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Las luces fluorescentes de la oficia en la oficina de Lan Xichen parecía un zumbido en el silencio que rodeaba a Xichen mientras observaba los papeles del caso del Escultor. Para su mente llena de bruma parecía no tener sentido. Jiang Cheng lo haría mejor, pensó. No sabía desde cuando tenía esa clase de pensamientos tan negativos, o tal vez sí, pero darse cuenta de que no confiaba ni en sus propias habilidades ahora era abrumador.
Xichen acababa de firmar el último informe de una rutina que ya no le exigía pensar, solo mover las manos. Su mundo se había reducido a este cubículo, el trayecto a su apartamento y el cajón de la cocina.
El teléfono vibró. Era Wei Wuxian. Xichen miró la pantalla con una lejanía que se había vuelto habitual. Dudo antes de responder.
—¡Zewu-Jun! ¿Ya vas a salir? —la voz de Wei Wuxian era un chorro de energía que chocó con el muro de apatía de Xichen.
—En un momento, Wei Ying. ¿Ocurre algo?
—¡Claro que sí! Jiang Cheng, ese tacaño, por fin nos invita a cenar. A mí y a Lan Zhan. Dice que quiere celebrar algo del trabajo, no sé. ¡Pero tú tienes que venir! Será como antes, los cuatro. Bueno, sin el trabajo de por medio, pero ya sabes.
La mención del nombre hizo que el estómago de Xichen se encogiera. Jiang Cheng. Cena. Los cuatro. Una imagen instantánea y dolorosa: la mesa de la cocina de Jiang Cheng, iluminada y cálida, Lan Zhan serio, Wei Wuxian riendo, Jiang Cheng… Jiang Cheng probablemente relajado, diferente al hombre tenso que recordaba. Y él, Xichen, sentado allí como un fantasma incómodo, un recordatorio de un capítulo que todos, especialmente Jiang Cheng, querían cerrar.
—Wei Ying, lo agradezco, pero… no creo que sea buena idea —dijo Xichen, su voz cuidadosamente neutral—. Tengo mucho papeleo atrasado.
—¿Papeleo? Zewu-Jun, ¡eso suena a excusa de Jiang Cheng! —bromeó Wei Wuxian, pero su tono perdió un poco de fuerza—. En serio, te hará bien. Salir un poco. Él… preguntó por ti, ¿sabes?
Preguntó por mí. Las palabras le dieron un vuelco al corazón, pero no de esperanza, sino de un dolor agudo. ¿Preguntó por cortesía? ¿Por el peso residual de la culpa? No era la invitación directa, cálida, que Xichen hubiera anhelado en otro tiempo. Era una obligación social, extendida a través de Wei Wuxian.
—Dile… dile que le agradezco la invitación —respondió Xichen, sintiendo cómo cada palabra era una losa—. Pero de verdad tengo trabajo. Disfruten la cena.
—Xichen…
—Wei Ying, por favor —la voz de Xichen fue un susurro firme, la única muestra de la tensión que lo recorría—. Otro día.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Wei Wuxian no era tonto. Podía sentir la tormenta bajo la calma de Xichen, pero saber su origen era tan incierto y preocupante que un nudo de incertidumbre le subió al estómago.
—Está bien —cedió al fin, su voz inusualmente suave—. Pero hablamos pronto, ¿eh? Lan Zhan también se preocupará.
—Claro. Hablamos pronto.
Colgó. El silencio de la oficina regresó, pero ahora estaba cargado. Xichen dejó el teléfono boca abajo y se reclinó en su silla, mirando el techo. Podía imaginarlo: el aroma de la comida que Jiang Cheng cocinaría con esa concentración brusca pero efectiva, el sonido de la vajilla, la conversación fácil entre los tres. Un triángulo perfecto del que él era el vértice sobrante, el que desequilibraba la figura.
No sentía celos. Sentía… alivio. Alivio de no tener que poner a prueba su máscara de normalidad frente a Jiang Cheng. Alivio de no tener que ver de cerca la felicidad que había florecido en su ausencia. Alivio de no correr el riesgo de que, en un descuido, su mirada traicionara el oscuro consuelo que ahora encontraba en saber que una salida definitiva estaba a solo un cajón de distancia.
Recogió sus cosas lentamente. No tenía prisa por llegar a su apartamento vacío, pero prefería mil veces esa soledad conocida que la agonía de una simulación social. De fingir que estaba bien. De fingir que ver a Jiang Cheng no le desgarraba el alma con la fuerza tranquila de una marea.
Salió del edificio. La noche era fresca. En algún lugar de la ciudad, en una cocina que olía a hogar, Jiang Cheng estaría entre risas y compañía.
____
El plan de la cena casera se había evaporado al encontrarse con la pandilla ruidosa de Jin Ling llenando la sala. Jiang Cheng, olvidando que su sobrino tenía sus “martes de chicos” había llegado con una intención clara de relajación y conversaciones vacías para llenar el espacio en blanco que tenía en su pecho desde hacía ya un tiempo, sin embargo, tuvo que cambiar de planes y entre irritado y resignado, había propuesto lo obvio: "Vamos al bar". Un espacio neutral, sin recuerdos domésticos que evitar.
El "Nie" era su lugar habitual: lo suficientemente ruidoso como para no tener que hablar de nada profundo, lo suficientemente familiar como para no sentirse fuera de lugar. Wei Wuxian ya estaba en su tercer trago, bromeando con el cantinero. Lan Zhan, a su lado, observaba el ambiente con su serenidad habitual, un faro de calma en el bullicio. Jiang Cheng, con un vaso de whisky en la mano, miraba distraídamente la botella detrás de la barra, su mente en otra parte, en una invitación rechazada y en el silencio cargado de la llamada de Wei Wuxian.
—Jiang Cheng, ¿vas a mirar esa botella toda la noche o vas a beberla? —bromeó Wei Wuxian, dándole un codazo.
—Cállate y toma tu azúcar con alcohol —refunfuñó Jiang Cheng, pero sin verdadera fuerza.
Fue en ese momento que una voz, suave y educada, se coló entre el ruido.
—Jiang Cheng. Qué coincidencia.
Jiang Cheng giró en su taburete. A su lado, con una sonrisa amable y una copa de vino tinto en la mano, estaba Zhou Wei. Vestía un traje caro pero discreto, y tenía ese aire de confianza tranquila de un hombre que está cómodo en cualquier entorno.
—Zhou Wei —Jiang Cheng asintió con la cabeza, un gesto de reconocimiento. No sonrió, pero su postura se relajó un poco. Zhou Wei era un conocido reciente, un buen escucha para las noches en las que Jiang Cheng quería desahogarse sin poner expectativas o pesos de su trabajo en medio de las frases sociales. Era agradable, directo, y no venía cargado con el equipaje del pasado. —No sabía que venías por aquí.
—Reunión de negocios que terminó temprano —explicó Zhou Wei con un gesto despreocupado—. Este lugar tiene buen whisky. —Su mirada se desvió hacia Wei Wuxian y Lan Zhan, quienes lo observaban—. No quiero interrumpir tu velada con amigos.
—No interrumpes —dijo Jiang Cheng, aunque era una media verdad. Hizo las presentaciones breves: "Wei Wuxian, Lan Zhan. Un conocido, Zhou Wei."
Wei Wuxian lanzó su sonrisa más radiante. —¡Encantado! Siempre es bueno conocer amigos de Jiang Cheng. —Pero sus ojos, normalmente llenos de chispa traviesa, se habían vuelto agudos, escaneando a Zhou Wei con la velocidad de un procesador. Algo en la sonrisa demasiado perfecta del hombre, en la manera en que su mirada se posaba en Jiang Cheng con una intensidad que iba más allá de la cortesía, hizo que se le erizara el instinto.
Lan Zhan, por su parte, solo inclinó la cabeza levemente. Su expresión era impenetrable, pero Wei Wuxian notó el leve endurecimiento de su mandíbula. Lan Zhan también lo sentía. El aire alrededor de Zhou Wei no era malo, pero era... calculado. Demasiado pulido.
Zhou Wei, sin inmutarse, entabló una conversación fácil con Jiang Cheng, preguntando por su nuevo trabajo. Demasiado interesado, pensó Wei Wuxian, elogiando su dedicación. Muchos halagos. Jiang Cheng, que anhelaba una distracción de sus propios pensamientos y encontraba refrescante hablar con alguien que no lo trataba con delicadeza por el trabajo, respondía con más apertura de la habitual.
Wei Wuxian observaba, bebiendo su trago lentamente. Cada risa cortés de Jiang Cheng, cada gesto relajado hacia Zhou Wei, le encendía una alarma silenciosa pero estridente en la cabeza. No era celos. Era el instinto de un hombre que había olido el peligro en demasiadas formas. Zhou Wei era como un vidrio liso, sin grietas, y eso, en la experiencia de Wei Wuxian, era antinatural.
—Debe ser agotador, tu trabajo —decía Zhou Wei, su voz un hilo sedoso—. Tanta oscuridad. Necesitas buenas luces a tu alrededor para equilibrarlo.
La frase, inofensiva en superficie, hizo que Wei Wuxian pusiera los ojos en blanco internamente. Demasiado poético. Demasiado... dirigido.
—Se sobrevive —replicó Jiang Cheng con un encogimiento de hombros, pero Wei Wuxian notó que no rechazaba el comentario.
La velada continuó, con Zhou Wei insertándose en su grupo con una fluidez inquietante. Wei Wuxian fingió embriaguez y diversión, riendo más fuerte de lo necesario, lanzando preguntas aparentemente tontas a Zhou Wei que eran pequeñas sondas. El hombre las esquivaba con elegancia, siempre devolviendo la atención a Jiang Cheng.
Al final de la noche, cuando Zhou Wei se despidió con una inclinación de cabeza y una última sonrisa dirigida específicamente a Jiang Cheng, un "Nos vemos pronto, Jiang Cheng" que sonó con demasiada confianza, Wei Wuxian esperó a que se fuera para girarse hacia Jiang Cheng.
—¿De dónde sacaste a ese tipo? —preguntó, su tono juguetón, pero con esa agudeza de siempre.
—¿Zhou Wei? Es un empresario. Serio. No es mala compañía —dijo Jiang Cheng, defendiéndose sin saber por qué.
—Serio, sí —musitó Lan Zhan, su primera intervención directa sobre el tema. Su voz era baja, pero cargada de significado.
Wei Wixian intercambió una mirada con él. No necesitaban palabras. Ambos habían sentido lo mismo: la vibra siniestra, perfectamente escondida bajo una capa de charla y modales impecables. Y lo peor era que Jiang Cheng, demasiado vulnerable en su nueva soledad y quizás demasiado halagado por la atención sin complicaciones, parecía no verlo.
La puerta del bar se cerró tras ellos, aislando el bullicio ahumado y cálido. El aire nocturno era frío, un contraste brusco que despejó un poco los sentidos de Wei Wixian. Mientras Jiang Cheng se alejaba hacia el auto, refunfuñando por algo, y Lan Zhan caminaba a su lado en silencio, Wei Wuxian no pudo evitar una última mirada hacia atrás, a través del cristal empañado del local.
La mesa donde Zhou Wei había estado estaba vacía, sí. Pero en la penumbra del rincón, justo antes de que un camarero borrara la imagen al limpiar el vidrio, Wei Wuxian creyó distinguir un destello. No era el brillo cálido del alcohol o el metal de un cubierto. Era algo frío, deliberado, como el reflejo de una lente de cámara perfectamente orientada... o el filo de una hoja de afeitar bajo la tenue luz.
Se estremeció.
Estás paranoico, Wei Wuxian, se regañó mentalmente, frotándose los ojos. El caso del Escultor, las cartas de tarot, los cuerpos moldeados en posiciones grotescas... todo eso le había afinado los nervios hasta el límite. Ahora veía patrones siniestros en cada coincidencia, monstruos en cada sombra alargada. Zhou Wei era probablemente solo eso: un tipo un poco demasiado pulido, un trepa social que veía en Jiang Cheng una conexión útil. Nada más.
Pero entonces, otra voz, más profunda y antigua, surgió desde sus entrañas. La voz del instinto que una vez lo guió a través de los callejones más oscuros de Yiling. Esa voz no susurraba; afirmaba con una calma aterradora.
Un hombre sin grietas, Wei Ying, no es un hombre. Es una fachada. Y las fachadas solo se construyen para ocultar algo.
Lan Zhan, que siempre leía sus silencios mejor que nadie, puso una mano suave en su brazo. —Wei Ying.
—Lo sé, Lan Zhan —susurró Wei Wuxian, sin apartar la mirada del ahora vacío rincón del bar—. Probablemente sea nada. Pero... —Hizo una pausa, la imagen de la sonrisa impecable de Zhou Wei clavada en su mente—. ¿Has visto alguna vez un río tan tranquilo que ni una sola hoja flote en su superficie? Así es ese hombre. Demasiado quieto. Demasiado... perfecto.
Subieron al auto. Jiang Cheng arrancó el motor, todavía distraído. Pero Wei Wuxian ya no estaba pensando en la cena fallida o en el whisky. Su mente, ágil y obsesiva, había comenzado a tejer. Un empresario exitoso que frecuenta bares que no coinciden con su supuesto estatus. Un interés en Jiang Cheng que iba más allá de la cortesía profesional. Una ausencia total de... textura humana.
No tenía pruebas. Solo un mal presentimiento que le erizaba la nuca. Pero Wei Wuxian había aprendido, a un costo terrible, a confiar en esos presentimientos.
Mientras la ciudad pasaba rauda por la ventana, tomó una decisión silenciosa. Zhou Wei podía ser inocente. Podía ser exactamente lo que parecía. Pero Wei Wuxian no lo apostaría. No con Jiang Cheng en el centro, vulnerable y confiado. Investigaría. Discretamente. Porque a veces, las sombras más peligrosas no son las que se esconden, sino las que se sientan a tu mesa y brindan por tu salud con una sonrisa que no llega a los ojos.
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El teléfono vibró sobre la mesita de noche, proyectando un brillo azulado en la oscuridad de la habitación. Lan Xichen, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra el costado de la cama, ni siquiera había intentado dormir. Sólo existía, en ese limbo entre el agotamiento y la vigilia forzada.
Alzó la vista con la lentitud de un condenado. El nombre que brillaba le detuvo el aire en los pulmones, convirtiendo la respiración en un jadeo silencioso.
WANYIN.
No era una llamada. Era un mensaje. Un susurro digital, menos intrusivo, más seguro. Podía fingir que no lo había visto. Podía dejarlo ahí, brillando en la oscuridad hasta que la pantalla se apagara, como una brasa que se consume sola.
Pero era de él.
Con dedos que no sentía propios, entumecidos por el frío del suelo y algo más profundo, desbloqueó el dispositivo. La luz le hizo daño en los ojos, pero no apartó la mirada.
Xichen. ¿Todo bien por ahí? ¿Algún avance con el Escultor?
Las palabras, escuetas, profesionales, le escocieron en los ojos hasta hacerle lagrimear. ¿Todo bien? La pregunta resonó en el vacío de su pecho con el eco hueco de una burla. ¿Cómo podía estar bien? ¿Cómo podía Jiang Cheng, después de haber visto su felicidad nueva, brillante y ajena, después de haber construido un mundo donde Xichen era apenas un recuerdo incómodo, atreverse a preguntarle algo tan… mundano?
Y luego, la segunda parte. El ancla. La única cuerda que aún los unía, enredada y desgastada: el trabajo. El caso. El Escultor. El último territorio común donde podían encontrarse sin riesgo de que el suelo cediera bajo sus pies, sin que salieran a flote los cadáveres de todo lo no dicho, de todo lo destrozado.
Miró el teclado en la pantalla. La tentación fue un susurro venenoso. Podía escribir ‘Sí, bien’. Una mentira fácil. Podía ignorarlo, un acto de cobardía pasiva. Podía, en un arranque de desesperación que le quemó la garganta, soltar el torrente: ‘No. No estoy bien. Te vi reír y cada carcajada tuya me sentí como un cuchillo. Tengo una salida en un cajón de la cocina y pensar en ella es el único momento en que dejo de ahogarme.’
Pero no lo hizo.
Sus dedos se movieron, torpes y fríos. Escribió una respuesta que era solo un eco, un reflejo pálido de lo que había sido su vida durante años.
Sin avances significativos. Las pistas son circulares. Es meticuloso.
Envió.
La respuesta era un informe forense de su propia alma: técnica, clínica, estéril. No respondía a la pregunta personal. No dejaba resquicio. Era un muro de ladrillos de protocolo y distancia profesional. Lo único que podía ofrecer sin desmoronarse, sin exigir, sin convertirse, una vez más, en el lastre que Jiang Cheng había aprendido a dejar atrás.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la alfombra. La luz se extinguió, devolviéndolo a la oscuridad que, al menos, era honesta. Pero las palabras de Jiang Cheng se habían quedado flotando en el aire viciado de la habitación, mezclándose con el recuerdo imborrable de su risa en aquel vestíbulo iluminado, libre y ajeno.
¿Todo bien?
No. Nada estaba bien. Pero esa verdad ya no era un dato que le correspondiera compartir con Jiang Cheng. Su bienestar, o su hundimiento, habían dejado de ser asuntos de dos. Ahora eran un problema de logística privada, un asunto que resolver entre él y el silencio de su apartamento.
Y en ese silencio, que se hizo más profundo y pesado tras el clic fantasma del mensaje enviado, la certeza del cajón de la cocina adquirió una cualidad casi tangible. No era un pensamiento, era una presencia. La llave de metal frío que allí descansaba no era un objeto; era una promesa. La única respuesta verdadera, definitiva y completamente suya que le quedaba. Una respuesta que no requería explicaciones, que no exigía fuerzas, que no cargaba a nadie más. Sólo a él. Y en medio del naufragio de todo lo demás, esa certeza se erigió, perversa y sólida, como el único consuelo inquebrantable que le quedaba.
