Chapter 1: El desperdicio y la mirada
Chapter Text
El primer día, Sakura no creyó que hubiera sido adoptada. La mansión Matou era grande, vieja y silenciosa. Los pasillos eran demasiado largos, y el eco de sus pasos no la acompañaba: la vigilaba. No hubo manos que la guiaran. No hubo explicaciones. Kariya no estaba allí. Aoi no estaba allí. Nadie le dijo qué hacer, ni qué esperar. Zouken Matou la observar como se observa una herramienta útil. —No llores —dijo, con una voz que parecía surgir desde la madera podrida de la casa—. Si lloras, duele más. Sakura no entendió el significado de esas palabras. Lo entendería esa misma noche. El sótano El sótano no era una habitación. Era un estómago. El aire olía a humedad, metal viejo y algo vivo. Las paredes parecían respirar. El suelo estaba cubierto de sombras que se movían sin origen claro, como si la oscuridad tuviera pulso propio. —Este es tu entrenamiento —dijo Zouken—. Tu cuerpo aprenderá. Los gusanos no llegaron todos a la vez. Primero uno. Luego otro. Después, demasiados para contarlos. Sakura gritó. Luego aprendí a no hacerlo. Ese fue el primer cambio del primer año: comprender que gritar no servía de nada. El tiempo dejó de tener forma. Al principio contó los días. Después, solo contó las veces que deseaba no despertar. El primer mes lloró en silencio, abrazándose las rodillas, grabando la voz de Rin, la casa Tohsaka, la luz del sol entrando por la ventana. Esos recuerdos eran lo único que las sombras aún no podían devorar. Luego, los gusanos comenzaron a tocarla. Primero la piel. Después de algo más profundo. No solo mordían: aprendían. Se deslizaban por su cuerpo como pensamientos ajenos, hurgando en sus miedos, alimentándose de su culpa, de su deseo desesperado de obedecer. —Es por tu bien —decían—. Si aguantas, serás útil. Útil. La palabra se clavó más hondo que cualquier colmillo. Cada sesión la dejaba más vacía. Su magia despertaba a la fuerza, arrancada como una herida abierta. El poder dentro de ella reaccionaba, vasto e incontrolable, y eso hacía que el dolor fuera peor. Zouken observaba con curiosidad clínica. —Increíble… Un pozo sin fondo. Sakura no sabía qué era el maná, pero lo sentía. Como un océano atrapado en un recipiente demasiado frágil. El segundo trimestre dejó de llorar. No porque doliera menos, sino porque llorar consumía fuerzas que necesitaba para sobrevivir. Aprendí a mirar el techo de piedra mientras algo se arrastraba bajo su piel. Aprendí a desaparecer sin morir. En la casa, Shinji la miraba como se mira algo roto. A veces la ignoraba. A veces la despreciaba. A veces sonreía. Sakura aprendió a temer esas sonrisas. Para el final del primer año, dejó de pensar en escapar. No porque no quisiera, sino porque su mente comprendió que no había a dónde ir. Ese fue el segundo cambio: aceptar la jaula. Su cuerpo cambió lentamente. Fibra. Dolor constante. Pesadillas sin forma. A veces sentía que algo dentro de ella respiraba cuando ella no quería hacerlo.—Te estás adaptando —decía Zouken—. Eres más resistente de lo que pensé. No era un elogio. Era una sentencia. En la escuela, Sakura sonreía. En la mansión, obedecía. En el sótano, sobrevivía. Pero había algo que no lograron destruir del todo. En el último mes de ese primer año, ocurrió algo distinto. No fue un milagro. No fue una salvación. Ni siquiera esperanza. Fue una sensación. En el sótano, donde el aire no era aire y el suelo parecía vivo, Sakura dejó de contar los días. Allí el tiempo no avanzaba: se arrastraba. Los insectos no solo la mordían; la rodeaban, como si ella fuera una raíz rota enterrada en tierra equivocada. Una plántula arrancada antes de crecer, obligada a alimentar algo que no debía existir. Ella no gritaba. Y entonces… algo cambió. Entre los sonidos viscosos y los movimientos que no quería aprender a reconocer, Sakura sintió algo nuevo. Sin manos. Sin voces. Sin órdenes. Una mirada. Pero no era como la de aquel anciano. No tenía hambre. No tenía urgencia. No tenía placer. Era distante. Antigua. Cansada. Como alguien que llega tarde a una tragedia escrita hace mucho… y aún así decide quedarse. La presencia no descendió. Sin intervino. No habló. Solo observar. Desde un lugar que no era un sitio físico, vio lo que realmente había allí: una rama joven, partida a la fuerza, rodeada de insectos que la vaciaban lentamente, no para matarla, sino para que siguiera viviendo mal. No había elección en su sacrificio. Nunca la hubo. Y eso fue lo que quebró algo. Aquello no era prueba. Ningún ritual de época. No era necesidad del mundo. Era desperdicio. Crueldad repetida tantas veces que había sido confundida con tradición. Sakura no entendía qué ocurría. Solo sentí que, por primera vez, el sótano no estaba completamente cerrado. No apareció la luz, pero el peso del techo parecía menor. Una pregunta nació en su mente sin ser aplastada de inmediato: Si estoy aquí para algo… ¿por qué duele tanto? La pregunta no fue respondida. Pero tampoco fue ignorada. Y ese fue el verdadero silencio. Porque el mundo había aceptado su sufrimiento como un costo inevitable. Y ahora… algo que no debía involucrarse había decidido quedarse mirando. No por justicia inmediata. No por misericordia. Sino porque incluso para una presencia antigua, cansada de finales, aquella rama rota no debía haberse ofrecido nunca. Sakura no lo supo esa noche. Pero desde ese instante, su dolor ya no estuvo completamente solo. Y el mundo, sin saberlo, acababa de cometer un error. No ocurrió de inmediato. La presencia no actuó por impulso. Observado durante días. Tal vez semanas. Desde un lugar donde el tiempo no se media igual. Vio los ciclos repetirse: descenso, dolor, extracción, abandono. Vio cómo la niña aprendía a no resistirse, porque resistirse solo prolongaba el castigo. Vio cómo su cuerpo se adaptaba demasiado bien. Eso era lo intolerable. No el sufrimiento en sí. Sino que el mundo lo hubiera incorporado como un proceso funcional. La primera intervención no fue violenta. Ni visible.Ni heroica. Fue... un error mínimo. Aquella noche, cuando los gusanos se movieron como siempre, algo no encajó del todo. Uno de ellos —solo uno— se detuvo. No murió. No huyó. Simplemente… no avanzó. Sakura lo sintió antes de entenderlo. Una pausa donde debería haber dolor. Un espacio vacío en la secuencia que su cuerpo ya conocía demasiado bien. Su respiración se trabó. Esperaba el castigo que siempre seguía a cualquier irregularidad. No llegó. El gusano permaneció inmóvil, como si hubiera olvidado qué debía hacer. Luego se retiró, arrastrándose torpemente hacia la sombra, dejando tras de sí una sensación extraña: no alivio, pero tampoco invasión. Sakura no se movió. No se permitió esperanza. Solo pensé, con una lucidez que no había tenido en meses: Esto no es normal. Desde fuera, nada había cambiado. Los demás continuarán su función. El ritual siguió su curso. Pero algo había sido desalineado. La presencia no celebró. No era una victoria. Era una prueba. Un ajuste ínfimo en un sistema cruelmente optimizado. Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.
Chapter 2: Un segundo para respirar
Chapter Text
No ocurrió de inmediato.
Nada tan evidente como alivio.
El dolor siguió allí.
Los gusanos siguieron entrando.
Zouken siguió observando.
Pero algo… empezó a fallar.
Una noche, cuando Sakura fue arrojada de nuevo al sótano, el ritual no se desarrolló como siempre.
Los insectos descendieron, obedientes, hambrientos… y por primera vez, dudaron.
No fue rechazo.
No fue huida.
Fue una pausa.
Un latido de tiempo en el que algo antiguo —muy por debajo de los comandos grabados en ellos— no encontró camino.
Sakura lo sintió.
No como alivio, sino como desfase.
El dolor llegó tarde.
Eso fue lo primero que notó.
Siempre dolía de inmediato, como una respuesta automática del mundo a su existencia. Pero esa noche, entre el contacto y el tormento, hubo un espacio mínimo. Tan pequeño que, de no haber vivido en sufrimiento constante, jamás lo habría percibido.
Ese instante le permitió respirar.
No profundamente.
No con alivio.
Solo… una respiración completa.
El cuerpo reaccionó distinto.
Cuando los gusanos intentaron hundirse más, algo en su interior se tensó. No magia desatada. No poder.
Resistencia.
Como una raíz que, aun rota, se niega a seguir cediendo en la misma dirección.
Sakura no sabía por qué.
No pensó soy más fuerte.
No pensó alguien me ayuda.
Solo pensó:
No… todavía no.
Y eso fue nuevo.
En el exterior, Zouken frunció el ceño por primera vez en meses.
—Curioso…
Los gusanos seguían cumpliendo su función, pero el flujo no era perfecto. El maná —ese pozo que tanto le interesaba— ya no respondía como antes. No se derramaba con la misma docilidad.
No estaba bloqueado.
Estaba… mal alineado.
Como si alguien hubiera girado una runa invisible apenas un grado fuera de lugar.
Zouken no pudo detectarlo.
No porque fuera imposible,
sino porque nadie habría tenido motivo para hacerlo.
En el sótano, Sakura apretó los dientes.
No gritó.
No lloró.
Pero algo cambió en su mente.
Por primera vez, el dolor no ocupó todo el espacio.
Había un borde.
Un límite difuso.
Como si, más allá del sufrimiento, existiera algo que no podía tocarla.
No era esperanza.
No era fe.
Era la sensación inexplicable de que rendirse ya no era la única opción.
La presencia observaba.
No interfería directamente.
No rompía reglas.
Solo había hecho algo mínimo:
ajustar el mundo lo suficiente para que Sakura pudiera decidir, aunque fuera por un segundo, no desaparecer.
Y eso bastó.
Porque el sacrificio impuesto solo funciona cuando la víctima deja de resistir.
Y esa noche, sin saber por qué,
Sakura Matou aguantó un poco más.
No por obediencia.
No por miedo.
Sino porque, en algún lugar que no podía ver,
alguien había decidido que su quiebre no sería inmediato.
No ocurrió durante un ritual.
No ocurrió cuando Zouken observaba.
Ocurrió en un momento insignificante.
Sakura estaba de rodillas.
Los insectos se movían dentro de ella con la lentitud de algo satisfecho. No atacaban con violencia; eso había quedado atrás. Ahora se acomodaban, como si su cuerpo fuera un lugar que les pertenecía desde siempre.
El dolor estaba allí.
Constante.
Bajo.
Como una nota sostenida que nunca se apaga.
Sakura no pensaba en nada.
Pensar dolía.
Fue entonces cuando algo… no ocurrió.
El peso habitual —esa presión invisible que siempre caía justo antes de que el dolor empeorara— no descendió.
No desapareció del todo.
Solo… tardó.
Una fracción de segundo.
Menos que un parpadeo.
Pero Sakura lo sintió.
El castigo siempre era puntual. Inevitable. Como el amanecer. Como la respiración. Como el asco.
Y esta vez, no lo fue.
Ella levantó la cabeza apenas, confundida, esperando el siguiente espasmo. Su cuerpo estaba entrenado para anticiparlo. Los músculos tensos. La mente preparada para romperse un poco más.
Pero el dolor no aumentó.
Se quedó igual.
Eso no debía pasar.
Sakura frunció el ceño sin darse cuenta. Un gesto pequeño, torpe, casi olvidado. El gesto de alguien que nota una irregularidad.
—…¿?
No habló en voz alta.
No se atrevía.
Los insectos se agitaron, incómodos, como si algo hubiera alterado el ritmo correcto. No retrocedieron. No huyeron. Pero tampoco profundizaron.
Como si una corriente invisible hubiera cambiado de dirección.
Sakura no entendió qué significaba.
Solo supo que algo no había seguido las reglas.
Y eso la inquietó más que el dolor.
Esa noche, Sakura no soñó.
Normalmente, incluso el sueño era cruel: sueños rotos, imágenes sin sentido, voces que no recordaban nombres.
Pero esa noche… hubo silencio.
No paz.
Silencio.
Como si alguien hubiera colocado una mano invisible sobre el ruido del mundo y lo hubiera bajado apenas un grado.
En ese silencio, una idea apareció.
No una esperanza.
No un deseo.
Una sensación.
La sensación de que su sufrimiento no estaba siendo observado con interés…
sino con desacuerdo.
Eso era nuevo.
Sakura se removió en el suelo frío del sótano. Se abrazó a sí misma, no para protegerse, sino por costumbre.
Y por primera vez, su mente formuló algo peligroso:
Esto no debería ser así.
El pensamiento fue débil.
Frágil.
Un brote en tierra envenenada.
Normalmente, pensamientos así morían de inmediato. Se ahogaban en culpa. En miedo. En obediencia.
Pero este… no murió.
No creció.
No gritó.
Solo permaneció.
Como una brasa enterrada bajo ceniza.
Sakura no entendía por qué seguía allí. No tenía palabras para explicarlo. No tenía marco para nombrarlo.
Solo sabía que, al día siguiente, cuando el dolor volvió a aumentar, algo dentro de ella no cedió del todo.
Su cuerpo seguía temblando.
Su respiración seguía rota.
Pero su mente… no se disolvió tan rápido.
Desde ese lugar que no era un sitio,
la presencia no sonrió.
No celebró.
Solo aceptó.
No había salvado nada.
No había detenido nada.
Había hecho algo mucho más pequeño.
Había permitido que una idea —una sola— no fuera destruida.
Y para alguien como Sakura Matou,
eso ya era resistencia.
Chapter 3: El costo de no apartar la mirada
Chapter Text
Pasó otro día.
Los gusanos siguieron entrando.
El dolor siguió existiendo.
El sótano siguió respirando.
Nada, en apariencia, había cambiado.
Y sin embargo, Sakura lo notó.
No podía señalarlo.
No podía controlarlo.
Ni siquiera sabía qué estaba buscando.
Pero cuando el dolor alcanzaba el punto exacto en el que antes se quebraba —ese instante preciso en el que su mente se rendía y todo se volvía ruido— algo no cedía del todo.
No era resistencia consciente.
No era fuerza.
No era valentía.
Era como si una parte de ella se negara a mirar más abajo.
Como si alguien, en algún lugar que no podía imaginar, estuviera cansándose por ella.
Cuando su respiración se aceleraba, a veces se calmaba sola.
Cuando su corazón se desbocaba, encontraba un ritmo distinto.
No más fuerte.
Más constante.
Zouken lo observó con interés.
—Adaptación —murmuró—. El cuerpo aprende cuando no tiene opción.
Pero aquello no era adaptación.
Era un límite.
Y ese límite no pertenecía al sistema Matou.
Sakura no entendía qué estaba ocurriendo.
Eso era lo peor.
Antes, cada cambio venía acompañado de castigo inmediato. Dolor. Corrección.
Ahora no.
Las preguntas aparecían…
y no eran aplastadas de inmediato.
¿Por qué sigo aquí?
¿Por qué aún puedo pensar?
Antes, pensar dolía.
Ahora, pensar simplemente… quedaba.
Resistía sin desafiar.
Resistía sin endurecerse.
Resistía existiendo apenas un poco más de lo necesario.
Esa noche, Sakura durmió.
No se desmayó.
No perdió el conocimiento.
Durmió de verdad.
Y soñó.
No fue un sueño amable.
Tampoco una pesadilla.
Era un lugar sin forma definida. No había cielo ni suelo, solo distancia.
Sakura estaba sentada.
No encadenada.
No herida.
Solo cansada.
Frente a ella había alguien.
No podía ver su rostro. No porque estuviera oculto, sino porque su mente no sabía cómo recordarlo. Cada vez que intentaba fijar un detalle, se deslizaba fuera de su memoria como agua entre los dedos.
Sabía que era alto.
Sabía que estaba cansado.
Sabía que la miraba sin urgencia.
No había lástima exagerada.
No había ternura fácil.
Había algo peor.
Reconocimiento.
—No tenías que estar aquí —dijo la voz.
No fue una acusación.
Fue un hecho.
Sakura quiso responder. No supo cómo.
Así que preguntó lo único que llevaba meses enterrando.
—¿Hice algo malo?
El silencio que siguió fue largo. Antiguo. Pesado.
—No —respondió al final—. Eso es lo que lo vuelve imperdonable.
Algo se cerró en el pecho de Sakura. No entendía del todo las palabras, pero su cuerpo sí.
—Entonces… —dudó— ¿por qué sigo viva?
La figura inclinó la cabeza apenas, como alguien que observa una herida que no debería existir.
—Porque todavía no has terminado de crecer —dijo—. Aunque te hayan roto antes de tiempo.
El sueño comenzó a deshacerse.
Antes de desaparecer, la voz añadió:
—No te pediré que seas fuerte.
—Solo… no te marches todavía.
Sakura despertó llorando.
No recordaba el rostro.
No recordaba la voz con claridad.
Pero despertó con algo distinto al terror.
Una certeza pequeña.
Peligrosa.
Su sufrimiento había sido visto.
Desde ese día, algo cambió en el sótano.
No de golpe.
No de forma evidente.
Cuando un gusano intentó hundirse más profundo que de costumbre, el dolor no desapareció…
pero dejó de crecer.
Se quedó contenido.
Como una ola que debía romper, pero se detenía justo antes.
Sakura jadeó, confundida.
¿Por qué… sigo respirando?
Día tras día, la sensación se repitió.
Algunos gusanos no se hundían tan profundo.
Algunas pesadillas se detenían antes de devorarla por completo.
Algunas veces… despertaba sin gritar.
Zouken lo notó.
—Curioso… —murmuró—. Está desarrollando rechazo instintivo.
No.
No había rechazo.
Había interferencia.
Nada se rompió.
Nada falló.
Nada explotó.
Pero algo que debía obedecer… empezó a no ceder del todo.
Y eso era inaceptable.
El error no ocurrió en el sótano.
Ocurrió arriba.
Zouken Matou revisaba sus familiars cuando uno de ellos dejó de responder como debía. No murió. No se desintegró.
Simplemente… falló en el momento exacto.
Un gusano tardó una fracción de segundo más de lo aceptable en retraerse.
Zouken lo sintió como una punzada detrás del ojo.
—…¿Hm?
No era dolor.
Era desajuste.
La red de control seguía intacta. Las órdenes fluían. El sistema funcionaba.
Y aun así, algo no obedecía con precisión absoluta.
Eso era nuevo.
Expandió su percepción. No buscó una intrusión. Buscó una causa lógica.
Fatiga del receptáculo.
Error acumulado.
Microvariaciones inevitables.
Nada encajaba del todo.
—Interesante…
Por primera vez desde que Sakura había llegado a la mansión, Zouken no estaba completamente seguro de estar mirando solo.
No sospechó de un mago rival.
No sospechó de un Servant.
Sospechó de algo peor:
una interferencia sin intención aparente.
En el sótano, el dolor regresó con más fuerza.
No era castigo.
Era compensación.
El sistema ajustaba.
Sakura tembló, al borde del colapso conocido. El descenso habitual se abrió bajo sus pies… y se detuvo.
No alivio.
No bloqueo.
Un límite.
—…aún no —susurró, sin saber a quién.
Los gusanos se agitaron. No rechazados, sino desplazados. El espacio que esperaban ocupar ya no estaba completamente disponible.
El sistema exigía entrega total.
Y Sakura ya no la daba.
Desde ese lugar que no era un sitio, la presencia observó la reacción del mundo.
Más presión.
Más fuerza.
Más dolor.
El sistema no toleraba ineficiencia.
Y alguien tenía que pagarla.
Por primera vez, la presencia sintió algo distinto al cansancio.
Responsabilidad.
Observar ya había sido intervenir.
Permitir una idea ya había sido una ruptura.
Y ahora, el mundo cobraba intereses.
No existía la observación neutral.
Mientras mirara sin irse, el sistema reaccionaría.
Mientras el sistema reaccionara, Sakura sufriría.
El equilibrio no podía mantenerse.
—…ya veo.
No fue una decisión.
Fue una conclusión.
En la mansión, Zouken se detuvo frente a la puerta del sótano.
—Si esto continúa… —murmuró— tendré que corregirla.
Corrección significaba más invasión.
Menos margen.
Más anulación del yo.
No por crueldad.
Por eficiencia.
En el sótano, Sakura respiraba con dificultad. El dolor seguía allí. Pesado. Constante.
Pero su mente no se disolvía.
Pensó, débilmente:
Si esto duele más…
entonces algo sí está cambiando.
Desde fuera del mundo, la presencia no apartó la mirada.
Pero ahora entendía el precio.
No podía salvarla sin romper el sistema.
No podía seguir mirando sin hacer que el sistema reaccionara.
Y no podía deshacer lo que ya había permitido.
El primer costo de la interferencia ya había sido pagado.
Y no sería el último.
Porque una vez que alguien comprende que mirar también hiere,
la siguiente pregunta no es si intervenir…
sino cuánto está dispuesto a destruir
para no hacerlo a medias.
Chapter 4: Un invitado no invitado (Grímnir)
Chapter Text
La noche en que Kariya Matou invocó a su Servant, algo se desalineó.
No fue un estallido.
No fue una explosión de maná.
Fue un error de profundidad.
El sistema Matou —una maquinaria construida sobre rituales antiguos, sacrificios repetidos y crueldad convertida en método— reaccionó como un cuerpo que recibe una herida en un lugar donde no debería doler.
Los gusanos en la mansión se agitaron.
Los circuitos incrustados en las paredes respiraron de forma irregular.
El sótano… tembló.
Zouken lo sintió de inmediato.
—Berserker… —murmuró, con una sonrisa que no llegó a completarse—. Así que finalmente lo lograste, Kariya.
La invocación había sido correcta.
El sacrificio, suficiente.
El flujo de maná, impecable.
Y aun así… algo más se había movido.
Zouken giró lentamente la cabeza.
No venía del círculo de invocación.
No venía del exterior.
Venía de abajo.
Del sótano.
—Curioso… —susurró.
Sakura estaba en el suelo cuando ocurrió.
Los gusanos se detuvieron por un instante, como si la orden que los mantenía en movimiento constante hubiera perdido prioridad. El dolor seguía allí, pero había cambiado de textura.
No era menor.
Era distinto.
El aire vibró.
No como magia.
Como expectativa.
Los sellos en su brazo ardieron. No con el fuego rojo habitual, sino con una sensación profunda, interna, como si algo estuviera siendo reescrito desde la raíz.
Sakura apretó los dientes, esperando el castigo que siempre seguía a cualquier anomalía.
No llegó.
En su lugar, su sangre comenzó a moverse.
No hacia afuera.
No hacia los gusanos.
Hacia dentro.
El pozo que Zouken había cultivado durante años reaccionó. El maná no explotó. No se rebeló.
Se alineó.
La sangre que manaba de las pequeñas heridas abiertas por los insectos se deslizó por el suelo de piedra, formando un trazo irregular.
No era un círculo perfecto.
No seguía ningún diseño aprendido.
Era una forma antigua.
Simple.
Inevitable.
Sakura no sabía leer runas.
Pero su cuerpo sí.
Cuando la forma se completó, el sótano cayó en un silencio absoluto.
No hubo palabras.
No hubo cánticos.
No hubo invocación consciente.
Solo reconocimiento.
El espacio… cedió.
Zouken llegó demasiado tarde.
No porque no pudiera hacerlo antes, sino porque no comprendió que debía hacerlo.
Al bajar los escalones, su percepción se tensó como una cuerda a punto de romperse. Los gusanos se apartaron del centro del sótano, dejando un vacío antinatural.
El símbolo en el suelo no pertenecía a ningún sistema que conociera.
—¿Qué… hiciste…? —susurró.
Sakura estaba de rodillas.
No inconsciente.
No gritando.
Miraba al frente.
En el centro del sótano, el aire se plegó como tela mojada.
Y alguien estuvo allí.
No descendió.
No emergió.
Simplemente… estuvo.
Un hombre.
En la edad exacta donde el cuerpo y la voluntad alcanzan un equilibrio peligroso. Vestía un abrigo oscuro, funcional, ajeno a la época sin desafiarla. En su mano descansaba una barra larga de hierro, usada no como arma, sino como apoyo.
Un viajero.
Un vagabundo.
Alguien que había visto demasiados lugares para pertenecer a uno solo.
Miró el sótano como quien evalúa una estructura que ya decidió derribar, pero aún no ha elegido por dónde empezar.
Luego miró a Sakura.
Y algo en su expresión cambió.
No fue ternura.
No fue piedad.
Fue reconocimiento.
—Así que eres tú —dijo.
No elevó la voz.
Pero el sótano escuchó.
Sakura tembló.
—Yo no… —intentó decir.
El hombre alzó una mano.
—No hiciste nada —dijo—. Y ese es el problema.
Zouken reaccionó.
—¿Qué eres? —exigió—. Este ritual no te pertenece. Esta niña es mía.
El hombre giró la cabeza.
—No —respondió—. Nunca lo fue.
Los gusanos se agitaron.
El maná se contrajo.
—Un Servant anómalo… —murmuró Zouken—. Fascinante. ¿Quién te invocó? ¿Esta cosa rota?
El hombre volvió a mirar a Sakura.
—No estoy aquí para salvarte.
Eso dolió.
—Estoy aquí porque vi tu sufrimiento.
Zouken retrocedió un paso.
—Imposible… Ningún espíritu heroico responde a algo tan inútil.
El hombre sonrió apenas.
—Entonces quizá no soy lo que crees.
Se inclinó frente a Sakura.
—Llámame Grímnir —dijo—. Será suficiente.
Los sellos en el brazo de Sakura se iluminaron.
No rojos.
Azules.
No ardieron.
Se enraizaron.
Como raíces que dejaban de alimentarse de algo podrido… y comenzaban a crecer hacia dentro.
Zouken gritó.
—¡Detente! ¡Ese contrato—!
—Ya terminó.
El silencio cayó.
Por primera vez desde que entró a la mansión Matou, algo dentro de Sakura dejó de responder a Zouken.
—Vamos —dijo Grímnir, cubriéndola con su abrigo—. Este lugar ya no es tuyo.
—¿A dónde…?
—A cualquier sitio donde puedas seguir creciendo.
Salieron.
Sin explosiones.
Sin testigos.
Sin huellas.
La mansión siguió en pie.
Por ahora.
Zouken comprendió demasiado tarde.
Había permitido que una raíz rota fuera vista.
Y alguien había decidido arrancar todo el jardín.
No ocurrió de inmediato.
Eso fue lo primero que Zouken no entendió.
El sistema seguía funcionando. Los gusanos se movían. La casa respiraba.
Pero Sakura… ya no estaba.
Llamó su nombre.
Nada respondió.
No vacío.
Silencio sellado.
—…Interesante —susurró.
Avanzó.
Y entonces los perdió.
Rutas cerradas.
Conciencia fragmentada.
Puertas que no se habían roto, solo… negado.
—El sistema Matou no permite—
—Permite lo que fue diseñado para permitir.
La voz no venía de ningún lugar concreto.
Zouken se detuvo.
—¿Quién eres?
—No importa —respondió la figura sentada en una escalera que no llevaba a ningún sitio—. Para ti, ya no.
Zouken sonrió.
—Si has tocado lo que es mío—
—No es tuyo.
La interrupción fue absoluta.
Zouken activó todo.
Runas. Gusanos. Pactos.
—Sakura Matou —ordenó—. Por tu sangre—
Nada.
—¿Qué hiciste? —susurró.
—Ella sigue escuchando —respondió Grímnir—. Pero ya no a ti.
Zouken sintió algo peor que la derrota.
Desconexión.
—No rompí tu sistema —continuó Grímnir—. Lo reescribí.
Los sellos ya no eran círculos.
Eran raíces.
—Sellos de máster… —susurró Zouken.
—Algo más antiguo.
El mundo reclamó a Zouken Matou.
No con violencia.
Con exactitud.
Cuando terminó, no quedó nada que pudiera reclamar haber existido.
Desde fuera, nadie notó nada.
Sakura sintió el cambio.
—¿Se fue? —preguntó.
—Sí.
—¿Volverá?
—No.
—Entonces… ¿qué soy ahora?
Grímnir se agachó frente a ella.
—Una rama que todavía puede crecer.
Esta vez, en tierra que no te odia.
Chapter 5: Donde el mundo empieza a notar la ausencia
Chapter Text
La noche no era distinta.
Eso fue lo primero que confundió a Sakura.
El cielo seguía oscuro. El aire seguía frío. Las sombras seguían ocupando su lugar como siempre. El mundo no se había vuelto amable solo porque ella ya no estaba en el sótano.
Y aun así… algo era distinto.
Sakura permanecía sentada en silencio, envuelta en un abrigo que no era suyo. Era demasiado grande para su cuerpo: le cubría los hombros, los brazos, casi hasta las rodillas. Pesaba lo suficiente como para recordarle que estaba allí. Olía a metal frío, a cuero gastado, a caminos recorridos sin nombre.
No olía a humedad.
No olía a gusanos.
¿Estoy… afuera?
La idea no terminaba de asentarse. Cada vez que su mente se acercaba demasiado a aceptarla, algo dentro de ella se encogía, esperando el castigo por pensar algo indebido.
Frente a ella, el hombre —Grímnir— estaba agachado junto a una máquina que Sakura solo había visto de lejos alguna vez.
Una motocicleta.
No era como las que aparecían en revistas viejas ni como las que pasaban rugiendo por la calle. Esta era distinta. Más ancha. Más pesada. Tenía ocho escapes, dispuestos de una forma extraña, como si no obedecieran a la lógica de un motor común.
Cuando la encendió, no rugió.
Emitió un sonido bajo, profundo.
Un relincho metálico, contenido, como si la máquina estuviera viva… pero bien educada.
Sakura se encogió sin pensarlo.
—Tranquila —dijo él, sin mirarla—. No muerde.
No muerde…
Repitió las palabras en su mente, probándolas como algo nuevo.
Nada en su vida había sido descrito así antes.
Grímnir se levantó y se acercó. Se arrodilló frente a ella, quedando a su altura. No la tocó de inmediato.
—Vamos a movernos —dijo—. Aquí no es un buen lugar para dormir.
Dormir.
La palabra se sintió extraña, como si perteneciera a otra persona.
Sakura bajó la mirada hacia sus manos. Todavía temblaban un poco.
—…Si me duermo… —susurró— ¿volverá…?
No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
Grímnir la observó unos segundos más de lo habitual. Luego negó con la cabeza.
—No —dijo—. Ya no.
No fue una promesa.
No fue una amenaza.
Fue un hecho.
Y eso fue lo que más la tranquilizó.
La acomodó con cuidado en el sidecar. Era acolchado. Había una manta doblada. Cuando Sakura se sentó, su cuerpo reaccionó antes que su mente: se encogió, se abrazó las piernas, esperó.
Nada pasó.
¿Por qué… no pasa nada?
La pregunta no la asustó.
La agotó.
La motocicleta avanzó. El viento rozó su rostro. No dolía. No quemaba. No exigía nada.
Sakura cerró los ojos sin darse cuenta.
No se durmió de inmediato.
Primero escuchó el sonido constante del motor. Luego el ritmo estable del movimiento. Después, sintió algo más: una presencia firme, cercana, como un punto fijo en un mundo que siempre se había movido sin ella.
¿Puedo… cerrar los ojos?
¿De verdad…?
Se quedó dormida antes de responderse.
Grímnir detuvo la motocicleta en las afueras de la ciudad.
Un lugar olvidado. Un edificio viejo, pero limpio. Abandonado por el mundo, no por el tiempo.
Entró sin forzar nada.
Sakura no despertó cuando la tomó en brazos. Su cuerpo, exhausto, había decidido rendirse por completo.
Se sentó contra una pared de concreto y acomodó a la niña con cuidado, dejándola dormir sobre su regazo.
No conjuró una cama lujosa.
No creó ilusiones.
Solo ajustó el entorno.
El frío no entró.
El ruido se apagó.
El mundo… esperó.
Sakura se movió un poco, murmurando algo incoherente. Sus dedos se aferraron al abrigo.
—No… me quites…
—No otra vez…
Grímnir no se movió.
—No —dijo en voz baja—. No esta vez.
Ella respiró con más calma.
Por primera vez en mucho tiempo, Sakura durmió sin soñar con el sótano.
Tokiomi Tohsaka estaba de pie frente a la ventana de su estudio cuando ocurrió.
No hubo alarma. No hubo explosión. No hubo señal mágica evidente.
Y aun así… algo faltaba.
El sistema de vigilancia espiritual que había dispuesto sobre Fuyuki —una red discreta, educada, casi ceremonial— había perdido un punto fijo. No una fluctuación. No un error.
Una ausencia completa.
—…Matou —murmuró, ajustándose los guantes.
El nombre pesaba. No por afecto, sino por historia.
Los Matou eran un pilar. Corrupto, decadente, pero un pilar al fin. Una familia que había sobrevivido a guerras y horrores precisamente porque sabía esconderlos.
Y ahora…
—No hay residuo de maná —dijo en voz baja—. Ningún rastro ritual. Ninguna firma reconocible.
Eso era imposible.
Si una mansión entera desaparece, el mundo lo nota.
El Grial lo notaría.
La Asociación lo notaría.
Yo debería notarlo.
Y sin embargo, el terreno era neutro. Como si nunca hubiera sido reclamado.
Tokiomi cerró los ojos.
—…¿Un octavo? —susurró.
La idea era absurda.
Y aun así, era la única que no se derrumbaba.
—Gilgamesh.
El aire detrás de él se deformó con desdén.
—¿Qué es ahora, Tokiomi? —respondió la voz dorada—. Estaba entreteniéndome.
El Rey de los Héroes se materializó, apoyado en una columna invisible.
—Ha ocurrido algo que perturba el equilibrio de este jardín —dijo Tokiomi.
—¿Jardín?
—Fuyuki. Una anomalía ha eliminado por completo a la familia Matou. Sin combate visible. Sin residuos.
Gilgamesh sonrió, lento.
—¿Y por qué habría de importarme un nido de gusanos?
—Porque alguien ha arrancado una maleza… sin tocar la tierra.
Los ojos rojos brillaron.
—Si alguien estropea mi espectáculo —dijo Gilgamesh—, lo encontraré.
Tokiomi sintió alivio.
Y miedo.
En el sótano de la iglesia, Kirei Kotomine escuchó el informe sin parpadear.
—¿Desaparición total? —repitió—. ¿Sin fluctuación?
El Assassin asintió.
—¿Y Sakura Matou?
—No hay rastro de ella.
Kirei sonrió apenas.
—Entonces no fue un error.
—Despliega a todos los Assassin —ordenó—. No para atacar. Para observar.
—¿A quién buscamos?
Kirei inclinó la cabeza.
—A alguien que no quiere ser visto…
—pero que no se molesta en ocultar las consecuencias.
Cuando quedó solo, su sonrisa se ensanchó un poco más.
—Qué tentador.
Sakura despertó sobresaltada.
No por dolor.
No por un gusano.
Por silencio.
¿Estoy… viva?
Sintió frío. Luego calor.
Algo firme rodeaba sus hombros.
Grímnir estaba sentado contra la pared. Ella dormía apoyada contra su costado, envuelta en su abrigo.
No me despertó.
No me dejó sola.
—¿Hice ruido? —preguntó en un susurro.
—Dormiste —respondió—. Eso es suficiente.
No duele.
La idea la asustó más que cualquier castigo.
—¿Van a buscarnos?
—Sí.
—¿Entonces… me devolverán?
—No.
Nada más.
Sakura cerró los ojos con fuerza.
No entendía por qué la protegía.
No entendía qué quería.
Pero por primera vez, el miedo no venía acompañado de dolor.
Y eso… ya era demasiado nuevo para ignorarlo.
Muy lejos de allí, sobre una autopista vacía, algo cruzó la noche.
Ocho escapes dejaron una estela sonora imposible de confundir:
no un motor,
sino un relincho metálico, profundo, antinatural.
Grímnir avanzaba sin prisa.
No huía.
Simplemente… se movía.
Y el mundo, poco a poco, comenzaba a notar que algo había cambiado.
