Chapter Text
Pensamientos de una reina
Viendo a Aegon coronado y sentado en el Trono de Hierro, Alicent sentía que un gran peso se retiraba de sus hombros.
Su primogénito, finalmente, estaba donde pertenecía.
Buscó su mirada, no la encontró.
Aegon mantenía la atención fija al frente, esperando que el primer lord se arrodillara para dar juramento. Sintió decepción, pero comprendió que la atención de su hijo pertenecía a otra parte en este momento.
Buscó los ojos de su padre. Tampoco los encontró. La Mano del Rey, como debía, presidía la ceremonia a pies del Trono de Hierro. Su incansable padre, orgulloso, supervisaba atentamente que cada juramento fuera el correcto. Alicent también contuvo su decepción, ya habría tiempo para compartir el alivio del triunfo.
Entonces decidió encontrar su mirada con la de Viserys, esperando compartir alegría y satisfacción. Aegon, el heredero que tanto deseó, tomó su lugar en el Trono de Hierro y portaba la corona del Conquistador, las espadas se alzaron en celebración por él; el niño que soñó estaba cumpliendo su destino. Viserys debería estar contento ahora, satisfecho de ver la continuidad de su estirpe en el trono de sus antepasados. Ella también esperaba ver agradecimiento; Alicent había cumplido su deber, le había dado un heredero y ese heredero ahora era rey. No vio nada de eso. Apenas y vio la parte detrás de su cabeza. Él ya se estaba retirando.
Sosteniendo el brazo de Rhaenyra por la derecha, apoyado en el príncipe Daemon por la izquierda y rodeado de los hijos de éstos por todas partes, Viserys se iba. Viserys se fue.
Alicent luchó por mantener la sonrisa en su rostro.
Mantuvo la compostura ante los ojos de la Corte y el reino mismo.
Esta vez buscó la atención de sus hijos, esperando compartir la incredulidad e indignidad del momento, ver en sus rostros un reflejo desairado del suyo. No encontró nada, nada para ella. Aemond miraba amargamente hacia las puertas que ya se habían cerrado detrás de Viserys y la familia que eligió; Daeron, junto a su hermano, mantenía la atención baja, ojos pegados al suelo no en un gesto de obediencia, sino de abatimiento; sus dos hijos parados donde les correspondía, a la izquierda del Trono de Hierro, como el apoyo de su hermano rey, como sus herederos hasta que Cerelle Lannister alumbrara finalmente un varón.
¿Y Helaena? Como siempre, con la mirada y la mente perdidas, allá junto a su hermano menor, como la última de la sucesión.
Cada uno de ellos concentrados en sí mismos, en sus propias pérdidas. Ignorantes deliberados al triunfo y al desaire.
El regreso de Rhaenyra a Westeros fue tanto una bendición como una maldición.
Bendición porque su simple presencia, su compañía, concluyó en la decisión de Viserys por abdicar. Maldición porque Viserys la eligió sobre los hijos de Alicent.
¿Por qué todo tenía que ser tan agridulce?
Un sentimiento ambivalente que se había apoderado de su corazón desde años atrás, desde que Viserys eligió a Aegon como su heredero nada más nacer, pero compensando a Rhaenyra con libertad.
El mundo de Alicent se había restablecido, sólo para ser sacudido un instante después.
La desheredación
— ¡Salve Aegon, el pequeño Conquistador!
Lord Hobert Hightower fue el primero lord en alabar al nuevo heredero del rey Viserys. La totalidad de la Casa Hightower le hizo eco, entonces siguió la mayoría de los nobles reunidos en el Gran Salón del Trono.
Una complacida Mano del Rey observaba con atención la multitud, identificando quiénes mostraban el mínimo descontento, guardando la información para más tarde, cuando fuera momento de compensar y de castigar.
La reina consorte era la imagen de la compostura noble; porte mesurado y rostro sereno. Sólo sus ojos delataban un alivio profundo.
—Princesa Rhaenyra, acércate —ordenó el rey.
Las víboras de la corte siguieron los movimientos de la princesa, hambrientos por lo que sucedería, aguardando la humillación de jurar lealtad al medio hermano que acababa de suplantarla.
La Mano hizo una seña poco discreta a la reina que sostenía al inquieto príncipe Aegon, de un mes de nacido, para que lo sostuviera más alto, adelantándose a satisfacer el (supuesto) deseo del rey.
—Reina Alicent, apártate —ella dudó, claramente nerviosa por las órdenes contradictorias —. ¿Debo repetirme? —no tuvo más opción que acatar al oír la dureza que nunca antes había sido dirigida a ella.
Al mismo tiempo que la reina consorte ocupó el lugar tradicional de su título a la izquierda del soberano, la princesa Rhaenyra se detuvo frente al Trono de Hierro.
Ella lucía regia y estoica, sin rastro de vergüenza o ira en ninguna parte de su persona.
—Princesa Rhaenyra Targaryen, descendiente de reyes y lores dragón, jinete de dragón más joven de la historia de nuestra Casa, hija milagrosa de Aemma la Gentil, y mi amada primogénita —la voz del rey resonaba fuerte y solemnemente por todo el salón —. En compensación por la pérdida que te he impuesto, te entrego libertad.
El silencio se volvió opresivo.
—A partir de este momento eres libre de las obligaciones para con el Trono de Hierro y la Casa Targaryen. Desde este momento nada ni nadie tiene poder sobre tu vida —el rey se levantó allá en lo alto —. Siempre serás una Princesa de la Casa Targaryen y una Hija de la Casa del Dragón, pues como tal naciste y, naturalmente, como tal morirás —comenzó a bajar del trono, dejando Blackfyre atrás y sacando de su cinto la Daga de Aegon el Conquistador —. Te entrego la Daga de Aegon como sello de este decreto —el acero valyrio fue entregado a las manos de la princesa —. Que la daga del primer rey Targaryen sea el símbolo de mi voluntad, a perpetuidad.
La princesa se mantenía en silencio.
El único delator de emoción era la forma en que apretaba la daga enfundada en sus manos.
—Una vez me hablaste de tu deseo de viajar, de explorar Essos —un chillido ahogado provino de la reina consorte —. Ahora puedes hacerlo. Hay oro para ti en una cuenta en Braavos. Y tu Lady Syrax sin duda amará volar bajo nuevos cielos.
El rey posó suavemente una mano contra la mejilla de la princesa, la miró con profunda dulzura y sentida gentileza.
—Eres libre, hija mía. Eres libre, así que ve y explora el mundo; conócelo, conquístalo.
La atrajo contra él, uniendo sus frentes en un gesto reverente.
—Los dragones no son esclavos, Rhaenyra —susurró en alto valyrio —. Vete. Sé un dragón.
Lo que parecía un despido, una sustitución completa, una expulsión, no se sentía como tal.
Los nobles que momentos antes habían vitoreado por el cambio de sucesión ahora se sentían aprensivos, ya no completamente triunfantes.
Liberación de un Príncipe Canalla
La llegada del príncipe Daemon Targaryen fue imprevista e impetuosa.
Sucedió a mitad de la noche.
La Fortaleza Roja se alarmó, pero el único ocupante que no se preocupó fue el rey.
Cuando la Mano del Rey, frenético y en bata, se abrió paso en el Ala del Rey, la entrada a sus aposentos le fue prohibida. Ser Harrold Westerling y los guardias domésticos que lo custodiaban tenían órdenes estrictas de no permitir la entrada a nadie mientras el rey hablara con su hermano.
Lord Mano enfureció, no obstante, se obligó a mantener la compostura, a acatar. Aguardó inquietamente al otro lado del pasillo, dando vueltas en su mente a los asuntos probables que los hermanos podrían estar tratando y, a la vez, preparando contramedidas.
Las puertas fueron abiertas cuando el sol comenzaba a mostrarse.
De los aposentos del rey emergió el príncipe Daemon.
Sucio por la guerra, con mugre y sangre apelmazando su cabello y piel, con la armadura opaca y Dark Sister colgando prístinamente de su cadera. La expresión de su rostro era indescifrable; su boca no era más que una línea dura y sus ojos mostraban una resolución ardiente que asustó a Otto Hightower.
La Mano quiso decir algo; señalar, condenar, pero ningún sonido salió de su boca cuando el príncipe lo pasó de largo. No fue indiferencia burlona o desaire flagrante, sino una ignorancia natural. Fue como si el príncipe no hubiera notado la presencia de la Mano, como si no lo hubiera visto.
El príncipe desapareció por los pasillos, sus pasos resonaron con fuerza, confiados.
—Estás aquí, Lord Mano —el rey habló desde la habitación interior de sus aposentos —. Deseo que hagas un anuncio inmediato ante la Corte. El matrimonio del príncipe Daemon Targaryen con Lady Rhea Royce ha sido anulado.
Otto Hightower, una vez más, no tuvo palabras.
Para cuando sus pensamientos se aclararon las puertas fueron cerradas en su cara por orden del rey.
Una Mano cae y una Mano se levanta
El banquete que se celebró en honor al príncipe Daemon y la Casa Velaryon por la victoria sobre la Triarquía en los Peldaños de Piedra dio un giro histórico cuando el rey, tras brindar por su hermano ausente y sus parientes caballitos de mar, decidió elevar la posición de la princesa Rhaenys Targaryen al nombrarla nueva Mano del Rey.
Conmoción impregnaba el ambiente.
El único que reaccionó apropiadamente fue Ser Harrold Westerling al acatar la orden del rey de despojar a Otto Hightower del pin de Mano cuando éste no se movió para entregarlo por sí mismo.
Ira y humillación emergieron como un sonrojo furioso en Otto Hightower cuando el pin fue sacado de su pecho en movimientos eficientes. Si se prestaba atención, podría escucharse el rechinar de sus dientes cuando el rey mismo colocó el pin en el pecho cubierto de seda de la princesa Rhaenys.
—Por tu inquebrantable e incansable lealtad a la Casa Targaryen te nombro, Rhaenys Targaryen, hija de Aemon Targaryen y Jocelyn Baratheon, la primera Lady Mano de los Seis Reinos.
Tras un momento de incredulidad, la princesa Rhaenys aceptó su nuevo cargo con la firme severidad que la caracterizaba.
—Me honra, Su Gracia —rindió pleitesía como indicaba su posición nata —. En nombre de la sangre que nos une, juro que serviré honradamente al Trono de Hierro y al reino.
—No me cabe duda, Lady Mano.
El rey sonrió y, por lo que se sintió como una eternidad, princesa y rey, primo y prima, compartieron una mirada significativa.
— ¡Por Rhaenys Targaryen, la nueva Mano del Rey! —Lady Laena, traviesamente hermosa a sus catorce onomásticos, rompió el silencio solemne.
— ¡Por Lady Mano! —Lord Laenor se puso de pie, derramando vino en su mano por la intensidad con que elevó su copa.
— ¡Por Lady Mano! —secundó la Serpiente Marina, formando una sonrisa arrogante que no ocultó del todo la amargura en sus ojos.
Otto Hightower permaneció en su asiento, soportando estoicamente la humillación y la pérdida. Su hija, la reina consorte, se inclinó hacia él tratando de alcanzarlo con una mano detrás del rey –que vitoreaba de pie–, intentando transmitir consuelo. Fue ignorada.
Los deberes de una reina consorte
—Mi rey —la reina consorte tomó la palabra durante una cena, después de que terminaran de hablar de los hitos de sus hijos compartidos durante la última semana —, me pregunto si es posible para mí bridarle más apoyo como su reina.
— ¿Apoyo? —hizo una seña para que un mozo rellenara su copa —. Sé directa, Alicent.
La reina contuvo un estremecimiento.
Durante los últimos cuatro años el rey se había vuelto frio con ella. Él se mantenía educado y cortés, respetuoso, pero ahora existía un distanciamiento calculado entre ellos. Atrás quedaron la gentileza y el cariño con que él la trató los primeros meses de su matrimonio.
Indiferencia hacia ella como persona se instaló en su relación desde el nacimiento de Aegon.
El rey sólo la buscaba, sólo le hablaba, en calidad de reina y madre de sus hijos, ya no como esposa, ya no como el consuelo por el que fue elegida para sentarse a su lado y ostentar una corona.
—Me sentiría honrada de acompañarte en el Consejo Privado —apretó las manos sobre su regazo, fuera de la vista del rey, y mantuvo la barbilla nivelada —. Sé que puedo ser un apoyo para ti durante las reuniones, de asistirte y aconsejarte. Seremos como la Bondadosa y el Viejo Rey.
El rey la analizó atentamente y ella se sintió intimidada bajo sus ojos morados.
Ojos antinaturales, pensó la reina y de inmediato se censuró.
Esa no era la manera apropiada de pensar de una esposa y mucho menos de una reina.
—Puedo servirte bien en la Cámara del Consejo, mi rey —agregó ante el continuo silencio.
(Hizo todo lo posible por mantener la calma, recordando las lecciones de su padre.
Aunque la herencia de Aegon estaba asegurada, aunque Alicent comandara la Fortaleza Roja, no debían caer en la complacencia. Ella debía esforzarse por conseguir más para sus hijos y para sí misma. Además de –en un matrimonio, en el mejor de los casos, tibio– hacerse visible, indispensable de todas las maneras posibles.)
La Casa Hightower había perdido influencia con el despido injustificado, pensaba ella, de su padre. Después de casi dos años de relego, debían recuperar un poco de lo que les correspondía.
— ¿No sigues recuperándote del nacimiento de Aemond? —el tercer hijo de la reina consorte Hightower nació un mes atrás.
—Mi cuerpo y mi mente han sanado completamente, el Gran Maestre lo ha asegurado —sintió esperanza —. Él me ha aconsejado retomar mis deberes. Y mi padre me ha animado a volverme más activa.
La mirada del rey se agudizó por un instante.
La reina consorte no se dio cuenta del paso en falso que dio.
—Tu presencia en el Consejo Privado es innecesaria e inapropiada, Alicent. No posees la educación ni la preparación para sentarte como mi consejera.
—Me ofendes, esposo.
—Para nada. Digo hechos. Tu única formación ha sido la gestión doméstica; las septas te educaron para ser esposa y madre. Ni siquiera poseías la preparación de una consorte real cuando te tomé como esposa —tomó un trago de vino, indiferente a los hombros cada vez más hundidos de su esposa —. ¿O acaso, en estos años, has aprendido sobre política? ¿Has abierto libros de leyes y contabilidad? ¿Conoces, siquiera, los nombres de cada componente de un barco?
La reina bajó la mirada hacia sus dedos ensangrentados, luchando por no derramar las lágrimas que inundaban sus ojos.
—Concéntrate en los deberes que ya posees, los que te corresponden —tomó un cuchillo para cortar un trozo de jamón —. Administra el hogar, dirige la fortaleza-
— ¿Dirigir la fortaleza? —espetó la reina en un arranque de indignación —. Me prohibiste cambiar la decoración y-
Fue el turno del rey de interrumpirla —. Por supuesto que lo hice. La Fortaleza Roja es un castillo Targaryen, no un septo.
—Es mi derecho como reina hacer lo-
—Tu derecho como reina consorte es tu título, es respeto y es protección. Eres la mujer más noble de los Seis Reinos, Alicent —la reina calló al escucharlo, recibiéndolo como un recordatorio —. Como decía, concéntrate en tus deberes; preside la corte interior, sé un ejemplo para las damas, cuida de tus hijos. Tienes las manos llenas ya, así que déjame el gobierno a mí.
—Entiendo, esposo —cedió, sintiéndose tanto derrotada como determinada.
Aunque el rey no le permitiera alcanzar más, ella ya era la mujer más noble de Westeros.
Rompedores de Cadenas
Tras cuatro años sin recibir noticias sobre la princesa Rhaenyra, más allá de que el príncipe Daemon se convirtió en su compañero de viaje y de sus avistamientos conjuntos en diferentes ciudades de Essos, una noticia sustancial e impactante llegó a la Corte de Westeros.
Rhaenyra y Daemon Targaryen liberaron la Bahía de los Esclavos.
Mataron a los amos.
Acabaron con la esclavitud.
Pero no conquistaron.
Ellos rompieron cadenas y entregaron a los antiguos esclavos el poder sobre sus vidas y sus ciudades.
De norte a sur y de este a oeste, limpiaron.
Syrax y Caraxes quemaron amos y derritieron arpías.
Dragones, humanos y bestias, sembraron terror y esperanza.
Los indignos temieron y perecieron, los dignos florecieron.
La bahía fue renombrada en honor a los libertadores, en acuerdo colectivo por los nuevos líderes, aquellos antiguos esclavos elegidos entre y por sus compatriotas.
La Bahía de los Dragones.
En la Fortaleza Roja, el rey Viserys brindó orgullosamente por su hija y su hermano.
— ¡Por los Rompedores de Cadenas!
La huida de los Dragones Marinos
Seis meses después del nacimiento de los Rompedores de Cadenas, Westeros despertó con una nueva noticia.
Lord Laenor y Lady Laena huyeron de Driftmark en víspera de la boda de la dama con el hijo de un difunto Lord del Mar de Braavos.
El descontento que Lady Laena sentía por su compromiso e inminente matrimonio nunca fue un secreto, no obstante, nadie pensó que ella sería capaz de escapar de su deber.
Pero lo hizo.
Y su hermano fue con ella.
Un hecho relacionado que Lord Corlys Velaryon intentó ocultar fue que Ser Joffrey Lonmouth, caballero de su Casa y rumoreado amante del joven lord, acompañó a los hermanos en la huida.
Conjeturadamente, Lord Laenor escapó no sólo por preocupación por su hermana, sino también para disfrutar de su amor lejos de los ojos críticos y las lenguas insidiosas de la nobleza westerosi.
La princesa Rhaenys, en Meleys, se esforzó por darles alcance, pero la divina providencia o la fortuna no estuvieron de su parte. Sus hijos llevaban horas de ventaja y no existía pista sobre su destino.
Era improbable que los hermanos se detuvieran en ciudades donde la Casa Velaryon tuviera lazos comerciales, por lo que adivinar el paradero sería infructuoso. Vhagar y Seasmoke no eran vistas sutiles, pero cuando sus avistamientos fueran reportados a sus padres, ellos estarían de nuevo en movimiento.
Su objetivo podría ser unirse a la princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon, pero hasta que no hubiera noticias de su nuevo paradero –algún lugar más al este, hacia donde se dirigieron tras dejar la Bahía de los Dragones–, la princesa Rhaenys y la Serpiente Marina tendrían que buscar a ciegas.
El desgajo de la torre
A los príncipes Aegon y Aemond, y a la princesa Helaena, se unió un tercer príncipe. Daeron Targaryen.
Las campanas anunciaron su nacimiento a la ciudad.
La corte celebró por el fortalecimiento de la línea sucesoria del Trono de Hierro.
El rey le asignó niñeras e institutrices valyrias de inmediato, tal como hizo con cada uno de sus hijos mayores.
La reina, en un intento de salvar a uno de sus hijos de la educación valyria en que el rey insistía, solicitó enviar al príncipe Daeron a Oldtown, al Faro donde su familia materna cuidaría de él y lo educaría concienzudamente.
El rey rechazó la solicitud.
En cambio, envió a Otto Hightower de regreso a su hogar familiar, bajo la explicación de que ya había hecho suficiente por su hija y sus nietos, que era tiempo de descansar y vivir para sí mismo.
Incapaz de actuar contra una orden real, Otto Hightower empacó sus pertenencias y viajó a Oldtown sin pena ni gloria. No hubo despedida gloriosa por sus años como Mano de dos reyes ni abuelo del Heredero al Trono de Hierro, todo lo que obtuvo fue el llanto de su hija, la indiferencia del rey y la inconsciencia de sus nietos. Su única compañía y protección durante el viaje fue su hijo menor, Ser Gwayne.
Ninguno de los dos volvería a pisar Desembarco del Rey durante años, no hasta la boda del príncipe Aegon.
El legado de la Serpiente Marina
Tras un año desde la desaparición de sus hijos, Corlys Velaryon decidió superar la incertidumbre en que el futuro de su casa se balanceaba. La falta de un Heredero de las Mareas era insostenible.
Reveló el contenido de las cartas que sus hijos dejaron para explicar sus huidas.
La carta de Lord Laenor Velaryon contenía su renuncia como heredero al Trono de Pecios. Tal declaración fue ocultada por la Serpiente Marina en un intento de minimizar la vergüenza que sus hijos le imponían, así como la manera de mantener cierto control sobre lo que ocurría en su Casa y sobre los terribles rumores que corrían en torno a ella por boca de la nobleza.
Así, tras un año sin encontrar a sus hijos con la princesa Rhaenys, Corlys Velaryon decidió abrazar a sus hijos bastardos.
Él solicitó una audiencia con el rey para negociar la legitimación de sus bastardos, un niño de casi dos onomásticos, llamado Addam, y un recién nacido, Alyn. Ambos hijos de una Marilda de Hull, capitana de su propio barco y reconocida comerciante de la ciudad Hull en Driftmark.
Parado frente al Trono de Hierro, con su porte siempre arrogante y, ahora, una expresión impenitente, Corlys Velaryon pronunció su solicitud.
Lady Mano, estoica y regia, no mostró reacción alguna.
La reina consorte, en cambio, lanzaba muecas condenatorias al infame marinero.
Y la Corte, ah, la Corte, aguardaba hambrienta por la decisión del rey, por las consecuencias y por cualquier posible escándalo que pudiera desatarse.
—Concedo su petición, Lord Velaryon —la voz del rey inundó el Gran Salón, no delataba emoción que pudiera insinuar lo que él pensaba.
Corlys Velaryon no sonrió, pero controlada satisfacción se instaló en la curva de su boca. Una satisfacción que desapareció cuando el rey volvió a hablar.
—Y declaro la anulación de su matrimonio con la princesa Rhaenys Targaryen —provocó revuelo cortesano.
El septón Eustace, representante de la Fe en el Septo Real de la Fortaleza Roja, asintió conforme.
Lady Mano no profirió palabra alguna; su rostro simplemente se transformó en algo completamente gélido. Y sus ojos, sus ojos adquirieron una agudeza como la del acero valyrio, viendo cómo la indignación y algo cercano al pánico se abría paso en el rostro de quien fue su esposo durante casi dos décadas.
—No creyó, Lord Velaryon, que permitiría que mi prima, una Princesa de Sangre de la Casa Targaryen, sufriera deshonra y degradación por un hombre y una Casa que están por debajo de ella, ¿verdad? —el rey dirigió una sonrisa condescendiente a la Serpiente Marina y con un gesto desdeñoso de la mano lo despidió —. Ahora retírate. No eres bienvenido en mi fortaleza ni en mi ciudad. Así será durante un año, que fue el tiempo que te tomó elegir a tus bastardos mientras la princesa Rhaenys buscaba a sus hijos.
— ¡Esto es inaceptable! ¡Si cree que simplemente aceptaré-
— ¿Qué harás? ¿Declararás la guerra, Lord Velaryon? —el rey se inclinó hacia adelante —. Deberías pensarlo bien. Ya no tienes dragones que te protejan.
Nunca nadie vio a la infame Serpiente Marina con el rostro deformado en furia pura.
— ¡Rhaenys! ¡Tú-
Fue interrumpido por la esposa que acababa de perder.
—El rey ha hablado —fue todo lo que Rhaenys Targaryen, Princesa de Sangre y Lady Mano, dijo.
Sonó como una sentencia y una despedida.
A lo lejos se escuchó el rugido de Meleys.
El linaje de los dragones del Este
Durante una década, cartas escritas de mano de la princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon llegaron a la Fortaleza Roja.
La primera de ellas informó la unión matrimonial del Deleite del Reino y del Príncipe Canalla, a los veinte onomásticos de la princesa y a los treinta y seis del príncipe. Unieron sus vidas en Leng, honrados por la Divina Emperatriz quien ofició la ceremonia nupcial según la tradición de su isla.
Esa misma carta anunciaba el nacimiento del primer nieto del rey Viserys, un varón de piel lechosa, rizado cabello del color de la nieve recién caída, portador de los ojos de su padre y heredero de la sonrisa de su madre. Una reminiscencia del Príncipe Pálido, escribió el príncipe Daemon, quien mantenía recuerdos de su difunto tío; sin embargo, el pequeño dragón no recibió su nombre en honor a su tío bisabuelo, sino en amado recuerdo de su abuela materna, Aemma Arryn.
Aemon Targaryen, el Dragón del Amanecer, fue el título que recibió de la Divina Emperatriz de Leng, quien se declaró su madrina ya que fue concebido en su pequeño imperio.
Lord Aemon Targaryen, fue declarado por sus padres por ser el primer Lord Dragón en nacer en Essos desde la Perdición de Valyria.
Príncipe Aemon Targaryen, lo proclamó el rey Viserys a su Corte y los Seis Reinos. Un título sentimental, no político, por amor a su hija mayor y a su primera esposa.
La siguiente carta informó el nacimiento del segundo hijo de la princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon. Un varoncito de rizos platinados y dorados que heredó la belleza de su madre y el dulce rostro de su abuela Aemma; sin parecido alguno con su padre, como si la princesa Rhaenyra lo hubiera creado completamente por sí misma. Debido al color de sus ojos recibió el nombre de un legendario Cazador de Tormentas del apogeo del Imperio Valyrio; ese resplandor morado azulado que adquiría el cielo a causa de los rayos de tempestad.
Lucerys Targaryen, el Dragón de la Tormenta, lo bautizaron los libertos de la Bahía de los Dragones pues el dragoncito nació durante una de las visitas de los jinetes de dragones, bajo la peor tormenta que había asolado la bahía en la última década.
Lord Lucerys Targaryen, por ser el segundo Lord Dragón nacido en Essos.
Príncipe Lucerys Targaryen, celebró el rey Viserys con lágrimas en los ojos por el renacimiento de la imagen de su Reina Gentil.
Una tercera carta no informó sólo la liberación de Lys, Tyrosh y Myr por el fuego de dragón, sino que relató la impactante historia del nacimiento del tercer hijo de los Rompedores de Cadenas. Un niño de rizos Velaryon, herencia de sus ancestros –Lady Valaena y la reina Alyssa Velaryon–, con los ojos de su madre y la nariz, así como el feroz carácter, de su padre. Nació prematuro en las playas de Myr, rodeado guerra, entre sangre y bajo el resplandor del fuego de dragón; la primera persona en sostenerlo fue Lady Laena Velaryon, quien con ayuda de Vhagar protegió a la princesa Rhaenyra durante el momento vulnerable. Pequeño y frágil, pero ya mostrando su obstinación al mundo, el pequeño dragón sobrevivió y prosperó, y recibió un nombre acorde a su espíritu.
Gaemon Targaryen, el Dragón Tenaz, la misma Lady Laena lo proclamó en cuanto escuchó que el príncipe Daemon eligió el nombre por Gaemon el Glorioso, el Lord Targaryen que fue esposo de Daenys la Soñadora y que luchó con Blackfyre en mano y su dragón Gaelithox durante el Siglo de Sangre.
Lord Gaemon y príncipe Gaemon Targaryen, fue conocido en Essos y en Westeros por palabra de sus padres y su abuelo, el rey Viserys.
La última carta que informó sobre los nacimientos de los nietos del rey llegó con la noticia de que los populares Nómadas Lores Dragón finalmente eligieron un lugar para asentarse largas temporadas de tiempo en favor del bienestar de sus miembros más jóvenes. Las Montañas Pintadas en Essos se convirtieron en el nido principal. Desde la liberación de la Bahía de los Esclavos la princesa Rhaenyra contrató gente que se encargara de la construcción de una fortaleza montañosa; años después, el Nido de Dragones estaba completo. Durante el primer mes de estancia en su nuevo hogar, la princesa alumbró trillizas.
Tres niñas perfectas e idénticas excepto por el color de sus ojos. Alyssa, la mayor, nombrada en honor a su abuela paterna no sólo por el amor de un hijo, sino por los ojos desiguales heredados de ella; Daella, la mediana, de ojos azul Arryn, nombrada por su bisabuela materna quien fue la Dama del Valle mucho tiempo atrás; y Visenya Targaryen, de ojos amatistas, portadora del nombre de una Reina Conquistadora y de la hermana que la princesa Rhaenyra siempre soñó tener. Cada una de ellas con el cabello lacio y plateado de su padre, los pómulos de su madre y la belleza de la princesa Viserra –conocimiento proporcionado por la princesa Saera cuando conoció a las damitas.
Las Tres Dragonas de Oriente, eran reconocidas en conjunto; sin embargo, su hermano mayor, Lord Aemon Targaryen, en su sabiduría infantil, les otorgó títulos propios. Alyssa del Crepúsculo, Daella del Cénit y Visenya de la Noche; por los momentos en que cada una de ellas llegó al mundo. Lady Alyssa, por su nacimiento en el momento más brillante del atardecer; Lady Daella, por el punto más alto de la luna cuando dio su primera respiración; y Lady Visenya, por anunciar con fuerte llanto su llegada durante el momento más oscuro de la noche.
Damas y princesas, fueron proclamadas de este a oeste.
El rey Viserys hizo repicar las campanas durante tres días completos en celebración.
Seis niños alumbró la princesa Rhaenyra, tres niños y tres niñas. Un equilibrio perfecto, alababan los nobles que recordaban con cariño a la princesa; seis cositas para mantener alerta al Canalla, brindaban los fieles hombres del príncipe Daemon; un asunto desafortunado, lamentaba la reina consorte detrás de un abanico debido a lo cerca que estaba de la perfección divina de los Siete, mientras que la Fe relacionaba el seis con la imperfección humana.
Nadie se atrevió a secundarla, no cuando el rey la reprendió pública y duramente por sus mezquindades, esas que incrementaron cuando la reina consorte se enteró del casamiento de su hijastra con su cuñado.
Decisiones sobre tres príncipes y una princesa
La sonrisa de la reina consorte no llegaba a sus ojos.
Ella apretaba los labios mientras tragaba la amargura que sentía al ver deleite brillando en el rostro del príncipe Aemond cuando éste buscó la aprobación del rey tras recibir felicitaciones del maestre por una respuesta bien dada.
El hijo más obediente de la reina consorte nunca buscaba su aprobación como hacía con su padre, tampoco reaccionaba con tanta pureza ante sus halagos y bendiciones. A decir verdad, ninguno de sus hijos se esforzaba por enorgullecerla o recibir su cariño.
Ella siempre fue consciente de que el príncipe Aegon, al ser el Heredero al Trono de Hierro, pertenecía al rey y al reino. Sin embargo, pensó que el resto de sus hijos serían suyos. Principalmente la princesa Helaena, una mujercita a la que educaría con piedad y devoción, una hijita que buscaría su protección y su ejemplo. Y después, el príncipe Aemond, en quien reconoció la obediencia nata que caracterizaba a la estirpe Hightower y quien poseía la sonrisa de la difunta Lady Fiora Florent, madre de la reina consorte. Y por último, el príncipe Daeron, tímido y de alma vieja, tan como ella.
Peros sus hijos no se permitían ser suyos.
La princesa Helaena pertenecía a sus fantasías, a las profundidades nubladas de su mente. Apenas tolerando la cercanía de su padre, el rey que le permitía caprichos e indulgencias como en su tiempo permitió a la princesa Rhaenyra.
El príncipe Aemond pertenecía a su ascendencia valyria, obsesionado por aprender todo lo posible sobre el Feudo Valyrio, esforzándose por convertirse en un lord dragón que enorgulleciera su Casa.
El príncipe Daeron, todavía un niño con nueve onomásticos, pertenecía a los libros. Enclaustrado en la Biblioteca Real y con el rostro enterrado en pergaminos incluso durante las comidas.
El hijo mayor que pertenecía a la grandeza.
La hija que no pertenecía a nadie.
El segundo hijo que pertenecía a la historia de su apellido.
Y el tercer hijo que pertenecía al conocimiento.
—Lo hicieron bien —el rey tocó gentilmente las cabezas de cada uno de sus hijos —. Estoy orgulloso.
La reina prefirió ver la partida del maestre en lugar del deleite, disimulado en el príncipe Aegon y abierto en los demás, en los rostros de sus hijos. Cada semana era igual; el rey se presentaba a las lecciones grupales de sus príncipes, supervisando de primera mano el avance académico para asegurarse de que no flaqueaban en la educación que les correspondía como el futuro de los Seis Reinos.
—Ahora vayan, les esperan dulces recompensas en las cocinas. Un momento, Aegon —detuvo al príncipe heredero, quien fue el primero en dirigirse a la salida —. Esta tarde tienes lecciones con Lord Beesbury —entonces recorrió con la mirada a su prole —. Y mañana, después de romper el ayuno, continuaremos las lecciones de alto valyrio.
Dos días por semana el rey dedicaba tiempo a enseñar la lengua materna de la Casa Targaryen a sus hijos.
—Dioses, padre —la reina consorte sintió el estómago revuelto al escuchar a su primogénito hablar en una lengua que consideraba pagana, aunque posiblemente su desagrado provenía principalmente de la ignorancia que le impedía entender lo que su esposo e hijos hablaban en su presencia —. ¿No puedo tener un descanso? Detesto estudiar.
—Eres mi heredero, Aegon.
—Padre —la princesa Helaena tomó la palabra, jugueteando con un frasco que contenía un crisálida —, prefiero visitar los jardines que asaltar las cocinas.
—Muy bien, entonces ve a los jardines, niña.
Los príncipes y la princesa se retiraron entonces, riendo y bromeando en valyrio.
—Son príncipes y princesa del reino, no deberían pisar las cocinas como si fueran mozos cualquiera —la reina esperó recibir una mirada censuradora, en cambio recibió una de fastidio.
—No te molestaba cuando Rhaenyra robaba pasteles de las cocinas para compartirlos contigo en el Bosque de Dioses.
—Ese fue un comentario innecesario.
—Como lo fue el tuyo —el rey emprendió la marcha entonces.
La relación del rey con su reina consorte se había transformado en algo parcialmente animoso. Ella lo resentía, todavía de luto por el amable esposo y rey de aquellos primeros meses de su matrimonio.
—Aguarda un momento, por favor, mi rey. Hay un asunto importante que me gustaría abordar contigo —dejó de lado sus sentimientos, como siempre hacía, para centrarse en el bienestar del reino y la Corona.
— ¿De qué se trata? —el rey concedió, haciendo una seña a Ser Steffon Darklyn para que cerrara la puerta del solario.
—Del matrimonio de Aegon. Nuestro hijo cumplirá la mayoría de edad dentro de un año y ningún compromiso ha sido pactado. El reino necesita ver que el futuro de la Casa Targaryen es seguro, próspero —el rey mantenía silencio, su esposa se tornó regia —. Propongo el compromiso y eventual matrimonio con Lady Cerelle Lannister.
— ¿No Helaena?
Ella fue lenta para suprimir una mueca asqueada. El rey no lo pasó por alto.
—El Trono de Hierro, por más fuerte que sea, necesita alianzas. Y las Casas nobles merecen que su inquebrantable lealtad sea recompensada.
La reina se inquietó bajó el escrutinio del rey, sin comprender si dijo algo equivocado.
—De acuerdo. Escribe a Lord Jason.
Ella sonrió —. Lo haré. Ahora, Helaena-
—Helaena no se casará a menos que así lo decida.
—Helaena tiene un deber y-
—Un deber que no le será impuesto. Si ella desea casarse, lo hará, y sólo bajo la consigna de que su cónyuge formará parte de la Casa Targaryen.
—Eso va contra la tradición, es inaudi-
—Helaena es un jinete de dragón, Alicent. No entregaré un jinete de dragón a ninguna Casa. Ya vimos lo que ocurre cuando una Casa noble obtiene uno.
—La Casa Hightower nunca haría lo que la Casa Velaryon —la reina consorte defendió, indignada en nombre de su familia materna —. El joven Lyonel es dulce y piadoso, nada como Lord Corlys.
El rey alzó una ceja, poco impresionado por los planes de su esposa.
—La Casa Hightower ya ha recibido suficiente distinción, no le daré más.
—Mi Casa es leal y justa, Su Gracia.
—Tu Casa es la Casa Targaryen, Alicent, recuérdalo —el rey decidió terminar la conversación —. No hablaremos más de esponsales.
—De acuerdo —ella se mostró comedida —. Entonces permíteme sugerir que Aegon tome lugar activo en el Consejo Privado y que Aemond se convierta en copero durante las reuniones.
—Todo tiene un tiempo, Alicent. Aegon participará en el Consejo cuando cumpla la mayoría de edad y entonces Aemond lo reemplazará como copero. No antes.
—Entiendo. En cuanto a Helaena, debería recibir más lecciones septales y su Casa de la Princesa debería abrirse ya; ella tiene catorce onomásticos, hace dos años que debería tener damas a su servicio.
—Más educación septal es innecesaria, a Helaena le va bien con su institutriz. ¿Y sobre la Casa de la Princesa? También es innecesario. Rhaenyra no tuvo una.
Sabor a hierro inundó la boca de la reina consorte por lo fuerte que mordía una mejilla interior, soportando los comentarios ruines. No tuvo más opción que dejar el tema y continuar.
—He pensado que Daeron podría comenzar a formarse para servirte en el Consejo cuando se convierta en hombre, y en el de su hermano en el futuro. Daeron podría estudiar en la Ciudadela, ganar eslabones para convertirse en Maestro de Leyes o Maestro de Moneda.
—Eso es plausible, Alicent —la reina saboreó ese pequeño triunfo —. Sin embargo, no lo enviaremos a la Ciudadela todavía, es muy joven. Si es todo, me retiro. Tengo una reunión con Lady Mano y Lord Strong, y tú tienes una fiesta de té con las damas de la Corte.
Una profecía revelada
—Un rey con la fuerza suficiente para unir al reino contra el frio y la oscuridad —el rey sujetó al príncipe Aegon por los hombros —. Aegon llamó a este sueño, la Canción de Hielo y Fuego. Este secreto ha pasado de rey a heredero desde el tiempo de Aegon, ahora debes prometer que lo cargarás y protegerás —el agarre se volvió doloroso y el príncipe soltó un quejido, al rey no le importó —. Prométeme esto, Aegon. Prométemelo.
—Lo… lo prometo —el príncipe soportó la atención intensa, escudriñadora, de su padre, quien, cuando se sintió conforme, lo soltó.
El rey dirigió su mirada al cráneo de Balerion, respirando profundamente.
—Padre —el príncipe se acercó —. ¿Revelaste esta profecía a Rhaenyra?
Un largo momento de silencio se instaló entre ellos, el príncipe pensó que no recibiría respuesta, tomando esa falta como una confirmación y sintiéndose amargado. Su padre siempre hablaba con pesadumbre y profundo amor de la hermana que el príncipe no conocía.
—No —llegó finalmente la respuesta —. El destino de Rhaenyra y su linaje es otro.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Vámonos. Dejemos descansar a Balerion.
La Boda Carmesí y lo que vino después
Terciopelos rojos Targaryen y brocados rojos Lannister, cristales rojos como la sangre y vino que pintaba los labios de carmesí brillante.
Sangre manchando la piedra.
La boda del príncipe Aegon con Lady Cerelle Lannister, de dieciséis y quince onomásticos respectivamente, estuvo marcada por la tragedia.
Sucedió después de la ceremonia de encamado, durante el baile, que Ser Gwayne Hightower vomitó sangre durante un giro, machando de rojo el vestido gris paloma de la reina consorte. El caballero se desplomó, vomitó más y agonizó hasta que su pulso desapareció.
La reina consorte lloró y gritó.
El banquete nupcial terminó.
Se sospechó de veneno, de asesinato, ¿pero por qué Ser Gwayne? ¿Fue una víctima de la oportunidad? ¿O un error?
La reina consorte clamó por justicia, ordenó la búsqueda del culpable.
Días después, tras investigación y entrevistas a los invitados, se descubrió que la muerte de Ser Gwayne fue un accidente. No asesinato, no veneno.
Sucedió que uno de los adornos de cristales tintados de rojo, que adornaron las mesas bajo el auspicio de la Casa Lannister, se rompió al caer al suelo por causa de uno de los tantos lores borrachos. Un sirviente recogió los diminutos pedazos, tan fina era la calidad de los adornos, y los recolectó en una de las copas abandonadas en la mesa. Ese mismo sirviente, al ser llamado por una dama para que le sirvieran más pastel, dejó la copa en la mesa y no regresó por ella, olvidándola en el ajetreo de sus deberes.
La mesa fue la destinada a la Casa Hightower y por ello, naturalmente, Ser Gwayne, sediento por el baile, se acercó para beber vino. Presumiblemente tomó la copa más cercana a su alcance, no miró dentro de ella, se sirvió vino y lo bebió sin la menor sospecha al peligro que corría. Y así, mientras el tiempo transcurría, esos trocitos de vidrio cortaron su interior, provocando hemorragias que lo mataron.
Otto Hightower y la reina consorte demandaron la cabeza del sirviente, sin embargo, el único castigo que recibió fue ser despedido del servicio. Porque fue un accidente. Un accidente terrible y letal, no obstante, un accidente.
Un accidente que sentenció a la boda del príncipe Aegon a ser conocida para siempre como la Boda Carmesí.
La reina consorte obtuvo consuelo meses después, con el primer embarazo de su nuera, la princesa consorte Cerelle.
La Casa Lannister se regocijó.
El príncipe Aegon fue indiferente, siempre ocupado en sus lecciones obligatorias, en las reuniones del Consejo Privado y lidiando con las expectativas de los Seis Reinos. Su tiempo libre lo invertía en Sunfyre, volando cerca y lejos de la capital. Sin embargo, cuando su hija nació fue el único en el reino que no reaccionó mal, que no se decepcionó.
Alysanne Targaryen, rubia como su madre, con el rostro de su ascendencia Hightower y los ojos lilas de los dragones.
Al año siguiente nació la princesa Maegelle, de cabello oscuro y ojos marrones, con la belleza típica de los oriundos del Dominio.
Y al año siguiente nacieron las princesas gemelas Daena y Daenys, de cabello rubio fresa e impresionantes ojos verdes, con la estructura ósea de los Targaryen.
—Aemond es mi heredero, lo haré oficial cuando me convierta en rey —aseguró con desenfado el príncipe Aegon tras escuchar a su madre despotricar sobre la necesidad de un hijo varón que asegurara su linaje.
—No puedes hacer eso —intentó tomarlo de los hombres para puntuar sus palabras, pero él retrocedió hasta tener el sillón de su solario entre ellos; el príncipe Daeron, que corregía los informes de su hermano, no reaccionó a sus discusiones.
—Claro que sí. O podría elegir a Alysanne. Mi padre lo hizo con Rhaenyra —el príncipe sonrió burlonamente —. Pero contrario a él, me aseguraría de no conseguir una nueva esposa que me dé un hijo que me haga romper mi palabra.
—Eres un chico despreciable —la reina consorte dio un paso atrás.
Nunca habían sido cercanos, pero desde que el príncipe contrajo nupcias, la brecha entre ellos se amplió. Él no la resentía por casarlo con una mujer que no deseaba, sino por enviar lejos a la mujer que sí deseaba. Lady Caryna Celtigar, hija menor de Lord Bartimos el Maestro de Leyes, fue enviada a las Tierras de la Tormenta a convertirse en la tercera esposa de Jasper Wylde. La hermosa Lady Caryna que casi murió por fiebre puerperal y que meses después del nacimiento de su hija quedó viuda debido a un accidente de caza que cobró la vida de Lord Wylde.
—Creo que soy un chico inteligente.
La reina respiró profundamente y volvió a acercarse, esta vez como si tratara con un animal herido.
—Debes tener un heredero varón, Aegon. Es la ley de la tierra y la tradición del reino.
—Aemond será mi heredero, como dije.
— ¿No lo entiendes? Eres el primogénito del rey, tu linaje es el que debe gobernar. Además, ¿sabes lo que pensarán los Seis Reinos de ti? Que eres incapaz de engendrar varones. Te culparán por la inestabilidad sucesoria.
—Culparán a Cerelle —el príncipe se movió para servirse una copa de vino —. Siempre es culpa de las esposas, ¿o acaso no han culpado y criticado a Aemma Arryn durante años? Tú te beneficiaste de su fracaso, madre —bebió un largo trago de vino, indiferente a los golpes que acababa de propinar —. Como dije, no seré como padre, no permitiré que alguien más se beneficie de la inutilidad de Cerelle. Ella no me importa, pero quiero un poco a Alysanne. Y aunque la mitad del tiempo me molesta, siento afecto por Aemond. Mi hija mayor o Aemond, algún día tomaré una decisión.
—No puedo creer lo que escucho —la reina se aferraba a su collar de Estrella de Siete Puntas.
—Ese es tu problema, madre, no mío.
Un Compromiso Amarillo
—Su Gracia, Lady Mano, gracias por recibirme —la reina consorte realizó una perfecta genuflexión al entrar al solar del rey.
—Adelante, toma asiento y habla el propósito de esta audiencia —él sirvió vino para sí mismo y su Lady Mano, dejando la jarra junto a una tercera copa con el mensaje implícito de que el último ocupante de la habitación se sirviera a sí mismo si deseaba beber.
La reina consorte no reaccionó a la falta de ofrecimiento, acostumbrada durante años a lo que ella consideraba desaires incomprensibles del rey.
— ¿Un compromiso con la Casa Baratheon? —él resumió la larga explicación que dio la reina consorte.
—Lord Borros carece de un heredero y si esa pena se extiende hasta su muerte, los Siete lo protejan, Lady Cassandra lo sucederá y se convertirá en la dama gobernante de su Casa, en la Dama Suprema de las Tierras de la Tormenta.
Lady Mano y el rey compartieron una divertida mirada crítica.
— ¿Desea casar al príncipe Aemond con Lady Cassandra bajo la perspectiva de que posiblemente su linaje gobierne las Tierras de la Tormenta? —inquirió Lady Mano.
La reina consorte asintió regiamente.
—Es curioso cómo ves positivamente el posible ascenso de Lady Cassandra, cuando años atrás te alegraste por la desheredación de mi Rhaenyra.
—Los tiempos cambian. La mentalidad de las personas también —la reina consorte metió sus manos en sus mangas acampanadas, un gesto elegante que escondió el dolor auto infligido por las uñas que pellizcaban la delicada piel de las muñecas interiores.
—Lo primero es cierto, en cuanto a lo segundo, lo dudo. Las personas oportunistas son como perros viejos que no aprenden trucos nuevos —el rey buscó una opinión —. ¿Qué piensas, Lady Mano?
—Es exactamente como dices, mi rey —inclinó levemente la cabeza hacia la reina consorte —. Su padre es un buen ejemplo de ello.
— ¡Cómo se atreve!
—Mano de dos reyes, padre de una reina consorte y abuelo de un futuro rey. Logros que nunca habría alcanzado de no haber sabido reconocer y aprovechar los momentos oportunos —Lady Mano no reaccionó al arrebato.
—Mi padre es un hombre inteligente y justo que ha sido recompensado por los Siete. Otto Hightower se ha ganada cada uno de los logros que enumera, princesa Rhaenys.
—Por supuesto, Excelencia. Es como usted dice. Los Siete recompensan a aquellos que trabajan duro y Ser Otto ha dejado constancia que trabaja más duro que los mismísimos demonios.
—Pensé que Otto era el demonio.
— ¡Viserys! —la esposa se levantó de golpe, furiosamente indignada —. ¡¿Cómo puedes proferir calumnias contra el abuelo de tus hijos?! ¡El padre de tu esposa, nada menos!
El rey hizo un gesto desdeñoso con la mano.
—Concierta el compromiso para Aemond, Alicent. Si la Casa Baratheon lo acepta, otorgaré mi bendición.
Así, dos meses después, los ciervos de las Tierras de la Tormenta arribaron a Desembarco del rey para ser agasajados por la Casa Targaryen. El compromiso fue anunciado ante la Corte y celebrado con un festín nocturno. El Salón de Baile de la Reina fue decorado con flores amarillas, en honor a uno de los colores insignia de la Casa Baratheon, y ampliamente iluminado por innumerables velas de cera de abeja que, si bien agregaron aun aroma dulce al ambiente, iluminaron de dorado todo el lugar.
El Compromiso Amarillo, lo bautizaron ese día por el precioso vestido amarillo con bordados de ciervos negros de Lady Cassandra. Sin embargo, popularmente sería recordado como tal debido al tono amarillento de la piel del príncipe Aemond por el cúmulo de reflejos gualdos en el Salón de Baile y a lo poco que tal color favorecí su piel con sólo pararse junto a su prometida.
El corazón de un rey y la invocación de dragones
Días después del Compromiso Amarillo, el rey sufrió un ataque que casi cobró su vida.
Durante los días siguientes al festín, el rey se había quejado de una constante opresión en el pecho, un dolor que se extendió a otras áreas de su cuerpo. Previamente, la sensación de falta de aire, de acidez estomacal y ataques de náuseas lo habían aquejado durante semanas; el Gran Maestre lo atribuyó a fatiga dado el trabajo excesivo que el rey debía realizar diariamente, recetando tés fortalecedores y tinturas para asentar el estómago.
Ahora el rey yacía en su cama, sudando frio tras un colapso durante una reunión concejal. Tras frenéticas revisiones, el Gran Maestre diagnosticó que la fatiga había alcanzado el corazón del rey, que su pulso se volvía cada vez más débil y que el reino debería prepararse para lo peor.
Los hijos del rey hicieron de la habitación de su padre su hogar, velando por él. El príncipe Aegon ordenó que los mejores maestres de la Ciudadela viajaran rápidamente a la capital para nuevos diagnósticos, para buscar curas. La princesa Helaena sostenía la mano inerte del rey, murmurando que el dragón que ya había caído una vez podría volver a levantarse. El príncipe Aemond envió gente a Essos para que consiguieran los mejores sanadores, lamentando al mismo tiempo no ser un jinete de dragón para hacer el viaje él mismo. El príncipe Daeron buscaba en libros alguna cura, alguna alternativa que pudiera salvar a su padre.
La reina consorte envió un cuervo al Faro, una carta directa a su padre.
Lady Mano también envió un cuervo, sólo que el suyo con dirección al este, a Norvos; un cuervo con una carta para la princesa Rhaenyra y el príncipe Daemon.
La Mano Que Una Vez Fue
—El momento ha llegado, hija —fueron las palabras con que Ser Otto saludó a la reina consorte en cuanto entró a sus aposentos, recién llegado de Oldtown.
La totalidad de la Casa Hightower y el mismísimo Septón Supremo llegaron con él.
—El rey se aferra a la vida —la reina consorte se agarró a los brazos de su padre —, dos semanas en cama y el Extraño no lo ha tomado en su abrazo. Mis rezos son contraproducentes; suplico por su recuperación pues es lo que el reino espera de mí.
—La obstinación del rey suele presentarse en momentos inoportunos —la antigua Mano no comentó sobre los deberes piadosos de su hija.
—Septón Eustace dice que el rey está esperando por su hija y su hermano, que desea verlos antes de tomar su último aliento.
— ¿Ya enviaron por ellos? —se alejó de la reina, yendo hacia la ventana con vista a la bahía.
—La princesa Rhaenys les escribió —ella lo siguió —. Norvos está lejos, incluso con dragones, y el cuervo tuvo que llegar primero a ellos. Es probable que lleguen pronto.
—Debemos prepararnos para su llegada —dos pares de ojos, idénticos en coloración, se encontraron —. Con Viserys ido, Daemon querrá rebelarse.
—Él no se atrevería —un gemido asustado acompañó sus palabras al escuchar la ominosa posibilidad.
—Y Rhaenyra, esa chica tuvo años para llenarse de amargura contra Aegon, y con Daemon susurrándole al oído… Debemos prepararnos.
—Aegon es su hermano, mis hijos son sus hermanos… Rhaenyra no…
—No los ama, Alicent. ¿Crees que la chica que ha quemado ciudades e impuesto su voluntad en ellas se detendrá por personas que ni siquiera conoce? —su expresión adquirió amabilidad por un momento, tocando un costado de la cabeza de su hija —. Incluso si ella no quisiera hacerles daño, Daemon lo hará. Ella simplemente cerrará los ojos y se lavará las manos —su semblante volvió a la severidad —. Por eso debemos estar listos. Traje escudos y espadas conmigo, de la Casa Hightower. La Guardia Real debe ser alertada, la Guardia de la Ciudad también; Ser Willis siempre ha simpatizado con nosotros, así que Aegon debe nombralo comandante cuanto antes, también a Garmund. Tu primo se asegurará de que los Capas Doradas estén listos para actuar cuando se les ordene. Los caballeros Hightower deberán ser posicionados en la Fortaleza Roja, cerca de Aegon y Aemond.
— ¿Aemond, padre?
—Aemond es el heredero de Aegon hasta que la chica Lannister le dé un hijo varón.
(Ella no se atrevió a compartir la posible resolución de Aegon respecto a sus herederos. Una mujer como heredera, como reina gobernante, ¡absurdo! Su padre no lo toleraría y no era momento de discutir entre familia. Tanto su padre como Aegon se molestarían, y su hijo, como el hombre de espíritu contrario que era por su sangre de dragón, elegiría a Alysanne sólo para fastidiarlos a todos.)
—Y Aegon me reinstalará como Mano. Si los dioses son buenos, Viserys habrá dado su último aliento y Aegon estará sentado en el Trono de Hierro para cuando Daemon y Rhaenyra lleguen. No se les permitirá aterrizar a sus bestias —una pequeña sonrisa tortuosa se adueñó de su boca por un instante —. Trajimos escorpiones con nosotros. Y tenemos a Sunfyre, Dreamfyre y Tessarion. Es una lástima que Aemond no reclamara la montura del Viejo Rey o, si no había más, la de la Bondadosa. Ahora convoca a Aegon, debo hablar con él para tomar el control de la Fortaleza Roja inmediatamente.
—Aegon está con Viserys, no se separa de él. Además, mientras Viserys tenga aliento en sus pulmones, la princesa Rhaenys mantendrá su puño de hierro ya que es la regente —fue dicho con acritud —. El Consejo lo decidió así al término de la primera semana de la inconsciencia de Viserys. Aegon estuvo de acuerdo.
—Por eso mismo debo hablar con él. Es el heredero y es mayor de edad, él debería ser el regente —la reina consorte recibió una mirada de reproche —. ¿Qué le enseñaste, Alicent? ¿No te dije que guiaras su educación? Deberías haber despertado su astucia Hightower antes de que el sentimentalismo de Viserys lo atenazara.
—Nunca se me permitió influir en la educación de ninguno de mis hijos, te lo dije, padre, que Viserys ya no era el mismo rey complaciente, ni el mismo hombre, que conocimos tantos años atrás —ella desvió la mirada —. Y tú no estuviste aquí.
—No culpes a otros de tus fracasos —él la tomó de la barbilla, obligándola a enfrentarlo —. Tenías un deber. Tenías el camino libre. Sin Daemon, sin Rhaenyra.
—La princesa Rhaeny-
—Rhaenys Targaryen nunca ha tenido el mismo poder que Daemon y Rhaenyra en Viserys. Y tú eres su esposa. Aunque no te permitiera un lugar en el Consejo, sí lo tenías en su cama.
—Apenas. Él sólo me llamaba hasta que se confirmaba mi gravidez y después del nacimiento de Daeron no volvió a convocarme. Padre, yo me esforcé, ¡te juro que-
Un rugido agudo, reconocible, se oyó a la distancia.
Le siguió otro y otro, y otro, y varios más; cada uno diferente.
Padre e hija miraron hacia la Bahía del Aguasnegras, palidecieron al ver lo que para ellos era una horda de dragones.
