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Dama en la octava fila

Chapter Text

 

Lena supo que todas las miradas le apuntaban en cuanto entró a la sala del trono. Se detuvo por apenas un respiro, obligándose a levantar su mentón, y avanzó.

Llegaba allí con la esperanza de encontrar a Kara. Sam había aceptado sus órdenes de escoltarla, aunque lo había hecho a regañadientes. La mujer no estaba muy cómoda paseándola por los pasillos del palacio, algo que Lena entendía de sobra; buena parte de Argo a estas alturas estaría deseando arrojarla fuera de las murallas.

El silencio de la sala le pareció opresivo. Su culpa también, probablemente, pero por suerte, no podía comprobarlo a ciencia cierta. Al menos, la experiencia estaba de su lado esta vez. No era la primera vez que tenía que enfrentarse a multitudes inhóspitas. Lex la había sometido a aquellos menesteres desde bien temprana edad. Al principio, buscando aceptación de la nobleza para su hermana bastarda, y una vez logrado aquel objetivo, usándola de carnada frente a los más voraces nobles de Laindon. No, no era nuevo para Lena caminar por territorio enemigo, y pocos podrían igualarla en gracia en semejante empresa. Dio un paso más, y otro, sin que una sola mueca escapase de su rostro.

—Lena Kieran Luthor, de la casa Luthor.

Los murmullos llenaron la sala. Lena no pudo evitar desviar la mirada hacia el mayordomo que acababa de anunciarla. Winslow la notó, bajando levemente la cabeza hacia ella. Probablemente el único gesto amistoso que iba a encontrar allí. Volvió la vista al frente de inmediato, intentando no desarmarse. No le costaba adivinar lo insultante que todos allí encontraban la mera mención de su nombre.

El trono del rey estaba vacío. A uno de los costados, de pie frente a su propio trono, Alura la observaba acercarse. Erguida, ambas manos al frente, una tomando la otra. Su mirada clavada sobre Lena, sus labios apretados, sellados en una firme línea. Por primera vez desde que se había adentrado en la sala, Lena sintió sus piernas hacerse pesadas, y el rebelde impulso de querer pegar la media vuelta le despertó dentro. Apretó los dientes, ignorante de cuánto más aquel gesto marcaba su aguda mandíbula, y siguió avanzando, paso a paso, hacia el final de la sala.

Alura llamó con un gesto de su mano, y un hombre enfundado en seda y joyas se le arrimó apurado, bajando el oído, recibiendo la voz de la reina. Lena se frenó a una distancia prudente, justo frente al trono, con los ojos puestos sobre Alura. Esperó, viendo cómo la mirada de su suegra caía sobre ella de tanto en tanto, como una catarata de palabras indescifrables salía de sus labios.

Al fin, la reina se irguió, y con la gracia de quien ha pasado una vida entera viviendo ceremonias, bajó los dos escalones, abandonando la plataforma del trono y llegando a Lena.

—Lena, hija mía. —Las palabras fueron piadosas. El tono, gélido. Lena se inclinó en una reverencia, aceptando las manos que Alura le ofreció en cuanto volvió a erguirse.—Hemos de hablar en otro sitio, donde nuestras voces no hagan eco en oídos ajenos.

No hubo más explicación. Alura se giró y, sin más, avanzó, cruzando el final del salón y desapareciendo por una de las puertas del final de la sala. Lena le siguió los pasos, intentando no desviar la mirada. Lo poco que había logrado aprender de aquel idioma no era suficiente para poder cazar conversaciones al vuelo, pero no necesitaba entender los murmullos para saber que buena parte estaban envueltos en odio. Odio que iba dirigido hacia la sangre que llevaba en sus venas.

La puerta se cerró a sus espaldas en cuanto atravesó el umbral. Recién entonces Lena se dio cuenta de que Sam ya no estaba con ella. Era entendible; aquella era la antesala a los aposentos privados del rey y la reina. Los únicos guardias que entraban allí eran los de la primerísima guardia real. Alura se había girado, con una sonrisa en su rostro que definitivamente no llevaba en sus ojos, y uno de sus brazos extendidos, señalando hacia el festejador situado en la ventana.

Lena asintió con un gesto suave, encaminándose hacia allí, tomando asiento en uno de los bancos. Alura la imitó rápidamente.

—Llevas coraje, atreverte hasta aquí en soledad.

Aparentemente, la reina consorte no pensaba perder tiempo en cortesías.

—No lo he hecho. Fui debidamente escoltada.

Alura profundizó la sonrisa ensayada, haciendo una pausa antes de contestar

—No necesitas fingir ignorancia en mi presencia, sé bien que no te falta ingenio, mi niña.

Lena estudió a la mujer frente a ella. Aun cuando los años comenzaban a nevar sus cabellos, y la piel ya mostraba las marcas del tiempo, era innegable que Alura poseía una belleza regia. La elegancia con la que siempre se conducía no hacía más que realzarla. Su mirada era una cargada de astucia y de desconfianza.

—Lo hice porque necesito hablar con Kara.

Sí las formalidades no iban a llevarla a ningún lado, poco perdía siendo tajante. Lo importante era hablar con su esposa. Todo lo demás se le hacía secundario.

—Kara no está aquí.

Lena no pudo evitar que la decepción se le notase. Desvió sus ojos hacia el cristal, hacia el inmenso patio de armas que podía verse desde allí.

—¿Sabe su majestad dónde es que se encuentra?

Un chistido corto obligó a Lena a volver su mirada hacia Alura. La mujer agitó su mano en un ademán de indiferencia, y su mirada, por un instante, pareció llenarse de resentimiento.

—Se sobre Kara y su paradero, absolutamente nada. Soy su madre, jamás se preocupa por mantenerme al tanto de sus asuntos. Pero imagino que, dado que estamos en medio de un asedio, probablemente esté ocupada en los quehaceres de la defensa.

—No pretendo distraerla de sus obligaciones, no es por eso que estoy intentando encontrarla.

—Explícame entonces por qué llevas tanta ansia por verla. Seguramente puedo ayudarte en lo que sea que necesitas con tanto apuro.

Lena no contestó de inmediato, sosteniendo la mirada de Alura todo lo que pudo. Finalmente soltó el aire, volviendo la mirada hacia la ventana una vez más, juntando ánimo.

—He leído el mensaje que Lex ha hecho llegar, y creí que mi opinión podía ser de ayuda para Kara.

—Lex, tu hermano.

Alura soltó las palabras con filo, rápidas como una estocada.

—Sí. A quien no le guardo lealtad ninguna. Sé que mis palabras valen poco cuando no he tenido oportunidad de probarlas... Pero es por esa misma razón que estoy aquí.

—¿Piensas que tu opinión sobre el mensaje reviste suficiente importancia para cambiar los planes sobre la defensa de Argo? ¿Algo presumido, no crees? Y para serte sincera, bastante inocente. Nadie aquí tomaría consejo de una Luthor.

—Ya no soy Luthor.

Alura levantó una de sus cejas, y sus labios formaron una media sonrisa pronunciada.

—Semejante atrevimiento sin entender de qué hablas. Hay diferencia entre unirte a nuestra casa en matrimonio, y decidir tomar el nombre. Kara no te ha dado su nombre aún.

—¿Perdón?

La reina soltó un soplido, visiblemente sardónico, pero Lena no reaccionó, esperando en silencio por su respuesta.

—No tengo tiempo de educarte en medio de un asedio. Deberías saber lo que es menester en tu nueva condición; eres la esposa de la heredera al trono. Habla con el joven Winslow si lo que necesitas es tutela.

Lena levantó el mentón, tensando la espalda, enderezándose todo lo que le fue posible. Cruzó ambas manos sobre su falda, fijando la mirada sobre Alura.

—Agradezco el consejo, aunque no es mi prioridad de momento.

—¿Qué otra prioridad puedes tener?

—Quizás estoy robándole tiempo a su majestad. Después de todo, Kara no está aquí… y esta conversación no está siendo provechosa para ninguna.

Alura soltó una risa corta, socarrona.

—No te falta bravura, Lena, te lo concedo —La reina se dejó caer hacia atrás, apoyándose sobre la piedra, añadiendo dramatismo a la pausa—, aunque te sobra irreverencia. Admito que buena parte de mis palabras no son, precisamente, inocentes. No puedo dejar que cargues con toda la culpa. Pero hasta donde recuerdo, sigo siendo la reina —Lena no contestó—. Quizás me arrepienta, pero voy a invitarte a esperar por Kara, y por mi esposo, aquí. Nos servirán un almuerzo tardío, y hablaremos de todo lo que comúnmente se habla entre madre e hija.

Lena levantó la mirada de golpe, tardando más de lo habitual en contestar.

—¿Hablar?

—Sí, hablar. Y espero esfuerzo de tu parte, bastante más del que has demostrado hasta ahora.

—Lo siento, estoy… confundida. Solo busco hablar con Kara. Si su majestad lo permite, voy a pedir una escolta hasta el patio de armas… ¿O es ya en las murallas donde se encuentra?

Alura negó varias veces con su cabeza, sonriendo y a la vez, poniéndose de pie. Lena la imitó, siguiéndola con la mirada, viendo como llegaba hasta el único guardia en la sala, cercano a la puerta. La reina solo volvió a ella una vez que, aparentemente, quedó satisfecha con las órdenes dada.

—Lena, hija mía. He dado la orden de que nos sirvan en breve y nos den algo de paz. Vas a acompañarme en este almuerzo, y esperaremos juntas. Si no volviesen antes del atardecer, entonces harás la espera en tu recámara. Esa es la única opción razonable —Lena separó sus labios, pero Alura no le permitió palabra, callándola con un gesto de su mano—, por lo que sé de ti, tu familia te ha preparado para poco más que ser una esposa agraciada. No lo tomes a mal, solo intento señalar lo obvio... ¿Crees que puedes aconsejar sobre los planes de guerra? ¿Solo por compartir sangre con nuestro enemigo? Imagino que Kara, en su infinita inocencia, te ha hablado de las mil formas en las que Krypton se diferencia de tu reino. Pero quiero creer que eres más inteligente que eso. No dejes que su ilusión de juventud te confunda; aquí no hay lugar para libertinajes, Lena.

—Jamás lo creí, ni Kara intentó convencerme de semejante.

—¿No? Porque pareciera que llegó a confundirte. Si bien es cierto que no dejamos que valores irracionales y arcaicos limiten nuestro potencial, eso no es sinónimo de falta de orden. El consejo está sobrado de mentes brillantes, elegidas entre las más punzantes de este reino.

—No me cabe duda de la eficiencia de tal consejo.

—Cuida el tono, Lena. No quieres que piense que mis palabras están siendo objeto de burla. Intento explicarte algo bien básico, aunque extremadamente importante.

—Oh, lo entiendo. Entiendo perfectamente lo que Su Majestad intenta explicar; lo muy importante que es no salirme de mi lugar.

Alura puso la mirada en blanco por un momento, soltando un suspiro exagerado.

—Si quieres decirlo en semejantes formas, no voy a ser yo quien te censure. Pero no olvides que mis palabras no fueron esas… Y ahora basta ya de preámbulos, ¿qué tal si tomamos asiento? —La reina hizo un ademán con su mano, señalando una de las mesas al otro lado de la sala—, no van a tardar en servirnos.

Lena no contestó, solo asintió con un gesto de su cabeza, avanzando y acercándose a la silla que Alura le había señalado. Esperó a que la reina tomase asiento antes de hacerlo ella misma. Inmediatamente, un silencio incómodo las envolvió, durando lo suficiente como para que Lena llegase a planear una docena de escapes, a sabiendas del poco éxito que tendrían. Al fin, los sirvientes aparecieron tras una de las puertas, acercándose a la mesa y disponiéndolo todo con una facilidad estudiada. Lena no se movió, con sus ojos clavados sobre su falda, a la espera de la siguiente jugada.

Alura esperó a que el último de sus sirvientes dejase la sala antes de emitir palabra. Solo entonces, y luego de un tiempo prudente, volvió a soltar la voz.

—Tu visita ha sido inesperada; espero que el menú te sea agradable.

—Para ser completamente sincera con su majestad, no llevo demasiado apetito este mediodía.

—¿Puede que quizás ya estés encinta?

Lena no llegó a atrapar el cubierto que escapó de su mano, cerrando sus ojos por un momento en cuanto el utensilio golpeó contra el suelo. Alura no reaccionó, esperando pacientemente por su respuesta.

—No —Lena negó varias veces con su cabeza—, no lo estoy. No estoy esperando. Es solo la situación que nos rodea. No hay nada más.

Alura abandonó los cubiertos que apenas había levantado, soltándolos al costado de su plato. Su mirada estaba clavada sobre su nuera, estudiándola, observándola.

—¿Acaso no quieres procurarle a Kara un heredero?

—¿Que clase de pregunta es esa? Solo quedé sorprendida-

—¿Sorprendida? ¿No crees que el reino entero está esperando saber si es que vamos a terminar con sangre Luthor en el trono?

Lena contuvo la respiración, obligándose a no bajar la mirada.

—No estaba esperando tener que responder a asuntos tan privados en medio de un almuerzo improvisado.

—No son privados. Absolutamente nada en este palacio es privado, y quiero creer que una criatura tan despierta como tú lo sabe de sobra.

—No estoy encinta, Alura. Y es eso todo lo que hay para decir sobre el asunto.

—¿Cómo sabes que no lo estás? ¿Es que Kara no ha consumado el matrimonio?

Lena ya no pudo sostener la mirada de la reina. Negó con su cabeza varias veces.

—¿De verdad debo someterme a este interrogatorio?

Alura soltó uno más de sus suspiros, dando un sorbo de su copa y sin apuro, volviéndola a la mesa.

—Lena… Entiendo que fingir ofensa te haya servido en el pasado. Pero no sirve en mis salas. Podemos pretender que tu matrimonio con Kara es completamente normal, merecedor de toda privacidad y confianza. Pero la pretensión, en este caso, solo sirve puertas afuera. Y si he de ser sincera, sabe Rao que a nadie engañamos. Especialmente ahora; con tu hermano rompiendo el pacto de tales maneras. ¿Crees que no se discute ya una posible anulación? ¿Piensas que hay una sola casa en Argo que no quiera entregarte a cambio de la paz?

—Soy bien consciente de mi situación. También entiendo que si hasta ahora no he sido arrojada desde las murallas, es porque se entiende la inutilidad del acto. Aun si me devuelven a mi hermano, Lex no va a levantar este asedio.

Alura levantó la servilleta que descansaba en su falda, alcanzándola hasta sus labios en un gesto cuidado, bajando la mirada por un momento, meditando.

—Quizás... Quizás es por eso que mi esposo, el rey, ha decidido en contra de las demandas de tu hermano. No hace falta que te diga lo impopular que su decisión ha resultado, especialmente entre los nobles.

—Puedo imaginarlo.

—Si entiendes los pormenores de tu situación… no entiendo como la pregunta te ofusca de semejante manera. Nunca es agradable tener que ventilar intimidades, es cierto, pero sabes que no hay morbosidad tras la pregunta. Me cuesta creer que no sepas lo diferente que podría ser tu destino si llevases en tu vientre el futuro de Krypton.

—¿Diferente a qué exactamente?

—Oh, por favor, Lena… ¿De verdad vamos a arruinar este almuerzo con una conversación tan somera? Imagino que has aprendido a fingir todos los estados, dada la familia en la que has sido criada, pero este no te queda creíble. Por supuesto que entiendes la diferencia, Lena. Es prácticamente la noche y el día.

Lena no quitaba los ojos de la mujer frente a ella, que tan agresivamente la había arrastrado a aquel interrogatorio. Alura no estaba jugando a sutilezas, o al menos, no lo parecía, y sin embargo, Lena podía oler algo más detrás. Era improbable que el único momento de intimidad que había compartido con su esposa terminase en un embarazo, pero no imposible. No se sentía correcto usarlo a su favor, y sin embargo, algo le decía que lo mejor era decir la verdad.

—Kara ha consumado nuestro matrimonio.

El solo decirlo la hizo sentir a salvo. La mirada que Alura le dedicó fue toda la confirmación que Lena necesitaba; había dado la respuesta correcta.

—Muy bien. Supongo entonces que es solo cuestión de tiempo.

Lena distinguió el tono mordaz en aquella última sentencia, pero decidió ignorarlo. Lo que menos quería era seguir alimentando aquel fuego. Bajó la mirada al plato, a la comida aún intacta. Una vez más el incómodo silencio se hizo presente, más y más intolerable a cada minuto que transcurría. Lena se concentró en el magro almuerzo, a pesar del persistente nudo que podía sentir en su estómago.

Llevaban ya buena parte del plato consumido cuando la puerta a sus espaldas se abrió de golpe, obligándolas a ambas a ponerse de pie de inmediato. Alura se adelantó rápidamente, caminando hacia el guardia que acababa de irrumpir, increpándolo.

—¡Semejante grosería! ¿Qué es este atrevimiento?

Lena reconoció el enojo en el tono de la reina, pero prontamente, su voz cambió. Volvió la mirada hacia el guardia. No lo reconocía, pero, obviamente, el mensaje que traía tenía que ser de extrema importancia para permitirse tal entrada.

Las palabras que el guardia soltó no fueron reconocibles para Lena, no en ese imposible idioma que hablaban, pero las expresiones en los rostros, tanto de la reina como de aquel hombre, le llenaban el pecho de malos augurios. Algo ocurría, y parecía revestir gravedad.

—¿Qué es lo que ocurre?

Alura se giró hacia ella, con el rostro atravesado de dolor. Detrás, lo que había comenzado como un murmullo en la sala contigua, era ahora un incesante clamor. Lena se abalanzó sobre la reina, atrapándola justo antes de que cayese sobre sus rodillas. La bajó despacio, tomándola de ambos brazos e intentando sostener su peso. La reina rompía en llanto.

—¡Su Majestad! ¿Qué es lo que ocurre? ¡Alguien que diga ahora mismo lo que ocurre!

Detrás, una voz anónima, y con acento pesado, le contestó.

—Repiten la misma frase una y otra vez, su alteza.

Lena se giró, clavando sus ojos sobre el sirviente.

—¿Qué frase? ¿Qué repiten?

—El rey está muerto, larga vida a la reina.

 

 

Kara no podía reaccionar.

A lomos de su caballo, transitaba lentamente la calle principal hacia el palacio. Los lamentos y llantos se dejaban escuchar en cada esquina; la ciudad entera lamentaba la caída del rey, otra desgracia para Argo.

Kara sentía que la mente se le había desatado del cuerpo, y no tenía mucha idea de como volverla a su lugar. Su guardia real se esforzaba por mantener la procesión en orden, escoltando el cuerpo de su padre y manteniendo a la multitud a una distancia prudente. Kara podía escuchar su nombre en medio de los lamentos. Podía ver los rostros, abandonados a la desesperación, buscándola por consuelo.

Volvió la mirada hacia un costado. Alex cabalgaba a su lado, apenas a un brazo de distancia. Su expresión era una inmutable. Su perfil endurecido, la espalda bien recta.

Intentó imitarla, volviendo sus ojos al frente. Quizás hacerse de piedra era lo que necesitaba. Pero llevaba la imagen de su padre cayendo sobre la tierra grabada en la retina, y sabía que jamás iba a olvidarlo. Nada iba a borrar aquel momento de su mente.

Infames eran los dioses que gobiernan los recuerdos.

Kara sabía que cada terrible detalle de aquel día la perseguiría por el resto de su vida, y, a la misma vez, le costaba recordar la última conversación que había mantenido con su padre. No podía traer al presente las palabras dichas. No llegaba a ver su rostro, su sonrisa. ¿Cuál fue la última vez que el afecto había sido la única causa de encuentro?

Los gritos, que se hacían más y más intolerables, no la dejaban escapar de la realidad. Detrás iban quedando las puertas de la ciudadela; delante, el palacio llenaba el horizonte. Pero antes, necesitaban tomar un desvío.

—Hemos de entrar a través del templo.

Kara apenas levantó la voz, pero sabía que su hermana podía escucharla. Alex estaba pendiente de cada uno de sus movimientos, por más mínimos que fuesen.

Entrarían por el templo, para inmediatamente entregar el cuerpo de su padre a las sacerdotizas que lo prepararían para su viaje final. Era lo más correcto y también la manera más segura de evitar que su madre llegase a verlo en tal estado. Kara había usado su propia capa a modo de mortaja, intentando evitar que ojos morbosos llegasen a su padre, pero aun así, la sangre del rey lo teñía todo.

Apretó las riendas con fuerza, conteniendo la furia que le corría por las venas.

Solo la intervención divina la había apartado de tomar venganza allí mismo, lo sabía. De cabalgar hacia Lex Luthor y terminar con su patética vida. Rao se había apiadado al verla rabiar sobre la muralla, y le había helado el corazón, impidiéndole reacción.

—Debes desmontar, Kara.

Kara bajó la mirada de golpe. Alex estaba de pie frente a ella, sosteniendo las riendas de su caballo. Dio un vistazo a su alrededor, dando cuenta de la mucha expectación que la rodeaba. No tenía idea de cómo ni cuándo habían llegado hasta el templo, pero estaban allí.

Desmontó con agilidad, cayendo al suelo con ambas botas a la vez, dejando que su hermana se encargase de guiar su montura hacia un costado. Se acomodó el cinto de la espada, sin apuro, intentando tomar cada pausa que le era posible.

Una vez que su hermana regresó a ella, Kara avanzó. Escalón tras escalón, la nueva Reina de Krypton fue haciéndose camino hacia la entrada del templo mayor. A cada costado de la gran puerta, que esperaba por ellos abierta, varias sacerdotizas formaban dos hileras perfectas. La luz de Rao chocando contra el blanco impoluto de sus túnicas hacía doler toda mirada que intentase posarse sobre ellas. En cuanto el cuerpo del rey atravesó el umbral, las sacerdotizas lo siguieron, una a una, en perfecta sincronía. Kara esperó a que la última de ellas avanzase antes de sumarse a la procesión.

Cuando finalmente llegaron al recinto circular, Kara frenó sus pasos. Aun en aquel momento tan visceral, tan desgarrador, estaba presa de las ceremonias que debían ser. Presa del deber, que como enredadera crecida desde sus botas, la arraizaba a las piedras del templo.

Su padre, y cada una de las sacerdotizas, desaparecieron finalmente de su vista. La siguiente vez que fuese a verlo, sería en sus funerales, y sería la última.

—Debemos ir al palacio ahora. Tu madre probablemente ya sabe la noticia.

Kara sacudió su cabeza en un gesto corto, obligándose por enésima vez a volver a la realidad. Alex la observaba. Su hermana siempre se las arreglaba para lucir imponente y resuelta en las peores circunstancias. Una cualidad que le había hecho buen servicio en los tantos campos de batalla que había pisado.

—¿Kara?

—Sí… Lo sé. Debemos marchar al Palacio.

Kara se giró, dando una mirada hacia las puertas por las que habían ingresado. Estaban cerradas ya. Solo su guardia real la acompañaba. La mano de Alex sobre su hombro la obligó a darse la vuelta una vez más.

—Creo que es mejor que tomemos la entrada real, Kara. No necesitas volver a la muchedumbre.

Kara asintió con un gesto de su cabeza, despacio, y Alex no necesitó más que aquel gesto para comenzar a desandar el último trecho que les quedaba hasta el palacio real.

 

Kara sabía cada paso que iba a tener que dar de ahora en más. La coronación en el templo no vendría hasta Rao sabía cuánto tiempo después de la guerra, pero las obligaciones no tendrían atraso. Probablemente la sala del trono estaba llenándose en aquel momento. Cada familia, cada noble de importancia, esperando verla ocupar el lugar de su padre. Debatiendo en qué orden jurarían pleitesía.

Habían elegido la entrada real, evitando volver a las calles de la ciudadela. Con Alex a la cabeza, poco habían tardado en llegar al palacio, y una vez allí, todo había ido in crescendo.

El bullicio constante, el movimiento. Kara lo había visto durante toda su vida. Raro era el momento en que su padre no estaba rodeado de un batallón de sirvientes y guardias, de una docena de nobles o consejeros. Generalmente, el rey solo gozaba de privacidad tras las puertas de su recámara, y eso, siempre y cuando no hubiese urgencia alguna en el reino.

Sí, Kara lo había visto toda su vida, pero ser recipiente de tal atención era completamente distinto.

Se dejó guiar por su hermana, intentando no encontrar a nadie con su mirada. Si en alguien confiaba su vida, con los cerrados, era en Alex. En aquel momento, cuando podía sentir el peso del mundo entero cayéndole encima, no podía haber bendición más grande que tenerla allí. Alex siempre sabía cuál era el camino correcto.

Algo de decepción le vino encima cuando se dio cuenta de a dónde era que la llevaban. Había esperado que al menos, antes de la unción y juramentos, la dejasen llegar a su recámara. Después de todo, la sangre de su padre aún manchaba sus guantes y su coraza; no podía presentarse en la sala del trono en aquel estado. Aparentemente, Alex había llegado a una conclusión similar, pero había elegido la armería real como destino. Kara pensó en protestar, su mente viajando hacia Lena, tan desesperadamente necesitando el sosiego que su esposa siempre terminaba despertándole. Pero algo la frenó en el último momento. Quizás era mejor así. Todo se sentía demasiado quebrado, deshonesto. Como si la vileza de Lex lo hubiese contaminado todo.

—Kara. —Kara levantó finalmente la mirada, que yacía clavada sobre sus guantes ensangrentados los dioses sabían hacia cuánto. —Necesito que vuelvas a mí.

Alex la observaba con una intensidad que era difícil de nombrar.

—Estoy aquí.

—No tenemos demasiado tiempo, y lo sabes. Necesitas tomar el control, no solo de lo que estás sintiendo aquí —Kara sintió la palma de Alex apoyándose con peso sobre el pecho de su coraza—, sino del reino. Es importante. Todo lo demás, lo haremos mañana. Pero para que eso ocurra, para que tengamos nuestra venganza, hoy necesito que vuelvas a mí.

Kara sintió el latigazo de ira golpearle la espalda en el momento en que Alex dijo aquella palabra. Instintivamente, su mano subió hasta el pomo de su espada, apretándola. Lex iba a pagar cada una de sus crueldades. Cada una de sus infamias.

—Estoy bien, Alex. Solo necesito una armadura.. Y guantes.

Alex no se movió de inmediato. Sus ojos oscuros estudiando cada gesto de su hermana.

—Bien… eso es. Pongámoste en orden, y hagamos esto de una vez. Pero primero, deja que te ayude a quitarte esto.

Kara asintió con su cabeza dos veces, y ya sin decir palabra, se dejó ayudar.

 

Lena no sabía cuándo había ocurrido, ocupada como había estado al intentar contener a Alura, pero la siguiente vez que su atención se había movido de la mujer, la sala se encontraba repleta. Guardias escoltando cada puerta. Hombres y mujeres comenzando a ocupar cada espacio de ambas mesas, arrastrando sillas, moviendo pergaminos y tinteros.

Varias mujeres, Lena suponía que eran las damas de la reina madre, aguardaban silenciosas y a poca distancia por la atención de Alura, por cualquier gesto. El llanto que tan desgarrador había comenzado, y que había impulsado a Lena a socorrer a la mujer de inmediato, se había ido diluyendo en un agónico lamento que envolvía toda la escena en tragedia.

—Su Majestad —Lena intentó volver la mirada sobre su hombro, reconociendo la voz de Samantha—, debe acompañarme, de inmediato.

Antes de que Lena pudiese reaccionar, las damas que con tanta paciencia habían esperado un gesto de su señora aprovecharon aquella interrupción para hacerse a la carga, prontamente rodeando a Alura y haciéndola, lentamente, hacia uno de los costados de la sala. Lena no opuso resistencia, dejando que tomasen las riendas de la situación. Esperó un momento prudencial antes de girarse hacia su capitana, que no había vuelto a insistir con la voz, pero tampoco había cedido terreno.

—¿Acompañarte, Samantha?

—Si su Majestad lo permite, voy a guiarla hacia las recámaras. Kara Zor-El ha llegado ya al templo, y no va a tardar en hacerse presente en el palacio.

Mil preguntas le iban cayendo una tras otra en la mente, pero la urgencia que envolvía la sala entera le daba la única respuesta importante. Era momento de actuar, y aparentemente, Lena ya tenía asignado un lugar en aquel escenario. No parecía haber demasiado tiempo para debates y dudas.

Lo primero que le llamó la atención al momento de, finalmente, llegar a la galería que la llevaría a su recámara, fue la cantidad de guardias que esperaban allí por ella. Obviamente, la actual situación lo cambiaba todo. Si realmente Zor-El había caído en batalla, Kara era ahora la reina de Krypton. Esa cadena de pensamientos le había nacido en un instante, por supuesto, pero lo absurdo era el detalle que se le había escapado, y que acaba de caerle encima de golpe.

Kara ocupando el trono de Krypton la convertía en reina consorte.

Sam daba órdenes en su lengua nativa, y aunque Lena se daba cuenta de que comenzaba a distinguir algunas palabras de otras, aún no podía entender absolutamente ninguna. No importaba, no de momento. Lo único que debía hacer ahora era dejar que Samantha la guiase.

Sin perder el paso, llegaron hasta las habitaciones. Lena había guardado la tibia esperanza de encontrar a Kara allí, pero al cruzar la primera puerta, supo que el encuentro no iba a ocurrir aún. Quien si la encontró de inmediato fue su doncella, que apenas tardó en comenzar a avanzar hacia ellas. Aunque Jess no era la única allí; varios sirvientes que jamás antes había visto se movían aquí o allá. Lena no se sorprendió, era un caos que ya había visto antes; el día en que había muerto su padre.

—¡Señora Lena!

Lena quiso dar un paso hacia su doncella, pero inmediatamente, dos guardias se adelantaron, cortándole el camino. Llegó a ver la confusión en los ojos de Jess, pero justo antes de poder intervenir, Sam lo hizo por ella, e inmediatamente, el obstáculo desapareció.

—Lo siento, Jess. Es todo una locura de momento…

La doncella avanzó una vez más, pero esta vez, con cierta reserva.

—No hay por qué, mi señora. No me dejaban ir a buscarla, tampoco entrar a las recámaras. Ni dejar esta sala. ¿Qué ocurre, señora Lena?

—Zor-El ha caído en batalla.

Los ojos de Jess se agrandaron, y una de sus manos subió, tapándose la boca. Lena no agregó palabra, no hacía falta; la gravedad del asunto era suficientemente clara. Antes de que pudiesen retomar la conversación, una mujer entrada en años, de porte impecable, se acercó, dándole una reverencia, e inmediatamente, soltando palabras inentendibles. Lena escuchó la voz de Sam sobre su hombro, a tan solo un paso, rápidamente explicándole.

—Su Majestad debe entrar a su recámara, donde sus damas esperan con los ropajes necesarios.

Lena apenas giró su cabeza, pero sus ojos no se movieron de la mujer que, expectante, la observaba.

—¿Qué ropajes, Sam? ¿Qué damas?

—Tienes que vestir adecuado para la sala del trono, y lo mejor sería llegar allí antes que Kara lo haga. No va a verse bien si haces esperar a la reina por su unción.

Lena asintió dos veces, forzando una sonrisa hacia la mujer, antes de comenzar a seguirla, intentando ignorar la mirada que Jess soltaba. Obviamente, su doncella no estaba contenta con lo que sucedía allí mismo, pero teniendo en cuenta el gran panorama, el disgusto de Jess iba a tener que esperar.

Lo demás fue una orden tras otra. Amables, acompañadas de infinitas reverencias, pero a la vez, firmes y dictantes. La grave desventaja numérica a la que Lena quedó sometida una vez que la media docena de doncellas la rodeó, sumado al pobre conocimiento de la lengua común que tenían, le dejó poco espacio para negociar. Lena no tuvo más opción que dejarse llevar.

La desvistieron y vistieron. La peinaron y volvieron a peinar. Le llenaron el rostro de polvos y perfumes, y finalmente, cuando quedaron complacidas, la devolvieron a la antesala donde Sam, que ya no disimulaba la impaciencia, la esperaba para finalmente partir hacia la sala del trono.

 

El recinto que precedía a la sala del trono, y en el que las últimas preparaciones antes de la unción se llevaban a cabo, estaba abarrotado. La marea de nobles y consejeros, de guardias y sirvientes, no cesaba.

En la sala cabían tres grandes mesas, la central, visiblemente más imponente que las otras. Zor-El nunca la había preferido, siempre tomando la que más cerca se encontraba de los ventanales que apuntaban al gran patio de armas. El rey siempre había preferido leer bajo luz natural antes que a la luz de una vela.

Sin pensarlo, Kara se había dirigido hacia allí en el momento en que habían llegado. Algo que no causaba mayores inconvenientes cuando las salas se encontraban relativamente vacías, pero que en aquel momento, con todas las voces intentando llegar a ella, causaba no pocos desarreglos.

Alex y Winslow rodeaban a Kara, atajando cuantas batallas podían acaparar. Intentando escudarla de, al menos, algunas de las voces, pero poco podían hacer. Nadie quería escuchar a la capitana de la guardia real. O al dubitativo mayordomo. Lo que todos allí querían era la atención de la Reina.

La Reina, que desde que había entrado al palacio, poco había dicho.

—¡Zor-El selló nuestro destino por un capricho!

La frase, salida de la boca de uno de los consejeros del difunto rey, atrajo finalmente la atención de Kara, que lento, levantó su mirada del pergamino en que la había escondido.

—¿Qué has dicho?

El tono de Kara estaba completamente vaciado de emoción. Seco. Lentamente, el murmullo constante al que la sala estaba sometida fue cesando, cada par de ojos desviado hacia lo que ocurría en aquel rincón.

—¡Lo dicho! —El anciano contestó con descaro, y girándose paseó la mirada sobre el resto, que comenzaba a plantar su atención sobre él—. ¡He dicho lo que he dicho! La inacción de Zor-El, y su muerte absurda e innecesaria, busca costarnos la ciudad entera… ¡La vida de un solo hombre no vale la de todas nuestras familias!

—¿De un hombre? —Kara corrió el brazo de Alex, que instintivamente había comenzado a subir, intentando prevenirle el paso—. Un hombre, dices. ¡El rey de Krypton!

—Kara… —La voz de Alex apenas se levantó, pero no hubo reacción. Kara la había rodeado ya, caminando hacia el anciano.

—Mi padre respondió con honor a nuestras costumbres. Fue retado a duelo sagrado, frente a estas murallas. Rao y todo mi ejército sirven de testigos.

—¡Costumbres que llevan centurias muertas! ¿Vamos a dejar que la voluntad de hombres que no son más que polvo de hueso dicte ahora nuestro final? Zor-El jamás debería haber abandonado las murallas… Aprende de los errores de tu padre, ¡aprende y rectifica!

El silencio se hizo asfixiante. El anciano consejero, que apenas podía mantenerse erguido gracias a la ayuda de su bastón, lograba, de alguna forma, sostener la mirada de la reina. Kara se adelantó, y para desesperación de Alex, y todo aquel que prestó atención al gesto, su mano subió hasta el pomo de su espada.

—El único error de mi padre fue dejar que el consejo real se llenase de cobardes. Pero no desesperéis, porque así como lo pides, pienso rectificar cada error que cometió, el día después de atravesar la garganta de Lex Luthor con esta misma espada.

La mano de la reina se tensó, y el brazo de su espada comenzó a levantarse con lentitud, dejando que el metal comenzase a escapar de la vaina. Los murmullos de aquellos que daban cuenta del gesto comenzaron poco a poco a levantarse. Alex avanzó, sin saber muy bien hacia dónde iba aquella escena, pero sin dudar por un momento de cuán urgente necesitaba frenarla.

—¡Todos fuera! ¡Ahora mismo!

La voz que acababa de resonar al otro lado de la sala, aunque clara y distinguida, no careció de fuerza. Las cabezas se voltearon prácticamente, al unísono, buscando la procedencia de aquellas palabras.

De pie, frente a las puertas abiertas de par en par y rodeada de su nutrida guardia, Lena Luthor los observaba. Sus ojos llenos de una determinación metálica. Su mentón erguido, resaltando aún más el pronunciado filo de su mandíbula. La fuerza de su postura parecía levantarla por sobre todos los demás. Impecablemente vestida para la ocasión y para los cuadros, en un instante, la reina consorte se había adueñado de cada mirada en el recinto.

Lena separó otra vez sus labios. Pero esta vez, no necesitó levantar la voz.

—Fuera, he dicho. He de tener un momento a solas con mi esposa. Sea por la buena voluntad de todos los aquí presentes, o por los diestros brazos de mis guardias.

Aquellos capaces de entender la lengua común, que no eran pocos, comenzaron lentamente a hacerse hacia las puertas, entre dudas y miradas. A paso lento, sí, pero seguro. Los demás buscaron inmediatamente la mirada de Kara, pero lo único que encontraron allí fue indiferencia. La atención de la reina estaba completamente tomada por la mujer que acababa de imponerse en la sala.

Lentamente, la sala fue vaciándose. Algunos lo hicieron en silencio y a paso apurado. Otros estiraron la salida todo lo que les fue humanamente posible, dejando palabras insidiosas al pasar, o murmurando por lo bajo.

Lena esperó, inamovible, escoltada por media docena de guardias, con Sam a su derecha, apenas un paso detrás. El último en dejar la sala fue justamente el anciano consejero que tan abiertamente se había enfrentado a Kara. Lena no llegó a adivinar la real intención de la corta reverencia que el hombre le dedicó al pasar, pero supo que a partir de aquel día todo iba a cambiar.

—Alex, tú también. Necesitamos un momento a solas… por favor.

Lena intentó recubrir sus palabras de amabilidad, a sabiendas de como la capitana solía responder a cualquier situación que leyese como desafío.

Alex la midió a distancia, por varios segundos. Finalmente, luego de bajar una rápida mirada hacia Kara, Alex aceptó el pedido, dejando las salas.

—Ve, Sam, —Lena acompañó la orden con un gesto de su mano—, y asegúrate de que tengamos un momento a solas; no dejes que nadie nos interrumpa. No tardaremos demasiado.

—Como su Majestad desee.

Lena dedicó una rápida sonrisa hacia Sam, y ya sin más distracciones, volvió la mirada hacia su esposa, que no hacía más que observarla en silencio. Esperó, escuchando los pasos de Samantha hacia la puerta, el crujido de la madera y el golpe final al quedar cerrada. Solo entonces, avanzó hacia Kara.

Estiró una de sus manos, apoyándola despacio sobre la coraza. Vio la mirada azul de su esposa bajar hacia el gesto, por tan solo un momento.

—Kara… Lo siento.

Los labios de Kara se separaron, pero prontamente se cerraron, firmes, escondiendo las palabras. Lena la vio negar rápido con su cabeza, y adivinó el dolor que su esposa no quería soltar aún.

Y quizás, llevaba razón. No era momento de flaquezas; por más terrible que se sintiese, no tenían el privilegio de poder sentir a todo momento.

—No fue un duelo justo… tu hermano… Algo hizo, Lena. Mi padre parecía enfermo, incluso a la distancia. Lo he visto blandir la espada desde que tengo uso de razón; quizás no era el más ávido guerrero, pero créeme, no le faltaba habilidad, no con la espada—

—Kara.

—¡No miento! Sé de lo que hablo. Jamás lo vi pelear en esas formas-

—Basta. Escúchame —Kara ladeó la cabeza, y su ceño se frunció, reaccionando a las palabras de Lena—. Lo sé. Sé lo que intentas decir, y posiblemente, estás en lo cierto. No estoy intentando silenciarte… solo estoy tratando de que entiendas que este no es el momento. Que tienes que dejar todo eso de lado, por ahora.

—¿Dejarlo de lado? ¡Tu hermano acaba de asesinar a mi padre!

Lena separó su mano de la coraza, y no pudo evitar que su cuerpo se echase hacia atrás, aunque el movimiento fue apenas perceptible.

—Kara, baja la voz. —Lena vio la reacción de Kara antes de que sucediese. La confusión en sus ojos por tan solo un instante, transformándose nuevamente en más ira. Pero no la dejó soltarla, subiendo su mano hasta los labios de su esposa, apoyando uno de sus dedos sobre sus labios. —No. Vas a escucharme, y vas a dejar de permitir que la ira te gobierne en estas formas.

Kara levantó su mentón, evitando que Lena la volviese a silenciar.

—¿Que deje la ira de lado? ¿Pretendes decirme que simplemente deje de lado el asesinato de mi padre?

—No pretendo nada más que ayudarte. Y en este momento, lo que más necesitas es que alguien te devuelva al camino de la razón. ¿Piensas que no sé lo vil que mi hermano puede ser? No dudo por un solo momento que el duelo no haya sido justo. Mi hermano jamás arriesgaría su precioso cuello sin antes asegurarse una victoria. Pero lo que no entiendes, Kara, es que mientras tú duelas a tu padre, el resto del reino acaba de perder a su rey.

—¡Justamente! Es mi padre, Lena… y la última vez que hablamos-

—No… no vayas allí. Mírame —Lena subió sus dos manos, atrapando el rostro de Kara—, Eres la reina ahora. Si quieres preservar el trono, tienes que ponerlo ante todo. Es este mismo momento el que va a definir nuestro futuro. Te esperan tras esas puertas. Si ven flaqueza, si deciden en sus mentes que no estás lista, no pienses ni por un segundo que no van a terminar arrancándote la corona. Y si quieres mi sinceridad, no creo que podamos salir con vida de situación semejante.

Kara no contestó de inmediato, pero su mirada no la esquivaba. Aún llevaba toda la furia encima, pero poco a poco, la tormenta en el azul de sus ojos comenzaba a mermar. No la tristeza; Lena sabía que aquella herida iba a tardar en cerrar, pero no había mentido, no contaban con tiempo para un duelo.

—Tienes razón… Rao. Sé que tienes razón. —La mano de Kara subió, atrapándole la suya, apretándola por un largo instante, antes de arrastrarla hacia abajo.

—No me hace gracia alguna llevar la razón en este momento.

—Lo sé, pero la llevas. Pero que no te quepa duda alguna, Lena. Voy a vengarlo. Va a ser mi espada la que arrebate la vida de tu hermano.

Lena asintió con su cabeza y luego bajó la mirada. Con una lentitud premeditada se movió hacia el costado de su esposa, enredándose a su brazo, fijando los ojos en las puertas que quedaban delante de ellas.

—Tendrás tu venganza, Kara, pero primero, debes reclamar tu reino.