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Enid recordaba tener doce años y esperar cerca de la ventana a enlobarse.
Recordaba cómo en esa madrugada sentía la emoción recorrer cada célula de su cuerpo, tenía ese deseo de transformarse y sentir el orgullo de su familia.
Esa noche no terminó como esperaba. Cuando llegó el amanecer, Enid recordaba todo, supo de inmediato que no había enlobado.
Supo, incluso antes de escucharlo, que era una decepción.
Su manada la miró con pena, su madre con decepción y sus hermanos con burla.
A los catorce años, la llevaron a Nevermore. Tal vez pensaron que dejándola ahí se convertiría, pero no.
El rumor se expandió como un pestañeo, no dudó ni por un momento que fue obra de sus hermanos. Todos sabían que ella no podía ser como cualquier hombre lobo, no tenía su jerarquía definida.
Hubieron algunos que se le acercaron e intentaron hacerla sentir que encajaba, luego estuvieron los otros que se burlaban, que se aprovecharon de su vulnerabilidad para atacarla verbalmente.
A Enid la consideraron Beta.
Cuando atravesó la puerta de su habitación solitaria, no pudo evitar ahogarse en las lágrimas, en sus lamentables sollozos y sentir su cuerpo temblar violentamente. Agradeció internamente haber conseguido la habitación para sí sola.
Pero sabía bien que sus pensamientos la matarían en poco tiempo, si es que su manada no se le adelantaba.
A los dieciséis, recibió la noticia de que tendría una compañera de cuarto. La emoción que no había vuelto a sentir desde sus tiernos doce años la recorrió nuevamente.
Barrió durante toda la mañana, en la tarde se decidió por pedir un escritorio, mesita de luz y una cama para recibirla al día siguiente. Se encargó de acomodarlo y por un momento quiso pintar las paredes, pero no había tiempo.
No durmió nada, demasiado emocionada como para permitirse descansar. Tan pronto como su alarma sonó, se dio la ducha más larga de su vida y, con su impecable uniforme, fue a tomar un café, solo para conseguir energía.
A eso del mediodía, escuchó voces y pasos acercándose, de inmediato se sentó en su propio escritorio e hizo parecer que estaba haciendo algo importante antes de que la directora Weems irrumpiera.
Saltó de su silla, con toda la intención del mundo de abalanzarse contra la chica.
Pero.
Se quedó estática. Su mirada se encontró con la chica de ojos ónix, estatura baja, cabeza dividido en coletas y su clara obsesión por el negro.
Enid sintió que desfallecía ante esa belleza enfrente suyo.
─ Ella es Enid Sinclair ─ todo volvía a ser claro, Enid se volvió a mirar a la directora ─ Enid, esta es tu compañera de cuarto, Wed…
─ Wednesday Addams ─ la chica pelinegra se presentó por sí misma, lanzando feromonas amenazantes y hablando con una voz tan monótona, que daba miedo.
Para Enid, era la primera vez que realmente podía oler feromonas. Raro.
Sin embargo, Enid, de ya dieciocho años, se acostumbró a lo raro.
Se acostumbró a ser constantemente amenazada, al sonido de una anticuada máquina de escribir, a las melodías del violonchelo y al raro sirviente apéndice con vida, Thing.
Enid se acostumbró a que su mate, Wednesday, sea un constante peligro para ella. Wednesday era un ultimátum, uno al que Enid daría su vida por seguir teniéndolo.
Wednesday era su luna, por ella enlobó y por fin tuvo su jerarquía definida: era Alfa. Fue una sorpresa para todo el campus, Enid no tenía ese rasgo dominante, ni mucho menos resaltaba su inhumana fuerza.
Enid era todo lo contrario de lo que debería ser. Siempre sumisa, bondadosa y extremadamente gentil, por eso tenía a la mitad de las Omega encima suyo todo el tiempo.
Pero ella quería, no, deseaba a su inalcanzable roommate, que terminó siendo la última palabra, su mate. Su Omega sin reclamar.
Siempre que veía a Wednesday, no podía detener su lado territorial, observando fijamente ese cuello sin su marca, cómo la chica parecía ser un imán para los otros Alfa y Enid no lo soportaba, terminaba gruñendo a cada uno que se atrevía a tocarla.
Wednesday tenía que ser suya. Debía ser suya, estaba en la naturaleza de ambas.
Wednesday tenía que quererla.
Pero, por más necia que fuera, Enid sabía que sería imposible. El sol y la luna rara vez coincidía, Enid sabía que su eclipse sería una maldición más para ella que para Wednesday.
Wednesday amaba lo macabro. Enid amaba lo agradable.
Ambas habían establecido reglas básicas de convivencia cuando la rubia fue definida. Ninguna quería correr el riesgo de cometer alguna estupidez, así que decidieron compartir un calendario de celo: Wednesday marcaba los suyos con un gris oscuro, mientras que Enid marcaba los suyo con amarillo y las lunas llenas con celeste.
Casi siempre Enid primero tenía luna llena y posteriormente su celo. Habían algunas excepciones, como, por ejemplo, calentarse una semana antes, era como cederle a su cuerpo sentir el placer de manera apresurada.
Al principio, Enid se quedaba con Yoko, ya que al ser vampiro carecía de jerarquía y no se veía afectada por as feromonas, además de tener plata cerca para evitar ser tocada, ya que Wednesday no tenía dónde quedarse en su celo y además, Enid solamente quería evitar ceder a su parte animal.
Pero luego, Xavier le permitió usar su estudio de dibujo para que Wednesday pasara el celo. Él sabía bien que esa Omega era de ella, solo faltaba aclarar la relación y que pasara la inevitable marca de apareamiento.
(Y digamos que Enid tuvo que mover cielo y tierra para convencerlo de darle el espacio a su Omega. Tuvo que soportar a Xavier sobre su espalda por un tiempo, pero valió la pena ver la cara de alivio de Wednesday y cómo le dio apenas un estiramiento de labios hacia arriba mientras le murmuraba un agradecimiento.)
Con la ayuda innecesaria de Thing, quien no paraba de insinuar que deberían pasar el celo juntas en vez de tener que alejarse, se sometieron a darse mutuamente prendas de ropa con sus olores nada más para alejar al resto. Era una excusa lamentable, que, milagrosamente, logró convencer a Wednesday. Ella parecía complacida de usar el segundo saco de Enid para alejar a esos inútiles Alfa días antes. Al igual que Enid disfrutaba de ver a las Omega poner cara de resignación cuando caían en cuenta de quién era su mate y qué les pasaría si se metían con ella.
Esos pequeños gestos de posesión que tenía Wednesday le alegraba hasta el corazón, porque era una señal de que ella estaba consciente de su inexcusable lazo. Como las raras veces en las que gruñía a cualquier otra Omega que se acercaba a Enid cuando caminaban juntas por los pasillos y cómo se aferraba, solo pocas veces, a su brazo para resaltar ese algo compartido.
En fin.
Se quedó mirando por un tiempo tonto el calendario. Wednesday estaba a nada de entrar a celo, lo cual significaba tener que remarcar alguna prenda oscura para mantener el olor intacto por algunos días, contaba con que Thing la llamaría para retocarlo en cualquier caso.
Cada fibra de ella le gritaba que razonara con la chica pelinegra, que la convenciera de pasar el celo juntas, que debían tener ya la marca de apareamiento. Pero Enid se ignoró a sí misma, Wednesday desde siempre había dejado en claro su desinterés en el amor y al enlobar, no dudó en romperle en corazón con:
"─ Tú y yo no funcionamos de esa manera. Por más que llegues a marcarme, no te amaré, simplemente caeré en la insulsa trampa del destino y complaceré nuestras partes animales. No te necesito y lo sabes. Así que, evita venir a llorarme cuando me marques y te ignore, estúpido Alfa."
Pero, ¿qué debía esperar Enid? La chica se amaba a sí misma como estaba, y ese, ese era el brillo que la hacía destacar. Aquel que Enid moría por tener solo para ella.
Oh, cuánta razón tuvo Wednesday de insultar a su lobo. No era más que un estúpido, impulso y egoísta Alfa.
