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Como todas las mañanas, al bajar a la cocina lo recibe el aroma de masas en el horno, jengibre y canela en el aire. Padre no lo saluda, está concentrado en elevar el bouquet de rosas de fondant de una torta de aniversario a un nivel más allá de la perfección. Hablarle ahora resultaría en una semana de corrosivo mal humor y comida quemada o delivery para la cena.
Contiene un bostezo para no delatar cuanto sueño tiene realmente y controla la hora a pesar de estar seguro de contar con los minutos exactos para llegar a tiempo a clase. Un record de asistencia no es algo a lo que renuncias así nada más y él no tiene por costumbre renunciar a nada. Giorno Giovanna (Brando Joestar si quieren ser precisos) nunca aspira a menos que a lo mejor que puede hacer.
Le viene de familia, diría Padre. Es parte de su forma de ser, diría Papá.
Papá está hablando con un cliente por teléfono, su voz tranquilizadora incluso cuando el pánico al otro lado de la línea se puede sentir hasta aquí. Tiene un encanto natural, las personas confían en él casi de forma automática. Padre habría espantado al 80% de su clientela si Papá no estuviera a cargo de la atención al cliente.
La campanilla del horno suena y Papá se da vuelta para apagarlo.
— Hacia la izquierda, Jojo. — dice Padre como si nada. Papá se apura a corregir su error.
Giorno ríe con mesura mientras acaba su desayuno. Hay una historia extraña y oscura detrás de las dos personas que lo criaron, pero eso sólo hace más valioso el verlos ahora, compenetrados y juntos, complementándose tan bien.
“— ¿No somos una pareja perfecta?” su mente adormilada aun lo suple con una frase directa de la noche anterior y Giorno la ahoga con lo último de su jugo.
Está a punto de salir cuando una mano en su hombro lo detiene. Papá le ofrece una caja y una sonrisa y Padre, una mirada penetrante por encima del merengue recién batido.
“Suerte en tu examen” dicen ambos a su manera.
Dentro de la caja hay cuatro masas preciosamente decoradas como mariquitas, sus alas del rojo brillante de una mermelada de fruta y las manchas del negro profundo de chocolate amargo. Entremedio se forman pequeñas G doradas que se entrelazan aquí y allá.
Gold E se asoma sobre su hombro para admirarlas y Giorno le promete a su kwami compartirlos en el almuerzo.
***
— Bastante simple… si has estudiado lo suficiente.
— Todos los exámenes son simples para ti, Fugo, no haces otra cosa.
— A diferencia tuya, no tengo el cerebro de un mono muy bien entrenado.
— ¡Ya es hora de que encuentren insultos nuevos, idiota!
— ¡Dice el que repite idiota diez veces al día!
Giorno encontraría el pleito tradicional de Fugo y Narancia tan agradable como siempre si no estuviera ocupado en mirar a la esquina donde Bruno y Abaccio también disfrutan el tiempo libre entre clases.
¿Llegará tarde también hoy? No debería sorprenderlo, todos saben que tiene un trabajo de medio tiempo por la noche. El director Polpo hace una excepción con él mientras su promedio no baje demasiado y Bruno lo ayuda con su tutoría. Giorno recuerda la única vez que pudo participar de una de esas sesiones y siente la vergüenza subiendo por sus mejillas.
Oh, pudieron estudiar sin problemas. Pero fue completamente incapaz de hablar de otra cosa que no fuera el tema de estudio. Nunca tiene problemas para hablar con naturalidad con nadie, mayores, menores, superiores, inferiores… pero cuando Mista invade apenas su espacio personal como si no fuera la gran cosa su cerebro hace un pequeño cortocircuito.
Justo como ahora, cuando Mista le pasa el brazo sobre los hombros por sorpresa y lo atrae en un abrazo repentino.
— Ey, Giogio ¿dónde tienes la cabeza?
“En tus pantalones” dice la voz de adolescente hormonal en lo profundo de su vientre. Su rostro sólo enarca una ceja y su verdadera voz suelta un escueto:
— Acabamos de tener un examen.
Práctico, al punto, cortante. Padre estaría orgulloso y él quiere golpearse con la pared más cercana, salvo que eso sería demasiado indigno.
***
La noche nublada oculta las figuras que cruzan la ciudad a toda velocidad. Se alejan de los edificios públicos, de las paradas turísticas y se internan entre las calles estrechas de un barrio periférico.
— Tal como lo predijiste.
La admiración baila en su voz pero no la sorpresa. No está apostado en el lugar perfecto con la mira precisa por casualidad. Una sola bala de Six Tireur es suficiente para tumbar al akuma y dejarlo rodando por el suelo. Sólo que al parecer eso ya no es suficiente.
— Tenías razón en eso también.
La figura caída se levanta pero ya no es una, sino cinco, y ahora son siete las que corren directo hacia él. No se mueve, ni siquiera tiembla: diez metros, cinco metros, dos metros.
— Ja, lo sabía.
Un resplandor dorado capta su atención y se relaja del todo, listo para disfrutar el espectáculo. Ver a Golden Ladybug danzando por las noches es un gusto que sólo él puede darse. Hebras de hierba convertidas en lianas, hojas secas tornándose grilletes, ramas finas engrosándose en barrotes, y el hombre más letalmente elegante que Six ha visto jamás se graban en su memoria. Una más para su colección de momentos en que su compañero lo ha hecho babearse.
— ¡Six!
— Estoy justo aquí.
Babearse pero sin perder la concentración, ahí está el truco. En un momento están hombro con hombro, su pistola apuntando directo a la masa de akumas capturados, y Ladybug imbuyendo de poder a una de sus balas. Con un disparo y una explosión en oro los akuma se deshacen en mariposas y se pierden en la noche.
Six disfruta de la cercanía y se toma la libertad de rozar sus dedos contra la mejilla de su compañero. A veces piensa que es una real mierda no poder ver su rostro y tener que conformarse con el antifaz. Otras veces no sabe a que dios agradecerle por la suerte que lo puso en el camino de su kwami y junto a este ángel-hombre.
— Misión cumplida. — le sonríe.
Ladybug no está impresionado, sus ojos azules lo miran con la misma profesional satisfacción de la primera vez y un momento más tarde está ya fuera de su alcance, devolviendo el entorno a la normalidad. Six se deja distraer por sus bucles dorados sobresaliendo por encima del antifaz y tarde en notar que le están hablando.
— Six, esto es serio.
— Lo sé, se están volviendo más resistentes. Necesitamos cambiar de estrategia antes de la próxima…
— No habló de eso. ¿Qué pretendías hacer quedándote quieto? ¿Por qué no escapaste?
— Para confirmar su velocidad.
Dos perfectas cejas rubias saltan en cámara lenta.
—… Six, dije que podíamos planear una forma de averiguarlo, no que te usaras de carnada para…
— Son más rápidos. Una vez que se dividen son más rápidos.
Puede ver el enojo creciendo aun con disfraz de por medio, no es arriesgar su vida sino interrumpirlo lo que lo hace mostrar los pucheros más adorables.
— Si no hubiera llegado a tiempo…
— Si no lo hubieras hecho, ahora mismo estaría usando la culpa para convencerte de tener una cita.
Sabe que está poniendo esa sonrisa torcida que hace que su compañero quiera golpearlo y besarlo a la vez. Bien, quizá lo último es más un deseo que un hecho, pero un hombre puede soñar. Y por un segundo, es lo suficientemente estúpido para creer que el sueño se hará realidad, cuando pronto tiene una figura dorada invadiendo su espacio personal y respirando el aire frente a sus labios. Un delicado dedo recibe un beso de labios sonrosados y Six tiembla mientras lo ve volar hasta sus propios labios.
Un roce en la comisura del labio derecho, Six inhala profundo. Otro en la izquierda, Pistol S se reirá tanto en la mañana cuando le recuerde este momento. Uno en la barbilla, jugando con la incipiente barba. Y uno más en el centro de sus labios y Six lo corresponde con inocencia…
Con estúpida inocencia, reconoce un segundo después pero ya es muy tarde y el pánico se pelea con el placer. Un giro entre sus brazos y Golden Ladybug está de nuevo fuera de su alcance.
— ¡Ey, espera! ¡Esos fueron cuatro!
Ni siquiera se da vuelta, inmutado por sus gritos y con cierta satisfacción maldita en el retintín de sus pasos.
— ¡Dame uno más!
— No.
— Es como si me acabarás de dar el beso de la muerte, vamos, uno más por favor.
— No.
— ¡Medio más! No me dejes así.
— No me gusta repetirme.
Llora tras sus pasos por el resto de la noche y al fin regresa a casa con la más dulce maldición en la piel. Si al día siguiente Buccellati pregunta por sus ojeras, dirá que tuvo una pesadilla demasiado parecida a un sueño húmedo y Abaccio lo pateará bajo la mesa.
***
Mientras tanto, en una pequeña pero suntuosa pastelería, unos golpes suaves resuenan en la puerta de la habitación de Giorno. No hay respuesta y el hombre al otro lado suspira. Si todavía no regresa se levantará cansado en la mañana otra vez.
Camina a su dormitorio preguntándose por enésima vez si es lo correcto, si no deberían sacar el tema a la luz de una buena vez. Siempre ha sido tan malo para guardar secretos, sería mucho más fácil si…
— Vuelve a la cama, Jojo.
Cuando pasa tres segundos sin dar señal de obedecer a su pareja, un almohadón vuela a su espalda. Suspira y se da la vuelta, sabiendo que lo siguiente que volará será el radio reloj si no lo hace. Regresa a las sábanas y al hueco entre el pecho y el cuello de Dio con la preocupación todavía en los músculos.
— Estará bien. No se ha matado hasta ahora, no lo hará esta noche.
— Pero Dio, tiene otro examen mañana. Ha dormido tan poco esta semana.
— ¿Y qué?
— Es sólo un chico…
— Tiene quince y no es sólo un chico, es nuestro chico, puede con esto.
Quiere discutir pero Dio está intentando usar su cuello como masa de cobertura donde dejar escrito su nombre con los dientes.
— Y si no puede… siempre puede utilizar a ese esperpento que lo acompaña como escudo humano.
— Hmm.
Que Jojo no discuta ni lo grosero ni lo violento de esa idea es la mejor prueba de lo poco que le agrada cada vez que ve a su hijo en su disfraz de mariquita con el brazo de Six Tireur alrededor de su cuello.
Y aun así, con distracciones de por medio, Jojo no es capaz de cerrar los ojos hasta que escucha el ruido de la puerta ventana de arriba abriéndose y de Giorno dejándose caer en su cama. Solo. Ahora sí, puede dormir tranquilo.
