Work Text:
A veces se sentía como si otra persona se adueñase de sus miembros y cohabitara junta a ella bajo su piel, se dijo a sí misma, mientras el repiqueteo decidido de sus pasos se escuchaba por los pasillos del Senado. Era como si aquella niña tranquila, familiar e incluso tímida que había sido en el pasado hubiera sido obliterada de la existencia para dejar paso a esta otra criatura; a una mujer fuerte, decidida y que no le temía ni a la muerte misma, para así prestar su voz a aquellas almas infortunadas que no la tenían. Y es que ella, para poder realizar su labor, debía dejarse inundar por ellas. Debía convertir sus dolores en sus propios desvelos y tristezas. Solo de esa manera, quizás, a través de individuos como ella que ofrendaban sus propias vidas, como si fueran un vehículo o avatar en representación de todos los seres de la Galaxia, dejándose atrás a sí mismos en el proceso, el Universo que compartían podría alcanzar algo semejante a la justicia.
Y, sin embargo, qué difícil le resultaba a veces encontrar consuelo en los cimientos de sus férreas creencias en momentos como éste, cuando más los necesitaba. Agotada después de horas de trabajo interminables, dialogando y bregando con delegados de cada recodo aparentemente inaccesible del crisol de culturas que se citaban en aquel lugar, tratando de disuadirles con argumentos, estadísticas, provechosas alianzas y su eterno, casi candoroso idealismo.
La paz debía prevalecer. La Guerra de los Clones era una aberración en términos de coste de vidas, recursos y los más arraigados valores sobre los que se asentaba la República Galáctica. Era absolutamente necesario darle paso a la diplomacia, para tratar de encontrar una salida a este conflicto que ya arrastraba tras de sí casi tres años estándar, y por tanto, decenas de millones de vidas.
Padmé Amidala se encaminó con paso seguro al hangar de anclaje del palco de Naboo, con la cabeza alta y el bello semblante adusto, inescrutable. La Cámara del Senado pareció cobrar vida cuando la plataforma de la senadora comenzó a levitar hacia el centro de aquel coliseo donde se libraban las más arduas batallas, siguiendo hasta el más nimio de sus movimientos. La joven no se arredró aun cuando miles de ojos se clavaron en su esbelta y pequeña figura, expectantes, rebullendo como un rancor al acecho que aguardara con las gigantescas fauces bien abiertas un descuido de su presa.
- Honorables representantes de la República, distinguidos delegados, Canciller Supremo Palpatine: comparezco ante ustedes con la esperanza de comenzar a labrar el camino para conseguir la tan ansiada paz con la Confederación de Sistemas Independientes. Todos los que nos encontramos aquí reunidos somos conscientes del inmenso precio que supone para la República sostener esta encarnizada guerra, tanto a nivel logístico como moral. Deseo exhortar a todos los sistemas que forman parte de esta noble institución para que aúnen sus esfuerzos de retomar la diplomacia y el diálogo, como ya lo hicieran en el pasado con conflictos de semejante e incluso mayor envergadura.
Amidala interrumpió su apasionada soflama durante unos instantes, paseando sus ojos pardos por muchos de los rostros que ya conocía, de aliados y rivales por igual, interpelando a cada uno de ellos con su expresión grave. El leve asentimiento de cabeza que recibió por parte del senador Bail Organa le dio fuerzas para seguir adelante. - Sin embargo, como todos saben, la senda de la paz no está exenta de riesgos. Quisiera elevar a voto una moción para cesar la producción de más cultivos de clones en Kamino, para así enfocar nuestros esfuerzos económicos y logísticos en otras iniciativas que nos permitan retomar la vía de la negociación con el Conde Dooku y sus aliados.
El silencio penetrante que había imperado en la estancia hasta ese preciso instante se hizo añicos de súbito, como una exquisita copa de cristal corelliano resquebrajándose en pedazos. Un griterío ensordecedor brotó como magma candente de las gargantas de todos los allí presentes, con clamores a favor tanto como abucheos en contra de la propuesta. El pandemónium fue tal que el Vicecanciller Mas Amedda se vio obligado a llamar al orden, golpeando repetidamente su largo báculo dorado contra el piso del estrado del Canciller Supremo, que permanecía a su lado y observaba la escena con aparente preocupación.
- ¡Orden en la sala! Por favor, guarden silencio y respeten el turno de palabra, senadores. De otro modo, serán invitados a desalojar el recinto mientras se discute la propuesta de la Senadora de Naboo. - El chagriano propinó un último mazazo en el suelo, dando por zanjado el asunto y cediendo la palabra al Canciller, que hizo un delicado gesto disuasorio con una de sus ajadas manos para tratar de rebajar la tensión.
- Gracias, Vicecanciller. Como todos saben, la República es una orgullosa institución milenaria en la que se asientan todos nuestros principios de soberanía y de concordia entre los pueblos que habitan esta gran Galaxia. Esta diversidad de opiniones, así como la oportunidad de debatir acerca de estos múltiples puntos de vista desde el respeto y la aceptación mutua representan la clave del éxito de este sistema político, aun en los tiempos más oscuros. - Palpatine pareció afligido por un instante, pero se recompuso rápidamente, enderezando la espalda y alzando su voz potente y cadenciosa para que fuera escuchada sin trabas por todo el auditorio. - La senadora Amidala ha solicitado elevar una moción que decida el futuro inmediato del ejército clon y estoy seguro de que sus señorías albergan muchas opiniones contradictorias al respecto. Así pues, la presidencia concede la palabra a la senadora del sistema soberano de Kamino.
En respuesta a las palabras del Canciller, el palco senatorial de Halle Burtoni se elevó hasta situarse junto al de la delegación de Naboo. La figura esbeltísima y doblada por la venerable edad de la kaminoana se destacó contra los techos ricamente engalanados del coliseo senatorial con sus ricos pendones y estelas de terciopelo, sin perder un ápice de su ostentosa soberbia. Padmé pensó de manera fugaz que Burtoni tenía un porte imponente, a pesar de los estragos evidentes del paso de los años en su curvada osamenta.
- Senadora Amidala, todos los aquí presentes conocemos su vehemente postura antibelicista, tan representativa de su propia cultura y planeta de origen. - Los enormes ojos violáceos de Burtoni se detuvieron en la joven senadora, como si sopesaran cada uno de sus movimientos y las intenciones ocultas tras éstos. - Y, sin embargo, no puedo menos que poner de manifiesto lo inapropiado de la medida que usted trata de impulsar. Como sin duda sabe, un gran contingente de nuestras tropas clon se encuentra diseminado a lo largo y ancho de todo el Borde Exterior, porque los focos de este conflicto no hacen más que multiplicarse. En estos momentos, lo único que previene una ocupación a gran escala de las tropas separatistas en los Bordes Medio e Interior es el heroico sacrificio del ejército clon de la República y la valentía de los generales jedi que los conducen al combate. Siento ser yo la que tenga que quitarle la venda de los ojos, Senadora, pero llegados a este punto, la vía diplomática es inefectiva. Sencillamente, no podemos retirar los fondos para seguir proveyendo de tropas a todos nuestros frentes abiertos; eso sería como ofrecerles en bandeja de plata la victoria a los Sistemas Separatistas.
Por toda respuesta, Padmé irguió la cabeza para poder devolver la mirada directamente a la enorme kaminoana, resuelta a no dejarse amilanar por su sobrecogedora estatura ni sus duras palabras.
- Senadora Burtoni, si la vía del diálogo es inefectiva, como usted sugiere, las mismas bases sobre las que se asientan nuestros valores y la convivencia de todos los sistemas planetarios está en peligro. La diplomacia en este conflicto representa la mejor herramienta que tenemos a nuestro alcance para detener este baño de sangre y comenzar a restaurar las vías de comunicación que permanecen cortadas desde el inicio de la guerra. - La voz de Amidala resonó alta y clara por todo el coliseo, como el tañido de una campana de plata. - Estoy segura de que el Consejo de Sistemas Neutrales mostrará interés en una iniciativa de estas características y nos permitirá seguir sumando aliados a esta causa que no sólo es pacífica, sino justa y necesaria, al menos mientras la Duquesa Satine Kryze siga al frente.
- Mandalore ha decidido de motu proprio mantenerse al margen de este conflicto desde el inicio de la guerra y no va a cambiar de parecer ahora, cuando estamos amenazando con retirar los suministros necesarios para mantener nuestros mayores enclaves estratégicos en pie. - Burtoni sacudió su largo cuello, desdeñosa. - Senadora Amidala, todos los aquí presentes podemos reconocer que la realidad de esta guerra, de cualquier guerra, es dura y cruel; pero por lo mismo, a veces es necesaria. Debemos continuar mandando tropas para acabar con esta disputa de una vez por todas, de la manera más eficaz y rápida posible. Solo así seremos capaces de salvar más vidas de las que habremos perdido en esta contienda. Desde mi punto de vista, me parece una gravísima irresponsabilidad que la Cámara del Senado esté evaluando seriamente someter a votación una moción que podría suponer la destrucción de cualquier estructura democrática y de la propia República, al menos, tal y como la conocemos a día de hoy.
Una vez más, un bullicio incontenible prendió como un incendio en la Cámara del Senado, con partidarios tanto de Amidala como de Burtoni enzarzándose en acaloradas disputas e imprecaciones menos que amables. Padmé apretó impotente los puños bajo las pesadas mangas de sus ropajes de color malva ribeteado en oro, observando con pesadumbre desde su palco cómo el parlamento se convertía en otra batalla campal.
- ¡Silencio, por favor! - Mas Amedda trató de llamar al orden alzando su voz estentórea por encima del griterío, pero incluso a él le resultaba difícil hacerse oír por encima de semejante escándalo. - El Canciller Supremo solicita un receso. Resulta harto evidente que no puede llevarse a cabo ninguna votación en estas condiciones, de modo que emplazo a todos los presentes a que abandonen la sala. Continuaremos hablando sobre este asunto en la sesión extraordinaria convocada para mañana por la mañana.
Padmé se percató de que los hombros de Palpatine se cuadraron y que el rostro afable del anciano adquiría una expresión pétrea y severa, dotada de incuestionable autoridad, como si estuviera tratando de sobreponerse a sus propios sentimientos de tristeza para cumplir con su deber, por muy doloroso que éste fuera. Solo entonces, cuando los gritos comenzaron a desvanecerse, el Canciller Supremo alzó la voz de nuevo.
- Estoy profundamente consternado por las manifestaciones de violencia e intransigencia que he podido presenciar hoy aquí, en el propio corazón de la República. Todos y cada uno de los aquí presentes debemos recordar que estamos aquí en representación legítima de intereses muy superiores a los personales, ya que nuestras acciones deben estar enfocadas en pos del bien mayor y la preservación de las estructuras que posibilitan esta forma de vida y entendimiento pluricultural de la que formamos parte. - Los murmullos que todavía podían escucharse aquí y allá en el inmenso coliseo se extinguieron definitivamente como una llama moribunda, dando paso a un silencio sepulcral. - Espero que recuerden que para conseguir la tan ansiada paz a veces debemos realizar sacrificios como los que estamos llevando a cabo para mantener a flote esta querida institución, y que lo recuerden de cara a la sesión extraordinaria de mañana.
Padmé sintió que la cabeza le daba vueltas y que un súbito mareo le enturbiaba la visión, pero se sobrepuso a la repentina sensación de náusea. Después de todo, llevaba todo el día sin apenas probar bocado, ni detenerse a recobrar fuerzas. Mañana sería un nuevo día y tendría otra oportunidad para dirigirse a sus colegas para ponerle fin al sangriento conflicto que sembraba caos y miseria en las vidas de todos los seres que poblaban los incontables mundos de aquella Galaxia vibrante, compleja y llena de contradicciones que, a pesar de todo, amaba profundamente.
Asimismo, recordó al joven caballero jedi que, sin duda alguna, ahora estaría combatiendo en las trincheras de alguno de esos planetas remotos con fiera determinación, lanzándose sin el menor asomo de titubeo a la primera línea de combate para luchar codo con codo junto a sus hombres. La Senadora sintió que la respiración se le agitaba sin poder evitarlo cuando recordó que le había visto por última vez hace dos largos meses y que, con toda seguridad, aún transcurrirían muchas semanas más hasta que tuviera la oportunidad de volver a estrecharlo entre sus brazos.
“Si es que los dioses están de nuestro lado… Oh, Anakin, amor mío ¿Cuándo acabará esta pesadilla?”
La mujer se dirigió directamente hacia la salida, sin advertir que el Canciller Supremo Palpatine vigilaba estrechamente su partida desde el estrado presidencial, con una sonrisa leve y apenas perceptible curvando las comisuras de sus labios.
***
- ¡Mi señora Padmé! No sabe cómo me alegro de verla de vuelta en casa. Disculpe si me muestro excesivamente atrevido o si acaso le importuno con mis comentarios, pero la veo pálida y, sin duda, exhausta. ¿Quiere sentarse aquí mientras le traigo la cena? ¿O prefiere primero algo de beber? ¿Un té de jazmín, quizás? También tenemos un excelente vino de Alderaan que nos fue generosamente obsequiado por el Virrey Bail Organa durante una de sus últimas reuniones…
Padmé sonrió a pesar de sí misma cuando, de vuelta a su sobrio pero elegante departamento en el distrito federal, el androide C-3PO la recibió haciendo gala de su arrolladora locuacidad y de la interminable verborrea que eran tan habituales en él. Su inquebrantable lealtad y su disposición siempre solícita para servir a su ama reconfortaron el alma de la antigua reina, que recordó que ése había sido el motivo por el que su marido, Anakin Skywalker, le entregó al droide como regalo de bodas y como prueba inequívoca de su devoción.
El por aquel entonces padawan le había entregado una de sus más valiosas y escasas posesiones porque el robot había pertenecido a su amada madre y, más importante aún, porque deseaba obsequiar a su esposa con un verdadero amigo que velara por ella y la protegiera de todo mal, cuando él mismo no pudiera estar presente.
- Te lo agradezco, C-3PO, pero no será necesario. Tengo otra reunión importante pendiente, pero encarga al robot de mantenimiento que prepare unas tabletas de proteínas que pueda llevar mañana al Senado, por favor. Me temo que no siempre tengo tiempo para tomar algo más. - Padmé depositó su voluminosa capa de seda Karlini de tonos plateados en los brazos del androide, aceptando de buen grado la ayuda que le ofrecía. - Ahora debo retirarme. Buenas noches, viejo amigo.
C-3PO inclinó la áurea cabeza en señal de aquiescencia y giró sobre sí mismo para llamar al otro droide que rodaba alegremente por toda la casa, asegurándose de que las puertas y ventanas de la vivienda se encontraran debidamente selladas. Padmé se dirigió sin más dilaciones hacia su dormitorio, cerrando con cuidado la puerta tras de sí. Apretó entre las palmas de sus manos el intercomunicador que portaba consigo, y se arrodilló para depositarlo sobre la mullida alfombra de lana situada a los pies de su lecho.
El intercomunicador se activó con un parpadeo, con apenas un roce de las yemas de sus dedos. Fue entonces cuando apareció como un espectro neblinoso el holograma azulado de Anakin Skywalker, que a juzgar por la calidad de la imagen, se encontraba a muchos miles de años luz de distancia.
- No es muy frecuente que sea yo quien tenga la oportunidad de decir esto, así que aprovecharé la ocasión… llegas tarde, mi señora. - Anakin arqueó las cejas y sonrió burlonamente, pero el gesto socarrón que curvaba las comisuras de sus labios se desvaneció de inmediato cuando tuvo la ocasión de escrutar con mayor detenimiento la imagen su esposa, que le contemplaba a su vez con melancólica dulzura. - Padmé, ¿Qué sucede? ¿Estás bien? Pareces agotada, mi amor. ¿Hace cuánto tiempo que no descansas como es debido?
- Estoy bien, Ani, no te preocupes por mí. Es solo que continúo trabajando para conseguir someter a votación la reducción de las tropas clon, para así poder retomar las negociaciones de desarme mutuo con el bloque Separatista. Es un trabajo duro, porque la mayor parte de los Senadores, por no hablar del propio Canciller, parecen querer seguir financiando esta guerra, a pesar de que no tengamos esperanzas de poder conseguir la paz a medio ni largo plazo.
Anakin dejó escapar un profundo suspiro al tiempo que se llevaba la mano de duracero al mentón. Pareció sumirse en sus cavilaciones durante unos breves segundos, pero tendió la mano hacia ella después, como si pudiera tomar la suya propia a través del espacio y el tiempo que los separaba. - Padmé, ya hemos hablado de esto. Entiendo tu dedicación para conseguir la paz, pero yo también coincido con el Canciller en que este no es el momento adecuado para suprimir apoyo logístico y monetario al ejército. Si nos retiramos ahora, no habrá forma de detener el avance de los ejércitos separatistas hacia el Borde Interior y el propio Coruscant. No podemos permitir que algo así suceda.
La mujer se apretó los brazos, abrazándose a sí misma, como si las palabras de su esposo la hubieran helado hasta el tuétano. Frunció los labios en una fina línea y tomó aire profundamente, tratando de dominarse.
- Ey, ey, ey… Padmé, vamos, esta no eres tú… ¿Qué está sucediendo en realidad? - La joven meneó la cabeza, visiblemente afectada, pero se dejó consolar por la voz cálida y sedosa de Anakin que le llegaba amortiguada, tan lejana y tan cercana al mismo tiempo, desde los remotos confines de la Galaxia conocida.
- Sucede que te echo de menos. Te echo de menos terriblemente. La última vez que pudimos estar juntos fue hace dos meses estándar y ya me parece una eternidad. Las delegaciones de la Cámara del Senado no dejan de murmurar acerca de los focos más candentes de la guerra, y tú siempre estás en uno de ellos. Anteayer, sin ir más lejos, se te dio por muerto durante unos minutos cuando participaste en la batalla aérea de Tobali, porque tu sistema de comunicaciones quedó completamente destruido y se barajó la posibilidad de que te hubieras inmolado en un ataque suicida como último recurso. Sé que gracias a ti la Legión 501 consiguió recuperar el territorio perdido, pero el informe de las bajas sigue siendo estremecedor.
- Padmé, yo…
- Déjame acabar, por favor. - La aludida se llevó ambas manos al pecho y las entrelazó a la altura del corazón, como si rezara. - Soy la primera que entiende que cada uno de nosotros tiene un cometido importante que cumplir. Tenemos una responsabilidad para con la República que solo nosotros podemos llevar a cabo. - Los almendrados ojos castaños de Padmé brillaron, húmedos y cálidos, mientras luchaba resueltamente contra las lágrimas. - Y es que, por encima de ser una senadora y la antigua reina de Naboo, soy tu mujer. Siempre deseo que estés a mi lado pero, en días como hoy, tu ausencia me pesa tanto que no creo ser capaz de expresarlo con palabras.
Anakin Skywalker estiró las manos hacia ella y rodeó su rostro atribulado por la emoción, como si en verdad pudiera tocarla. Cuando habló, lo hizo con un tono grave y trémulo, imbuido de una desesperación contenida que se desbordaba por las fisuras, como una bala a punto de estallar en pedazos.
- Ni yo tampoco. No tienes idea, amor mío… no sabes cómo pienso en ti sin importar dónde esté, día y noche, en cada misión, en cada maldito asedio, en cada confrontación y en cada campo de batalla sembrado de cadáveres. Eres lo único que me da fuerzas para seguir adelante, porque sé que mi lugar está aquí… Porque tengo que protegerte. Porque alguien tiene que asegurarse de que esas malditas tropas de droides monstruosos no lleguen hasta donde tú estás, para que no se atrevan a poner un solo dedo encima de nuestros seres queridos. - La muchacha se alarmó cuando le pareció ver que un brillo dorado y afilado como un cuchillo relumbraba al fondo de las pupilas dilatadas de Anakin, como una casa en llamas. No obstante, sabía que eso era completamente imposible y descartó rápidamente esa impresión, ya que la imagen entrecortada y añil del holograma que tenía enfrente no podía transmitir semejante espectro de colores.
- Ya basta, Ani. Sabes bien que soy capaz de cuidarme sola, aunque… - Padmé rio entre dientes, jugueteando con un mechón rizado de su larga melena que se había soltado del recogido que mantenía su pelo cobrizo apretado contra las sienes. - Lo cierto es que me siento más tranquila al saber que el Héroe Sin Miedo está velando por mí desde algún remoto lugar de las estrellas.
Amidala cesó de reír cuando comprobó que Anakin permanecía en silencio, con los ojos fijos en ella, atravesándola como una saeta; casi como si pudiera saciarse con su mera visión, alimentándose únicamente de su imagen. Notó que sus mejillas se ruborizaban sin poder evitarlo, mas no apartó la mirada. Ambos elevaron las manos al unísono y juntaron las palmas de sus manos, entrelazando los dedos con la vacilante efigie holográfica que les llegaba a través de miles de años de distancia.
- Padmé. Mi Padmé.
- Siempre, Anakin. - Susurró ella por toda respuesta, anhelando más que nada en el mundo poder recorrer la distancia que los separaba y besar su boca, morder sus labios encarnados y dejarse habitar por él. Sintió un dolor agudo en el bajo vientre, como una quemadura pulsátil y agridulce que la impelía a buscar a su amado y guarecerse en su amplio pecho, encerrarse en la jaula de sus costillas y olvidar todo lo demás, para que nada ni nadie pudiera volver a separarlos nunca.
Un par de golpes amortiguados les sacaron de su trance, como si hubieran sido despertados bruscamente de un dulce y sensual letargo. Ambos retiraron las manos, sobresaltados, y Anakin viró en redondo, a la par que mascullaba maldiciones en huttese. - E chu ta… Lo siento, Padmé, pero tengo que irme. Rex me está avisando de que alguien se acerca y, por el ruido de los porrazos en la puerta, puedo imaginarme sin problema de quién se trata. - Esbozó una sonrisa ladeada y contrita, mientras meneaba negativamente la cabeza. - Supongo que Obi-Wan no está dispuesto a retrasar ni un minuto más el reporte que debíamos presentar al Consejo esta noche sin falta.
La mujer rio junto a su marido, asintiendo comprensiva. - Creo que lo tengo merecido por haberme casado con un caballero jedi. Cuídate mucho, Ani. Recuerda que me prometiste que volverías a casa sano y salvo… No olvides que te quiero.
El aludido contempló a su consorte con una expresión intensa ensombreciendo su apuesto semblante y respondió en voz queda. - Y yo también te quiero. Recuerda que, vaya donde vaya, siempre estoy cerca de ti.
La figura holográfica de Anakin Skywalker se disipó como si nunca hubiera estado allí, dejando a Padmé a solas en su alcoba. La mujer suspiró y procedió a realizar su rutina de costumbre, cambiando sus recargados ropajes ceremoniales por uno de los livianos camisones de satén que usaba para dormir y se sentó en el tocador para cepillar con ademanes pausados su larga y ensortijada melena.
No obstante, una nueva sensación de mareo la forzó a dejar la tarea por la mitad, así que la joven optó por tenderse en la amplia cama y dar el día por terminado. Enterró el rostro entre las sábanas con un hondo suspiro que le brotó de lo más hondo de las entrañas, sintiéndose desfallecida tanto física como mentalmente.
Se deslizó en el lecho sin más dilaciones y pensó que, en realidad, echaba de menos más que nada las infrecuentes oportunidades que tenía de dormir con Anakin acostado a su vera, envolviéndola entre sus brazos y respirando con cadenciosa lentitud sobre la curva de su cuello, acariciándola con el aleteo fugaz de sus pestañas.
La guerra les había arrebatado tanto… Pero tal vez, tal y como todos menos ella parecían opinar, no era el momento para detenerse en tales consideraciones. Sencillamente, no podían permitírselo.
Padmé se sumió en un sopor profundo, y se dejó arrastrar por la oleada de somnolencia que la envolvió como un pesado, inescapable manto. Se encogió sobre sí misma, en posición fetal y con ambas manos reposando cerca del rostro, como una criatura recién nacida que todavía tentara a ciegas en la acogedora oscuridad, añorando la calidez inolvidable del útero materno.
***
Al principio no supo exactamente dónde se encontraba, pero se alegró al reconocer los familiares contornos de su alcoba y se relajó con una inenarrable sensación de alivio al comprobar que Anakin dormitaba pacíficamente entre sus brazos; como si fuera un enorme tigre de las lianas que ronroneaba de puro contento, con el rostro pegado a su pecho apenas cubierto por su vaporoso camisón celeste.
Padmé delineó con la punta del dedo índice la cicatriz que marcaba su juvenil rostro a la altura de su ojo derecho, preguntándose en silencio qué sería lo siguiente que su esposo tendría que sacrificar de sí mismo para pagar el tributo de sangre y fuego que azotaba toda la Galaxia. Se preguntó si, acaso, la guerra en sí misma era algo que podía saciarse en manera alguna, o si tan solo se trataba de un pozo sin fondo, una suerte de vastísimo agujero negro, donde irían a parar los huesos de todas las criaturas como semillas de grano en la cosecha, incluidos los suyos propios.
Anakin pareció despabilarse con sus pausadas caricias y la sonrisa que le dedicó fue tan luminosa que, por un precioso instante, Padmé olvidó todas las miserias de la guerra y el pesado lastre que cargaba como resultado en su corazón. Sin pronunciar palabra, el joven la besó con exquisita ternura; primero en el lunar de la mejilla, después en la suave curva de su frente y, por fin, en la rendija entreabierta de sus labios, deslizando su lengua sobre la suya como una sinuosa sierpe que reptase hasta el fondo de su garganta.
Padmé cerró los ojos y se dejó hundir por el peso de su marido en el tálamo nupcial que ambos compartían, estrechándole de buena gana entre sus brazos. El joven tomó sus senos con ambas manos, lamiéndolos y mordisqueándolos a través de la fina barrera de tejido que los separaba, tentándola con sus voluptuosas caricias, hasta que ella misma decidió que ya era suficiente y tomó la iniciativa de desprenderse con ademanes bruscos de su camisón, así como de ayudar a Anakin a zafarse de los sencillos pantalones de algodón que todavía llevaba puestos.
El muchacho la dejó hacer, riendo, pero enseguida volvió a tomar las riendas de aquel encuentro; sujetándola por las finas muñecas al tiempo que utilizaba su mayor envergadura para clavarla sobre el colchón, sin concederle posibilidad alguna de resistencia o escapatoria. No obstante ella siguió forcejeando, a un tiempo coqueta y maliciosa, y él hizo restallar en respuesta su mano de duracero contra una de sus firmes nalgas, chasqueando la lengua y mirándola con fingida indignación.
- Tsk, tsk… ¿Te parece que esta es una forma decorosa de comportarse para una reina? Quédate quieta así, tal y como estás, mi amor. Según el protocolo, ¿no somos los plebeyos como yo quienes deberíamos postrarnos a tus pies?
Dicho esto, Anakin se arrodilló entre los muslos de ella para enterrar el rostro a la altura de su monte de venus, bebiendo de sus pliegues húmedos y rosados con ansia, como si todavía fuera un morador del desierto condenado a la sed perpetua y al ardor implacable de los soles gemelos de su Tatooine natal.
Padmé gritó, dejándose arrastrar por las rítmicas contracciones de aquel primer orgasmo que la lengua de Anakin le regalaba con una violencia inesperada, casi feroz, sintiendo cómo su útero y su cérvix se dilataban como una boca hambrienta, ávida por recibir la plenitud de su esposo en su interior. La muchacha aferró a su amante de los desordenados cabellos, llamándole por su nombre con entrecortados gemidos.
El joven no titubeó ni un instante. Aferró a la mujer a la altura de las caderas y la volteó sobre su vientre con un único y certero movimiento, separándole las piernas desde atrás y abriendo los labios de su sexo con los pulgares, descubriéndola ante su abrasadora mirada por completo.
Fue entonces cuando la penetró con un gruñido, de una sola estocada, encaramándose sobre ella con ansia animal.
Padmé abrió los ojos de par en par cuando, al sentirle hundirse muy dentro de ella, recordó que esta secuencia exacta de hechos ya había sucedido en el pasado, durante la última noche que pasaron juntos; justo antes de que Anakin fuera convocado por el Templo Jedi de nuevo, para servir con sus tropas en el frente de los mundos que conformaban el Borde Exterior.
***
Al principio no supo exactamente dónde se encontraba, pero reconoció los contornos insólitos de la nave en la que había aparecido sin motivo aparente cuando reparó en sus colosales proporciones y las hordas de clones perfectamente sincronizados en sus tareas, ejecutando sus rutinarios controles de seguridad y sus rutas de vigilancia con exhaustividad militar. Aunque nunca había abordado uno de ellos personalmente, sin lugar a dudas se encontraba en un Destructor Estelar de la República.
Padmé supo entonces, aunque ya lo sospechaba, que todo esto no podía ser más que un sueño o una quimera de su mente. Como en un trance, encaminó sus pasos hacia el puente de mando principal, como si flotara, completamente sumida en ese aura de irrealidad que había permeado todo su ser. Constató, sin sorprenderse demasiado, que nadie en la ciclópea nave parecía reparar en su presencia y que nadie podía verla, a pesar de que se encontraba radicalmente fuera de lugar; con su delicado camisón de satén cerúleo y sus pies descalzos, vagando como un alma en pena por los pasillos inmensos de aquella fortaleza flotante.
Se detuvo en el umbral de la puerta que franqueaba el puente, atisbando hacia el interior de la misma. Fue entonces cuando vio la figura de Anakin Skywalker destacándose contra la fantasmagórica y distorsionada luz del hiperespacio que podía vislumbrarse a través de la ventana de transpariacero panorámica. Permanecía de pie, tan inmóvil como una de las severas estatuas que franqueaban las bellas arcadas de los jardines de su Naboo natal, con los brazos cruzados ante el pecho y una expresión inescrutable que endurecía sus normalmente francos y expresivos rasgos.
Padmé sintió que la garra helada del pavor oprimía su pecho por un instante, como si la asfixiara, sin saber muy bien por qué.
Anakin dio media vuelta y abandonó el puente de mando, cruzándose con Padmé en su camino hacia la salida pero sin reparar tampoco en ella, como si fuera un espectro evanescente e incorpóreo. Y es que, sumida como estaba en ese espacio-tiempo que no le correspondía, ella tuvo que reconocer ante sí misma que tal vez eso era exactamente lo que encarnaba: una sombra o un eco lejano procedente de otro tiempo, nada más.
Sin embargo, Padmé no consintió en quedarse atrás y siguió a su marido a lo largo de decenas de corredores laberínticos, sin pronunciar palabra, intuyendo de manera inexplicable lo que pensaba y a dónde le dirigían sus determinados pasos.
El joven jedi se paró ante una sencilla puerta sellada herméticamente en unos de los pisos superiores y accionó el panel de mandos que brillaba débilmente con un fulgor mortecino, introduciendo un complejo código de acceso. La puerta se abrió con apenas un susurro audible, y Anakin avanzó hacia el interior de la estancia con una zancada decidida, introduciéndose en los aposentos personales del General Obi-Wan Kenobi sin esperar a ser invitado.
Obi-Wan, que permanecía sentado sobre su catre, ataviado con una sencilla bata blanca de la enfermería, se volvió para encarar al inesperado visitante con una expresión de escandalizada sorpresa. Abrió la boca para hablar, pero antes de que fuera capaz de emitir ni un sonido, los recios brazos de su antiguo discípulo se abatieron sobre él, atrapándolo en un feroz abrazo.
Por su parte, el hombre mayor rodeó tentativamente los hombros del joven con las palmas de sus manos, sin corresponder por completo a la enardecida muestra de afecto, pero sin separar al otro Caballero Jedi de su lado.
- ¡Anakin! ¿Qué haces aquí? Ya te dije que mis heridas son superficiales y que mi condición física no reviste ninguna gravedad. ¿Por qué has abandonado el puente de mando? Es imperativo que tratemos de reconstruir la ruta de escape de Grievous para prever su próximo ataque, antes de que pueda reagrupar la mayor parte de sus tropas. Es posible que no volvamos a tener una oportunidad como ésta para atraparle.
El joven negó vehemente con la cabeza, sin escuchar las ponderadas premisas que le enumeraba su compañero, con la paciente resignación de un padre que sabe que todos sus bienintencionados consejos caerán en saco roto.
- Por la Fuerza, Maestro… deja de sermonearme por un minuto, ¿quieres? ¿Qué demonios estabas pensando? ¿Eres consciente de lo que habría pasado si yo no hubiera podido seguirte con el speeder? ¡Ese maldito sleemo de Grievous consiguió abatirte en pleno vuelo! ¿Cómo pudiste pensar que ese montón de chatarra que estabas conduciendo podría rivalizar con un Tsmeu-6? ¡Si no te hubiera seguido, ahora mismo estarías muerto!
Obi-Wan posó ambas manos sobre el pecho de su discípulo, tratando de desprenderse del apretado abrazo con suavidad para interponer un poco de distancia entre sus cuerpos, pero Anakin no cedió un milímetro de terreno. Obi-Wan se limitó a suspirar largamente y entrelazó sus dedos en los abundantes rizos de la nuca del joven, acariciando con lentitud el lugar en el que, antiguamente, había reposado su trenza de padawan.
- Lo hice porque era un riesgo calculado que podría haber salvado miles de vidas en esta guerra, Anakin. Y, de todas maneras, en cuanto a estrategias arriesgadas se refiere, no eres quién para dar lecciones. - Kenobi dio un respingo de dolor cuando los brazos de su aprendiz le apretaron con crueldad, casi como un cepo que cerniera sus aceradas mandíbulas sobre la carne desprotegida de su desdichada víctima. - Anakin, ya basta, puede que mis heridas no sean serias, pero acabo de salir del tanque de bacta. A decir verdad, tenía un par de costillas rotas, y todavía tardarán un tiempo en sanar del todo.
Padmé, que permanecía como una presencia ingrávida en uno de los rincones de la habitación, sintió que su corazón daba un vuelco cuando pudo comprobar que los ojos azules y tormentosos de su marido se tornaban aún más profundos y sombríos, reconociendo sin asomo de vacilación el hambre atávica que reflejaban. Aquellos eran los ojos de un depredador insaciable que había albergado incontables veces entre sus propios brazos, presto para atacar.
“Por supuesto… ¿Cómo pude no darme cuenta?” pensó ella, perfectamente serena, cuando vió los dígitos de duracero de Anakin tornándose en garras sobre el cuello desprotegido y níveo de Kenobi, obligándole a echar la cabeza hacia atrás al tiempo que el hombre más joven enterraba sus dientes en la mejilla barbada de su maestro, a medio camino entre su quijada y sus labios.
Obi-Wan, por su parte, trató de zafarse de las atenciones fervientes del otro hombre, pero Padmé podía ver en todos y cada uno de sus ademanes que ésta era una batalla perdida de antemano, que ya se había librado anteriormente en muchas ocasiones con idéntico resultado. El formidable General Kenobi fue deponiendo todas sus armas ante el avance implacable del invasor, una por una, mientras murmuraba en voz queda que aquello era contrario al Código, que por el bien de ambos, pero en especial por el de Anakin, debían dejar de hacerlo. Que le amaba, claro que le amaba, por supuesto, pero el Código Jedi no permitía ataduras como las que ellos estaban cultivando en ese instante, contra todo sentido común y del decoro. Anakin, Anakin, yo he sido y siempre seré tu Maestro, pero esto está mal, ¿por qué quieres hacerlo? Los Jedi no debemos amar; no de esta manera. Lo sabes perfectamente, porque esto es algo que he tratado de inculcarte desde tu llegada al Templo. Tú eres mi hermano, ¿por qué no quieres entenderlo? ¿Por qué nada te parece suficiente?
El aludido, como era habitual en él, no se detuvo. El joven había tendido a su maestro sobre el espartano camastro militar de espaldas, apartando su bata a tirones, descubriendo así la piel tibia y todavía anegada del aséptico olor del bacta. Recorrió su abdomen con la punta de la lengua mientras hundía su mano de carne y hueso entre las piernas de su mentor, obligándole a separarlas. Cubrió la verga dura y orgullosa del hombre mayor con la palma, aprisionándola contra su bajo vientre, sonriendo al comprobar que las primeras gotas de fluido preseminal de éste ya habían comenzado a empapar el vello dorado de su pubis.
- Nada es suficiente porque para ti tampoco lo es. Porque te amo a pesar de que eres un hipócrita, Maestro, que se oculta constantemente tras el dogma del Código para no tener que enfrentar su propia cobardía. ¿Quién, sino tú mismo, te abriste de piernas ante mí como una vulgar schutta cuando perdí el brazo, ahogado por su propia culpa? ¿Creías que así podrías compensarme por todo lo ocurrido entre nosotros, como por la primera vez que traté de besarte en el dojo de entrenamiento cuando apenas era más que un niño, y me rechazaste?
Obi-Wan propinó a Anakin un contundente empujón para sacárselo de encima y se incorporó con evidentes intenciones de abandonar el cuarto, pero Anakin fue más rápido: lo aferró de la cintura y lo descargó como un vulgar fardo, de bruces sobre el colchón, valiéndose después de la Fuerza para mantenerle inmóvil.
- Anakin, por todos los demonios Sith, ¿en qué estás pensando? Libérame de inmediato, no volveré a repetirlo… ¡Todos nuestros hombres están ahí fuera! - Obi-Wan se debatió con furia contra las ataduras metafísicas que lo apresaban, pero en términos del manejo de la Fuerza telequinética, sencillamente nada ni nadie podía rivalizar con el Elegido.
El joven retiró definitivamente la fina bata de hospital que todavía colgaba de los hombros de su preceptor, descubriéndole por completo. - Lo hago así porque es como te gusta, Obi-Wan. Es justo lo que quieres. ¿Está claro, no? Cualquiera que entrara aquí podría ver que todo esto es cosa mía; que estoy abusando de ti y de tu buena voluntad de la manera más despreciable, que soy un pésimo caballero jedi y fui un padawan peor aún. La culpa es mía, ¿no te resulta eso suficiente? ¿Qué más quieres que haga?
Obi-Wan enterró su rostro en la almohada y negó con la cabeza. - No, no, Anakin… yo no pienso que… - El hombre se interrumpió, estremecido, cuando sintió uno de los dígitos de su alumno penetrándole, a la par que usaba su mano de duracero para masturbarle. - Nada de esto es por tu culpa; en todo caso, serían mis carencias como maestro lo que nos llevó a esta situación.
Anakin hizo un sonido interrogativo, como si considerase esa posibilidad por vez primera. Seguidamente se plegó sobre la espalda sudorosa de su mentor, como si fuera una segunda piel, murmurándole en voz queda al oído. - Entonces, ¿crees de verdad que todo esto es cosa tuya, Maestro? ¿Me rechazaste todo este tiempo, hasta que la necesidad de que tu propio padawan te partiese en dos fue demasiado fuerte como para seguir negándome? Deberían saberlo todos, Obi-Wan, la zorra manipuladora que eres… pero no me importa. Porque yo te quiero así. Porque solamente yo conozco esta faceta del Negociador, y es mejor que siga siendo así para ambos.
Padmé experimentó de nuevo esa sensación de déjà vu que había sentido en sus propios huesos cuando observó a su marido hincado de rodillas y alzando las caderas de Obi-wan, atrayéndole hacia él. Éste último arqueó la espalda, abrió los muslos y entrelazó la mano de duracero Anakin con la suya propia para guiarle. Ella contuvo el aliento cuando escuchó al Maestro Jedi sofocar un grito, pero no retiró la mirada. Fue entonces cuando Anakin cubrió a su viejo maestro desde atrás, de idéntica manera que a su esposa, y comenzó a montarlo con mayor violencia si cabe, con estocadas profundas y cadenciosas, desdibujando a conciencia los límites ya de por sí difusos del dolor y del placer.
Obi-Wan mantuvo los dientes apretados a la par que una única lágrima, brillante y errabunda, escapó del cerco de sus pestañas, recorriendo su mejilla y confundiéndose entre el sudor que se derramaba por sus sienes y su cuidada barba.
Y Padmé Amidala se dio cuenta en ese preciso instante de que era incapaz de odiarlo a pesar de todo, porque ella conocía mejor que nadie la pasión aciaga que conllevaba amar sin límite ni remedio al fenómeno de la naturaleza que era Anakin Skywalker; con su corazón de agujero negro provisto de gravedad inescapable, sus fauces de devorador de mundos y sus garras de dragón krayt.
La mujer se situó en la cabecera de la cama, a la altura del cuerpo postrado de Obi-Wan. Y le pareció que, por un eterno segundo, sus ojos se encontraron a través de ese infranqueable velo espacio-temporal.
“Hay bondad en él, Obi-Wan. Sé que la hay”.
***
Padmé se despertó con lágrimas en las mejillas y con un dolor punzante en el vientre que la obligó a doblarse sobre sí misma, apretándose el regazo como si sus entrañas fueran a desbordarse, pulsátiles y blandas, por entre sus dedos. Trató de levantarse para dirigirse al cuarto de baño, pero trastabilló con sus propios pies debido a la súbita náusea que la embargó y lo desorientada que todavía se encontraba, por lo que cayó de rodillas al suelo.
Como si hubiera presentido su apuro, C-3PO apareció en el umbral de la puerta con un droide médico pegado a sus talones; una unidad GH-7 estándar que se aprestó a ayudarla a levantarse y a sentarse en la cama. Siempre eficiente, el droide médico tomó un vial de sangre de la senadora para diagnosticar su condición a la par que depositaba un par de píldoras en su mano, instándole a que las consumiera de inmediato.
- Le daré los resultados del análisis en un par de minutos, señora, pero debe tomarse esta medicación y esperar que surta efecto antes de moverse. Solo por el tono de su piel, sé que se encuentra anémica.
- Mi señora Padmé, siempre le he dicho que estaba trabajando demasiado últimamente. Por todos mis circuitos, esto era una cuestión de tiempo antes de que ocurriera, ya que los humanos son en extremo delicados y no pueden seguir el ritmo que usted lleva manteniendo desde el inicio de esta horrible Guerra Clon; al menos no sin estropearse sin remedio. ¿Qué diría el Amo Anakin si lo supiera?
Padmé interrumpió al droide de protocolo con un gesto de la mano y una sonrisa temblorosa, ocupada como estaba en tragar las pastillas y en sobreponerse a la sensación de ardor que le provocaron en el estómago. - … Por ese mismo motivo no le diremos nada de esto, C-3PO. ¿Podrías traerme el té de jazmín que mencionaste antes y algo ligero para comer, por favor? Creo que, en este momento, algo caliente me sentaría bien.
C-3PO se puso en marcha de inmediato, dirigiéndose a la cocina para ejecutar las tareas encomendadas, de manera que la unidad GH-7 y la senadora de Naboo quedaron completamente a solas. La mujer inspiró profundamente por nariz y boca, tratando de serenarse, mientras el droide médico terminaba de ejecutar su análisis.
- Ya tengo disponibles los resultados completos del examen - los relumbrantes ojos turquesas del robot parpadearon al dar por finalizado el estudio. - Según la muestra de sangre, puedo confirmar con un 100% de seguridad que…
- Que estoy embarazada, ¿no es así? - dijo Padmé terminando la frase, ensimismada, al tiempo que cubría con gesto protector su vientre, estrechándolo entre las palmas de sus pequeñas manos. Por supuesto que estaba encinta… por eso podía sentir a Anakin más cerca que nunca, todo el tiempo, a pesar de los miles de pársecs y los millones de años luz de distancia que se interponían como un muro intransitable entre ambos.
- En efecto, señora Amidala. Mis más sinceras felicitaciones. Le prescribiré unas tabletas especiales de vitaminas enriquecidas con hierro y otros nutrientes específicamente indicados para el período prenatal, que le ayudarán a sobrellevar la deficiencia de hierro y otros síntomas comunes del embarazo. Por el momento, sería conveniente que se tomara un tiempo de reposo y que redujera su carga de trabajo en la medida de lo posible.
La mujer esbozó una triste sonrisa, recordando con añoranza su planeta Naboo, su confortable y cálido hogar, con las caras sonrientes de su hermana, sus padres y sus sobrinas dándole la bienvenida.
- Gracias, LC9, pero me temo que por el momento algo así está fuera de mi alcance. Por favor, dile de mi parte a C-3PO que deje la comida preparada para el desayuno. Tal y como dijiste, la medicación ya me está haciendo efecto y necesito descansar. No le comentes nada acerca de mi estado, por favor.
- Por supuesto. Puede contar con mi completa discreción, tal y como dicta mi programación de base. Que tenga una buena noche, Senadora.
El solícito droide médico flotó hacia la salida, cerrando la puerta tras de sí para dejar a Padmé a solas. Como si todavía estuviera sumida en la ensoñación de la que había despertado hacía escasos minutos, la muchacha susurró la contraseña estándar para que las luces de la alcoba se apagaran de nuevo. Después, volvió a tenderse sobre su amplio lecho y se tumbó de espaldas, con la mirada clavada en el techo del apartamento, permaneciendo inmóvil durante unos segundos que se le antojaron indeciblemente largos y solitarios. Inexplicablemente desoladores.
Al fin y al cabo, los sueños eran tan solo eso: sueños. Nada más.
Y ella amaba a Anakin Skywalker y su insondable corazón por encima de la vida misma.
La sensación de un levísimo aleteo batiendo en su abdomen desvió sus inconsolables pensamientos. Por un instante, a la joven le pareció que unas ingrávidas alas de mariposa batían con dulzura contra su vientre, creando diminutas ondas que se iban propagando hasta tomar proporciones inabarcables; como las corrientes oscuras de un mar majestuoso y bravío que engullía a la Galaxia entera en su acuoso e ineludible abrazo.
Padmé Amidala se sumió sin pretenderlo en un agradable sopor sin sueños ni visiones, en posición fetal y abrazándose a sí misma, como una criatura recién nacida que, en sus más recónditos recuerdos, aún nadara a ciegas en la acogedora oscuridad del útero materno.
FIN
