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«Nos vemos, Atsushi-kun. No me sueltes» fue lo último que escuchó de Dazai antes de ser testigo de un acto que desgarraría sus cuerdas vocales, pronunciando el nombre de su mentor. En su mente quedó la imagen de un rostro atractivo sonriendo, ojos marrones convirtiéndose en caramelo derretido. Atsushi quiso arrebatarle el Libro. Quiso detener el plan que aceptó sin rechistar a pesar de desconocer los detalles de este.
Su cuerpo estaba herido, al borde del colapso. Byakko era quien lo mantenía vivo; como en su tiempo durante el orfanato. Sus huesos habían sido rotos y regenerados a velocidades inhumanas. Cada célula de su ser plañía, pero él las ignoraba con tal de derrotar a la criatura que Fukuchi dejó atrás luego de perecer entre los brazos del Presidente. Akutagawa le seguía el paso tanto como podía. La camaradería efímera los mantenía alerta, creando su propio lenguaje silencioso.
Dazai debió sentirse orgulloso al verlos pelear.
Osamu Dazai. El hombre que les unió como si él mismo fuera el destino. Mentor de ambos en épocas diferentes, bajo mantos de colores contrastantes. Para uno significaba la estrella guía; para otro, una presencia infaltable. Dazai era la razón por la que seguían en pie, rodeados de destrucción, del infierno en la Tierra, como dos montañas inamovibles.
Disparos resonaban como música de acompañamiento. Seguidos de explosiones, gritos, llantos, maldiciones. Un vórtice caótico del cual estaba el alivio de no estar solos en esa guerra cruenta. La Port Mafia, el gobierno y la Agencia estaban concentrados en derrotar a ese monstruo; el villano final, el terror prometido. Por segundos, Atsushi pensó en Dazai, en lo que haría él en su lugar, pero al latido siguiente esquivaba un golpe certero y lanzaba lejos el pensamiento.
Debieron pasar horas, demasiadas, antes de escuchar la orden de una retirada a la Habitación de Ana y reencontrarse con la persona que le salvó la vida y le dio un propósito. Delante de los miembros de la agencia estaba el más importante, la persona de actitud propia de un bufón y una sonrisa juguetona. Atsushi no se contuvo en correr a él, tal como hizo con Kunikida-san, y estrechar entre sus brazos la figura delgada, alta y real de Dazai. Escuchó una queja dramática, gritos de Kunikida y risas, mas él estaba enfocado en el calor corporal, en el aroma propio de su mentor, del hombre más perfectamente imperfecto. Sintió unas palmaditas en la cabeza y la vibración de una risa incómoda. Sabía que los gestos afectuosos como estos no eran del todo del agrado del castaño, pero quiso ser egoísta por un instante. Su habilidad se había disipado, la conexión con Byakko se perdió por esos segundos en los que Dazai era su mundo.
Tardó en recuperar la compostura, en dejar ir su hogar. Se tragó el «Le extrañé, Dazai-san» mientras se retiraba las lágrimas con el dorso de la mano. Al alzar la vista, se encontró con la mirada acogedora que le robaba el aliento y le hacía sentir extraño.
—Bienvenido de vuelta, Dazai-san —musitó Atsushi percibiendo un movimiento minúsculo en la forma que ojos marrones se abrían por la sorpresa. Un detalle desapercibido para muchos, pero no para él.
—Gracias, Atsushi-kun —replicó el castaño, dándole una palmada extra a las hebras plateadas.
—Bien, tienes trabajo que hacer, Dazai —dijo Ranpo serio y mirada severa.
Atsushi notó cómo hombros se tensaban ligeramente, cómo la mirada achocolatada perdía la calidez que tanto amaba. Manos grandes se ocultaron en los bolsillos de la característica gabardina de color arena. Hubo un cambio en el aire, una tensión aplastante y que le recordó la peleaba que había afuera. La criatura. Las vidas perdidas.
En menos de dos minutos, se ideó un plan. Ranpo y Dazai se entendían con miradas fugaces, palabras sin terminar, escuetas e incomprensibles. Sin embargo, esto no menguó el alivio ni la confianza de que todo saldría bien. La seguridad que exudaba Dazai, para Atsushi era un bálsamo, lo más cercano a un mimo. El niño en él disfrutaba de ello; codicioso.
Le asignaron un objetivo. Era simple. Implicaría mucha sangre, dolor y no morir. Junto a Akutagawa sería el señuelo, la fuerza demoledora. El resto les serían de apoyo y Dazai conseguiría ese Libro para ponerle punto final a este disparate de historia. Él pondría fin a la calamidad. Reduciría a cenizas lo construido por Fukuchi. O esa fue la idea que dio.
Debió descifrar el ceño fruncido de Ranpo. Debió percibir que Dazai nuevamente recurriría a ese hábito de ver el mundo como un gran tablero de ajedrez, de usarlos como meras piezas. Debió detenerse a analizar un poco más la falsedad en esas comisuras alzadas, en los ojos oscuros que le miraron por una fracción de segundo. Dazai tenía defectos, uno de ellos era el altruismo egoísta.
Aun así, no se arrepintió de ir a ese edificio casi devastado cuando escuchó la voz de su mentor salir de una de las radios militares cercanas. Jamás se arrepentiría de la confianza ciega que tenía en el hombre que se despreciaba, que guardaba una oscuridad debajo de esa fachada de bufón. Nunca. No cuando, a su manera, se mostró vulnerable.
—Dazai-san, ¿qué…?
Su pregunta fue acallada por una acción inesperada. Unos brazos vendados le estrecharon con fuerza. Fue atraído a un pecho que resguardaba el corazón cálido de su persona favorita. Atsushi se congeló por segundos, procesando el acto, el temblor en hombros sólidos y cómo una nariz se enterraba en sus cabellos desiguales. Dazai no era fanático de gestos afectuosos, huía al mero indicio como si fueran la peste. Sin embargo, ahí estaba, abrazándolo.
—Dazai-san…
Los brazos se ciñeron, la nariz se enterró otro tanto. El ruido de la guerra se acalló, pues el mundo cesó de existir. Atsushi estaba en su realidad, en un mundo que conocía y desconocía. En su pecho se propagó el calor de ese sentimiento que se obligó a encerrar tan pronto fue consciente de su existencia. Así como Byakko en el pasado, este merodeaba las rejas, gruñendo herido al no poder escapar de esas rejas autoimpuestas.
—Atsushi-kun —murmuró Dazai contra la oreja derecha, haciéndole cosquillas y estremeciéndolo—, ¿confías en mí?
Una molestia infantil le hizo fruncir el entrecejo ante la idea de que, a estas alturas, dudaba de él.
—Me ofende la pregunta, Dazai-san —replicó a la vez que sus dedos se aferraban a la gabardina.
Desapareció la molestia al sentir y escuchar esa risa que denotaba un afecto derrotado, una somnolencia emocional. Dazai apartó el rostro y Atsushi creyó ver rastros de un cansancio abrumador, una tristeza agonizante, una añoranza reprimida, merodeando orbes oscuras, misteriosas y atrayentes. Los músculos del rostro estaban relajados; aterradoramente relajados. Fue como si, por primera vez, viera a Osamu Dazai, detective, exmafioso, mentor y humano. Sus ojos tornasol delinearon la faz libre de gestos calculados y ensayados. Era un rostro apuesto, con cicatrices minúsculas, de pómulos ligeramente redondeados, una mandíbula fuerte, labios ligeramente carnosos, una nariz alta y que armonizaba con el resto de las facciones varoniles con tintes afeminados. Pero, sin lugar a duda, lo más atrayente eran los orbes incrustados en las cuencas.
Atsushi se sorprendió al no ruborizarse. Estaba en un estado de serenidad plena. Se sentía correcto permanecer enclaustrado entre esos brazos cubiertos de vendas.
No quería perderse de esta visión vulnerable que le estaba siendo obsequiada. Misma que permaneció aun cuando se rompió el abrazo y Dazai retrocedió un paso. Atsushi le vio hurgar en un bolsillo interno de la gabardina y sacar el Libro. Un jadeo escapó de sus labios.
—D-Dazai-san…, eso es…
—Mhm, es el Libro.
Suaves. Las palabras dichas por el castaño eran aterciopeladas, casi como una confesión nocturna. Entonces Atsushi se percató de la mirada puesta en la tapa del ejemplar que resolvería el caos. Supo que el otro había tomado una decisión, que había llegado a una parte del plan donde él podría actuar a placer. El estómago se sintió vacío, no era de hambre, era producto de un miedo férreo. Una parte de él sabía que los eventos hasta ese momento habían sido predichos con frialdad apabullante.
Bien, si él formaba parte de este plan desconocido, cedería a esa bestia de su corazón. Se desnudaría un poco ante Dazai. Respondería con la misma moneda, como un salto de fe.
—Osamu. —Ojos marrones expresaron la estupefacción de oír su nombre de pila ser dicho con devoción y afecto—. Haré lo que me pidas. Confío en ti. —Atrás quedó la formalidad. La barrera fue derribada en menos de un segundo.
El hombre por el que Atsushi suspiraba antes de dormir, le miró con un destello de fascinación y angustia. Se imaginó una versión infantil escuchando por primera vez que era querido, que era necesitado.
Y quizás Atsushi cometió un error al hacerlo, porque la sorpresa se transformó en resolución. Atento, le observó sacar una pluma de un bolsillo de la gabardina, abrir el ejemplar y comenzar a escribir. En silencio, con el ruido de la guerra y polvo cayendo de entre grietas amenazantes, Dazai escribió. Las entrañas de Atsushi se volvieron un nudo asfixiante, un temblor en las manos le obligó a formar puños con ellas. Esperó paciente. Byakko estaba atenta al enemigo, al peligro inminente; protectora de este otro humano.
Fueron unas dos páginas, tal vez cuatro. Atsushi no estaba seguro de porqué el Libro no desaparecía bajo la influencia de Indigno de Ser Humano. Mas confió en Osamu Dazai, en el hombre que le observó al finalizar y dijo:
—Con esto, pondremos fin a la historia de Fukuchi. —Cerró la tapa, pero un dedo impidió que las páginas impolutas tocaran las escritas—. Se acabará esto, Atsushi-kun. ¿Me crees?
—Sí, Osamu. —De nuevo ese destello hambriento.
—¿No dudas de lo que te digo?
—No.
—¿Estás seguro de que no escribí algo egoísta?
—Eres un buen hombre, Osamu. Confío en ti. Sea lo que hayas escrito, sé que será para bien.
—No deberías confiar ciegamente en mí, Atsushi-kun.
El dedo entre las páginas fue retirado. El Libro comenzó a brillar. Atsushi también lo hizo. Byakko se alarmó al igual que él. Qué…
—Atsushi-kun —llamó Dazai, sonriendo triste—, soy un hombre egoísta. La rectitud aún me guarda rencor.
—¿Osamu?
—Nos vemos, Atsushi-kun. No me sueltes.
Y justo en ese momento, el Libro reescribió la historia del hombre-tigre, llevándolo a un tiempo en el que Osamu Dazai odiaba al mundo tanto como a sí mismo. Atsushi Nakajima fue objeto del altruismo egoísta del hombre que amaba y que decidió destruir su línea para así monopolizar el atardecer que le dio una segunda oportunidad.
Atsushi Nakajima de dieciocho años cruzaría caminos con un Osamu Dazai de catorce.
