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Chapter 2: La boda de un príncipe

Notes:

Como en el capítulo anterior, os comento el tema de personajes. Los personajes canon que aparecen son los creados por J.R.R Tolkien y no me pertenecen en absoluto; los semicanon (esos que Tolkien no dijo que existían, pero que tienen que estar ahí por fuerza, o que sí dijo que existían, pero no tienen nombre en el legendarium) y los OCs (que me saco de la manga porque yaaasss) sí son de creación propia. En este capítulo intervienen:

-Aglahad de Dol Amroth [canon]
-Angelimir de Dol Amroth [canon]
-Fornamir de Dol Amroth [OC, segundo hijo de Aglahad]
-Adrahil de Dol Amroth [canon]
-Ivorgil de Arnach [OC, Señor de Lossarnach]
-Híriel de Arnach [OC... o semicanon, según como se mire]
-Ivoriel de Arnach [OC, hermana menor de Ivorgil e Híriel]
-Ariniel de Amroth [semicanon, esposa de Angelimir y madre de Aglahad]
Gilmith de Anórien [OC]

Chapter Text

DOL AMROTH, AÑO 2920 DE LA TERCERA EDAD DEL SOL

 

Angelimir de Dol Amroth entró en silencio a los aposentos de su hermano; esperaba que el joven se encontrase allí, terminando de adecentarse para el gran día que le esperaba.

Aquel día, el sol brillaba con fuerza sobre la Bahía del Príncipe, y arrancaba destellos de oro a la inmensa masa de agua gris perla que bañaba las costas de Anfalas y Belfalas hasta tan lejos como la vista podía alcanzar. Las calles de Dol Amroth hervían con el bullicio de las decenas y decenas de almas que se habían reunido allí para contemplar, una vez más, la unión entre dos casas nobles de Gondor. Había puestos de comida en las calles, y bailes y música en cada placita, y los pétalos claros de las rosas adornaban el blanco pavimento de las avenidas. Había estandartes en los balcones, y guirnaldas de flores y tela que unían las casas por encima de las cabezas de los transeúntes, y el olor de los perfumes y de las chucherías que vendían los mercaderes llenaba el ambiente y se mezclaba con el aroma del mar.

Pero todo ese jolgorio del exterior apenas era un cálido murmullo en las estancias del palacio. Angelimir carraspeó para hacerse notar y corrió las cortinas que cerraban el vestidor de su hermano; repartidas por toda la estancia, en el suelo y sobre sillas y tocadores, había varias cajas de madera clara con, presumiblemente, parte del armario de su futura cuñada.

Y allí estaba él, de pie ante el espejo de cuerpo entero que había entre dos cómodas. Ambos compartían los mismos cabellos oscuros, ligeramente tostados por el sol, y los mismos ojos, grises como el mar junto al que se habían criado. La tez de los hijos del Príncipe Aglahad de Dol Amroth era clara, pero el sol, la sal y el viento la habían oscurecido y, si bien parecía suave a simple vista, estaba curtida como el cuero.

-Fornamir –lo llamó, al ver que no había advertido su presencia-. Deberíamos bajar ya a los jardines.

Fornamir alzó la vista de los lazos a medio hacer de las mangas de su camisa para mirar a su hermano mayor. Una sonrisa nerviosa curvó sus labios e hizo chispear sus ojos. Con gesto impaciente, se retiró la capa azul del hombro derecho, y se ajustó por enésima vez el cinturón del que pendía una espada de ceremonias.

-¿Estás… seguro de que debo bajar? –preguntó, con cierta timidez. El joven, incapaz de terminar de anudarse las mangas, entrelazó las manos para controlar el temblor de sus dedos.

Angelimir evitó poner los ojos en blanco y avanzó a grandes zancadas hacia él, para ayudarle con los últimos retoques a su traje.

-No me lo digas: estás pensando que todo esto no ha sido más que un gran error. Que el día ha llegado demasiado pronto –comentó, ajustando el puño de la camisa. Fornamir vestía con los colores de Dol Amroth: una túnica azul oscuro de la que sólo se adivinaban los puños y el cuello, profusamente bordados; unos estrechos pantalones blancos con dos líneas azules a lo largo de las costuras laterales; botas a juego, relucientes tras haber sido pulidas durante horas, y una túnica blanca cuyos bajos, cuello y puños habían sido decorados con pasamanería azul claro. Sobre sus ropas, el joven lucía una capa azul como el mar, que caía sobre su hombro izquierdo.

Fornamir alzó la vista y, con las mejillas encarnadas, intentó negar con la cabeza. Claro que quería bajar. Estaba convencido de que ese repentino ataque de pánico eran tan sólo los nervios del momento, y que sería estúpido echarse atrás a aquellas alturas. Hacía más de un año que él y su prometida habían acordado que aquel sería el día en que unirían sus vidas. Sin embargo, resolvió callar mientras Angelimir revisaba su vestuario.

El mayor de los dos hermanos se había dado a sí mismo el papel de maestro de ceremonias y, a lo largo de la mañana, había recorrido el palacio de Amroth mil y una veces en busca de algo que arreglar. Había recorrido las inmediaciones, se había asegurado de que las calles estaban limpias y de que no había tumultos en el puerto y tabernas adyacentes, había recibido a los últimos invitados en llegar y los había acompañado a sus asientos… El propio Príncipe Aglahad lo había hecho llamar hacía menos de una hora para ordenarle que descansase un poco. Y Angelimir, testarudo y perfeccionista como él solo, había ignorado su consejo.

El heredero de Aglahad asintió cuando consideró que el atuendo de Fornamir estaba perfecto. Le dio una palmada alentadora en el hombro y dio un paso atrás.

-Perfecto –dictaminó-. Será mejor que te lleve con padre; debe estar esperándote ya.

Fornamir le dirigió una mirada de agradecimiento y, con cuidado, por si eso estropeaba el trabajo de su hermano, se alisó la túnica con las manos.

-Estoy listo. Creo.

-Claro que lo estás, hermano menor –con la mente puesta ya en su siguiente deber, Angelimir cruzó la estancia y comenzó a abrir la puerta-. ¡Ah! ¡Casi lo olvido!

Fornamir le dirigió una mirada curiosa mientras observaba cómo su hermano se palpaba las ropas, buscando algo en sus bolsillos. Segundos después, vio cómo extraía un pequeño paquete de entre los pliegues de su capa blanca.

-En unos años, agradecerás esto –le dijo, poniéndoselo en las manos.

Fornamir lo cogió y le dio un par de vueltas antes de decidirse a abrirlo.

-¿Qué es? –preguntó, deshaciendo el lazo de raso marrón-. Espero que no sea nada para… ¿cuentos infantiles?

El joven casi rompió a reír. Todavía no estaba casado y ya le habían recordado que tendría que tener descendencia.

-¿Acaso vas a dejar que Adrahil juegue solo durante toda su infancia?



 

El ala del palacio de Amroth que había sido destinada a los invitados a la ceremonia sufría un ajetreo similar al que se vivía en las dependencias privadas de la familia del Príncipe. Aquí y allá se oían risas y conversaciones, exclamaciones apresuradas, el frufrú de las amplias faldas de las señoras al rozar con los muebles en sus intranquilos paseos y el tintineo de las bandejas que el servicio traía y llevaba de un lado para otro. Pero poco a poco, todo aquel ruido comenzó a disminuir hasta cesar por completo, cuando los convidados comenzaron a abandonar sus estancias para dirigirse a los jardines.

Sin embargo, el caos continuaba reinando en los aposentos de Híriel de Arnach. Todo un ejército de doncellas la había despertado al alba, dispuestas a hacer que aquel día la belleza de la muchacha destacase como una rosa abierta en medio de un mar de espinos; y pese a que el mediodía se hallaba ya en el horizonte, todavía no le habían dado tregua. La habían bañado en una tina llena de agua caliente, jabón y espuma, y después, mientras le desenredaban los largos cabellos oscuros, la habían cubierto con un suave lienzo perfumado.

Híriel protestó cuando se empeñaron en vestirla; sabía muy bien cómo hacerlo ella misma. Resopló, disgustada, cuando una doncella le pasó una suave túnica de lino por la cabeza, y frunció los labios cuando una segunda comenzó a ajustarle un rígido corpiño, y cuando una tercera se empeñó en hacerle levantar un pie para calzarle unos escarpines que, a su juicio, tenían toda la pinta de ser la cosa más incómoda sobre la faz de Arda. La joven lanzó una mirada suplicante a Ariniel, la esposa de Angelimir de Amroth, en busca de auxilio.

Ariniel reprimió una sonrisita de diversión y se giró hacia la jovencita que había entrado a la estancia hacía un rato y que apenas se había separado de la novia. Sus largos cabellos cobrizos habían sido recogidos en una larga trenza adornada con una cinta de perlas, y un fino aro de plata le ceñía la frente; sus ojos grises eran extraordinariamente parecidos a los de Híriel, pero en ellos brillaba todavía esa ingenuidad infantil que sólo desaparece con los últimos años de la adolescencia. La muchacha vestía un elegante vestido azul pálido, bellamente bordado con hilo de oro, y una cinta de raso plateado ceñía su talle con el escudo de Lossarnach a modo de broche.

-Ivoriel, querida, ¿os importaría venir a ayudarme? -la llamó Ariniel-. Y... ¿podréis traer el velo de vuestra hermana? Creo que lo dejé sobre la mesita de la antecámara...

Ivoriel asintió tímidamente y corrió con rápidos pasitos hacia la antecámara. Híriel alzó una ceja al ver que los escarpines de su hermana menor se habían quedado bajo la butaca en la que había estado sentada momentos antes. Hacía poco más de una semana que habían llegado a Dol Amroth acompañadas por Ivorgil, el mayor de los tres hermanos, pero la muchacha todavía no se había acostumbrado al lugar y a sus gentes, y ello hacía que fuese más tímida que de costumbre. Además, odiaba no calzar los cómodos botines de piel que empleaba para pasear por los floridos valles de Arnach.

Para cuando la muchacha regresó, Ariniel había comenzado a ordenar todo lo que había extendido sobre el tocador: frasquitos con perfumes, peines de nácar, agujas para el pelo de plata y perlas... Dejó todo bien colocado en una esquina del tablero y abrió con cuidado la caja forrada con terciopelo oscuro que contenía las joyas que Hiriel luciría aquel día. La delicada tiara de varillas de plata trenzadas le era familiar, pues era una joya que pertenecía a la familia del Príncipe: ella misma la había lucido en su boda con Angelimir, y la esposa de Aglahad lo había hecho antes que ella.

-Es tan bella que parece obra de los Elfos -dijo tímidamente Ivoriel, dejando con cuidado el velo sobre la superficie de madera-. ¿Es muy antigua?

-Lo cierto es que no lo sé -la dama se encogió de hombros-. Pero debe tener varios cientos de años.

-Fornamir dice que es una reliquia de los primeros tiempos de esta Casa -se oyó la voz de Hiriel, ahogada porque una doncella acaba de tirar con demasiada fuerza de uno de los cordones del corpiño. Hizo una mueca de disgusto-. ¿Queda mucho?

Ariniel e Ivoriel se giraron para evaluar el estado de la novia. La doncella acababa de terminar de ajustarle el corpiño, y entre ella y otra más, portaban la larga túnica color crema que debía ponerse Híriel. Una tercera, arrodillada a los pies del manequí metálico sobre el que habían colocado las prendas, alisaba la cola de la sobrevesta con una plancha de hierro y madera. La tela era de color oro pálido, con diminutos bordados de plata en el pecho, las largas mangas y la parte baja de la amplia falda, que se abría en los laterales para mostrar la túnica inferior.

-No demasiado -dijo Ivoriel, arrugando ligeramente la nariz. Opinaba que, con tanta tela encima, su hermana mayor parecía que había sido envuelta en una pesada cortina, aunque debía reconocer que el vestido era precioso.-. Sólo te quedan dos capas de ropa.

Nana! –una voz infantil hizo que Ariniel y la muchacha se girasen hacia la puerta. Híriel lo intentó, pero en aquel instante, le pasaron una pesada túnica por la cabeza y se encontró manoteando con los brazos hacia arriba para poderlos sacar por las mangas-. Dice ada que ya está todo listo. Y que cuando bajáis y… ¡oh! ¡La tía Híriel no tiene cabeza, nana!

El comentario de la criatura hizo sonreír a Ariniel, y provocó unas risitas entre las doncellas y la hermana de la novia. El pequeño se adentró en la estancia con pasitos nerviosos, retirando cada poco la pesada capa beige que le habían puesto; era más que evidente que aquel traje de gala le resultaba incómodo, porque no paraba de tironear del cuello repleto de encajes de su camisita, ni de estirarse su diminuta túnica azul.

-Adrahil, será mejor que vuelvas con ada –dijo Ariniel, agachándose al lado del pequeño para peinarlo con los dedos-. ¿Te han dicho ya las señoras lo guapo que estás hoy?

-Ocho veces, nana. No me gusta –dijo Adrahil, haciendo una mueca de disgusto-. Me estiran de los mofletes y me revuelven el pelo igual que al perrito del abuelo Aglahad.

Por fin liberada de la cárcel de tela, y con el largo vestido color crema ceñido ya a su cuerpo, Híriel soltó una pequeña carcajada. Adrahil esbozó una sonrisa alegre y la saludó alzando una mano.

-Antes no tenías cabeza -la informó, como si pensase que por el hecho de haber estado oculta entre los pliegues del vestido no había estado presente allí-. Pero ahora ya tienes, y estás muy guapa. ¿Cómo la has recuperado?

La carita de Adrahil mostró una expresión de extrema curiosidad, que hizo que Híriel mostrase una leve sonrisa. Estaba a punto de responder cuando Ariniel se dirigió al pequeño.

-Dame la mano, Adrahil. Vamos a ir a buscar a ada -dijo, ofreciéndole una mano a su hijo. Adrahil cerró su manita en torno a dos dedos de Ariniel y, despidiéndose con la otra de Híriel e Ivoriel, salió medio saltando de la estancia.

-Algún día me casaré con ella –aseguró unos metros más adelante, con toda la seriedad que puede expresar un niño de tres años.

-No digas tonterías, Adrahil –a Ariniel le costó contener la risa-. Va a ser la mujer del tío Fornamir.

-Pues entonces con Ivoriel. También es muy guapa.

Ariniel se agachó para tomar al niño en brazos y poder avanzar más rápido pasillo abajo, pues el tiempo comenzaba a apremiar. Reprimió una última sonrisa ante el comentario de Adrahil, pero lo cierto es que las dos muchachas de Arnach estaban bellísimas aquel día.



 

 

Las campanas de palacio resonaron por la ciudad de Dol Amroth cuando el Sol alcanzó el punto más alto en el cielo. Hacía ya un buen rato que Ivoriel y Ariniel habían colocado el largo velo de gasa transparente y la tiara sobre los cabellos oscuros de la novia y, para evitar que se pusiese más nerviosa todavía, habían echado a las doncellas de la estancia, encomendándoles la tarea de llevar los objetos personales de Híriel a los nuevos aposentos que compartiría con su esposo.

Se encontraban arreglando la larga cola del vestido cuando los apresurados pasos de Ivorgil resonaron por el pasillo. Sería él el encargado de llevar a su hermana ante el hijo del Príncipe, puesto que los padres de ambos habían muerto años atrás. Cuando la puerta se abrió, Ivoriel esbozó una cálida sonrisa y se separó un poco de su hermana; sin embargo, bajó la cabeza y enrojeció levemente al ver que otro caballero acompañaba a su hermano.

-Hermana -declaró, con una media sonrisa-, estás bellísima. Si no fuese por los lazos de familia que nos unen, yo mismo te desposaría.

Ariniel soltó una breve carcajada, mientras que la novia esbozó una sonrisa nerviosa; Híriel retorció entre sus dedos la gasa azul que envolvía los tallos del pequeño ramillete de rosas blancas que le habían dado, sin saber muy bien cómo responder a eso.

-¿Está todo listo? -dijo en su lugar, intentando mostrar una calma que realmente no sentía. Alzó una ceja con curiosidad al ver al acompañante de su hermano, pero una pequeña sonrisa se instaló en sus labios al reconocerlo-. ¡Señor Gilmith! ¿Qué mentira os ha contado mi hermano para haceros viajar tan lejos de vuestro querido Anórien?

Gilmith se adelantó unos pasos e hizo una pequeña reverencia ante la novia. Era al menos una década mayor que ella, aunque los años habían tratado su rostro con gentileza y las canas no habían comenzado a aclarar sus oscuros cabellos. Al contrario que los ropajes de suaves colores y de corte sencillo que vestían los hermanos de Arnach, el de Anórien vestía una elaborada túnica de tonos anaranjados, ceñida a la cintura por un delgado cinto dorado.

-Me prometió que las vistas serían incluso más hermosas que las del norte -dijo, tras volver a alzarse-. Pero, ¿acaso pensáis que podría perderme vuestro enlace con el señor Fornamir? ¡Por nada del mundo!

Híriel esbozó una pequeña sonrisa antes de ofrecerle una mano para que depositase un beso en su dorso. Miró de soslayo a su hermana, que miraba con extrema atención los motivos florales que adornaban la alfombra y, tras intercambiar una pícara mirada con Ivorgil, se giró hacia Ariniel.

-El señor Gilmith es un viejo amigo de la familia -le explicó a la esposa de Angelimir-. Aunque su casa proviene de las estribaciones occidentales del Lebennin, su abuelo decidió asentarse en Anórien, y se han convertido en una de las familias más importantes en la capital.

Ariniel realizó una breve reverencia ante el noble del norte y, tal y como había hecho Híriel, le tendió una mano.

-Un placer, señor Gilmith -dijo, tras volver a enderezarse-. Soy Ariniel, la esposa del Príncipe Angelimir.

Gilmith saludó a la mujer, y se giró levemente hacia la menor de las dos hermanas. Esbozó una sonrisa de educada disculpa al sortear a Hiriel y a Ariniel y, tras lanzar una breve mirada a Ivorgil, tendió una mano hacia Ivoriel.

-Vaya, dulce Ivoriel; cada vez que os veo resulta que estáis más bella que la vez anterior -dijo, provocando una mirada y una sonrisa de complicidad entre los dos hermanos mayores de la muchacha-. ¿Cuánto hace de la última vez que os vi? ¿Un año, dos...?

-Sólo cuatro meses, Gilmith -murmuró Ivoriel, enrojeciendo hasta la raíz de sus cabellos. Tímidamente, le ofreció su mano, y se esforzó en que su tono de voz sonase resuelto-. ¿Seréis vos quien me acompañe a los jardines?

-Por supuesto. Y, por cierto, creo que deberíamos ponernos en movimiento -comentó, mirando a los presentes antes de ofrecerle el brazo a la jovencita-. El señor Fornamir debe estar más que impaciente.

 


 

Y así era. La antigua costumbre que habían tomado de los Elfos de celebrar la unión al final del banquete estaba haciendo hervir los nervios del pobre Fornamir. Junto a Híriel, presidía una larga mesa que habían dispuesto sobre una pequeña tarima de madera blanca, pero apenas sí podía prestar atención a lo que tenía en el plato. Cada poco miraba de reojo a Híriel quien, por el contrario, había comenzado a conversar animadamente con Angelimir, sentado a su derecha. A su derecha se hallaba sentado su propio padre, seguido por la menor de los tres hermanos que habían venido de Arnach, y hacia ellos se giró Fornamir, tras intentar, sin demasiado éxito, tomar algo de pavo asado de su plato.

-¿Hasta cuando nos brindaréis vuestra presencia, dulce Ivoriel? -preguntó educadamente, con una calma que ni de lejos sentía-. Creo que hablo en nombre de toda la familia si digo que animáis los días aquí, en el sur.

Aglahad se retiró ligeramente de su plato, para permitir la conversación entre los dos jóvenes, y esbozó una sonrisa bonachona cuando el pequeño Adrahil corrió a tirarle de la manga de la túnica para que lo tomase en brazos.

-Es que nana quiere que coma pescado -se excusó el pequeño, arrellanándose sobre las rodillas del Príncipe-. Abuelo, ¿nos llevarás a pescar a Ivoriel y a mí? ¿A que sí?

-Claro que sí, Adrahil. Pero sólo si prometes que hoy terminarás de comer sin rechistar, ¿entendido?

El niño hinchó los mofletes, y tanto Fornamir como Ivoriel rompieron a reír. Mientras Aglahad le explicaba a Adrahil que comer todo lo que había en el plato era algo que sólo hacían los niños mayores como él y los, como él los llamaba, “aprendices de príncipe”, el claro sonido de una campana de plata llamó la atención de todos los presentes a la tarima.

Angelimir de Amroth se puso en pie y dejó sobre el mantel la pequeña campana; paseó la mirada por los presentes y, con una leve sonrisa, señaló con un ligero gesto la cabecera de la mesa. Híriel se las apañó para esbozar una brillante sonrisa, y Fornamir, como pudo, compuso una mueca que quería ser algo parecido a la expresión de ella. Ninguno de los dos fue consciente de que Ivoriel y el Príncipe Aglahad los guiaron a la parte delantera de la tarima, frente a una pequeña mesa cubierta por un lienzo blanco con el escudo de armas de Amroth bordado en él. Fornamir se encontró sosteniendo las manos de Híriel entre las suyas y, aunque fue consciente de que apenas fueron unos segundos, le pareció que pasó horas buceando en la mirada gris de ella.

-Gentes de Dol Amroth, amigos venidos de tierras lejanas -clamó Angelimir con voz clara. Todo el bullicio que había habido en los jardines hasta aquel momento cesó de golpe, y cientos de caras se giraron para contemplar a las cinco figuras que se hallaban en pie ante todos ellos-. Os hemos reunido hoy aquí para contemplar la unión de Fornamir de Amroth e Híriel de Arnach.

Un estruendoso aplauso surgió de la multitud. Y fue entonces cuando Fornamir por fin consiguió controlar sus nervios, y la primera sonrisa sincera escapó de sus labios; acarició con los pulgares el dorso de las manos de Híriel, quien enrojeciendo, bajó levemente la vista. Pronto el menor de los hijos del Príncipe Aglahad se encontró extrayendo de los dedos de la joven un delicado aro de plata, y extendió después sus manos para que ella hiciese lo mismo. La plata de esos anillos sería fundida, como símbolo del compromiso que ambos habían contraído hacía poco más de un año, y nunca volvería a emplearse para fabricar otras sortijas. La pareja, de hecho, ya había pensado en que querían ver transformados aquellos finos anillos.

Híriel, con los dedos temblorosos por la emoción, fue la primera en colocar un nuevo aro, esta vez de oro, en el dedo índice de la mano derecha de Fornamir. Y cuando él hubo hecho lo propio, Aglahad e Ivoriel unieron las manos de ambos, y tocaron levemente sus frentes con las yemas de los dedos.

-Que Varda, Señora de todas las estrellas del firmamento, sea testigo de esta unión -comenzó Ivoriel, con voz clara y fuerte-. Que su largo oído nos escuche hoy, y que de su bendición.

-Que Manwë, Señor de todos los vientos, sea testigo de esta unión -completó Aglahad, tocando levemente la coronilla de ambos jóvenes-. Que su larga mirada nos vea hoy, y que de su bendición.

El Príncipe de Dol Amroth fue el primero en romper a aplaudir. De nuevo, los gritos alborozados y el jolgorio volvieron a reinar en los jardines, y el pequeño Adrahil corrió hacia los esposos tras escaparse de los brazos de su madre; pronto le tiró del bajo de la túnica a Fornamir, reclamando su atención.

-¡Tío Fornamir! -lo llamó, tironeando de la tela con más fuerza. Pero en aquellos momentos Fornamir se hallaba ocupado besando a Híriel, y fue Angelimir quien alzó al infante en brazos.

-Deja a tu tío un rato; hoy es su día -le recomendó, encaramándolo a sus hombros. El heredero de Aglahad buscó a su esposa con la mirada, y la halló unos metros más allá, conversando con Ivorgil y aquel amigo suyo, señor de Anórien-. Ven, vamos con nana.

 


 

La tarde en los jardines del palacio de Dol Amroth fue una de las más placenteras que el Príncipe recordaba. A pesar del gran número de invitados, no hubo demasiados incidentes entre ellos y la bebida, que no corría escasamente. La formal ceremonia dio paso a los postres, y con ellos llegaron trovadores y juglares venidos desde tierras lejanas. Y con ellos, entre bailes, leyendas, canciones y romances, llegó la noche.

El joven Fornamir había sacado a bailar a su esposa, pero el resto de miembros de la familia y amigos cercanos la habían alejado de sus pasos hacía al menos tres piezas. En aquellos momentos, tras terminar de bailar una canción típica de Arnach con Ivoriel, regresaban ambos a la zona de la tarima, donde todavía estaban las mesas y las sillas del banquete para permitir a los danzantes unos momentos de descanso.

-Espero que la fiesta esté resultando de vuestro agrado -comentó, acercándole una copa de vino a la jovencita-. Y que en vuestra estancia en el sur no estéis añorando en exceso vuestro hogar.

-Arnach es difícil de olvidar -repuso Ivoriel con una sonrisa, dejándose caer en una silla. Con poco disimulo, se deshizo de sus escarpines con un par de puntapiés y, ante la ceja alzada de Fornamir, los ocultó bajo su falda-. Haced como si no hubieseis visto nada, cuñado. Aunque debo avisaros de que vuestra esposa y yo compartimos esta peculiar costumbre.

El hombre se echó a reír y se giró para buscar a Híriel con la mirada; se hallaba bailando con Angelimir casi en el otro extremo de la plaza. Sin embargo, al mirar al asiento que había ocupado la joven durante el banquete, descubrió dos pequeños escarpines de color crema volcados sobre la alfombra.

-Tampoco soporta estar calzada por demasiado tiempo, ¿no es así? -dijo, moviendo la cabeza con un gesto entre divertido y reprobatorio.

-No si el calzado es incómodo -Ivoriel agitó sus pies descalzos en el aire; al estar sentada en aquella silla tan alta, no le llegaban bien al suelo, y tenía que apoyarlos en unos de los travesaños que unían las patas a diferentes alturas-. Ambas estamos acostumbradas a pasear por los valles y la montaña, y no es algo que pueda hacerse calzado con cualquier cosa.

-Entonces tendré que conseguirle unas buenas botas -zanjó, alzando su copa hacia la muchacha y apurando su contenido después-. Aunque es cierto que para pasear por nuestras playas es mejor hacerlo sin calzado alguno. ¿Habéis conseguido encontrar un rato para caminar por ellas, Ivoriel?

Ivoriel fue a responder, pero dos figuras se aproximaron a ellos. Las palabras se trabaron en su lengua al ver que el señor Gilmith le tendía una mano para invitarla a bailar; torpemente y con las mejillas encendidas, la muchacha se inclinó para recoger sus zapatos. Acertó a sonreír a su hermano, que tomó asiento junto a Fornamir, y alargó un brazo hacia la botella de vino para servirse un poco.

-¿Bailáis, dulce Ivoriel? -preguntó Gilmith, saludando con una breve inclinación de cabeza a Fornamir y a la chica-. Disculpad que la aleje de vuestra compañía, señor Fornamir.

-Disculpas aceptadas -sentenció el novio; cuando ambos se hubieron dado la vuelta, dirigió su mirada a Ivorgil, quien estaba todavía concentrado en escanciar vino en su copa.

El dúnadan le dirigió una media sonrisa cuando se percató de ello. Se demoró unos instantes más en rellenar la copa del hombre de Amroth, y cuando habló, lo hizo después de pasar unos segundos con expresión reflexiva.

-Gilmith me ha pedido hoy lo mismo que vos me pedisteis hace poco más de un año -dijo, chasqueando la lengua; Fornamir no supo si era fastidio o diversión, pero la alegría brillaba en sus ojos-. Parece que los hombres de este país están empeñados en privarme de la presencia de mis hermanas.

Fornamir esbozó una sonrisa un tanto triste, y se acodó sobre la mesa. Lo cierto era que la ceremonia, la posterior fiesta y, por supuesto, los inmensos nervios con los que había lidiado desde las primeras horas del día, habían agotado al hijo de Aglahad. Aunque eso no evitaba que estuviese tremendamente feliz.

-Por mi parte, Híriel podrá visitaros en Arnach tantas veces como guste -declaró, alzando su copa para brindar con el Señor de Lossarnach-. Yo mismo la escoltaré hasta vuestras tierras, y permaneceré allí tanto como ella desee.

-Es un noble gesto por vuestra parte, Fornamir -la sonrisa de Ivorgil se hizo más amplia y, a pesar del bullicio que reinaba en los jardines, ambos oyeron perfectamente el claro tintineo de sus copas al chocarlas panza con panza-. Sé que seréis bueno con ella.

-Para eso están los esposos, ¿no es así? -dijo, ladeando levemente la cabeza y curvando los labios en una leve sonrisa. Fornamir terminó su vino de un sorbo, se puso en pie y tendió una mano a su cuñado-. Pero me temo que ahora tendréis que disculparme hasta mañana, al menos; el día de hoy ha sido agotador.

Ivorgil se puso en pie a su vez para estrechar la mano del joven de la Casa de Amroth, y le dedicó una leve reverencia después. Localizó rápidamente a su hermana en medio de la multitud, y su mirada parda brilló intensamente al contemplarla. Fornamir se agachó un segundo para recoger los olvidados escarpines de Híriel de debajo del asiento y, con una última inclinación de cabeza, se internó entre los danzantes.

-Cuídala -susurró cuando Fornamir, que había ido al encuentro de su esposa, ya no podía oírlo.-. Cuídala bien.