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El precio de elegirte

Summary:

Arnold y Helga llevan tres años en una relación sostenida por mentiras y traumas que aún no han logrado superar, pero también se sienten unidos por un vínculo profundo del que no pueden desprenderse.

Gerald se enamora perdidamente de Helga, y ahora ella deberá elegir entre seguir con Arnold, aferrándose a su pasado y a la persona que la ha definido durante toda su vida, o arriesgarse con Gerald, con quien descubre que el amor puede ser real y correspondido.

La historia transcurre tres años después del regreso de San Lorenzo. Se tienen en cuenta los eventos ocurridos en la serie y en las dos películas, además de incluir menciones a estos hechos.

Chapter 1: Déjame ayudarte

Chapter Text

Como cada mañana, la cafetería de la escuela pública 118 era una mezcla de olores de distintas comidas y un griterío capaz de aturdir a cualquiera que estuviera allí más de diez minutos. Los empujones para lograr el último cuenco de tapioca o las peleas por ver quién se sentaba en la mesa más alejada del baño estaban a la orden del día.

Y entre todo ese caos, había una mesa en concreto de cuatro jóvenes que disfrutaban de su almuerzo y hablaban sin parar.

—¿Y cuál fue el motivo? —preguntó Gerald con curiosidad.

—Pues no lo sé. Yo salí lo más rápido posible de la pensión antes de que me alcanzara algún plato y me diera en la cabeza —le respondió Arnold, recordando la escena surrealista.

—Voy a tener que regalarte un casco para tu cumpleaños, Arnoldo —dijo Helga en un tono divertido.

Gerald le dio un codazo y se tapó la boca, intentando aguantar la risa sin éxito.

—¿Y dices que eso pasa todos los días? —preguntó Phoebe con un tono preocupado en su voz.

—Sí... ya no sé qué hacer. Lo he intentado todo: levantarme más temprano, pero parece que se sincronizan con mi despertador y da igual la hora que sea, allí están listos para la batalla. También he probado en dejar el desayuno preparado para comérmelo en la habitación, ¡pero al ir a la nevera ya no estaba! —contó con desesperación—. Así que ahora bajo con cuidado sin desayunar y no hago ruido, ¡porque si me ven no me dejan irme hasta que le dé la razón a alguno! —finalizó, tirando de los mechones de su cabello con rabia.

—Y, ¿has probado a tener un pulverizador con agua a mano? Para rociarlos. Tal vez el agua los espante —bromeó Gerald.

Helga estalló en una carcajada y se tapó los ojos con la mano. Empezó a golpear la mesa con el puño cerrado al imaginar a Arnold persiguiéndolos y rociándolos con el pulverizador.

—¡Y también le puedes añadir un poquito de hierba para gatos al agua! —añadió mientras seguía riendo sin parar.

Gerald tenía su cara enterrada contra el hombro de Helga, intentando ahogar su risa.

—Chicos, ¡esto es serio! —replicó Arnold, intentando aguantar la compostura, pero en el fondo se estaba muriendo de risa al imaginarse la situación.

Phoebe quería ayudar a Arnold dándole algún consejo, pero sentía que si hablaba se le iba a escapar la risa. Y no por la situación desastrosa de las mañanas en la pensión de Arnold, sino más bien al ver el espectáculo escandaloso que estaban armando su novio y su mejor amiga.

—Qué risa... —dijo Helga, limpiándose una lágrima mientras se iba calmando.

—Vamos hombre, deberías hablar con tus padres o algo —le aconsejó Gerald, tratando de no reírse de nuevo al ver a Helga limpiándose las lágrimas.

—Sí. Ellos seguro que pueden hacer algo —siguió Phoebe, aprovechando la idea de Gerald y sintiéndose más segura para hablar sin reírse.

—Ya lo hice y... ahora ellos también participan. Fueron a decirles que al menos me dejaran desayunar con tranquilidad, y que continuaran su show después. Pero mis padres se ofendieron al no tener una respuesta positiva y ahora hay tres bandos —explicó, cubriéndose la cara con frustración.

Helga y Gerald se enderezaron y lucharon por mantener la seriedad. Apretaron los labios y evitaron mirarse, sabiendo que si sus ojos se encontraban, estallarían en carcajadas.

Phoebe los miraba y notaba la tensión entre los dos. No pudo evitar que se le escapara una risita. Se tapó de inmediato la boca avergonzada, temiendo que Arnold pudiera haberla visto.

Arnold suspiró y dejó caer la frente contra la mesa.

—Es un desastre...

—Vamos Arnold, tú no puedes hacer nada, son sus asuntos. Te invitaría a desayunar a mi casa, pero Miriam nunca compra nada, así que siempre me voy sin desayunar —dijo Helga, tratando de animarlo.

—¿Y si vienen los dos a la cafetería a desayunar? Está abierto antes del inicio de clases —sugirió Phoebe.

—Oye, ¡no es mala idea! —dijo Arnold en un tono esperanzador.

—Pero no tengo tanto dinero como para desayunar todos los días aquí en la cafetería —dijo Helga frunciendo el ceño.

—No te preocupes, yo te lo pago —se ofreció Arnold.

—Yo te puedo dar dinero para un par de días a la semana —respondió Gerald.

—Yo también te puedo dar algo de dinero, Helga —le dijo Phoebe con una sonrisa.

Helga se encogió de hombros.

—No es necesario que hagan eso chicos... —les dijo sintiéndose avergonzada.

Arnold ignoró la petición de Helga y le puso la mano sobre su hombro.

—Entonces, ¿venimos mañana? —le preguntó con dulzura.

Helga miró a Gerald y a Phoebe y le asintieron con la cabeza. Luego se giró a Arnold que permanecía con la mano todavía en su hombro, esperando su respuesta.

—Está bien, Arnold —le respondió con una sonrisa—. Vendremos a desayunar.


Las clases habían terminado y los cuatro jóvenes, como de costumbre, regresaban a casa juntos mientras charlaban. La relación entre ellos no había dejado de crecer desde que volvieron de San Lorenzo.

Arnold y Helga por fin aceptaron sus sentimientos durante el viaje y se convirtieron en pareja. Su comienzo fue un poco difícil ya que el carácter fuerte de Helga hacía que su relación fuera complicada.

Arnold tuvo mucha paciencia con ella, haciendo que se sintiera más segura a medida que pasaba el tiempo. Cada vez era menos agresiva y sarcástica, hasta que finalmente entendió que la fachada de chica ruda ya no la necesitaba, mostrando por fin quién era realmente.

Por otro lado, Gerald y Phoebe dieron el paso para declarar que estaban saliendo desde hacía años. Si bien siempre fueron algo discretos en ese sentido, ver a Arnold y a Helga decidir hacerlo oficial fue el impulso que los llevó a tomar la decisión con seguridad.

El cuarteto llegó a la intersección donde se separaban ambas parejas: Arnold y Helga por un lado, y Gerald y Phoebe por otro.

Arnold y Helga seguían charlando y riendo mientras iban tomados de la mano. Al llegar a la esquina de la tienda de localizadores, donde Helga estaba viviendo actualmente, se detuvieron.

—Pues aquí nos despedimos —dijo Arnold, terminando en un suspiro.

—Hoy se me pasó volando la mañana —le respondió Helga, mientras se asomaba hacia la tienda para asegurarse de que no estaba Big Bob.

—Sí, la verdad es que a mi también —respondió Arnold rascándose la cabeza.

Arnold le apretó la mano.

—Oye, ¿quieres venir a la pensión? Podemos merendar y hacer la tarea para mañana.

—Debo ayudar en la tienda hoy también. Lo siento... —respondió Helga con tristeza.

—Está bien, no pasa nada. ¿Nos vemos mañana para desayunar entonces?

—Sí, claro —le respondió incómoda.

No tenía dinero para pagar el desayuno y le avergonzaba que Arnold fuera quien la invitara.

Arnold le sonrió y le tomó de la otra mano, acercándose a ella lentamente. Helga se estiró hacia él dándole un beso en los labios. Cuando se separaron, Arnold la miró tiernamente.

—Nos vemos mañana, Helga —dijo con una voz dulce.

—Hasta mañana, Arnold —le respondió con una sonrisa, mientras sus manos seguían siendo sostenidas por él.

Arnold se alejó en dirección a la pensión y Helga fue hacia la tienda. Se paró delante de la entrada y suspiró.

—Otro día más en la increíble vida de Helga G. Pataki —dijo sarcásticamente, mientras ponía los ojos en blanco.

Al entrar, vio a Big Bob detrás del mostrador.

—¿Dónde estabas, jovencita? —le gritó con las manos apoyadas en la cadera.

—Estaba en algo llamado escuela, papá. Ese lugar donde voy a aprender para de mayor poder tener un trabajo que de verdad dé dinero —le replicó con fastidio.

—¡Ah sí, es cierto! Bueno, ponte a trabajar, hay mucho que hacer. Ordena esas cajas que llegaron hoy —le dijo con el ceño fruncido.

Helga miró hacia las cajas y se dio cuenta de que había una más de lo habitual.

—¿Por qué encargaste dos esta vez, Bob? Sabes que ni siquiera podemos vender la mitad de una —explicó con tono aburrido.

Normalmente, Big Bob siempre encargaba una sola caja debido a lo difícil que era vender localizadores en la época actual. La gente ya no los utilizaba, y los únicos que los compraban solían ser empresas pequeñas que precisaban estos aparatos por ser más baratos que un teléfono inteligente.

—¡Porque he tenido una idea! —dijo entusiasmado con el dedo índice levantado.

—¿Cuál es tu brillante idea esta vez, papá? —le preguntó mientras se agarraba el puente de la nariz con los dedos.

—Disfraces —le respondió mientras dibujaba un arcoíris invisible con las manos.

Helga no entendía lo que Big Bob intentaba decirle.

—No entiendo, ¿te vas a disfrazar? —preguntó curiosa.

Helga pensaba que Big Bob disfrazado de lo que fuera sería un evento muy divertido, tanto, que ya estaba por invitar ese día a la tienda a Arnold, Phoebe y Gerald para que pudieran reírse a gusto después los cuatro.

—¡Exacto! —gritó el hombre haciéndola sobresaltar—. Y también tú. Llega hoy, así que hay que estar atentos a cuando llegue el repartidor. Eso me hace acordar que es mejor dejar la puerta abierta.

Big Bob se acercó hacia la puerta y la abrió de par en par. Estaba rota desde hacía bastante tiempo y no se quedaba abierta por sí sola. Iban justos de dinero y no habían podido arreglarla, así que utilizaban una piedra pesada que ponían delante de ella para que no se cerrara.

—¿Yo? ¿Estás loco? —replicó Helga con enojo.

—Exacto, tú. Quiero que atraigas al mayor numero de clientes con tu simpatía. Por eso, quiero que te maquilles y te peines como toca —dijo Big Bob con una sonrisa de satisfacción al pensar que su plan iba a ser todo un éxito.

—Ni lo sueñes, no me voy a poner ningún disfraz y menos me voy a maquillar. ¡Y tampoco me voy a peinar de otro modo! —le gruñó Helga furiosa.

—¡No me repliques señorita! —la amenazó señalándola con el dedo.

En ese instante, Big Bob levantó la vista y vio al repartidor. El chico cruzó la mirada con él y se sobresaltó. Arrugó un papel, lo tiró dentro de la tienda y salió corriendo.

—Ah no, esta vez sí que no —dijo Big Bob para sí mismo apretando los dientes.

Sin mediar palabra, se fue corriendo tras el repartidor que se subió a la bicicleta con desesperación e intentó pedalear. Big Bob lo había agarrado de la camiseta y no lo dejaba marcharse.

—¡Lo sabía! ¡Te atrapé! Siempre dejas el recibo y no llamas a la puerta, después avisas a la empresa que el cliente no estaba en casa. ¡Seguramente lo haces para terminar antes de tu hora de trabajo e irte a tu casa! —le gritó furioso.

Y era cierto, este repartidor era bastante descarado. Le gustaba terminar cuanto antes las entregas para irse a casa y jugar videojuegos. Big Bob estuvo hablando con unos vecinos y fue cuando lo descubrió. Desde entonces, todos los vecinos se mantenían atentos para atraparlo haciendo de las suyas.

Helga estaba parada fuera de la tienda viendo la escena y no pudo evitar reírse por la situación. Apoyó sus manos en la cadera y negó con la cabeza.

—No tiene remedio —dijo con tono divertido. Suspiró y miró a Big Bob—. Maquillarme y cambiar mi peinado, ¿eh? —añadió para sí misma.

Para ella, maquillarse o arreglarse era algo que llevaba tiempo queriendo hacer, pero le daba mucha vergüenza. Aun así, pensaba que tendría su lado positivo: ¿Qué pensaría Arnold al verla así? ¿Por fin la besaría con toda su pasión? ¿Y Phoebe? ¿La querría acompañar en ese tortuoso viaje y también haría lo mismo por ella? ¿Y qué había de Gerald? ¿Cómo reaccionaría al verla de ese modo?

Este Geraldo, seguro que estaría semanas riéndose de mí y recordándomelo. Se le escapó una risita al imaginarlo.

Estas cosas ya no parecían importarle tanto. Gracias a esas tres personas, podía sentirse ser ella misma y ya no necesitaba estar a la defensiva todo el tiempo. Por fin podía mostrar quién era ella realmente, y eso la hacía muy feliz.

—Vamos niña, ¡debemos probarnos los disfraces! —dijo Big Bob, sosteniendo un paquete de gran tamaño.

Helga dio un suspiro de rendición.

—Está bien, papá. Vamos.

Ambos entraron a la tienda y Helga apartó la piedra, empujando la puerta hasta que quedó cerrada.


La música jazz sonaba por toda la habitación, causando una sensación relajante mientras Arnold descansaba sobre su cama, con la mirada perdida en el cielo a través del techo de cristal.

Desayunar con Helga todos los días, eh...

Desde que llegó a casa, no podía dejar de pensar en ella. Hubiera preferido que estuviera ahí con él, pero sabía que tenía que trabajar. En muchas ocasiones, Arnold se había ofrecido a echarle una mano en la tienda, pero ella siempre se negaba argumentando que era una gran responsabilidad y que temía que él tuviera un accidente.

Aunque Arnold ya la conocía muy bien, ella no dejaba de sorprenderlo: era demasiado madura para su edad. Se sentía tonto al pensar que nunca se había dado cuenta de todo lo que Helga había tenido que cargar sola. A veces comparaba a ambas familias, y aunque sentía que la suya era algo rara, sabía que el amor y el afecto que se tenían siempre había sido mejor que lo que tuvo Helga.

—Hijo, ¿puedo pasar? —se escuchó la voz de Miles desde la puerta.

—Sí, adelante —respondió Arnold mientras se incorporaba en su cama.

—Te traigo la merienda.

Miles llevaba una bandeja con un vaso de leche, café recién hecho y un puñado de galletas para acompañar.

—Estaba esperando a que bajaras a merendar, pero al ver que no venías, he decidido venir a merendar aquí contigo. Quiero decir, solo si tú quieres —dijo preocupado por sonar muy pesado.

Desde que Miles y Stella habían regresado de San Lorenzo, el hombre intentaba pasar el mayor tiempo con Arnold.

—Claro papá, disculpa. Estaba absorto en mis pensamientos y no me había dado cuenta de la hora.

—Está bien hijo, no pasa nada. Y... si no es muy invasivo, ¿en qué estabas pensando, si se puede saber? —preguntó con la intención de poder entablar una conversación.

—Pues verás... —dijo Arnold tímidamente.

Aunque sus padres estuvieran al tanto de la relación que mantenía con Helga, no podía evitar sentirse avergonzado cuando hablaba con ellos.

—Quiero pasar más tiempo con Helga, pero sus padres la hacen trabajar bastante en la tienda y es difícil para nosotros coordinarnos —le confesó mientras jugaba con sus pulgares.

—Entiendo, hijo. ¿Y por qué no vas a ayudarla un rato? —preguntó Miles mientras se llevaba una galleta a la boca.

—Pues... no creo que sea una buena idea. Ella me dijo que me puedo lastimar y eso pondría en problemas a sus padres —respondió con tristeza.

—¡Cierto, cierto! —respondió Miles avergonzado.

Se había perdido tanto de su hijo, que no saber cosas tan básicas como esa lo hacían sentir un padre horrible. Intentando buscar otra solución, se le ocurrió una cosa.

—¿Y si al terminar en la tienda, viene aquí a cenar con nosotros? —preguntó, rezando para que su idea le pareciera buena.

Arnold se llevó un dedo a la barbilla y se puso a pensar. Después de unos instantes callado, y para no parecer que la idea de Miles había sido pésima, trató de disimular.

—¡Pues es una gran idea, papá! —le respondió fingiendo entusiasmo—. Es solo que... claro, las cenas aquí son un poco locas —explicó levantando una ceja.

—T-tienes razón.

Miles se sentía un fracaso. ¿Cómo podía ser tan despistado? Tenía que pensar en otra cosa, algo que esta vez sí funcionara.

—¿Y qué te parece si nos vamos de acampada el fin de semana? Podemos ir con el abuelo, él sabe mucho de estas cosas.

A Arnold se le iluminaron los ojos.

—¡Es una gran idea papá! —dijo con emoción saltando de la cama—. Los fines de semana Helga no trabaja.

—Pues bien, hijo, pregúntaselo y confírmame luego si podrá ir. Así yo lo organizo todo —le respondió orgulloso de sí mismo.

Por fin había tenido una idea que podía servir, todo lo que deseaba era ser el padre que Arnold se merecía.

Le entró un gran pesar y notaba que se le iban a escapar las lágrimas. Con disimulo, se levantó y se dirigió hacia la puerta para evitar que Arnold lo viera.

—Bien, hijo, iré a ver si encuentro las carpas para la acampada y revisar si falta alguna cosa más para ir a comprarla más tarde.

—¡Papá!

Miles se giró hacia él con los ojos vidriosos.

—¿Sí, Arnold?

—Gracias —le respondió con una gran sonrisa.

Miles le devolvió la sonrisa y sintió que había ganado otro pedacito del corazón de Arnold.

—De nada, hijo.

Abrió la puerta y salió.

Arnold se obligó a esperar a que Miles estuviera fuera de la habitación para abalanzarse sobre su celular y escribirle a Helga. Buscó su chat pero en el momento de escribirle se detuvo.

—No, creo que no es buena idea ahora. Ella está trabajando en la tienda, tan solo la molestaré... —murmuró para sí mismo—. Mejor espero a más tarde a que termine; le mandaré un mensaje a Gerald.

Mientras decía la frase se le ocurrió otra idea.

—¿Y si también invito a la acampada a Gerald y a Phoebe? Así no será tan vergonzoso estar con ella a solas con papá y el abuelo.

Arnold se imaginó que los adultos posiblemente los molestarían. Además, ambos se podrían sentir incómodos al estar con ellos dos a solas.

Aunque llevaban años siendo novios, nunca habían pasado tanto tiempo a solas y pensar en eso lo ponía muy nervioso.

—Si Phoebe está ahí, estoy seguro que se sentirá más tranquila. Y Gerald podrá animarla, ellos dos siempre están bromeando.

Se levantó de un salto de la cama y se fue a buscar a Miles para contarle la nueva idea que había tenido.


Phoebe hacía la tarea en su habitación. Esa semana tenían varios exámenes y quería terminar cuanto antes para dedicarle más tiempo al estudio.

—Bien —dijo mientras cerraba su cuaderno y sacaba otro—. ¡Vamos por el siguiente!

Se sentía aburrida. Aunque seguía siendo una gran estudiante, pasar tanto tiempo con Gerald, Helga y Arnold hizo que se relajara un poco más.

Antes, nada la hubiera sacado de su foco de atención al hacer la tarea. Sin embargo, ahora se tomaba pausas para descansar y pensar en los momentos donde habían pasado tiempo los cuatro. Algunos de sus recuerdos más divertidos estaban protagonizados por Gerald y Helga. Phoebe se sentía muy feliz al ver que ambos se llevaban tan bien.

Desde que Helga y Arnold eran novios, ella había cambiado mucho. Todavía recordaba cuando él intentaba tomar su mano y ella la rechazaba, hubieron muchos momentos de tensión entre ellos dos. Y aunque Arnold ya sabía que Helga usaba una fachada para protegerse, era inevitable notar que le afectaban sus desprecios.

—Pobre Arnold, debió pasarlo mal...

Phoebe sacudió la cabeza.

—Ya estoy divagando de nuevo. ¡Enfócate, Phoebe! —se animó a sí misma.

En ese instante, justo cuando iba a escribir la primera palabra en el cuaderno, el celular sonó y la sobresaltó, provocando que trazara una gran raya en la hoja en blanco.

Phoebe lo agarró y vio que era Helga.

—Hola, Phoebe, ¿estás ocupada? —preguntó desde el otro lado.

—Hola, Helga. Estoy libre para hablar, ¿qué pasa? —mintió felizmente al haber encontrado una excusa para dejar de hacer la tarea.

—No vas a poder creer la última idea de Bob ¡Se ha vuelto loco! Ha pedido por internet unos disfraces y quiere que los usemos para, según él, ¡atraer a posibles compradores a que vengan a nuestra tienda! —dijo con un tono exagerado.

—¿Disfraces? —preguntó sorprendida.

Big Bob llevaba tiempo ideando un montón de planes para atraer gente a comprar sus localizadores. Pero, aunque algunas de sus ideas habían parecido buenas, siempre terminaban en auténticos desastres.

Helga era la que tenía que aguantar las locas ideas del hombre sin poder hacer nada.

—Sí, disfraces. Y adivina de qué nos vamos a disfrazar —dijo con un tono de intriga.

—No. ¿De qué? —preguntó Phoebe con gran curiosidad.

—De Alicia en el País de las Maravillas.

Helga se golpeó tan fuerte la frente con la mano, que el ruido hizo sobresaltar a Phoebe.

—¿En serio? —preguntó sorprendida—. Entiendo que tú serías Alicia, pero, ¿quién será tu padre?

—El gato —respondió rápidamente.

Un silencio reinó durante algunos segundos entre ellas dos y ninguna se atrevía a decir una palabra. Phoebe podía escuchar respirar a Helga al otro lado del celular.

Sabiendo que la última palabra la había tenido Helga, a Phoebe no le quedó más remedio que decir lo primero que se le ocurrió.

—¿El gato?

Phoebe, al escucharse así misma decirlo en voz alta, no pudo evitar imaginarse a Big Bob disfrazado de esa manera. Empezó a ponerse roja y a sentir como una risa se le acumulaba en su boca. Hizo todo lo posible para no dejarla salir, pero fue totalmente en vano.

—Sí, sí, yo también tuve la misma reacción —respondió Helga al escuchar su risa—. No sé, Phoebe, voy a parecer una princesa. Y eso no es lo peor.

—¿Por qué? —preguntó, pensando que ya no podía haber nada más que lo pudiera superar.

—Vamos a ir al parque así. ¡Al parque, Phoebe! ¡AL PARQUE! —exclamó con desesperación—. ¿Sabes que significa eso? Podría verme cualquiera. Voy a sentirme ridícula.

Phoebe podía escucharla gruñir, seguramente tirándose del pelo.

—Lo siento mucho, Helga.

Eso es lo único que se le ocurrió a la joven, pues lo que Helga le acababa de contar era tan surrealista, que iba a necesitar un buen rato para procesarlo.

—La vida es una mierda, Phoebe —suspiró.

—¿Se lo has contado a Arnold?

—¿Qué? ¡No! —exclamó alterada—. Lo he pensado, pero me da mucha vergüenza que me vea así. Sé que me tranquilizaría si estuviera conmigo, y también sé que se ofrecería de buena gana a ayudarme.

—¿Y por qué no se lo cuentas? —preguntó Phoebe sin rodeos.

—Yo... quiero hacerlo. Tengo miedo de que me tomen fotos y que él las vea en algún momento. Y eso sería peor porque entonces parecerá que no confío en él y no le quiero contar las cosas. —dijo con melancolía.

—Sí, yo también lo pienso. Creo que deberías decírselo, Helga.

—¿Y cómo lo hago? Si lo veo aparecer en el parque y yo estoy vestida de ese modo, me voy a querer morir. No sé cómo voy a reaccionar. —le confesó preocupada.

—¿Y si le muestras el disfraz antes de ir al parque? Ya sabes, los dos a solas.

La cara de Helga se puso completamente roja.

—¿A-a solas? —Se le quebró la voz.

—Pues sí... Si estás un rato con él vestida de ese modo, en algún momento se te pasará la vergüenza. Y podrás ir al parque tranquilamente. Es lo único que se me ocurre —dijo con tono preocupado.

—No sé...

Helga dudó por unos instantes y tomó aire.

—Tienes razón, Phoebe, creo que no hay otra solución.

Phoebe sonrió.

—¿Por qué no lo llamas y se lo cuentas por teléfono? Creo que será mucho más fácil que hacerlo en persona.

Helga permaneció unos segundos en silencio, y después de pensarlo aceptó la sugerencia.

—¿Sabes qué? Lo voy a llamar. Cuanto más tarde en posponer esto, peor será. Muchas gracias por escucharme, Phoebe.

—No tienes por qué dármelas —le respondió sintiéndose orgullosa de haberla ayudado.

Después de una breve despedida entre ambas, Phoebe se volvió a sentar frente a su cuaderno.

—Bien, ¡es hora de continuar! —dijo con entusiasmo.

Sintiendo como si la charla con Helga le hubiera cargado las pilas de nuevo, Phoebe retomó la tarea con convicción.


—Bien, ¿y qué más?

Gerald se tumbó en la cama, lanzando una y otra vez su pelota de béisbol hacia el techo.

—Y le arranqué un mechón de pelo —le respondió Timberly.

Él se incorporó de golpe, mirándola con horror.

—¡¿Que hiciste qué?!

—Sí, me lo guardé. ¿Lo quieres ver? —le preguntó con inocencia.

—¡No! No quiero verlo, te creo —dijo, golpeándose la frente con la mano, exasperado.

Durante los últimos meses, Timberly venía aguantando los insultos y empujones de una compañera de clase, y Helga le había enseñado a defenderse. Desde que Gerald empezó a trabajar con Helga en el proyecto de ciencias, la pequeña pasaba mucho tiempo con ella.

Helga siempre iba a su casa, porque cuando estaban en la tienda, Big Bob se pasaba el tiempo molestándolos. Además, ir a la biblioteca tampoco era buena idea: los tenían en la mira por ser ruidosos, pues siempre encontraban alguna manera de fastidiarse. Desde que regresaron de San Lorenzo, nació una rivalidad entre ambos y estaban tan acostumbrados a tratarse de ese modo que ya no sabían comportarse de otra manera.

—¿No se lo contarás a mamá y a papá, verdad? —preguntó Timberly con tristeza, mientras jugaba con la tela de su vestido.

—No se lo diré, Timberly. Pero debes prometerme que a partir de ahora tendrás más cuidado —le advirtió con firmeza.

—¡Sí, lo tendré! A partir de ahora, trataré de ir directamente a su cabello. ¡Eso será más rápido! —respondió, mientras cerraba el puño y tiraba de un mechón imaginario.

Gerald la miró con perplejidad: Timberly se movía y actuaba como Helga. Cuanto más la observaba, más se le parecía.

Helga, la gran matona a quien antes odiaba por ser tan insoportable, le estaba dando lecciones a su hermana pequeña para que se defendiera. Esa chica problemática que nadie quería tener cerca estaba entrando en su casa como una amiga.

El proyecto, las risas compartidas, su sonrisa... La imagen de ella feliz se le vino a la mente y, sin darse cuenta, él también sonrió.

—¿Gerald? —preguntó Timberly al notarlo con la mirada perdida.

Gerald sacudió la cabeza y le volvió a prestar atención.

—Bien, Timberly, creo que es hora de que vayas a hacer tu tarea —le dijo con un tono amable mientras le acariciaba la cabeza.

—Está bieeen... —le respondió con fastidio.

Timberly caminó hacia la puerta y se detuvo con la mano sobre el picaporte. Pero antes de abrirla, se dio la vuelta y corrió de regreso para darle un abrazo a Gerald. Él le sonrió y le devolvió el gesto.

—Gracias, hermano mayor —dijo con una gran sonrisa.

Acto seguido, salió disparada de la habitación dando un portazo. Gerald se sobresaltó y después negó con la cabeza.

—Lo que me espera... —dijo entre dientes.

Caminó hasta el colchón y se dejó caer de espaldas. Se tapó la cara con el brazo, recordando de pronto que aún no había empezado la tarea para mañana. En ese momento, notó que su celular vibraba en el bolsillo del pantalón y lo sacó para ver de quién se trataba.

—Hola, Arnold, ¿qué pasa, amigo?

—¡Gerald, Gerald!

Arnold se escuchaba muy emocionado.

—Hablé con mi padre y me dijo que nos podría llevar de acampada este fin de semana; pensé que podríamos ir los cuatro.

—Oye eso suena muy bien. ¿Ya se lo contaste a Helga? —le preguntó con curiosidad.

—No todavía, aún debe estar trabajando y... ¡¡AHHH!!

Gerald se sobresaltó haciendo que el celular se le escapara de las manos.

—¿Qué pasa, hombre? —preguntó asustado.

—¡Es Helga! ¡Quiere que hablemos! —respondió Arnold nervioso.

—Agrégala a la llamada, así nos cuentas más detalles a ambos. También podemos invitar a Phoebe —sugirió Gerald.

—¡Bien pensado! Voy a añadirlas entonces.

Arnold buscó ambos contactos y las añadió a la llamada grupal.

—¡Hola, chicos, ¿qué tal? —saludó Helga.

—Hola, Helga —respondió Arnold.

—¿Qué pasa, Pataki, vendiste mucho hoy? —le preguntó Gerald.

—No mucho la verdad, en realidad no entró nadie a la tienda —confesó aburrida—. Aproveché mientras Bob no me veía para hacer la tarea a escondidas —dijo riendo.

—Qué bien, yo ni la empecé —le contestó Gerald.

—¿Y a qué viene la llamada si se puede saber? —preguntó Helga con curiosidad.

—Pues... —respondió Arnold.

Arnold estaba un poco nervioso de anunciarle la propuesta para la acampada.

—Tu suegro nos lleva de acampada este fin de semana —le respondió Gerald divertido.

—¡Cállate, Geraldo! —le gritó Helga avergonzada.

—Sí... Mi padre me dijo que podíamos ir los cuatro. Gerald sí que puede, y quería saber si tú y Phoebe quieren venir —dijo Arnold aun avergonzado por el comentario de Gerald.

—Por mí sí, no creo que les importe a mis padres y saben que los fines de semana yo no trabajo en la tienda —respondió Helga con suficiencia.

—¡Genial! —dijo Arnold emocionado.

—Hola —saludó una voz tímida.

—¡Ya era hora, Phoebe! —exclamó Helga.

—Hola, Phoebe, vamos a ir de acampada este fin de semana con mi padre y mi abuelo —le dijo Arnold.

—¿A una acampada dices? —preguntó Phoebe curiosa.

—Sí, vamos a ir los tres. ¿Te quieres unir? —la invitó Gerald.

—Sí, claro, será divertido —respondió con tono feliz.

—Pero, Arnold, ¿dónde dormiremos? —le preguntó Helga.

—En carpas de acampada, mi abuelo tiene una muy grande donde cabemos los cuatro —respondió Arnold.

Gerald se alarmó. ¿Los cuatro? Está loco.

—Arnold, ¿tiene separaciones o algo esa carpa? —preguntó Gerald algo nervioso.

Creo que no... —le respondió dudando.

Helga empezó a soñar despierta.

¡Oh, Arnold! Mi amado, mi ángel, siempre tan amable y atento a los demás. Solo imaginar que estaremos durmiendo debajo del mismo techo sin separaciones... Helga se dio cuenta de que dormirían en la misma carpa y sin nada que los separara. Podría verlo dormir, y quién sabe si sucedería algo más. ¡OHH, MI AMOR! Ahora lo entiendo todo: quieres dormir conmigo por eso planeaste todo esto. Imaginar que nos besamos durante toda la noche, sentir tu respiración cerca de mí, tu calor envolviendo todo mi cuerpo mientras nos abrazamos con ternura. Y en ese acercamiento tan íntimo que tendremos, tal vez tu y yo podamos ir más allá y teng-

—¡¡HEEELGAAA!!

Helga dio un salto en la cama que la sacó de su fantasía.

—¿Qué quieres, Geraldo? —le preguntó un poco aturdida.

—No respondías y hace rato que te estoy llamando. ¿Qué pasó? —preguntó preocupado.

—N-nada, ya sabes que mi padre es un pesado. Me llamó para hacer una cosa y tuve que ir —respondió disimulando.

Gerald supo que estaba mintiendo. Durante toda su ensoñación él podía escucharla respirar al otro lado del celular. Qué raro...

—Arnold y Phoebe se han tenido que ir, solo estoy yo.

—Entiendo...

Helga se desanimó: tenía ganas de seguir hablando con Arnold.

—Bueno, entonces... no sé si quieres seguir hablando —preguntó Gerald, deseando que dijera que sí.

—Claro, no tengo nada mejor que hacer, Geraldo —respondió Helga encogiéndose de hombros.

Gerald se incorporó y se sentó en la cama emocionado.

—¿Y cómo va todo?

Gerald se golpeó con la palma de la mano contra su frente ante la estúpida pregunta.

Era increíble cómo tenía tanta confianza con ella cuando estaban delante de Arnold y Phoebe, pero lo cohibido que se sentía cuando estaban a solas.

—No sé, hoy pasó algo con el idiota de Bob —le confesó Helga con tono de fatiga.

Gerald vio la oportunidad perfecta para tener una conversación seria con ella. Bien, Gerald, no metas la pata esta vez.

—¿En serio, qué pasó? —preguntó tratando de poner la mayor atención posible.

Helga empezó a contarle la idea que había tenido Big Bob acerca de los disfraces y trató de evitar que Gerald no notara cuánto le afectaba siendo sarcástica.

Él se reía nervioso sabiendo que ella estaba poniendo su fachada habitual. Gerald se imaginaba lo mal que ella podría pasarlo ese día, así que pensó que él también quería ir para protegerla.

—Yo también iré —le dijo cuando terminó de contar toda la historia.

—Claro, me lo imaginaba. Vas a venir a burlarte de mí, ¿verdad? No olvides tomarme muchas fotos, Geraldo —bromeó divertida.

—No me voy a burlar de ti. Hay momentos en los que puedo bromear contigo, pero también sé cuando no; y este es uno de ellos —respondió con seriedad.

Helga se sorprendió al escucharlo hablar de esa forma. Gerald siempre la estaba molestando, y cualquier cosa que ella hacía, él lo convertía en un chiste. No podía fallar en nada, si no, él siempre encontraba la manera para poder molestarla.

—Vaya... Supongo que gracias —respondió vacilante, pero enseguida empezó a dudar de las intenciones de Gerald—. Estás tomándome el pelo, ¿verdad? —preguntó entrecerrando los ojos.

Gerald no sabía qué responder, parecía que Helga no tomaba en serio sus palabras y eso lo desanimó. Sin embargo, no quiso desistir.

—Lo digo en serio, Helga, no estoy bromeando. Somos amigos, ¿cierto? No siempre se va a tratar de molestarnos, creo que también podemos apoyarnos el uno al otro. —Subió lentamente la mano y se tapó la cara al darse cuenta de lo que había dicho, avergonzándose en el acto.

¿Por qué le hablé de ese modo? Tan solo es Helga.

Helga se quedó callada procesando sus palabras. Se sentía muy rara al escucharlo hablar de un modo tan serio, nunca le había hablado así. No se parecía en nada al chico que ella conocía: tan bromista y sarcástico.

Siempre se imaginó cómo podría ser Gerald en privado con Phoebe. Empezó a recordar cuando ella le había explicado que Gerald podía ser un tipo serio cuando tocaba serlo, pero Helga nunca la creyó. No podía asociar esa imagen a la que tenía de él: tan divertido y despreocupado. Si estabas cerca de Gerald nunca te aburrías, ¿de dónde sacaba toda esa energía? Era algo que siempre se había preguntado.

—Bueno... supongo que puedes venir. Es decir, nos podemos ver en el parque para que no tengas que venir hasta la tienda.

—Entonces, allí estaré —le respondió con convicción.

—Está bien, Gerald, nos vemos en el parque —dijo Helga algo confundida.

No sabía qué estaba aceptando y tampoco entendía el comportamiento de Gerald, pero pensar que él podría estar allí, de alguna manera la hacía sentir más tranquila.

—¿Lo sabe Arnold?

Gerald pensó que tal vez se había precipitado al decir que iba a acompañarla, y que sería extraño ir sin mencionárselo a Arnold.

—No, todavía no se lo he dicho.

Gerald se sorprendió de que Helga se lo contara a él primero. Seguramente debía haber alguna explicación; sin embargo, no pudo evitar sentirse feliz al pensar que ella lo había elegido como su primera opción por encima de Arnold.

¿Por qué esto me pone tan feliz?

—¿Cuándo se lo dirás? —le preguntó con curiosidad.

—Había pensado que en un rato, después de la cena... —respondió Helga, dudando.

—Entiendo. Si necesitas ayuda para contárselo, yo puedo estar contigo.

Esto sí que fue inesperado, Gerald, ¿qué demonios te pasa? Se preguntó desconcertado.

No entiendo nada, está actuando muy extraño hoy. ¿Será esto una broma? Y si no es una broma, ¿nuestra amistad está yendo en esta dirección? Helga seguía sin entender su comportamiento. Pero, de algún modo, le emocionaba poder tener otro amigo en el que confiar aparte de Phoebe. Sin embargo, Gerald era la última persona que se le hubiera ocurrido.

—Gracias... —respondió con sinceridad.

—Si quieres, podemos intentar llamarlo ahora.

Helga dudó. Sé que es repentino, pero si no lo hago ahora tal vez no haya un momento donde él pueda estar, y tendré que decírselo yo sola a Arnold. Vamos, Helga, sé valiente.

—De acuerdo, Gerald, yo lo llamo.

Helga buscó el contacto de Arnold para añadirlo a la llamada. Después de esperar unos segundos, él contestó.

—Hola chicos, pensaba que ya no estarían.

—Nos quedamos un rato más hablando y se nos ocurrió que tal vez estabas disponible —dijo Gerald.

—Sí... perdón por haberme ido, tenía que ayudar a mi abuelo con la caldera. Lleva un tiempo haciendo cosas raras y él trata de ir revisándola para que siga funcionando correctamente.

Helga seguía callada, así que Gerald intentó sacar el tema.

—Helga y yo estábamos hablando acerca de una cosa. No sé si tienes tiempo para que podamos explicártelo.

—Sí, claro, ¿de qué se trata? —preguntó con curiosidad.

Después de un breve silencio, Helga habló.

—Hola, Arnold, verás...

Helga estaba en blanco. Cuando lo pensó, le pareció muy fácil la idea de contárselo junto con Gerald, pero ahora que estaba pasando de verdad, sentía que no podía hacerlo.

Gerald notó que Helga estaba muy nerviosa, así que tomó el control de la situación y le contó él mismo toda la historia a Arnold mientras ella permanecía en silencio, escuchando un poco avergonzada.

—Y eso es todo. Yo le dije a Helga que iré ese día para ayudarla —finalizó, con el propósito de que Arnold también aceptara la idea de ir.

—¡Buena idea, Gerald! Yo también iré a ayudar en lo que sea —dijo Arnold emocionado.

La idea de poder hacer algo por Helga lo entusiasmaba, ella había hecho mucho por él. Arnold sentía que había llegado el momento de que él también pudiera hacer algo por ella.

—¿Qué opinas, Helga? Vas a tener que rascarte el bolsillo e invitarnos a un helado doble cuando terminemos —dijo Gerald con un tono de voz divertido.

—¡Ja! Primero me tienen que demostrar que pueden aguantar tantas horas trabajando, y si no cumplen, no habrá helado —le respondió sarcástica.

Gerald se puso feliz de escucharla de nuevo, había estado callada durante un buen rato y sabía que no lo estaba pasando bien.

—Lo que tú digas, Helga —respondió con una sonrisa sincera que ella no podía ver.

Los tres siguieron hablando durante un buen rato. Helga empezó a sentirse más cómoda ante la idea de que Arnold y Gerald la acompañaran en un momento tan difícil para ella.

Durante la llamada, Gerald y Helga volvieron a su habitual trato, en el que no dejaban de bromear y lanzarse comentarios sarcásticos mientras Arnold reía sin parar.

Parecía que todo iba muy bien entre los cuatro, sin embargo, no sabían que todo iba a cambiar en muy poco tiempo.