Chapter Text
El Departamento de Misterios estaba envuelto en un silencio tan absoluto que parecía respirar. Solo el zumbido grave y constante de los relojes de arena invertidos y el ocasional susurro de los velos que separaban la vida de la muerte rompían la quietud. Eran las tres y doce minutos de la madrugada del 31 de agosto de 2000, 3 años después de que todo terminara.
Hermione Granger estaba sola, como siempre.
Su túnica oficial del Departamento —negra con ribetes plateados— colgaba suelta sobre sus hombros, las mangas arremangadas hasta los codos para no mancharse con la tinta de runas antiguas. El cabello, ahora más largo y menos rebelde gracias a pociones de control, caía en una trenza desordenada sobre su espalda. Tenía veintiun años, pero en sus ojos castaños había una edad que ninguna poción podía disimular.
Delante de ella, flotando en el centro de un círculo de runas perfectamente dibujadas con sangre de fénix diluida, estaba el Espejo de Plata Eterna.
No era un espejo cualquiera. Según los pergaminos veela más antiguos que había conseguido traducir —textos prohibidos que databan de antes de que las primeras brujas veela cruzaran el continente—, las marcas del alma no eran un capricho romántico. Eran un eco de la magia primigenia. Cuando una veela nacía, su alma se partía en dos mitades exactas: una permanecía en su cuerpo, la otra era enviada a través del velo del tiempo y del espacio en busca de su complemento perfecto. La marca aparecía en la muñeca izquierda de la portadora humana y en la derecha de la veela (o viceversa, según la antigua tradición). El plateado no era solo un dibujo; era una filigrana viva que latía al ritmo del corazón de su dueña.
Después de la guerra, solo un puñado de personas en todo el mundo mágico había despertado con una. La teoría de Hermione —la que la había obsesionado durante tres años— era que la muerte masiva de Voldemort había roto algún equilibrio ancestral. La magia oscura que había mantenido unida su alma fragmentada se había dispersado, y las almas destinadas, por primera vez en siglos, habían podido encontrarse.
O eso quería creer porque la alternativa era admitir que el vacío que sentía en el pecho no tenía cura.
Hermione levantó la manga izquierda con dedos temblorosos. Allí, brillando con un fulgor plateado que parecía vivo, estaba su marca: un ala de fénix entrelazada con lirios franceses, tan delicada y feroz al mismo tiempo que dolía mirarla. Cada noche, cuando el silencio se volvía insoportable, la marca ardía. No de dolor físico, sino de ausencia. De falta.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos la invadieran, como siempre hacían cuando estaba sola con el espejo.
Recordó el cementerio de Little Hangleton. No el duelo final, sino el momento que lo cambió todo. El punto de inflexión. Voldemort, renacido en su cuerpo de dieciséis años, había ordenado a sus mortífagos que formaran un círculo. Los cuatro campeones del Torneo de los Tres Magos estaban atados, indefensos. Harry había sido el último en llegar, escupiendo sangre y con la varita rota.
Primero cayó Cedric. Un Avada Kedavra limpio, casi compasivo. Luego Viktor Krum, que luchó hasta el final, gritando maldiciones en búlgaro hasta que la luz verde lo silenció. Fleur Delacour… Dios, Fleur. Hermione aún podía oír su último grito en francés, un sonido desgarrado y orgulloso, mientras la maldición la alcanzaba en el pecho. Su cabello platino se había teñido de rojo por un segundo antes de que cayera. Y después, el silencio.
Solo Harry quedó vivo. Harry, que de alguna forma había conseguido liberarse y huir con el cuerpo de Cedric, pero sin poder salvar a los demás. Ese fue el momento en que todo se torció. Voldemort, eufórico por haber eliminado a tres de los “elegidos”, había concentrado todo su poder en la caza final. La guerra se alargó dos años más. Más muertes. Más dolor.
Y al final, en el Salón de Batallas de Hogwarts, Harry y Voldemort se enfrentaron por última vez. Un duelo a muerte que duró menos de un minuto. La varita de saúco contra la varita de Harry. El Estallido de la Muerte. Ambos cayeron al mismo tiempo. Harry con una sonrisa exhausta en los labios, Voldemort convertido en polvo gris.
Hermione había estado allí. Había visto cómo el mundo se rompía y se recomponía en el mismo instante.
Después vino el vacío.
No pudo recuperar la memoria de sus padres. Los hechizos de memoria modificada que ella misma había lanzado eran demasiado perfectos; la magia veela antigua que intentó usar después solo consiguió que sus padres la miraran con cortesía distante, como a una extraña amable. Nunca volvieron a reconocerla como hija.
Los Weasley… Molly había intentado mantenerla cerca, pero Hermione había rechazado a Ron. No podía. No después de todo lo que habían vivido. El amor que él le ofrecía era dulce, seguro, pero ella ya no era capaz de sentir nada que no fuera el eco de una guerra. Ginny se enfadó. Percy la miró con lástima. George nunca volvió a bromear con ella. Solo Bill y Charlie mantenían una correspondencia educada, pero distante. La familia que una vez la había acogido como una más se había convertido en un recordatorio doloroso de todo lo que había perdido.
Por eso se había lanzado al trabajo. Primero como investigadora júnior en el Departamento de Misterios. Luego como jefa de la División de Almas y Vínculos Ancestrales. Ahora, con solo veintiun años, era la favorita para suceder a Kingsley Shacklebolt como la Ministra de Magia más jóven del mundo. Campañas, discursos, alianzas políticas… todo para llenar el hueco. Todo para no pensar en que, por primera vez en la historia registrada, su alma tenía una marca y no encontraba a su dueña.
—Solo una prueba más —murmuró Hermione, y su voz resonó demasiado fuerte en la sala vacía.
Pasó los dedos por la superficie del Espejo de Plata Eterna. La plata no reflejaba su rostro; reflejaba un resplandor nacarado que parecía contener galaxias enteras. Según la mitología veela, el espejo no mostraba deseos. Mostraba el deber del alma. Y, en ocasiones extremadamente raras, permitía cruzar el velo del tiempo para corregir lo que el destino había roto.
Hermione activó el círculo de runas. La sangre de fénix brilló con un rojo vivo. Sacó la varita y pronunció las palabras que había reconstruido durante meses de un dialecto veela casi extinguido, un idioma que hablaba con la garganta y con el alma al mismo tiempo:
—Par mon sang et par mon âme, je t’appelle à travers le voile du temps.
La plata del espejo se volvió líquida, ondulando como agua bajo la luna.
Un tirón brutal la atravesó desde el centro del pecho, como si una cuerda de acero caliente hubiera sido clavada directamente en su esternón y alguien tirara de ella con toda su fuerza. El ala de fénix en su muñeca ardía con un fuego plateado que no quemaba la piel, pero incendiaba cada recuerdo, cada culpa, cada vacío.
Pensó en Harry muriendo con esa sonrisa cansada.
Pensó en Cedric desplomándose como una marioneta sin hilos.
Pensó en Krum bañado en sangre mientras caía.
Pensó en Fleur cayendo en el cementerio, su cabello platino manchado de sangre.
Pensó en sus padres mirándola sin reconocerla.
Pensó en Molly Weasley abrazándola por última vez antes de que Hermione se alejara para siempre.
Y en medio de todo ese dolor, la marca latió con una esperanza feroz, casi salvaje.
El mundo se volvió blanco.
Luego plateado. Luego negro. Y entonces cayó.
