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Estaban cansados de ella, le odiaban, pero ya quedaba menos. Elisabeth Danvers, la gran jefa odiada de la policía de Ennis, Alaska. En el pueblo muchos la odiaban no solo por no ser originaria del lugar o de la zona, si no por su carácter, ella misma admitía que no era una gran y bonachona persona, si no que era amargada, seria y demasiado racional, demasiado racional para el lugar en el que estaba.
- La larga noche empieza hoy jefa Danvers, vaya a por provisiones.
- Está bien, iré Pit, márchate a casa con tu mujer.
Esto era raro en ella, pocas veces les dejaba salir antes, supusieron que ahora lo hacia por el miedo que los foráneos a ese periodo de noche eterna. Pero ella ya llevaba mucho tiempo en ese lugar, era prácticamente imposible que le siguiera teniendo miedo, solo quería estar sola para acabar un informe y para llamar a una persona demasiado importante. Acabó lo que tenía que hacer y llegó la gran llamada, era su excompañera, no Evangeline, ella era anterior, de cuando era joven cuando estaba en la academia del FBI.
- ¿Qué ocurre?
- No sabemos dónde está.
- ¿Cuánto tiempo tengo? – ella sabía lo que acabaría pasando, ya lo había hecho antes, huir, fingir su muerte y abandonar todo y desaparecer.
- Esta vez estaré contigo, iremos allí por lo ocurrido en la mina y trataremos de ayudaros y mientras procuraremos ver si aparece o no, ¿está bien?
- Claro, te espero aquí, hay como una casa de alquiler para cazar o algo así, te lo paso por mensaje para que hables con la persona, pero no digas que vas de mi lado.
- Te has emocionado con tu personaje ¿verdad?
- Me dijiste que tenía algo que hacer y lo cumplí.
Ambas siguieron hablando un buen rato y riendo de anécdotas hasta que Leah tocó a su puerta, ya era hora de ir a casa y pasar a por la comida, Liz se despidió de su amiga y colgó, luego se puso el abrigo y ambas fueron a comprar la comida para la semana o semana y media. Cogieron un poco de carne y pescado, especias y pan. Después de unos treinta minutos acabaron de comprar y mientras Liz pagaba Leah llevaba las bolsas a la camioneta para ir a casa. Llegaron a casa y todo como en un día normal, guardar la compra, cenar, ducha y dormir. La adolescente dormía tranquila, pero Elisabeth no podía, algo le impedía hacerlo, una sensación de que alguien la observaba ya harta de esto se levantó y miró por toda la casa cerrando todas las entradas y luego bajó a por agua a la cocina, en cuanto abrió la puerta de la nevera vio un trozo de carne que no había comprado, siempre era lo mismo y si no al sacarlo de la bolsa se habría dado cuenta.
Ella sabía que eso no era humano, no era médica, pero había estado en el FBI y aprendió a seguir sus instintos, y esto no le daba buena espina, se puso la chaqueta y salió hacia afuera y dejo la carne afuera de su casa con una nota que decía, “Lo siento doctor, pero ya sabe que no sigo su exótica dieta”. Volvió a entrar a la casa y cerró con llave, cuando se giró Leah le asustó, ella se había despertado por el ruido, Liz le aseguró que no era nada pero que le hiciera el favor de siempre cerrar todo con llave tanto cuando este en casa como cuando salga, a la joven le pareció extraño, pero simplemente le hizo caso.
Al pasar de unos días llegó el FBI, muchos del lugar se quejaron, pero les tranquilizó diciendo que al ser algo tan grande y de una minería tan importante es normal que se acabaran metiendo y que los había convencido de trabajar en equipo. No sabía cómo, pero lo logró, todos llegaron y empezaron a investigar juntos. Unas horas después Evangeline entró como un tornado a la comisaria, Danvers le bajó los humos lo más rápido que pudo y le dijo que se fuera a donde le correspondía que dejara de tocar los huevos que por algo la habían echado en un principio del cuerpo cuando acabó el caso.
Al salir Elisabeth le dijo a Leah que no llegaría a cenar, que se hiciera lo que quisiera y que cerrara todas las puertas y ventanas del lugar. Danvers se fue con sus antiguos compañeros del FBI como cuando era joven y no tenía que escapar de aquel asesino.
- Oye “Danvers”, ¿cómo van las cosas con la tapadera?
- Pues no sé como se lo han tragado durante tanto tiempo, creo que debería haber sido actriz – bebieron todos de sus cervezas riendo.
Todos se divirtieron esa noche, entre risas y bromas ninguno se dio cuenta de que alguien les observaba en la nieve, un hombre relativamente fuerte, un hombre que miraba fijamente a la agente rubia, su corderito, o así le llamaba él. Ella había escapado durante demasiado tiempo de su lado, se había enamorado de ella en aquel caso, cuando ella lo vio más allá de ser aquel doctor caníbal, de ser ese monstruo asesino devora humanos.
- Pronto nos veremos otra vez mi corderito y te prometo llevarte a un lugar donde no tengas que preocuparte de nada.
