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Capítulo 1: El bastardo y La Dama.
En la penumbra de la noche fría un joven exiliado regresaba al distrito Trost qué lo vio nacer, galopando sobre un caballo se aproximaba a las tierras de los Kirstein.
Cuando solo tenía diez años, su abuelo lo obligó a subir al primer barco rumbo a Hizuru con una sola maleta. “Será la última vez que nos veamos”, le juró. Ahora diecisiete años después, Jean volvía para romper esa promesa y reencontrarse con el hombre que lo despreció desde el vientre de su madre.
Los caminos eran oscuros y enlodados, la luna no brilló esa noche, lo único que alumbraba su camino eran los rayos azules qué caían lejos de él, las gotas de lluvia eran pesadas y frías sobre los hombros de su gabardina, apenas podía vislumbrar la mansión roja, hogar de cada varón con el apellido de su abuelo y lugar de sus más terribles pesadillas.
—¡Jean!
Una mujer joven de cabello rubio cenizo movía los brazos en el arco de la entrada de los jardines y sostenía una lámpara bajo un paraguas que nunca la cubrió de la lluvia.
Bajó del caballo a prisa, la reconoció de inmediato. Su vieja amiga de la infancia, Hitch, había crecido, rizos cortos, pestañas largas, y un vestido rosa que ya no era de niña. Las risas que compartieron en la siembra quedaron atrás.
—Mi padre está adentro, te está esperando.
No había tiempo para un saludo extenso recordando los viejos tiempos, solo pudo apretar su brazo con gentileza en forma de saludo antes de abandonarla. Corrió hasta las grandes puertas de madera, el cuerpo le temblaba, los pulmones le ardían, y su mente le estaba haciendo una mala jugada, recordó un aroma peculiar, alcohol y pólvora, los pulmones que ya le ardían ahora se llenaron de ese sucio aroma e intentó calmar sus nervios, esta vez estaba a salvo y podría defenderse. Al llegar Lucas Dreyse, administrador y padre de su mejor amiga miraba su reloj de bolsillo impaciente.
—¡Señor Dreyse!
El administrador de la hacienda alzó la vista dejando de lado el reloj de bolsillo, los lentes redondos que le caracterizaban brillaban bajo las velas-
—Jean. Deprisa
Subieron las escaleras sin la mínima preocupación de darse un cariñoso saludo o de ensuciar la fina alfombra. Entraron a una habitación, su abuelo, Jacob Kirstein, estaba recostado respirando con la misma dificultad de Jean, la chimenea calentaba y apenas lograba iluminar la habitación, el reencuentro fue espectral, digno de una escena de terror, la habitación olía a hierbas, heridas supurantes, a viejo y muerte.
—Ahora que el joven heredero llegó se podrá firmar el testamento y nosotros seremos testigos de lo que ocurra en estas cuatro paredes.
Un hombre rubio, de mandíbula recta, ojos azules y sin un brazo lo saludó, con su mano única lo tomó de la gabardina y lo acercó a su abuelo quien lo miró a los ojos, un rayo cayó cerca del lugar e iluminó por completo la habitación, el cuerpo de Jean se erizó de miedo, unos ojos castaños lo miraban fijamente. Recordó las veces que lo miraron llenos de odio, los golpes qué le daba en la espalda con un látigo hasta que se desmayara del dolor.
—Daré lectura del testamento y última voluntad de Jacob Kirstein. En pleno uso de mis facultades —leyó Erwin—, nombro a Jean mi único y legítimo heredero, le otorgo el apellido Kirstein y todo lo que conlleva. Por favor señor Kirstein, firme.
El anciano fue ayudado por el señor Dreyse, la mano le temblaba y no soltaba su mirada de Jean, él divisó en su rostro un gesto parecido a la súplica, no entendía si era para que alguien se apiadara de él y calmara su dolor o es que rogaba perdón.
—Jean, firma por favor. Usando el apellido de tu abuelo.
Aun con dudas y lleno de temor firmó con su nuevo apellido. Después, su viejo amigo y protector el señor Dreyse añadió la suya como testigo. Jean se acercó más al cuerpo moribundo de su abuelo, no sabía que debía decir. Por un instante parecía que el viejo sería quien diría algo, solo movió sus labios luego un suspiro ronco y largo que llenó las entrañas de terror a los presentes, lágrimas resbalaron por sus mejillas y Jean pudo ver como la luz de sus ojos se apagaba, justo cuando las primeras campanadas de la media noche llenaban la silenciosa habitación.
El señor Lucas tomó las sábanas y cubrió el cuerpo cuando confirmó que no había pulso en el anciano. No hubo lágrimas esa noche y tampoco lamentos, todos en aquel lugar concordaban en que ese hombre era despreciable, pero aun así guardaron silencio por un minuto.
El hombre que tanto lo hizo sufrir, que disfrutaba de verlo rogar y pedir piedad dejó la vida terrenal. Ahora su prisión personal tenía un nuevo amo.
—Señor Dreyse, es un placer volver a verlo. —sonrió Jean con amargura, no era esa la forma en que esperaba volver a ver al hombre.
—Has crecido tanto hijo.
Jean lo abrazó con fuerza, él era el padre que nunca tuvo, lo corrigió e instruyó con amor y le dio la felicidad y cuidados que no encontró en su familia de sangre.
—Ahora eres el amo Kirstein.
—Por favor, jamás me llame así —sentía que jamás se podría acostumbrar al apellido de su abuelo.
—Bueno, ahora soy tu administrador —dijo Lucas—. Permíteme presentarte al señor Erwin Smith, tu abogado.
Jean se volvió hacia el hombre rubio. —Un placer, señor Smith. Y por favor, llámame simplemente Jean.
Erwin asintió con una sonrisa casi imperceptible. —Como prefieras, Jean. El placer es mío.
Su vida había dado tantos giros que por un momento se sintió al borde de un acantilado, pasó su mano por su cabello aún húmedo. Su ropa barata de Hizuru daría un paso atrás y abriría el camino a la ropa fina de Sina con la más alta costura y perfumes dignos de la realeza. Su nuevo título era un veneno dulce en su lengua, en el exilio se resignó a ser un doctor sin pasado, un hombre forjado en la violencia que jamás aceptaría migajas y menos de aristócratas, se planeó una vida modesta y humilde. Pero ahora con el cadáver de su abuelo enfriándose en la cama y él renaciendo con lingotes de oro parecía una broma cruel del destino.
En el umbral, la luz de una vela iluminó de dorado el rostro de Hitch quien se asomó por la puerta dando un par de toques.
—Disculpen —susurró—. Llegaron el pastor Nick y Lord Waltt. Esperan en la entrada.
Lucas asintió con cierto nerviosismo al escuchar el nombre del Lord.
—Gracias hija, por favor anuncien a los sirvientes que el señor Kirstein falleció. ¿También podrías ordenar los preparativos para el funeral?
—Claro padre.
—Espera.
La voz de Jean la hizo respingar asustada, la última vez que lo vio era delgado y lampiño ahora era alto, con músculos en todo su cuerpo, barbudo y cabello largo. Con prisa, Jean se aproximó a Hitch quien le dedicó una ligera sonrisa y él le respondió con la misma dulzura que ella esperaba y antes de poder preguntarle algo la abrazó con fuerza, Hitch no podía creer que ese abrazo le diera las esperanzas a su corazón que por años había estado esperando, para su joven e inexperto corazón significaba que la quería de igual o mayor manera que ella.
—Te extrañé tanto Hitch —el aliento de Jean acarició su cabello húmedo
—Estoy tan feliz de que regresaras a casa.
Ella hundió solo un poco sus dedos en una vaga necesidad por profundizar el abrazo, el corazón latía con fuerza contra su pecho. Pero Jean no se dio cuenta, para él, ella seguía siendo la hermana pequeña que le hacía coronas de flores y le ponía huevos de gallina en los zapatos. Al soltarla Jean le revolvió el pelo empapado, le alegraba tanto verla de nuevo y sentir que podía confiar en ella.
—Gracias por tu apoyo.
Hitch solo pudo sonreír, no podía ser capaz de hablar de sus sentimientos con su padre cerca.
Después de cruzar algunas palabras con el señor Dreyse y su abogado Erwin Smith, Jean bajó para encontrarse con otro hombre que fue una figura paterna en su infancia, el pastor Nick era un hombre que se preocupaba por los más necesitados, si encontró su vocación en la medicina es gracias a ese hombre. Desde los pasillos se escuchó una acalorada conversación.
——No puede ser. El viejo Kirstein solo tenía una hija —la voz airada retumbaba en las paredes—. ¿Y de pronto aparece un nieto de Hizuru?
—La señorita Eleonor tuvo un hijo fuera del matrimonio, murió en el parto —respondió una voz anciana intentando sosegar a la otra.
Jean se asomó por el borde de las paredes, bajo el temblor de las velas del vestíbulo fue capaz de notar la silueta del pastor Nick con su sotana negra y su dorado collar, a Hitch con los puños cerrados y un hombre regordete de cabello rubio oscuro y con una calva en la coronilla de su cabeza, por las joyas que cargaba intuyó sería Lord Walt.
—¿No se suponía que había muerto al caer de un acantilado? —preguntó entre risas.
—Eso es lo que el señor Kirstein dijo para evitar escándalos —el pastor Nick arrugó los ojos con molestia— pero esa es la verdad.
—¿Y quién era el padre? Supongo que algún campesino sin valor.
—El señor Jean Kirstein es un buen hombre —Hitch bufó entre dientes mirando con desprecio al hombre de alta clase—. Además, es médico pediatra.
La única respuesta que obtuvo de ese hombre fue una risa burlona y larga, ella no podía soportar que ese hombre pretendiera poner en duda la legitimidad de la sangre de Jean.
—Niña, eso no lo hace un señor.
—Mi madre fue engañada por un hombre que la abandonó—mientras bajaba los escalones, Jean levantó la voz en su propia casa— como muchos otros sin honor que viven entre nosotros.
—Kirstein—susurró Walt ahora con el rostro palidecido.
Alto, cara alargada, cabello castaño cenizo y ojos marrones. Con el ceño fruncido y mirada asesina cedió cuenta que era la viva imagen de Jacob Kirstein, Walt ya no tuvo más dudas de la legitimidad de su sangre.
—Señor Jean Kirstein —le corrigió— ¿Usted quién es?
—Lord Waltt, de la honorable familia Werner y protector de Trost. —su voz y sus movimientos era una cordialidad fingida, ahora tenía que intentar corregir su error.
—Mi abuelo falleció, supongo que venía a despedirse, llegó tarde —una vez que estuvieron cara a cara no ocultó el desprecio que sentía por el sujeto.
—Algo por el estilo —Walt se lamió los labios y suavizó su voz rasposa— en realidad venía a platicar con el nuevo heredero sobre asuntos de protección —le sonrió mientras lo observó de pies a cabeza
—Si no le importa hablaremos después del sepelio, está invitado.
—Gracias, pero no, ese tipo de temas no me agradan, mujeres llorando y estorbando —miró de mala manera a Hitch— Mis más sentidas condolencias por su pérdida —le sonrió con malicia— Me retiro.
Y sin algún tipo de educación, dio media vuelta y salió por la puerta principal, dejando tras de sí un silencio cargado.
—Maldito arrogante —escupió Hitch temblando de rabia.
—Tranquila —Jean posó su mano sobre su hombro para tranquilizarla— a partir de ahora será así, acostumbrate.
—Pero ellos no tienen derecho a juzgarte.
—Se sienten con el derecho que sus monedas y sus apellidos les dieron.
Hitch aspiró hondo, calmándose bajo su tacto. —Iré a prepararte una habitación para que descanses.
La sonrisa que Jean le dedicó entonces fue como un rayo de sol, un rubor instantáneo trepó por las mejillas de Hitch borrando el amargo encuentro de ese hombre detestable.
Cuando ella se había marchado, Jean se volvió hacia el anciano pastor.
—Pastor Nick. Qué bueno verlo de nuevo —extendió su mano para saludarlo.
El viejo tomó la mano entre las suyas, rugosas y cálidas.
—Joven Jean, me alegra que el destino te haya traído a casa.
Jean negó con la cabeza, ese no era su hogar.
—Quizás solo usted vea algo bueno en este regreso
El funeral fue sencillo, solo algunas personas acudieron al lugar, Jean recibía a los invitados dando su nuevo apellido, la gente murmuraba tanto por la extraña situación como por lo apuesto y parecido que era Jean a su abuelo, todos en la familia Kirstein portaban una cara alargada y cabello castaño, esa era prueba fidedigna de su legitimidad, Jean odiaba que lo comparan con ese hombre y no medía sus palabras al proclamar que no quería ser relacionado con el hombre que lo golpeó y negó por años, muchos estaban de su lado, sabían cuán cruel era ese hombre y otros pocos creían que era una falta de respeto a quien ya no estaba entre ellos. Sin importar la situación la gente siempre tendría una opinión de él, tendría que acostumbrarse a la situación y a codearse con aristócratas, lo que más odiaba.
Al pasar los días Jean junto al señor Dreyse revisaron las libretas de su abuelo, la situación en las haciendas era perfecta, la venta de ganado, vegetales y algodón era excelente a comparación con los empleados y las propiedades, salarios miserables y las propiedades se caían a pedazos. Había mucho por hacer y pocos empleados, su abuelo lo manejaba casi todo y a palabras del señor Dreyse a él únicamente le permitían meter sus narices en asuntos de envío de producto y que la gaveta de alcohol estuviera bien surtida y no en los financieros. Solo existía una persona que podría ayudarlo.
Mientras en la enorme biblioteca Jean buscaba libros sobre ganadería una voz alegre y estridente de Ragako lo sacó de su concentración.
—¿Jean dónde estás? —la puerta se abrió de golpe, había libros hasta en el suelo y un fuerte aroma a humedad— ¿Qué huele tan mal?
—Connie —la palabra salió como un suspiro de alivio. Tres años se esfumaron en un instante.
—¿Cuánto hace que no nos vemos, doctor? —Connie abrió los brazos—. ¡Ven aquí antes de que me ponga sentimental!
Se abrazaron con tanta fuerza que se crujieron las costillas. Jean cerró los ojos por un instante, el olor a tabaco barato de su amigo lo llevó de vuelta a las noches de estudio en su cuarto con goteras de Hizuru, cuando todavía creía que su futuro sería sencillo.
—Me alegra que llegaras tan rápido —murmuró Jean contra su hombro.
—¿Estás loco? —soltó a su alto amigo— Le conté a mamá y me habló todo sobre tu apellido, creí solo heredaste una finca, pero nunca que serías dueño de la mitad de Trost.
—Es solo un puñado de casas, Connie. Y se están cayendo a pedazos, como todo lo demás.
—Ah, sí, un puñado de propiedades y cultivos ¡Que pena! —bromeó Connie, dándole una palmada en la espalda—. Oye, hablando en serio ¿No te interesaría, no sé, ser de mi familia? Mi hermana ya tiene quince y es una excelente cocinera.
Sin poder hablar, Jean miró a su amigo con extrañeza y Connie no pudo sostener la farsa y una carcajada escapó de los labios de ambos, después de décadas las paredes se revitalizaron con la complicidad de los amigos.
—Por el amor de Dios, Connie —logró decir Jean entre risas—. Creí hablabas en serio, solo pensé, es solo una niña.
—Lo sé, lo sé —Connie se secó una lágrima de risa—. Jamás dejaría que mi adorada hermanita se case con un tipo con cara de caballo y menos por la mitad de Trost.
—Y tú sigues siendo un idiota —respondió Jean, pero sonreía de verdad por primera vez en semanas.
—Tu mensaje sonaba urgente. ¿A qué viene el llamado de auxilio?
Se sentaron frente al escritorio. Jean empujó los libros hacia él.
—El viejo dejó todo hecho mierda, no sé mucho de números como tú y no confío en nadie más que en ti para manejar esto— Jean señaló el caos de documentos.
Connie dejó de sonreír. Su rostro mostró lo mal que estaba todo, Jean no mentía cuando dijo que las cosas se caían a pedazos.
—Las ventas son buenas, pero faltan pagos, algunos son dobles, pero lo peor está en Orvud, parece que ahí tu abuelo tenía un administrador y le robaba o es un idiota. Los costos anuales se triplicaron en los últimos dos años.
—¿Irías a Orvud conmigo? No podría hacerlo sin ti —Jean le dió una pesada palmada en la espalda que casi dejó sin aliento a su amigo.
—Por supuesto que voy —Connie esbozó una sonrisa pícara—. Entonces ¿Ahora trabajo para ti?
—Por su puesto. Mañana partiremos, quiero solucionar esto lo antes posible.
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A cientos de kilómetros del Distrito Trost y en el corazón del próspero Distrito Orvud, una joven se aferraba a los hombros de un soldado, detrás de la capilla de la Diosa Sina, alejados de las miradas familiares, en medio de un jardín hermoso rodeados de flores de cientos de colores Pieck Finger se dejaba empujar con dulzura violenta contra la piedra fría de la pared. Porco, su amante, la besaba con la furia que contuvo durante meses, sus labios hambrientos devoraban los suyos con urgencia.
Sus manos, callosas por el manejo de las armas y el trabajo rudo, tan distintas a las manos enguantadas de los caballeros que la cortejaban, se aferraron a su rostro con una posesión que hacía estremecer a Pieck. Él profundizó el contacto de sus cuerpos y ella con toda su educación en el decoro que se desmoronaba bajo el peso de ese deseo, sucumbió. Sus labios, sorprendentemente suaves, iniciaron un descenso lento y deliberado por la línea de su cuello, provocando en Pieck unos gemidos bajos que ella misma censuró al instante llevándose una mano a la boca. El miedo a ser descubierta se enredaba con el placer, haciendo que cada caricia y cada mordisco suave, fuera un peligro delicioso. Dejó que Porco la tocara y besara, esa era la libertad que jamás permitiría que otro hombre tomara.
—Porco, basta —era más una súplica para permitirle calmar sus ideas que una orden, porque en verdad su cuerpo clamaba por más.
—Estuve dos meses lejos de ti —murmuró él contra su piel, besando la curva donde el cuello se encontraba con el hombro—. Dos meses sin verte, sin olerte. Te extrañé tanto, Pieck. Solo deseaba poder tocarte de nuevo.
Compartían la misma temperatura y deseo, sus miradas ardientes se encontraron y él deslizó su pulgar por la línea de su mandíbula, el toque era áspero y tierno a la vez, erizando cada centímetro de su piel. Pieck contuvo un temblor.
—Déjame besarte —rogó Porco, su voz era un ronquido cargado de necesidad—. Déjame recordar que esto es real.
Atacó de nuevo su cuello, esta vez con mayor ferocidad, sellando sus labios sobre la yugular, donde el pulso de Pieck se evidenciaba desbocado, un pequeño mordisco, un gesto a medio camino entre la dulzura y la marca. Ella solo pudo cerrar los ojos, entregándose a un escalofrío intenso que le recorrió la espalda, y una humedad cálida traicionó sus deseos más íntimos bajo las capas de seda fina.
—Pero no aquí —susurró en un débil intento de cordura, mientras sus dedos casi por voluntad propia se enredaban en su melena casi dorada—, estamos detrás de una iglesia.
—Mi lady ¿De pronto te volviste religiosa? —bromeó él con una sonrisa canalla mientras sus besos descendían, audaces, hasta el borde prohibido de su escote.
Pieck amaba que la llamara así.
—Alguien puede escucharnos —argumentó nerviosa.
Se detuvieron y en el silencio repentino, el sonido de sus respiraciones agitadas y el doble tambor de sus corazones era un latido frenético. La entrepierna de Pieck ardía en una llamarada oculta y lista, mientras que la de Porco era visible a través del uniforme, una promesa palpable de lo que no podrían consumar.
Porco respiró hondo, hizo un esfuerzo por calmar la tormenta en su sangre. La encerró en un abrazo que era refugio y tortura, besó sus labios ahora con una lentitud exquisita, una caricia destinada a apaciguar el deseo era como intentar sofocar un incendio forestal con un vaso de agua, algo inútil.
Pieck se derritió en ese beso final, lo amaba y adoraba el peligro, la adrenalina constante de ser descubiertos, el sabor prohibido de un amor que en sus novelas románticas siempre tenía un final feliz. En la vida real, sabía que para una señorita y un soldado sería casi imposible, pero entre sus brazos, podía fingir, por unos minutos más, que su historia sería la excepción
—No debería importarnos si nos ven —murmuró Porco sobre su oído—. ¿Qué podrían hacernos?
Pieck cerró los ojos, saboreando la calidez de su aliento.
—Decirle a mi madre y ella me encerraría hasta que me pudriera —una sombra de genuino temor nubló su mirada
Porco se separó lo justo para mirarla a los ojos. Sabía cuán cruel podría ser su madre, la tomó del mentón para que lo mirara, con un vuelco en su corazón Pieck vio el destello temerario que tanto la atraía.
—Entonces te robaría —declaró, sin un ápice de duda sellando una promesa peligrosa.
Por un momento, allí en su burbuja de deseo y riesgo, lo creyó posible. Admiraron el rostro del otro como si no volvieran a verse en un largo tiempo. Pieck deseaba con todo su ser poder ser presentada algún día como la señora Galliard mientras que Porco, por su parte, no tenía claro su futuro más allá de la próxima batalla y el matrimonio le sonaba distante, pero tenía una sola verdad absoluta y firme como la tierra bajo sus pies, la quería a ella y solo a ella.
—Debo irme —susurró Pieck aunque quería quedarse siempre entre los brazos de su amado.
—¿A mi casa? —bromeó Porco mientras alisaba un rizo rebelde de su cabello—. Es pequeña, pero la cama es cómoda.
—Tonto —replicó Pieck sonrojándose mientras intentaba quitar una pelusa del elegante uniforme militar—. Mi madre ya debe estar mandando a los sirvientes a buscarme.
—Mi lady. ¿En tu cuarto, a las tres de la madrugada? —selló la cita con un beso delicado en su labio superior—. Es importante. Hay algo que debo —rectifico— que quiero hablar contigo.
Una chispa de curiosidad y esperanza iluminó los ojos de Pieck, haciéndolos brillar con una intensidad estelar.
—Claro que sí —respondió, su voz era un hilo de emoción.
—Nos vemos en unas horas—tomó sus manos, enfundadas en finos guantes de encaje y depositó un beso cálido sobre los nudillos. Ella siempre olía a tela fina y esencias florales.
—A las 3 —confirmó Pieck.
Para corresponderle, con agilidad tomó las manos de Porco y también besó sus nudillos ásperos con un tenue aroma a pólvora.
Cruzaron una última mirada y como habían acordado desde hacía dos años atrás se alejaron en direcciones opuestas sin volver la cabeza. Para cualquier transeúnte de Orvud, no eran más que dos extraños que salían de un lugar sagrado, una dama con prisa y un soldado que volvía a su cuartel.
Con el corazón aun tamborileando de una alegría anticipada que le coloreaba las mejillas, Pieck apretó el paso. Tendría que regresar a casa antes de la hora del té.
A lo lejos, justo cuando creía haber escapado sin testigos, la silueta alta y desgarbada de su primo Zeke asomó fuera de una taberna, sonreía en una animada conversación con un par de ebrios, Pieck solo pudo poner los ojos en blanco por un fastidio familiar que su primo Zeke le generaba, él siempre era el centro de atención, pero no del que una familia como la suya deseaba. Su carisma era magnético, pero peligroso y su obsesión por las apuestas era un secreto a voces que manchaba su apellido.
—¡Pequeña Pieck! —la voz de Zeke llena de una alegría artificial la atravesó desde el otro lado de la calle.
Ella se detuvo en seco, forzando una sonrisa dulce mientras su corazón daba un vuelco, sentía el temor de que el aroma de Porco se hubiera mezclado en sus ropas o que hubiera dejado una marca en su piel, con disimulo, cubrió su cuello llevando una mano al pliegue donde los labios de Porco habían estado minutos antes.
—Hola, Zeke. —su saludo fue breve, no esperaba que tuvieran una conversación.
Pero Zeke ya cruzaba la calle con pasos largos, esquivando un carruaje con despreocupación.
—Querida prima, te ves hermosa esta tarde —dijo con una inclinación de cabeza teatral—. Dime, ¿tendrías, por casualidad, un par de monedas? Es para una inversión de último momento —mintió sin mucho esfuerzo.
—Lo siento, vengo de la capilla —mintió sin pestañear—. Y voy directamente a casa.
—Qué lástima —suspiró decepcionado— ¿Y mi madre y la tía Gertrude?
—Me esperan en casa.
—Perfecto. Entonces te acompaño hasta la puerta, pasaré a saludar a Hannes.
Zeke se inclinó solo un poco y cedió su brazo a Pieck quien con sus manos enguantadas lo apretó y caminaron juntos por la avenida principal a simple vista eran dos jóvenes de buena familia. Él saludaba a diestra y siniestra con esa simpatía que le abría todas las puertas, ella sonreía con la dulzura que le habían enseñado desde niña. Eran el retrato perfecto de la juventud dorada de Orvud, sin preocupaciones, con la vida resuelta desde la cuna.
A pocos metros de donde Pieck estaba, Jean y Connie bajaban de un carruaje cuando el bullicio de la multitud los envolvió, acababan de llegar al distrito de Orvud y todo en la ciudad le parecía demasiado ostentoso. A su lado, Connie Springer cargaba una maleta y un bolso lleno de documentos.
—¿Estás seguro de que quieres ir solo a ver al contador? —preguntó Connie, ajustando la correa.
—Sí —respondió Jean entregando su maleta—. Quiero ver la cara del hombre cuando le pregunte por los libros.
—Como quieras. Yo iré a tu casa, haré que preparen un par de habitaciones y que cocinen algo, tengo hambre.
Mientras se despedían en una esquina, una situación captó la atención de Jean. Una niña pequeña de clase obrera vendía manzanas junto a él, de repente, un caballo desbocado pasó demasiado cerca asustándola. La canasta que sostenía entre sus manos se volcó y las frutas rodaron por el camino empedrado. La gente le pasaba de largo ignorándola, cuando Jean se inclinó para tomar una de las manzanas una mano se adelantó, por lo lento de su reaccionar chocaron entre sí, fue un contacto breve pero no por ello menos eléctrico. Al levantar la vista se encontró con una joven con un vestido rojo tan intenso que hacía palidecer todo a su alrededor, poseía unos ojos grises casi platinados y expresivos que le cortaron la respiración, estaban enmarcados por un cabello negro azabache recordándole a los cuervos de Hizuru y un rostro hermoso y pálido que solo hacía resaltar más el rubor rosa natural de sus mejillas.
Pieck, por su parte, sintió una oleada de calor al ver al desconocido, estaba desaliñado, pero no lo suficiente como para ser un pueblerino, sus ojos castaños tenían un brillo casi dorado y la profundidad con que la observó le hizo creer que podía ver más allá de las apariencias. En ellos no había la condescendencia de los señores de altos apellidos y mucho menos la sumisión de los sirvientes, era algo más, por un segundo, se sintió completamente expuesta. Apartó la mirada.
En un acuerdo cómplice sin mediar palabra, Jean y Pieck trabajaron en silencio, llenando la canasta con la fruta esparcida.
—¿Estás bien, pequeña? —preguntó Pieck a la niña acariciando su cabello.
—Sí, señorita —respondió la niña distraída, contando sus manzanas.
Para Jean la voz de la joven era un susurro seductor, no era un timbre delicado como el de un pajarito, era más parecido al ronroneo de un gato al ser acariciado después de un largo sueño. Cuando se aseguró que no hubiese alguna otra manzana roja escondida Pieck sacó un caramelo de su pequeño bolso y se lo ofreció a la niña con una sonrisa que le iluminó todo el rostro. Ella le devolvió la sonrisa en un gesto casi maternal, luego, con un poco de duda, tomó otro y lo extendió hacia Jean.
—Gracias por su ayuda —dijo Pieck en voz baja.
Jean tomó el dulce, no podía articular palabra alguna, todo lo que pensaba se había quedado atorado en su garganta, solo pudo asentir con la cabeza, en su mente existía el duelo de no creer que existiera una mujer tan bella y la imposibilidad de que una persona de alcurnia fuera amable con los que eran de escasos recursos. Una vez aclaró su mente Jean abrió sus labios, quería saber su nombre, pero el hechizo fue quebrantado por una voz áspera y exigente.
—¿Otra vez con los mendigos?
Un hombre casi tan alto como él, pero con cabello y barba larga y dorada observó con expresión aburrida a la bella dama a través de sus lentes redondos, para después mirar a Jean con soberbia, analizándolo de pies a cabeza.
Para Zeke ese hombre y la pequeña eran una plaga que debía ser exterminada.
Con la garganta seca Jean le sostuvo la mirada y Zeke en respuesta tomó de la cintura a Pieck y la envolvió.
—Ya es tarde. Vámonos.
Como si un puñal le atravesara el corazón Jean solo se limitó a observar cómo ese hombre despreciable se llevaba entre sus manos a una joven llena de bondad y pureza.
