el cabello que tenía tres días sin peinar. Ni lavar. Ella tampoco se había lavado los dientes en casi una semana. Estaba cayendo en un pozo depresivo que se negaba a admitir en voz alta, pero que era el completo responsable de toda la discusión que está teniendo con su papá, y, ahora, con su mamá.
Porque claro que mamá se iba a poner del lado de papá. Ni modo que sea amable con su hija y la apoye en su madura decisión de no visitarlos durante la navidad de ese año simplemente porque no quiere volver al maldito pueblo donde está su estúpida ex que, de seguro, tiene una vida tan patética que sigue trabajando en esa maldita carnicería sin futuro.
Bueno, quizás Charlie si se estaba pasando, pero antes muerta que admitir algo tan ridículo como no haber superado a su ex luego de cinco años sin verla.
―Mamá, ya se los dije, no iré este año.
―Pero siempre pasamos las navidades juntos, amor ―dijo su mamá―. Tus tíos vendrán este año.
Menos ganas de ir le dieron a Charlie.
―Bueno, ya tienen a más gente con la que pasar el tiempo, ¿no? Yo sería solo una molestia.
―¿Lo ves, Lily-Lu? ―Su papá volvió a acercarse a la pantalla―. ¡Tú hija es una malagradecida! ¿Quién no querría pasar navidad comiendo pato al horno?
―¿Van a comer pato? ―Charlie no podía creerlo―. ¿En serio?
Su papá pareció ofendido. Incluso puso una mano en su pecho y todo eso.
―¿Ahora si te interese saber qué haremos en navidad? ¿Solo cuando menciono la muerte de un pato? ¡¿Quién te hizo tanto daño, mi niña?!
Charlie rio, porque fue gracioso y, aunque todo el asunto fuera una discusión real, ni ella ni su padre lo hacían de forma seria. Ambos eran unos berrinchudos dramáticos que exageraban todo para que fuera más divertido.
Aun así, esa última y simple pregunta hizo que un dolor molesto apareciera en el pecho de Charlie, mientras un nombre aparecía en su mente. Se sintió como un golpe directo con un palo en el pecho.
Sylvie.
Maldita zorra.
―Lulu, cállate. ―Su mamá, siempre con ese sexto sentido maternal, obviamente notó que su pendeja hija había vuelto a pensar en su ex. Era bueno saber que, mínimo, Charlie tenía a su madre para apoyarla en silencio―. Ya sabes que Sylvie es un tema sensible para Charlie.
Bueno.
Parece que la estupidez viene de familia.
―¡Mamá! ―Charlie grita, porque no puede quedarse callada ante la humillación que hace que su sangre palpite en sus oídos del puro coraje―. ¡Ya dijimos que no se habla del sujeto S!
―¡Ay, amor, lo siento! ―Su madre parece apenada cuando habla. Se acerca tanto a la pantalla que Charlie ya no puede ver a su papá―. Pero me preocupas. ¿Cuándo fue la última vez que te bañaste?
Charlie siente que su rostro se calienta, pero realmente no reacciona a tiempo, ya que, de verdad, se pone a pensar cuando fue la última vez que se bañó y cuando nota que fue hace semana y media se quiere pegar un tiro por ser tan cochina.
―Mamá, basta.
―¿Por qué no quieres venir, Charlie? ¿Es por Syl- digo, sujeto S?
―Papá, tú también guarda silencio.
―¡No debes de permitir que esa chiflada tenga tanto poder sobre ti! ¡Y menos que te arruine las navidades!
―¡Oh, no, estática! ¡Chsssss! ¡Los estoy perdiendo! ¡Chsssss! ¡Oh, ya no puedo verlos!
Charlie no espera a que sus padres digan nada. Simplemente termina la llamada y cierra su computadora, con más fuerza de la necesaria.
Suspira, se pasa las manos por la cara y se levanta, rumbo a la cocina, queriendo comer otro chocolate que le dejaría los dientes más sucios de lo que ya estaban.
Porque el chocolate nunca le guardaría secretos ni permitiría que una relación de casi tres años terminara en una estúpida gasolinera.
Sylvie.
¿Cómo estaría? Charlie esperaba que mal. Ojalá estuviera muy mal. Pero mal serio, ya sabes, como que no tuviera dinero para darse un gustito o que se golpeara contra una mesa al regresar borracha a casa.
Porque, claro, ella no podía desearle un mal muy feo como la muerte o la pobreza extrema o algo así. Sin embargo, si podía pedir que, de tener una nueva novia, ojalá le hiciera tanto daño como a se lo hizo a ella.
Sylvie LeBlanc.
Maldita puta, perra, zorra, malparida desgraciada que tenía un cabello hermoso. ¡Pero no era natural! Bueno, si lo era, pero… ¡Usaba lentes y era tonta!
Una tonta desconfiada que, aunque Charlie era, dah, Charlie, el ser más confiable de todo el amplio mundo, no fue capaz de contarle nada. Aun cuando llevaban 4 años de conocerse, 3 de relación y 1 maldito mes de estar comprometidas.
¡Y para colmo todo ocurrió en navidad!
En una gasolinera que tenía un letrero enorme de Santa Claus que brillaba en neón e hizo que la estúpida cara de Sylvie se viera ridícula. ¡Ja, Charlie ahora sí que podía reírse de la patética de su ex!
Si.
Ya podía reírse y festejar navidad sin pensar en ella.
Sin recordarla nunca.
Ni un poco.
Si.
Charlie solo necesitaba encontrar un maldito chocolate antes de ponerse a llorar.
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De forma completamente lamentable, Charlie era una mujer adulta cuya vida dependía enteramente de sí misma.
Por eso, ella tenía que levantarse temprano para trabajar, cosa que no le gusta, para tener dinero y gastarlo en cosas útiles, que le gusta mucho menos, y así poder vivir, cosa que, de plano, detesta.
Y solo para llevarle la contraria a sus amorosos y tontos padres, Charlie se bañó antes de irse.
Bueno, decir que se bañó es una mentira muy grande para su patético intento de higiene que hizo en esa ducha. Solo estuvo de pie bajo el chorro de agua durante 15 minutos, luego se lavó el cabello muy por encima con el jabón que usaba para lavar ropa, y al final se volvió a quedar bajo el chorro por otros 15 minutos.
Charlie, entonces, nota que los psicólogos son unos mentirosos y bañarse no ayuda a levantar el ánimo. Ella solo se siente peor.
Ese día era día de ser una escritora mediocre, como todos los días anteriores, por lo que Charlie decide usar un traje oscuro, mal planchado y que hacía que su delgadez se notara aún más. De hecho, cuando se lo pone, se da cuenta que le queda más flojo aún.
Genial, siendo tan delgada, con el cabello tan seco y rubio que parece paja, Charlie ahora siente que luce como una escoba mal cuidada. Es más, ¿quién en su sano juicio cuidaría una escoba? Charlie no lo haría.
Tal vez si la escoba no le mintiera, si la cuidaría… Oh, ella ya se está yendo a la mierda.
No se maquilla, pero tiene maquillaje de emergencia en el auto. Su auto. Charlie siente orgullo de su auto porque lo consiguió con mucho esfuerzo hace menos de dos años. Antes de eso, iba al trabajo en bicicleta. Ahora, ella no recuerda cuando fue la última vez que usó una. Ni le importaba, en realidad.
En ese momento solo siente una pesadez horrible en el estómago al llegar al edificio de la empresa inmobiliaria en la que trabaja y donde ella es solo otra de los muchos fracasados que nunca pudo cumplir su lindo sueño de cambiar el mundo al crear un salón de belleza para perritos. Era eso o escribir novelas infantiles navideñas.
Okey, mierda, la navidad nunca era el problema.
No.
Charlie era una fanática de la navidad al completo. El único problema de las fiestas era el estúpido recuerdo de su ex más seria e intensa que le arruinó las últimas 5 navidades con ese amargo malestar en el pecho que la hacía vomitar.
De hecho, fue por eso que vomitó tanto en la fiesta navideña de la empresa el año pasado. Pero, claro, si alguien preguntaba, era mucho menos humillante decir que solo había bebido mucho y era una mala borracha.
Ella tomaba mucho, claro, pero nunca tendría tan poco estomago como para caer luego de una sola botella. No. Lo que pasó fue que Charlie vio un suéter de navidad con un muñeco de nieve con lentes, se acordó que Sylvie usaba lentes, le dieron ganas de llorar al pensar en ella y luego solo salió corriendo hasta que vomitó el pavo que comió hacía dos horas atrás en el cubo de basura de la sala de fotocopias que estaba fuera de servicio, pero que todos parecían usar para fumar o coger.
Charlie esperaba que ella no hubiera sido la primera en usarla para vomitar. Quizás alguno de sus compañeros de trabajo tenía un fetiche con el vómito o algo así. Mierda, ese pensamiento no le hizo sentir mejor ni un poco.
Ni siquiera ver la nieve caer por la ventana desde dentro de su auto le hizo sentir mejor.
Ella solo suspira, se pone su gorrito de la nada super lindo (que combina con sus guantes y bufanda, porque ella es una mujer con estilo) con astas de ciervo y sale del auto, resignada a trabajar frente a una computadora haciendo cualquier cosa que no sea ser feliz.
El frío clima le hace estremecerse. La nieve no le cae encima porque, contrario a los últimos días donde solo iba a la empresa para firmar asistencia y luego irse a casa, ella se ha estacionado en el… Estacionamiento… Dah.
Bueno, la nariz le pica un poco y siente que va a empezar a moquear donde ella no entre rápido al elevador. Por eso, ella no se detiene y casi que corre hasta él. Luego, Charlie simplemente espera mientras sube y sube hasta su piso, donde empieza su martirio a las 7 de la mañana.
Charlotte Morningstar trabaja siendo la asistente principal, pero no personal (eso dice su placa) de Carmilla Carmine. Esa mujer tan imponente siempre la llama como su mejor escritora, lo que es solo un halago barato para pedirle que le traiga el café bien caliente. ¡Ni que fuera un pasante!
Al menos ahora si se acuerda de su nombre. Antes de eso, la llamó de 17 formas distintas cada tres meses durante todas sus pasantías. Era una perra, pero una admirable que tenía un puesto de gerente que Charlie quería desde hace mucho tiempo.
Bueno, desde los últimos dos años, cuando decidió que no quería seguir siendo una fracasada laboralmente. Y un ascenso siempre significaba estar mejor, aunque tu único sueño era salir y hacer libros infantiles con pinturas al óleo.
A Charlie le gustaba mucho el óleo.
No había pintado en mucho tiempo.
Ella suspira cuando las puertas se abren, fuerza una sonrisa y camina con la confianza que una pobre idiota como ella no debería de tener. Todos siempre son amables con Charlie porque, claro, ¿por qué no serías amable con una rubia sonriente con cara de muñeca que ama a todos y nunca la han visto enloquecer en público?
Énfasis en la última palabra, porque si alguien pregunta quien es la idiota que llora todos los jueves, dos veces al mes, en el último cubículo en el baño de las mujeres, no es Charlie.
―¡Charlie, hola! ―Le saluda Velvette, con una alegría completamente falsa y apenas levantando la mirada de su teléfono―. ¿Nuevo peinado? Te queda mejor el anterior.
¿Sería muy racista decir que todas las morenas son unas perras con Charlie? Qué bueno que solo lo piensa, mierda.
―¡Buenos días, Velvette! Te ves radiante.
―¿Yo? Todo el tiempo, mujer.
Charlie siente un tic en su ojo derecho. No dice nada, solo sonríe y sigue caminando sin ganas de enfrentarse a nadie. Solo quiere llegar a su cubículo, abrir su computadora y escribir todo lo que Carmilla quiera durante las siguientes 10 horas, porque Charlie es tan buena trabajadora que siempre hacía horas extras.
Sylvie odiaba que hiciera horas extras. Decía que solo las personas sin autoestima lo hacían, porque lo único que ganas haciendo aquella tontería es buscar la aprobación de un gerente que, de seguro, ni se acuerda de tu nombre.
Charlie frunció el ceño cuando llegó a su cubículo, mientras pensaba que estaba pensando mucho en su ex últimamente. Todo era culpa de sus padres por mencionarla. Fue un acto muy grosero, más aún cuando ellos estuvieron a su lado en todo momento, viendo como ella casi que se partía el alma intentando salvar una relación que, pues, nunca dio para funcionar.
Vete a la puta verga, Sylvie.
Nombre todo estúpido.
―¡Charlie, que bueno verte de nuevo, cariño!
Ah, cierto, Valentino sigue trabajando aquí, que puto asco.
―¡Buenos días, Val! ―Charlie se sienta en su silla e, inmediatamente, prende su computadora. Por mientras, se pone a organizar todo su escritorio, intentando lucir lo más ocupada posible―. ¿Cómo te va? ¡Espero que bien! Yo tengo mucho con lo que ponerme al día.
Valentino se recarga en las paredes todas temblorosas que creaban esa jaula que Charlie estaba obligada a visitar 6 días a la semana y que llamaba cubículo. El hombre le sonríe con suficiencia detrás de sus lentes asquerosamente brillantes y que Charlie ha intentado robas cinco veces ya. Valentino se quejó a Recursos Humanos por eso y a ella le dieron una advertencia y una charla de dos horas sobre respetar la propiedad ajena.
―Veo que la fiebre si te pegó mal. ¡Te ves terrible! Aunque aún eres atractiva y ese tipo del departamento de marketing sigue queriendo invitarte a salir. Le dije que no podías porque eres lesbiana.
―Soy bisexual.
―¡Tras que te ayudo a evitar a un acosador, te quejas! Bueno, espero que te coja en la sala de fotocopias junto a tu vomito, ¿sabes? ¡Nos vemos luego, amor!
Valentino se fue y Charlie se quedó pensando si en verdad había sido grosero corregirle su orientación sexual o si él solo era un imbécil. No pudo decidirse, pero su computadora ya había prendido, por lo que no lo pensó más y simplemente se puso a trabajar.
―¡Charlie, ya volviste!
Oh, claro que sí, ella tenía que encontrarse con los tres, ¿no? Primero fue la envidiosa obsesionada con los chismes, luego el idiota que tenía un maní por cerebro y ahora con la abeja reina fabulosa que, en realidad, era un tarado con traumas que parecía proyectarse en cualquiera con el que hablara.
Vincent Whittman.
Si, con apellido y todo para que se entienda lo hijo de puta que es.
Sin embargo, contrario a los otros brutos que le hablaron a Charlie, Vincent si tenía más poder que ella y faltarle el respeto sería cavar su propia tumba en una empresa donde, ya de por sí, ella tenía un valor inferior a un terreno de 4x4.
―¡Señor, buenos días, que felicidad volver a verlo!
A Charlie le crecería la nariz como pinocho si seguía en ese maldito trabajo.
Vincent le sonríe con falsa elegancia. Pone una mano en su cintura y Charlie nota que ha bajado de peso. No sabe si debe de mencionarlo, ya que la última vez que le dijo a un hombre que estaba flaco casi presencia un suicidio en primera fila.
―Tan emocionada como siempre. Si sigues así vas a conseguir ese ascenso antes que Lute.
Eso no le importaba a Charlie, pero ella tenía que fingir que las palabras de Vincent eran lo mejor que le podían dar en todo el día para, ya sabes, no ser enviada a Recursos Humanos… De nuevo.
―¿En serio lo cree?
―No, pero es bueno que superes nuestras expectativas en ti. ¡Sigue así, guapa!
La da dos palmadas vergonzosamente sonoras en la espalda antes de irse, meneando la cadera y guiñándole el ojo a una mujer que parece al borde de un derrame porque el loco de Vincent le dirigió la mirada.
Charlie le tenía especial resentimiento a ese hombre.
Bueno, realmente no tanto, pero si lo tuvo en su tiempo. Más que nada porque intento bajarle a la ex novia es más de una ocasión, aunque Sylvie era esa clase de lesbiana que detestaba a los hombres y parece apunto de vomitar cada que le mencionan a uno. Nada de eso fue capaz de detenerlo.
Ella recuerda con vergüenza como era la nueva en la empresa y se abrió, un completo error, con él y le contó sobre lo horrible que había sido su relación con Sylvie. Le mostró una foto mientras lloraba y comía donas que un tipo había traído por el cumpleaños de alguien de otro departamento, y Vincent simplemente le pidió el número porque se le había hecho guapa Sylvie.
Así de descarado fue.
Charlie, desde ese momento le tenía cierta manía a ese hombre. No le gustó lo poco empático que fue. Secretamente, se puso muy feliz cuando le llegó el chisme de que nunca pudo contactar con Sylvie. ¡Genial! Merecido por imbécil.
Ella suspira.
Dos semanas sin pisar esa empresa le hizo darse cuenta que ya no recordaba cómo se trabaja. Principalmente porque su rutina siempre incluía que ella le hiciera un café a Carmilla y se lo llevara a su oficina antes de las 8.
En ese momento, Charlie casi grita cuando nota que son las 8:15.
Sale corriendo, dejando su documento sin guardar abierto en Excel, hacía la pequeña cocina en el piso, mientras repite como un mantra que el café de Carmilla solo tiene que tener dos cucharadas de azúcar, un chorro de miel que de dos vueltas y dos galletas de vainilla para acompañar.
Siempre lo tenía que servir en esa taza de color negro con blanco que parece una cebra. Es horrible, pero a Carmilla le gusta y como nadie más quiere usarla, nunca está ocupada.
Hasta esa mañana, aparentemente, porque Charlie la encuentra en el lavamanos, sucia.
―¡Mierda! ―Dice, enojada.
Se quita los guantes, se arremanga las mangas y se pone a lavar la taza. Cuando se siente mal por dejar los otros platos sucios, decide lavarlos también. Aunque antes seca la taza de cebra y la pone a llenar en la cafetera. Luego, busca las galletas y justito quedaban solo dos. Fue casi como si el mundo le tuviera piedad.
Le subió suficiente el ánimo como para ir genuinamente feliz a la oficina de Carmilla. Cuando llega, toca dos veces, como sabe que tiene que hacerlo.
―Pasa.
Charlie sonríe porque Carmilla no suena enojada. Abre la puerta con cuidado y sigue sonriendo cuando la cierra y luego camina hasta el escritorio donde ya está Carmilla, luciendo ligeramente frustrada mientras leía algo en la computadora.
―Lamento la demora, alguien usó tu taza ―se apresura a decir Charlie, mientras deja el café del lado derecho porque Carmilla es diestra y ella aborrece que le den las cosas por el lado izquierdo―. No sé quién fue.
―¿Tanto demoraste por una taza?
―Tuve que pelear por ella. Creo que los de Recursos Humanos me van a citar de nuevo.
Una completa mentira, que valió la pena al completo cuando Carmilla soltó una pequeña risa.
―Bienvenida de nuevo, Charlie. Te extrañe. ―Si, extrañó a la tarada que le hace los informes, así cualquiera―. Siéntate, por favor.
―Tengo que volver al trabajo ―dijo, pero se sienta por pura costumbre a ser complaciente con su jefa.
Carmilla no levanta la mirada por un tiempo. Parecía estar leyendo algo que le molestaba. Luego, se puso a escribir cosas, siendo que cada tecla presionada un peso más en los hombros de Charlie que ni sabía porque estaba ahí.
¿Había hecho algo mal? No que ella recordaba. Quizás le iban a dar un regaño por las dos semanas que se dio de baja por enfermedad. Tuvo que usar suero y todo eso, pero tal vez eso a Carmilla no le importaba.
Ojalá no la despidan. Claro, Charlie odia su trabajo, pero necesita dinero. Ojalá no la despidan.
Carmilla, entonces, sonríe y asiente.
―Charlie, me has alegrado el día como no tienes una idea.
Oh, eso tiene que ser una pésima señal.
―¿Disculpe?
―Tú vienes de un pueblito en las montañas, ¿verdad? ―Carmilla la mira a los ojos, sonriendo―. Hazbin Hollow, ¿me equivoco?
Charlie parpadea, con un mal presentimiento creciendo dentro de su pecho.
―Si. Vengo de ahí… No está realmente en las montañas.
―¿Dónde es que esta?
―En Vermont, cerca del lago. Bueno, justo en el lago. Bueno, no en el lago como tal, pero si está ahí en grande, como al lado. Antes el lugar se llamaba Hazbin Lake, ¿sabe? Lo siento, creo que no lo sabe.
―Está a unas 5 horas de Pentagram City. Un pueblo mágico, ¿verdad?
Oh, esto está muy mal.
―¿Qué?
―Celebran mucho la navidad ahí, ¿no?
―Todo, en realidad. Ese es el lema del pueblo. ―Charlie, entonces, dice con un acento de comercial que tiene quemado en el cebero desde los 2 años―: “Si hay motivo, celebramos. Y si no, lo inventamos.”
Carmilla sonríe, complacida. Charlie no entiende nada.
―Asumo que vas a pasar las fiestas allá, ¿verdad? ―Dijo Carmilla. Y antes de que Charlie pudiera explicarle que no iba a hacer eso, la mujer se apresuró a agregar―: Cosa que queda perfecto para tu nuevo trabajo.
Mierda.
―¿Qué nuevo trabajo?
―Probablemente ubicas a uno de nuestros clientes habituales: Heaven Clouds. Actualmente, ellos quieren expandirse más. ¡Precisamente en Vermont! Quieren abrir más refugios ambientales en lugares llenos de naturaleza.
Ah.
Vaya.
Heaven Clouds es una empresa de porquería que insiste en ser bioamigable con cualquier cosa que hagan, lo que va desde refugios para animales hasta hoteles “accesibles” para todos. Se habían expandido como parásitos por todo el norte del país desde hace cinco años, normalmente acabando con pueblitos perdidos en el mapa que nadie recordaba cuando desaparecían.
Charlie nunca había hecho un trabajo directo con ellos. Simplemente escribía los informes que le pasaban todos sus superiores y así descubrió que un pueblo en Alaska fue casi que demolido por completo para crear un centro comercial turístico con colores neón muy fuertes.
Eran una empresa hipócrita, ciertamente. Y Charlie una de sus muchas ayudas para seguir creciendo. Sin embargo, nunca lo había hecho de forma directa.
Hasta ahora, aparentemente.
―¿Qué quiere decir?
―Hay unos lugareños que no quieren firmar para entregar los terrenos. ¡Nada muy extremo! Y son negocios nuevos, así que no les tienes cariño, ¿sabes? ―Carmilla sonríe y Charlie se siente profundamente insultada―. Seraphine exige que vaya uno de los nuestros a hablar con esa gente para convencerlos de firmar unos simples papeles, Charlie.
Oh.
Mierda.
―¿Quiere que yo vaya a convencerlos?
―¡Siempre tan lista! ¡Esa sí que es una verdadera mujer! ―Carmilla toma su taza y le da un ruidoso sorbo. Luego, la deja de nuevo en su lugar y toma una galleta―. De paso te puedes quedar para pasar las fiestas con tu familia por allá. ¡Todos ganamos!
Charlie no creía estar ganando nada.
De hecho, se sentía como un monstruo.
Carmilla de verdad la estaba mandando al pueblo que dejó hacía apenas cinco años para decirle a personas a las que conocía de toda la vida que firmaran unos estúpidos papeles que pedían permiso para demoler todas sus vidas y crear un… ¿Un qué?
―¿Qué es lo que quieren hacer?
Carmilla pareció muy contenta de que ella preguntara. Voltea la pantalla de su computadora hacía ella y le muestra los planos de un centro comercial promedio, pero gigante.
―Un mega centro comercial con hotel boutique. ¡Ayudara tanto al turismo del lugar!
Charlie frunce un poco el ceño, acercándose para mirar mejor.
―¿En qué zona?
―Justo al norte.
¿Al norte? ¿Qué había al norte? Charlie podía recordar que había una panadería que hacía las mejores galletas de jengibre del mundo, una escuela a la que iban todos los niños y también… ¡Oh, mierda!
La carnicería de Sylvie.
Oh.
Carajo.
Charlie iba a arruinarle la vida a su ex.
¡Genial!
―Cuente conmigo, jefa. ―Charlie sonrío―. ¡Todos van a firmar antes de noche buena!
―¡Que maravilloso! Puede que, si te ganes un ascenso por esto, Charlie.
Vaya, al final si le iba a dar un ascenso por volver a ese lugar. Quién lo diría.
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―¡Sabía que cambiarías de opinión!
Charlie hace una mueca, mientras sigue doblando y guardando ropa en su maleta. No es ropa de ella, es ropa de sus perritos. Razzle y Dazzle, de raza cockapoo, que tienen mucha energía y una calma perfecta para vivir en un departamento en la gran ciudad. Ella los mima mucho y no quiere que no tengan lindos trajecitos para navidad.
Su papá está muy feliz desde que le contó que, al final, se iría a casa por las fiestas. No agregó el asunto de que iba a destruir medio pueblo por su trabajo y el rencor a su ex, pero pronto se lo diría.
Y hablando del diablo… Uff.
Okey, Charlie no es una mala persona. Al menos, se esfuerza de forma constante por no serlo.
Siempre saluda a las personas que ve mientras camina, se disculpa cuando choca accidentalmente con alguien y nunca ha peleado con nadie en la oficina. Se guarda sus opiniones que nadie pidió, les da comida a los animalitos callejeros y siempre dona una parte de su sueldo a organizaciones benéficas que ayudan con la rehabilitación. Aparte, también ayuda a mantener a sus padres, aunque ellos ya le dijeron que están ahorrando ese dinero para alguna emergencia porque no necesitan de su ayuda.
El punto es que Charlie es una buena persona. No juzga, no lastima, no vota por partidos que van en contra de los derechos básicos de los seres humanos. ¡Y siempre tiene una linda sonrisa para todos!
Pero… Todos tienen un talón de Aquiles.
El de Charlie es Sylvie.
¿Recuerdas que ella dijo que esperaba que le estuviera yendo mal a su ex? Bueno, era un deseo al aire, sin mucho poder porque Charlie no es tan malvada como para orquestar todo un plan maquiavélico para acabar con su estúpida ex. No, ella no es esa clase de persona.
Ahora, sin embargo, le estaban poniendo la venganza en las manos, como un hermoso regalo navideño. No era algo directo, porque, ¿quién en su sano juicio pensaría que ella, la dulce y buena Charlie de 32 años que ayuda en un comedor publico todos los martes de 6 a 9 de la noche, sería tan cruel como para atacar de forma directa a su ex novia? ¡Nadie!
Charlie no estaba siendo mala, simplemente Sylvie tenía su negocio familiar de cuatro generaciones en el lugar incorrecto, ¿okey?
―Papá, fue algo de último momento. ¡Nada de emocionarse! Además, esto obliga a ti y a mamá a venir el próximo año en navidad acá a Pentagram City. Sin excusas.
―Claro, lo que digas, mi niña. ¡Hay tantas cosas que tenemos que hacer! ¿Llegaras a tiempo para decorar el árbol de la plaza? ¡Más te vale que sí! Tu madre te quiere ahí.
―¿Y tú?
―Yo te quiero siempre, Char-Char.
Charlie sonrió, un poco enternecida. Su papá casi logra ablandar todo su resentido corazón.
―Claro, papá. ¡Serán las mejores navidades de todas!
Carajo, sí que lo serían.
Charlie, por primera vez en toda su vida, iba a divertirse por hacerle la vida un maldito infierno a su ex. Antes de noche buena Sylvie estaría llorando, aunque ella nunca lloraba, pero lo haría ya que así de mala sería Charlie con ella, arrodilla suplicando por piedad. ¡Bien merecido lo tendría la muy perra!
Si, esto sería increíble.
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Charlie empacó más de lo que debería, pero teniendo en cuenta casi que iba a estar un mes por allá, tampoco pensó que fuera poco.
Su auto estaba lleno, pero ella se aseguró de dejarle espacio a Dazzle en los asientos traseros para acomodarse y dormir tranquilo. Razzle, por otro lado, iría de copiloto. Ellos se manejaban con esos asientos desde siempre, ya que Dazzle era más tranquilo y sensible que su hermano, por lo que estar con más espacio para acurrucarse le sentaba bien, mientras que Razzle, siendo más inquieto y con una adicción rara a tener su cabeza fuera de la ventana con el auto en movimiento, Charlie tenía que tenerlo vigilado de forma constante, por lo que estar de copiloto le caía como anillo al dedo.
Cuando termina de guardar todo, sonríe. Entra al asiento de piloto, se pone el cinturón, mira en la guantera y confirma que su carpeta con todos los documentos que arruinaran la vida de Sylvie siguen ahí. Ella vuelve a sonreír.
Enciende el auto y las próxima cinco horas de viaje no le molestan tanto como deberían. Ahora sí, Charlie está completamente segura de que serán las mejores navidades desde los últimos cinco años.
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―Entonces ya no tiene sentido seguir juntas.
Sylvie pareció sorprendida cuando Charlie dijo eso. Como si la sola idea de que Charlie pudiera cansarse de esperar por una pizca diminuta de confianza nunca se le hubiera pasado por la cabeza.
Ella no supo si eso era una buena señal o una mala.
Lo peor de todo era que, muy dentro de Charlie, ella aun esperaba algo de Sylvie.
Quizás que le pidiera que no se fuera. O tal vez explicarle con censura que era lo que tanto le pesaba. Incluso esperaba que no dijera nada y solo pidiera un abrazo o un beso. Charlie esperaba algo, cualquier cosa, que no fuera una rendición al completo.
Pero eso fue todo lo que obtuvo.
―Está bien.
Sylvie se paró lo más derecha posible. Siempre había sido más alta que Charlie y, aun así, en ese momento, le gana por apenas una pulgada. Se acomodó sus lentes rotos en el pecho de su camisa y sonrió, como si nada.
―Nos vemos, Charlie.
No le dijo ningún apodo lindo. No le pidió que se quedara. No le explicó nada. Simplemente aceptó todo, como si tres años juntas no fueran la gran cosa.
Cuando Sylvie no se acercó a darle un beso a Charlie, fue cuando ella se dio cuenta que, en realidad, esa discusión no era una discusión cualquiera. No era un drama pasajero. Nada de eso, ellas de verdad estaban terminando.
En una gasolinera.
Era tan patético que Charlie lloró más por eso.
Sylvie solo se dio media vuelta y se alejó caminando.
Charlie no lo supo en ese momento, pero una semana después le diría en voz alta a su padre que Sylvie se había llevado su corazón con ella. Y quizás nunca se lo devolvió.
Esa fue la peor navidad de todas. Para Charlie, al menos. Quizás esa noche solo fue otro 25 de diciembre para Sylvie.
Chapter 2: Dos Perros
Chapter Text
―¿Le gusta?
Charlie levantó la mirada y parpadeó, un poco asustada por cómo le habían hablado. Ella había creído que estaba sola.
Pero no.
Se volteó y la vio. Tuvo que levantar un poco la mirada para ver de mejor forma a la mujer frente a ella.
Su piel era morena y sus hombros un poco anchos. Su cabello era rizado y oscuro, en un inicio pareciendo negro, pero, al notar de forma más intensa, en realidad es un castaño muy oscuro. Sus ojos alargados estaban escondidos detrás de unos lentes elegantes, de esos con perlas colgantes a los lados.
Aunque se veía joven, tenía toda el aura de una mujer mayor. Quizás eso fue lo que llamó la atención se Charlie. Eso y que tenía un cuchillo muy afilado en sus manos.
―¿Qué? ―Preguntó Charlie, con torpeza.
―El ejemplar ―dijo la mujer―. Fue algo complicado de hacer.
Charlie, un poco confundida, no supo que decir.
Simplemente miró de nuevo al gato disecado cerca de ella. Un gato blanco, inexpresivo y un poco aterrador. Charlie sentía mucha pena por ese animal.
―Es… Bueno, ciertamente es algo.
Decir eso en voz alta se sintió grosero, pero ella en serio no sabía que más agregar.
―¿Cómo se llama?
―¿Quién? ¿Yo?
―No hay nadie más aquí, querida.
Charlie sintió que se estremecía. La voz de esa mujer era más grave de lo común, pero eso no le quitaba ni una pizca de elegancia. Casi la hacía más poderosa e intimidante.
Ella estaba segura de que, si se le acercaba mucho, saldría corriendo del puro pánico.
―Charlie. Bueno, Charlotte. ―Soltó una risa nerviosa―. Todos me dicen Charlie.
―Charlie ―dijo la mujer, pronunciando su nombre como su lo estuviera saboreando. Arrugo un poco la frente, así que Charlie asumió que su nombre no le supo bien―. ¿Te gusta la taxidermia?
―Eh… No, realmente no.
―¿Qué haces aquí entonces?
―Pensé que era una tienda de mascotas.
La mujer la vio fijamente por unos segundos, casi como si no pudiera creer que alguien como Charlie fuera capaz de existir. Luego, solo se empezó a reír, con fuerza, pero cubriéndose la boca.
Y ella quería desaparecer de la pura vergüenza.
―¡Esto si es hilarante!
―Lo siento, ya me voy.
―¡Oh, no, cariño, por favor, quédate!
La mujer caminó hasta estar frente a ella, tan cerca que Charlie pudo oler su perfume a eucalipto. Sintió que le perforaba la nariz tan de golpe que se sintió abrumada.
―Esto puede ser muy divertido.
―¿Qué?
―¡Me gustas mucho!
La mujer extendió su mano hasta Charlie. Y ella, más por nervios que por miedo genuino, retrocedió.
―Me llamo Sylvie LeBlanc. Un verdadero placer en conocerte.
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Charlie no pudo evitar una sonrisa en su rostro al ver el letrero que daba la bienvenida a su pueblo de toda la vida.
Es grande, elegante, pero un poco descuidado. Hay que retocarle la pintura en los bordes y tal vez agregarle más luces. Porque, claro que sí, lo han decorado por navidad. Se veía precioso con esos adornos y la nieve cayendo sobre él. Lo mejor es que aún se podía leer con claridad:
“Bienvenidos a Hazbin Hollow”
Donde la alegría siempre encuentra un hogar.
Las letras estaban enmarcadas por guirnaldas verdes, puntitos rojos y un par de campanas doradas que tintineaban suavemente, aunque no hay viento suficiente para moverlas. Aquel letrero cuelga del arco de piedra que es la verdadera entrada al pueblo, también moviéndose un poquito por el viento. Quizás por eso dicen de forma constante que es un pueblito mágico sacado de un cuento. Es realmente lindo.
Una tradición bonita es que, como el arco tiene pequeñas ranuras, similares buzones diminutos, entre piedra y piedra, hay que dejar algo. Nada realmente grande o importante, puede ser incluso una ramita recién encontrada o un lazo dañado. Es una forma linda de darle la bienvenida a los extranjeros.
En realidad, era una estupidez, pero, hey, costumbres de pueblos pequeños.
Charlie no deja nada, porque no tiene nada. Sin embargo, se hace una promesa así misma de que, una vez tenga algo, volverá para dejarlo antes de navidad. Quizás encuentre un brazalete lindo que poner entre las piedras.
Se lo iba a robar a Sylvie.
Charlie frunce el ceño al notar que pensar en su ex la pone nerviosa.
Hace 5 horas estaba más que contenta con la idea de destruir por completo a la imbécil con la que se acostó por un tiempo, pero, ahora que está a menos de 10 minutos de poder encontrársela, ella cree que va a morir de los puros nervios.
Tal vez es exagerado decirlo, pero Charlie siente que va a vomitar su corazón.
Ella suspira, se quita unos mechones de cabello por la cara y solo sigue conduciendo, decidiendo que no va a permitir que esa mujer tenga tanto poder sobre ella. De nuevo. Su padre la mataría si descubre eso.
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El pueblo es tal cual Charlie lo recuerda, pero aún mejor.
Apenas dejó atrás el letrero de bienvenida, todavía escuchando el eco suave del tintineo que provocó al mirarlo mucho porque todos en ese lugar se ponen raros cuando los miras mucho, el camino se abrió como si un telón hubiera subido para revelar el escenario más navideño del universo. O algo así.
¡Eso emocionaba a Charlie!
Era como volver a su hogar. Bueno, técnicamente si estaba volviendo. Pero ella lo dice en un asunto de que se siente como regresar a ser una niña que tenía guerras de bolas de nieve con cualquiera que se le cruzara en frente, para luego ser llamada por su papá a comer una comida caliente y deliciosa que nunca ha podido cocinar e imitar su sabor por más veces que lo haya cocinado.
El sendero empedrado se adentraba entre dos hileras de pinos altísimos cubiertos de nieve, cada uno decorado con una guirnalda distinta, como es tradición en el pueblo. Algunos tienen campanas diminutas; otros, pequeñas casitas hechas de madera; otros, cintas rojas gruesas que caían como bufandas festivas. Las luces que los adornaban parpadean en una cadencia tan perfecta que casi parece coreografiada.
¡Mierda, si Charlie hubiera llegado más temprano hubiera podido ayudar en todo!
Y lo más importante es que no se habría encontrado a Sylvie porque a la muy mierda no le gustaba la navidad ya que era una celebración comercial y toda esa palabrería que siempre dicen. Ni en eso pudo ser original esa estúpida.
Okey, quizás Charlie se estaba pasando con los insultos, pero en este momento si está justificado. Es como si esa mujer hubiera crecido sin ver los especiales navideños de las series familiares sobre como lo importante de la navidad es ser buena persona con otros.
Espera, viéndolo desde esa perspectiva, Charlie está haciendo lo contrario… ¡Oh, a quien coño le importa! Ella es una adulta resentida con su ex que esta apunto de hacerle algo por pura venganza. ¡Ni que fuera la primera!
Charlie frunce el ceño y solo sigue avanzando. Ahora ya no se siente tan contenta con ver las estúpidas decoraciones. Maldita Sylvie y su amargura contagiosa.
Ella avanza despacio, bajando las ventanas de su auto para que Razzle pueda sacar la cabeza y actuar como un maniático emocionado, mientras su hermano solo duerme en los asientos traseros. Charlie sonríe al notar la emoción de su perro y decide que va a obligarse a contagiarse de esa emoción y no de la estúpida de Sylvie.
Que quede claro que ella iba a disfrutar mucho con arruinarle la vida a su ex, ¿sí?
El auto hace un sonido de traqueo pequeño y rítmico sobre las piedras. Y, con las ventanas abiertas, el frío ya no solo se le mete bajo la ropa: ahora se mezclaba con una sensación de expectativa, como si el aire mismo estuviera esperando que ella reaccionara.
Se pregunta, entonces, cuantas cosas habrían cambiado en los cinco años que no estuvo ahí. Esperaba que hubieran demolido la maldita gasolinera donde Sylvie fue una perra con ella.
Parece que Charlie no puede pasar ni un segundo sin hablar mal de su ex.
Realmente, son los nervios hablando. Ella nunca ha sido la mala del cuento y no sabe realmente cómo reaccionar. Ni siquiera sabe si tiene que llegar riendo como demente o seria y distante. Quizás tenía que usar ropa linda para que vea de lo que se perdió. ¡No, mejor algo más profesional! Traje y porte elegante, para que entienda que la que tiene poder en esa situación es Charlie.
Mejor lo piensa más tarde.
El camino gira a la izquierda y el pueblo aparece.
Hazbin Hollow era diminuto, sí, pero parecía haber sido construido por alguien extremadamente dedicado al espíritu navideño. Los ojos de Charlie brillan al notar todo. Cada casa tiene techos puntiagudos cubiertos por capas gruesas de nieve, y todas, absolutamente todas y ella iba a contarlas de ser necesarias, tienen luces blancas cálidas delineando las ventanas, los balcones y las puertas.
Parecía que las casas estuvieran sonriendo y esa fue la cosa más linda que ella ha visto.
La calle principal esta animada, aunque era temprano. Charlie lo sabía y por eso decidió viajar de madrugada. Ver el amanecer en Hazbin Hollow era un momento tan glorioso que ella no ha podido presenciar de forma correcta desde hacía cinco años.
Le gusta tanto que ella detiene el auto, estacionándolo a lo rápido, pero sin apagarlo. Se apresura a bajar, ignorando que Razzle se ha vuelto loco y ha empezado a dar vueltas en el asiento de copiloto, queriendo bajarse también. Pero no importa eso ahora. Ella solo quiere una foto de su casa para subir a sus redes.
Sin indirecta, ojo.
Aun teniendo la puerta abierta del auto, Charlie observa todo, mientras saca su teléfono, cosa que es un poco complicada porque tiene guantes de lana preciosos.
Una pareja de ancianos pasaba tomada del brazo, cada uno con un vaso de chocolate caliente. Dos niños hacen un muñeco de nieve a un costado del camino, con bufanda tejida a mano y sombrero rojo. El muñeco tiene, inexplicablemente, pestañas largas y un moño rosa (Charlie le va a tomar una foto apenas pueda). Una mujer, que ha Charlie se le hacía conocida, lo observa desde la puerta de su panadería, donde un letrero decía:
“Niffty’s – Los roles mágicos de la casa".
El olor que salía de ese local… Madre mía.
Canela, vainilla, mantequilla, y un punto de jengibre. Ella tuvo que detenerse unos segundos para recuperar la compostura profesional que juró mantener. Aunque la emoción hizo que le tomara fotos a la panadería, intentando recordar a quien pertenecía.
Porque claro que Hazbin Hollow era un lugar tan pequeño que todos se conocían.
A la derecha, un grupo de hombres acomoda un enorme árbol de Navidad en el centro de la plaza. Es tan alto que casi tocaba el farol principal, y esta adornado con cintas que parecían flotar por sí mismas. Uno de ellos, alto y de chaqueta blanca, esta subido en una escalera colocando una estrella en la punta. Cuando la estrella se enciende, toda la plaza aplaude como si se tratara de un acto heroico.
Claro que lo era.
Colocar la estrella en el la punta del árbol era algo por lo que muchos se peleaban desde el primer día de noviembre. Charlie una vez fue la afortunada de tener que poner la estrella, pero fue un poco torpe y quedó chueca. Se lo dijeron muchas veces y a ella no le importó. Puso la maldita estrella y es un lujo que pocos tenían.
Se pregunta, entonces, quien era ese hombre. Ella entrecierra sus ojos, intentando enfocarlo. Luego recuerda que tiene su teléfono en mano y decide usar la cámara para mirar más de cerca a ese hombre.
Rubio, cabello largo y ojos de diferente color… ¡Oh, mierda, es Anthony! ¡Charlie fue con él en la escuela! Y fueron amigos mucho después. Espera, se suponía que él estaba viviendo en Seattle. ¿Qué hacía ahí? ¡Hace mucho tiempo que no lo veía! Perdieron el contacto luego de que ella se fue del pueblo, ya que no quería que nada ni nadie le recordara ese lugar.
En serio, la única razón por la que Charlie no cortó contacto con sus padres fue porque eran sus padres. Caso contrario, habrían valido verga. ¡Igual que el resto de personas en ese pueblo!
Ahora, ella ni siquiera piensa en hablarle a Anthony. Pero se sintió feliz por verlo feliz.
Toma más fotos, incluyendo una selfie con una sonrisa enorme y un sol gigante de fondo. Esperaba que Carmilla no se enojara si llegaba a ver sus publicaciones. También esperaba que sus padres no le reclamaran por no haber ido directamente a hablarles apenas llegó.
Una vez contenta con todas sus fotos, Charlie vuelve a meterse en el auto. Sigue avanzando hacia la calle principal.
En una esquina hay un puesto donde un sujeto vende coronas de pino hechas a mano. Tiene las mejillas rojas por el frío y una sonrisa tan amplia que parecía parte del paisaje. Charlie entrecierra sus ojos y, de nuevo, intenta identificarlo. Sin embargo, no lo conoce, así que no le toma mucha importancia.
―¡Buenos días! ¡Bienvenida a Hazbin Hollow! ―Grita al verla.
Ella se sobresalta por el entusiasmo. Luego suelta una risa y le devuelve el saludo con más energía.
―¡Buenos días! ―Charlie detiene el auto―. ¡Me llamo Charlie! En realidad, soy de aquí. ¡Vine por las fiestas!
El hombre entrecierra los ojos, se acerca con una corona en sus manos y se arregla sus redondos lentes.
―¿Charlie Morningstar?
―¡Justamente! Espera, ¿me conoces?
―¡Soy yo, Jafar Pendleton!
Charlie se queda en blanco un segundo. No tiene idea de quien carajos es esta persona- ¡Oh, no, espera un segundo!
―¡¿Pentious?!
―¡El mismo!
―¡No puede ser!
Charlie se baja del auto con rapidez, de nuevo, ignorando a su inquieto Razzle que parece estar al borde de un ataque de ira solo porque ella no lo saca del estúpido carro.
Ella se apresura a acercarse a Jafar. Y, ya más de cerca, nota sus ojos un poco rasgados, su nariz larga y su cabello lacio y oscuro. Siempre lo comparó a tinta derramada, de esa que el mismo Jafar siempre usaba para sus dibujos.
Charlie lo puede recordar dibujando en la plaza. Uno de esos artistas callejeros que ponía un sombrero de lana de cabeza junto a él, esperando alguna que otra moneda. Ella se sentaba a su lado y lo veía dibujar en tinta paisajes artificiales, edificios gigantes y robots detallados.
Hablaban mucho. Charlie le enseñó a trenzarse el cabello y él le enseñó a diferenciar entre un lápiz 1B y uno 1C. Honestamente, eso fue muy útil cuando empezó a trabajar para Carmilla.
Jafar, como siempre ha sido, apenas Charlie esta frente a él, la abraza. La toma de la cintura, pero no la toca realmente. Mantiene cierta distancia que ella siente respetuosa y lo agradece, aunque no lo dice. Esta más concentrada en pasar sus manos por sus hombros y abrazarlo, mientras suelta un chillido emocionado.
―¡Dios mío, a los años que te dejas ver, amigo!
―¿Yo? ¡Si la que se marchó del pueblo fue otra! ―Jafar habla y a Charlie le encanta que aun mantenga su siseo que marca las S. Ella siempre ha creído que es genial―. No ha sido lo mismo sin usted.
Charlie termina el abrazo y, con un nerviosismo que no sabe que tiene, se pone unos mechones detrás de la oreja. Espera no verse tan tonta.
―¡Puff! ¡Exageras!
―¡Lo digo en serio! No es divertido dibujar sin usted a mi lado. ―Él parece un poco tímido―. ¿Quiere una corona? ¡La casa invita! No, espere, no puedo hacerlo.
Ella suelta una risa.
―¡Claro que quiero comprar una corona! ―Charlie se inclina hacia delante, en tono de secreto que solo los dos podían escuchar―. No quiero tentar al destino con la mala suerte en diciembre.
Jafar suelta una risa.
―Exacto. Y mire, no quiero decir nada… pero las supersticiones son más fuertes en diciembre. Quizás tenga que llevarse dos.
Ella sonríe, pensando en comprar tres coronas, ya que a sus padres podrían gustarles.
―¿Quiere pasar a casa para charlar un rato? Espere, ¿ya desayunó? Puede pasar a comer si desea.
―Nunca le niego una comida a nadie.
―¡Ay, usted no ha cambiado nada, Charlie!
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En realidad, Charlie no pudo quedarse a desayunar con Jafar. Su madre le mandó un mensaje diciéndole que se apurara en llegar a casa que ya sabía que estaba en el pueblo y que como se atrevía a no ir directamente a saludarlos y romperles el corazón con su indiferencia.
Puro drama de una mujer de mediana edad, pero fue lo suficientemente fuerte como para que Charlie tuviera que irse, con la promesa de salir a comer al día siguiente. Jafar le sonrió y le prometió que el desayuno sería bueno.
Ella está de nuevo metida en su auto, avanzando. Dazzle roncaba aun en la parte de atrás y Razzle la miraba con odio porque no lo ha sacado aún. Charlie le acaricia la cabeza para que se sienta mejor y, aunque él aun parecía enojado, lo disfruta.
Sigue avanzando, tratando de no dejarse arrastrar por la energía del lugar. Caso contrario va a detenerse en cada casa del pueblo y nunca vera a sus padres.
Ni a la otra, que no importa.
La ferretería tiene un ciervo mecánico que mueve la cabeza cada vez que alguien pasa por enfrente. La tienda de ropa tiene un maniquí vestido de Santa Claus haciendo yoga. El café local anunciaba:
“Winter Roast: ¡Te calienta más que un abrazo!”
Los habitantes no la miraban como a una extraña: la miraban como si fuera una invitada esperada, una celebridad incluso. Muchos la saludaban con la mano. Otros simplemente sonreían. Ella reconocía a muchos y varios la reconocían a ella. Mas que nada los adultos que no podían creer que hubiera crecido tanto en cinco años.
Ella solo podía sonreír con torpeza hasta que llega a la casa de sus padres.
Un sentimiento de melancolía la inunda por completo.
Es un edificio de madera oscura con ventanas luminosas que parecía salido de un cuento. Siempre tuvo más pisos de los que debería de tener una casa para una familia de tres, pero también fue el hogar de más personas durante una inundación extraña hacía unos años atrás.
Charlie ve los balcones que le aterraban de pequeña, el techo desnivelado al que se escapaba cuando sus padres eran malos con ella y la Charlie de 8 años tenía que huir, las ventanas que se abren de arriba hacia abajo que nunca le gustaron y el porche de tres escalones con manzanas talladas en barrotes.
Aún estaba el columpio ahí. De esos que son una silla larga y que cuelga por medio de cadenas que, mierda, Charlie ve que tienen campanas.
En realidad, toda la casa estaba decorada. Luces, adornos verde y rojo, y muchas campanas. En el patio delantero, frente a la casa, hay un muñeco de nieve que es un patito de goma gigante.
Charlie ríe al verlo. Y luego frunce el ceño porque recordó que sus padres le dijeron que no habían hecho nada esperando a que llegue. ¡Son unos malditos mentirosos!
Estaciona frente a la casa su auto y lo apaga. Dazzle finalmente se despierta y Razzle parece que va a morder a Charlie si no le abre la puerta en ese mismo momento.
―Razzle, comportante, que estas en un lugar nuevo ―le dice, mirándolo fijamente, aunque su perro no para de moverse―. Hablo en serio.
Razzle solo ladra. Charlie asiente y toma eso como una aceptación, aunque quizás sea un error.
Es entonces cuando la puerta de la gran casa de abre, al mismo momento que Charlie abre la puerta del copiloto. Sin poder impedirlo, su perro sale corriendo del auto y se apresura a llegar al pórtico.
―¡Cuidado! ―Grita Charlie, sin saber quién será la pobre víctima de Razzle.
―¡Mi pequeño niño!
Ah, la víctima es su papá.
Charlie cierra sus ojos con fuerza cuando escucha como su padre es tumbado con una dureza impresionante por un perro hiperactivo al que, quizás, no debió de ignorar tanto.
―¡Lulu! ―Grita la mamá de Charlie―. ¡Oye, perro, suéltalo!
―¡Este animal está muy grande, quítenmelo!
―¡Dazzle, basta!
―¡Es Razzle!
―¡Quien sea!
Dazzle, dentro del auto, se levanta inquieto al escuchar su nombre. Charlie no le presta atención y simplemente corre, dejando ambas puertas de los asientos delanteros abiertas. No importa. Ella solo se apresura a llegar al pórtico, donde su papá esta tumbado en el piso, con Razzle encima lamiéndole la cara, mientras que su mamá está intentando apartar al animal.
―¡Razzle, ya basta! ―Charlie lo toma del collar en su cuello, tirando con fuerza―. ¡Deja a papá!
Su perro no hace caso. Sus padres gritan intentando alejarlo y Charlie grita aún más porque está empezando a asustarse ya que su papá no está en edad de andar aguantando los cariños intensos de un animal. Lo toma con más fuerza del collar y tira hasta alejarlo a tropiezos.
―¡Razzle, quieto! ―Charlie grita, aun sin soltarlo―. ¡Quieto, quieto, quieto!
Razzle da unas vueltas más, bajando su velocidad hasta que se detiene. Su cola aún se mueve y tiene toda la pinta de que va a volver a tumbar a alguien. Pero está tranquilo.
Charlie mira por encima del hombro a su papá.
Esta aun acostado en el suelo. Su mamá esta que le ventila aire con un abanico viejo que ha tenido toda la vida. Su papá tiene una lengua afuera y respira con dificultad.
―¿Estas bien, papá?
Su papá respira con fuerza antes de hablar.
―Ese animal… No va a entrar… A la casa.
Charlie, solo entonces, puede soltar un suspiro de alivio. Eso hasta que escucha las pisadas de otro animal acercándose con rapidez.
―¡Dazzle, quieto!
Al menos, este si le hace caso al instante.
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Su papá, como era obvio, no pudo mantener el enojo por casi morir bajo el peso 12 kg de puro amor peludo, y permitió que ambos perros entraran a la casa.
Fue por eso que ambos animales se apresuraron a tomar como suyo el sillón del salón principal, tumbándose con profundidad. Dazzle se acurrucó y volvió a dormirse, mientras que Razzle corre en todas direcciones.
―¡Razzle, ya basta! ―Grita Charlie, mientras arrastra dos de sus muchas maletas hasta el salón―. ¡Compórtate que estamos en casa ajena!
Razzle no hace caso como tal, pero si se queda más quieto, limitándose solo a moverse sobre el sillón. Charlie suspira, un poco cansada.
―Lo siento mucho ―dice, sin dirigirse de forma directa a ninguno de sus padres, pero hablando con ambos a la vez―. Estuvo muy inquieto todo el viaje.
―No te preocupes, cariño ―dijo su mamá, cargando otra de sus maletas―. Los animales son incontrolables.
Charlie sonríe, agradecida.
Sus padres le ayudaban a bajar todo su equipaje. Iba a quedarse en una de las tres habitaciones de invitados que tiene la casa. Justamente, ella se quedaría en lo que había sido su habitación por muchos años, aunque ya no tenía nada suyo.
Dejan las maletas en esa habitación. Sencilla, con una cama linda, lampara cerca y una alfombra en forma de manzana. De hecho, hay muchas cosas en forma de manzana. El papel tapiz den las paredes las tiene, así como la cabecera de la cama y hasta en la mesita que está al lado de la misma.
Es encantador volver a estar rodeada de manzanas.
―¿Estas cansada? ¡Claro que lo estas! ―La mamá de Charlie la toma por el rostro, analizándola con aparente preocupación―. Fue un viaje muy largo. ¡Y no has comido nada! Mas te vale no haber comido nada porque hicimos mucho desayuno para ti. ¡Te ves tan delgada!
Charlie ríe con torpeza.
―Estoy bien, mamá. Perdón por no venir directo. ¡Me quede tomando fotos!
―Si vimos tu publicación, linda.
―¡Oh, y me reencontré con Pentious! ¿Lo recuerdas? En realidad, se llama Jafar. Es el chico que dibujaba en la plaza.
Su mamá piensa un poco. Le suelta el rostro y su mirada se pierde. Luego, asiente y sonríe.
―Si, ese muchacho, el del siseo. Es como si hablara parsel.
Charlie ríe un poco.
―Hable con él un rato. ―Charlie frunce el ceño, con falso fastidio―. Y lo hubiera hecho más si no estuvieran como dementes queriendo que llegue rápido para comer.
Su mamá, con descaro, simplemente se encoge de hombros.
―El desayuno es la comida más importante del día, Charlie.
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Siendo completamente sinceros, Charlie nunca ha sido una mujer con una buena alimentación.
No es tanto que no comiera sano… Que no lo hace exactamente porque tiene el paladar de una niña de 4 años, sino es que ella se olvida de comer. Bueno, tampoco es que se olvide de forma voluntaria.
Simplemente… Comer no es tan importante para ella.
Entre la pila casi que enorme de informes que escribir, las personas tan mierda que tiene que soportar en su trabajo y el cuidado que les da a sus perros que sí que tienen que comer tres veces al día, ella pospone y pospone tanto alimentarse que solo recuerda que tiene hambre cuando le duele mucho el estómago.
No es un problema nuevo. Lo tiene desde hace años. Su mamá siempre estuvo preocupada por ella y como iba a lidiar con eso una vez viviera sola. Al menos, mientras vivía con sus padres, ellos la obligaban a comer todo el tiempo. Sola, sin embargo, ha Charlie casi que le da anemia.
Era puro descuido.
Luego llegó Sylvie, que cocinaba como los dioses, y una vez golpeó a Charlie con una almohada porque no comió nada en todo el día que ella no estuvo en casa.
Si, bueno, esa perra tenía buenos momentos. ¡Pero eran muy pocos!
Aunque sí que tenía buena sazón. Charlie amaba comer lo que ella cocinaba, incluso cuando eso implicaba que tuviera que lavar una cantidad ridícula de platos porque Sylvie ensuciaba todo cuando cocinaba. Eran un buen equipo en ese ámbito.
Charlie siempre ha sido una demente que disfruta de lavar platos.
Sin embargo, sin importar que tan buena cocinera pudiera ser Sylvie, nunca le iba a ganar al papá de Charlie. En serio. El amor que sintió en su momento por esa mujer nunca la cegó de la verdad.
Un poquito sí, pero ese no es tema ahora.
El papá de Charlie, durante quizás una década, fue un cocinero profesional muy famoso. Mundial. De esos que todos los cocineros conocen, pero que nadie más fuera del mundo de la cocina podía ubicar de forma correcta.
Charlie aún puede recordar ver un programa en televisión de pequeña. “Hell's Food”. Trataba de el gran Lucifer Morningstar enseñando a cocinar recetas peculiares, picantes y deliciosas. No fue algo que duró mucho, a lo sumo dos temporadas. No por falta de interés del público, sino porque el chef principal no estaba contento.
La fama nunca fue algo que el papá de Charlie buscara. Solo llegó, lo aceptó y cuando fue demasiado para él, se fue. Volvió a Hazbin Hollow y solo se concentró en cocinar para su mujer, su hija y quizás almuerzos y cenas familiares.
Nunca perdió el toque. Nunca dejó de ser el mejor cocinero que Charlie ha conocido. Nunca se cansó de cocinar.
Un sentimiento cálido inunda el pecho de Charlie al acercarse a la cocina, en el delicioso aroma de un desayuno demasiado grande, pero no menos delicioso.
Justo como cuando era niña.
―¡Huele delicioso, papá!
Su papá sonríe, completamente orgulloso, mientras sirve más comida.
―¡Solo lo mejor para la invitada especial!
Charlie se apresura a acercarse a su papá y mirar por encima de su hombro lo que está cocinando. Es un tazón de avena caliente, al que le coloca los huevos fritos encima y utiliza vegetales extras para formar una carita sonriente. Era el desayuno que le hacía casi siempre a Charlie cuando iba a la escuela.
―¡Awww! ¡Papá, es muy lindo! ―Dice Charlie, cuando su papá lo deja en la mesa―. Muchas gracias.
Ella se sienta frente al plato e, inmediatamente, saca su teléfono para tomar una foto. Mientras lo hace, su padre deja más platos en la mesa. Dos tazones de avena más, ambos con caritas sonrientes tiernas. Un plato de panqueques con crema batida, tazas humeantes de chocolate caliente y un paquete de donas como extra.
La pequeña mesa redonda que hay en la cocina se llena casi al instante y Charlie no es capaz de recordar cuando comió en una mesa tan llena.
Su mamá se sienta a su lado y frunce el ceño cuando la ve tomar fotos.
―¿Tienes que tomarle fotos a todo?
―¡Mamá, no molestes, estoy de vacaciones! ―Charlie ríe―. ¡Voy a tomarle fotos a cada cosa!
Entonces, ella apunta su cámara a su mamá. Aun con el cabello mal trenzado, usando una bata de dormir violeta sobre un pijama nada genial y uno que otro grano apareciendo en su rostro, se ve hermosa. Charlie suelta una risa y toma la foto.
Su mamá solo cierra los ojos cuando el flash le da en la cara. Ni siquiera sonríe, pero no parece enojada.
―¡Te ves bien, mamá!
―Gracias, amor.
―¡Muy bien, Char-Char!
Charlie mira a su papá. Él tiene una taza en sus manos y la mira con desafío.
―¿Chocolate caliente o café? Recuerdo que te gustaba mucho el chocolate con malvaviscos, pero siempre tomabas café cuando llegas de visita a algún lugar… ¿Qué te sirvo?
Charlie no dijo nada por un segundo.
Lo que su padre estaba haciendo era amable, de verdad. Ella se sintió muy escuchada. Sin embargo, de forma inevitable, no pudo no pensar en Sylvie. Porque a ella siempre le gustaba hacer café en casa, con dibujos geniales. Pero nunca le preguntaba a Charlie si quería tomar café ese día.
Que le preguntaran ahora, por primera vez en tantos años, hizo que algo en el pecho de Charlie se sintiera bien.
―Chocolate, papá… Gracias.
Su papá asintió y le preparó un chocolate caliente, al que le puso dos malvaviscos y una pequeña tableta de chocolate blanco dentro porque así le gustaba a Charlie en ocasiones.
Cuando tuvo la taza en sus manos, agarrada del mango para no quemarse, ella vuelve a sentirse bien.
―Gracias.
―No hay de que, amor.
―¡Esperen, antes de comer tengo que tomar fotos de todo!
Su mamá suspira, con exagerado fastidio. Charlie ríe y tomo tres fotos de la comida y otras tres de sus padres, quienes sonrieron con torpeza y mucho cariño.
Ella guarda su celular y justo cuando quiere empezar a comer, su madre extiende su mano a ella, pero no la toca. Simplemente la deja con la palma arriba, mientras tiene una sonrisa satisfecha en su cara.
Charlie no entiende al principio, pero luego todo tiene sentido.
―¡Ah, cierto! ―Ella toma la mano de su mamá con su mano izquierda. Luego toma la de su papá con la derecha―. La oración, perdón.
Su mamá suelta una pequeña risa. Luego, toma la mano del papá de Charlie y así se cierra el círculo. Todos cierran sus ojos y empiezan a orar, como lo han hecho siempre antes de cualquier comida.
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Al terminar el desayuno, Charlie se acerca a sus perros y les de comida en sus platos. Lejos de la cocina, pero cerca de ese sillón que tanto les había gustado.
Debería de ir a desempacar sus maletas, pero no hará eso. En su lugar, ha tomado los documentos de la venta de terrenos, se ha puesto su mejor chaqueta, que es una porquería verde fosforescente con hombreras y hombres de nieve en los costados, y pone un pie fuera de la casa, lista para mandar a la maldita mierda a Sylvie.
Los nervios casi que pueden comerla viva mientras más pasos da. Piensa que pudo haber traído a sus perros por apoyo moral… Y para que la mordieran a la primera que se pusiera violenta, porque Sylvie siempre fue una bomba con mecha corta que iba a estallar a la primera que la miraras mal. Sin embargo, se sentía grosero molestar a sus perros luego de comer solo por una mujer que no vale la pena.
Sus padres le preguntan que hará. Charlie es un poco evasiva y se marcha rápido. Espera que todo salga bien. Para ella. Porque si todo sale bien para Sylvie, Charlie va a quemar todo el pueblo con todos dentro.
O algo así.
El pueblo nevado, con el sol brillante de la mañana cubriendo todo, hace que Charlie sienta más confianza de la que realmente tenía. En una de sus manos lleva la carpeta con todos los papeles, un bolígrafo que encontró por ahí, ya que ni de chiste iba a dejar que su ex tocara su mejor bolígrafo, y una foto del nuevo edificio que quieren construir demoliendo esa estúpida carnicería.
Charlie se agacha y, con su mano libre, toma un poco de nieve. Mete la carpeta bajo su axila, con cuidado, y hace una bola de nieve. No sabe porque lo hace, pero vaya si tiene ganas de echárselo en la cara alguien.
Le da un poco de miedo pasarse de idiota y que Sylvie la termine denunciando. Por eso, a la primera que ve a unos niños peleando entre ellos con una pelea de bolas de nieve, Charlie toma impulso con su brazo y la lanza contra uno de ellos.
Lo hace muy fuerte y tumba al niño víctima de su estupidez.
―¡Oh, mierda! ―Grita, completamente asustada. Se acerca corriendo hasta el niño―. ¡Lo siento, lo siento, lo siento! ¡No quería que fuera tan fuerte! ¡Perdón!
El niño, que al caerse perdió su gorro rojo de Santa, parece un poco ido y tiene nieve en la nariz. Charlie siente ganas de llorar, pero no lo hace, ya que el niño solo se ríe.
―¡Es una metiche muy fuerte!
Ella quiere reírse. Lo hace un poco. Luego se detiene porque ve que ahora siete niños la miran con ojos de cazadores y todos empiezan a agarrar nieve.
―¡Oh, no! ¡No, no, no! ¡Niños, no, tengo papeles importantes!
Los niños la ignoran, porque obviamente que le iban hacer caso a una tonta con ropa verde fosforescente. Y Charlie solo alcanza a salir corriendo mientras usa su propio cuerpo para cubrir la carpeta.
Logran golpearla tres veces. Dos veces le pasan muy cerca. Los demás fallan. Y ella se ríe como idiota porque es divertido cuando todos están en tu contra.
Solo baja la velocidad cuando se aleja lo suficiente. Le duele un poco el pecho y respira con fuerza, ya que es una tarada que corre 3 metros y ya está a nada de desmayarse.
―Mierda… ¡Uff!... Malditos demonios… ¡Ay, que horrible es correr!
Charlie se incorpora, con las manos en su cadera. Respira con cansancio y está empezando a considerar seriamente simplemente sentarse por una hora.
Es entonces cuando escucha un maullido.
Baja la mirada y se topa con un gato. Es negro con manchas blancas. De esas que hace que sus patitas parezcan guantecitos adorables. Tiene un collar rojo y uno de sus ojitos está cerrado con una herida que parece muy fea. Incluso, Charlie nota que su cola está cortada.
―¡Ay, qué bonito! ―Dice, agachándose, frente al animal―. O bonita. ¡Que bonite! Eres adorable.
Estira su mano y el gato no se acerca. La mira mal. La juzga. La odia. Luego ya se acerca. Como haría cualquier gato.
Se acurruca contra la mano de Charlie y ella suelta un chillido de emoción mientras lo acaricia. Usa ambas manos para agarrar al animal y se levanta, sin soltarlo.
Es hembra, descubre entonces.
―Que linda. ¡Ay, que hermosa gatita eres! ―Dice, acercándola a sí misma para besarle la cabeza más veces―. ¡Tan tierna! Y herida. ¡Lo siento mucho!
Charlie nota el collar de nuevo, pero decide ignorarlo.
―¡Te voy a llevar a casa conmigo! ―Charlie sonríe y le da otro beso a la gata―. Estas muy cuidada para ser callejera… Pero gato sin nombre es gato sin dueño, ¿sabes?
La gata maúlla. Parece una queja, pero a Charlie no le importa eso. Todos los gatos se quejan de todo, así que, simplemente va a ignorar a la felina que no quiere ser feliz con ella y la obligará a serlo.
Es un buen plan.
―Mejor te llevo a casa primero, preciosa ―dice, a nada de dar media vuelta.
Pero una voz la detiene.
―¿Se va a robar a mi gata en mi cara, señorita?
Oh, mierda.
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―¿Por qué disecó un gato?
Sylvie pareció pensar un poco su respuesta. Caminó hasta el gato blanco sobre la mesa y le acarició el lomo, como si aun tuviera pulso y pudiera ronronear en respuesta.
―¿Qué habrías disecado tú?
―Nada ―respondió Charlie casi al instante―. Pero siempre he pensado que… Todo esto de disecar animales se hace con criaturas más… Exóticas.
Sylvie se cruzó de brazos y se cargó en la mesa junto al gato. Charlie no supo si lo que dijo era un insulto a toda la taxidermia del mundo, pero se sintió así.
Justo cuando iba a disculparse, Sylvie habló y sonrió, pero no una sonrisa cualquiera. Una suave, nostálgica, que le subió primero a los ojos.
―¿Un gato? ―Repitió, como saboreando la pregunta―. Porque los gatos son los únicos animales que no dejan que los recuerdes como tú quieres… sino como ellos quieren.
Charlie parpadeó, confundida y fascinada a la vez, sin saber exactamente porque lo que Sylvie había dicho le causó un escalofrío en la nuca.
Ella continuó, mientras volvía a acariciar la cabeza del felino con cariño.
―Un perro te mira como si fueras un héroe. Un ave intenta escapar. Un zorro te reta. Pero un gato… ―Apoyó los dedos con delicadeza sobre la frente del animal― …Un gato decide qué parte de sí te permite conservar. Hasta en la muerte sigue mandando. Yo no “trabajo” con gatos. Les pido permiso.
Charlie abrió un poco la boca, sorprendida. De todas las cosas que pudo haber asumido de la desconocida de Sylvie, nunca pensó que podría tenerles tanto respeto a los animales.
Ella rio suavemente, sacudiendo la cabeza.
―Este de aquí ―dijo ella―, se sentaba todas las tardes en mi ventana. Jamás entró, jamás me dejó tocarlo. Pero siempre volvía. Cuando lo encontré en la carretera… bueno… Supuse que tal vez esta era su forma de decir “está bien, ahora sí”.
Sylvie soltó una risa suave, amigable casi. Charlie inhaló despacio.
Diablos. Qué manera de hablar.
―Vaya ―murmuró―. Eso fue… Lindo.
―Lo sé ―dijo ella, con una media sonrisa y una mirada amable, pero con ese tono de confianza encantadora y molesta―. Los gatos tienen esas cosas. Yo sólo intento estar a la altura.
Fue a partir de ese momento que a Charlie le cayó increíblemente bien Sylvie.
Como si fuera imposible no hacerlo.
Chapter 3: Tres LeBlanc
Chapter Text
Sylvie fue la que dio el primer paso. Aunque no de forma directa.
―El jazz es un género precioso.
―Yo diría pretencioso.
―Blasfemia.
Charlie recuerda haber soltado una risa por eso. Jugueteaba un poco con la cuchara del café, evitando tomarlo de un solo. Sylvie, por otro lado, ya iba por su tercera taza.
La había invitado a su casa. Era otoño y los pinos que se veían por la ventana a la distancia eran de colores naranja. Charlie nunca antes había estado en la casa de Sylvie, pero vaya que se sintió triste al descubrir que no tenía chimenea.
Todo el espíritu navideño que estaba dentro de ella se sintió insultado.
Sylvie le había hecho el café y luego solo se sentaron a conversar en su salón, sobre un sillón que parecía tener años de antigüedad. No tenían muchos temas en común y discutían bastante, pero Sylvie era extravagante y agradable. Un poco ruda y quizás mala, pero nunca la insultaba a ella de forma directa… A los demás, pues…
―Tienes que mejorar en tus gustos musicales, querida. ―Sylvie le dio un sorbo a su taza―. El pop morirá un día.
―¿El jazz no murió hace como medio siglo?
―¡Eres una grosera! ―Sylvie sonrió. Siempre que sonreía mostraba todos sus dientes. Charlie siempre pensó que los colmillos de esa mujer eran más puntiagudos que el promedio―. En serio necesitas educarte.
―¿Vas a educarme tú? ―Dijo Charlie, antes de que pudiera detenerse.
Sylvie no dijo nada, simplemente la miró. Sus ojos medio cerrados, que parpadearon de forma independiente, cosa que siempre había causado intriga a Charlie, tenían un rasgo de reconocimiento aterrador que hizo que Charlie se sintiera como un animal expuesto en un zoológico,
O, quedando mejor a lo que Sylvie siempre había sido para ella, Charlie se sentía como una presa que no sabía que estaba jugando con un maldito cazador.
―Tal vez ―fue lo único que Sylvie dijo. Bebió un poco más de café, sin dejar de mirarla.
Charlie se dio cuenta que no quería que Sylvie apartara la mirada.
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El hombre frente a ella… Oh, mierda, Charlie sabe que va a tener problemas. El simple hecho de que tenga que levantar la mirada le confirma que ese hombre daría problemas.
Pensándolo en frío, el hecho de que tuviera un hacha en sus manos, una sonrisa presumida en el rostro y las iris de los ojos tan pequeñas que parecía un completo demente, debieron de ser la real confirmación de que aquel sujeto es puro problema.
Sin embargo, ella solo pudo enfocarse en su cabello lizo y rojo, su nariz respingada, sus hombros anchos y su ropa de invierno que parecía un traje elegante vintage que nadie debería de usar mientras pasea por una plaza nevada en plena navidad.
La mente le dio vueltas y vueltas, siendo incapaz de pensar en algo que no sea el hombre de piel morena frente a ella que la miraba mal. No, estaba mirando mal a su gato. Gata. La que ella iba a robarse.
Ah.
Charlie se siente tan perdida que solo es capaz de decir:
―¿Qué?
El hombre frente a ella suelta una risa. Al hacerlo, cierra los ojos y baja un poco la cabeza. Charlie nota como se le forman hoyuelos en las mejillas y pequeñas arrugas a los bordes de la boca al sonreír.
Frunce un poco el ceño, porque recuerda que a Sylvie se le formaban hoyuelos también al sonreír.
―Pregunté si iba a robarme a mi gata justo en mi cara ―repite el hombre, como si no le costara nada―. Es simple curiosidad.
¡Que voz!
Es grave. Muy profunda. Con ese particular tonito, o acento, que tienen los locutores de radio. Esa forma tan única de hablar le abruma.
Sylvie siempre dijo que quería trabajar en la radio.
Maldito pueblo donde todo le recuerda a su ex.
―Mierda ―dice en voz alta antes de poder detenerse.
El hombre frente a ella alza una ceja.
―Lo cortés no quita lo asaltante, querida.
Charlie siente que su rostro se calienta de pura vergüenza. Tartamudea un poco y suelta a la gata del puro pánico. Cae de pie, se estira y luego camina con tranquilidad hasta el sujeto del hacha.
La gata no se lo piensa mucho antes de empezar a trepar por la pierna de ese hombre. Sube y sube, pasando por las piernas y llegando a la cintura. En ese momento, el tipo del hacha le ofrece su brazo y la gata ahora camina con más tranquilad por él, hasta que llega a los hombros. Lugar en el que sienta, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Es, de hecho, un poco impresionante. Charlie hubiera aplaudido si no estuviera tan avergonzada.
―¿Será esto una evidencia suficiente de que este animal me pertenece? ―Pregunta él, presumido―. No me gustaría que ahora piense que soy un maltratador de animales. ¡Mi querida KeeKee es una acróbata nata!
―Yo, eh, lo siento. No sabía que tenía dueño.
―Dulzura, no te excuses. Viste el collar, viste la placa, simplemente ignoraste ambas cosas. ¡Eres una descarada! Una muy entretenida.
―¡No! ―Charlie niega―. Lo siento, es solo que su gata es muy bonita y quería ver si… Si estaba bien.
Técnicamente, no es mentira. La gatita, KeeKee, aunque no luce mal cuidada, teniendo un pelaje limpio y suave, sí que tenía un par de heridas que se veían recientes. Cosas muy pequeñas. De esas cosas que no sirven para justificar que intentara llevársela con ella.
El hombre frente a ella parece pensar lo mismo, aunque sonríe casi con decepción.
―No puede ser, ahora en serio crees que soy un maltratador de animales.
¡Ay, carajo!
―¡No, lo siento, en serio!
―Solo era una broma, querida.
Charlie siente un escalofrío en la nuca. El hombre extiende su mano hasta Charlie. Y ella, más por nervios que por miedo genuino, retrocede.
Déjà Vu.
―Alastor. Un placer en conocerte, querida. Todo un placer.
Ella lo miró. Miró su mano, luego a él. Después, miró su otra mano, donde tenía el hacha, para luego mirar a KeeKee aun en sus hombros. Y luego volvió a mirar su mano extendida hacía ella.
Charlie, entonces, se da cuenta que ese sujeto puede ser un loco asesino al que no debería de hacer enojar, por lo que le toma de la mano, nerviosa.
―Charlie.
Alastor, el hombre del hacha, porque suena más genial decirle así, sonríe, mostrando unos dientes muy blancos y ligeramente separados al frente.
―La hija de los Morningstar.
Charlie parpadea, un poco confundida.
―¿Qué?
―Por favor, cariño, todos los conocen aquí. ―Alastor tararea un poco antes de volver a hablar―. ¿Sabías que tu madre piensa volverse a lanzar como alcaldesa en febrero? Parece que nunca podrá dejar de cuidar de este festivo pueblo. Es casi encantador.
Charlie no dice nada, ya que ella no tiene conocimiento de que su madre iba a lanzarse de nuevo como alcaldesa. Le parece un poco extraño. Claro, la gran Lilith Morningstar empezó como alcaldesa desde los 20 años y se fue casi a los 45.
En ocasiones, todos en la familia bromeaban que la corrupción era evidente al ser única en su mandato. Sin embargo, no era tanto así, ya que todos en Hazbin Hollow parecían tenerle un cariño particular a ella como la encargada de todo el pueblo.
Claro, siempre se hacían elecciones. Y claro que había más postulantes. Y claro que perdían porque nadie le ganaba nunca a la mamá de Charlie, obvio.
―¿Qué? ―Dice con torpeza, porque, carajo, ¿qué más puedes decir cuando un desconocido te dice cosas de tu madre que ni sabes tu misma?
Alastor, sin soltar su mano, se inclina y le besa los nudillos, con algo que se siente a delicadeza.
―Tan linda como siempre.
―¿Nos conocemos?
Él suelta su mano, se incorpora y parece confundido. Se señala a sí mismo, abarcando todo su rostro, aún más confundido.
―¿No me reconoces?
Charlie, un poco apenada y muy confundida, entrecierra sus ojos con torpeza. El tono de su piel le recordaba un poco a la madera caoba y su rostro afilado le resultaba familiar. Tiene bigote. No sabe exactamente qué es lo que tiene que notar, pero hay algo familiar en la forma de sus ojos o su sonrisa alargada.
Aun así, ella no encuentra nada realmente claro.
―¿Debería? ―Pregunta Charlie, algo nerviosa.
Alastor parpadea. Un ojo a la vez.
Espera.
―¡Oye! ―Ella se acerca con rapidez a él. Alastor ni reacciona―. ¿Eres familia de Sylvie LeBlanc?
Alastor no dice nada por un tiempo lo suficientemente largo para que Charlie crea que pensar tanto en su ex ya le fundió el cerebro.
―Si… ―dice él, finalmente―. Somos parientes por parte de madre.
Eso no hace muy feliz a Charlie.
―¿Alastor LeBlanc?
―Cariño, literalmente te acabo de decir que somos parientes por parte de madre. ―Alastor sonríe y casi parece amable―. Primos. Su mamá y mi papá son hermanos. Yo no uso el apellido LeBlanc. No tiene nada que ver conmigo.
Ah.
―¿Cuál es tu apellido?
―Hartfelt.
Charlie frunce el ceño, intentando recordar si de verdad era el apellido de soltera de su exsuegra. Honestamente, no tiene ni idea, pero finge que si para no quedar como una idiota.
―Alastor Hartfelt… ¡Que lindo nombre!
El hombre del hacha parece que no recibe cumplidos muy seguidos porque se sonroja, aunque no cambia su expresión con ojos entrecerrados y sonrisa socarrona.
Hasta la gata se restriega contra su cabeza, como si sintiera que su dueño está pasando por un momento y necesita apoyo.
Fascinante.
―Gracias ―dice Alastor, con algo que casi parece torpeza―. Me gusta mucho.
Bueno.
Charlie solo estaba siendo amable.
Realmente no estaba dispuesta a tener que escuchar como él amaba su nombre, que de seguro era uno de esos que son generacionales y tienen un significado muy importante, así que…
―¡Me alegro! Entonces, eh, ¡nos vemos! Fue un placer conocerte.
―¿Eh?
Charlie se despide con la mano. Luego, toma con fuerza su carpeta y se va. Así sin más. Porque así es como se va la gente luego de hablar con alguien, ¿no?
Parece que no, porque ella escucha como él empieza a seguirla.
―Charlie, espera.
Uy.
Esa forma de decir su nombre se sintió muy cómoda.
Raro.
―¿Algo más que necesites de mí, Alastor Hartfelt? ―Pregunta ella, volteándose y sonriendo.
Alastor no dice nada. Parece que está atrapado y que, en realidad, solo quería que ella no se fuera porque… Quien sabe.
―¿En serio está escapando luego de intentar robarme el gato?
―¿Qué?
―¡No se haga la tonta! Es una descarada.
¿Por qué le estaba hablando así?
―Eh… ¿Qué?
―Solo digo que es un poco grosero intentar robar y luego solo marcharse.
Ah, bueno.
―¿Y más quieres que haga? ―Charlie frunce el ceño―. ¡Ya te pedí perdón! Estoy ocupada, tengo que destru- digo, hablar con alguien justo ahora. Ya voy tarde, así que me iré. Chao. Orbua!
―¿Or qué?
Charlie no vuelve a mirarlo. Simplemente camina, ignorando a propósito su horrible pronunciación en francés. Espera mucho que ese Alastor no hable francés.
Sylvie lo hablaba, pero no mucho. Quizás no es cosa de familia.
―¡Se dice: Au revoir! ―Grita Alastor, sonando a que no se movió de su lugar, para luego reír―. ¡Hablas pésimo francés!
Bueno, parece que si era cosa de familia hablar francés.
Ella solo camina más rápido, pensando que todo es culpa de Sylvie.
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La carnicería esta exactamente igual a como Charlie la recuerda. Cosa que solo la hace enojar más porque la pone melancólica y estar melancólica por algo que le pertenezca a Sylvie es similar a vomitar mierda.
Sigue siendo el mismo edificio mugriento y horrendo que nadie nunca quería visitar porque por ahí contaban que mataban judíos cuando ocurrió la segunda guerra mundial.
Charlie una vez le preguntó a Sylvie si eso era verdad y ella solo le dijo que sería aburrido si no era verdad.
Malditas mujeres que nunca hablan de forma clara. ¡Charlie no tiene tiempo para entender sus mensajes encriptados!
Ella suspira y sabe que esta nerviosa. Se siente nerviosa… Y la carnicería no es tan fea.
Es de esos edificios esquineros. Con paredes negras y techo rojo. Desde afuera se puede ver toda la carne que se vende, presumida en congeladores y vitrinas. Luce un poco vintage, ya que Sylvie nunca quiso actualizarla, por lo que no hay tantos a cambios a como se veía décadas atrás. Sin embargo, Charlie nota que hubo un cambio en las ventanas y, ahora, tienen el logo de la familia LeBlanc.
Bueno, no en si el logo familiar porque sería bien raro que fueran una familia con logo, pero no tuvieran dinero ni para… Oh, no, ese pensamiento fue muy clasista y Charlie no va a profundizarlo.
No hay gente dentro y ella no tiende porque, si se supone que es la carnicería más famosa del pueblo. Aunque el hecho de que a Sylvie se le esté acabando la clientela la hace feliz, así que Charlie sonríe, pero su sonrisa se borra al acercarse y notar como, en la puerta, hay un letrero que dice “Fui a talar un árbol, volveré en media hora”.
Charlie frunce el ceño, y pregunta en voz alta, como si Sylvie pudiera responderle:
―¿Por qué saliste a talar un árbol?
―Porque no tengo árbol.
―¡PUTA MADRE!
Ella se voltea con rapidez, la respiración agitada y los ojos muy abiertos. La carpeta se le cae al suelo nevado de pura impresión. Charlie no reacciona a tiempo, porque no puede creer quien está frente a ella ahora.
Es Alastor, de quien ya no recuerda el apellido, aun con la gata en sus hombros y el hacha en sus manos. Ahora, la sostenía con ambas manos y eso lo hacía lucir un poco más amenazante de lo que debería.
¿Ese hombre la estaba siguiendo?
―¡Dios mío, me asustaste! ―Dice Charlie, sonando un poco enojada. Se siente un poco enojada, de hecho―. ¡No vuelvas a hacer eso!
Él, un completo descarado, suelta una risa casi risueña. Cierra sus ojos y sus dientes aprietan su labio inferior. Es una expresión que Charlie conoce muy bien de Sylvie.
Vaya, los genes si son fuertes en esa familia.
―Lo siento, querida ―Querida decía el muy animal―. Pero preguntaste y fue imposible para mí no responder.
Uff.
Ese acentito de locutor empezaba a ser molesto.
Charlie frunce el ceño, toma los bordes de su chaqueta y se la ajusta, dejando que sus hombreras serpentean con falsa elegancia. Suelta un bufido y se agacha a tomar su carpeta.
Esta húmeda, pero no tanto como esperaba. Ella suspira, casi de alivio. Ni de chiste iba a imprimir otras copias, más que nada porque en su casa no había impresora y no iba a gastar 50ctv en impresiones a blanco y negro en la papelería que esta junto a la escuela al norte por la estúpida de su ex.
―Agradece que no arruinaste mi trabajo.
Charlie mira a Alastor y él solo inclina un poco la cabeza, divertido.
―Lo siento, debí tomar en cuenta que saltas como gato cuando te sorprenden. ―Alastor sonríe un poco y KeeKee maúlla, mirando a Charlie―. Parece que mi amiga está de acuerdo conmigo. ¡Al menos no gritaste!
Eh… ¿Disculpa?
―¿Qué?
Alastor parpadea. Un ojo a la vez. Malditos LeBlanc y sus costumbres raras de parpadeo. No, espera, el apellido era otro… Oh, ella ya lo olvidó. De nuevo.
―Sylvie me contó mucho de ti, Charlie.
Ah.
Así que esa perra hablaba de ella. ¡De seguro solo cosas malas! Maldita desgraciada.
―¿En serio? ―Charlie aparenta desagrado y se cruza de brazos―. ¿Qué ha dicho?
Alastor se encoge de hombros.
―Nada importante.
Oh.
¿Sylvie creía que Charlie era algo que valía menos que una campana en navidad oxidada? ¡Bueno, que se pudra, ella tampoco es tan importante!
―Bueno, no es de mi incumbencia lo que Sylvie diga… ¿Sabes dónde está?
Alastor la mira. Da un paso hacia ella. Charlie retrocede uno por puro impulso, pero luego se da cuenta que dejarse ganar por un desconocido es de imbéciles y se planta firme en su lugar, luciendo tan intimidante como puede. Y no parece lograrlo, porque Alastor suelta una risa, casi enternecido.
¡Oh, todos los LeBlanc son unos brutos!
―¿La estas buscando?
―¡Y pues obvio! ―Charlie se siente un poco atacada―. Pero solo porque necesito que firme algo. ¡No porque quiero verla! ¡Si por mi fuera ni estuviera aquí!
Alastor no dice nada. Y parece hasta asustado porque ella empezara a gritar de la nada.
¿Por qué Charlie siempre da una muy mala primera impresión?
―Bueno… Sylvie se fue, Charlie.
―Ya lo sé. El letrero dice-
―No, Charlie, Sylvie se fue de forma permanente.
¿Qué?
―¿Qué?
Alastor se encoge de hombros. Deja caer el filo del hacha contra el suelo y se recarga en ella, como si fuera un bastón.
―Simplemente decidió que no quería seguir y se fue. ―Alastor levanta una de sus manos, la cierra y la abre, simulando una explosión, mientras dice―: ¡Puff! Así de golpe. Dijo que odiaba ser quien era y se fue del pueblo hace… Como siete años.
¡¿Qué?!
―¡¿Qué?!
Alastor se ríe, con fuerza. Pero en serio con fuerza. De esas risas largas, rasposas y agudas que solo suelta un maniático que va a destruir la navidad de todo un pueblo por puro odio a una persona en específico… Espera…
―¡¿Pero qué te pasa?!
―¡Es broma, cariño!
―¡No se bromea con eso, idiota!
Mierda, Charlie no entendía porque le hablaba a este tipo como si fuera su amigo de toda la vida. Enemigo. Enemigo de toda la vida. Si, enemigo. Ella solo tiene enemigos. Nadie la quiere.
Definitivamente los LeBlanc tienen una energía maligna que saca lo peor de Charlie.
KeeKee maúlla. Es un sonido largo y casi burlón. Charlie no puede creer que hasta una tonta gata se burle de ella.
Alastor parece muy feliz con que su amiga felina sea igual de mierda de él. Le acaricia la cabeza y la gata se acurruca contra su mano, satisfecha por ser un asco con una mujer que acaba de conocer.
―Relájate, amor, no hay nada de que alarmarse. ―Charlie no sabe si eso él se lo dijo a ella o la gata. ¡Todo es confuso! Aunque la próxima vez que habla lo hace mirándola, fijamente―. Pero Sylvie si se fue. Eso no fue broma.
¡Ay, carajo!
―¿Es en serio? ―Charlie suelta un gruñido poco propio de una mujer a principios de sus treinta y muy propio de un perro con rabia antes de volver a hablar―. ¿A dónde se fue?
―Bueno, todo lo que te dije no es broma. Ella si se fue, como si la tierra se la hubiera tragado… Lo único que no es verdad es eso de los siete años.
Alastor se encoge de hombros. Tararea, divertido. Como si todo no importara. Técnicamente, no es importante para él, pero esa falta de interés hace que algo dentro de Charlie ruja de puro coraje.
―¿Hace cuanto se fue?
―Cinco años.
Oh.
Charlie también se fue hace cinco años del pueblo.
Ella tiene que estrujarse la mente, intentando recordar esa vez que se fue. Si acaso Sylvie ya se había ido. Charlie, en realidad, no puede recordar con exactitud eso, pero si está segura de que, cuando ella se fue del pueblo, tomando una bacante de empleo que era todo lo que detestaba, pero que incluía un alquiler en la gran Pentagram City, su ex seguía viviendo con tranquilidad en Hazbin Hollow.
De hecho, Sylvie una vez dijo que ella nunca podría irse de Hazbin, siempre llamando al pueblo solo por su primer nombre. Nunca supo explicar exactamente porque no quería irse, pero parecía que algo la tenía ataba a ese lugar.
No tiene sentido que se hubiera ido. Hace cinco años. Justo cuando Charlie se fue.
Mierda.
Es un pensamiento muy egocéntrico, pero… ¿Sylvie fue detrás de ella?
―¿Cinco años? ―Pregunta Charlie, con torpeza y un poco de timidez―. ¿Cinco años?
―Si, justo esta navidad se cumplen cinco años. No, espera, ella se fue el 30.
Ah.
Sylvie se fue mucho antes de que Charlie.
Bueno.
Ahora Charlie se siente un poco tonta, tanto por creer que esa mujer en serio iba a ir detrás de ella, como porque, hace cinco años, cuando iba a irse, pensó por un segundo en despedirse de su maldita ex.
¡Qué bueno que no lo hizo!
Igual nadie iba a abrir la puerta.
―¿Charlie?
Ella parpadea.
Alastor la mira y parece un poco extrañado, pero no preocupado. De hecho, parece casi acostumbrado a tener que lidiar con extrañas que se dejan llevar tanto por sus pensamientos que se quedan en silencio mientras miran fijamente el piso.
Este tipo era tan raro.
O quizás ella era la rara.
Nah, definitivamente él era el demente entre los dos.
―¿Qué pasa?
―¿Qué es lo que haces en mi casa?
¿Perdón?
―¿Tú qué?
―Mi casa, querida. ―Alastor señala la carnicería, como si realmente le pertenecía y fuera el lugar donde duerme mientras disfruta de unas buenas galletas de jengibre, cosa que solo hace que Charlie se sienta profundamente confundida. Sin embargo, ella no dice nada, lo que parece hacerle entender a Alastor que si está bien que siga diciendo incoherencias―. Es esa de ahí.
―¿Vives en una carnicería?
―Sylvie solo me vendió eso. Su casa la compró alguien más.
¿Sylvie hizo qué?
―¿Sylvie hizo qué?
―Dulzura, en serio, nada de lo que te dije era broma.
―¡Entendí eso! ―Charlie respira con fuerza―. ¿Por qué ella te vendió su carnicería? ¡Es un negocio familiar! Ella nunca lo habría vendido, estoy segura.
Alastor tararea, demostrando con ese simple gesto que en serio le importa poco y nada toda la situación.
―Quería irse sin tener razón para volver. Y yo tenía dinero y me gusta la carne, así que… Se entiende, ¿no?
Charlie no dice nada. Su cerebro está intentado asimilar que Sylvie, en realidad, nunca había estado en ese pueblo. Se fue antes que ella. Charlie, que solo volvió para arruinarle la vida a la tarada que tiene por exnovia se acaba de topar con la dura realidad de que… No hay nadie a quien arruinarle la vida.
Ella, ahora, solo está existiendo de una forma en la que se siente patética y un poco atacada. Es casi como si el universo se hubiera reído de ella por tener una idea tan cruel. No, en realidad se siente como un castigo por, siquiera, atreverse a ser una mala persona en navidad.
¿Quién es malo en navidad?
¡Solo ella!
Y quizás Alastor.
Charlie está segura de que esa hacha en sus manos no la usa solo para talar árboles. Es más, quizás él sale en Halloween a asustar a los niños del pueblo, usando un vestido rojo, llorando y riendo, mientras dice que tiene un sueño que nadie le deja cumplir.
Ella lo mira. Tan fijo como puede. Notando sus ojos de color avellana, su cabeza rapada en la parte baja, su estúpido bigote que nadita que ver. Lo mira tanto que la cabeza le duele y espera que él se sienta incomodo.
Pero no. Alastor, de hecho, parece muy contento con ser el centro de atención de alguien. Ese alguien, por su propia estupidez, termina siendo Charlie.
Oh, ella sí que es una mujer tarada.
Y esta tan enojada.
Por Sylvie. Por Alastor. Por KeeKee. Por todos los LeBlanc que solo saben arruinarle la vida.
Lo justo es que ella le arruine la vida a uno, ¿no?
―Alastor.
―¿Si, cariño?
―¿Me estás diciendo que tú eres el propietario de este establecimiento?
―¿La carnicería? Claro, es completamente mía.
―Entiendo.
Charlie sonríe. Es quizás la peor sonrisa que ha hecho en su vida y ella lo siente tanto por la forma en la que le duelen las mejillas, porque nunca antes había hecho esa expresión, como por el hecho de que Alastor, por primera vez, parece genuinamente sorprendido.
―Hay algo de que debemos hablar.
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El contrato era, en resumidas cuentas, una mierda. Charlie no firmaría esa tontería, salvo que estuviera al borde de vivir en su auto por ser tan mala administrando dinero, cosa que nunca le había pasado porque ella prefería comer tierra a admitir que se había equivocado.
Era una mujer orgullosa. Alastor también parecía tener mucho orgullo, lo que significaba que iban a tener una conversación larga y fea.
Aunque fue un caballero que la dejó entrar a la carnicería, donde Charlie descubrió que ya no era un simple local de venta de carnes, sino que el segundo piso se había convertido en un departamento muy pequeño, tan pequeño donde ambos apenas podían estar de pie incómodamente, y donde había una radio vieja arreglada con cinta que ella reconoció con una rapidez que la asustó.
Era una que le regaló a Sylvie cuando cumplieron tres años de novias. No se ve nada cuidada y esta tan horrenda que Charlie siente la tentación de tomarla y lanzarla contra la pared, destruyéndola de la mejor forma posible, para que así la estúpida de su ex aprenda a cuidar los regalos que le dan las personas.
Uff. Que coraje.
Charlie no puede caminar mucho, porque apenas y puede ver el piso entre tantas cajas y muebles mal acomodados. De hecho, ella nota que una cortina es lo único que separa el salón, si es que se le puede llamar así, de lo que podría ser la única habitación de ese lugar. Y ella solo cree que es una habitación porque ve un colchón en el piso.
Okey, sin afán de ofender a la gente sin dinero, pero Charlie ya no quiere estar ahí.
―Disculpa el desorden ―dice Alastor, sonando casi avergonzado, aunque con esa casi que permanente sonrisa en su rostro no lo parece ni un poco―. Normalmente no vivo así, pero han ocurrido problemas y vivir es complicado, cariño.
Charlie frunce el ceño, pero no mencionada nada. Mira como la gata camina con elegancia y agilidad entre todo, hasta que llega a la ventana y se acomoda en ese lugar. Charlie, sin nada de disimulo, se acerca a la ventana, que parece ser la única en todo ese departamento, porque ella necesita no sentirse tan atrapada en ese lugar.
Alastor la mira, un poco más seguro de sí mismo. De hecho, parece casi confiado.
―¿Te invito un café? ―Pregunta, con una certeza extraña, como si supiera que ella iba a decir que sí.
Pero Charlie no dice eso.
―No soy muy fan del café.
Alastor parpadea, un poco confundido. ¿En serio es raro que exista alguien que no le gusta tanto el café?
―¿No?
―No.
―¿Nunca te ha gustado?
―No es que no me guste, es que es mi última opción casi siempre.
―Vaya.
Alastor baja un poco la mirada. Su sonrisa se hace más pequeña y es como ver a un animal herido.
―No tenía idea.
―La gente siempre asume que te gusta el café.
Y luego te obligan a tomarlo todos los días… Bueno, Charlie tenía que ser honesta y decir que Sylvie nunca la obligó de forma directa, pero si era una manipuladora que durante dos años no le dio oportunidad a Charlie para tomarse un chocolate caliente.
Un día, Sylvie le preguntó cómo le gustaba el café. Charlie le dijo que con mucha azúcar y un toque de canela. Al día siguiente, Sylvie le había preparado el café justo así. Charlie se sintió tan agradecida que se lo bebió entero.
A partir de ese día, Sylvie siempre le hacía ese mismo café todas las mañanas. Charlie nunca le dijo que, en realidad, le gustaba mucho más el chocolate caliente o el té o incluso un gloriado. Mierda, ella prefería tomar vino antes que café durante la mañana.
Pero nunca dijo nada, porque Sylvie estaba invirtiendo un minuto de su día en ella.
Entonces, si, Sylvie era un monstruo que la obligaba a beber cosas que no le gustan gracias a la manipulación emocional, ¿okey?
―Bueno ―dice Alastor, luego de carraspear. Charlie nota que se rasca la nuca y eso hace un sonido particularmente fuerte, por lo que ella, por un segundo, cree que él se está lastimando―. ¿Qué buscas?
Charlie, antes de responder, mira, a través de la ventana, el gran letrero sobre la carnicería, que dice en letras oscuras y grandes:
“LeBlanc & Sons – Cortando Pieles Desde 1832”
Frunce un poco el ceño. Ella siempre pesó que esa última oración era extraña.
Vuelve a mirar a Alastor. Y esta vez lo hace con la certeza y confianza de un discurso que practicó durante tres días seguidos y que, de forma lamentable, ya no iba a ser escuchado por su exnovia ni le iba a romper el corazón.
Esperaba que el corazón de Alastor fuera fácil de romper. Charlie no quería haber ido a ese sitio por nada.
―Busco optimizar tu futuro ―repite ella, sacando su carpeta como quien desenfunda un arma, aunque Charlie nunca ha usado un arma… Bueno, una vez Sylvie intentó enseñarle a cazar, pero luego de ver al primer ciervo morir por un disparo se puso a llorar y se fueron de ahí… Mierda, esa estúpida nunca iba a salir de sus sentimientos. Digo, pensamientos. Si, pensamientos―. Espero que tengas unos minutos.
Su voz tiembla un poco y Charlie se odia por eso. ¡No puede dejarse intimidar por otro LeBlanc!
Alastor, pobre hombre, ni siquiera tuvo tiempo de preguntar antes de que ella desplegara sobre la única superficie lo suficientemente plana como para servir de mesa, un mapa, un plano y al menos siete papeles con membrete.
Charlie no recordaba tener tantos papeles en su preciosa, hermosa, perfecta carpeta, pero se siente feliz de que estén ahí porque parecen ser más intimidantes que ella para Alastor.
―Según nuestras evaluaciones de impacto, su local ―Charlie se muerde la lengua para no llamar estúpida a la carnicería, mientras señala el viejo edificio con su bolígrafo― ocupa un espacio con potencial para resurgimiento económico si se reintegra al diseño de expansión que proyectamos para los próximos tres años.
Alastor parpadea, confundido y sonriendo.
―¿Disculpa?
―Reintegración funcional ―repete ella, sin perder el ritmo―. Un proceso por el cual propiedades con valor histórico o sentimental son adaptadas a un nuevo propósito más eficiente para la comunidad. En tu caso, por ejemplo, hemos estimado que tu carnicería tiene un tráfico anual por debajo del 17% esperado en una localidad con potencial turístico como esta.
Él abre la boca. Cierra la boca. Charlie se siente muy orgullosa de provocar esa reacción. ¡Si que era buena en su trabajo!
Y eso que memorizó todo al intento 23.
Alastor intenta responder.
Ella no lo deja.
―Entiendo que este negocio lleva cuatro generaciones ―continua, impecable, porque ni de chiste le iba a ganar el sentimentalismo por la estúpida carnicería de Sylvie―. Es admirable. Pero el beneficio comunitario supera la nostalgia individual. Heaven Clouds ofrece una compensación económica diez veces superior al valor estructural de este edificio. ―Desliza un documento hacia él―. Si firmas aquí, puedo garantizarte una reubicación en la zona comercial del sur. Tendrías mejor visibilidad, acceso a carreteras y un flujo de clientes un 53% mayor en temporada alta… Y dinero para una casa, ¿sabes?
Okey, eso ultimo quizás fue innecesario, pero, carajo, entre más tiempo Charlie pasaba encerrada en ese lugar más creía que vivir bajo un puente era más digno… Oh, ella acaba de ver una cucaracha subir por una pared, que maldito asco.
―¿Quieres comprar la carnicería? ―Pregunta Alastor, casi estupefacto, pero muy divertido―. ¿De tu ex?
Sylvie no tiene nada que ver aquí.
―Sylvie no tiene nada que ver aquí.
―¿Entonces me estás diciendo que, de verdad, viniste hasta acá de nuevo simplemente porque quieres ser una buena trabajadora? ―Alastor se acerca a ella. Aun con tantos obstáculos, él camina con una confianza que asusta―. ¿Solo estas aquí para comprar una estúpida carnicería?
Bueno.
Parece que todos están de acuerdo en que es una estúpida carnicería.
―Solo quiero-
Alastor, en un movimiento que Charlie no entiende, él se acerca con rapidez y ella termina con la espalda pegada contra la ventana, encerrada entre los dos brazos de ese maniático hombre que, ahora, están a cada lado de su cabeza, y con la boca fuertemente cerrada del puro impacto.
―¿Qué haces? ―Pregunta Charlie con torpeza, sintiendo un pánico crecer dentro de ella con rapidez.
Oh.
¡Ella sabía que este tipo era un asesino! Mierda, ahora Charlie saldría en el periódico local como una mujer víctima de homicidio. Quizás la iba a decapitar con el hacha que estaba cargando.
Aguanta, ¿dónde está el hacha? ¿No iba a matarla con un hacha? No puede ser, ese sujeto iba a destrozarla con sus propias manos.
―¿Qué haces tu aquí? ―Pregunta Alastor. Aun cuando él se está inclinando un poco hacia ella, quizás en una forma muy extraña de intimidación, sigue siendo mucho más alto―. Dime, cariño. ¿Qué es lo que haces aquí?
Charlie iba a gritar. Pero no lo hizo por pura cobardía.
―¿Eh?
―¿En serio esperas que me trague la idea de que un sol como tu aceptaría un trabajo tan mediocre como arruinarle la vida a alguien que, ya de por sí, esta arruinado?
―¡Yo no soy un sol!
Alastor se acerca más a ella. Su aliento caliente choca contra su cara y Charlie cierra los ojos por instinto. Cuando su cara no fue aplastada como una manzana ni ningún hacha se clavó en su pecho, ella se dio cuenta que no había tanto peligro y abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el color avellana de los ojos de Alastor. Pero estando tan acerca, Charlie notó que, en realidad, el color se asemejaba más a un tono caramelo, con un brillo verde que la deja cautivada.
Es la misma mirada de Sylvie.
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―Bueno ―Charlie soltó una risa temblorosa―. ¿Cuándo?
―¿Cuándo que, dulzura?
A Charlie siempre le causaba algo cuando Sylvie le hablaba con esos apodos cariñosos y casi tiernos. No quería relacionarla mucho con su madre, pero es que eso era lo que parecía. Era un pensamiento que le daba un poco de risa, más que nada porque ella era cuatro años mayor que Sylvie.
―¿Cuándo vas a educarme? Eh, lo siento, eso sonó horrible… No se me ocurre que otra palabra decir, lo siento.
Sylvie siguió mirándola. Soltó una risita casi tierna y se sacudió de los hombros su largo cabello ondulado y esponjado. A Charlie le gustaba mucho su cabello, pero Sylvie siempre se ponía a la defensiva cuando se lo mencionaba, así que ella había dejado de hacerlo.
―Hay un bar de jazz en el sur. Tiene una banda en vivo. Vale completamente la pena. ¡Una amiga mía es la dueña! Le vas a encantar.
Charlie se sintió un poco incomoda por la mención de otra mujer.
Tomó un poco de su café y asintió, forzando una sonrisa.
―Suena divertido.
―Bueno, es una cita.
Charlie parpadeó, aturdida.
―¿Cita?
―¡Claro!
―Pero, eh, te refieres a una cita cita o solo una cita.
Sylvie, esa vez, no solo la miró. En realidad, se acercó a Charlie, sin levantarse del sillón. Charlie sintió la necesidad de retroceder, pero no lo hizo. Estaba tan confundida que su cuerpo dejó de responder.
Por otro lado, Sylvie, con toda la confianza que solo una mujer como ella podría tener, puso sus brazos a ambos lados de Charlie, encerrándola. Parecía divertida y complacida por qué ella no podía hacer más que temblar mientras sostenía su taza como un escudo inútil contra su pecho.
―¿Qué te gustaría más? ―Le preguntó, casi con burla.
Charlie no respondió.
No porque no podía, que, de hecho, no podía de lo nerviosa que se sentía.
Sino porque, justo en ese momento, Sylvie cortó la distancia entre ambas y la besó.
Chapter 4: Cuatro Intensos
Chapter Text
En el bar, Charlie nunca pudo conocer a la dueña y supuesta amiga de Sylvie. Nunca parecía estar cuando ellas iban. De todas formas, no fueron muchas veces. En realidad, fueron muy pocas veces.
Sylvie parecía disfrutar más de estar encerradas, mientras la música salía de un gramófono antiguo y muy bien cuidado, con una colección de discos que ella parecía cuidar con su vida, y ambas bailaban.
En ocasiones, era movido y divertido. Sylvie era una gran bailarina, pero algo extraña. Charlie no podía seguirle mucho el ritmo y se sentía un poco fuera de lugar, pero nunca excluida. Aprendió a mover las piernas al ritmo del electro swing y a girar cuando escuchaba a Ella Fitzgerald.
En otras ocasiones, todo era más íntimo.
Sylvie, aunque a Charlie nunca le gustó el termino, siempre tomaba el rol del hombre cuando bailaban. Ella no parecía molesta por eso, aunque si un poco incomoda cuando Charlie intentaba hacer lo mismo. Sylvie parecía disfrutar más de tomarla de la cintura o arrodillarse ante ella o sujetarla de la espalda para no dejarla caer.
De cierta forma, Charlie se sentía cuidada.
―Cariño, mueve un poco la cadera a la derecha… ¡Justo así! Lo haces tan bien.
Charlie soltó una risa. Le gustaba la forma en la que Sylvie le hacía sentir que hacía las cosas bien.
―Esto es divertido.
―Es lo que siempre te dije.
Sylvie la hizo dar una vuelta y la tomó por la cintura, pegando su pecho al de ella. Su otra mano subió hasta su nuca. Charlie se sintió un poco apenada.
―Creo que la siguiente semana no estaré disponible para ti ―dijo Sylvie―. ¿Te molesta?
Charlie negó.
―¿Vamos a salir de nuevo?
―¿Quieres que salgamos?
―Me gustaría mucho.
―Bueno, podemos planear algo. ―Sylvie frunció el ceño―. Lamento no haber llegado las últimas tres veces. La universidad es más molesta de lo normal.
Charlie lo entendía. No le molestaba. Nada que hacía Sylvie podía enojarla.
―¿Has pensando ya que harás cuando termines de estudiar?
―Creo que solo voy a mantener la carnicería. Aun quiero tener un estudio, pero la carnicería es importante para mamá, así que tengo que hacerme cargo.
―¿Y si la vendes?
―¿Y romperle el corazón a mi madre? Esa mujer es demasiado sensible para su propio bien. Vender esa carnicería la mataría. No quiero matar a mi madre. Amo a mi madre. ¿Si entiendes eso, dulzura?
Charlie soltó una pequeña risa y asintió. Sylvie le dio un beso en la mejilla. Luego, Charlie titubeó un poco.
―Sylvie.
―¿Hmm?
―¿Quieres que seamos novias?
―¿No lo éramos ya?
―¿Eh? No, creo que no… ¿Lo éramos? Lo siento, creí que no.
―Está bien, solo pensé que luego del primer beso éramos pareja.
―No… No funciona así. Lo sabes, ¿verdad?
―Yo funciono así. No voy a besar a nadie que no sea mi pareja, ¿sabes?
Charlie sonrió. Se acercó y juntó sus labios contra los de Sylvie. La sintió sonreír y eso la hizo sonreír también. Pasó sus brazos por sus hombros, acercándola más, mientras que ella la tomó, ahora si con ambas manos, de la cintura.
Sylvie se separó, miró a Charlie a los ojos y asintió. Antes de que pudiera preguntarle que ocurría, volvió a besar a Charlie. Y ella solo se dejó llevar.
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Ella no grita, aunque muy dentro de sí misma sabe que debería de hacerlo. No puede gritar. Se siente tan profundamente confundida por la situación en la que está que, sencillamente, su cerebro colapsa y no sabe qué hacer en consecuencia.
No es tanto el comportamiento jodidamente raro de Alastor lo que la tiene congelada. Es el hecho de que esos malditos ojos que no había visto desde hacía cinco años la estaban mirando. A ella. Solo a ella. Como era la costumbre antes.
Charlie siente que va a llorar. O a hacer algo muy estúpido.
―Charlie ―dice Alastor, con la voz un poco más baja, casi como si tuviera cuidado de lo que le estaba diciendo―. ¿Estas bien?
No.
Si en los próximos tres segundos Charlie no se lanza por la ventana, hará algo tan estúpido que tendrá que arrancarse la cara para evitar la vergüenza completa.
Se supone que ella es la profesional malvada aquí, mierda.
―Sin afán de ofender, pero, ¿no sabes lo que es el espacio personal?
Charlie, sin poder creerlo realmente, vio como algo que se parecía mucho a la confusión estuvo en los ojos de Alastor. Casi como si el tipo no entendiera que acercarse tanto a una persona que acaba de conocer es incómodo, incorrecto y aterrador.
No puede ser.
Alastor también era autista, como Charlie siempre sospechó que era Sylvie.
¡Malditos LeBlanc!
―¿Qué?
―Que te alejes.
―¿Eh?
―¡Shoo! ¡Shoo!
Alastor, visiblemente confundido porque Charlie ahora le da manotazos en el pecho para alejarlo como si fuera un animal, si se termina apartando.
Es un poco torpe, Charlie lo nota. Pero no cae. Parece que conoce muy bien el lugar donde esta.
Para Charlie es muy deprimente saber que un tipo tan guapo está viviendo en una pocilga.
―Ahora, te mantienes lejos de mi ―dice ella, una vez Alastor esta a un metro de distancia. Charlie se siente tentada a agarrar una escoba o algo para marcar la distancia de forma permanente. No lo hace nomas porque no encuentra una escoba… Y teniendo en cuenta como esta ese lugar, sería casi que un milagro que encuentre una―. Como una persona normal.
Alastor tiene, lo que una vez Sylvie, maldita desgraciada, describió como ojos de ciervo en la autopista.
Siempre ha sido curioso y gracioso de una forma triste que esos animales sean tan precavidos con el sonido de una rama, pero no con el sonido de un auto que va a matarlos en menos de un segundo.
Sus ojos siempre se abren mucho. Brillan gracias a las luces. Sus pupilas se dilatan. Parecen confundidos, pero horrorizados. Como si lo único que fueran capaces de entender en ese momento es lo terriblemente mal que va a terminar su existencia.
Bueno, Alastor tiene esos ojos ahora.
Es un poco raro, pero Charlie no piensa mucho en eso.
―¿Qué? ―Dice él con torpeza.
―Necesito que firmes los papeles.
―¿Firmar qué?
―Adquisición, reubicación y reconversión del espacio. Todo perfectamente autorizado por-
―No.
Ah.
Bueno.
Charlie estaba preparada para el no de Sylvie. Se preparó un poco para el no de Alastor en el trascurso que le tomó entrar a la carnicería. Mierda, ella estaba preparada para cualquier no que quisieran echarle.
Y, aun así, se queda en silencio, petrificada, como si no entendiera como alguien podría rechazar semejante oferta.
―¿Qué? ―Es lo único que ella puede decir ahora y se siente un poco estúpida por eso.
Se supone que el tarado es él, no ella, carajo.
―No voy a venderte mi estúpida carnicería.
―Discúlpame ―dijo ella con tono afilado que imita torpemente de Carmilla―, pero esto supera apreciaciones sentimentales. Es un análisis técnico con proyecciones objetivas. El reacomodo generará-
―Pérdida ―replica él, tan tranquilo que parece estar enseñándole a hornear pan―. Pérdida de patrimonio, pérdida de historia y pérdida de identidad del pueblo.
Ella aprieta la mandíbula, también algo que imita de Carmilla.
―Con todo respeto ―dijo ella, lo cual era gracioso, porque no había respeto alguno en su tono, igual como, claro que sí, Carmilla Carmine―, tú no tienes acceso a los reportes. No puedes hablar de pérdidas sin conocer los números.
Y era una carnicería. ¿A quién le importa las carnicerías? ¡Solo a los adictos al cerdo!
―Pero sí conozco a la gente ―responde él, mirándola directamente a los ojos―. Algo que tú no puedes medir en una tabla.
Ah.
¡AH!
¡Bueno!
Si antes no era personal, que, si era, ahora definitivamente era personal, que ya lo era, porque nadie insulta las tablas de Charlie, ya que eso haría que todo se volviera aún más personal de lo personalmente personal que ya era.
Ella frunce el ceño.
Decide darle una sola oportunidad al tonto primo de Sylvie.
―Puedo medir flujo económico, potencial de expansión, impacto socio-regional-
―¿Y puedes medir lo que significa que esta carnicería sea lo único que queda del tatarabuelo de Sylvie? ¿O que aquí aprenden a trabajar chicos que no tienen dónde hacerlo? ¿O que todos los platos del festival navideño salen de estas mismas manos?
Él levanta sus manos, tan cerca de ella que Charlie tiene que retroceder aún más y empieza a temer que el vidrio de la ventana colapse. Eso no pasa, obviamente. Lo único que colapsa es la mente de Charlie al mirar las cicatrices tan inusuales en Alastor en sus manos, que son grandes y delgadas y ella se siente nerviosa.
Las mangas de su elegante abrigo son sueltas y caen cuando él levanta los brazos. Parece que la camisa que tiene por debajo esta arremangada o… O es muy extraña porque no tiene mangas y Charlie puede ver los antebrazos de Alastor que, mierda, tienen aún más cicatrices.
No importa lo que vea, cada cosa nueva en Alastor es un indicador de que es un asesino en serie con un hacha que odia a las mujeres rubias.
―¿Puedes poner eso en un Excel?
―¿Qué?
―¿Puedes poner eso en Excel, Charlie?
Charlie no sabe usar Excel, pero Alastor nunca lo sabrá.
Él da un paso más.
―¿Puedes cuantificar cuánto vale para el pueblo escuchar el sonido de la carne siendo cortada de esta carnicería cada mañana, mientras los niños van a la escuela?
Bueno.
Definitivamente él estaba intentando asustarla.
Ella trata recuperar el control.
¡No se iba a dejar ganar por un aparente asesino!
―Con todo… Con todo respeto… ―inhala, preparando un contraataque verbal―, no estamos hablando de romanticismo comunitario. Esto es crecimiento. Progreso. Orden.
Las palabras sonaron tan falsas en su boca. Charlie se siente extraña.
―¿Para quién? ―Dispara él.
Silencio.
Frío y cortante como el aire de Vermont.
Ella aprieta la carpeta contra su pecho y su espalda, aún más, contra la ventana.
―Esto no se firma hoy ―dijo Alastor, con firmeza―. Ni mañana. Y no sin que esa linda boquita me dé una razón real que lo valga.
Ella lo vio.
Se vio a sí misma.
Y por un instante, apenas un segundo, siente el peso incómodo de haber sido… la villana de la escena.
Mierda. ¿En eso la había convertido Sylvie? ¡Oh, esa perra!
Él la mira. No con odio. Con desafío.
―Sylvie me habló tanto de ti, Charlie.
Puta madre.
―¿En serio?
―Me dijo que eres la mujer más familiar y soñadora de todas. Que no había un solo pensamiento egoísta en esa bonita cabecita tuya. ―Alastor le toca la frente con dos dedos, dándole un pequeño golpe que hace que Charlie se sienta como una niña perdida―. Que nunca podrías permitir que algo tan horrible como destruir el lugar donde creciste solo por un estúpido centro comercial sucediera. Oh, cariño, ella me dijo que tú eras la buena del cuento.
Un dolor desgraciadamente familiar apareció en el pecho de Charlie. Algo que sentía cuando robaba cosas sin pensarlo o cuando mentía para que Carmilla le diera un halago que no merecía.
Oh, era tan terrible sentir ese malestar. Como un golpe constante que ella no podía borrar porque no tenía el coraje de admitir que le afectaba.
―No hables como si me conocieras ―dijo ella, sintiendo que su voz temblaba.
Tenía muchas ganas de salir corriendo, pero le daba miedo chocar con algo, caerse, romperse la cabeza y morir de forma patética.
Alastor no se acerca, pero su expresión cambia. Su sonrisa se hace más pequeña y sus ojos se entrecierran un poco. Sus cejas se levantan y sus labios se curvan un poco hacia abajo.
Luce decepcionado.
―Charlie… ¿Qué fue lo que te pasó?
⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙
Alastor era un imbécil.
¡Hablaba como si conociera a Charlie, el muy descarado!
Charlie no era una simple… Eh… Cosa que él pudiera leer a la primera. Claro que no. Charlie era una mujer con virtudes y defectos. Ya sabes, un ser humano complejo. No una tontería que, con menos de 20 minutos de interacción, ya entendiera al completo.
Así que él tenía que dejar de mirarla como si ella hubiera matado a su madre solo porque quiere que firme un maldito contrato.
―¿No vas a firmar?
―No.
―Bueno, me voy.
―¿Qué?
―Volveré mañana y espero que ya no seas un idiota raro que sepa que la mejor opción es firmar.
―Eres un poco molesta, cariño.
―Alastor, es lo más lógico que puedes hacer en este momento.
―No me parece digno hacerlo.
―No tienes ni donde caerte muerto y vienes a hablarme de dignidad.
―¡Vaya, pero si esta encantadora mujer tiene garras!
Charlie decide ignorarlo y sigue caminado con cuidado y torpeza entre tantas cosas tiradas en piso. Ella toma con fuerza su carpeta, sintiendo que es lo único a lo que puede anclarse.
―Deberías tomarte un día ―le dice Alastor, siguiéndola. Aunque Charlie no lo ve, escucha que se mueve más rápido que ella y eso la pone inquieta―. Solo uno. Para entender qué es este lugar, antes de intentar cambiarlo.
―Conozco este lugar como la palma de mi mano. ¡Crecí aquí!
―En 5 años cambian muchas cosas.
―¿Y tú qué sabes? ¡Ni eres de aquí!
Alastor ríe y es de nuevo esa risa de dientes apretados.
―Parece que le tengo más cariño a este lugar que tú.
Charlie suelta un jadeo, completamente indignada. ¡Y por puro orgullo no voltea a mirar a Alastor!
―Estoy aquí para trabajar, no para hacer turismo.
―Pues quizá ese es el problema.
Este tipo en serio es un idiota, tanto que hace que Charlie pierda su orgullo por coraje y se voltea, fulminándolo con la mirada de la forma más tensa y aterradora que puede.
No sirve mucho. KeeKee, el animal más silencioso al que Charlie ha tenido que enfrentarse, corre por su lado, con una velocidad insultante que hace que Charlie tambalee como imbécil. Intenta mantener el equilibrio al estirar sus brazos y soltar su preciada carpeta, pero fracasa. Y cae.
Pero no toca el piso.
No, en su lugar toca el pecho de Alastor. El duro, firme y plano pecho de Alastor.
Es incomodo por su nariz de aplasta y le duele un poco. Uno de sus brazos se estira más allá de él y el otro se flexiona contra su propio pecho en una posición extraña que duele más de lo que debería. Siente como él la toma de la cintura y como que su mano fue más debajo de lo que debería de ir… Lo único bueno de eso es que no caen.
Lo muy malo es que si lo hacen luego de un segundo.
Charlie escucha como el piso de madera cruje bajo el peso de ambos. Ella se muerde la lengua al caer y cierra sus ojos esperando dolor. No recibe mucho. Parece que Alastor es quien la pasa peor, pero no lo dice en voz alta.
Por otro lado, Charlie…
―¡Puta madre! ―Grita y abre sus ojos. Alastor sigue bajo ella, respirando de forma rara y eso la inquieta―. ¡Ay, suéltame!
―Charlie, no te muevas… ¡Mierda, te dije que no te muevas!
―¡Suéltame!
―Ya voy, solo deja que- ¡Auch! Carajo, Charlie, con el codo no. ¡Con el codo no!
Charlie intentan levantarse. Pone sus manos en el piso, pero la derecha resbala y hace que ella caiga de nuevo sobre Alastor. Él hace un ruido similar a un gruñido que la pone aún más nerviosa de lo que ya está.
―¡Dios mío, perdón!
―Amor, ten cuidado, tengo un tatuaje que- ¡Charlie, te dije que cuidado!
Ella, en pánico, vuelve a intentar levantarse, esta vez con más cuidado, pero igual de impaciente.
No se levanta por completo. No puede hacerlo. No cuando, una vez logra recargarse sobre sus manos y rodillas para no estar pegada a Alastor, él… La mira.
Nada más.
Solo la mira.
Y quizás sean las luces navideñas coloridas del edificio de al lado, pero Charlie puede jurar que hay un brillo casi esperanzado en sus ojos. Esos ojos que son una copia completa de los de Sylvie.
Oh.
Charlie se inclina un poco hacia abajo, mirando más de cerca que Alastor también tiene los mismos labios finos de Sylvie y ella se pregunta… ¡Oh, mierda, basta!
Ella se aleja tan de golpe que tropieza y cae para atrás. Ya no sobre Alastor, pero si bastante cerca. Entre tanto movimiento, Charlie ya no sabe dónde está su carpeta.
―¡Aléjate de mí!
―Literalmente no he hecho nada.
―¡No te has movido!
―Lo siento, pero si hay una mujer encima de mí, creo la peor opción sería mover-
―¡No lo digas!
Él no lo dice. Ella lo fulmina con la mirada. Él sostiene la suya sin parpadear. Parece que no le molesta nada de lo que ocurre, aunque se toca un poco el pecho.
Charlie siente que debería de preocuparse, pero no lo hace. No le importa.
Ella busca con torpeza su carpeta, no guarda nada y se olvida de su bolígrafo. Se pone de pie y corre hasta la salida. Escucha que Alastor se levanta también, pero no le presta atención.
―¡Charlie!
No, ella no va a voltear… Okey, bien, quizás si lo hace, pero solo un poquito.
Y lo que ve es un Alastor que, en realidad, no se ha levantado. Sigue sentando en el piso. Esa diabólica gata negra esta casi acurrucada entre sus piernas. Ninguno de los dos parece querer moverse de donde están.
―¿Qué?
―Espero verte de nuevo.
Charlie se fue, asegurándose de cerrar la puerta tan fuerte como pudo.
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La siguiente semana fue un poco extraña para Charlie, más que nada porque seguir a Alastor era como seguir a un topo en patines de hielo.
Eso quiere decir que no tenía sentido.
Intentaba hablarle en el trabajo, pero él la ignoraba con una sonrisa estúpida y presumida, para luego solo regalarle un trozo de carne de ciervo que ella no iba a comer, pero que a su mamá hizo muy feliz.
También intentó acercarse cuando él no estuviera en la carnicería. Charlie se vio obligada a espiarlo un poco y descubrir cuando ese horrible ser humano saldría de su trabajo. Entonces, ella aparecía super amable, intentando que firmara los malditos papeles, para, finalmente demoler esa estúpida carnicería.
Él le volvió a regalar carne de venado, unos aretes horrendos de muérdago y se fue antes de que ella pudiera sacar los papeles de su linda carpeta, a la que ahora le había pegado un lacito rojo de regalo precioso.
Incluso, la noche anterior, lo encontró en una tienda pequeña del sur de Hazbin Hollow, comprando comida para gato. KeeKee estaba en sus hombros y Charlie puede jurar con una mano en el corazón que ese maldito animal la vio y le avisó a Alastor de su presencia, moviendo su patita contra la mandíbula marcada de su dueño, que apenas vio a Charlie salió casi que corriendo.
¡Cobarde!
Una parte muy grande de Charlie no quería seguir insistiendo, porque su orgullo era grande y mira, que Sylvie le mandara a la mierda era algo que podía aceptar, pero que lo hiciera el primo nadaqueveriento era el colmo de los colmos.
No, Charlie no iba a soportar tanto.
Por eso decidió que iba a insistir una última vez.
Con esta ya eran quince en una sola semana.
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Hazbin Hollow tenía un lago, porque es un pueblo pequeño donde la Navidad respira por sí misma, obviamente iba a tener un lago para patinar.
Ella no era muy buena patinando. Su mamá si lo era, pero con los años lo había abandonado. Sin embargo, su papá siempre insistía en salir, como mínimo, una vez durante las fiestas.
Ese día era el día de salir a patinar.
Charlie está sentada en las escaleras del pórtico de su casa. La de sus padres. Es su casa aun, ¿sabes?
Su pierna derecha no deja de moverse y ella se abraza a sí misma, no tanto por frío, sino por puros nervios. Siempre se pone nerviosa cuando va a patinar. Duda mucho de sí misma. Tanto sobre el equilibrio sobre hielo hasta de la ropa que usa.
Aunque con su chaqueta verde de confort era imposible sentirse mal por su ropa. Tiene dibujos de muñecos de nieve, ¿entiendes? ¡Muñecos de nieve! ¡Y hombreras doradas hermosas!
Solo a los tontos no les gusta… Seguro que a ningún LeBlanc le gusta la chaqueta. Esa maldita familia con malos gustos.
Charlie suspira y estira las piernas, esperando que eso evite que la derecha se siga moviendo. No funciona. Charlie frunce el ceño, odiando su propia pierna.
Escucha como la puerta se abre y ella voltea. Su mamá sale, con un abrigo casi elegante de color morado cubriéndola y un sombrero afelpado que recoge todo su cabello. Charlie nota que está usando unas botas nuevas que brillan y en sus manos trae los patines que siempre usa, unos de color plateado que ella intentó robarse muchas veces durante toda su vida, pero nunca pudo.
Su mamá tiene la nariz roja y los ojos un poco aguados. Recientemente se había enfermado y esa pudo ser una excusa buena para no salir, pero ella no podía romperle la ilusión al papá de Charlie, así que accedió a patinar. Era mejor hacerlo ese día, porque ella ya sentía que se pondría peor luego.
―¿Estas bien? ―Pregunta Charlie, poniéndose de pie y acercándose a su mamá, preparándose sin querer para sostenerla por si caía―. No es necesario que salgas.
―Yo quiero salir, cariño.
―¡Dile a papá que no quieres salir!
―Charlie, acabo de decirte qué si quiero salir, ¿qué no escuchas?
Ella baja la cabeza, sintiéndose regañada.
―Lo siento.
―¿Estas nerviosa por Alastor?
Charlie no estaba pensando en Alastor, pero, ahora que piensa en él, si se pone nerviosa.
Les había contado a sus padres sobre lo idiota que era ese sujeto. No dijo nada que pudiera evidenciar que ella era la villana que quería quitarle lo único que parecía tener ese hombre o que él era primo de su ex. Simplemente le dijo que era un tarado sin instinto de supervivencia.
Su papá se puso de su lado apenas supo que Alastor era un hombre que la trataba mal, mientras que su mamá se puso del lado de Alastor cuando ella llegó con la carne de ciervo, porque, vamos, ¿qué clase de monstruo regala tanta carne de ciervo?
Nadie en Hazbin Hollow, aparentemente.
―¿Qué? No. Solo no quiero patinar.
Su mamá sonrió, casi con ternura.
―¿Recuerdas cuando te caíste de pequeña?
―No.
―Yo sí. Fue cuando tenías seis. Recuerdo que intentabas romper el hielo del lago porque creías que sería divertido nadar bajo el agua. Me acuerdo mucho de eso. Eras una niñita gordita tan linda.
―Mamá, basta.
―Caíste hacia el frente, Charlie. Te habías levantando, no aguantaste tu propio peso y caíste de cara contra el hielo. ¡Te rompiste un diente! Afortunadamente era de leche. Estuviste chimuela por mucho tiempo, cariño.
―¿No fue solo un diente?
―La mitad de un diente. Los otros se cayeron los siguientes días… Eras tan pequeñita… ¡Ay, Charlie!
Su mamá la abraza y Charlie se queda quieta, sin saber cómo reaccionar ante el golpe tan grande de nostalgia que su mamá está teniendo. Al final, ella la abraza de vuelta y se acurruca un poco contra ella. Su mamá suelta sus patines, que golpean con fuerza el piso de madera, y la braza con tanta fuerza que Charlie cree que se rompió algo, aunque no sabe si los patines eternos de su madre o la madera de muy buena calidad de su papá.
―No llores, mamá.
―No lloro, amor. ―Mentira, si está llorando y Charlie lo sabe porque siente como las lágrimas de su mamá le mojan un poco el rostro―. Me gusta abrazarte.
La gente dice mucho eso cuando se trata de Charlie. Bueno, ya no tanto desde que se fue a la ciudad para ser una ermitaña que solo existe para cumplir todo deseo de Carmilla y robarse las cosas de la oficina.
Malditos Vees y sus quejas con los de Recursos Humanos que obligaron a Charlie a devolver todas las cosas que se robó.
―¡Listo para pati- ¿Lilith?
Charlie mueve su cabeza y mira a su papá, que luce preocupado, con sus patines aún más blancos en sus manos y un gorro viejo de Santa en su cabeza.
―Dale un momento.
―¿Qué pasó?
―Dale un momento, papá.
―¿Es la artritis? Voy por el yodosalil.
―¡Un momento, papá!
Su mamá ríe un poco y se separa de ella. Le da un beso en la frente y se limpia las lágrimas con cuidado.
―Estoy bien. Vamos a patinar.
Charlie siente. Mira a su papá y descubre que él ya ha tomado del suelo los patines de su mamá. Le parece un buen gesto.
―Los perros se quedan en casa ―dice él, en un tono que no admite discusión.
Charlie no tiene pensando discutir. Al menos, no con su papá. Sino con el imbécil de Alastor.
Ella frunce el ceño, notando que le amarga la vida pensar en ese hombre.
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Aunque Charlie no tiene patines, si puede alquilar unos en la cabaña cerca del lago. También hay ropa, comida y esquís que Charlie nunca aprendió a usar. Aunque si sabía usar las patinetas. No lo ha hecho en años y no tiene muchas ganas de probarlo ahora.
Hay bastantes personas patinando en el lago. Charlie no puede identificar quien va con quien, pero siente un poco de nervios con tanta gente. La mayoría no resalta, patinando de forma torpe y cuidadosa, pero hay un tipo en el fondo que es muy bueno… Espera, ella reconoce ese ridículo cabello rojo… Mierda, es Alastor.
Charlie iba a huir. No, ella no podía huir. Pero no tiene su carpeta. Mentira, claro que tiene su carpeta metida en su espalda, bajo su suéter y sostenida con su pantalón. También tiene un reloj que le robó a alguien y que va a dejar en la sección de objetos perdidos antes de irse.
El punto es que ella no va a huir.
Pero tampoco va a ir tras él.
Parece que está muy contento patinando con una chica pelirroja también. Pero es falsamente pelirroja. Ese tono de rojo super falso que Charlie detesta, pero nunca dirá en voz alta porque sería grosero.
Ella frunce el ceño.
Deja de mirarlo y se enfoca en sus padres. No están muy lejos. Patinan lento y su mamá parece si estar disfrutando de todo. Ellos se toman de ambas manos y giran un poco. Charlie cree que es lindo.
En realidad, lo más lindo de todo es que los patines de su mamá son artísticos, mientras que los de su papá son deportivos.
Nadie podría notarlo.
Charlie mira sus propios pies. No se ha puesto los patines aun y sus botas suaves tienen en la punta un dibujo de un pingüino con un gorrito. Ella cree que es lindo y no quiere quitárselas.
Pero tiene que hablar con Alastor.
Pero no quiere patinar.
Podría esperar.
Ella va a esperar.
―¿Charlie? ¡Oh, por Dios! ¡¿Charlie?! ¡Hola, Charlie!
Apenas puede voltearse cuando alguien se lanza contra ella, casi derrumbándola y abrazándola con fuerza. Ni siquiera puede gritar. La otra persona lo hace primero, aunque más que grito, es un chillido tan agudo que la confunde.
―¡Charlie, Charlie, Charlie! ―Dice esa persona, con emoción. Charlie frunce un poco el ceño, porque no reconoce la voz―. ¡Te he extrañado tanto, Lali!
¿Lali?
Solo había una persona que le decía así.
―¿Emily?
Emily suelta otro chillido y asiente, sin dejar de abrazar a Charlie.
―¡Te he echado de menos! ¡Estas tan linda!
Emily finalmente deja de abrazarla y Charlie lo agradece, porque respirar se estaba volviendo complicado. Ella parpadea y respira con profundidad. Luego, mira a la mujer frente a ella.
Sigue justo como la recuerda, solo que diferente.
Su cabello sigue siendo esponjoso y chorrón, pero ahora está teñido de un azul pálido. Está usando lentes, aunque Charlie no recuerda que ella los necesitara. Ve que usa aretes largos, lo que es raro, porque Emily nunca se había hecho ninguna perforación.
Verla se sintió como viajar al pasado y descubrir que todo ha cambiado, aunque ella sigue sonriendo igual. Cambió. Charlie descubre que eso no le gusta. Luego se pregunta si ella también cambió.
―Gracias. ¡Tú estás preciosa!
―¡Ay, muchas gracias! ¿Cómo has estado?
―Muy bien, gracias.
―¡Me encanta tú chaqueta, es tan linda!
Charlie sonríe y asiente. Se siente muy feliz de que alguien note que su chaqueta es genial.
―Gracias. Yo la adoro. Las hombreras son geniales.
―¡Muy elegantes! Me alegra saber que aun tienes espíritu navideño.
Emily se sienta a su lado. Charlie se acerca más a ella.
―Me gusta tu vestido ―dice Charlie y es verdad, porque ese vestido azul que usa Emily es precioso con sus botones con caritas pequeñas de Santa―. Combina con tus lentes.
Emily se ríe un poco y se acomoda los lentes. Son de color celeste brillante. Probablemente alguien de cabello rojo pensaría que son horrendos.
―¡Lo sé! Me gustan mucho.
―¿Ahora usas lentes?
―¡Claro! No tienen mucho aumento, pero me ayudan. Parece que trabajar tanto en paquetería y fiestas infantiles arruinan un poco la visión, ¿sabes?
Charlie asiente. Se siente sorprendentemente cómoda hablando con Emily y se pregunta por un momento por qué dejó de hablarle.
―¿Cuándo volviste? ¡Debiste decirme! Intente llamarte mucho cuando te fuiste, pero cambiaste de número y nadie tenía el nuevo. Bueno, tus padres sí, pero no me lo quisieron dar por respeto. ¡El Sr. Lucifer se enojó mucho cuando lo pedí! Lo entiendo, pero me dolió. ¡Yo estaba de tu lado! Siempre. ¡Lamento todo lo que te hizo!
Ah.
Ya recuerda porque dejó de hablarle.
Emily es la hermana menor de Sylvie.
Un sentimiento amargo se acomoda en el pecho de Charlie. No piensa mucho en eso. No puede cuando el sonido de patines sobre hielo suena más fuerte de lo que debería, indicándole que alguien se está acercando. Quizás más de alguien.
―Pero mira nada más, si es la linda Charlotte Morningstar.
Oh, esa horrible voz Charlie la conoce.
Levanta la mirada y si, es Alastor, el dolor de cabeza pelirrojo que ella odia.
Emily vuelve a soltar un chillido emocionado y se lanza contra los brazos de Alastor, como si no lo hubiera visto en años y no pudiera creer que está ahí, frente a ella, luciendo como idiota.
En realidad, está usando un traje muy lindo que a Charlie le gusta, pero prefiere arrancarse la lengua antes de que admitirlo. Su defensa es que los colores navideños en tonos pálidos quedan bien con la piel morena, ¿sí?
―¡Allie, hola, Allie! ―Dice Emily y Charlie casi se ríe por ese apodo―. ¡Te extrañé mucho! ¡Ay, estas muy guapo!
Tampoco mientas por convivir, Emily.
―¡Cariño, cuanto tiempo! ―Alastor abraza a Emily y da una vuelta. Los patines parecen hacer que eso sea fácil y Emily ríe. Charlie se muerde el labio inferior por dentro de la boca al ver eso―. Tan encantadora como siempre.
Emily ríe como tonta y Charlie frunce un poco el ceño. Alastor la mira, sin dejar de abrazar a su prima y le sonríe, casi satisfecho.
―Charlie. Qué bueno verte de nuevo.
―Hola.
―¿Tienes tu carpeta contigo?
Claro que sí. Charlie siente su peso constante en su espalda.
―No.
―Mentirosa.
Emily se separa de Alastor, con un poco de torpeza por el suelo resbaloso, y sonríe.
―¡Es un regalo tenerte aquí, Allie!
Charlie suelta una pequeña risa, forzando a su mente en imaginar a Alastor con un disfraz ridículo de regalo. ¡Eso le da risa!
Pero luego él sonríe con elegancia y la mente traidora de Charlie ya no hace una imagen patética de Alastor, sino una muy diferente, donde ese hombre usa un gorro navideño y se cubre el cuerpo con una cinta de regalo roja que vuelve loca a Charlie, logrando que su cara se caliente un poco.
Ella puede verlo con demasiada claridad para su propio gusto. Incluyendo el tatuaje y las cicatrices y la sonrisa pretenciosa y… ¿Por qué el Alastor se su mente tiene brazos tan fuertes?
Charlie, contrólate.
Alastor la mira y ella se siente muy expuesta. Es más, ella está completamente segura de que él puede leer su mente y se apresura a pensar en sus perros.
Razzle y Dazzle. Razzle y Dazzle. Razzle y Dazzle.
―Charlie.
―¿Qué?
―¿Patinamos?
―¿Eh?
Ella niega, un poco nerviosa.
―No sé patinar.
Alastor suelta una risa.
―No me sorprende, querida. Pero insisto. Soy un gran profesor en cualquier cosa que involucre mover el cuerpo.
Los perros de la mente de Charlie desaparecen y aparece de nuevo Alastor. Ella sacude la cabeza, con más fuerza de la que debería, sorprendiéndose incluso a sí misma.
―No quiero.
―¿Hacemos un trato?
Charlie parpadea, confundida. Mira a Emily y ella parece a punto de explotar de la emoción. Es raro, pero Charlie no se enfoca mucho en eso.
―¿Qué? ―Pregunta, sin saber que más decir―. ¿Qué clase de trato?
Alastor se acerca a ella, deslizándose sobre el hielo, pero sin poder avanzar mucho cuando llega al borde del lago. Tiene los brazos tras su espalda y parece confiando.
―Patinemos un rato. Si me logras atrapar, firmare tus ridículos papeles. Si no, bueno, tendrás una cita conmigo.
El cerebro de Charlie deja de funcionar en ese momento.
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Charlie suspiró cuando el beso terminó. Quería besar de nuevo a Sylvie, pero ella no se lo permitió, alejándose antes de que pudiera ocurrir. No parecía incomoda, solo un poco cansada.
O aburrida.
―¿Estas bien? ―Pregunta Charlie, un poco nerviosa.
―Perfectamente, querida. ―Sylvie la abraza y Charlie se siente feliz por eso―. Mi hermana cumple años mañana. Dice que quiere que vayas.
Oh.
Eso hace feliz a Charlie. Sylvie es muy reservada con su familia y ella casi no ha interactuado con ellos. Los conoce un poco de vista y recuerda sus nombres con torpeza, pero nunca ha tenido ninguna conversación que supere las diez palabras.
Que Sylvie la esté invitando al cumpleaños de su hermana hace que Charlie sienta que todo está mejorando.
―¿Emily? Vaya. ¿Cuántos cumple? ¡Me encantaría ir!
―Ya le dije que no vamos a ir.
Charlie se queda en silencio por un segundo.
―¿Qué?
―Ella lo entiende, no te preocupes.
―Pero yo quiero ir.
―No quieres, Charlie, créeme.
Charlie frunce un poco el ceño.
―Pero… ¿No sería lindo ir?
―No.
Sylvie la miró y Charlie se sintió un poco intimidada. Con timidez, asintió.
―Bueno.
―¿Quieres más café? ―Pregunta Sylvie, casi con ternura.
Charlie sonrió con torpeza.
―Claro, me encanta el café.
Sylvie asiente, luciendo satisfecha. Se acerca y le da un beso nuevo a Charlie. Uno que profundiza al tomarla del mentón y obligarle a abrir la boca, para así meterle la lengua. Charlie jadea y cierra sus ojos, olvidando por completo el cumpleaños.
Chapter 5: Cinco Minutos
Chapter Text
Aunque Charlie le dio muchos regalos por su primer aniversario a Sylvie, no esperaba nada de ella.
No era falta de cariño, o eso quería creer Charlie, simplemente Sylvie decía que obligarse a si misma a regalarle algo a su novia por una fecha a la que solo ellas le daban importancia era tonto. Se sentía obligada a solo regalarle cosas a Charlie durante fechas importantes, cuando ella quería hacerlo sin obligación.
Charlie lo entendió. Era muy lindo que Sylvie quisiera regalarle cosas en días al azar.
Solo que Sylvie nunca lo hizo.
De hecho, el único regalo que realmente pareció costar algo fue un regalo por el cumpleaños de Charlie, justamente dos meses después de su primer aniversario.
Le había estado lanzando muchas indirectas sobre lo que quería. le envió videos, le contaba sobre como Emily tenía uno y parecía tan feliz, incluso, de forma fingida, la llevó a un refugio para que los viera.
Un gatito. Eso quería Charlie.
Le encantaban los gatos, más que los perros, y esperaba que Sylvie entendiera sus indirectas.
―Tengo un regalo que vas a amar ―le dijo Sylvie la noche antes de su cumpleaños―. Me encanta.
Charlie ya podía oler al gatito. Le iba a poner un nombre lindo. Esperaba que fuera un animal lindo. Adorable. Quizás negro. Pero no al completo. ¡Un gatito calicó sería hermoso!
Los nervios la acompañaron hasta media noche. Apenas dio inicio su cumpleaños, ella quiso gritar. Sylvie se levantó de la cama y salió casi que corriendo por el regalo.
Charlie se sentó en la cama y movió su pierna derecha, nerviosa. Escuchó como Sylvie movía cajas y cosas pesadas. Eso hizo que se sentía más nerviosa.
Su novia apareció entonces, con una caja enorme en brazos, bellamente decorada y con un lazo brillante encima. Demasiado grande para un gatito, pero lo suficiente para un gato adulto. ¡Charlie iba a gritar de la emoción!
Sylvie dejó la caja frente a Charlie. Ella se apresuró a acercarse, gateando emocionada y pensando que si es un gato calicó le pondría de nombre Calicó.
―No tienes que desenvolverlo ―le dijo Sylvie―. Solo es una caja estratégicamente hecha para parecer que me tomó mucho tiempo envolverla.
Charlie soltó una risa divertida y quitó la tapa de la caja.
No había un gato.
Había una radio.
Una radio antigua, pesada, de madera oscura, con el dial un poco amarillento por los años. Olía a polvo viejo y a metal. Sylvie la miró con orgullo inmediato, casi infantil.
Charlie parpadeó, confundida.
―¿Qué?
―Es de los años cincuenta ―dijo Sylvie, rápido―. ¿Ves el diseño? Todavía funciona, la encontré en una tienda increíble, el tipo me explicó toda la historia. Involucra un asesinato.
Charlie no dijo nada enseguida. La observó. Pasó los dedos por la perilla, con cuidado, como si estuviera tocando algo frágil… pero no suyo.
Sonrió, sí, pero fue de esas sonrisas educadas, las que se usan cuando no quieres romper nada, aunque ya te rompieron a ti.
―Es… bonita ―respondió al fin.
Sylvie asintió, encantada consigo misma.
―¿Verdad? Siempre quise una así. Bueno, no así, exactamente, pero esta es especial. Mira cómo suena el clic cuando la enciendes.
La prendió sin pedir permiso. La radio escupió un murmullo estático que llenó la habitación. Ella cerró los ojos un segundo, disfrutándolo. Charlie la miró y fue tan dolorosamente evidente: Sylvie amaba ese sonido. Amaba el objeto. Amaba la idea de haberlo encontrado.
Es entonces cuando entendió.
No es el regalo lo que pesaba, es la certeza que cayó de golpe, silenciosa. No pensó en ella. Pensó en sí misma, y luego lo envolvió con papel bonito. Ni siquiera se esforzó en envolverlo de verdad.
Charlie no sabe si esa es la primera vez que pasa, pero siente que no.
―Gracias ―dijo, al final, con suavidad―. En serio.
Charlie se acercó y abrazó a Sylvie. Ella le devolvió el abrazo y le besó el cuello.
Pero la radio ya estaba ahí, sobre la mesa, ocupando espacio. Como una tercera presencia incómoda. Como una confesión sin palabras:
Eso es lo que le gustaba a Sylvie, aunque ese día no fuera su cumpleaños.
⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙
―¿Una cita?
―¡Una cita!
Suena tan fácil decirlo. Charlie no recuerda cuando fue la última vez que tuvo una cita. Una buena. En realidad, ella no recuerda si ha tenido una cita alguna vez.
¿Qué clase de tarada no ha tenido una cita? Mucha gente. Muchísima gente. El mundo está lleno de tarados. Charlie espera que Alastor sea un tarado.
―¿Por qué quieres salir conmigo? ―Pregunta, sintiéndose nerviosa. Su pierna derecha ya está empezando a moverse con inquietud y Charlie pone ambas manos sobre ella, para calmarla, como si no fuera una parte de su cuerpo que puede controlar con su mente―. ¿No se supone que me odias?
Alastor inclina un poco su cabeza. Su sonrisa es un poco más pequeña de lo que debería, pero aun parece divertido con la situación.
Que idiota.
―¿Por qué te odiaría?
―¿Eh?
―¿Solo porque intentas quitarme mi casa, que compré hace menos de un mes, con los ahorros de toda mi vida, y dejarme en la calle sin nada, simplemente por una venganza estúpida en contra de tu ex novia, donde yo soy nada más que un simple y pobre daño colateral?
Decirlo en voz alta hace que suene horrible.
―Si, justamente por eso.
―¡Pues no, no te odio!
Alastor se desliza un poco sobre el hielo y luego se para firme. Bueno, tan firme como puede con los patines.
―Pero si te hace sentir mejor contigo misma, te prometo que haré que la cita sea la peor de todas.
Ah.
Si, eso tiene más sentido.
―Bueno.
―¡Genial, ponte tus patines y vamos directo a la pista!
―¿Qué?
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Emily fue lo suficientemente amable como para ayudar un poco a Charlie. Se queda a su lado mientras intentaba no caerse sobre el duro hielo del agua congelada del lago al que ella no quiere ni ir, pero en el que ahora tiene que perseguir como idiota a un tipo aún más idiota.
Al menos no tiene a su gata en su hombro.
―¡Veras que no cuenta si tocas a KeeKee!
Mierda, él si tiene a su gata en su hombro.
Charlie escucha como Emily suelta una risa que suena a un chillido molesto y no sabe muy bien cómo reaccionar ahora. Simplemente la toma con más fuerza de las manos, más aún cuando siente que se caerá a cualquier mal paso.
―¿Tu primo siempre se comporta así?
―¿Qué primo?
―¿Alastor?
―¡Ah, sí, mi primo! ―Emily mira a otro lado y ríe, con nervios―. Lo siento, aun es un poco confuso todo esto.
¿Qué habla esta tarada?
―¿A qué te refieres?
Emily parece entrar un poco pánico, casi nerviosa. Charlie intenta fruncir el ceño, con sospecha, pero no puede porque casi se cae de cara al no controlar el lado izquierdo de su cuerpo.
Afortunadamente Emily la sostiene a tiempo.
―¡Mierda! Carajo, odio estas cosas.
―¡Con cuidado! ―Emily se acerca más a ella―. Yo te cuido, no te preocupes. ¡Alastor no será tan malo contigo!
Charlie lo dudaba mucho.
―¿Por qué él es tan raro?
―¡Ay, no es tan raro! ―Emily piensa un poco―. Bueno, es más bien un poco… Eh… Raro es una palabra que lo define bien, ¿sabes?
Charlie mira a Emily, notando que es igual de tarada que Alastor. Si se nota que son familia. Genial. Charlie odia aún más a los LeBlanc.
Ella se pregunta si su exsuegra también es tarada.
―Nunca debí de aceptar esto ―dice Charlie, mirando sus pies ocultos bajo esos patines horrendos. Ella detesta sentir que está parada sobre cuchillas que son tan poco estables como la gelatina. Sabe que se va a caer, se lastimará y, peor aún, Alastor la va a llevar a una estúpida cita. Que asco―. ¿Por qué lo hice?
Emily tararea un poco, pareciéndose mucho a Alastor, lo que hace que Charlie quiera soltarla, limpiarse las manos y marcharse en busca de sus padres.
―Creo que estas un poco nerviosa. ―Emily se encoge un poco de hombros, luciendo casi tímida―. Es nuevo para muchos, ¿sabes? No. ¡No! Lo siento. No lo sabes. Nadie lo sabe.
―¿De qué hablas?
―Oh, lo siento. No creo que tenga que decirlo.
Bueno.
Vete a la mierda, Emily.
Charlie suelta las manos de la mujer y, con rapidez, se da cuenta que fue una pésima idea, porque empieza a tambalearse y ya puede sentir el futuro dolor de la humillante caída que va a tener por ser una idiota orgullosa que no acepta ayuda de ningún LeBlanc.
―¡Cariño!
Oh, no.
El peor de todos ya llegó.
Charlie, si no estuviera tan concentrada en no caer de cara contra el hielo, huiría. Lamentablemente, no puede. Simplemente se tambalea como idiota hasta que Alastor se acerca y la toma de las manos.
Emily, casi divertida, se aleja un poco de ambos. Como si le diera espacio a Alastor para acercarse y divertirse con el sufrimiento de Charlie.
Mierda, Charlie sabía que no tenía que confiar en Emily.
¡La gente con lentes nunca es confiable!
―Tranquila ―dice Alastor―. Yo te cuido.
―No te creo.
―Cariño, me lastimas.
―A mí qué.
Alastor suelta una risa de dientes apretados y luego se desliza hacia atrás. Ese movimiento hace que las piernas de Charlie se resbalen y se separen, dejándola en una pose incomoda y dolorosa. Las piernas le duelen porque no puede mantener todo su peso.
Y eso le causa mucho miedo, porque, ya sabes, ella no quiere golpearse el trasero contra el hielo.
―Quiero irme.
―Vamos, cariño. Tranquila. Estoy aquí.
―¡Oh, eso definitivamente hace que todo sea mejor!
Alastor sonríe. Tira de sus manos y hace que Charlie se incorpore. Sus piernas aun le duelen, pero ya no está en una posición incómoda. De hecho, esta en una pose perfecta para huir.
Parece que Alastor nota que ella iba a huir, porque toma con más fuerza sus manos y empieza a deslizarse hacia atrás, sin ver por dónde va. Entonces, para completo horror de Charlie, ella empieza a deslizarse también.
No tiene control sobre su cuerpo. Y una parte muy dentro de ella lo agradece, porque si dependiera enteramente de ella, probablemente se hubiera muerto hace tres minutos.
Sin quererlo, ella toma con aun más fuerza las manos de Alastor.
Sus uñas, las de ella, son largas y Charlie siente una necesidad puramente instintiva de clavarlas en la piel de Alastor. No por un interés genuino de causarle sufrimiento, aunque un poco si, sino porque ella necesita sentir que no está en peligro.
Pero no lo hace, porque eso sería grosero.
En su lugar, se enfoca un poco en su muñeca izquierda. Ahí tiene una pulsera de tela de la que cuelga una cabeza de ciervo de madera. Es linda.
―Si te da mucho miedo puedes tomarme con uñas y dientes, cariño ―dice Alastor, su voz un poco más ligera y perforándole el cerebro a Charlie―. No me molesta.
Bueno.
Masoquista.
Fetichista.
Y cualquier otra cosa que termine en ista.
―No haré eso.
―Me parece perfecto.
Charlie odia lo confiado que Alastor suena.
Desde el primer momento que lo conoce, él no parece capaz de titubear. Quizás lo hizo, si ella lo piensa bien. Sin embargo, es molesto que siempre parezca saber lo que hace, como lo hace, cuando lo hace y por qué lo hace.
Hace que ella se sienta más tonta de lo que siempre se siente.
Oh, ella recuerda a Sylvie.
Siempre se sintió como una tarada a su lado. Sylvie era un poco molesta con lo lista que siempre parecía ser. No era tan lista como aparentaba. De hecho, Charlie siempre creyó que Sylvie solo destacaba en inteligencia porque las personas que la rodeaban parecían ser imbéciles todo el tiempo.
Aun así, pronto se volvió molesto que Sylvie le explicara a Charlie todo como si fuera idiota.
Nunca grosera. No directamente. Y siempre la piropeaba o besaba cuando hacía algo bien, lo que hacía que la débil mente de Charlie cayera por completo a los encantados de esa bella mujer. Era fácil perdonarle todo a ella.
Por eso, Charlie siempre ha pensado algo que… No, ella no podía pensar en eso en ese momento o se mataría en frente de todos en ese mismo momento.
―¿Charlie?
―¿Eh?
―No te distraigas.
―¿Qué?
Alastor tira de ella y la hace dar una vuelta. Charlie suelta un pequeño grito y toma con fuerza las manos del tipo que ya no tiene un hacha. Le clava las uñas en la piel y lo hace con tanta fuerza que Charlie siente que una de ellas se rompe.
―¡No hagas eso!
Él solo se encoge de hombros, porque parece que nada le importa realmente.
―Dijiste que no usarías tus uñas.
Carajo.
―¡Lo siento!
―¡Oh, no, cariño, no me sueltes! ―Él se ríe, moviendo la cabeza hacia atrás y a Charlie le da algo mirar el pescuezo de Alastor. No sabe que tiene de llamativo, hasta que nota tres lunares, de esos que son más grandes que el resto y se notan mucho… Ella los ha visto en otro lado―. Me gusta que seas ruda.
Bueno.
Veamos.
¿Qué le pasa a este tipo que parece que todo lo que dice son diálogos de películas porno?
―Alastor, eres muy raro, por favor, suéltame.
―¡Ah, ah, ah! ―Dice él, burlón―. Ya no puedes retractarte, cariño. Estamos en esto juntos. Hay que seguir hasta el final. Te prometo que te va a gustar.
En serio todo lo que dice parece dialogo de película porno.
La mente de Charlie vuelve a traerle la imagen de Alastor con el lazo de regalo y el gorro y… Mierda, ahora lo imagina sin el lazo… Oh, no puede ser.
Charlie no quiere ser esa clase de mujer. En serio que no. Pero es imposible no hacerlo cuando Alastor ya dijo que quiere llevarla a una cita y él es bastante atractivo, así que, bueno, mientras nunca diga que se lo imagina completamente desnudo, todo estará bien.
Espera que Alastor sea mejor persona que ella y no se la imagine desnuda.
Pero es hombre, así que, de seguro ya lo hizo.
Ahora Charlie se imagina a sí misma desnuda. Se siente un poco incomoda porque se ve muy delgada y su cabello reseco y a ella no le gusta mucho esa apariencia. Parece uno de esos maniquís en las tiendas de ropa que son blancos y sin nada de personalidad.
Luego, Alastor también aparece.
Charlie sacude la cabeza, con brusquedad. No piensa dejar que su imaginación se vuelva tan terrible y la lleve a un mundo al que no quiere volver.
―¿Charlie?
―¿Qué quieres?
―Tienes que soltarme para perseguirme.
―Ya se.
Alastor la mira. Charlie le mantiene la mirada por mero orgullo, pero se siente una perdedora cuando él le sonríe con algo que casi parece amabilidad.
―¿Qué?
―¿No vas a soltarme?
―Es obvio que no, Alastor. ―Charlie frunce el ceño―. No quiero caerme.
Alastor tararea. Mueve la cabeza igual que Emily. Charlie puede notar que si tienen varios rasgos que los hace parecerse. De hecho, le horroriza notar que la forma de sus cabezas son casi que idénticas. También tienen la misma nariz y parece que es el mismo color de ojos, pero Charlie no está muy segura de eso.
―Está bien, cariño. No me sueltes.
―No lo haré.
―Buena chica.
Charlie suelta inmediatamente a Alastor, sorprendida e indignada por lo que acaba de escuchar.
―¿Qué te pasa? ―Pregunta ella, a la defensiva.
Alastor parece casi confundido por un segundo. Luego simplemente pone las manos en su espalda y se aleja un poco.
En ese momento, Charlie se da cuenta de lo mala idea que fue poner un pie sobre el hielo.
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Charlie tarda 5 minutos contados en caerse. Eso es, en realidad, algo muy impresionante, tomando en cuenta que ella es una idiota que no debería de estar patinando.
Y Alastor no es tan malo.
Solo un burlón de mierda que patina muy cerca de ella, dando vueltas y deslizándose como si fuera un completo profesional. Se acerca lo suficiente para que Charlie, que se mueve más lento que una tortuga, sienta que va a atraparlo. Luego, él se aleja, riendo con encanto.
Charlie se siente patética. Se pregunta si se ve patética. Decide no pensar en eso porque hace que se sentirá aún peor.
―¡Tú puedes, Lali!
Y los gritos agudos de Emily no ayudan. Ni un poco.
―Mierda. ―Charlie entrecierra sus ojos, sintiendo que si mira fijamente el suelo este iba a compadecerse de ella y le ayudaría mágicamente a no moverse tan tensa por el hielo. Eso no pasa y Charlie piensa que el suelo es un traidor―. Odio esto.
Escucha a Alastor reírse y un escalofrío recorre su columna. La voz de ese hombre es demasiado… extraña. En ocasiones, cuando habla, es un poco aguda y nasal, similar a un villano de caricaturas que nunca gana. Pero en otras, baja varios tonos y se vuelve algo más profundo y que le perfora los oídos a Charlie.
Siempre habla con un acento extraño. Como si estuviera en un podcast todo el rato. Como si tuviera una audiencia constante. Hace que Charlie se siente observada.
Muy buena voz.
Ojalá nunca más escucharla.
O escucharla en otras circunstancias… Oh, no, la mente de Charlie está empezando a pensar por su propia cuenta. ¡Ya no le hace caso!
La risa de Alastor, al igual que su voz, también cambia. Se ríe como un maniático o con los dientes apretados. Y luego se ríe con ligereza, casi tierno, como si no quisiera que nadie que no fuera Charlie lo escuchara.
Es un hombre horrible y Charlie lo odia.
―Yo no me movería por ahí.
―¿Eh?
El pie derecho de Charlie hace un mal movimiento. Se mueve hacia a dentro y ella se tambalea por completo. Grita un poco, pero se calla y estira sus brazos, intentando mantenerse en pie al completo.
Es la posición más tensa en la que ha estado en mucho tiempo. Y mira que ella se la vive estresada.
Alastor vuelve a reír. Charlie ni siquiera lo puede ver, aunque él aparece frente a ella rápidamente.
―Eres muy mala en esto.
―Cállate.
―¿Quieres ayuda?
No. Charlie quería ayuda hace 20 minutos, cuando aceptó el estúpido trato. No, en realidad ella quería ayuda hace una semana, cuando Alastor la arrinconó contra la ventana de su casa de porquería. No, mejor aún, Charlie quería ayuda cuando Carmilla le dio la orden de ir a Hazbin Hollow para arruinar la vida de Sylvie.
Oh.
No.
Charlie quería ayuda hace 5 años. En esa gasolinera estúpida que ha evitado visitar desde que volvió al pueblo. Donde Sylvie decidió que un secreto era más importante que lo que ellas eran.
Si, ahí si Charlie quería ayuda.
Ahora ni mierda.
―No. ―Dice ella, con dureza. Da un paso y ahora es el pie izquierdo el que se mueve mal y casi la manda de cara contra el piso.
Bueno, quizás si quiere ayuda.
Charlie estira sus manos hacia Alastor, sin decir nada. Alastor suelta una risa que se siente a condena y le toma de las manos. No es como antes. Ahora es más delicado y cálido. Él le acaricia los nudillos y Charlie quiere golpearlo por mero instinto.
No lo mira. No quiere hacerlo. Y es por puro miedo. A caerse, claro, ella tiene que mirar sus pies para ver que el hielo bajo ella no se esté agrietando, para evitar así una muerte horrible por congelarse.
Miedo a caerse y miedo a lo que puede encontrar en los ojos de Alastor.
―No deberías de mirar el suelo ―dice él, como si fuera un experto. Suena prepotente y Charlie se siente un poco tonta―. Mírame a mí.
―No haré eso.
―Mira a KeeKee.
―Peor.
―Bueno, mira cualquier cosa que no sean tus pies. ―Alastor le aprieta un poco las manos. Charlie no sabe si es un regaño o una advertencia―. Si sigues mirando tus pies te vas a coaccionar, querida.
Querida tu madre, maricón.
Oh, no. Eso fue muy feo. Qué bueno que solo lo pensó y no lo dijo.
―No sabes de que hablas.
―Yo creo que tú no sabes que significa coaccionar.
Charlie no iba a admitir eso.
Antes muerta que cumplir con el cliché de ser la rubia tonta.
―Alastor, solo cállate. ―Un mal movimiento hizo que ella se volviera a tambalear. Agarra con fuerza las manos de Alastor y siente que va a llorar porque no quiere caerse―. Odio esto.
―Creí que te gustaba patinar.
Charlie levanta la mirada. Luego la baja al instante. No quiere mirarlo.
―¿Por qué me gustaría patinar?
―Bueno-
―Mis padres son buenos patinadores. Pero es solo un pasatiempo. No es nada familiar o algo así. No herede ningún gen que me haga buena sobre agujas sobre hielo, ¿sabes?
Alastor hace un sonido que Charlie le ha escuchado decir otras veces. Cuando tararea antes de hablar. Es un sonido bonito.
Que mierda.
Charlie ya se está aprendiendo las manías de este idiota.
―Tu madre es una dictadora y tu padre un cocinero sin sazón.
―¿Cómo que sin sazón?
―No lo sé, eso dicen por ahí.
―¿Quién te dijo eso? ¿Fue Sylvie? ¡Voy a matarla en cuanto la vea!
―¿Quieres verla?
Charlie se queda en silencio. Frunce el ceño y niega. Mira las puntas de sus patines y una sensación de vértigo la recorre al ver como se está moviendo sobre el hielo.
―Charlie.
―¿Tu no puedes dejar de hablar? ―Charlie se tambalea un poco y suelta un chillido―. Dios mío, no me sueltes o te voy a matar.
Alastor no se ríe.
―No sé si quieras saber esto, cariño, pero hay unas cosas la carnicería que quizás sean tuyas.
¿Qué?
―¿Qué?
Alastor suspira. Y Charlie aún no se atreve a mirarlo.
―Es solo que, cuando Sylvie se fue, dejó una caja que me dijo que tenía cosas que ya no quería. Me podía quedar con lo que sea, pero nada me gustó… ¿Quizás algunas son cosas tuyas? Parecen regalos que le darías a alguien que quieres mucho. ¿Las quieres de vuelta?
Charlie levanta la mirada.
El miedo sigue ahí, pero ya no es importante.
A ella solo le importa la horrible comezón en su pecho. Piensa en esa caja, llena de todas las cosas que le regaló a Sylvie y siente que podría gritar de frustración. El terror de encontrar algo, quizás todo, que tuviera un valor sentimental enorme le aterra.
Porque, así como en esa caja podría haber una simple caja en forma de corazón o cartas, quizás también estaba ese reloj de bolsillo que Charlie le regaló a Sylvie una vez por su cumpleaños. Ese que tardó casi 6 meses en encontrarlo y otros dos en reunir la plata para comprarlo. Ese que Sylvie le prometió que nunca abandonaría.
O peor aún.
Ahí podría estar el gorro.
Oh, mierda. Si ahí estaba el gorro Charlie se iba a matar en frente de alguien para que así pudiera entender la cantidad ridícula de daño que le causaba ver ese gorro abandonado en una caja.
En perspectiva, no era el regalo más caro. De hecho, fue algo completamente casero. Un gorro de lana que Charlie solita tejió. Vio muchos tutoriales en internet para aprender crochet y hacer ese estúpido gorro. Y costó muchas heridas, dolores y la supervisión fantasma de su exsuegra.
Charlie, aunque solo vio a la mamá de Sylvie dos veces, siempre supo mucho de ella. O sabía tanto como su novia quería contarle, que tampoco era mucho, pero la presumía más que a Emily. Mierda, Sylvie hablaba maravillas de esa señora y Charlie creía que era lindo. Una de las cosas que más repetía era que era muy buena tejiendo. En cualquier cosa, desde bordados a mano, hasta la taxidermia. Si, Sylvie aprendió la taxidermia gracias a su propia madre.
Aun así, la mujer parecía tener una preferencia particular por el crochet. Fue por eso que, mientras Charlie iba haciendo el gorro, le iba escribiendo y mandando fotos a la mujer para que le ayudara.
Fue idea de ella… De Romina LeBlanc… Agregarle las pequeñas orejitas.
El gorro era rojo. De un tono más oscuro. Era color concho de vino, mejor dicho. Tenía un pequeño hueco que Charlie nunca supo arreglar y siempre le pidió a Sylvie que esa parte la pusiera hacia atrás, pero nunca le hizo caso.
Las orejitas se agregaron al final. Unas pequeñas orejitas falsamente peludas de ciervo. Del mismo color, pero con las puntas más oscuras. Charlie quería agregarle cachos (Sylvie siempre se enojaba cuando decía eso y le repetía siempre que se llamaban cornamentas) también, pero luego descubrió que solo los machos tenían esas cosas, así que la idea murió muy rápido.
Fue un regalo que tomó aún más tiempo que conseguir el reloj de bolsillo. Charlie esperaba nunca más tener que repetirlo.
Nunca volvería a querer a alguien tanto como para hacer ese estúpido regalo.
Sin embargo, Charlie sabía, sin orgullo, pero sin vergüenza, que si encontraba ese gorro ahí… Estaría destrozada.
―¿Charlie?
Ella parpadea. Nota que ha estado mirando a Alastor como una idiota por mucho tiempo. Sin embargo, no lo ha mirado realmente, porque su mente ha viajado a cualquier lugar que no fuera ahí y si fuera un gorro de lana con mucho significado que, de seguro, la perra de Sylvie dejó en esa estúpida caja.
¡Oh, Sylvie si es un monstruo!
Luego de que Charlie se esforzó tanto por hacerlo, decidió dejárselo al imbécil de Alastor. ¿Qué iba a saber ese sujeto sobre gorros de lana con valor sentimental?
Charlie se siente furiosa.
Y Alastor la sigue mirando, como si no hubiera hecho nada malo.
―Tú… Tu eres un… ―Las palabras se le atascan en la garganta y Charlie siente que le pican las manos. Quiere soltarlo, pero sabe que se caerá, así que no lo hace. Tampoco es tan tarada―. ¿Cómo te atreves?
Alastor le mantiene la mirada. No parece confundido, solo un poco esperanzado. Casi como si entendiera todo lo que ocurre en la mente de Charlie, lo que solo la enoja más, por qué eso quiere decir que él si sabe que ha hecho mal.
―¿Atreverme a qué, cariño?
El parpadea, cada ojo de forma independiente.
Y en ese momento, Charlie se pierde.
Porque nota que Alastor está parado detrás de los rayos del sol que ilumina esa tarde. Su perfil está un poco oscurecido por eso mismo, lo que forma un efecto particular en el que ella puede ver como sus ojos del color puro del caramelo brillan más.
Su nariz está un poco enrojecida por el frío y sus ojos un poco lagrimosos. Húmedos. Charlie siente que puede reflejarse en ellos. Parece necesitado y ella se acerca un poco sin quererlo.
Alastor entreabre sus labios y Charlie le ve los dientes delanteros. Son un poco más largos de lo que ella esperaba. Sus labios se ven un poco resecos, sin embargo, en ese momento, Alastor pasa su lengua sobre ellos y ahora se ven tan húmedos como sus ojos.
Charlie no puede dejar de mirarlos.
Piensa que es de familia. Ese labio tan bonito. Emily lo tiene también. Sylvie lo tenía también. Alastor también lo tiene. Es ese tipo de labio donde el inferior es grueso, rellenito, mientras que el superior es más fino, con un arco de cupido marcado que hace que el bigote que tanto detestaba Charlie resalte.
¿Por qué le sigue viendo los labios?
Porque Charlie sabe que es idiota. Es muy idiota. Lo supo desde el primer momento en que vio a Alastor y noto los lunares que tiene en el lado derecho de la cara. Ese detalle tan simple condenó a Charlie desde el inicio, pero ella se ha mantenido fuerte, porque es una mujer fuerte.
Sin embargo, sigue siendo idiota.
Y si Alastor no la detiene en los próximos 3 segundos, ella va a gritar, porque no quiere ser una idiota en público.
Él, sin embargo, no la detiene. De hecho, se acerca más a ella, tanto que Charlie casi puede recargar su mentón en su pecho y mirarlo desde abajo. Pero no quiere hacer eso. Ella quiere gritar.
No grita.
En su lugar, sus manos suben por los brazos de Alastor, que no mueve un solo dedo para detenerla, hasta que llegan a su cuello y lo toman de la nuca. De esa forma ella siempre agarraba a Sylvie.
Sylvie.
Charlie piensa en ella cuando atrae a Alastor hacía ella y presiona sus labios contra los de él. También piensa en ella cuando cierra sus ojos y suspira, satisfecha de que se sientan igual de bien que los labios de su ex. Oh, Charlie definitivamente piensa en ella cuando Alastor la toma de la cintura y la acerca más a él, hasta que sus cuerpos se tocan.
Piensa en ella en todo momento, porque Charlie es una idiota que, si no tiene a su ex, va a besarse con su primo que se parece mucho a ella.
Alastor le sigue el beso y Charlie suelta su nuca, pasa sus brazos por ahí y lo abraza un poco. Lo siente estremecerse un poco y eso la satisface, porque Alastor es igual de sensible que Sylvie. No importaba donde la tocara, ella siempre reaccionaba.
Oh, Charlie se siente tan feliz de que él sea tan receptivo como ella.
Aprieta un poco sus labios y luego inclina su cabeza. Abre la boca y se separa, aunque rápidamente vuelve a juntarse con él. Las manos de Alastor suben por su cintura, tocándola casi con descaro, hasta que la toman por el cuello y parte del rostro.
Él la aleja. Charlie abre sus ojos, pero él ha vuelto a besarla, así que los vuelve a cerrar.
La forma en la que Alastor la besa la consume un poco. El beso es profundo, devorador y Charlie siente que es mejor que respirar. Siente que su piel se eriza y como sus brazos tocan la parte de la cabeza de Alastor que esta rapada. Ella se atreve a tantear un poco hasta que llega a su cabello recogido en una coletilla simple.
Charlie toma el moño y lo suelta, porque quiere sentir el cabello de Alastor y ver si es como el de Sylvie.
Cuando nota que sí lo es, ella suelta un jadeo que le hace abrir la boca y Alastor le mete la lengua con descaro. Charlie quiere morderla para que se aleje, pero no lo hace. En su lugar, simplemente se recarga más contra Alastor y deja que él haga lo que quiera con ella.
De preferencia, espera que sigua besándola así… ¡Oh, si, justo así!
Alastor se aleja de ella y le lame un poco el labio, por donde ella, sin darse cuenta, había empezado a babear. Y eso es un problema médico, así que no molesten.
―Espero que esto no sea una forma de convencerme para firmar, querida ―dice él, riendo un poco―. Aunque puedes seguir intentando.
Se acerca de nuevo. La besa de nuevo. Charlie no cierra sus ojos.
Firmar… ¿Firmar qué?
¿De qué habla este tipo?
Los papeles. La carnicería. Sylvie.
Mierda.
Este tipo no es Sylvie.
Charlie pone sus manos en el pecho de Alastor y lo empuja con rapidez. Él parece sorprendido mientras se desliza lejos de ella. Charlie, con un demonio, no puede ver su reacción por completo.
Al empujarlo, se empuja a sí misma. Y, contrario al terrible ser humano que es Alastor, ella no mantiene el equilibrio y cae de espaldas contra el hielo.
Es un golpe seco directo a su trasero y espalda.
Solo 5 minutos en pie.
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Charlie tenía amigas. Claramente. Pero ninguna era lo suficientemente cercana como para que ella se sintiera cómoda contándole todos los problemas que estaba teniendo con Sylvie.
Entonces, habló con su papá.
Mamá quizás pudo ser una opción más racional, porque su mamá si era más racional. De seguro su sugerencia seria arrancar el problema de raíz, por mucho que Sylvie pareciera caerle bien. No mucho, pero si algo.
Sin embargo, lo que Charlie buscaba no era una solución, sino consuelo y quizás mentiras.
Habló con su papá cuando salió del trabajo. Ella. Él. Cuando ambos salieron. En ese momento trabajaban juntos en una disquera pequeña. Era divertido trabajar con música, siendo que siempre fue algo que le gustaba a Charlie. Nunca tanto como la pintura, pero si mucho como para entenderlo y amarlo.
Habían cerrado el local y Charlie recuerda que estaba nevando. Y solo lo recuerda porque su papá se quitó su gorro y se lo puso a ella. También le dio sus guantes.
Apenas habían dado unos pasos fuera del local cuando Charlie empezó a contarle sobre el regalo. La radio estúpida. Y lo mal que se sintió. Su papá la escuchó con atención, haciendo una que otra mueca de disgusto.
Cuando terminó de hablar, Charlie lo tomó del brazo, sin dejar de caminar.
―¿Crees que solo haya sido mala suerte?
―No lo creo, amor.
Charlie hizo un puchero y bajó la mirada.
―¿Qué hago?
―Devuélvele la radio. ―Su papá tomó su mano, con delicadeza―. Si es un regalo que ella compró para sí misma, dáselo.
Charlie hizo una mueca.
―Se siente feo.
―Más feo es quedarse con algo que no es tuyo.
―Pero… Ella me lo regaló.
―No pensó en ti al comprarlo, Charlie.
Era la verdad más dolorosa de aceptar. Más aun porque venía con una pregunta que Charlie nunca se sintió capaz de mencionar en voz alta, pero que le causaba un dolor en el pecho horrible.
―En ocasiones ―dijo ella―, creo que Sylvie no me quiere de verdad.
Su papá la miró. Tenía una mueca en el rostro y la nariz roja. Pequeños puntos blancos caían sobre él. Sobre ella. Sobre todos.
―¿Por qué lo dices?
―No sé nada de ella. Ni siquiera conozco a su hermana. Siempre es distante y nunca… Nunca parece querer conocerme de verdad.
Charlie apretó los labios con fuerza.
―Le quiero hacer un gorro de lana por su cumpleaños… Se ha quejado muchas veces de que no tiene uno y no tiene tiempo para comprarlo… Papá, no entiendo. Si es tan fácil para mi notar eso de ella y darle algo bueno… ¿Por qué ella no lo hace?
Su papá se detuvo. La miró directamente a los ojos y le acaricio ambas mejillas. Charlie se mordió el labio y, finalmente, dejó que un par de lágrimas cayeran. No sabía de donde venían, pero se sintió como algo que estuvo conteniendo mucho tiempo.
El pecho dolió más. Quizás es mentira que cuando lloras te sientes más ligero.
―Ay, amor… ―su papá apretó sus mejillas y Charlie lloro un poco más―. Lo siento mucho.
―¿Ella no me quiere?
―No lo sé, Charlie.
―¿Por qué ella no me quiere?
Su papá suspiró, casi como si le doliera tener que decirle eso a su hija.
―A veces no es que no te quieran, Charlie ―dijo su papá, con la voz baja y cansada―. Es que… Nunca estuvieron mirándote.
Charlie se preguntó en ese momento si eso era peor o mejor.
Sin embargo, no importó, porque, al día siguiente, Charlie le regaló la radio a Sylvie, con la vaga excusa de que ella la disfrutaría más. Y Sylvie lo aceptó sin problemas.
Charlie, entonces, empezó a sospechar que no había sido mala suerte, sino costumbre.
Lo que dolió más fue que nunca supo en qué momento se acostumbró a ser lo segundo.
Chapter 6: Seis Días
Chapter Text
Sylvie pensó que el gorro era un poco extraño, pero lo aceptó sin problemas.
Lo usaba casi todo el tiempo. Al menos, cuando hacía mucho frío o cuando quería vestir de rojo. Usaba mucho el rojo, siempre diciendo que ese era su color favorito. Todo lo contrario a su hermana, Emily, cuyo color favorito era el azul.
No hablaban mucho. No se veían mucho. Sylvie nunca pareció interesada en que tuvieran que conocerse, por más que Charlie no paraba de mandarle indirectas de que si quería conocer a su familia.
Esa fue la razón principal de una de sus peleas.
Sylvie se había cortado el cabello. Lo que antes le llegaba a la cintura, cambió a llegar solo a los hombros. Fue un cambio brusco y sin aviso. Charlie pensó que se veía hermosa, pero Sylvie dijo que se veía muy femenina.
Ella se quería cortar más el cabello, pero Charlie no sabía si era buena idea. Sin embargo, no lo menciono. Solo le preguntó qué opinaba Emily.
Solo eso.
Nada más.
Le preguntó la opinión de su hermana.
Y eso fue suficiente para que Sylvie estallara.
―¿Por qué siempre tienes que meter a mi familia en cada conversación?
Sylvie la miraba con enojo, casi odio. Se había quitado el gorro de lana y lo había lanzado hasta el otro lado del baño. Charlie se sintió avergonzada e intento no verse en el espejo que había, porque sabía que se sentiría peor.
Los azulejos bajo sus pies eran la única sensación reconfortante. Porque en ese momento, sabiendo que se venía una pelea, Charlie sintió molesto incluso el sonido del agua llenando la tina de su casa.
―Solo pregunte por su opinión ―dijo, con una timidez impropia de ella.
Pero muy propia, en esos últimos meses, de estar con Sylvie.
―¿Por qué te importa tanto su opinión?
―Es tu hermana. ¿No te importa su opinión?
Sylvie se quedó en silencio. Tarareó un poco, inclinando la cabeza hacía un lado. Como un animal confundido. En otro momento, eso pudo ser lindo.
En ese momento, se sintió extraño.
―Es mi familia, querida. No la tuya.
A Charlie le dolió oír eso, pero lo disimuló.
―Está bien, no vuelvo a mencionarla.
―¿Si quiera entiendes lo que hiciste mal?
Charlie no sabía que había hecho algo mal. Recuerda que frunció el ceño y eso pareció enojar aún más a Sylvie. Charlie decidió que no iba a decir nada más y simplemente dejó que el silencio hablara por ella.
―No me gusta cuando haces eso ―dijo Sylvie―. Me haces sentir sola.
―¿Tú te sientes sola? ―Charlie no podía creerlo―. Yo soy la que se siente sola. No sé nada de mi novia con la que llevo ya dos años. ¡Ni siquiera sé cómo se llama tu mamá!
―Romina. Se llama Romina. ―Sylvie casi que escupió el nombre―. Romina LeBlanc. Mi padre se llamaba Don LeBlanc. Era un imbécil que me golpeaba cuando llegaba borracho a casa.
Charlie sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
―Sylvie, no digas eso.
―Dijiste que querías saber más de mí, cariño. Ahora mismo te voy a contar la vez que me rompió la nariz de un golpe.
―Basta, Sylvie.
―¿Sabes que más hacía? Nos golpeaba a las tres en la casa. A mi madre, a mi hermana y a mí. Una vez me quebró una botella de vidrio en la cabeza.
―¡Ya basta!
―¡¿Qué más quieres saber de mí, Charlie?!
El gritó hizo que Charlie se sobresaltara y retrocediera. Sylvie no avanzó, pero, aun así, nunca se había visto más amenazante.
―Esto que ves, es lo que soy ―dijo Sylvie, con rabia―. No hay más. Nunca habrá más. ¿Entiendes?
El labio inferior de Sylvie tembló. Sus manos se cerraron en puños. Charlie no le tenía miedo, pero Sylvie siempre había soltado chistes siniestros que le hacían pensar que fijo y si la iba a matar un día que estuviera de malas.
No por violenta, sino porque presumía de que, si ella fuera una asesina, nadie nunca la atraparía.
Pero eso no importaba. Porque ese temblor en el labio significaba que Sylvie iba a llorar y Charlie no quería que ella llorara.
―N-No llores. Lo siento. Nunca debí decir nada.
―No voy a llorar por esto, dulzura. ―Sylvie respiró con profundidad―. No soy esa clase de… De persona.
Sylvie hizo una mueca y se dio la vuelta, recargándose en el lavamanos. Charlie se acercó con rapidez y la abrazó. Los hombros de su novia estaban tensos y no se relajaron con el abrazo. En su lugar, todo pareció emporar.
Pero Charlie no la saltó. Y Sylvie no se fue.
―No tienes que ser nadie más que no sea Sylvie LeBlanc. ―Charlie le dio un beso sobre el cabello, con toda la dulzura que podía en ese momento―. Mientras sigas siendo ella, todo estará bien. Siempre estaremos bien.
Sylvie no le dijo nada, pero se acurrucó contra el pecho de Charlie.
Charlie lo tomó de forma positiva.
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―¿Charlie?
―¡Aléjate de mí!
La respiración de Charlie era agitada. Sus manos temblaban y no podía moverse. El frío hielo bajo ella causa una cantidad insignificante de dolor si lo comparaba con la atrocidad que sentía en ese momento en su pecho.
Ni siquiera puede mirar a Alastor.
Mentira, si puede y lo hace, porque es lo único que le hace odiarlo más.
Alastor está ahí, parado como idiota, con una expresión de incredulidad en su rostro. Su cabello está suelto y en sus hombros esta su gata. Charlie no entiende de donde carajos salió ese animal, pero parece que siempre estuvo ahí.
Es horrible.
Charlie no puede respirar bien.
―Cariño, déjame ayudarte ―dice Alastor, intentando acercarse.
No.
―¡No! ―La voz de Charlie temblaba. Aun sentía el rostro un poco húmedo por babear como idiota y eso hace que su corazón palpite más rápido―. ¡Vete!
―Querida, por favor-
―¡No! ¡Eres un asesino de mujeres! ¡Vete!
A Charlie le duele la garganta por gritar tan fuerte. Respira de forma agitada y no sabe por qué dice lo dice. Intenta ponerse de pie, pero no es capaz ni de sentarse de forma correcta.
Lo único que Charlie quiere es irse. No quiere ver a nadie. Mucho menos a Alastor.
No quiere ver a ese maldito idiota.
Solo se concentra en sus propias manos sobre el hielo. Ve las rayas que dejaron los patines que pasaron antes y eso la mantiene cuerda. También la pulsera con la cabeza de ciervo que, ahora, tiene en su muñeca.
¿De dónde salió?
―Charlie-
―¡Vete!
Charlie vuelve a intentar ponerse de pie, esta vez con más cuidado, pero con la misma desesperación que antes. Se aparta el cabello de la cara y de la boca. Se incorpora con torpeza y las piernas le tiemblan.
Ella no entiende.
¿Por qué fue él así con ella?
¿Por qué no la apartó?
Charlie estaba vulnerable, idiota. Alastor debió notarlo. Él debió apartarla. Debió hacer cualquier cosa que no fuera responder un beso donde Charlie nunca lo buscó a él, sino a alguien que la dejó hace mucho.
No tiene sentido que Alastor hubiera correspondido.
Puede entender que le atraiga. Está bien. Pero no. No tiene que pasar eso. No debe de pasar eso.
Charlie solo quiere a Sylvie. Alastor no le importa.
―Charlie, por favor.
Ella levanta la mirada. Alastor sigue ahí de pie. No se ha acercado, tiene las manos frente a él, como si esconderlas como siempre tras su espalda fuera incorrecto. Parece angustiado y Charlie nota que las manos le tiemblan y la idea de que él quiera acercarse a ayudarle le causa aún más malestar.
Lo odia tanto.
―Tú… Tú eres… ¡Eres un asesino! ―Grita Charlie―. ¡Matas a mujeres rubias con un hacha!
Alastor parpadea, luciendo aturdido.
―¿Qué?
―¡Déjame!
―¿Charlie?
Ella se voltea, con un poco de brusquedad que la hace tambalearse, hacia la voz de su papá. Él se está acercando a ella y, una vez a su lado, la toma del brazo y por la espalda.
―¿Qué ocurre, corazón? ―Le pregunta, casi con delicadeza―. ¿Qué pasó?
Charlie tartamudea un poco.
―Quiero irme.
―Está bien, nos vamos a ir.
―Odio patinar.
―Lo sé.
―Quiero chocolate con manzanas.
―… Está bien… ¿Acarameladas?
Charlie asiente.
⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙
De: Carmilla Carmine
A: Charlotte Morningstar
Asunto: Trabajo para Heaven Clouds.
Charlie.
Necesito que me expliques como vas con el trabajo, recordándote de nuevo que la fecha límite es el 24 de diciembre y que no tienes que tomarte este trabajo tan personal.
Llegó a mí un video tuyo donde le estas gritando a un hombre sobre ser un feminicida. Eso no queda bien con nuestra imagen, Charlie.
Te pido que te comportes y cumplas con tu trabajo. No me hagas darle el ascenso a otro.
Firma
Carmilla Carmine
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―Soy una mierda, chicos.
Razzle le lame la cara a Charlie. Dazzle solo se acurruca en su pecho. Es todo el confort que ella va a recibir se sus animales. Ni que pudieran hablarle y afirmarle que sí, es una mierda.
Le duelen un poco las piernas y la cabeza. La espalda le dolía hace unos minutos, porque estaba acostada en una posición incómoda, pero como se cambió de lugar, ahora no duele tanto. Quizás estar acostada boca arriba en el piso, contra el sillón y con las piernas alzadas sobre el mismo, mientras come un montón de frituras y ve un especial navideño de una serie para adultos no sea un buen plan ese día, pero a Charlie no le importa.
Lleva así por días. Sus padres le dan un poco de comida, pero Charlie nunca se termina ningún plato. Prefiere abrir una bolsa de papitas que es más aire que papas y seguir existiendo sin moverse de esa posición.
No se ha bañado en cinco días.
Se cambió de ropa una sola vez, poniéndose un pequeño short sueve que sirvió de pijama en sus mejores momentos, un abrigo que le robó a su papá y solo usa sostén.
El fuego de la chimenea en la casa hace que Charlie se sienta más miserable. Ahí cuelgan las medias navideñas de mamá y papá. La suya no está ahí porque aún no la termina y ya no tiene ganas de terminarla.
Santa de seguro la tiene en la lista de los niños malos.
Se lo merece.
Es una imbécil.
Ojalá Alastor este bien.
Pobre de él que tuvo que conocer a Charlie.
Que asco.
Ella suspira y agarra una bolsa casi que vacía de frituras. Ni siquiera recuerda que hay ahí, pero la sacude un poco sobre su boca y que caiga lo que tenga que caer. No cae nada. Charlie suelta la bolsa y suelta un gruñido de pura pereza.
Sus peludos perros son los únicos que nunca la dejan. Charlie sabe que si sus perros pudieran elegir ya la hubieran dejado. Mierda, ni siquiera ella se quedaría con ella misma.
―Charlie ―la voz de su mamá hace que Charlie se mueva solo un poco―. Cariño, tienes visitas.
Charlie frunce el ceño. No se mueve para ver a nadie, porque ella sabe que es mentira. Nadie la visita nunca. ¿Quién la visitaría? Probablemente alguien que quiera hacerse famoso en internet por tener que lidiar con la peor persona del mundo.
No, de seguro esos famosos tampoco quieren estar con ella.
―¿Qué?
―Visitas, cariño. Personas que van a tu casa a visitarte.
―Yo no tengo casa.
―Esta es tu casa también, Charlie.
―Solo porque si me abandonan serían malos padres.
Charlie escucha a su mamá suspirar, un poco enojada. Genial, también su mamá se está cansando de ella.
―Lo siento ―dice Charlie. Se cubre los ojos con los brazos simplemente porque no quiere que la vean ser miserable. Tipo, más de lo normal―. No quiero ver a nadie.
―No me importa, Charlie.
―¿Qué?
Antes de que Charlie pudiera reaccionar, escucha como su mamá se marcha. Luego, escucha pasos en su dirección. Demasiados para su propio gusto.
Ahora que lo piensa bien, quizás debió de ser miserable en su habitación y no en el salón.
Aun así, no va a moverse. No le importa quien sea.
―¿Lali?
Oh, mierda. No. Cualquiera menos ella.
Charlie no se mueve de su pose, pero si siente como sus dos perros lo hacen. Razzle se levanta y ella espera que se ponga a la defensiva. Dazzle, por otro lado, se acurruca más cerca de ella, casi como si quisiera abrazarla.
Si, eso es lo máximo que Charlie merece.
―Luce tan miserable.
Espera, esa voz es nueva.
Charlie mueve su brazo y cierra sus ojos, porque la luz del sol que atraviesa la gran ventana del salón le pega de golpe. Parpadea un poco, acostumbrándose, para después intentar mirar sin mucho esfuerzo quienes están en su casa, aunque su único interés en es la voz nueva.
Vaya.
Es Vaggie.
Sigue pequeña y ha subido de peso. No parece mucho, pero, mientras está parada al lado de la delgada de Emily, la diferencia si es notable. Aunque lo más llama la atención de Charlie es lo que parece ser un parche en el ojo, algo que no está ahí años atrás, pero que está cubierto por un flequillo recto.
¿Qué hace ella aquí? Charlie no lo sabe.
Está usando un abrigo navideño azul con las mangas rojas y un hombre de nieve a un lado. Tiene el cabello recogido en una coleta alta, con un lazo muy grande y muy rojo. Emily, por otro lado, es más extraña, porque está usando un suéter rojo, una falda con demasiado volumen de color verde y con los bordes acolchonados. Oh, y también tiene una diadema con cachos de ciervo.
Muy navideño y muy horrible. La ropa navideña es realmente un asco. A Charlie le encanta y odia no tener ropa navideña fea ese año. Ni el pasado. Ni el anterior. En realidad, no ha tenido ropa navideña fea en cinco años.
Que patética.
―Hola, chicas ―dice Charlie, sin nada de ánimos―. Vaggie, hola, ¿cómo estás?
Vaggie se encoge de hombros, con una sonrisa un poco tensa.
―Me siento bien, cariño.
¿Por qué todos en ese pueblo le hablan con apodos dulces? ¡Ya parece secta!
―Que bien ―dice Charlie. Se siente un poco avergonzada por lucir tan mal, pero tiene muy pocas ganas de moverse―. ¿Qué hacen aquí?
Emily y Vaggie se miran por un momento. Luego, Emily sonríe, un poco incomoda.
―Queríamos ver como estabas. Nadie te ha visto por las calles en mucho tiempo. Menos aún luego de… Eh… Lo del lago.
Que buena forma de evitar mencionar que Charlie se aprovechó de Alastor y luego lo acusó de ser un asesino de mujeres. Gracias, Emily. Eres la primera en tratar el tema con delicadeza.
―Ah… Si… Estoy bien.
―No pareces bien ―dice Vaggie. Frunce un poco el ceño antes de volver a hablar―. Alastor no está enojado, por cierto.
Debería.
Si Charlie estuviera en su lugar estaría furiosa, habría pagado un abogado y no descansaría hasta que el imbécil que la besó de la nada solo porque no supera a su aún más imbécil ex se pudra en la cárcel.
Parece que Alastor es mejor persona que ella.
Quién lo diría.
―De hecho, le pareció muy divertido tu comportamiento ―agrega Emily, sonriendo.
Bueno.
Disfruta de la miseria ajena.
Tal parece que no tan buena persona, pero al menos no es un hipócrita como Charlie.
Algo es algo.
―Qué bueno… ―Charlie no sabe cómo pedirles de forma amable a las dos mujeres que se larguen, así que titubea un poco antes de hablar―. Entonces… ¿Por qué están tan arregladas?
Emily se tambalea un poco de adelante hacia atrás, por lo que Charlie asume que se ha puesto de puntillas. No lo sabe, porque, desde su posición, no le puede ver los pies ni a ella ni a Vaggie. De seguro tienen zapatos horrendos de navidad.
Charlie siente tanta envidia.
―Hoy es el desfile de la Media Navidad ―dice Emily, casi emocionada―. Inicia en una hora. ¡Y luego va a empezar el festival!
―No… ―Charlie frunce el ceño, confundida―. El desfile es el 15. Lunes 15. Estamos domingo. El desfile es mañana.
Vaggie ladea un poco la cabeza, casi con lastima.
―Es lunes, Charlie.
―¿Qué?
―Si, es lunes.
―¿No es domingo?
―No, es lunes.
―Ah.
Entonces, Charlie no llevaba cinco días sin bañarse, sino seis. Que mierda.
Desde la cocina se escucha el inconfundible sonido del saco de comida de perro siendo abierto. Razzle y Dazzle salen corriendo casi al instante, causando un poco de revuelo entre Emily y Vaggie, con esta última soltando un insulto en salvadoreño.
No, así no se llamaba el idioma. ¿O sí? Charlie se siente cansada y la cabeza le duele más. Quiere estar sola y llorar un poco mientras se muerde los labios hasta sangrar.
Quizás hay un tutorial en internet sobre como quitarse los labios.
Pero que pereza buscar.
―Bueno… Ya pueden irse…
―Eh… ¿No quieres venir con nosotras? ―Emily parece un poco nerviosa al hablar.
Charlie entrecierra un poco sus ojos. No con sospecha, sino con cansancio.
―Prefiero pudrirme aquí que salir con ustedes… Oh, eso se escuchó mal. Lo siento. ―Parece que Charlie solo sabe arruinar todo cuando habla―. No tengo muchas ganas de salir.
Emily y Vaggie volvieron a verse por unos momentos. Charlie siente que se está perdiendo de algo.
En realidad, no entiende porque ellas están ahí. Juntas. Es un poco extraño. De hecho, Charlie no recuerda si ellas se conocían.
Vaggie era amiga suya durante mucho tiempo. De esas amistades que la distancia separa. No dolió, simplemente fue algo que pasó. Emily es la hermana de su ex y prima del imbécil al que le debe una disculpa.
No tienen nada que ver la una con la otra.
―¿Por qué están aquí? ―Charlie pregunta―. Juntas, quiero decir.
Vaggie sonríe, casi burlona.
―Emily quería venir desde ayer, pero le daba miedo venir sola.
―¡E-Eso no es cierto! ―Emily parece apenada―. ¡Yo no tenía miedo!
―Claro que lo tenías, cariño.
Esa naturalidad con la que hablaban tiene algo que se siente demasiado gay… Oh, mierda.
―¿Son novias? ―Pregunta Charlie antes de pensarlo mejor―. Parecen novias… Mentira, parecen hermanas.
Vaggie frunce el ceño.
―¿Lo dices por el color de piel?
―No… Si… Si, lo digo por eso. Y por el cabello.
Aunque sus cabellos eran distintos, siendo el de Vaggie cabello lacio, mientras que el de Emily era como una nube de lo esponjoso que se veía, ambas lo tenían blanco. Quizás Emily resaltaba al tener las puntas más oscuras, pero es la misma huevada, a fin de cuentas.
―Nos vemos lindas ―dijo Emily, sonriendo―. Fue mi idea.
―Claro que lo fue, cariño ―dijo Vaggie, casi enternecida―. Claro que lo fue.
Que asco dan las personas enamoradas. ¡Charlie los odia!
―¿Ya se van? Me gustaría estar sola y sufrir en silencio por ser una aprovechada. Muchas gracias.
De reojo, puede ver como Emily se muerde el labio, casi paniqueada. Vaggie la mira sin expresión alguna. Charlie espera a que se vayan, pero ninguna lo hace, así que suspira.
―¿No quieres venir al desfile?
―Ya dije que no.
―Nunca te preguntamos si querías venir.
―Ah… Bueno… No quiero.
―¡Ay, Charlie!
Emily se arrodilla en el piso y está más cerca de Charlie. Parte de su cabello le golpea la cara y ni reacciona. Al final, también es suave como una nube. Genial. Sylvie tenía… No.
Charlie tiene que dejar de pensar en Sylvie.
Pero no puede.
―Muy bien, te diré la verdad. ―Emily suspira, con nervios―. Me mandaron a ver si seguías, eh, viva. Con esas palabras. Lo siento. Se sigue preocupando mucho por ti.
Charlie se incorpora de golpe. Como está en una posición horrible, es torpe y brusco. Pero logra sentarse en el suelo, frente a Emily, con los ojos abiertos al máximo.
Emily retrocede un poco, más por sorpresa que por otra cosa, aparentemente.
―¿Sylvie? ―La voz de Charlie tiembla―. ¿Ella está aquí?
Emily hace una mueca, casi disgustada. Charlie se aleja un poco, de repente, asustada por tener mal aliento.
―No, ella… ¿Qué? No. Charlie, no… Fue, eh, Alastor.
Ah.
Ese tipo.
Charlie intenta esconder su decepción, pero algo en su rostro debe de delatarla porque Vaggie suelta una risa.
―¿Por qué pareces tan triste?
―No lo estoy ―Charlie dice un poco a la defensiva―. Nunca pensé que podría importarle a Alastor. ¡Apenas lo conozco!
―¡Que hablas, Charlie! ―Casi grita Emily―. ¡Tú le importas mucho a Allie!
Que apodo tan horrible. Ojalá nunca volver a escucharlo en su vida. Que asco. Dios santo. Eliminen esa mierda.
―No debería.
―Lali, escúchame, Alastor está siendo cruel al es-
―¿Cruel? ―Charlie suelta una risa, incrédula―. ¡Yo fui cruel!
Charlie se pone de pie con fuerza. El movimiento es brusco, y como ha pasado los últimos días solo acostada y comiendo como puerco, levantarse tan de golpe la marea. Ella tarda un poco en pararse firme y la voz le tiembla al hablar.
―¡Mírame, Emily! ¡Soy horrible! ¡Soy una horrible persona!
Bueno, quizás su voz temblando es puro sentimiento y nada de desorientación.
―Soy… Mierda, soy un asco. ―Charlie siente que los ojos le arden. Lo atribuiría a desvelarse, pero quizás es por haber llorado. Ella siente que va a llorar de nuevo si sigue hablando―. Alastor es… Él solo es un pobre hombre al que le intento quitar todo lo que tiene… Pobre literalmente, ¿sabes? Claro que sabes, eres su prima.
Para bien o para mal, Vaggie sonríe un poco.
―Él no hace nada malo. Bueno, no contra mí. Quizás si hace cosas malas en contra de otros. ¡Pero no es un asesino de mujeres! ―Se apresura a aclarar Charlie―. No sé porque grite eso. Bueno, si lo sé, él me daba miedo y usaba un hacha y creo que me odiaba y, eh, en los documentales de asesinos seriales siempre dice que tienen un patrón. Creo que el de él son las rubias idiotas.
―No te digas así ―dice Emily, un poco incomoda―. No eres idiota.
―No mientas por convivir, Emily. ―Charlie frunce el ceño y su labio inferior tiembla―. Es tan obvio porque Sylvie me dejo.
Se hace un silencio que incomoda a Charlie. Ella suspira y se sienta en el sillón, casi cayendo de golpe. Se pasa las manos por la cara, cansada. Nadie dice nada por un momento.
―Charlie ―empieza Emily, con delicadeza―, ¿por qué sigues hablando de Sylvie?
Charlie aparta sus manos de su cara y mira a Emily.
Luce preocupada. Casi asustada. Sus cejas de fruncen de la misma forma en que lo hacían las de Sylvie cuando Charlie le decía que no había comido en todo el día. Sus ojos son del mismo color caramelo de Alastor. Tiene pecas regadas por todas sus mejillas y su nariz, tan angulada y respingada como Sylvie. Y Alastor.
Charlie baja la mirada hacia sus labios. El inferior, más rellenito. El superior, más fino. El arco de cupido, marcado.
Ella suspira y mira sus manos. Una parte muy dentro de sí misma tiene un poco de miedo que, si sigue mirando a Emily, podría besarla. Simplemente porque se parece a Alastor. Digo, a Sylvie.
Oh, mierda.
Charlie es una persona horrible.
Pero esa picazón en el vientre, esos temblores en sus manos, esa necesidad húmeda en su boca que sintió con Alastor… No lo siente al ver a Emily.
No entiende por qué.
―No… No lo sé…
―Ella ya no está aquí, Charlie.
―Ya lo sé ―dice Charlie, con más rudeza de la que pretendía―. Ya lo sé, mierda. Ya lo se.
Mira sus manos. Están temblando. Charlie se enfoca en la pulsera de la cabeza de ciervo. Aún no sabe de donde salió, pero su presencia le calma un poco los nervios y ella no entiende cómo.
―Yo solo… ―Charlie parpadea, no queriendo que ninguna lagrima caiga. Sin embargo, justamente ese parpadeo hace que empiece a llorar. Ella respira con profundidad, intentando detenerse―… La extraño.
Claro que lo hacía.
La extrañaba mucho. Tanto que dolía y frustraba, así que Charlie se enojaba y odiaba a Sylvie. La extraña mucho. Demasiado. Cada día que no sabe nada de ella, siente que todo duele un poco más.
No entiende porque la extraña tanto.
Pero Sylvie era todo para Charlie.
Siempre quiso ser todo para Sylvie.
Se esforzaba todos los días por serlo. Por demostrarle que valía la pena seguir juntas. Que no importaba cuantas veces Sylvie la alejara o lastimara, Charlie seguiría ahí para ayudarla en todo. Porque ella solo estaba herida y no sabía cómo ser amable con Charlie.
Extraña eso.
Extraña mucho eso.
Extraña luchar día a día por demostrar que su existencia importa.
Si no lo hace, se convierte en una persona horrible.
―Charlie.
La voz de Emily es más suave. Se mete en su cabeza con fuerza y Charlie quiere alejarse, pero no lo hace. Simplemente espera, sin saber que va a pasar.
Ella le toma de la mano, con fuerza. Como hizo Alastor antes.
―Sylvie fue… Yo no sé mucho, pero… Tú no fuiste la mala… Ella tenía razones para comportarse así, pero no lo justifica.
Charlie mira a Emily. La mujer parece completamente herida de hablar así de su propia hermana. Es algo muy fuerte y Charlie quizás nunca podría hacerlo.
Mierda.
Ahora resulta que casi todos los LeBlanc son mejores personas que Charlie.
Que carajos.
―Ella ya no está.
―Ya lo se.
―No, no lo sabes. Lo siento, es solo que… Charlie…
Emily toma sus dos manos, con más delicadeza.
―Aquello que tanto te lastimó ya no está. ¿No es esa una señal para seguir adelante?
⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙
Eso fue mucho para Charlie.
No. Ella no quiere soluciones ni palabras de aliento. Solo quiere seguir siendo miserable luego de haber sido tan mala. Charlie quiere que le digan lo atroz que es a la cara para tener una razón válida para sentirse como una fracasada.
Ya que no sabe sentirse bien, necesita buscar razones para sentirse mal.
Quizás por eso es tan mierda con todos.
No, mierda. Ella no va a profundizar en eso. A nadie le importa su salud mental. Menos a ella.
―Alastor… ¿Él no me odia?
Bravo, Charlie. Bravo. Que buen cambio de tema super natural. Ojalá te den un premio por ser tan pendeja.
―¿Qué? ―Pregunta Emily, luciendo aturdida―. ¿Alastor? ¡Ah, sí, Allie!
Cada que Charlie escucha ese apodo siente que le están golpeando el vientre.
―Él está bien. ¡Muy bien! Bueno, no muy bien, pero no está enojado. Tampoco te odia. Creo. ¡No lo hace! ―Emily se ríe un poco, casi aliviada―. Le pareces divertida. ¡Y aun quiere invitarte a salir!
Que.
―¿Qué?
―¡Sipi!
Emily, no. Compórtate, carajo.
―Dice que le debes una cita. ¡Nunca lo atrapaste cuando patinaban! ―Emily se ríe, encantada. Charlie se siente horrorizada. Mira a Vaggie, que estuvo mucho tiempo en silencio, y solo se encoge de hombros, burlona―. Un trato es un trato, ¿sabes?
Charlie se quiere morir.
―Yo… Yo tengo que disculparme.
―¿Por el beso? ―Pregunta Vaggie, cruzándose de brazos―. ¿Por qué lo hiciste?
Este es el momento.
Este es el terrible momento que Charlie tanto temió que llegara.
Es el momento de decir en voz alta que besó a Alastor porque se parecía a Sylvie.
Mierda.
―Yo, eh, es que él, pues, ya sabes él… ¿Cómo se llama? Eso cuando tu… ¡Tú sabes! ―Charlie ríe, pero los nervios afectan tanto que su risa suena a un animal herido―. Es como cuando pasa eso que tú sabes… ¿Sabes?
Vaggie no dijo nada. Solo suspira.
―Mejor vamos ya al desfile.
―¿Qué desfile?
―¡Si, vamos! ―Emily se pone de pie, emocionada―. Tienes tiempo para arreglarte. ¡Ponte guapa! Le diré a Allie que nos espere ahí. ¡Va a estar tan feliz!
Charlie se va a clavar el primer objeto corto punzante que encuentre. No es broma.
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―¿Te acuerdas de Angel?
―No.
―Anthony. D’Angelo. ¿No lo recuerdas? El chico que usaba el uniforme de las chicas en la escuela.
―Ya lo recordé. ¿Qué ocurre con él?
―Hablamos aún. Dijo que quería verte de nuevo.
―Ah… Suena genial.
―Va a ir también a la fiesta, por cierto.
―¿Qué fiesta?
―La fiesta… La fiesta, Charlie. Solo la fiesta.
Charlie frunce un poco el ceño, pero no dice nada. Simplemente se arregla su chaqueta de confort. Esta recién lavada, huele increíble y se siente más suave que nunca.
Ella no sabe que esperar de salir de la casa, pero quiere ser un poco positiva.
Escucha un sonido de gotas de agua muy alto y muy falso. Un audio. Se voltea, un poco confundida. Ve entonces a Emily revisando algo en su teléfono.
―¿Qué fue eso?
―¡Oh, solo una alarma! ―Dice Emily―. Para la inyección de Alastor.
Charlie frunce el ceño. Emily aprieta los labios, como si hubiera dicho algo que nunca debió de decir. Vaggie solo se ríe un poco, con torpeza, mientras susurra algo que Charlie no entiende.
―¿Alastor está enfermo?
―¡Si!... No… No es una enfermedad.
―¿Para qué es la inyección?
―Testosterona.
―¿Eh?
―Inyección de testosterona ―Emily parece un poco nerviosa, pero decidida―. ¿No lo sabes? Creo que nunca te lo dijo. En realidad, no sé si debería de decirlo, pero, eh, Alastor es trans.
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Charlie siempre fue una mujer de pantalones.
Sylvie lo sabía muy bien.
Ella, por otro lado, era una mujer de vestidos y faldas. Elegancia suprema. Le gustaban desde que era pequeña y quizás nunca dejarían de gustarle por completo. Charlie lo sabía y creía que era genial.
Entre la dos, siempre pensó que Sylvie era la más femenina.
Últimamente, sin embargo, Sylvie había empezado a usar más pantalones.
Recuerda que se estaban arreglando para una fiesta navideña. Charlie se había conseguido un traje café, casi dorado, como una galleta de jengibre. Y tenía decoración de galleta de jengibre. Algo realmente maravilloso y horrendo.
Se estaba ondulando el cabello cuando Sylvie entró a la habitación.
Usando un traje de dos piezas, completamente rojo y con el pecho abierto. Su cabello, aún más corto, mantenía sus puntas con volumen. No tenía maquillaje todavía. Siempre dejaba que Charlie la maquillara.
―Wow ―dijo Charlie al verla.
Sylvie sonrió, un poco apenada.
―Espero que eso sea positivo.
―¡Es positivo! ―Charlie se acercó a ella y la tomó de la cintura―. Te ves preciosa.
Sylvie sonrió con confianza y abrazó a Charlie por los hombros. Pegó su pecho al de ella y Charlie sonrió. Le gustaba hacer eso. Más en ese momento que Sylvie no estaba usando esos sostenes que aplastan tanto los senos que hace que el pecho parezca plano.
Lo hacía, más que nada, porque había empezado a ejercitarse y esas cosas servían para moverse con más confianza.
¿Sería buen momento para decirle que Charlie extrañaba las tetas de su novia?
Tal vez sí.
―Gracias, querida ―dijo Sylvie, besando a Charlie, mientras reía un poco―. ¿Me ayudas a maquillarme? Pero no mucho. Algo más natural. No quiero que se note tanto el maquillaje.
―¡Claro!
―Por cierto, he pensado en raparme.
Eso si sorprendió a Charlie.
―¿Qué?
―No completamente, mi amor. Solo un poco por abajo. Vi un corte en una revista y me gustó. ―Sylvie se encogió de hombros, pareciendo un poco nerviosa―. Creo que me vería bien.
Charlie lo duda un poco, pero no lo dice. En su lugar, va por su maquillaje.
―Vamos a maquillarte, amor.
Sylvie le sonríe, un poco incomoda.
―Claro amor.
Chapter 7: Siete Verdades
Chapter Text
―Charlie.
―¿Si?
―¿Alguna vez has tenido a alguien que no has querido presentarme?
Esa pregunta causó un poco de confusión en Charlie. No sabía exactamente a que se refería Sylvie, pero sintió que la respuesta que diera no sería suficiente.
―Alguien… ¿Alguien como quién?
Sylvie se encogió de hombros.
―No sé. Un amigo o familiar. Alguien que nunca has pensando en presentarme.
Charlie pensó mucho en su respuesta.
―En realidad no hay muchas personas que no conozcas que sean parte de mi… ¿Quizás a mi amigo de la biblioteca? No sé. ¿Tú tienes a alguien?
―Si.
Bueno.
Eso a Charlie no le sorprendía.
Sylvie a muy duras penas le hablaba de su propia hermana. Era obvio que tenía a más de una persona que no quería que conociera.
―Bueno… ¿Quién es?
―Un chico que no creo que te agrade.
―¿Un amigo?
Sylvie se encogió de hombros.
―Algo así.
―¿Quién?
―Un primo ―aclaró Sylvie―. Por parte de madre.
―No sabía que tu mamá tenía hermanos.
Sylvie no pareció incomoda por eso. Charlie lo detestó un poco.
―No son muy cercanos. ―Sylvie cierra un poco sus ojos, se quita los lentes y los limpia antes de volver a hablar―. Él fue el de la idea de que me rapara.
Charlie sintió que odiaba mucho a ese hombre.
Sylvie no se veía mal con su nuevo corte. De hecho, solo se había rapado un poco la parte baja de la cabeza, cercana a la nuca. Nada demasiado visible y que, de hecho, su cabello, que colgaba encima, tapaba. Era imposible notarlo, a menos que ella se lo recogiera.
Sin embargo, Charlie siempre lo notaba y no le gusta. No sabía porque, pero sentía que estaba perdiendo a su novia.
―¿Pasas mucho tiempo con él?
―Si.
―Que bien.
―Siento que con él puedo ser yo misma. ―Sylvie bajó un poco la mirada―. No me siento presionada como me siento contigo.
Charlie miró a su novia, sin poder creer lo que había dicho.
Sylvie no dijo nada más. En su lugar, se acercó a Charlie y la besó. Siempre fue impresionante como eso era suficiente para que Charlie olvidara incluso donde estaba parada.
Ese día, no fue diferente.
Nada nunca era diferente.
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―¿De dónde sacaste eso?
Charlie mira su pulsera con la cabeza de ciervo. Luego vuelve a mirar a Emily. Se encoge de hombros, un poco cansada.
―No sé.
―¿Cómo que no sabes?
―Oye, apareció en mi mano un día y nunca más se fue.
Vaggie frunce el ceño.
―¿Lo robaste?
Charlie quiere decir que no, pero dado su historial, lo más probable es que si lo haya robado. No sabe a quién y eso la avergüenza un poco.
―Quizás lo hice.
―Nada de quizás, Charlie. La robaste. Eso es de Alastor.
Ah.
Ahora no solo le debe una disculpa por usarlo de forma tan publica, sino por robo también. Genial. A este paso Charlie tendrá que disculparse por existir, de plano.
Es un poco molesto.
Casi tan molesto porque Hazbin Hollow sea un pueblo pequeño, donde todos, ahora, la reconocen, no como la hija de una dictadora que creó una ley en contra de comer manzanas verdes los jueves, sino como la loca que le dijo a un pobre, literalmente, hombre que era un asesino.
El video del que le habló Carmilla en ese correo parece que se regó por todos lados. En serio. No hay un misero lugar de Hazbin Hollow donde no este.
Pero lo peor no es eso.
No, porque si solo fuera eso, Charlie podría casi tolerarlo. Lo peor fue cuando empezaron a preguntar que hacía Charlie de nuevo en el pueblo y porque odiaba tanto a Alastor, lo que hizo que saliera a la luz que ella había llegado solo para comprar la carnicería LeBlanc porque ella es la tan aterradora y poco esperada mujer de negocios que solo quiere destruir todo el pueblo en busca de hacer un centro comercial.
Si.
Ahora todos en el lugar la miran mal. Bueno, no tanto así, pero sí. Unos con miedo, porque parece que nunca han tenido que enfrentarse a ser tan importantes como para tener a una idiota intentando quitarles sus hogares, y otros con odio porque, vamos, nunca han tenido que enfrentarse a ser tan importantes como para tener a una idiota intentando quitarles sus hogares.
Lo bueno es que ella no ha tenido que lidiar directamente con todas esas miradas, porque estuvo en casa de sus padres todo el tiempo. Y ahora no hay muchas personas por las calles… Un momento.
―¿Dónde está la gente? ―Pregunta Charlie, confundida―. ¿Y el desfile?
Emily le sonríe con torpeza.
―Lo siento, te mentimos, el desfile es en tres días.
Que.
―¿Qué? ―Charlie no entiende nada―. ¿Y por qué me mintieron?
―¡Para sacarte de casa! Pensamos, bueno, pensé que podría ayudarte a despejar la mente que, ya sabes, estaba triste y… Y ya… Lo siento, pensé que diría algo más.
Charlie frunce un poco el ceño. Siente que debería enojarse, pero saber que, en realidad, solo pasó tres días sin bañarse hace que se sienta un poco mejor consigo misma.
Y, bueno, Emily tenía las mejores intenciones. Tal vez. No confía en ella. Es culpable por asociación.
―¿A dónde vamos?
―Por un café ―dice Vaggie. Esta caminando cerca de Emily y Charlie nota, por primera vez, que están tomadas de la mano―. Apenas son las 10 de la mañana.
Charlie creía que ya eran las 4 de la tarde.
Mierda, sí que está perdida.
Ella es tan poco confiable.
Suspira y se pasa las manos por el cabello. Últimamente el único peinado que usa son dos trenzas ridículamente largas. Le gusta, mucho, pero le hace sentir un poco como una niña. Las mujeres serias de negocios nunca se peinan así. Carmilla Carmine nunca se ha peinado así. Ella siempre usa esos peinados tan apretados que a Charlie le duele el cráneo, en serio, de solo verlo.
A ella le gustaría más su peinado si tuviera lazos lindos en el final de cada trenza. Se vería bonito.
―¿Quieres un café? ―Preguntó Emily.
Charlie se encogió de hombros.
―Cualquier cosa caliente sirve, ¿sabes?
―¡Oh, Allie estará ahí!
Verga, ¿pues que preguntó Charlie?
Algo en su cara debió de evidenciar lo asqueada que se sentía con la idea de tener que ver a Alastor de nuevo, porque Emily sonrió con un poco de vergüenza.
―Él no te odia, ¿sabes? ―Si, Emily. Ya lo dejaste claro muchas veces. Y no es por tirar mierda, pero que lo repitas tanto empieza a sentirse como una maldita mentira―. Alastor. Está más bien… Intrigado. Y un poco preocupado. Yo nunca lo había visto preocuparse por alguien que no sea KeeKee.
Que mentira.
Además.
Gata de mierda. Ojalá nunca más volver a verla. Charlie no puede creer que intentó robársela.
―Debe de estar loco ―masculle Charlie, metiendo sus manos en los bolsillos de su chaqueta. La verde. La de las hombreras. Esa que quizás debería de dejar de usar, pero no lo hará.
―Probablemente ―acepta Emily con una risita que a Charlie le perforó los oídos. Malditos LeBlanc y sus risas de mierda―. Pero es una locura simpática. Y quiere que vayas al desfile. El día real, digo. Y también quería verte hoy en la cafetería. Quiere verte hoy. Él siempre, uh, si… Quiere verte hoy, nomas.
Charlie frunce el ceño.
No se siente con el valor suficiente para enfrentarse a Alastor. Sin embargo, tampoco se siente con la fuerza suficiente como para dar media vuelta e irse de regreso a su casa a esconderse como una cobarde.
Es más perezosa que miedosa, ¿ves?
―¿Por qué? ―La pregunta salió cargada de genuina curiosidad por parte de Charlie.
Un poco para calmar sus nervios y otro poco porque, si, genuina curiosidad.
Emily y Vaggie intercambiaron otra de esas miradas cargadas de significado. A Charlie le gusta sentir que se están comunicando telepáticamente. Espera que no se burlen de ella, aunque si fuera Charlie, sí que se burlaría de sí misma por ser tan patética.
―Porque dijo que, si no aparecías, iría él mismo a buscarte con la megafonía del camión de los bomberos ―dice Vaggie, sonriendo con picardía― Y créeme, no quieres que Alastor tenga acceso a un altavoz. Su voz ya es suficientemente poderosa como para romper cristales.
Algo dentro de Charlie se estremeció, pero no era repulsión. Era algo parecido a la anticipación. Un cosquilleo nervioso en el estómago. La idea de que Alastor, con su sonrisa de dientes separados y su acento de locutor de radio, estuviera dispuesto a hacer el ridículo por sacarla de casa era… Absurda. Un poco halagadora.
Y de seguro una vil mentira.
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La cafetería es un local nuevo, porque no lo recuerda ni un poco, con colores rojos brillantes y decoración navideña hermosa. Tiene un letrero gigante y vintage que dice en letras rosas pasteles “Mimzy Dizzy”. A Charlie le gusta el nombre.
No le gusta que Alastor está justo frente a la puerta del local.
―Oh, no ―dice Charlie.
Inmediatamente después, da media vuelta, porque ahora que lo ve directamente si le entraron las fuerzas para salir corriendo. No puede dar ni un solo paso cuando Emily la toma del brazo con su mano libre y casi que la arrastra hasta estar frente a la razón actual y principal por la que Charlie se odia.
Ella no se atreve a mirarlo.
―¡Allie, hola! ―Emily dice, demasiado alto―. ¡Ay, hola KeeKee!
Nooooooo… Ese animal está aquí.
Aunque Charlie, al final, decide que es mejor mirar a la gata sobre los hombros de Alastor que al propio hombre. Al menos al animal no lo besó en público.
La mira y Charlie se da cuenta de que, de hecho, es una gata bien fea. O quizás ella exagera, pero las heridas que tiene por todo el cuerpo la vuelven áspera a la vista, si es que eso tiene algún tipo de sentido. Y aparte de eso es muy peluda y Charlie está muy segura de que toda la ropa de Alastor tiene pelo de gato. Genial. Esa es la clase de problemas que quiere tener.
Ella sonríe, luego retrocede un paso, un poco asustada, cuando KeeKee parece fruncir el ceño al verla. Oh, mierda, ahora hasta los animales notan que ella esta podrida.
Esa gata se parece a Emma Stone, por cierto.
―¡Mis chicas! ―Dice Alastor, aparentemente muy contento. Charlie no sabe porque ella estaría incluida en “sus chicas”, pero eso la hace sentir nerviosa―. Y Charlie, claro.
Ah.
No estaba incluida.
Era obvio. ¿Por qué pensó que sí? Es como tarada en esta época del año. Bueno, siempre lo es, pero uno puede justificarse más en diciembre. Tal vez. Ella ya no sabe ni que está pensando.
―Es lindo volver a verte, cariño ―dice Alastor, mientras Charlie aun aplica un sobresfuerzo doloroso por solo ver a esa maldita gata―. ¿Estas bien?
―Si ―dice ella con rapidez.
Alastor ríe y, aunque Charlie no puede verlo, es una obsesiva de mierda que ya puede notar con tan solo el sonido que es la risa de los dientes apretados.
―Me alegro, Charlie.
Charlie en serio se niega a ver a Alastor. En ese momento, cualquier cosa es más interesante que ese hombre. Desde el suelo adoquinado y cubierto por nieve, pasando por las luces brillantes y coloridas de los alrededores. Mierda, hasta la cafetería es más interesante.
Hay ventanas que van desde el piso hasta el techo, de donde cuelgan medias en colores rojo, verde y blanco. En una esquina del local, hay un hombre de galleta de jengibre de casi metro y medio, sonriente. Del techo, cuelgan hilos plateados con copos de nieve falsos y preciosos. Parecen tintinear si los tocan.
A Charlie le gusta mucho la vibra de ese lugar. Es cálido y huele a pan recién horneado. Espera que hagan un rico chocolate caliente, porque si no, se irá. Mentira, lo más probable es que pida algo más que no le gustará, pero igual beberá.
―Este lugar es hermoso ―dice Charlie.
Emily asiente, con emoción. A ella si la mira. Es doloroso lo parecida que es a Alastor. Charlie quiere golpearla solo por eso. Lo bueno es que Emily es más oscura que Alastor.
Ese pensamiento se siente incorrecto.
―Por esa esquina de allá ―señala Emily la esquina derecha del local― hay un espejo de cuerpo completo que cada día tiene una frase diferente. ¡Muchos vienen a tomarse fotos! Deberías de ir.
Emily se apresura a sacar su teléfono, mientras que Vaggie solo la mira, encantada.
―La foto que usamos de perfil la tomamos aquí ―dice Emily―. ¡Vaggie, te veías preciosa con ese vestido! Bueno, siempre te ves preciosa. Es una lástima que nadie más lo vea en la foto de perfil.
Charlie mira a Vaggie y ella está un poco sonrojada. Suelta una risa antes de abrir la puerta. Suena una campanita cuando se abre y Charlie casi ríe de emoción, más aún cuando nota que suena una música navideña, o simplemente un remix con campanas, de fondo, lo que le da todo un toque extra a la cafetería.
Y apenas entra nota que algo anda mal.
No es inmediato. Es progresivo.
Primero, el silencio.
No un silencio absoluto, sino uno extraño, tenso, como cuando alguien dice una grosería en una mesa familiar y todos fingen no haber escuchado, aunque en secreto ya la tenían pensada desde hace horas. Las cucharitas dejan de sonar contra las tazas. Una risa muere a mitad de camino. La música navideña sigue sonando demasiado fuerte.
Charlie avanza un paso.
Y eso es como llegar con ropa en una playa nudista o algo así, porque le pegan tremenda mirada colectiva.
No hostil. No agresiva. Pero total.
La señora del mostrador la observa como si estuviera evaluando si echarle canela o no al café. Dos adolescentes cuchichean sin ningún intento de disimulo. Un hombre mayor deja de leer el periódico solo para alzar lentamente la vista y luego negar con la cabeza.
No hay persona en esa cafetería que no le está mirando.
―…Oh no ―murmura Charlie.
Se siente un poco paniqueada y, casi por instinto, mira a la persona que más cerca tiene en busca de confort.
Alastor, a su lado, parece tener que morderse el labio para no reírse. Charlie evita fijarse en más detalles.
―¿Qué? ―Pregunta ella, rígida―. ¿Tengo algo en la cara?
―No ―responde él―. Solo reputación.
Ella se detiene en seco.
Tiene que ser una broma.
―¿Qué significa eso?
Como si fuera una coreografía ensayada, alguien susurra desde una mesa:
―Es ella.
Otra voz responde:
―La de la compañía.
―La que quiere comprar el pueblo.
―La que casi hace llorar a Harris.
¿Quién carajos es Harris?
Charlie aprieta la mandíbula. ¡Ella no ha hecho llorar a nadie! Salvo que Alastor hubiera llorado luego del beso, y ella esperaba que eso no ocurriera, porque si no Charlie se iba a matar para no lidiar con ese tipo de vergüenza.
Mierda, ella en serio es la villana de esta historia. Tremenda porquería.
―¿Cuánto tiempo llevas sabiendo que todos saben quién soy?
Alastor se encoge de hombros, divertido.
―Desde anoche.
―¿Y no pensabas advertirme?
Alastor alza una ceja, divertido. Charlie se siente como una tonta.
―No sabía que tenía que hacerlo.
Ella lo fulmina con la mirada. Y el muy descarado solo se ríe, porque claro, le divierte verla sufrir. Este hombre es un monstruo.
―¡Tranquila, Lali! ―Emily la toma del brazo, con más fuerza―. ¡Todo estará bien luego de un café!
―O un chocolate ―dice Alastor, casi tentativo.
Charlie se siente perdida.
Se acercan al mostrador. La mujer del café, una señora aparentemente amable, de esas que claramente horneaban galletas como lenguaje del amor, sonríe. Demasiado.
―Buenos días ―dijo, mostrando sus blancos dientes―. ¿Qué va a ordenar?
La pregunta fue hecha directamente a Charlie, por lo que ella entiende que esa mujer no la quería en la cafetería y entre más rápido la atendiera, más pronto se iría. La gente si que es grosera en Hazbin Hollow.
Bueno, a la mierda, Charlie puede ser aún peor.
―Un café negro, por favor ―dice ella, firme y profesional.
La sonrisa de la mujer se congela.
―¿Negro… Negro?
―Si.
―¿Sin crema?
―Si.
―¿Sin azúcar?
―Correcto.
La mujer la mira como si acabara de confesar un crimen.
Y se siente así, porque Charlie acaba de pedirse la peor atrocidad nunca antes hecha por una persona. Tras que odia el café se pide esa mierda sin dulce.
Pero el orgullo le puede más, así que se mantiene firme.
―Ah ―responde la señora―. Entiendo.
Charlie ve a los demás, descubriendo así que los tres imbéciles de piel oscura (ella acaba de notarlo y ahora no deja de verlo) la miran con asombro y horror. Salvo el idiota de Alastor que parece únicamente divertido.
―¿Qué? ―Pregunta Charlie, a la defensiva―. ¿Nunca han visto a alguien beber un café negro?
Emily parece aterrada.
―¿Sin crema?
―No me gusta la crema.
Mentira.
―Oh… Qué vida tan triste ―dice Emily―… Tan triste.
Muy bien, ahora se está sintiendo insultada por la única persona que parecía no ser capaz de hacerlo.
Charlie se cruza de brazos y frunce el ceño. Vaggie le sonríe un poco cuando hace eso. Una sonrisa casi tierna, como la que le das cuando ves a un animal siendo adorable.
Eso hace que se sienta un poco peor.
Alastor, por otro lado, simplemente se dirige a la señora detrás del mostrador.
―Lo de siempre para nosotros, madame.
¿Madame?
Carajo.
Quizás Alastor si habla mejor francés que Sylvie.
―Claro que sí, cariño ―responde la mujer al instante, demasiado amable para el gusto de Charlie―. ¿Quieres una galleta extra hoy?
―Siempre.
―¡Yo también! ―Dice Emily, con emoción.
Vaggie simplemente asiente.
Charlie observa cómo a él, al maldito Alastor, le sirven el café perfecto, con espuma, canela dibujada en forma de estrella y una galleta gigante envuelta en una servilleta con ciervos de narices rojas.
A ella le dejaron una taza.
Sin plato.
Sin adorno.
Sin sonrisa.
Que vieja más hija de puta.
―Aquí tiene ―dice la mujer. Suena amable, pero Charlie no se fía ni un poco― Y… Solo para que sepas… en Hazbin Hollow nos gusta hablar antes de firmar cosas importantes.
¡Ay, qué bueno, fíjese que Charlie amaneció preguntona, señora!
Ella simplemente sostiene la taza.
―Yo también hablo ―responde―. Bastante, de hecho.
La señora inclina la cabeza.
―Sí. Eso notamos.
Alastor se ríe abiertamente ahora.
Y Charlie no puede creer que quiere pelearse con una vieja.
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―Charlie, deja de ver a la señora Susan, por favor.
Aunque quiere hacer caso, porque mirar fijamente a una mujer detrás del mostrador de la cafetería, que parece que está a nada de convertirse en polvo de lo vieja que es, le hace ver horrible, Charlie no puede. No. Se niega a dejar de mirar a esa maldita anciana.
―Susan siempre es encantadora ―dice Alastor.
Parece que Charlie si amaneció preguntona, mierda.
―No seas un mentiroso ―dice Vaggie, con rudeza―. Tú la llamaste una zorra infumable.
―Pero eso fue hace mucho tiempo.
―¡Fue ayer!
Charlie se muerde la lengua para no reírse.
Suspira y se voltea, simplemente concentrándose en su taza tan insípida. Evita mirar las bebidas de los otros tres, porque claro que lucen hermosas. A Emily le dibujaron un maldito ángel. En serio. francamente ridículo y muy envidiable, porque Charlie también quiere un maldito dibujito.
Pero bueno, a la envidia le gana el miedo de que le dibujen un pene en el café simplemente porque esta tal Susan la odia.
―Esto es acoso ―susurra, para sí misma.
―Esto es comunidad ―corrige Alastor, que parece incapaz de darle un solo minuto de privacidad a Charlie, maldita sea. Ni que ella le hubiera hecho lo mismo… ¿Eh?―. Y créeme: aún están siendo amables.
Charlie mira alrededor. Las miradas siguen ahí. Curiosas. Evaluadoras. Protectoras. No odio. Pero sí una advertencia silenciosa. Como si todo el pueblo gritara al unísono: Aquí no vienes a mandar.
¡Puff!
Pobres idiotas.
Charlie es la hija de una alcaldesa corrupta, ella sabe ganarle a todo un maldito pueblo. ¡Creció aquí! Nadie va a ganarle en un terreno que conoce como su propia mano, aunque ya tiene cinco años sin venir y no reconoció a Susan cuando la vio y la escuela ya no está en el lado norte y… ¡Nadie le va a ganar, mierda!
―Esto no va a afectarme ―dice―. He enfrentado juntas directivas completas que querían verme fracasar.
Y si la vieron fracasar, pero nadie sabe eso, así que, punto para Charlie.
Alastor sonríe, apoyándose contra la mesa.
―Sí, pero esas juntas no horneaban galletas ni te veían crecer desde bebé.
Charlie parpadea y se sonroja.
―No hables como si me conocieras.
―Creo que te conozco bien.
Entonces, Alastor se pasa la lengua por los dientes y el labio superior. Luego, simplemente sonríe con los ojos entrecerrados, con una mirada presumida. Incluso, levanta las cejas con picardía.
Charlie entra en pánico. Mucho pánico. Necesita defenderse.
―Solo te besé porque te pareces a tu prima.
Bueno.
Siempre se puede ser aún más patético, ¿sabes?
Afortunada, o desafortunadamente, para Charlie, Alastor simplemente se ríe. Casi parece encantando con lo que ella dijo. Ella asume que Alastor ya aceptó que Charlie es una idiota que nunca dirá algo que valga la pena escuchar, así que, solo se ríe.
Emily y Vaggie parecen muy incomodas. Vaggie incluso se cubre la cara con las manos, mientras susurra algo que, Charlie está muy segura, son insultos de lo estúpida que ella es.
―Que divertida eres, Charlie ―dice Alastor, recargando su cabeza en sus manos―. Me encanta pasar tiempo contigo.
Bueno.
Charlie quiere irse a casa.
―Eh… ¡Bueno, esto es lindo! ―Emily suelta una risa nerviosa y toma la mano de Vaggie con más fuerza―. Los cafés aquí son deliciosos. ¡La crema es genial!
Charlie odia a todos los LeBlanc.
No lo dijo. Simplemente se queda en silencio mientras mira su taza de café tan insípido. Hay un tarro de azúcar en el centro de la mesa, pero Charlie siente que será una debilidad usarlo para su café. No puede permitir que Alastor descubra que toda su fachada de mujer seria de negocios es, bueno, una fachada.
Sospecha un poco que ya lo sabe, pero igual no se arriesga, así que bebe ese estúpido café.
Sabe peor que antes.
―Necesitamos hablar ―dice Alastor, más firme que antes.
Charlie mira a Emily, luego a Vaggie, un poco confundida. Vuelve a mirar a Alastor y nota que él la mira fijamente.
―Ah, ¿es conmigo?
―Claro, cariño.
Cliri, ciriñi.
―¿Sobre qué? ―Pregunta, haciéndose la desentumida y buscando con la mirada la forma más rápida de salir corriendo en caso de que el tema sea el beso.
Pero no lo es.
―Lo que le hiciste a Harris no estuvo bien.
De nuevo: ¿Quién carajos es Harris?
―No sé qué me hablas.
―¿Ah, sí? ―Responde él, cruzándose de brazos, sonriendo―. Porque a mí me parece que casi hiciste que un hombre vendiera la historia de su familia sin saber ni lo que estaba firmando.
Que.
―¿De qué hablas?
―Vamos, cariño, todos lo saben.
―¿Saber qué?
Emily ahoga un grito, tapándose la boca, sorprendida.
―¿Es mentira? ¡Qué bien! Me alegra que no seas tan mala, Charlie. ―Suspira aliviada antes de tomar la galleta de su plato―. Me siento tan feliz.
Charlie siente que tiene un tic en el ojo.
―No sé de qué me hablan.
Vaggie termina de masticar su propia galleta y la mira.
―Todos en el pueblo cuentan que fuiste hasta la carpintería de Harris Humbert Hansen para obligarlo a firmar un contrato donde te la vendía. ―Vaggie frunce un poco el ceño―. Dicen que no dejaste ni que leyera el contrato y que el pobre hombre no sabía ni donde llorar por perder su negocio de toda la vida.
Charlie abre la boca, completamente impactada.
―¡Eso es mentira! ―Dice, con más fuerza de la que debería―. ¡Nunca hablé con él!
Harris Humbert Hansen. El triple H le decían algunos, tanto en referencia a su nombre, como a mantener tres trabajos donde, de forma divertida, en cada uno se le conocía de forma diferente. Harris le decían al carpintero, Humbert al mago y Hansen al cantinero.
Aunque muchas más personas le decían Husk.
Escuchar ese nombre se sintió como viajar al pasado, cosa que hizo que Charlie se enojara aún más. El Husk que ella recuerda era un amargado que prefería morder una tabla a llorar en frente de alguien, aunque por dentro era un blandengue, pero si, ese es un secreto, así que shhh.
Nunca fueron muy cercanos. Estudiaron juntos. Él fue un imbécil que perdió muchos años en el colegio y se graduó teniendo casi que 23 años. Charlie recuerda que estuvieron juntos en la universidad por dos semestres. Era amigable, pero nunca muy sociable. No supo nada de él luego de que Husk dejó la universidad.
Y ahora le vienen a decir que ella, Charlotte Morningstar, intentó comprarle la carpintería.
Que.
―Dicen que lo engañaste. ―Alastor se acerca un poco más a ella―. Que ni le dejabas hablar y por poquito y le tomabas de la mano para hacerlo firmar.
Charlie se muerde el labio, frunce el ceño y tiene ganas de lanzar su taza de café contra el suelo del coraje que siente.
―No estaba engañando a nadie. Todo estaba perfectamente explicado en el contrato.
Oye, aguanta, eso te hace parecer más culpable, Charlie, relájate.
―Explicado para ti ―replica él―. No para alguien que ha pasado toda su vida trabajando madera, no leyendo cláusulas de veinte páginas.
Bueno.
¿Alastor es el defensor de todo el puto pueblo o que mierda?
Ella aprieta la mandíbula.
―Ese alguien es un adulto funcional con capacidad legal para firmar.
La verdad es que nada que sale de boca de Charlie la hace parecer inocente. Y lo nota mucho por la forma en la que Emily la mira, pasando de verse aliviada a terriblemente herida.
―Y tú eres una ejecutiva que habla tan rápido que no deja respirar a nadie ―dice Alastor, mientras levanta sus cejas con picardía y eso hace que Charlie recuerde la conversación en la carnicería―. ¿Eso también viene en el contrato?
Charlie siente que va a necesitar una crema antiarrugas de tanto que está frunciendo el ceño, pero es que Alastor no colabora ni un poco.
Él mejor que nadie debería de saber que Charlie no ha hecho nada de eso. Aunque si lo piensa bien, tampoco hay una razón real para que él lo supiera.
Mierda, Charlie finalmente ha enloquecido.
No, no puede permitirlo. Ella tiene que demostrar que es una fría y sin sentimientos mujer de negocios. Por eso, mira fijamente a Alastor, mientras aparta con lentitud la taza frente a ella.
Siente que va a levantarse y gritar en cualquier momento.
―Mira, no sé qué rol crees que tienes en este pueblo, pero no puedes entrar a sabotear mi trabajo porque te incomoda la palabra progreso.
¡Muy bien, Charlie! ¡Buen golpe!
―No me incomoda el progreso ―dijo él, serio ahora, pero sin dejar de sonreír, maldita sea―. Me incomoda que vengas a decidirlo tú sola.
Eh… ¿Qué?
Charlie suelta una risa seca.
―Claro. Porque tú sabes más que un equipo entero de urbanistas, economistas y analistas de impacto social.
Mierda, Charlie, Carmilla estará tan orgullosa de ti cuando le cuentes todo esto. Probablemente hasta Vincent te tendrá envidia. Ese cabrón va a querer matarla de la envidia que sentirá cuando todos sepan como Charlie se defendió.
―Sé más de este lugar que cualquiera de ellos ―responde Alastor, casi presumido, pero agresivo―. Porque yo vivo aquí. Porque yo me quedé cuando nadie más lo hizo. Cuando tú te fuiste.
Uy.
Golpe bajo.
El silencio cae como nieve pesada. Charlie siente una pesadez horrible en el pecho y unas ganas muy grandes de nunca haber salido de su casa. No la de sus padres. De la que tiene en la gran ciudad, ese departamento donde su mejor futuro era solo pudrirse en el sillón hasta la muerte.
Vaggie tose un poco y Emily suelta una risa nerviosa.
―¡O-Okey, creo que es hora de calmarnos! ¡Y hablar de algo más sano! ―Ella titubea un poco antes de casi gritar―: ¡Pangolines! ¡Hablemos de pangolines! ¡Todos aman los pangolines! ¿Verdad, Gigi?
Vaggie parpadea y sonríe, casi enternecida.
―Me gusta que hables de pangolines.
Charlie definitivamente las odia.
Ella baja la mirada un segundo. Espera a que Alastor diga algo más, quizás una disculpa, pero eso no ocurre, asique, luego, la levanta con frialdad renovada.
Alastor no parece arrepentido de nada de lo dijo. Tal vez solo un poco incomodo. Oh, a Charlie le encantaría vivir sin la pesadez ni conciencia de ser incapaz de tener empatía básica por alguien.
―No puedes frenar esto ―dice ella, con la voz temblando―. Tengo aprobaciones estatales, estudios ambientales, fondos privados. Esto va a pasar.
Era verdad. Charlie ya tenía todo listo. Aunque al final no le dieran el ascenso, aunque ella no consiguiera las firmas a tiempo, aunque nada de lo que tenía planeado ocurriera, Hazbin Hollow ya tenía los días contados.
Alastor se recarga contra la silla, más relajado.
―Quizá ―admite él, encogiéndose de hombros―. Pero no sin pelea.
Ella resopla y se cruza de brazos, también recargándose en su silla.
―¿Y qué harás? ¿Organizar una protesta con villancicos?
―Si hace falta.
Alastor suena tan decidido, que Charlie no duda en que si haría semejante ridiculez.
―Esto no es un cuento navideño ―dice ella―. Es el mundo real. Y en el mundo real, los pueblos pequeños pierden si no se adaptan.
Probablemente nadie en ese lugar lo sabía, pero decir eso en voz alta causó un dolor horrible en Charlie.
Alastor suelta una risa, casi enternecida. Como si para él cada maldito argumento que Charlie da fuera solo una lista navideña tonta de algún niño que no sabe que pedirle a Santa.
Imitando a Charlie, también aleja su taza con lentitud. Luego, cruza sus brazos y los deja sobre la mesa, tranquilo.
―No ―dice con voz baja―. En el mundo real, los pueblos pequeños pierden cuando alguien los compra como si fueran terrenos vacíos.
Charlie enserio odia a Alastor. De verdad. No hay una misera parte de su cuerpo que no odie a ese idiota de mandíbula marcada y piel morena y ojos afilados y labios preciosos porque, oh, que bellos labios… ¡Si, ella lo odia!
Pero también se siente un poco agradecida con él.
Es lindo saber que hay alguien en ese lugar que le importa el pueblo lo suficiente como para pelear a uñas y dientes y villancicos por él.
Quizás en otras circunstancias, Charlie pudo haber querido ser amiga de Alastor.
Pero esa frase y esa forma de decir lo que dijo hace que ella sienta un escalofrió recorrerle la columna. Como si su cuerpo le estuviera anticipando que es muy mala idea seguir hablando con ese sujeto, así que tiene que huir.
Cosa que no hace.
―No… No me hables como si fuera una villana.
―Entonces deja de actuar como una.
Bueno.
El golpe fue directo. Sin anestesia.
Púdrete, Alastor.
De seguro ni tu madre te soporta.
―¡L-Los pangolines son los únicos mamíferos con escamas! ―Dice Emily, riendo con nervios―. ¡Y no tienen dientes!
Vaggie la toma con la mano y le susurra algo que hace que Emily se ponga aún más nerviosa. Luego le da un beso en la mejilla y se acurruca más cerca de ella.
Dios mío, que horror dan las parejas.
Charlie respira hondo, visiblemente molesta.
―¿Sabes qué? ―dice, poniéndose de pie y mirando la estúpida sonrisa de Alastor―. Yo no tengo tiempo para sentimentalismos. Tengo un objetivo. Y sí, voy a cumplirlo. Porque este ascenso es lo único que me importa ahora.
Él la mira. De verdad la mira.
―Eso es lo que te dices ―responde―. Pero no es lo que pareces.
La voz de Alastor baja un par de tonos en esa última oración y eso le causa un cosquilleo en el vientre bajo a Charlie. Ella se ríe, nerviosa.
―No sabes nada de mí.
Él tararea, casi divertido.
―Sé que hablas como alguien que se está defendiendo. No como alguien que está ganando.
Charlie se queda quieta. Su boca un poco entreabierta de la pura impresión. Luego, mira a las otras dos mujeres en su mesa y ellas parecen querer desaparecer de pura incomodidad, más Emily que Vaggie. Al final, Charlie mira a las demás personas en la cafetería, esperando que alguno haya escuchado la blasfemia que Alastor acaba de decir.
Pero todo el mundo sigue existiendo en lo suyo. Nadie les presta atención. Claro, aun la miran un poco a ella, pero es más por la rutina que todos parecen haberse autoimpuesto. Nada muy personal.
Entonces, Charlie ve, al fondo, un cabello rojo. Muy rojo.
Una mujer, con el cabello suelto y un abrigo navideño enorme que parecía que se la estaba tragando. Tiene en sus manos una taza humeante, con mucha crema batida que forma un muñeco de nieve, y un plato de galletas muy cerca. Esta sola, pero no parece triste por eso. Se ha sentado justo frente a la ventana y, detrás de ella, Charlie puede ver la nieve caer en la plaza de Hazbin Hollow.
Es la misma mujer que estaba patinando con Alastor esa vez.
Charlie nunca podría olvidar ese tono de rojo.
Casi como si sintiera la mirada de Charlie, esa mujer la mira. Sonríe, mostrando todos sus dientes, y la saluda con emoción, como si se conocieran de toda la vida. Charlie no sabe quién es ella, pero le devuelve el saludo con torpeza. Luego, la mujer bebe un poco de lo que sea que tiene en la taza y un poco de la crema le mancha la nariz. Ella intenta quitarlo con la lengua. Cuando no puede, solo se ríe y toma una servilleta.
La envidia invade a Charlie. No puede dejar de pensar en cómo su sola presencia aliviana un poco el malestar que siente por dentro. Es como si fuera una postal animada que daba la bienvenida al pueblo.
Charlie suspira y siente que sus manos tiemblan.
¿Cuándo fue la última vez que tomó algo por el puro placer de beber?
―Dame una razón.
―¿Disculpa?
―Dame una razón ―repite Charlie con voz firme, mirando a Alastor―. Una sola razón profesional para no seguir adelante mañana mismo.
Él la observa en silencio. Luego sonrió apenas.
―Tómate tres días ―dice―. Solo tres. Los que quedan antes del desfile. Vive el pueblo. Conócenos. De nuevo. De verdad, en realidad. Si después de eso sigues pensando que destruirlo es buena idea… Yo mismo te ayudaré a convencer a todos.
Charlie frunce el ceño, de nuevo maldita sea, y mira a Alastor como si hubiera perdido la cabeza.
―¿Tres días? ¿Estás loco?
―Nunca dije que estuviera cuerdo, querida. ―Él se ríe con ganas, como si hubiera soltado el mejor chiste del mundo―. Pero también soy el único que no te está mintiendo.
Bueno.
Tiene un punto.
Tal vez.
No, a la mierda, no tiene ningún punto.
Ella cruza los brazos.
―No hago decisiones basadas en corazonadas. Yo no soy como-
Sylvie.
Esa perra.
―Entonces hazlo como negocio ―dice él, casi alegre. KeeKee, esa gata que había estado acurrucada en las piernas de Alastor asoma su cabecita sobre la mesa, mirando fijamente a Charlie con su único ojo bueno―. Tres días para evaluar el impacto real. Observación de campo.
Charlie parpadea.
Eso… Eso sí sonaba a trabajo.
Mierda. ¿Qué haría Carmilla Carmine en esta situación? Probablemente no haría nada porque nunca sería tan pendeja como Charlie y nunca estaría en esta situación. ¡Ni siquiera el idiota de Vincent Whittman estaría en esta situación! Oh, Charlie está perdida. Tiene que tomar una decisión por su propia cuenta y abstenerse a las consecuencias de arruinarlo.
Pero no lo arruinará, ¿verdad? ¡No, no lo hará! Ella va a ganarle a Alastor, porque a quien carajos le importa el pueblo donde creció. Puff. A nadie y mucho menos a ella.
Si se lo repite lo suficiente, quizás ya no le duela tanto.
―Dos días ―corrige Charlie―. Y no más.
Él sonríe, victorioso.
―Trato hecho.
Alastor extiende su mano enguantada. Es la primera vez que Charlie nota que tiene guantes tan finos y blancos. Una pena, a ella le gusta verle las manos. Y ese es un pensamiento que va a enterrar en lo más profundo de su conciencia para nunca más mencionarlo.
Charlie le estrecha la mano y su pulsera de ciervo tintinea un poco. Al verla, Alastor abre un poco sus ojos con impresión, luego simplemente se ríe. Charlie se quiere morir de vergüenza.
Y en ese simple contacto, que como que dura más de lo que debería porque Alastor no le suelta la maldita mano, algo invisible se tensa.
―Pero que quede claro ―dice ella―. No voy a cambiar de opinión.
Alastor sostiene su mirada, mientras acaricia a su gata como si fuera el villano de una película que los hombres creen que es muy profunda y que nadie más entiende.
―Eso dicen todos antes de enamorarse de este pueblo. ―Alastor se muerde el labio inferior, ese que tiene más carne, antes de agregar―: O de la gente de este pueblo.
Ella retira la mano de golpe.
―Bueno, me largo.
―¡¿Qué?! ―Grita Emily y eso hace que Charlie recuerde que no está sola con Alastor―. ¡P-Pero si acabamos de llegar!
A Charlie no le importa.
Siente un cosquilleo terrible en su mano y unas inmensas ganas de simplemente hablar con sus padres en busca de un consejo.
Y eso hace.
Se va sin beberse el café, sin mirar a nadie en esa mesa y sintiendo que Alastor no aparta la mirada de ella. Pero Charlie no lo mira.
No, ella solo mira a esa mujer de cabello rojo, que ahora sonríe satisfecha luego de darle un mordisco a una galleta.
⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙⁺˚*•̩̩͙✩•̩̩͙*˚⁺‧͙
Charlie estaba sentada en la orilla de la cama de su infancia, aun con esa sabana de manzanas, con el teléfono entre las manos y la pantalla apagada. Llevaba más de una hora así. Sin escribir. Sin llamar. Sin saber qué decir.
Ese fin de semana decidió visitar a sus padres. Lo bueno de Hazbin Hollow es que todos siempre estaban cerca de todos, así que, para Charlie, siendo una persona tan familiar, le quedaba como anillo al dedo.
Le había pedido a Sylvie que fuera con ella. Sylvie le dijo que ya tenía planes. Ni siquiera se disculpó, aun cuando habían planeado ese fin de semana desde hacía dos meses. Sylvie siempre tenía mucho trabajo y era imposible que tuviera tiempo libre últimamente. Charlie se había esforzado mucho por hacer todo bien.
No sirvió de nada.
Charlie recuerda haber suspirado. Y quizás eso llamó la atención de su mamá, que se apoyó en el marco de la puerta y la miró, un poco triste.
―¿Puedo pasar?
Charlie asintió sin mirarla.
Ella se sentó a su lado, despacio, como si tuviera miedo de romper algo invisible. Charlie se encogió apenas, pero no se apartó. Su madre siempre había sido una presencia intimidante, pero reconfortante.
―Papá está preocupado —le dijo ella, con suavidad—. Y yo también.
Charlie suspiró, largo, agotado, derrotado.
―Sylvie está bien ―respondió de inmediato―. No pasa nada.
Su mamá no dijo nada. Esperó.
Charlie tragó saliva.
―Es solo que… ―se encogió de hombros, sintiéndose atacada― está ocupada. Tiene muchas cosas en la cabeza. Yo también estaría así en su lugar.
―¿Y tú, cariño? ―Preguntó su mamá, con delicadeza y poniendo su mano cuidadosamente sobre su hombro―. ¿Cómo estás tú?
Charlie apretó los dedos alrededor del teléfono.
―Bien.
Mentira.
―Mamá ―añadió rápido―, de verdad, no tienes que preocuparte. Sylvie no está haciendo nada malo. No me ignora, solo… Necesita espacio. Y yo entiendo eso. Es sano, ¿no? Dar espacio es sano.
Charlie no entendía porque tenía esa necesidad tan grande de proteger tanto a Sylvie.
Recuerda que su mamá la miró con atención. No como alguien que busca errores, sino como alguien que reconoce patrones.
―¿Desde cuándo la defiendes con tanta fuerza? ―Preguntó con cuidado.
Charlie frunció el ceño.
―¿Qué se supone que significa eso?
―Significa que hablas como si alguien la estuviera acusando ―dijo ella―. Y aquí no hay nadie haciéndolo.
Charlie quería argumentar que su papá si lo hacía. Desde el incidente del regalo, se había vuelvo más arisco y distante con Sylvie. A ella pareció no importarle.
El silencio se volvió espeso.
Charlie sintió cómo algo le subía por el pecho, lento y pesado, hasta quedarse atascado en la garganta.
―Ella me quiere ―dijo, más bajo y ella recuerda que le dolió tanto sentirse tan insegura de sus palabras―. Solo que… ya no me busca igual. Ya no me cuenta cosas pequeñas. Antes me mandaba fotos de cualquier tontería. De su café. De la calle. De su reflejo en los vidrios.
De su taxidermia. De su caza. De su nuevo par de lentes.
De todo lo que hacía que Sylvie fuera Sylvie.
Pero nunca nada que la hiciera sentir vulnerable. Nada muy personal. Nada muy profundo. Charlie aun no conocía a la madre de Sylvie y mucho menos a su hermana.
Se rio un poco, pero la risa se rompió al final.
―Ahora tengo que preguntarle cómo está ―susurró―. Y a veces ni eso responde.
Su mamá no interrumpió. Solo la tomó con más fuerza del hombro.
―No es su culpa ―añadió Charlie, casi con urgencia―. Yo soy intensa. Hablo mucho. Siempre quiero arreglar las cosas. Quizás la canso. Quizás… ―se le quebró la voz―… Quizás ya no soy lo que necesita.
Las lágrimas empezaron a caer sin aviso. No fue un llanto bonito. Fue cansado. Pesado. Como si su cuerpo llevara días esperando permiso para derrumbarse.
¿Era así? Se sentía así. Charlie no sabía cuándo empezó a sentirse así.
―Yo hago todo bien ―sollozó―. Le doy espacio. No reclamo. No pregunto de más. No digo cuando me duele. No digo cuando siento que se está yendo.
Se cubrió la cara con las manos.
―Pero igual se siente como si se estuviera despidiendo sin decirlo.
Su voz sonaba entrecortada por tantos sollozos. Le dolía mucho el pecho. Su mamá se acercó y la abrazó. Charlie se dejó caer contra su pecho como si le hubieran quitado el último soporte que la mantenía en pie. Ella le acarició la cabeza, le dio un beso y la abrazó con más fuerza, lo que hizo que Charlie llorara aún más fuerte.
―Estoy tan cansada, mamá ―susurró, sintiéndose, en ese momento, incapaz de hablar en voz alta―. Cansada de no saber qué hice mal. Cansada de fingir que no pasa nada. Cansada de defender algo que… ―respiró hondo― que ya no se siente seguro.
Decir eso en voz alta se sintió como una condena que Charlie no quería admitir. Ni un poco. No en ese momento.
Su mamá le acarició el cabello, despacio, como cuando era niña.
―Cariño… A veces el amor no se rompe de golpe. A veces solo empieza a irse antes que nosotros lo aceptemos.
Charlie apretó su camisa.
―Yo no quiero que se vaya.
―Lo sé.
―Mamá, la amo. No quiero que me deje.
―Amor, lo siento.
―Mamá… Siento que ya se está preparando para hacerlo… Sylvie va a dejarme.
Lloró más. No por rabia. No por drama. Lloró porque amar así dolía. Te desgarra el pecho y sientes que el corazón ya no está ahí. Se va con la persona que amas y nunca vuelve por completo. Charlie lloró porque se sintió como nunca quiso sentirse con Sylvie.
Y porque, por primera vez, empezó a preguntarse si sostenerlo todo sola también era una forma de perder.
Mierda.
Parece que ella siempre estaba destinada a ser una perdedora.
