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Capítulo X — Cuando el rumor se vuelve ruta
La información no se propagó entre los Aeldari como una epifanía.
Se filtró como se propagan los patógenos más peligrosos para una especie inmortal: en fragmentos, a través de vectores no confiables, cargada de contradicciones que la hacían más veraz.
Primero fueron los supervivientes Drukhari, aquellos raros especímenes que regresaron de una incursión demasiado silenciosos, con sus naves dañadas pero sin trofeos, sin nuevas capturas retorciéndose en sus bodegas. Traían narrativas fracturadas, incoherentes, salpicadas de silencios elocuentes donde debería haber habido relatos de torturas exquisitas. Hablaban de un sistema T’au donde la violencia no generaba el éxtasis esperado, donde la crueldad no otorgaba dominio, donde el placer de infligir dolor se encontraba con un vacío absoluto, no con resistencia, sino con inexistencia.
—Mienten —fue la respuesta instintiva en Commorragh—. Es una estratagema de los Mon’Keigh pálidos. Una trampa psicológica.
Pero los que regresaban no evangelizaban. No intentaban reclutar. Solo emitían advertencias prácticas, como técnicos informando de un fallo estructural en el Webway.
—Allí, la Depredadora no tiene oído —musitaba uno, mirando al vacío—. No por ritual o fe… sino porque el lugar mismo no permite el grito que la atrae.
Eso hizo que los Mundos Astronave inclinaran un oído psíquico.
Sus videntes, cuyas mentes navegaban las corrientes del destino, no recibieron visiones nítidas del lugar. No hubo profecías ardientes, ni hilos del tapiz del destino que brillaran con nuevo color. Encontraron, en cambio, algo profundamente inquietante: una ausencia. Una burbuja de quietud en el Immaterium donde las tormentas de emociones —el combustible de Slaanesh— simplemente no se formaban. Un punto ciego en el ojo de la tormenta galáctica.
—No puedo escudriñarlo —confesó una Vidente de Iyanden, apartándose del circuito de runas con un estremecimiento—. El futuro allí… no grita. Es como un silencio en medio de la canción. Y eso… no es natural.
Los Arlequines, cuyos bailes trazaban los caminos del Laughing God, no rieron ante la noticia. Observaron, y en sus movimientos surgió una nueva serie de pasos, cautelosos y calculadores, que giraban alrededor de un punto de quietud. Los Exoditas, anclados a sus Mundos Espíritu, comprendieron la implicación más rápido que nadie: un lugar donde un Aeldari podía morir sin que su alma fuera devorada no era un santuario; era una nueva ley de la naturaleza. La idea se difundió, no como un llamado a las armas o a la migración, sino como un dato geográfico de importancia existencial.
Una herejía silenciosa, no contra sus dioses, sino contra la misma condición de su condena.
Mientras tanto, en los laberínticos archivos del Adeptus Administratum del Imperio de la Humanidad, no hubo visiones místicas ni sueños proféticos.
Hubo informes de discrepancia logística.
Un sistema estelar, catalogado como bajo control xenos T’au, exhibía patrones de producción y comercio anómalamente estables. Sus rutas de suministro estaban libres de percances piráticos en un 99.8%. Sus volúmenes de exportación de minerales refinados y alimentos procesados no fluctuaban. Y el dato más ofensivo: una significativa población humana colaboraba con los xenos sin mostrar los índices esperados de resistencia, sabotaje o conversión religiosa. No había capillitas imperiales ocultas, no había células de culto al Emperador, no había martirios registrados.
—Traidores consuetudinarios —sentenció un sub-suboficial del Departamento de Evaluación de Mundos Perdidos, sellando el informe con un sello de cera—. Contaminación herética por asociación. El juicio está claro.
La conclusión fue burocráticamente inevitable. El sistema representaba una doble herejía: prosperidad bajo el xenos, y paz sin el Emperador. Era un mal ejemplo, y los malos ejemplos, en la lógica imperial, son incendios que deben apagarse antes de que la chispa prenda en mentes cercanas.
—El sistema Vash’ya debe ser purgado —se decretó—. Para salvaguardar la pureza doctrinal de los mundos adyacentes y reafirmar el destino de la humanidad.
Una flota de castigo de tamaño modesto —la Battlegroup Purgatio Justa— partió del puerto de Cypra Mundi. Sus naves fueron bendecidas, sus motores cantaron con el coro de mártires, sus tripulaciones ardieron con el fervor homicida habitual. La certeza era absoluta: la violencia imperial, canalizada por la fe, resolvería el problema como siempre lo había hecho, quemando la anomalía en el fuego purificador de la guerra.
La flota entró en los límites del sistema Vash’ya con sus macrobaterías cargadas, sus escudos de proa elevados y las mentes de su tripulación enfocadas en el acto sagrado de la aniquilación. El fervor era un arma tan tangible como el plasma.
Y el Contador apareció.
La mecánica no fue distinta a la experimentada por los Drukhari. No hubo intercambio de disparos, ni maniobras de ataque. En los puentes de mando, en las salas de motores, en los cubículos de los capellanes, los números de luz fría iniciaron su descenso imperturbable sobre cada ser cuyo corazón y mente estaban entregados a la violencia.
—¡Es brujería xenos! —rugió un Capellán de Batalla de los Marines Espaciales del capítulo Hijos de la Venganza, su martillo de energía alzado en un desafío que no tuvo respuesta—. ¡Resistid en vuestra fe! ¡El Emperador protege!
Su Contador alcanzó el cero. Su armadura de poder, vacía, se desplomó con un retumbar metálico, el polvo de su ocupante invisible dentro de la caja de cerámica y adamantio.
—¡Por el Emperador y el Señor de la Humanidad! —gritó el Capitán de la nave insignia, instantes antes de desvanecerse.
Las naves de la flota, una tras otra, se convirtieron en ataúdes silenciosos que derivaban en el vacío, sus sistemas intactos, sus cargamentos inalterados, sus tripulaciones reducidas a un polvo anónimo y sin eco en la Disformidad.
Los únicos supervivientes fueron los servidores no combatientes, los técnicos esclavizados del Adeptus Mechanicus cuya voluntad había sido suprimida, y algunos soldados rasos cuyo terror en el momento de la transición había anulado todo pensamiento agresivo. Ellos no vieron Contadores.
Fueron recuperados días después por patrullas de la Casta del Aire T’au, confundidos, traumatizados y, para su propia incredulidad, vivos. Sus interrogatorios, realizados con escáneres de veracidad, produjeron testimonios que coincidían con una precisión espeluznante.
—No hubo batalla —repetían, sus voces vacías—. Solo… el silencio. Y luego ellos ya no estaban. No nos atacaron a nosotros.
La noticia de la aniquilación total de la Purgatio Justa no pudo contenerse. Demasiadas naves perdidas sin un solo disparo enemigo registrado. Demasiados canales astropáticos que se silenciaron de golpe. Los fragmentos de informes que llegaron al Administratum hablaban de un "fenómeno de no-violencia reactiva", una "anomalía de disuasión absoluta". Para los altos mandos del Imperio, se cristalizó una verdad intolerable:
Un sistema donde la violencia imperial, máxima expresión de la voluntad del Emperador, era no solo detenida, sino borrada sin rastro.
Un lugar donde el tiempo del guerrero era reclamado como pago por el acto de hacer la guerra.
Para los Aeldari, esto solidificó la esperanza cautelosa en un hecho estratégico. Para los Drukhari, confirmó la grieta en su prisión existencial. Para el Imperio de la Humanidad, se convirtió en la más abominable de las herejías: una prueba viviente de que la paz podía existir sin el Dios-Emperador, y que esa paz podía defenderse… sin odio.
Y para Life Tax…
Nada cambió en su realidad inmediata.
Aquel ciclo, pasó la mayor parte de su turno ajustando los niveles de presión en una red de distribución de refrigerante en una planta de procesamiento. El sistema funcionaba, pero con un 2% de eficiencia por debajo de lo óptimo. Intercambió un puñado de tubérculos de su huerto por una barra de pan de cereales enriquecidos. Antes de dormir, leyó unas páginas de un manual sobre compostaje de desechos poliméricos. Pensó, de pasada, en lo curioso que resultaba que tantas culturas galácticas consideraran el conflicto como el estado natural de las cosas.
Luego apagó la lámpara de lectura.
Muy, muy lejos de su tranquila unidad, en los salones de mando de imperios milenarios y en las cortes sombrías de razas antiguas, comenzó a asentarse una comprensión que nunca antes había sido necesaria:
Había un lugar en la galaxia donde la violencia no fallaba por falta de fuerza o fe…
sino porque la realidad local había dejado de reconocerla como una herramienta válida.
Y esa idea, una vez plantada en el suelo árido de un universo en guerra eterna, no podía ser desarraigada. Era una semilla de un silencio imposible, y había comenzado a germinar.
