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Español
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Published:
2024-10-13
Updated:
2025-03-01
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45,028
Chapters:
8/?
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1,702

Buenos días, Lisandro

Summary:

Que Valentino empiece el jardín es lo peor que le puede pasar a Cristian. Pero puede que conocer a Lisandro lo haga cambiar de opinión; no sólo sobre el jardín, sino también sobre el romance.

 

O

 

Donde Cristian, un padre soltero, encuentra un refugio y un pequeño crush en Lisandro, el maestro de su hijo.

Chapter 1: Primer Día.

Summary:

Las buenas vibras de Lisandro sirven para aliviar a Cristian y su nerviosismo por el primer día. Puede que también hagan despertar un poco a su dormido corazón.

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

 

Marzo.

 

Específicamente, el primer lunes de Marzo.

 

El peor día del año desde hacía cinco años para Lisandro.

 

Corría de un lado al otro en la pequeña aula, asegurándose de que todo esté correcto. Ya presentó su planificación del mes en la dirección, saludó a sus compañeras y se presentó ante las nuevas de ese año. En este ciclo, le tocaba el aula más desastrosa: la salita de tres años. La roja, para ser exactos.

 

Llegó temprano para limpiar el armario y guardar muy bien sus cosas, organizándolas de manera impecable. Limpió y acomodó los juguetes, el área de juego y el área de la comida. Sus piernas se enredaban entre las pequeñas sillitas mientras desplazaba alfombras suavecitas por el suelo, para evitarse problemas más tarde. Adornó las paredes y escribió un “bienvenidos” en el pizarrón, desplegando sus habilidades de dibujo en el mismo - a pesar de saber que a los nenes les importaba poco.

 

El primer día de clases comenzó tal como lo había previsto: hubieron llantos en la puerta, llantos en el aula y llantos en el patio. Tuvo que limpiar mocos y bocas, peinar cabellos y separar posibles peleas. Le ayudó de comer a más de un nene y se acuclilló y agachó mínimo cien veces. Se tiró en las alfombras a jugar y puso canciones en su parlante. Intentó llamar la atención de veinte pequeños humanos y mantenerlos entretenidos durante toda la mañana. Esto era parte de lo que debía hacer cinco días a la semana, aunque era difícil la vuelta luego de unas tan merecidas vacaciones. Por suerte, su vocación y amor por la docencia era mucho más fuerte que su pereza.

 

Sobrevivió, como siempre lo hacía. En menos de lo esperado, las primeras tres horas de trabajo pasaron volando. Las doce del mediodía se marcaron en el reloj y el último timbre de la mañana sonó.

 

Ahí no quedaba todo. La siguiente parte era conocer fugazmente a cada mamá y responder a todas las preguntas que tuvieran sobre el primer día. Una por una, hacían cola para hablar con el joven maestro y sanar sus preocupaciones sobre sus hijos. La verdad es que, detrás de esas cuestiones, algunas mujeres tenían otra intención: conocerlo a él, a Lisandro, a ese lindo maestro de brazo tatuado y sonrisa encantadora que parecía cuidar muy bien a los niños. De por sí, era rarísimo ver a un maestro varón en un jardín; él ya lo tenía más que claro después de tanto tiempo en la profesión. Pero además de eso, muchas mamás estaban solteras y no desperdiciarían ni un segundo para acercarse a un muchacho como él.

 

Ya tenía más o menos memorizados los nombres y las conductas que le llamaron la atención, curtido por sus primeros años de trabajo. Así que, no fue nada difícil contestarle a cada mamá o familiar que le sacaba charla con su hijo o hija en brazos. Sin embargo, había algo que lo tenía un poco distraído: una alta figura, de un morocho detrás de todas las mamás, esperando con su nene en brazos y con una cara de estar nervioso.

 

 

 

 

 

 

 

En la cama matrimonial que compartía con su papá, Valentino dormía plácidamente, rodeado de sus peluches y de una muralla de almohadas para no caerse entre sus sueños.

 

Su papá, por otro lado, estaba en la cocina teniendo una crisis existencial frente a dos rodajas de pan.

 

Un año había pasado desde que Cristian, por cosas de la vida, se separó de su ex-mujer, quedándose con la custodia de su bebé por la mayor parte del tiempo. Un caso aislado, como le había dicho su abogada; no era para nada común que un padre quiera hacerse cargo de sus hijos por sí solo cuando la madre estaba presente. Pero, siendo comprensivo como siempre y no queriendo empeorar las cosas, tomó esa decisión al momento del divorcio. Su ex-esposa no rechistó, sabiendo lo mucho que él amaba a su hijo. Sabía y confiaba que Valentino estaría en buenas manos, además de estar satisfecha con tenerlo los fines de semana.

 

Habiendo navegado por tantas cuestiones de la paternidad durante todos esos meses, malabareando entre el trabajo y la crianza, Cristian tenía que enfrentarse a la peor de las etapas: el jardín de infantes.

 

La peor porque, principalmente, tenía demasiado apego con su bebé (que sí es su bebé, aunque le dijeran que estaba grande para decirle así). No sabía lo que era una mañana sin Valen, sin prepararle el desayuno, sin tenerlo cerca mientras estaba en la computadora, sin el sonido de los dibujitos en la tele o sin juguetes llenando su escritorio. Mientras preparaba unos sanguchitos para su lonchera, sentía las lágrimas caer por sus mejillas. ¿Por qué pasa tan rápido el tiempo? Encima no podía decir que no, no podía no llevarlo. Su madre se lo estuvo recordando todo el verano, justo cuando Giovani, un viejo amigo de la facultad, le recomendó poner a sus hijos en el mismo jardincito para que fueran tan amigos como ellos dos.

 

Terminó de armar un sanguchito y pasó al otro. Un hombre de casi treinta años llorando en su cocina, preparando la comidita para su nene que se va al jardín. Su mente divagaba por miles de cuestiones: ¿Y si se enfermaba? ¿Y si los otros nenes lo golpeaban? ¿Y si le hacían burla? ¡¿Y si la maestra era mala?! La idea de dejar solo a su bebé en un lugar desconocido lo hacía sentir culpable. Pero Cristian tenía que entender que este era un gran paso para ambos; un paso muy importante para la vida de su hijo. Necesitaba calmarse.

 

El universo parecía escuchar sus pensamientos, porque a los segundos de terminar de armar la lonchera, un mensaje apareció en la pantalla de su teléfono.

 

Gio – 07:45

Buen día Cuti!! Arriba arriba

📍 Ubicación 

A 5 cuadras de tu casa gordo

No te olvides

Si te dormís te mato

Salita roja de tres años por si te olvidaste  

 

Cinco cuadras. Al menos sólo cinco cuadras lo separarían de su bebé.

 

Qué maricón que estoy.— Suspiró.

 

Cristian – 07:48

Dale rubio, gracias 

Ahí estaremos con valen 🩷

 

Dejó el teléfono y volvió a la pieza, prendiendo la luz y notando a su hijo revolverse entre las sábanas, emitiendo quejiditos.

 

Inhaló profundo y lo animó a levantarse, comenzando así a preparar a ambos para el resto de la mañana. Tenían que estar lindos para sacarse fotos antes de ir y mandárselas a mamá.

 

 

 

 

 

Las cinco cuadras más agonizantes de la vida de Cristian. Estaba siendo super recontra dramático en su cabeza, ocultándolo todo tras chistecitos que le hacía a Valen, quien no tenía tantos ánimos de ir al jardín. Se hubiera aprovechado y le hubiera dicho “venimos mañana”, pero lamentablemente él era el adulto responsable entre los dos. 

 

La puerta del jardín estaba llena de gente. Cristian no pudo evitar tomar entre sus brazos a su hijo para guiarlo entre la multitud, buscando con la mirada a su amigo. Una mano se posó en su espalda, sabiendo al instante que era él.

 

— Ya no me asustás, gil.— Se echó a reír, observando a Emilia, la hija de Giovani.— Hola, mi Emi. ¿Todo bien?

 

— Buen día, Cristian.— Giovani le dedicó una amplia sonrisa. De su mano, una nena chiquita intentaba esconderse tras su pierna.— ¡Hola, Valen! Espero que se porten muy bien con la Emi, eh.

 

El mencionado se escondió en el pecho de su padre, quien suspiró un poco cansado. De seguro se notaba en su cara que estuvo llorando casi una hora en la madrugada por algo que era una boludez, por algo que le pasaba a todos los padres del mundo.

 

Primer día.— Remarcó Gio, alzando las cejas y negando con la cabeza al ver los ojos ligeramente hinchados de su amigo.— Relajate, Cuti. Me fijé quién es el maestro y parece un buen pibe. Lisandro Martinez, se llama. Van a estar bien los nenes.

 

La usual tranquilidad en la voz del rubio no servía para calmar a Cristian. ¿Un maestro varón? No quería juzgar, pero… Desconfiaba, sí. No quería ser un machista, pero en su cabeza una mujer podía ser mucho más atenta que un hombre. Nada le había hecho bajar la presión hasta ese pequeño detalle.

 

Cristian suspiró, intentando no darle atención a eso.

 

— Es complicado — Ambos se movieron ente el tumulto de padres, que poco a poco fue deshaciéndose—, Me preocupo, Gio. Todo el finde la llamé a Karen y vos sabés que no la llamaría si no me estuviera muriendo… Hablamos y me dijo que Valen va a estar bien, que no me haga la cabeza, que hable con la maestra…— Frunció sus labios, soltando a Valen en el suelo y guiándolo a la formación para despedirse de él, su amigo haciendo lo mismo con su hija.— Me da mucha tristeza. 

 

¡Salita roja de tres por acá! ¡Vamos, vamos!

 

Una voz masculina lo sacó de su conversación. Dirigió la mirada a donde provenía el sonido, encontrándose con un hombre hermoso, de pómulos marcados y sonrisa encantadora. Cristian pensaba que iba a recelar a cualquier maestra que le tocara a su hijo, que sería peor si era un maestro varón. Al parecer, este no era el caso.

 

El dichoso profe Martínez era un tipo lindo. No sólo lindo de ver, sino también emanaba un aura linda, como si estuviera hecho para ese trabajo.

 

Cristian respiró profundo por décima vez en la mañana.

 

— Ese es el maestro.— Giovani le recordó que estaban en medio de la puerta cuando lo tomó de la cintura y lo sacó del camino.— Dale, si es un pibe todavía. ¿Vos creés que lo pondrían si no fuera apto para el laburo?— Cristian se relamía los labios, nervioso, mientras observaba a la filita de nenes formarse.— El mejor jardín de la zona es este, Cris. Vos tranqui.

 

Los susurros del rubio eran sólo un sonido de fondo para la escena que observaba el morocho: el maestro ordenando a todos los nenes, saludándolos uno por uno antes de entrar al aula, no sin antes despedirse con un gesto de manos de las mamás que esperaban en la entrada. Transmitía seguridad y confianza, a pesar del detalle de sus tatuajes en el brazo y los aros en sus orejas.

 

Su pecho se sentía cálido, atribuyéndolo a las buenas vibras del maestro. Tal vez todo saldría bien.

 

Mmm…— Su cerebro le recordó que estaba hablando con Gio. El rubio lo observaba divertido, notando la atención que le puso al profesor.— Capaz tenés razón.— Cristian suspiró, otra vez, poniendo una sonrisa al instante.— Encima todavía nos quedan quince años por delante.

 

— ¿Viste? Te espera la adolescencia, capo. Esto no es nada.

 

Ambos se carcajearon, el morocho sintiendo su espalda libre de todo peso después de unas palmadas de su amigo. 

 

Improvisadamente, acordaron que se tomarían un café hasta que fuera la hora de la salida –aprovechando que ambos pidieron un franco en el trabajo– como una manera de celebrar un gran acontecimiento para su paternidad: dejar a sus bebés en el primer día de jardín.

 

Aunque todavía les faltaba ver si Cristian no tenía otra crisis antes del mediodía.

 

 

 

 

 

Decir que Valentino extrañó a su papá quedaba corto, porque lo extraño un montón, muchísimo. Tanto así que, apenas salió del jardín, corrió a abalanzarse sobre él, alzando sus brazos pidiéndole upa. El corazón de Cristian se apretujó con fuerza, así como sus brazos alrededor del cuerpecito de su hijo.

 

Mi bebéee, mi bebé. Te extrañé un montón.— Lo meció en el aire, aliviado al escuchar una pequeña risita. Habrán sido tres horas, pero para ellos que sólo se tenían entre sí, fue más que una eternidad.— ¿Cómo te fue, corazón?

 

— ¡Muy bien!— Una vez seguro en los brazos de su padre, Valen sacudió su cuerpo en señal de estar emocionado por el día.— Comí el chambuchito, muy rico papá.— Sus palmas acariciaban bruscamente el mentón de Cristian, quien se reía por sus palabras.— Emi se cayó de la hamaca. ¿Mañana otra vez jardín?

 

— Sí, mi amor. Mañana tenemos que volver.

 

Ay.— La alegría se esfumó de la cara del niño, Cristian aguantándose una carcajada por el cambio repentino de humor. Por un segundo pensó que le había gustado.— ¿Emi no viene?

 

— Sí, Valen. Vienen Emi y Gio.— Cristian se movió entre la gente, viendo a lo lejos a Giovani con la nena y haciéndole señas de que lo esperen.— Primero voy a hablar con el profe, ¿Sí?

 

— Maestro Licha.— Corrigió el menor.

 

— Sí, con el maestro Licha.

 

El morocho se hizo paso con su hijo en brazos, detrás de todas las mamás que esperaban a hablar con el maestro. Rápidamente la inquietud de la mañana le volvió a subir por el estómago. Tanta gente amontonada lo sofocaba un poco, aunque debía admitir que parecían mamás muy dulces y educadas. En otro lado de la entrada, las demás maestras de las respectivas salitas esperaban con los nenes, pero ninguna tenía una larga cola de fans como el susodicho maestro. Recordaba que en la charla con Karen le dijo “Lo malo de las escuelas es que las mamás van a comerse a los maestros”, cosa que le pareció exagerada cuando la escuchó. Ahora que estaba entre las madres… Capaz había un poco de verdad en el comentario.

 

No las culpaba, de hecho. Por segunda vez en el día, Cristian observó al profesor y sintió su corazón dar un salto ante tal vista. Nunca negaría la belleza de un hombre, pero en este había algo particular que lo hacía sentirse atraído. Sintió su cuerpo calentarse con los nervios y con una sensación extraña en su abdomen, algo que hace mucho tiempo no sentía y no estaba muy seguro de querer revivir. Sin embargo, era inevitable ver al muchacho y respirar profundo ante su presencia.

 

Cruzaron miradas en un momento, el maestro dedicándole una sonrisa mientras terminaba de hablar con una mamá.

 

Cristian se mordió el labio y asintió a algo que le dijo su nene, sintiéndose culpable de estar tan embobado como para no prestarle atención.

 

Después de unos terribles diez minutos, la última mamá se fue y Cristian quedó frente al hombre. El contraste entre el pintorcito rojo y su rostro serio le generaba ternura, más aún cuando le sonrió al acercarse.

 

— B-buenos días, ¿Profe Martinez?— Preguntó Cristian, sintiéndose un tarado al mismo tiempo. No podía creer que trastabilló sus palabras. Encima es el único varón, obvio que es él, pensó.— Soy p-papá de Valentino.

 

— Ah, usted es el señor Romero.— Los ojos del contrario se abrieron con curiosidad. El morocho juraba que parecían iluminarse con esa sonrisa torcida.— Dígame Lisandro, no pasa nada.— Extendió su mano para estrecharla con la ajena, a lo que Cristian correspondió con torpeza. Lisandro. ¿Qué me estás haciendo?— ¡Espero que hayas tenido una linda mañana, Valen! Te portaste muuuy bien hoy.— Se inclinó, hablándole al pequeño.

 

— Siempre me porto bien.— Contestó el pequeño con inocencia, provocándole una risa al de mechitas rubias. Un estilo de pelo que le quedaba muy bien, o al menos eso estaba pensando Cristian.

 

— Me imagino, me imagino.

 

— Eh…— Cristian tragó saliva, meciendo a su hijo entre brazos en señal de estar ansioso.— ¿S-sí se portó bien? ¿Comió todo? Nada de problemas a la hora del baño, ¿No?

 

Lisandro quedó completamente enternecido con la preocupación del joven padre. Hasta ese momento, había estado sonriéndole a las mamás apenas por cordialidad, algo que entrenó muy bien con el trabajo. Pero ahí, con Cristian haciéndole esas preguntas rápidas, nervioso, sacudiendo a su hijo que se escondía en su pecho, su sonrisa era genuina, adornándose con líneas de expresión por primera vez en toda la mañana.

 

— Todo bien, señor. Valen es un nene muy educado y cuidadoso. Bueno, capaz a la hora de salir al patio, mmm…— Soltó una risita otra vez, haciendo un gesto de más o menos con las manos. Con cada una de esas, Cristian sentía su corazón acelerarse. — Pero no pasa nada, es muy normal. Otros se la pasaron llorando toda la mañana, imagínese.

 

— Eh… Bien…— Asintió el morocho, buscando palabras para no dejar morir esa pequeña charla. La voz de Lisandro era muy relajante y atractiva, podía entender por qué consiguió ese trabajo.— Bueno, me alegro. Estuvimos un poco bajón esta mañana, por eso le… Le preguntaba a usted.

 

— ¿Ah, sí? Aw, Valen.— Lisandro se inclinó y le hizo un pucherito al niño, que escondió su cara, apenado, en el cuello de su papá.— Mañana espero que vengas, eh. Mirá que todavía no traje todos los juguetes.

 

Lo bonito que se veía haciendo puchero era increíble. Cristian se lastimó la mejilla interna de tanto morderse.

 

— ¿Juguetes? ¿Qué juguetes?

 

— Uy, no sé, mañana vamos a saber. ¿Venís?— El maestro sonrió, orgulloso de siempre cumplir su objetivo con esa pequeña e inocente manipulación.

 

— ¡Si, sí! Papi me trae. Sí vengo.

 

— Obvio que te traigo, amor. Es lo que tengo que hacer.— Pensó Cristian en voz alta y Lisandro emitió una risita de nuevo. Se iba a morir.

 

— Los veo mañana, ¿Eh? Yo ya me tengo que retirar, señor Romero. Que almuercen rico.— Estiró su mano para despedirse, observando cada centímetro del rostro del morocho. No sabía por qué, pero Lisandro quería recordar su cara. Su muy atractiva y masculina cara.

 

— D-decime Cristian, ¿Sí? Cristian.— Una amplia sonrisa se dibujó en su cara, ignorando el hecho de que podía sentir esos ojos claros analizándolo por completo. Seguro estaba re colorado.— Hasta mañana, Lisandro.

 

Chau, profe Licha.— Valen no se olvidó de saludar, bostezando ampliamente al hacerlo. Ambos adultos se rieron, Lisandro saludándolo con la mano.

 

Apoyado en la reja del jardín, observó cómo padre e hijo cruzaban la calle para encontrarse en la vereda del frente con otro de los papás; el rubio hermoso del que Valentina le había contado a media mañana. No le importaba ese, porque ya estaba con toda su atención puesta en el morocho alto, esperando a tener más charlitas con él, a conocerlo un poco más. Seguro se comía una puteada de Taglia, pero no pasaba nada. La intuición de Lisandro decía que algo tenía él.

 

— Vos pura risita con Lisandro, eh.— Giovani no perdió la chance de descansar a Cristian una vez estuvieron los cuatro juntos.— Nos morimos de hambre, Cuti.

 

— No seas boludo.— El efecto de esa charla seguía intacto en su rostro: una sonrisa que le hacía doler los cachetes.

 

Tal vez su amigo tenía razón. Tal vez no era tan malo comenzar el jardín.

 

 

Notes:

Hola!! Se me ocurrió esta pequeña idea gracias a un tweet de @romertinez. Como dice el summary, tengo planeadas pequeñas historias sueltas sobre estos dos y cómo irán desarrollando su relación. Se vienen cositas (fluff). Muchas gracias por leerme, pronto tendrán la siguiente historia. 🫶🏻

Mi twitter: @nicoaboutodie