Actions

Work Header

The Day He Flew

Summary:

Isack caminaba por el paddock con el pulso vivo, una electricidad contenida bajo la piel. La clasificación había sido… irreal. Cuarto. Cada vez que lo pensaba, una risa breve, incrédula, le subía al pecho. No era solo la posición: era lo que significaba. Estar ahí arriba. Mirar la parrilla desde un lugar que hasta hacía poco parecía reservado para otros.

 

O la serie donde la manada navega por los desafíos que supone que todos sean cachorros.

 

English version available on my profile.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

El final de agosto llegó a Zandvoort envuelto en viento salado y un cielo cambiante, de esos que parecían no decidirse nunca entre el gris y el azul. El circuito, encajado entre dunas y mar, respiraba una energía especial, casi antigua, como si cada curva estuviera cargada de recuerdos ajenos y promesas nuevas. El 29 de agosto empezó con ese murmullo constante de expectativas que solo se siente cuando algo importante está a punto de pasar.

Isack caminaba por el paddock con el pulso vivo, una electricidad contenida bajo la piel. La clasificación había sido… irreal. Cuarto. Cada vez que lo pensaba, una risa breve, incrédula, le subía al pecho. No era solo la posición: era lo que significaba. Estar ahí arriba. Mirar la parrilla desde un lugar que hasta hacía poco parecía reservado para otros.

 

—Cuarto —repitió en voz baja, como si decirlo lo anclara a la realidad—. Putain.

 

Gabriel lo escuchó desde su posición a su lado y sonrió, acercándose para apoyar la frente contra su hombro, ese gesto íntimo que usaba cuando quería transmitir calma y orgullo a la vez.

 

—Eu te disse —murmuró—. Te lo mereces.  Mantén la cabeza fría mañana, tá?

 

Isack giró la cara apenas, rozando su nariz con la de él.

 

—Voy a intentar no liarla —bromeó—. Pero estoy… muy feliz. No quiero ni dormir, por si se rompe.

 

No todo era perfecto: Ollie saldría desde el pitlane tras exceder la cuota de unidades de potencia. Lo asumía con una mezcla de resignación y ese optimismo suyo que parecía indestructible. Kimi, por su parte, estaba concentrado, demasiado. Nadie lo dijo en voz alta, pero se notaba esa tensión callada que se le instalaba cuando sentía que había algo que demostrar.

 

Al día siguiente la carrera se lanzó como un animal salvaje. Zandvoort vibró. El ruido, el viento, la arena fina colándose en todo. Isack tuvo una salida limpia, firme, y desde el primer giro supo que ese día tenía algo distinto. Defendió, atacó cuando tocaba, escuchó la radio con atención quirúrgica. Cada vuelta era una negociación con el miedo y la ambición.

Ver a Lando Norris desfallecer al final de la carrera fue algo extraño para Isack. No debería alegrarse —no era propio de él, no era lo que uno debía sentir si no estaba seguro de que el piloto que se retiraba estaba bien—, pero una parte pequeña, escondida y todavía herida por todo lo que Franco había sufrido, se encendió al verlo reducir velocidad, al notar cómo el McLaren cedía paso sin resistencia.

Cuando lo adelantó, algo en su pecho se aflojó. No era venganza, no del todo. Era más bien la sensación de ver caer a alguien que había hecho daño a uno de los suyos. Y mientras el público rugía y el circuito de Países Bajos se teñía de naranja, Isack siguió adelante, con el corazón latiendo a un ritmo frenético, sabiendo que ese pequeño instante —ese adelantamiento cargado de emociones contradictorias— sería parte del recuerdo de esa carrera.

Y cuando la bandera a cuadros cayó y su ingeniero gritó en la radio “P3, Isack, P3!”, el mundo se le apagó y se le encendió al mismo tiempo.

 

—¿Qué? —jadeó—. ¿Tercero?

—¡Tercero! ¡Podio! ¡Tu primer podio!

 

Isack gritó. Gritó de verdad. Golpeó el volante, rió, lloró un poco sin darse cuenta. El casco se le llenó de respiraciones rápidas y un “no me lo creo” repetido como un mantra.

 

Oscar ganó la carrera, y desde el momento en que aparcaron los coches se notó que no pensaba dejar que ese podio fuera “normal”. En cuanto Isack subió su botella, aún aturdido, Oscar le lanzó el primer chorro de champán directo al pecho.

 

—¡Vamos! —le gritó, riendo—. ¡Disfrútalo!

 

Max apareció un segundo después, y antes de que Isack pudiera reaccionar ya estaba empapándolo también, riéndose con ese entusiasmo casi infantil que solo sacaba en días grandes. Isack intentó cubrirse la cara, inútilmente.

 

—¡Vale, vale! —protestó, entre risas.

 

Oscar, atento, intervino rápido. Se colocó casi de barrera natural, separando cuerpos, sonrisas y cámaras, y cuando tocó bajar para la entrevista, se aseguró de tirar suavemente de Isack hacia su lado, alejándolo del foco innecesario. No era desconfianza gratuita: era cuidado aprendido. Verstappen podía ser parte de la celebración pública, darle un podio memorable a su chico, pero no permitiría que estuviera cerca más de lo necesario.

 

Mientras tanto, la carrera había dejado otras emociones mezcladas. Kimi había cruzado la meta sexto… pero la sanción cayó como un jarro de agua fría: una suma de quince segundos en total por causar colisión con Leclerc y exceso de velocidad en el pitlane. P16 al final. La frustración se le quedó clavada en los hombros, pesada. Ollie, en cambio, había conseguido puntos de nuevo, saliendo desde el pitlane, y aunque estaba feliz por ello, fue directo a buscar a Kimi en cuanto pudo.

 

—Ey —le dijo, rodeándole los hombros—. Lo siento.

 

Kimi apretó los labios, respiró hondo.

 

—Me la he ganado —admitió—. Pero felicidades. Lo has hecho muy bien.

—Gracias —sonrió Ollie—. Y… oye. Ya habrá otra. ¿Sí?

 

El italiano asintió despacio, y luego fue él quien lo abrazó. Pero el centro de gravedad del día era otro. Y cuando la manada se reunió, ya lejos del ruido del circuito, todo giró alrededor de Isack.

Entró al espacio común del hotel todavía con esa sonrisa que no parecía querer abandonarle la cara. Logan fue de los primeros en acercarse, risueño, orgulloso, y lo abrazó con fuerza.

 

—Estoy muy orgulloso de ti —le dijo, sin adornos—. Te lo has ganado.

 

Oscar no se separó demasiado en ningún momento. Observaba, sonreía, asentía cuando alguien lo felicitaba, como si cada palabra positiva hacia Isack también fuera un pequeño alivio personal.

 

—Disfrútalo —le repitió—. Esto es solo el principio.

 

Dino fue más ruidoso, como siempre.

 

—¡PODIO! —exclamó—. ¡Sabía que iba a pasar, tío!

 

Paul le dio una palmada en la espalda, sincera. Franco casi saltó sobre él en un abrazo exagerado, y Jack se limitó a sonreír con esa calma suya que decía más que cualquier discurso.

Liam fue directo. Lo abrazó fuerte, sin disimulo, quedándose cerca después, hombro con hombro.

 

—Compañero de equipo con podio —repitió por vigésima vez seguramente—. No todos los días. Estoy muy, muy feliz por ti.

 

Y entonces estuvo Gabriel. Gabriel que no intentó contener nada. Que lo miró como si el mundo se hubiera ordenado solo para darle ese momento. Le tomó la cara entre las manos y le dio un beso rápido, lleno de risa.

 

—Meu amor… —dijo, la voz vibrándole—. Você foi incrível. Orgulho da minha vida.

 

Isack se rió, emocionado.

 

—Me estás hablando en portugués.

—Demasiado feliz —respondió, sin poder evitarlo—. Olha pra você… campeão. Lindo. Merecido.

—Para —protestó el omega, rojo hasta las orejas—. Me vas a matar de vergüenza.

—Nunca —sonrió Gabriel—. Solo te voy a amar más.

 

Kimi y Ollie se acercaron juntos. Kimi le dio un abrazo más largo de lo habitual.

 

—Felicidades —dijo, sincero—. De verdad.

—Gracias —respondió Isack—. Y… lo siento por lo tuyo.

 

El alfa negó con la cabeza.

 

—Hoy no. Hoy es tu día.

 

La noche avanzó entre risas, abrazos repetidos, bromas y ese calor colectivo que solo aparecía en días así. Isack, en el centro de todo, se sentía ligero. Querido. Seguro.

 

La celebración fue apagándose poco a poco, no de golpe, sino como se apagan las hogueras bien hechas: primero las risas se volvieron más suaves, luego los cuerpos buscaron posiciones más cómodas, y finalmente quedó ese murmullo tibio de voces cansadas pero felices, flotando en el aire espeso del hotel.

El nido en la sala común estaba deshecho, lleno de cojines torcidos, mantas arrugadas y botellas de agua medio vacías. Algunos ya se habían escabullido hacia sus habitaciones; otros permanecían todavía allí, apoyados unos contra otros, como si nadie quisiera ser el primero en romper del todo la magia.

Isack seguía en el centro, pero ya no como foco cegador, sino como un corazón tranquilo alrededor del cual todo había orbitado durante horas. Tenía la espalda apoyada en el sofá, las piernas dobladas, Gabriel sentado muy cerca, tan cerca que sus rodillas se tocaban sin esfuerzo. Cada vez que Isack respiraba hondo, captaba el aroma familiar de su beta: cálido, amaderado, con ese fondo seguro que siempre le aflojaba los hombros sin darse cuenta.

 

—Te vas a despertar mañana y seguirá siendo real —le dijo Franco en tono burlón, antes de levantarse—. Para que lo sepas.

—Ojalá —respondió Isack, sonriendo—. Así puedo volver a vivirlo otra vez.

 

Las despedidas fueron tranquilas. Abrazos largos, palmadas suaves, alguna broma más antes de que el cansancio terminara de imponerse. Cuando Kimi y Ollie se acercaron por última vez, fue sin prisa. Kimi le revolvió el pelo con un gesto casi fraternal y un guiño juguetón.

 

—Descansa —le dijo—. Te lo has ganado.

 

Ollie, en cambio, se inclinó un poco más, lo suficiente para que su voz bajara hasta convertirse en un susurro conspirador, solo para Isack.

 

—Oye —murmuró, con una sonrisa ladeada que prometía travesura—. Las celebraciones privadas después de un primer podio son… muy placenteras. Ya me contarás mañana, Iz.

 

Isack parpadeó.

 

—¿Qué…?

—Canadá —añadió Ollie, inocente solo en apariencia.

 

La comprensión llegó como una ola tardía. El calor le subió directo a las mejillas, hasta las orejas. Isack soltó una risa ahogada y se llevó una mano a la cara, recordando las marcas en el cuello de Ollie tras el primer podio de Kimi (y los detalles que el británico había considerado necesario compartir).

 

—Ollie —protestó, entre risas—. Eres imposible.

—Solo solidario —respondió él, guiñándole un ojo antes de dejar que Kimi lo arrastrara suavemente hacia el ascensor.

 

Gabriel había observado la escena con curiosidad, una ceja levantada.

 

—¿Qué te ha dicho? —preguntó, divertido.

—Nada —mintió Isack demasiado rápido.

 

El brasileño sonrió despacio, de esa forma que indicaba que no le creía en absoluto.

 

—Mentirosillo —susurró.

 

Cuando por fin se levantaron, el cuerpo de Isack protestó un poco: la tensión acumulada, la emoción, el cansancio brutal que llega solo cuando todo termina. Gabriel pasó un brazo por su espalda sin pedir permiso, guiándolo hacia el pasillo enmoquetado que llevaba a las habitaciones.

 

—Gracias —dijo el omega, casi en un suspiro.

—¿Por qué? —respondió él—. Hoy has sido tú.

—Por cuidarme —insistió—. Por estar. Por… todo.

 

Gabriel besó su pelo, despacio.

 

—Siempre.

 

La habitación los recibió con una penumbra amable. El más joven cerró la puerta con cuidado, como si el mundo exterior pudiera romperse si hacía ruido. Isack dejó caer sus cosas en el suelo y se quedó quieto un momento, de pie en medio de la habitación, como si no supiera muy bien qué hacer con tanta emoción acumulada.

Gabriel se acercó, le tomó el rostro entre las manos, apoyó la frente contra la suya.

 

—P3 —murmuró—. Mi campeón.

 

Isack sonrió, los ojos brillantes, el corazón lleno.

Gabriel no dijo nada más de inmediato. Se quedó mirándolo en silencio, como si quisiera memorizar cada detalle de ese instante: la forma en que Isack sonreía todavía incrédulo, los ojos brillantes por la emoción acumulada, los hombros finalmente relajados después de tanta tensión. Había algo vulnerable y hermoso en él, algo que solo aparecía cuando por fin dejaba de sostener el mundo con las manos.

 

—Ven —murmuró al cabo, con una voz baja, suave, casi perezosa.

 

No fue una orden ni una exigencia. Fue una invitación. Isack obedeció sin pensarlo, dando un paso adelante. Gabriel deslizó las manos desde sus mejillas hasta su cintura, despacio, con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de lo que sentía. No había prisa. No había urgencia. Solo cuidado.

 

—Siéntate —pidió, señalando la cama.

 

Isack lo hizo, apoyándose contra el cabecero, aún con la ropa puesta, aún un poco aturdido por todo. Gabriel se quedó de pie frente a él un segundo más, observándolo desde arriba, y luego se inclinó para dejar un beso lento en su frente.

 

—Estoy muy orgulloso de ti —dijo—. No como piloto. Como tú.

 

Isack tragó saliva. Esa frase, dicha así, sin ruido alrededor, le atravesó el pecho con una calidez inesperada.

 

—Me he sentido querido —confesó—. Hoy. Todo el día.

 

Gabriel sonrió apenas, entendiendo perfectamente. Se sentó a su lado, apoyando un muslo contra el suyo, y empezó a acariciarle el antebrazo con el pulgar, un gesto pequeño, repetitivo, tranquilizador.

 

—Ahora no tienes que demostrar nada —susurró—. Ahora puedes solo descansar.

 

Con paciencia, le ayudó a quitarse la chaqueta, luego los pantalones. Cada movimiento era lento, consciente, como si quisiera que Isack sintiera cada segundo de atención. Cuando por fin lo recostó sobre las almohadas, no se colocó encima de él: se acomodó a su lado, rodeándolo con un brazo firme y cálido.

Isack se dejó hacer. Cerró los ojos un momento, respirando hondo, dejando que el aroma de Gabriel —esa mezcla reconfortante que siempre asociaba con seguridad— lo envolviera por completo.

 

—Me gusta cuando me cuidas así —admitió en voz baja.

—Me gusta hacerlo —respondió Gabriel, besándole la sien—. Hoy más que nunca.

 

Sus dedos recorrieron su espalda por encima de la camiseta, lentos, casi distraídos, dibujando líneas invisibles que hacían que Isack se estremeciera sin saber muy bien por qué. No era deseo urgente; era algo más profundo, más íntimo. La sensación de ser visto, celebrado, protegido.

 

—Meu campeão —murmuró de nuevo, casi sin darse cuenta—. Você foi tão bonito lá fora…

 

Isack rió suave, con los ojos aún cerrados.

 

—Otra vez portugués.

—No puedo evitarlo —admitió Gabriel, sonriendo contra su pelo—. Me sale cuando estoy así de feliz.

 

Isack giró un poco, lo suficiente para esconder la cara en su pecho. Gabriel lo abrazó más fuerte, acomodándolo contra él, como si ese fuera exactamente el lugar al que pertenecía.

 

—Quédate así —pidió Isack—. Un rato.

—Todo el que quieras.

 

Y así se quedaron. Sin más. El ruido del mundo reducido al murmullo lejano del viento contra las ventanas. El podio, las cámaras, el champán, todo quedando atrás. Solo dos cuerpos cansados, entrelazados, y la certeza tranquila de que ese primer podio no se celebraba solo con aplausos, sino con cuidado, con orgullo susurrado, con amor ofrecido sin condiciones.

Gabriel respiró hondo, despacio, como si estuviera calibrando el momento exacto en el que dejar que ese cuidado tranquilo se transformara en algo más tibio, más vivo. Sus dedos siguieron moviéndose con pereza por la espalda de Isack, bajando y subiendo sin un destino concreto, memorizando la curva de su cintura, el ritmo de su respiración.

Isack abrió los ojos al notar cómo el contacto cambiaba apenas, cómo ya no era solo consuelo sino algo que le erizaba la piel de una forma distinta. Alzó la mirada, encontrándose con la de su novio a escasos centímetros. No hizo falta decir nada. La invitación estaba ahí, suspendida entre ambos. Esa mirada con un brillo hambriento oculto en ella.

 

—Gabriel… —murmuró, apenas un hilo de voz.

 

El brasileño sonrió, lento, y se inclinó hasta rozarle los labios. No fue un beso inmediato ni voraz. Fue una caricia previa, una prueba. Isack respondió sin dudar, levantando un poco el mentón, cerrando los ojos cuando por fin sus bocas se encontraron de verdad.

El beso fue largo. Profundo. Sin prisa alguna. Gabriel lo sostuvo con una mano en la nuca, firme pero cuidadosa, como si quisiera anclarlo ahí, mientras la otra recorría su costado con una lentitud casi provocadora. Isack suspiró contra sus labios, dejándose llevar, permitiéndose sentir sin filtros por primera vez en todo el día.

 

—Así… —susurró Gabriel entre besos—. Déjate querer un ratito por mí, ¿vale?

 

Isack obedeció. Sus manos, que hasta entonces habían permanecido quietas, subieron despacio por la espalda de Gabriel, explorando, aferrándose a la tela de su camiseta. Se acercó más, buscando contacto, buscando calor. El beso se intensificó, se volvió más profundo, más cargado, sin perder nunca esa suavidad que lo hacía seguro.

Gabriel se separó apenas lo justo para apoyar la frente contra la suya, respirando el mismo aire.

 

—Estás precioso cuando te relajas —dijo en voz baja—. Cuando no estás pensando en nada más.

 

Isack sonrió, todavía con los labios hinchados por los besos.

 

—Es culpa tuya.

 

Gabriel rió bajito y volvió a besarlo, esta vez deslizándose un poco más sobre la cama para quedar frente a frente. Sus caricias se volvieron más conscientes, más lentas aún, como si quisiera prolongar cada sensación. Besó la comisura de su boca, luego su mejilla, bajó hasta su cuello, dejando besos suaves que no buscaban marcar, solo sentir.

Isack cerró los ojos de nuevo, entregado, dejándose mimar, disfrutando de ser el centro absoluto de la atención de alguien que no le pedía nada a cambio. Cada caricia era una afirmación silenciosa.

 

—Me gusta esto —confesó—. Me gusta… cómo me miras.

 

El brasileño volvió a subir hasta su rostro, besándolo de nuevo, lento, profundo, como si quisiera sellar esas palabras.

 

—Entonces quédate conmigo aquí —susurró—. Esta noche es para ti.

 

 

 

 

 

 

Notes:

Adoramos el primer podio de Isack, esperemos que tenga más esta temporada (lloraré si no sobrevive, pero rezo porque el despido de Helmut Marko ayude) ;)

Series this work belongs to: