Chapter Text
Bajo el sol del atardecer en medio del bosque, una pequeña conejita recogía bayas en una canasta. Tarareaba una melodía para sí misma, agitando la esponjosa cola, ignorante de su entorno y de los ojos grises que la observaban. Cuando decidió que la cantidad recogida era suficiente, dio media vuelta, la falda de su vestido volando a su alrededor, permitiendo una vista sensual de sus largas piernas. La caminata fue tranquila, tanto que se percató de lo silencioso que se había tornado el bosque.
Eso no era buena señal; había leído que la razón por la que habría silencio es porque el peligro acecha. Bajó la canasta en el suelo, mirando a su alrededor. Sus largas orejas captaron el sonido del chasquido de una rama y se volteó hacia ahí rápidamente. Una figura oscura se encontraba entre los arbustos, agazapada, con orejas grandes y puntiagudas. Canino: depredador. Este salió de su escondite al ver que lo habían descubierto, se levantó lentamente de su posición de cuclillas, sin apartar la mirada, sin parpadear.
Un lobo.
Se acercó a la coneja, que permaneció en su lugar inmóvil. Alzó una mano, queriendo tocar su rostro, pero la coneja por fin reaccionó y se alejó del agarre. La loba, engatusada, volvió a querer tocarla, pero esta volvió a retroceder. Comenzó así una danza, similar a un juego de atrapadas, la loba queriendo estrechar a la coneja en sus brazos, y esta evadiendo su toque a cada oportunidad. La canasta de bayas había sido olvidada mientras iban por los árboles, la loba queriendo arrinconar a la coneja contra algún tronco, pero ella siempre evitaba su toque; rápida, audaz y muy juguetona.
La miraba con un poco de recelo mezclado con picardía y deseo, siendo correspondida con una mirada oscura de hambre incierta. No iban con prisa, como si todo esto fuera más que un juego. La coneja podía darle la espalda con toda seguridad, volteando solo para comprobar que la loba la estaba siguiendo. Había roces de piel y de ropa, pero nunca lograron agarrarse del todo.
No fue sino hasta que la loba se abalanzó contra ella, y esta, asustada, la guió hacia un árbol, logrando estrellarla de cara contra él y aturdir a la depredadora por unos momentos. El juego previo se había acabado.
La coneja corrió; el sol se había ocultado, y no tenía la ventaja de la visión nocturna de la loba. El bosque nocturno no era lugar para alguien como ella. No muy lejos divisó una cabaña, con las luces ya encendidas; era su hogar desde hacía unos días. Entró, sin molestarse en cerrar la puerta, y corrió escaleras arriba. No había más tiempo que perder.
Fue directo a su dormitorio, escondiéndose bajo la cama. Uno pensaría que tal vez recogería un arma para defenderse, pero sus instintos la habían dominado por completo, haciendo que busque refugio en lugares estrechos y oscuros. La loba no tardaría en llegar, lo sabía, pero esperaba que su aroma la evadiera un poco. Después de todo, se había esforzado en dejar su aroma por toda la casa.
La loba cumplió con la predicción y apareció en la puerta un minuto después. Se detuvo, recuperando el aliento e inhalando profundamente. Comenzó a caminar por la habitación, buscando en lugares como detrás de la puerta y dentro del armario. La coneja sabía que solo quedaba un lugar por revisar. Lo que no esperaba fue el repentino jalón de pierna.
Soltó un chillido dando una patada por instinto. Afortunadamente logró dar en el blanco, dándole unos segundos para reincorporarse. Por desgracia, no fue lo suficientemente veloz. La loba la agarró de la cintura y la lanzó a la cama, colocándose rápidamente sobre ella e inmovilizando sus muñecas sobre el colchón. La respiración de ambas era agitada y la coneja vio el rasguño en la mejilla que había dejado atrás con su patada.
—Conejita traviesa, por fin te atrapé.
Estaba casi babeando sobre ella, cuando se agachó para acariciar su rostro con el suyo, y lamer un trazado en su cuello, permitiéndole un acceso más íntimo a su aroma y sabor.
—Serás mi festín esta noche.
Las guerras rúnicas afectaron toda Runeterra, para bien o para mal, transformando bestias en seres humanoides capaces de razonamiento, reemplazando a los humanos; la nueva raza era llamada híbridos. A diferencia de los vastayas, estos no poseen magia y aún conservan sus instintos animales. Son de apariencia mayormente humanoide, solo con orejas y colas, con colmillos y garras en caso de depredadores, y escamas en caso de reptiles. Las civilizaciones se alzaron, aunque con mucho esfuerzo, debido a que los instintos animales tampoco se habían esfumado. El sentido de cazar o ser cazado. Depredador y presa. Fue muy difícil dejar los prejuicios de lado, para que herbívoros y carnívoros pudieran trabajar juntos, pero tras 200 años, se logró hacerlo.
“La ciudad del progreso”, como la gente llamaba a la ciudad de Piltover, donde herbívoros y carnívoros podían convivir en paz como el sueño de toda población, no era más que una fachada. Si bien herbívoros y carnívoros podían convivir, estos últimos eran temidos y despreciados, siendo solo aceptados aquellos carnívoros “menores” que podían sobrevivir sin carne, y los más “peligrosos” debían residir en el oscuro distrito suburbano donde la ley no llegaba y el mercado negro reinaba.
La lluvia caía con el mismo sonido que hacía la mugre cuando se arrastraba entre los pasillos del distrito suburbano: lenta, insistente y con el olor agrio del metal oxidado. Vi se encogió bajo una cornisa, los brazos cruzados sobre el pecho, el abrigo demasiado delgado para el frío. El humo de las chimeneas se mezclaba con el vapor de los drenajes y con su propio aliento, tibio y breve.
Desde donde estaba, podía ver los neones de un mercado negro iluminando la calle. Las voces de los vendedores se mezclaban con el rugido lejano de alguna pelea callejera. Todo era ruido y sombra. Todo, menos el pedazo de papel arrugado que guardaba en el bolsillo: la dirección de una mansión en Piltover.
No sabía por qué la había tomado. O tal vez sí. Sabía que si lograba robar algo ahí, cualquier pandilla la aceptaría. Los lobos eran escasos en Zaun y eso tenía sus ventajas… pero también sus maldiciones. Los demás carnívoros la miraban con desconfianza; los herbívoros, con miedo. Y Vi estaba cansada de ser solo eso: una sombra con dientes.
Cuando escaló el muro de la propiedad Kiramman, no imaginó que su vida cambiaría.
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Cassandra Kiramman no podía creerlo cuando la despertaron los guardias. Una loba, adolescente, intentando robar en su casa. En cualquier otra mansión la habrían entregado a las autoridades de inmediato, pero Cassandra se detuvo. Había algo en los ojos de esa chica: no miedo, sino cansancio.
—¿Nombre? —preguntó.
—Es Vi.
—¿Solo Vi?
—Es único que necesito.
Cassandra no sonrió, pero algo se ablandó en su expresión. Después de una conversación tensa con su esposo, decidió que no la entregarían. Había demasiados niños perdidos en Zaun y la joven parecía más víctima que delincuente.
Los Kiramman querían cambiar eso. Ser los pioneros en tener un carnívoro en su casa.
Vi era una huérfana tratando de ganarse su lugar en una banda de delincuentes. No sabía nada mejor. Su familia entera había fallecido, y no tenía otro lugar a donde ir.
Cassandra y Tobias se compadecieron, y en vez de hacerla cumplir una condena, decidieron que ellos mismos se encargarían de reformarla, brindarle techo y educación, para así reintegrarla a la sociedad como alguien bueno a quien no deberían temer. A cambio, todo lo que pidieron fue su colaboración, su disposición a querer intentar este nuevo cambio.
Vi ciertamente no se iba a quejar. Le darían comida y cama gratis si se portaba bien. También ayudaría con la imagen que los conejos querían demostrar en Piltover. Todos ganaban.
Los papeles fueron firmados y así Violet Warwick se convirtió en la protegida de los Kiramman.
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La heredera Kiramman era la criatura más hermosa que Violet había visto. Lo primero que notó fueron sus ojos, brillantes zafiros, el espacio entre sus dientes cuando se presentó, y el cabello azul oscuro y largas orejas del mismo color. Llevaba puesto lo que parecía un uniforme escolar piltie: unos shorts elegantes, camisa blanca, chaleco azul marino y un moño dorado en el cuello.
Comprobó que Caitlyn era tímida cuando dudó en estrecharle la mano una vez que intercambiaron presentaciones. También las veces que observaba a Vi desde lejos o escondida tras una pared cuando se encontraba fuera de su cuarto realizando alguna actividad, creyendo que no podía verla. Aunque Vi no podía verla, sí podía saber que estaba ahí por su olor. Ese dulce aroma a lavanda con el que le gustaría fundirse. Cómo le tomaba toda su fuerza de voluntad no inclinarse hacia su cuello cada vez que se topaba con ella.
No estaba segura de qué era lo que la atraía tanto. Eso sí, no tenía nada que ver con su hambre; los Kiramman habían encontrado una forma de balancear su dieta con pescado, huevo, carne de soya, frutas y vegetales. Era delicioso, no tanto como la carne, pero satisfacía a su estómago. A veces se sentía como un perro domesticado.
Pese a la influencia de Cassandra como concejala, no pudo lograr que aceptaran a Vi en la escuela, por lo que debía ser educada en casa, con tutores privados. A Vi no le gustaba estudiar, pero de alguna forma excedía las expectativas de los profesores sin esfuerzo.
Tobias notó el interés de Vi en el boxeo, por lo que junto con su esposa arregló una habitación en desuso, llenándola con equipamiento de gimnasio para que Violet pudiera entrenar. Tobias se había ofrecido a ser su compañero de pelea, pero al recibir un fuerte golpe que casi lo dejó noqueado, se dio cuenta de que no era rival para la fuerza de un carnívoro.
Fue ahí que entró Jayce. Era un híbrido perro amigo de la familia, diez años mayor que Caitlyn y Violet. Trabajaba como inventor, pero al ser fan del deporte se tomó el tiempo para ir a entrenar con Vi. Se llevaban bastante bien, con Vi apodándolo “niño bonito” tras la insistencia de Jayce en no ser golpeado en la cara. Como Jayce era como un hermano mayor para Caitlyn, la invitaba a observar, de vez en cuando, bromeando sobre si también quería practicar, a lo que ella siempre se negaba. Descubrió que Vi no daba miedo luego de escucharla reír y bromear con Jayce, lo que sirvió para darle el coraje que necesitaba para hablarle directamente.
Con los meses, Vi fue perdiendo la desconfianza. Aprendió a no gruñirles a los sirvientes, a saludar con un gesto de cabeza y a no romper los cubiertos cuando algo la irritaba. Pero lo que más aprendió fue mirar a Caitlyn de otra manera.
Pasaban tiempo juntas, fomentadas por Cassandra y Tobias, para formar una relación. Estudiaban juntas; Caitlyn le daba guías turísticas por la mansión, incluyendo la historia de la familia Kiramman; le enseñaba etiqueta y el vestuario adecuado para cada ocasión; y en tiempos de ocio, leían libros o jugaban juntas. La joven coneja tenía una paciencia infinita y una curiosidad peligrosa. Vi la veía moverse por la casa, ligera, siempre con una mancha de tinta en los dedos, siempre con los ojos brillantes cuando hablaba de sus proyectos.
Pero Caitlyn demostró que era más que una conejita tímida. Prácticamente la amenazó con un rifle si la subestimaba cuando fue a verla en su práctica de tiro, dando en el blanco de la diana sin necesidad de apuntar. Desde entonces, sus verdaderos colores comenzaron a surgir. Era mandona. Exigía seguir las reglas siempre que jugaban. Tenía horarios para todo: levantarse, vestirse, estudiar, hacer tareas o actividades extracurriculares. Incluso para comer. Había momentos aleatorios en donde impartía conocimiento relacionado con el tema de conversación o actividad, comenzando siempre con un “¿sabías que?” seguido del dato curioso. Varias veces corrigiendo a los demás cuando estaban equivocados.
Muchas cualidades que parecían repelentes para los niños de su escuela. Aun así, a Vi le parecía encantadora. A veces, cuando Cait se reía, Vi sentía una punzada en el pecho, una mezcla de ternura y miedo. No sabía si temía lastimarla o que la lastimaran a ella.
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Vi tendría pesadillas sobre el accidente que le arrebató a su familia, despertando a los Kiramman con sus gritos. Cassandra y Caitlyn acudirían a consolarla, con la madre tarareando una canción y la hija sosteniendo a Vi en sus brazos hasta que se quedara dormida. Eventualmente, solo iría Caitlyn acunando la cabeza de Vi contra su pecho, rascando detrás de sus orejas, lo que ocasionaba que Vi inconscientemente agitara su cola, y tarareaba la misma melodía que solía cantar su madre, pero a diferencia de las veces en que su madre se encontraba presente, Caitlyn se quedaba a dormir con Vi en la cama.
—¿Violet? Háblame de los lobos.
Las dos estaban acostadas frente a frente, pero había una distancia entre ellas.
—Comen carne, ¿qué más quieres saber?
—Quiero oír tu experiencia.
Vi suspiró antes de hablar.
—Pues mamá preparaba una sopa de pollo muy buena. Aunque a veces comíamos carne de res.
Caitlyn se acurrucó más cerca. —¿Y no… ¿Comían algún otro tipo de carne en específico?
Vi la miró bien y sonrió ladina. —¿Tienes miedo de que algún día te coma?
—No vas a comerme. —Respondió al instante, con seguridad.
Vi se rió, moviéndose rápidamente, acorralando a la coneja con ambas manos a los costados de su cabeza y sentándose a horcajadas sobre su cintura
—¿Cómo estás tan segura, cupcake?
El corazón de la coneja retumbó en sus oídos; sus instintos gritaban en conflicto: que huyera, que se quedara quieta porque así no le hincara el diente. Sin embargo, Caitlyn se enfocó en una sola cosa.
—¿Cupcake?
Por un segundo la loba parecía extrañada, pero volvió a sonreír con sorna.
—Tu aroma es tan dulce como un cupcake. —Se inclinó hacia su cuello, inhalando profundamente.
—¿Y te gusta mi aroma? —Levantó una mano y la llevó a la nuca de la loba, enredando sus dedos en su cabello.
Vi se detuvo, pensando en la pregunta. Le molestaba lo calmada que lucía la coneja cuando estaba intentando asustarla.
—No me respondiste. ¿Cómo estás tan segura de que no te comeré? —Decidió no responder.
Caitlyn también pareció evaluar la pregunta. Moviendo los dedos con calma, acariciando su pelo.
—Eres una buena persona; no matarías a nadie. Además, si quisieras comerme, ya lo habrías hecho.
—Tal vez solo me estoy tomando mi tiempo, ganándome la confianza de tus padres. —Refutó, mirándola con seriedad.
—Tal vez. —Ella concedió, aunque en sus ojos se podía ver algo de burla, como si no le creyera.
Vi bufó, apartando bruscamente la mano de Caitlyn y volteándose en la cama hasta darle la espalda.
—Buenas noches, cupcake.
No podía verla, pero Caitlyn sonreía.
—Dulces sueños, Violet.
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Cuando Vi dejó de tener pesadillas, Caitlyn no se fue; se había acostumbrado tanto a la calidez de Vi que no podía dormir sin ella. No lo admitiría, pero a Vi le encantaba tenerla con ella y tenía la excusa perfecta para esconder su nariz en su cuello cuando Caitlyn se acurrucaba contra su cuerpo. Al caer las mañanas, se quejaría del despertador que la coneja programaba antes de dormir, pues Vi podría dormir hasta más tarde, ya que no tendría clases sino hasta las 10, pero Caitlyn debía estar en el instituto para las 8 am. En una de esas veces, luego de apagar la alarma y quedarse sentada mirando sus pies por minutos, habló:
—No quiero ir; no tiene sentido.
Vi la escuchó, pero no entendía el contexto. Parpadeó lentamente, buscando su mirada.
—¿Qué cosa?
—No tiene sentido que siga yendo a la escuela; puedo ser educada en casa igual que tú.
—¿Y entonces por qué te mandaron a estudiar a una escuela? —Frunció el ceño, todavía confundida.
—Porque es una escuela para los niños de las familias con poder en Piltover y yo soy una Kiramman. Mis padres esperan que destaque y encuentre algún prospecto, preferiblemente un consejo o liebre, para un matrimonio en un futuro. Cosa que no pasará porque todos me llaman inadaptada a mis espaldas, no gracias a Corina Veraza. —Su molestia hacia su rival académica era conocida por Vi. —Supongo que no soy lo suficientemente bonita como para superar esos rumores.
Su cabeza fue girada para enfrentar la mirada de Vi, quien se había sentado a su lado.
—No digas tonterías que no te quedan. Eres ardiente, cupcake. La chica más hermosa de Piltover, y ellos son unos estúpidos por no notar eso.
Era la primera vez que decía algo con tanta convicción. Trajo calor a sus mejillas.
—¿Me encuentras deseable? —Dijo con voz pequeña.
El rojo en sus mejillas se replicó en las de la loba, antes de apartar la mirada.
—Y-yo… Lo que yo crea no importa, sino lo que tú creas. —Murmuró—. ¿Cómo esperas demostrar tu valía si no crees en lo que eres?
Fue la validación más grande que había recibido la coneja, lo que añadió leña al pequeño fuego interior, latente por la loba, convirtiéndolo en un fogón.
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El tiempo pasó. La heredera Kiramman se rehusaba a dejar la cama de la loba y los sirvientes comenzaron a susurrar; si bien Vi se había comportado de manera ejemplar, no era muy bien visto que una coneja tan cerca de la madurez sexual durmiera con una loba todas las noches. Y tenían razón; Caitlyn pronto cumpliría la edad de madurez de los conejos. Ella solo regresaba a su habitación para estudiar, bañarse y cambiarse de ropa.
Aunque ya quería a Vi como a una hija, Cassandra no podía dejar que la reputación de la familia se dañara. Ya podía escuchar lo que dirían: ¿Acoger a un carnívoro y que este se aproveche de su confianza para pervertir a su hija? Violet ya recibía miradas juzgadoras en las calles y galas a las que acudían; no necesitaba más carga en su plato. Además, un conejo y un lobo, herbívoro y carnívoro, no podían mezclarse; era imposible.
Para poner fin a la situación y que los susurros no se escaparan de la mansión, Cassandra optó por mandar lejos a la loba. Aún no había cumplido la mayoría de edad, pero esperaba que la comandante Grayson tuviera en cuenta el potencial de Vi.
—Vi, querida —dijo, con una mezcla de tristeza y autoridad—. Debes ingresar a la academia de guardianes.
Vi la miró, incrédula.
—¿Me estás echando?
—Te estoy protegiendo.
La despedida fue silenciosa. Vi partió con un uniforme nuevo y el corazón hecho pedazos. El carro que la llevó a la academia de guardianes se desplazaba por las calles de Piltover, pero sus ojos no veían más que la silueta de la mansión Kiramman desvaneciéndose entre la niebla. Vi se sentó rígida en su asiento, la cola enrollada bajo ella, los músculos tensos. La enseñanza de los Kiramman la había convertido en alguien más que una loba salvaje de Zaun, pero ese refinamiento le resultaba vacío sin la compañía de Caitlyn. La separación no era solo física: era un peso que presionaba sus costillas, un recordatorio constante de que existían dos mundos distintos pese a la mierda que Piltover representaba.
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La Academia no era fácil. Los pasillos resonaban con pasos de híbridos bien entrenados y jóvenes de familias influyentes. Algunos la miraban con curiosidad, otros con desdén. Vi, con sus orejas rojizas y su cola que apenas lograba esconder bajo el uniforme, entendió de inmediato que su origen en Zaun no era un secreto que se perdonara. Las lecciones no eran solo de combate o estrategia; cada día era un examen de paciencia, autocontrol y diplomacia.
En las primeras semanas, fue objeto de susurros y comentarios mordaces. Un híbrido de alto rango llamado Marcus le lanzó una sonrisa cargada de desprecio:
—Dicen que los lobos de Zaun no saben comportarse en sociedad. ¿Eso incluye tus modales o también tu olor?
Vi apretó los puños bajo la mesa, pero no dijo nada. La regla era clara: la violencia inmediata podía costarle la expulsión. Sin embargo, dentro de ella, un fuego lento crecía, recordándole que no permitiría que nadie mancillara el recuerdo de Caitlyn o de su familia adoptiva.
Caitlyn, por su lado, no se tomó bien su partida: había protestado, pisoteado, gritado, hecho toda una rabieta muy impropia de ella. Se calmó luego de ser atrapada por tercera vez, queriendo escapar a mitad de la noche. Solo quería ver a Vi. Sentía que era la única que podía subir su humor; a pesar de que a Vi le gustaba el esfuerzo físico y dar golpes, no le gustaban los policías. Recibía cartas todas las semanas donde contaba lo estresada que estaba, rodeada de otros herbívoros y carnívoros menores que aprovechaban su rango mayor para molestarla, sin que esta pudiera hacer nada.
Los meses se convirtieron en un ciclo de cartas, pocas pero cargadas de significado. Vi, por seguridad, no podía enviar demasiadas palabras sobre la Academia; Caitlyn, por su parte, escribía con cuidado, describiendo cada descubrimiento en sus estudios, cada pequeño éxito y cada error que la hacía sentir humana. Se convertiría en una gran detective cuando se graduara.
Cada carta era leída y releída por ambas; las orejas y las colas se movían inconscientemente mientras repasaban las frases. La tensión crecía con cada línea que no podían compartir en persona. Caitlyn aprendió a no llorar frente a sus padres y Vi a no desgarrarse con la frustración de estar separada. Sin embargo, por la noche, cuando la soledad era más intensa, ambas recordaban los momentos robados: la caricia de la mano, la risa compartida, el simple calor de estar juntas.
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Vi se había ido a comienzos de diciembre, antes de empezar la temporada invernal. Su cumpleaños había pasado y, días después de Año Nuevo, también el de Caitlyn. Su celo no tardó en llegar después de eso.
Bueno, no podría llamarse exactamente celo al estado predeterminado de un conejo adulto. Buscan tener sexo con fines reproductivos, como cualquier otra criatura en celo, pero a diferencia de un celo, que dura días, estos se encuentran así todo el tiempo, solo limitados por estar en un pico alto o no. Tienen la libido extremadamente alta. Tanto que hasta son codiciados como objetos sexuales. Los que no son así son porque se ha realizado un tratamiento quirúrgico, lo cual disminuye la libido considerablemente.
Pero un conejo que recién ha alcanzado la madurez estará en un pico alto por lo menos una semana, hasta que su cuerpo se acostumbre al cambio y pueda normalizarse hasta convertirse en su día a día.
Durante esa semana, Caitlyn se sintió ansiosa, como si no pudiera quedarse quieta, por lo que debía buscar cosas que hacer con sus manos. Encontró que practicar con su rifle ayudaba; era fácil de irritar, como si la paciencia que poseía se le acabara en ese período; y tenía necesidades, que catalogó como “pensamientos intrusivos”, de querer arrimarse a otros híbridos y que estos le prestaran atención. Disparar la llevaba a un estado mental de más claridad, dejando la mente en blanco por horas hasta que su dedo de gatillo se entumeciera. En cuanto a lo físico: su aroma cambió, ahora mucho más dulce y atrayente, y su zona íntima estaba adolorida e hinchada, humedecida con la lubricación que fluía de ella. Le presentaron los dilatadores, muy comunes entre híbridos de conejo, que ayudarían a detener el flujo saliente, evitando así que su aroma se extendiera y atrajera a machos de forma peligrosa, y también aliviarían el dolor de necesitar que algo la llene.
A pesar de que aprendió a ignorarlo con el uso de dilatadores, eso no la detuvo cuando una tarde un pensamiento intrusivo la llevó a la habitación de Vi en busca de confort. Se acostó en la cama, rodando hasta cubrirse con la manta e inhalando, adorando el familiar aroma de la loba. Pensó solo en echarse una siesta, pero cuando se dio cuenta ya se había quitado los pantalones y estaba frotándose sobre la almohada de Vi, gimiendo y susurrando su nombre, todavía con la cara enterrada en la manta.
Era una degenerada por desear a un carnívoro, pero se sentía tan bien que no le importó.
Su madre la encontró así. El regaño que recibió podía escucharse hasta el otro lado de la mansión. Mandó que lavaran a fondo todas las sábanas y las fundas de la cama, pues se había llegado a correr dos veces y las había arruinado por completo, y para desgracia de Caitlyn, el aroma de Vi se esfumó. Su salvación fue llevarse una prenda de la loba a escondidas a su cuarto. Pero después de esa experiencia, su madre comenzó a enviarla a citas.
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En la Academia, Vi se convirtió en una de las alumnas más destacadas. No porque buscara la aprobación de los demás, sino porque su supervivencia dependía de demostrar que podía ser tanto feroz como civilizada. Los ejercicios de combate se convirtieron en una danza calculada: cada golpe, cada bloqueo, cada movimiento de garras y colmillos estaba medido, refinado, casi artístico. Sin embargo, su mente siempre regresaba a Caitlyn.
Una noche, tras un entrenamiento particularmente duro, Vi se sentó junto a la ventana del dormitorio y sacó una carta doblada: la última que había recibido. La deslizó lentamente entre sus dedos, olfateando el aroma de la coneja, un perfume sutil mezclado con su propio recuerdo.
Un gruñido se posó en su garganta al sentir su más reciente adición endurecerse en sus pantalones. Desde que se presentó como un lobo alfa, un pene se había formado en donde antes estaba su clítoris. El saber que eso se debía a que su futura pareja sería una hembra la llenó de pensamientos sobre Caitlyn. Eran pensamientos tanto de deseo como de culpa. Culpa por estar haciendo exactamente lo que todos pensaban de ella y que su deseo corrompería a la heredera Kiramman.
Un lobo que terminaría devorando a una coneja.
Hundió la nariz en la carta. Se bajó la bragueta del pantalón, pescando su miembro y apretándolo fuerte, su culpa alimentando la frustración que ha estado acumulando durante el tiempo. Un nudo de melancolía y deseo se formó en su pecho. No podía estar con Caitlyn. No podía tocarla, no podía abrazarla, y aun así, cada fibra de su cuerpo la reclamaba. El aroma de la coneja, junto con su mano moviéndose con velocidad, la llevó a correrse rápidamente.
—Mierda… —susurró para sí misma, con un rastro de risa amarga. Era la peor escoria del mundo.
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El tiempo pasó y, finalmente, la oportunidad de regresar surgió. La Academia debía enviar a ciertos alumnos a Piltover para prácticas de campo y entrenamientos conjuntos con la guardia local. Vi no necesitaba que nadie le dijera que quería regresar; su corazón ya había tomado la decisión antes de que los papeles siquiera estuvieran listos. O eso es lo que pensaba decirle a Caitlyn. Ciertamente, Cassandra ya se había enterado de la verdadera razón por la que Vi estaría regresando a casa. Ya se esperaba una reprimenda cuando llegara a la mansión. Pero primero, prioridades.
Le pidió al cochero que la estaba llevando a casa que primero parara en el Instituto de Piltover. Caitlyn le había contado sus horarios por carta; la jornada educativa estaba a punto de terminar. Salió del carro sosteniendo un ramo de flores: violetas, las favoritas de Caitlyn. Miró su reloj y esperó pacientemente; llegó justo a tiempo. Los estudiantes comenzaron a salir; pasaron junto a ella, dando miradas de reojo, algunos de ellos susurrando y echando risitas. Vi pensó que probablemente la mayoría de ellos sabía quién era y por qué estaba ahí con uniforme militar sosteniendo flores. Trató de restarle importancia; es lo que Cassandra haría. Muchos más salieron en horda, su corazón latiendo con ansiedad mientras buscaba a Cait entre la multitud de estudiantes. Cuando la vio, fue como si el tiempo se hubiera detenido. La coneja estaba caminando con otro híbrido, con sus orejas erguidas y su cabello brillante al sol.
Cuando sus ojos se encontraron, su respiración se cortó, sus pies se sintieron pesados y su boca se resecó. Caitlyn no perdió el tiempo y corrió hacia ella; al alcanzarla, se lanzó a sus brazos y Vi la levantó del suelo con fuerza y ternura al mismo tiempo. La multitud a su alrededor desapareció; solo existían ellas dos, respirando juntas, con el corazón acelerado y el olor que tanto había extrañado. Su cola se estaba sacudiendo mucho, reflejo de su alegría y emoción.
—Te he extrañado tanto —susurró Caitlyn, la voz temblando entre lágrimas contenidas.
—Yo… yo también, cupcake —replicó Vi, abrazándola más fuerte, como si pudiera recuperar todos los meses perdidos en ese instante.
La coneja notó las flores cuando se separaron y la loba no dudó en entregárselas. No hubo pregunta ni aclaración; era obvio que eran para ella. Caitlyn las olfateó, mirándola a través de sus pestañas con una suave sonrisa de complicidad. La intención se dio a entender: Vi pretendía cortejarla abiertamente.
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—¡Te has vuelto más alta! —Exclamó Tobias mientras abrazaba a Vi.
La loba había logrado superar en altura a todos los Kiramman por al menos una cabeza.
Cassandra observó con una sonrisa mientras el resto de su familia reía, escuchando y comentando las hazañas de Vi en el cuartel de la academia bajo la Comandante Grayson. —¿Podríamos hablar, Violet? En privado.
La matriarca no esperó a ver que la siguiera y fue caminando; no vio el intercambio de miradas de confusión de su esposo e hija, ni cómo su protegida se había tensado.
Una vez que ambas estaban en su oficina, con una taza de té en la mano, fue directa al grano.
—No puedes desear a Caitlyn.
Vi por poco escupe su té cuando escuchó sus palabras.
—Y-yo… Yo no…
—Sé cómo te mira, lo que planeaba cada noche que permitías que se metiera en tu cama. No puedes desearla de la misma forma.
Violet no sabía cómo responder, así que solo se quedó mirando su taza, con las mejillas coloradas. Cassandra se levantó, rodeando la mesa y deteniéndose frente a ella. Esperó a que Vi alzara la mirada antes de acariciar su cabeza.
—La gente te mira con cautela, o cruza al otro lado cuando te ve en la calle. Esto lo empeoraría —explicó suavemente—. Tu actuar en la academia te delató. La suspensión es lo mejor que pude lograr para evitar que te expulsen.
Así que lo sabía. Violet se había peleado con un híbrido ciervo cuando este descubrió las cartas de Caitlyn y se había burlado de ella. Y lo peor de todo es que la concejala Kiramman tuvo que intervenir para que no la echaran. Así de malos eran los prejuicios hacia los depredadores
—Solo estaba defendiendo su honor y el de la familia. —Replicó en voz baja.
—Lo sé y me enorgullece. Pero también eres mi hija y no quiero verte destrozada. Ustedes dos todavía son jóvenes; además, la sociedad aún no se ha adecuado a ti. Dale algunos años, explora un poco; me aseguraré de que Caitlyn haga lo mismo. Cuando te hayas establecido mejor y si todavía sientes ese amor por ella, entonces tendrás mi bendición.
La loba había comenzado a soltar lágrimas.
—Ahora que cumplimos la mayoría de edad, yo… Yo quería cortejarla como es debido… Llevarla a citas, obsequiarle flores y entregarle el mundo.
Cassandra solo se limitó a acariciar sus orejas. Cuando parecía que iba a quedar en silencio, habló:
—Tobias y yo iremos a una cena. No hagas nada de lo que puedas arrepentirte —dijo con firmeza.
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Más tarde esa noche, Vi se hallaba en su habitación recostada en la cama, con los brazos detrás de la cabeza. Las palabras de la matriarca le hicieron un hueco en el corazón. Espera, básicamente. Sería fácil si aún estuviera en el cuartel. Se suponía que su suspensión duraba una semana, ¿cómo iba a sobrevivir esos días, sin poder expresar lo que sentía, con la coneja al alcance de sus manos? Era una tentación andante. Y hablando de tentaciones:
Un golpe en su puerta la devolvió a la realidad. Cuando la abrió, Caitlyn estaba ahí parada. Llevaba un camisón y una bata de noche violetas puestos. Sus orejas estaban reclinadas en un intenso por lucir mansa, y le lanzó una mirada de falsa timidez; sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—Madre y padre no están.
—Cierto.
—Dijeron que llegarían pasado la medianoche. —Mencionó.
—Lo sé.
—Duerme conmigo esta noche —pidió la coneja, su voz llena de emoción.
—Cait…
—Por favor, te extrañé mucho.
Vi soltó la respiración que había estado conteniendo en un audible suspiro. No podía decirle que no, especialmente cuando la miraba así. De un momento a otro estaban acostadas en la cama de su habitación, rodeadas de pósters de bandas de rock. La tensión entre ellas era palpable. Vi mantuvo su distancia, quedándose como piedra en su lado de la cama. Caitlyn no tenía esas reservas. Se acercó a ella con intención.
—Te he extrañado tanto… —susurró, su aliento cálido contra la piel de Vi.
La loba cerró los ojos, sintiendo el calor del cuerpo de la coneja cerca del suyo. Caitlyn la besó suavemente en el cuello, enviando escalofríos por la espalda de Vi. Estaba en celo y Vi podía sentir la tensión en el aire. De repente, Caitlyn se reincorporó, llevando una mano a su entrepierna bajo el camisón, rebuscando en poco. Vi abrió grande los ojos cuando vio el objeto que ahora sostenía entre sus dedos: Caitlyn se quitó el dilatador y Vi pudo oler el aroma embriagador que emanaba de ella y sintió un escalofrío recorrerla, su cuerpo reaccionando instintivamente. Cait se acercó de nuevo a Vi, sus ojos brillando con lujuria.
—Ahora que estás aquí, finalmente todo será como debe ser… Te amo. Te he deseado desde siempre. Y sé que tú también sientes lo mismo, ¿no? —Su voz se había transformado en un gemido quejoso. —Hazme el amor esta noche.
Vi se sintió abrumada por la intensidad. Intentó escapar, pero Cait la besó con pasión, sus labios devorando los de Vi. No pudo evitar suspirar, disculpándose mentalmente con Cassandra. Era débil. Vi se dejó llevar por el beso, sintiendo una pasión que no podía controlar. Su corazón se aceleró. Sus sentidos se agudizaron.
El aroma de Caitlyn la afectó más de lo que esperaba. En un momento, una sensación familiar la bañó, su cuerpo tensándose antes de sacudirse por el cosquilleo que la recorrió. El movimiento repentino asustó a la coneja, quien se apartó para ver qué pasaba. Vi se contrajo contra el colchón, cerrando los ojos con fuerza y jadeando.
—¿Violet?
La loba, todavía respirando pesadamente, abrió los ojos. Viendo la mirada de preocupación en su amada, le dio a entender que no se había dado cuenta de lo que había ocurrido. Con las mejillas rojas, como pudo, la empujó para ponerse de pie y fue rengueando rápidamente hasta el baño, en donde se encerró bajo la atónita mirada de Caitlyn.
Allí, en la seguridad del baño, Vi se apoyó contra la puerta, jadeando. No podía creer lo que había pasado. Su cuerpo todavía temblaba con el eco del orgasmo; miró hacia abajo, viendo la evidente humedad manchando sus bóxers. Reclinó la cabeza, golpeándola contra la puerta una y otra vez. Si así se puso por un beso, no quería pensar en lo que hubiera ocurrido si iban más lejos. Carajo, ni siquiera estuvo completamente dura cuando se corrió. Esperó unos segundos, relajando su mente para que su erección bajara y luego se limpió y se cambió los bóxers arruinados por unos nuevos que siempre dejaba ahí en caso de emergencia.
Mientras tanto, Cait se quedó en la habitación, confundida y un poco herida. ¿Por qué Vi había huido de repente? ¿No sentía lo mismo que ella? Cait se sentó en la cama, mirando la puerta del baño con ansiedad. Esperaba que Vi saliera pronto y pudieran hablar sobre lo que había pasado.
Después de unos minutos, Vi salió del baño con el rostro todavía sonrojado. Cait se levantó de la cama y se acercó a ella, mirándola con intensidad. —¿Estás bien? —preguntó, su voz suave.
Vi asintió, todavía tratando de procesar sus emociones. —Sí, estoy bien —dijo, intentando sonar calmada. Pero Cait no parecía convencida.
—Vi, ¿qué pasa? —preguntó, su voz llena de preocupación. —¿No sientes lo mismo que yo?
Vi se detuvo, pensando muy bien en lo que iba a decir.
—No es el momento, Cait.
Caitlyn frunció el ceño. —¿A qué te refieres con eso?
—No podemos estar juntas, no ahora. No puedes conformarte conmigo cuando no has probado estar con alguien más.
El rostro de Caitlyn era inexpresivo, antes de volverse en uno de fastidio. —¿Qué crees que estuve haciendo todo este tiempo? Desde el momento en que te fuiste, mi madre dejó en claro que su hija está en el mercado, organizando todo tipo de salidas con hijos de familias adineradas. Lo he soportado con calma, esperando pacientemente a que regreses. —Confesó. —No trates de hablarme como si fuera una niña que no sabe lo que quiere.
La loba bajó la cabeza, apenada.
—No lo hago, solo estoy tratando de cumplir con lo que me pidió tu madre. Para que ambas podamos establecernos, sin que nadie nos juzgue por ello.
La heredera hundió su rostro en su pecho y Vi la rodeó inmediatamente con sus brazos. Se recostó hacia atrás en la cama.
—No me importa lo que digan. Solo te quiero a ti.
Vi asintió, sintiendo un sentimiento de pertenencia que no había sentido en mucho tiempo. Se acostó junto a Cait, sintiendo el calor de su cuerpo y la suavidad de su piel.
Mientras se dormían, Vi se dio cuenta de que no sabía qué iba a pasar entre ellas, pero sabía que quería estar con Cait.
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El lujo de Piltover siempre le había parecido demasiado pulido, como una superficie barnizada que ocultaba grietas. Aquella noche, la mansión Kiramman brillaba con más orgullo que nunca: velas alineadas, orquestas en el salón principal, invitados que se desplazaban con la facilidad de quien nunca ha tenido que luchar por cada trozo de pan. Era solo otra ocasión para presumir de sus riquezas y fanfarronear.
Vi se apoyó contra una columna en la periferia del salón, observando con el ceño fruncido mientras la multitud prodigaba sonrisas medidas y carcajadas preparadas. No era su mundo. Había venido solo por Caitlyn, por la seguridad que la acompañaba cada vez que sonreía tímidamente entre conversaciones de estado y políticas de progreso. Ella hubiera preferido quedarse en su habitación o en el gimnasio entrenando, pero la coneja había insistido, y estos días ha sido muy difícil decirle que no.
La velada era una exhibición de apariencias: sonrisas para la prensa, acuerdos a media voz, elogios por las nuevas fundiciones mecánicas que “unirían” a ambas ciudades. Vi lo veía distinto. Cada aplauso era un recordatorio de la distancia entre las promesas y la realidad. Los carnívoros de alto linaje que hoy conversaban sin disimulo habían sostenido políticas que condenaban a otros a las calles, a la miseria o al mercado negro. Ella lo sabía: había celebrado peleas, había sentido el vacío de una victoria que terminaba en una mesa de despojos. Y ahora, con Caitlyn a su lado entre risas atornilladas, ese vacío se volvió un hielo en la garganta.
Todo hubiera pasado desapercibido si no fuera por la voz, esa risa aguda de niño rico tan molesta. El hombre era joven, de una familia con más nombre que decencia; un híbrido ciervo de pelaje cuidado, de sonrisa socarrona, sosteniendo una copa que había sido pulida para reflejar su propio orgullo.
Caitlyn le había rechazado un baile a favor de ir a acompañar a Vi, lo cual, para él, fue como si le diera el derecho a decir lo siguiente:
—Claro, la pequeña detective sabe lo que quiere. Debe tener tanta valentía como estupidez para pasar su tiempo con una depredadora tan peligrosa —dijo en voz alta, para que el grupo cercano lo oyera—. Aunque debo admitir que se ha comportado decentemente esta noche. —Levantó la copa hacia Vi. —Qué afortunada debe sentirse, ¿no, señorita? Tener a una coneja tan… entregada. Un bonito depósito de semen a disposición.
El silencio no fue inmediato; la frase cayó de forma desagradable y luego se dispersó en cuchicheos. Vi no pensó. El mundo se redujo a dos latidos: el suyo y el de Caitlyn. El insulto no era solo para ella; era para la Casa Kiramman. En una fracción de segundo, Vi aplicó la fuerza guardada durante años de entrenamiento: un empujón, una serie de golpes que no buscaban dejarlo incapaz, sino claro y humillado. La gente retrocedió; las manos se elevaron buscando intervenir.
Cassandra se adelantó, la mirada fría y medida que ocultaba años de decisiones sociales. En público, mostraba la compostura de una matriarca; en privado, la tormenta. Tobias estaba pálido. Los guardias, atónitos por la rapidez, agarraron a Vi con correas y manos firmes. Ella no ofreció resistencia: sabía que en esos salones la justicia tenía un ritmo diferente, dictado por billetes y reputaciones. Cuando la llevaron a un cuarto aparte, donde las luces eran menos caritativas, apenas tuvo tiempo de mirar a Caitlyn, quien estaba temblando, la cara descompuesta por una vergüenza que no le pertenecía.
—Has sido imprudente —murmuró Cassandra, sin levantar la voz—. ¿Quieres que nos demanden? ¿Quieres que nos arrastren en tribunales por un arrebato?
Vi no respondió. No porque no tuviera palabras, sino porque cada una le parecía una traición si la decía en ese tono. Había defendido a Caitlyn por el peso de la palabra, por la manera en que esa frase había dejado a su amiga transparente ante la mirada ajena. Había peleado porque no soportaba que la marcaran así, como si el amor fuera una enfermedad que pudiera comercializarse o humillarse.
La sanción fue necesaria, o al menos eso dijeron. Una multa, una promesa pública de reparación—todo ello aderezado con el rumor venenoso de que la casa Kiramman era demasiado innovadora al permitir ciertos “alocados” comportamientos entre híbridos. La sociedad exigía ejemplaridad y a veces la ejemplaridad se pagaba con el propio.
Vi salió de la mansión sin mirar atrás. No llevaba equipaje, solo la rabia en los puños y la certeza fría de que Piltover, con sus salones perfumados y sus sonrisas en serie, no estaba hecha para ella. En el borde de la ciudad, donde las luces se quiebran en mercadillos y chimeneas, el aire olía a aceite y a furia contenida. Zaun la recibió con su rugido habitual: voces, cables, un fondo metálico que presionaba como una garganta.
En Zaun no había misericordia para las vergüenzas de Piltover; allí la humillación se trocaba en espectáculo y la sangre, en moneda. Vi conocía ese circuito: agujeros de lucha que se abrían en sótanos y patios; apuestas murmuradas; hombres y mujeres que miraban sin pestañear. Pero ya no pertenecía a ese mundo, para ellos solo era la mascota doméstica de Piltover. Si quería quedarse, debía demostrar que seguía siendo un carnívoro, una loba a la que no le quitaron sus garras ni colmillos. No fue difícil encontrar un lugar ni reconocer la cara del organizador que, con una media sonrisa, le dijo lo que todas las ofertas escondían: si quería pertenecer, debía probar que valía en la manera más absoluta en que ellos entendían la palabra valor.
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Caitlyn caminó por el salón como quien flota, los pies haciendo silencio sobre las alfombras tejidas. Las conversaciones seguían, envueltas en vocabulario elegante, pero el idioma le sonaba lejano. Vi se había convertido en la mancha en su visión nocturna: un recuerdo que no se iba con nada, que se pegaba al sabor de la comida y al roce del mantel. Cuando aquel hombre habló, la sangre se le filtró a las mejillas con el calor de la humillación. No era la primera vez que la degradaban por estar cerca de Vi; los cuchicheos se habían convertido en presencia constante desde el primer día que la loba había llegado a la mansión. Pero oírlo en ese tono, con palabras que repetían un estigma, la dejó helada.
No pudo verlo pelear. Solo supo, por la reacción de su madre y la presión en su propio pecho, que algo había pasado. Lo supo por la ausencia repentina: un silencio en el jardín, un vacío de sombra donde antes Vi había estado. Se sentó en una pequeña escalera, las orejas pegadas a la sien, sintiendo el tamborileo de su corazón como si fuera una maquinaria que no supiera detenerse. El llanto no tardó en llegar.
Acababa de recuperarla solo para volver a perderla.
Cassandra intentó consolarla con una voz templada, con manos que sabían cuándo ser suaves y cuándo imponer límites. Caitlyn se dejó sostener, pero las palabras no alcanzaron. En el fondo, comprendió algo que no le gustó: Piltover permitiría muchas cosas, siempre y cuando encajaran en sus vitrinas. Su Violet no cabía allí sin romper cristales.
Las noches siguientes fueron un ejercicio de supervivencia emocional. Caityn se sentía vigilada por miradas que antes solo eran curiosas; ahora eran cuchillas. El arrebato de Vi, aunque justificado, había hecho más daño que bien, dejando en claro a muchos que definitivamente los sentimientos se habían comprometido.
Los días se hicieron semanas y las semanas un colchón de intervenciones y lecciones. Caitlyn intentó responder como se esperaba: asistir a encuentros, practicar su etiqueta, dejar que su madre decidiera sobre su futuro. En la superficie, cumplía. Por dentro, su mundo eran las pertenencias que Vi había dejado atrás, esperando que algún día volviera. Con el tiempo, sin embargo, las noticias llegaron a su forma más perniciosa: Vi no volvería a la mansión. Lo sabía por la manera en que los criados hablaban a medias, por la nota formal que su madre recibió—una demanda por daños y una advertencia de que mantener a Vi resultaba dañino para su reputación. Cassandra hizo lo que pudo por protegerlas, pero la maquinaria social tiene palancas que ni siquiera la voluntad de una matriarca siempre rompe.
Caitlyn perdió su brillo; su osadía y ganas de perseguir sus sueños se habían esfumado, así como sus ganas de seguir estudiando. Lejano quedó el deseo de volverse una detective, aplastado por las expectativas de su madre de levantar su reputación y seguir con su legado.
Los años que siguieron la vieron intentar aprender a olvidar. Salió con machos elegantes y frívolos; aprendió a reír en los banquetes; pretendió creer en cada discurso que decía que el progreso venía de la convivencia y la tolerancia. Aun así, no permitía que ninguno de esos bastardos presuntuosos la penetrara, por lo que tras puertas cerradas se acostaba con hembras para saciar su celo. Pero en la intimidad, cuando estaba sola y los sonidos de la mansión se diluían, su pecho seguía reclamando la forma en que Vi colocaba la cabeza en su regazo. Un amor que no pedía permiso, que no encajaba en las justificaciones públicas. Y cuanto más intentaba olvidarla, más clara se sentía la falta: no era solo la ausencia de la loba, sino de la verdad que Vi le había mostrado: que podía ser más grande, más salvaje y, sin embargo, a la vez, más completa.
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Piltover seguía su marcha: debates, inauguraciones, declaraciones públicas sobre la virtud de la convivencia. Caitlyn cumplía con lo que se esperaba de ella en la superficie, porque en ese mundo la estabilidad tenía su propio valor. Pero el rumor, esa cosa que nace en la esquina de una conversación y se ramifica como raíz, alcanzó oídos que luego se volcaron a los suyos. Fue Jayce quien, sin intención maliciosa, dejó caer la brasa: en una reunión de consejo, en voz baja, mencionó un envío de suministros y la supuesta presencia de “una exalumna” en la casa de campo de los Kiramman. No dijo nombres; no tuvo que hacerlo. En Piltover, un nombre no pronunciado tiene la misma certeza que uno dicho en altavoz.
Cuando Caitlyn escuchó, no pensó en el escándalo; pensó en Vi. No en la noticia, sino en la imagen perfecta de las noches en que la había calmado tras las pesadillas, en la forma en que las manos de la loba se relajaban cuando le cantaba cualquier melodía. La comprensión la atravesó con una electricidad amarga: Cassandra lo sabía. Su madre había guardado ese secreto.
Caitlyn la encontró en la pequeña sala de lectura, el candil dibujando halos sobre la página abierta. La conversación que siguió no fue estruendosa; fue más bien una sucesión de preguntas que estaban ardiendo desde hacía años. Cassandra trazó palabras medidas: la protección, la reputación amenazada, las maniobras sociales que a veces obligan a tomar decisiones rotas. Caitlyn no quería excusas: quería honestidad.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, con la voz que se negó a quiebres tardíos.
Cassandra miró a su hija como si contemplara una versión de sí misma que había decidido otra suerte.
—Pensé que te preservaría —dijo—. Pensé… que al esconderlo, te ahorraría miradas, juicios. Quise darte tiempo.
La respuesta apenas rozó la tensión. Para Caitlyn, el silencio había sido una omisión que dolía tanto como una traición. Había creído que compartirlo las haría más fuertes; Cassandra había pensado lo contrario. La discusión no tuvo vencedores. Lo que sí tuvo fue una verdad que no podía enterrarse más: Caitlyn no estaba dispuesta a moldear su vida según un legado que le exigiera renunciar a aquello que la hacía completa.
—Si vas a dejar todo atrás —dijo Cassandra, sin la condena habitual, más bien con un cansancio sorprendido—, que sea porque serás feliz de verdad, no porque busques escándalo.
Esas palabras no eran una bendición pública, pero eran una gracia privada que Caitlyn necesitaba.
Fue una decisión que no se tomó a la ligera. Renunciar a lo que Piltover esperaba de ella significaba renunciar a la seguridad, a los privilegios, a un camino trazado por generaciones. Pero la sola idea de no intentar volver con Vi, de no ofrecer su lugar ante la herida abierta que la otra había hecho para protegerlas, le pareció una bofetada a la verdad que ambas compartían. Avisó a pocos, empacó lento y se fue con la firmeza de quien sabe que no pide permiso para vivir su propia vida.
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La cabaña no era un palacio, pero era un territorio propio. La madera vieja crujía y un fuego en la chimenea hablaban de noches de guardia y de manos que aprendieron a reparar. Vi había llegado a ella con la intención de rehacerse, no de esconderse. La cabaña, con su pequeño huerto y la estación de pesca en el arroyo cercano, le ofrecía la posibilidad de reconstruir su rutina, de poner orden en algo que no se rompiera cada vez que alguien decía una palabra cruel.
Los años le enseñaron otras cosas. El límite de su paciencia se endureció en ciertos límites y se ablandó en otros. Aprendió a plantar, cultivando sus propios vegetales en su huerta; aprendió a pescar con manos firmes y a cocinar sin perder la fuerza en los dedos. Para alguien que había vivido entre tubos y sangre, ese tipo de rutina era una medicina silenciosa. Sin embargo, cuando la luna se alzaba y el viento traía el eco de la ciudad, su pensamiento volvía a Caitlyn, no con rabia, sino con una nostalgia tan profunda que a veces la hacía llorar en la oscuridad.
Recibía de vez en cuando fragmentos de noticias de Piltover: escándalos menores, decisiones de consejo, un discurso aquí o allá sobre inclusión que suena vacío entre las paredes de la casa. Vi no esperaba nada. No buscó a Caitlyn. No lo había hecho en años. Había aprendido que a veces las personas necesitaban aceptar sus propias heridas y volver a ellas cuando estaban listas. Pero también notó una alteración en su rutina: una carta dejada por alguien de confianza que hablaba de nombres, de intenciones. Un silencio tenso y la marea de la posibilidad.
A veces, sentada en la terraza con las manos en el delantal y el cabello recogido, sentía que la casa olía distinto: a lejía, a madera nueva, a promesa. Era una sensación física, no una certeza. Sabía que la esperanza podía ser una trampa peligrosa. Había aprendido a protegerse no solo de los golpes, sino del propio anhelo. Sin embargo, aquella noche se quedó despierta hasta tarde. Pensó en Caitlyn: en cómo esa coneja había sido un faro que le enseñó a bajar la guardia. Sentir ese calor ahora le dolía, pero no como una herida abierta; más bien como una semilla bajo la tierra que empieza a germinar, prometiendo algo verde.
Fue así como una tarde mientras cortaba leña que escuchó el sonido de un carro. No pensó mucho en ello; de vez en cuando Cassandra le mandaba provisiones, pero sí le extrañó que hubiera venido tan rápido, después de todo, la última vez fue hace dos semanas. Escuchó la puerta del carro abrirse y segundos después cerrarse y luego, el sonido de las ruedas moviéndose por el sendero. Eso levantó más sospechas; usualmente el chico que le llevaba las provisiones iba a buscarla por la propiedad para que ella en persona lo recibiera. Si Vi no se encontraba por la cabaña, simplemente dejaba las cosas en el porche y se iba. Su curiosidad la llevó a investigar.
Grata fue su sorpresa al ver que se trataba de la heredera Kiramman en persona. No estaba ebria, por lo que estaba segura de que no era otra de sus alucinaciones. Caitlyn estaba ahí, en carne y hueso, admirando el exterior de la cabaña con una maleta en mano.
—¿Cait?
