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Language:
Español
Series:
Part 4 of Dónde Guardamos el Dolor (Y Otras Emergencias Logísticas)
Stats:
Published:
2025-08-20
Completed:
2025-08-20
Words:
30,838
Chapters:
2/2
Comments:
16
Kudos:
156
Bookmarks:
25
Hits:
1,436

Errores de cálculo del sistema: Edición Omegaverse (Airplane no se inscribió para esto)

Summary:

Shang Qinghua pensaba que esconder su identidad omega y sobrevivir en Cang Qiong hasta el día de la llegada del protagonista era el desafío más grande que tendría que enfrentar.

Entonces lo mandan a una misión que lo envía completamente al infierno. Regresa con un embarazo inesperado, traumas por doquier, emociones que se desbordan, un intento de suicidio y un ejército de hermanos marciales en su puerta demasiado estúpidos para su propio bien.

Al menos, su Villano Escoria no era uno de ellos.

¿Y si, además, resultaba ser excesivamente sobreprotector y sorprendentemente dulce con él en público? Bueno, Qinghua no iba a desperdiciar la oportunidad de recibir un poco de atención… aunque fuera a su manera.

Notes:

Este solo es una idea que me andaba rondando la cabeza durante mis clases de Estadística, y puede que me haya distraído o no escribiéndolo durante las clases.

No tiene mucho desarrollo ni esta maravillosamente escrito como mis otras historias a falta de planificación y tiempo, pero aquí se los traigo. Si desean usar la idea para algún fanfic más desarrollado o inspirado en, tienen mi permiso para hacerlo mientras me lo hagan saber para ir corriendo a leerlo. ¡Necesito más historias de estos dos!

El capítulo 1 básicamente es la trama como tal, y el capítulo 2 será básicamente Qinghua aceptando su lado Omega y Shen Qingqiu lidiando con las consecuencias de adquirir un compañero preñado.

Solo eso.

Angst con un final feliz.

Sí creen necesario algún tag que me haya saltado, por favor, hacédmelo saber. <3

PD: Decidí usar la terminología Omegaverse Típica en lugar de la China (ya saben: Kunze, Qianyuan y Zhongyong, etc...) porque de vez en cuando los enredo o se me olvidan. Así que vamos con lo más fácil para mi mente distraída.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Manual de supervivencia para un omega agotado

Chapter Text

Shang Qinghua recordaba con amargura su primera muerte. No tuvo nada de gloriosa ni de memorable. Con un poco de suerte —o de simple justicia, se dijo muchas veces— le habría correspondido un final común: Una enfermedad mortal, un accidente fortuito, cualquier desenlace que pudiera considerarse al menos digno.

Pero no. Lo suyo fue distinto.

Su muerte, en ausencia de un término más preciso, solo podía describirse como barata. Construida de hambre y de frío, terminada en un apartamento donde las cucarachas parecían ostentar más derecho de residencia que él.

Goteras marcando compases sobre cubetas oxidadas, una estufa que nunca encendía, el olor perpetuo de la humedad incrustado en la ropa lavada a mano... ese era el entorno acogedor de tantos jóvenes desempleados del siglo XXI. Y, francamente, ¿qué otra cosa esperaba? No era hijo del destino. Ni siquiera hijo querido.

Su padre se desvaneció cuando tenía seis años; su madre lo echó a la calle a los dieciséis. Al parecer, su número de la suerte era el seis. Durante un tiempo incluso probó a comprar lotería con él, como si la vida fuese a reconocer sus esfuerzos y compensarlo de alguna forma. Pero, por supuesto, no le trajo fortuna.

Nada en su vida lo había hecho.

Todavía podía recordar el repiqueteo de la lluvia contra el techo de lámina, aquel estruendo continuo que, más que acompañar, ahogaba los gritos del interior de la casa. Voces que taladraban más hondo que cualquier tormenta.

“¡Maldito estorbo! ¡Tu padre tenía razón! ¡Debí haber interrumpido el embarazo!” La mochila escolar que voló contra la pared fue la despedida oficial. “Mañana mismo te largas de aquí, parásito. ¡Solamente arruinaste nuestras vidas!”

Li Wei —un nombre tan olvidable como el chico que lo llevaba— no lloró. Aprendió pronto que las lágrimas no rebajaban deudas ni aplazaban cuentas vencidas. Así que se encogió en su rincón habitual, cercado por torres de novelas Xianxia baratas compradas con el dinero que sacaba de los turnos nocturnos en tiendas de conveniencia. Sus únicas posesiones dignas de mención: tres camisas de segunda, un cuaderno lleno de historias que nadie leería, y la obstinación de seguir vivo, aunque no quedaba claro para qué.

“Lo siento”, murmuró, sin tener certeza de a quién se dirigía. Tal vez a su madre, que reía al teléfono con el hombre que la rescataba de la miseria, y de él. Tal vez a las páginas arrugadas y grasientas de sus libros.

Quizá a sí mismo.

“Patético.” Así se llamaba a sí mismo, con las uñas hundidas en los registros del Pico An Ding, una vida entera después.

Patético entonces, patético ahora.

Nada había cambiado.

Incluso en su primera existencia, tras desvelos y fatigas, tras estudiar hasta el límite y graduarse con honores para una beca en contabilidad —una disciplina que prometía utilidad y estabilidad, le dijeron—, su destino no fue otro que la soledad. Sin empleo, sin amigos, prisionero de un apartamento gris, alimentándose de fideos instantáneos y bebidas energéticas. ¿Y su final? Electrocutado por un caldo derramado sobre el enchufe del cargador de su laptop.

Ahogado en su propia mediocridad.

Y, como si el Universo tuviese un retorcido sentido del humor, fue ‘premiado’ con otra vida. No como protagonista, no como un héroe destinado a desafiar los cielos, sino como un personaje de fondo: un nombre apenas mencionado, una figura escuálida y despreciada por la secta, el ‘señor del Pico An Ding’ que nadie recordaba y que le esperaba un destino igual o peor que su primera muerte.

Ese era él ahora.

Shang Qinghua.

Mas su verdadera condena no era ese papel risible, sino la culpa. Siempre la culpa. Le acompañaba en sueños, envuelta en gritos que jamás se apagaban:

Shen Qingqiu torturado durante décadas por culpa de los malentendidos... Luo Binghe llorando sangre en el Abismo sin Fin en la espera de un futuro lleno de miseria y vacíos... Yue Qingyuan atrapado en su desesperación dentro de las cuevas Ling Xin... Voces que clamaban al unísono que todo era su culpa...

¡¡No fue su intención!!

¡Solo quería comer! ¡Era solo ficción!

Sin embargo... debe de admitir que había escrito Proud Immortal Demon Way con rencor, con el veneno acumulado de una vida de desprecio. Había condenado a sus personajes a sufrimientos indecibles porque le parecía justo que alguien más compartiera su miseria.

En esa violencia encontró un falso poder, un catalizador que le permitía seguir respirando con algo más de tranquilidad. Y, sin darse cuenta, se perdió en la inercia de su propia obra. Ya no escribía por desahogo, sino por demanda. Por la insaciable voracidad de lectores que exigían capítulos interminables, una trama sin desarrollo, un protagonista semental rodeado de un harem de mil preciosidades… un espectáculo barato para almas huecas.

Así fue como el karma le alcanzó.

Las cosas no mejoraron cuando sus recuerdos regresaron a los seis años.

Sí, así era.

El seis de nuevo.

Para un cuerpo pequeño cuyo pensamiento apenas se había formado, el impacto fue demasiado. Pasó una semana entera sin poder hablar ni moverse. Siguió respirando por puro instinto, indiferente a los golpes de su padre que intentaba sacarlo de su mente estancada, o a los gritos de su madre que lo amenazaba con dejarlo sin comer otra semana.

Cuando por fin logró ordenar lo que bullía en su cabeza, se dijo a sí mismo que no era tan malo. ¡Podría haber sido peor! Le había tocado ser carne de cañón, cierto, pero eso significaba irrelevancia. Ser irrelevante era, en teoría, sobrevivir. A diferencia de convertirse en protagonista, condenado a seguir la trama, o villano escoria, destinado a ser aplastado por ella.

Al menos, eso pensó al principio.

Sin embargo, cuando su conciencia infantil y sus recuerdos de adulto de veintiséis años convergieron, un segundo vistazo a su entorno le reveló... la notable diferencia.

El sistema no lo había arrojado simplemente a su novela, en la piel del hijo de la cuarta consorte de una familia venal: un alcalde arruinado por una primera esposa que dilapidaba la fortuna en caprichos fútiles, y por su propia afición a los placeres materiales y las casas de juego.

Pero no. Eso no era lo más grave.

Airplane había transmigrado, sí, pero no al Proud Immortal Demon Way original que recordaba o había escrito.

Había caído en una versión Omegaverse de su propia obra.

Y vaya experiencia que fue.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A la tierna edad de diez años, el hierro candente se hundió en su hombro. El siseo de su propia carne chamuscándose fue un sonido que lo acompañó con más fidelidad que el grito que se tragó, ahogado por el miedo. Su madre lo había vendido por unas míseras monedas, un precio irrisorio que le compró la fuga de un marido arruinado y de los acreedores que lo acosaban como una jauría de chacales.

“¡Este ni para criado sirve!” escupió con desdén el mercader, sacudiéndolo como a un fardo de huesos. “¡Miradlo! Se desvanece con un soplo. No tiene ni carne en los huesos, ¿quién va a pagar por esta miseria?”

El niño —privado incluso de un nombre que le otorgara un ápice de dignidad, pues su madre jamás se molestó en darle uno que valiera la pena llevar— se mordió los labios hasta hacerlos sangrar. Un grito no lo salvaría. Las lágrimas solo abaratarían su precio. Y lo que era barato, lo sabía bien, a menudo se descartaba como a un perro enfermo.

Su cuerpo escuálido y frágil no podía prometer lo que los compradores anhelaban ver. Si en su interior latía el potencial de un Alfa, este permanecía oculto. Tampoco tenía el consuelo de ser un Omega precoz que pudiera tentar a un amo ávido. No era más que un niño incierto, aparentemente un Beta sin valor alguno, cuyo único destino pendía de la remota posibilidad de que su cuerpo madurara a tiempo para convertirlo en una mercancía presentable.

Cargado de cadenas, avanzaba a pasos cortos por los resplandecientes senderos de la ciudad imperial. El mercado de esclavos florecía impunemente a la luz del día, sin el más mínimo rubor, como si comerciar con vidas humanas fuera tan trivial como adquirir especias o rollos de seda. Cada tintineo de campanilla en los puestos, cada regateo indiferente, le recordaba que ya no era una persona, sino un producto en exhibición.

Y entonces, la vio.

Una mujer entre la multitud. Con sus mismos ojos. Una mirada que confirmó, de la forma más cruel, lo que su corazón ya sabía.

Su madre.

Ella vestía la seda escarlata de una cortesana del burdel más exclusivo de la ciudad. Una máscara de maquillaje perfecto había borrado cualquier rastro de la miseria que un día compartieron, y sus labios esbozaban una sonrisa deslumbrante… dirigida, no a él, sino al acaudalado caballero que la acompañaba. Cuando sus miradas se encontraron por un instante fatal, ella desvió la suya con una indiferencia tan absoluta que fue más demoledor que cualquier azote.

“Claro.” pensó él, con un humor negro que ningún niño de diez años debería albergar. “En ambas vidas solo he sido desecho... Al menos esta vez me pagaron por ello. Algo es algo. Espero que le vaya bien...”

El cielo —o quizás ese sistema maldito que se deleitaba con las ironías más crueles— le tendió una mínima misericordia. Una noche, un grupo de bandidos asaltó el mercado. El fuego y los alaridos sembraron un caos perfecto. Entre cadenas rotas y el barro revuelto por el pánico, logró escapar junto a un puñado de otros niños. Se dispersaron como polluelos ante la mirada atenta de un halcón, cada uno corriendo hacia una sombra diferente, deseándose suerte con la mirada, comprendiendo que ese sería su último adiós.

Corrió hasta que sus pulmones ardieron, hasta que las piernas dejaron de obedecerle y cayó de bruces frente a unas escaleras que parecían no terminar nunca más allá de las nubosas montañas. Sobre ellas, un anciano de mirada cansada lo encontró y, sin sorpresa alguna, señaló hacia arriba.

“Si aún puedes caminar, apúrate. La selección de discípulos comienza pronto.”

Así, con doce años, se convirtió en discípulo externo de la secta Cang Qiong, aunque no en una de sus cumbres respetadas. Su destino, como era de esperarse, lo arrojó al Pico An Ding, la montaña menos querida de todas.

“¿Qué hacemos con él, Shifu?” preguntó un discípulo mayor que lo había arrastrado hasta allí por orden.

El señor de la cumbre —un hombre corriente, sin rastro de interés en su rostro— le dedicó apenas una mirada fugaz antes de despedirlos con un gesto perezoso de la mano.

“Que limpie las letrinas y los establos. Si sobrevive al trabajo, quizá tenga algún uso.”

...

A los catorce años, descubrió que podía esculpir la voluntad de los demás a su favor.

“¡Un genio como Shixiong no debería malgastar su talento en estas trivialidades!” adulaba con voz melosa, entregando un fajo de papeles al discípulo mayor. Una sonrisa servil se dibujó en sus labios, un gesto tan falso como los documentos que ofrecía. “Permita a este humilde discípulo que se ocupe de este tedio. Un sabio como Shixiong merece dedicar sus noches a la meditación y al avance en su cultivo, no a este trabajo mezquino. Este Shidi se encargará.”

El estimado Shixiong se marchó entonces, pecho hinchado de vanidad, completamente convencido de su propia astucia. Se felicitaba por haber descargado a tiempo el trabajo pesado sobre los hombros de uno de sus Shidis más débiles y maleables. Ni por asomo cruzó su mente la idea de que aquellos informes, aparentemente rutinarios, estaban minados de errores estratégicos y herejías doctrinales, diseñados con la fría intención de hundirlo en desgracia ante los maestros.

Así es mucho más fácil, pensó Shang Qinghua, mientras los pasos de su Shixiong se perdían en el corredor. Sus dedos, ágiles y seguros, se ajustaron las vendas ásperas que ocultaban en sus brazos las marcas purulentas de los azotes recibidos la semana anterior. Un castigo ejemplarizante por haber ‘dejado caer’ una caja de talismanes que doblaba su peso, empujada por el mismo Shixiong que ahora caminaba presuntuoso hacía su último día dentro de la secta.

Una amargura fría, no el calor de la rabia, se solidificó en su pecho. 

Si la fuerza física le estaba negada, si sus meridianos defectuosos lo condenaban a la debilidad, entonces cultivaría la fuerza de la astucia. Haría que los demás, especialmente aquellos que se creían superiores, tropezaran y cayeran. Haría que su sufrimiento no fuera en vano, que cada lágrima de humillación se convirtiera en la semilla de su venganza.

Si no podía escapar del dolor, al menos se aseguraría de que el mundo lo sintiera con él.

...

Tuvo su primer calor a los quince años, en la absoluta soledad de unos establos abandonados.

Se despertó empapado en un sudor frío y pegajoso, con un aroma denso y dulzón a flor marchita impregnando el aire rancio, sofocando cualquier otro olor a heno podrido y excremento. Era un perfume de vulnerabilidad, un anuncio de presa que su instinto le gritaba que debía ocultar. Una oleada de agonía le retorció las entrañas, un fuego líquido que le serpenteaba por las venas y le nublaba la vista. El dolor era tan visceral, tan absolutamente humillante, que por un instante de puro pánico, arrastrándose sobre la paja sucia, contempló arrojarse al acantilado cercano.

Cualquier fin era preferible a esto.

Porque ser Omega equivalía a ser débil.

En su vida pasada, lo habían tachado cómo demasiado sensible, demasiado emocional, un estorbo blando dejado atrás sin miramientos.

En esta segunda vida cruel, lo habían vendido por demasiado inútil, demasiado escuálido, un coste marginal en una transacción miserable.

Ser Omega era la encarnación definitiva de todo lo que el mundo despreciaba. La sensibilidad convertida en fragilidad, la emocionalidad como defecto, un cuerpo traicionero diseñado para la sumisión y el abuso. Era el epítome de todo lo que lo había condenado la sociedad.

Gimiendo entre dientes, cegado por la angustia y el fuego interno, buscó a tientas un remedio, cualquier cosa que lo anclara a la cordura. Sus dedos encontraron un viejo tintero de cerámica roto y, sin pensarlo, apretó un fragmento afilado contra la piel de su antebrazo. La mordedura aguda y clara del dolor físico fue un bálsamo, un punto de foco luminoso que lo distrajo del incendio difuso que consumía su cuerpo. Repitió el gesto, una y otra vez, trazando líneas escarlatas sobre su piel, hasta que el fuego interno cedió lo suficiente para que pudiera pensar.

Con la lucidez tambaleante, robó hierbas amargas de la cocina de los discípulos, las más pestilentes, las que se usaban para limpiar utensilios. Las hirvió en un jarro astillado sobre un pequeño fuego furtivo en medio del bosque junto con otras hiervas a mano, y se bebió la pócima hasta la última gota, soportando el vómito y el ardor que le abrasaba la garganta y el estómago, con la sola y desesperada esperanza de envenenar los síntomas de su propia naturaleza.

Cuando la lucidez regresó por completo, encontrándose aún vivo, magullado, intoxicado pero milagrosamente intacto y oculto, una resolución fría y absoluta se cristalizó en su interior, más dura que la cerámica del tintero que había roto.

Nadie.

Nadie jamás debía saberlo.

Su género secundario sería el secreto mejor guardado de su vida, un arma apuntada a su propia sien. Prefería mil veces seguir siendo el desecho débil e invisible, el Beta insignificante que todos ignoraban, antes que revelarse como el Omega que todos creerían merecer dominar, romper y poseer.

Falsificó los registros de Cang Qiong con una caligrafía impecable que desmentía el temblor de sus manos. Sobornó a un médico itinerante de Qian Cao, de esos que no hacen preguntas, con las últimas y mugrientas monedas que había robado de los fondos de su propia cumbre. Y ante los ojos del mundo, se declaró Beta.

A partir de entonces, su vida se convirtió en un meticuloso ritual de autocastigo. Se inyectaba infusiones de hierbas amargas que le quemaban las venas y le nublaban la mente, un veneno lento para acallar el aroma a flor de loto que pretendía brotar de su piel. Vendaba sus glándulas con tiras de lino áspero, tan apretadas que la piel debajo de ellas sangraba y se entumecía, marcándolo con cicatrices que se sumaban a las antiguas. Combinaba supresores de mercado negro, de dudosa procedencia y efectos secundarios devastadores, con mil y un antídotos contra cualquier afrodisíaco o estímulo que pudiera encontrar en misiones conjuntas.

¡Después de todo, un Beta no podía permitirse un calor ni una rutina que delatara sensibilidad alguna! Eran planos, aburridos, irrelevantes… grises funcionales que apenas rozaban los límites de la vulgaridad aceptable.

Y él interpretaría ese papel a la perfección.

Incluso habiendo suprimido a golpe de química la mayor parte de su esencia, algunos instintos persistieron, tenaces y molestos como raíces venenosas que crecían en la oscuridad de su carne. Una punzada de ansiedad aguda antes de una presentación, una sensibilidad exacerbada a las emociones ajenas que debía ocultar tras una capa de nerviosismo, una necesidad visceral de agradar que enmascaraba como cobardía servil. Aprendió entonces a sonreír—una mueca tensa y vacía—mientras se desangraba por dentro.

“¡Soy solo un Beta cualquiera! ¡No me hagan caso, este humilde shidi no merece su atención!” se repetía al mundo y a sí mismo como un mantra, hasta que las palabras excavaron un hueco tan profundo en su psique que incluso él olvidó lo que yacía oculto bajo las túnicas holgadas y las vendas rasposas.

Y funcionó.

La farsa fue perfecta.

Nadie en la vasta Secta de la Montaña Cang Qiong albergó la más mínima sospecha.

¿Por qué iban a hacerlo? Shang Qinghua era solo el cobarde que palidecía y temblaba ante la mirada fulminante de Liu Qingge; el títere servil que bailaba al compás que marcaban los sutiles gestos de Yue Qingyuan; el bufón patético que Shen Qingqiu desdeñaba con una mirada lo suficientemente fría como para helar la sangre. Era invisible, descartable, irremediablemente ordinario. El perfecto hombre de paja.

Cada amanecer, el mismo ritual de supervivencia se desarrollaba en la penumbra de sus aposentos.

Inyectarse la poción amarga que convertía su sangre en un río de hiel y apagaba cualquier rastro de su aroma Omega mientras obstruía sus meridianos. Ajustar con fuerza las vendas en muñecas y brazos, blanqueando cicatrices antiguas y ocultando las nuevas que su ansiedad se encargaba de tallar. Practicar en el espejo una sonrisa optimista, un gesto que no llegaba a los ojos, como si la vida no le estuviera desgarrando las entrañas, como si en su interior no hubiera ya solo un eco... un hombre muerto en vida.

Y así, los años se deslizaron como agua entre los dedos. La secta prosperaba, sus discípulos crecían y se hacían nombres, los días transcurrían con la monótona rutina de los que no están destinados a la grandeza. Él sobrevivía, invisible y contenido en su jaula autoimpuesta, y se repetía a sí mismo que estaba… bastante bien con eso.

Era un mal menor. Un precio aceptable.

Hasta que dejó de serlo.

En el fondo, Shang Qinghua siempre lo había sabido: aquella tranquilidad era tan frágil como el vidrio. Un castillo de naipes construido sobre una mentira. “Nada bueno dura para alguien como tú”, le susurraba su mente, con una voz burlona y amarga que sonaba demasiado como la de su madre. “Es solo cuestión de tiempo. Siempre lo ha sido.”

Y el tiempo, ese juez implacable, finalmente agotó su paciencia.

Porque incluso un Beta que había perfeccionado el arte de la invisibilidad no podía esconderse de todo… ni de todos… para siempre.

La trampa, tarde o temprano, siempre se cierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Shang Qinghua había aprendido, desde su inverosímil ascenso a Señor de la Cumbre, que la frase ‘hermanos marciales’ era solo un eufemismo bonito para una jerarquía inflexible. No equivalía a ‘manada’, a ese vínculo visceral de protección y pertenencia que su naturaleza anhelaba en lo más profundo.

En teoría, las doce cumbres de Cang Qiong debían ser un solo organismo, una familia unida por juramentos sagrados.

En la práctica, él era el omega escondido, el secreto vergonzante que, de saberse, nadie querría cerca. Él era el eslabón suelto, la pieza que no encajaba en el engranaje de alfas y betas funcionales.

...

Yue Qingyuan era la sombra del hermano mayor que nunca lo miró de verdad.

Su honorable Zhangmen-Shixiong proyectaba una calma imperturbable, su sonrisa era un artefacto de diplomacia perfecta. Pero sus ojos, serenos y distantes, recorrían la sala y se posaban en Shang Qinghua apenas el tiempo necesario para registrar un mueble útil antes de seguir adelante, como quien aparta una cortina polvorienta para barrer detrás. Sus órdenes, siempre dichas con esa voz suave e inapelable, eran recordatorios constantes de su lugar dentro de la manada.

“Shang-Shidi, ¿podrías ocuparte de estos informes? La logística es la habilidad de Shidi, después de todo.”

“Shidi, necesitamos que organices el banquete de recepción para los emisarios de Huan Hua. Que todo sea impecable.”

“Shidi, ¿por qué no te unes a Liu-Shidi? O bien podrías… eh… servir el té y escuchar, mientras dialogamos las nuevas políticas de comercio.”

La última siempre venía con un dejo de incomodidad, como si Yue Qingyuan intentara, por protocolo, incluir al excluible y no supiera cómo. Como si no percibiera—o ignorara deliberadamente—cómo la proximidad brusca de Liu Qingge le erizaba los pelos de la nuca y le revolvía el estómago con náuseas sordas.

A fin de cuentas, no le importaba lo suficiente.

Para el líder de la secta, Shang Qinghua era solamente... un recurso, no una persona.

...

Liu Qingge era la encarnación del depredador en su estado más puro, un alfa cuyo mero aura era un campo de batalla.

El Señor de Bai Zhan rara vez necesitaba recurrir a la violencia física con alguien tan insignificante como él; su solo desprecio era suficiente para dejar cicatrices en el alma, más profundas y dolorosas que cualquier herida o moretón.

“¿Otra vez te escondes detrás de papeles, cobarde?”

“An Ding no es más que un pico de ratas y recaderos. Todos lo saben.”

“Si no puedes ni sostener una espada, al menos aparta tu incompetencia de mi camino.”

Shang Qinghua respondía como siempre: con una sonrisa torpe y nerviosa, una disculpa balbuceante, cumpliendo con su papel de bufón patético mientras por dentro un temblor incontrolable lo recorría. Porque Liu Qingge era un alfa puro, sin filtros ni atenuantes, y cada fibra instintiva de Shang Qinghua gritaba en pánico animal.

Estar en la misma habitación que él durante más de unos minutos era un suplicio, una tortura de tener que aparentar normalidad mientras su cuerpo le rogaba someterse al alpha viril o escapar.

...

Los demás lo trataban con una indiferencia salpicada de crueldad casual, la que duele más porque no tiene intención, solo hábito.

Qi Qingqi solo se dignaba a reconocer su existencia cuando necesitaba recursos específicos para su cumbre o cuando sus hadas requerían sedas con talismanes de protección especiales. 

Wei Qingwei lo veía como un mueble con piernas, útil para aprovisionar de metal y carbón a sus forjas, pero carente de cualquier interés más allá de lo material.

Los discípulos de otros picos no se molestaban en ocultar sus risitas burlonas cuando pasaba, susurrando ‘corre, corre’ imitando su andar apresurado.

Pero no, el odio no era lo peor.

Shang Qinghua podía afirmar, con la certeza amarga que da una doble vida de rechazo, que el odio era casi familiar. Era una emoción clara, intensa, algo que había aprendido a recibir, a esquivar y a digerir desde su primera existencia. Era, en un sentido retorcido, reconfortante.

Sabía a qué atenerse, conocía sus reglas. El odio, al menos, era un reconocimiento de su existencia.

No. Lo que realmente corroía su psique, gota a gota, era la indiferencia.

La absoluta ausencia de mirada. La falta total de reconocimiento como ser sintiente. El vacío emocional que lo dejaba sin peso en el mundo.

Esa nada era un agujero negro en su alma, más vasto y desgarrador que cualquier insulto. Era la negación de su existencia misma. Y era una tortura, constante y cruelmente cotidiana, con la que debía lidiar a menudo.

Era el recordatorio de que, para su manada, él no era nada.

Y para un Omega escondido, ser nada era la sentencia más solitaria del mundo.

...

Ese día, cuando se deslizó dentro de la imponente sala de reuniones, lo primero que notaron sus sentidos, siempre en alerta, fue la ausencia de un aroma específico a jazmín y tinta fina, y la falta del familiar revoloteo de sedas verdes pavoneándose en el centro del salón.

Su villano escoria no estaba.

Menos mal, pensó, y un suspiro de alivio tan profundo que casi lo dobló por la mitad escapó de sus pulmones antes de que pudiera contenerlo. Significaba un obstáculo menos, un par de ojos críticos menos escudriñándolo, una fuente de comentarios ácidos y punzantes de la que estaba a salvo, por hoy.

La reunión de los Señores de las Cumbres transcurría con la cadencia habitual. Informes de cosechas que él ya había atendido, disputas menores entre discípulos por territorios de caza que resolvía mentalmente en segundos, solicitudes de recursos que anotaba automáticamente... Shang Qinghua, acurrucado en su lugar habitual pegado a la columna más alejada de la mesa principal, garabateaba notas vagas en un pergamino. Sus trazos eran automáticos, el producto de décadas de asistir a estas reuniones donde su presencia era tolerada solo lo necesario porque hacía todo el trabajo que nadie quería resolver pero raramente requerida para opinar.

El leve zumbido de conversaciones civilizadas, el roce de las sedas y el crujir de los pergaminos se mezclaban con el susurro de su propio pincel sobre el papel, creando un murmullo blanco que casi lo adormecía.

Hasta que… un escalofrío primitivo y gélido le erizó todos los pelos de la nuca de golpe.
Feromonas de alfa. No cualquier alfa. Alfa enfurecido. Puro, concentrado, una explosión de poder y rabia que cortó el aire como una cuchillada.

Alzó la vista de su pergamino, el corazón galopándole de repente contra las costillas, justo a tiempo para ver a Liu Qingge ponerse de pie con la furia de un tifón, su imponente figura tensa, y golpear el puño desnudo contra la robusta mesa de madera de ébano con un estruendo seco que hizo vibrar las tazas de té.

“¡Es una misión sencilla!” rugió, con esa voz que siempre sonaba como el choque de espadas de acero de la más alta calidad y que resonaba en los huesos. “¡Hasta un grupo de novatos de podrían lidiar con unos cuantos Íncubos de baja categoría! ¡Es un desperdicio de tiempo!”

Desde el otro lado de la mesa, Yue Qingyuan alzó una mano pacificadora, su rostro una máscara de serenidad diplomática, aunque una sombra de preocupación nublaba levemente su mirada. “Liu-Shidi, comprendo tu razonamiento. Si bien no es una amenaza de nivel superior, la colonia encontrada alberga una cantidad significativa de demonios como para que sea imprudente enviar a discípulos con menos experiencia en las artes marciales. Un Señor de la Cumbre debe supervisar la purga para asegurar que no quede ninguno. El propósito inicial es evitar que se reproduzcan una vez exterminados.”

Liu Qingge hizo un ruido que era casi un gruñido, frustrado. “¡Shixiong, la frontera al este de Jianghu está siendo desgarrada por una rebelión de demonios! El monasterio Zhao Hua ha solicitado refuerzos urgentes para la retaguardia. ¡Mis mejores discípulos de Bai Zhan deben estar en la vanguardia conmigo! ¡Una misión de limpieza como la que Zhangmen-Shixiong sugiere puede, y debe, ser liderada por cualquier Beta competente!”

Y en ese razonamiento puramente militar, en esa lógica fría que no tenía en cuenta ni los sutiles peligros psíquicos de los íncubos ni la política interna, su Shidi tenía una razón de hierro. Una razón que empezó a helar la sangre en las venas de Shang Qinghua, porque sentía, con el instinto de una presa, hacia dónde se dirigía toda esa frustración y esa furia contenida.

Debió de haber estado mirándolo fijamente, paralizado por el pánico, durante demasiado tiempo, porque la percepción agudizada de su Shidi finalmente sintió el peso de su mirada. Shang Qinghua ni siquiera tuvo tiempo de bajar la vista, de fingir que estudiaba sus manuscritos.

Los ojos de Liu Qingge—fríos, de un dorado intenso y despiadado como los de un halcón—se clavaron en él con la precisión de dos dagas bien afiladas. No había curiosidad en esa mirada, solo intensa evaluación.

“Shang Qinghua.”

Su nombre.

Pronunciado con esa voz clara, cortante y sin la más mínima emoción, hizo que el estómago de Qinghua se contrajera violentamente, convirtiéndose en un nudo de hielo que le impedía respirar.

Liu Qingge no era cruel, no en el sentido malicioso de la palabra. Eso habría sido casi más fácil de soportar, porque implicaría una pasión, un reconocimiento de su existencia como enemigo.

Era… prácticamente despiadado. En su mente de guerrero, de estratega puro, la ecuación era simple, lógica e irrefutable:

Los íncubos cazan mediante la manipulación de feromonas y el deseo. Sus ataques son más efectivos y voraces contra Omegas y Alfas, cuyo olfato es más agudo. Los Betas son casi invisibles para sus sentidos, inmunes en gran medida a sus tácticas psicoactivas.

Shang Qinghua es un Beta, o eso creen todos. Es débil para los estándares de un Señor de la Cumbre, pero aun así es infinitamente más competente que cualquier cultivador promedio.

Por lo tanto, es el candidato lógico, perfecto y eficiente.

“An Ding tiene algo de experiencia en misiones de reconocimiento y logística, ¿no?” declaró Liu Qingge, como si estuviera leyendo un informe aburrido. Lo dijo como si fuera un cumplido, un simple dato factual. Para Shang Qinghua, sonó a sentencia de muerte. “Y no pareces estar particularmente ocupado.”

Mentira. La palabra explotó en su mente como un talismán detonando. Shang Qinghua tenía pilas de documentos sin revisar que amenazaban con derrumbarse y enterrarlo vivo, inventarios atrasados que afectaban a cuatro picos, presupuestos que requerían su firma para liberar fondos de medicinas y armas, solicitudes de—

“¡Excelente idea!” interrumpió Qi Qingqi, abanicándose con una elegancia que resultaba obscena. Su voz, melodiosa y afilada, cortó cualquier posible objeción. Ella, junto con Mu Qingfang, Shen Qingqiu y el propio Shang Qinghua, eran los únicos Betas de su generación, pero mientras Mu Qingfang era respetado por su maestría y Qi Qingqi por su ferocidad, él era… él. “¡Qué suerte tenemos de contar con alguien tan disponible para estas labores tediosas!”

Un coro de murmullos de aprobación, distraídos y cómodos, recorrió la mesa. Nadie lo miró a los ojos. Nadie buscó su opinión. Era una decisión tomada. Shang Qinghua se aferró al borde de la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos, sus uñas buscando las cicatrices antiguas ocultas bajo las vendas y clavándose en la madera pulida.

“Zhangmen-Shixiong.” Su voz sonó delgada, quebradiza, más débil de lo que jamás hubiera querido. Se inclinó en una reverencia exagerada, su sonrisa de siervo tonto pegada a su rostro como una máscara de cera. “Este humilde Shidi lamenta informar que tiene una montaña de documentos de suministros sin revisar… ¡y los informes trimestrales de los mercados están terriblemente atrasados! ¡Y el inventario de los almacenes requiere una verificación inmediata o podríamos enfrentar escasez en—”

Yue Qingyuan, con su maldita, impenetrable sonrisa benevolente, negó suavemente con la cabeza. Su voz era suave, pero su decisión, tan firme como el acero, respondió.

“Los informes pueden esperar, Shidi. La seguridad de la región y la reputación de la secta, no.” Sus palabras cayeron como un mazo forrado de seda, aplastando toda esperanza. Era el mismo tono que usaba para pedirle favores. Su trabajo, su agotador, interminable mar de trabajo que lo mantenía vivo y escondido, era descartado como irrelevante. 

Como siempre.

Shang Qinghua sintió cómo el pánico, frío y afilado, trepaba por su garganta, amenazando con ahogarlo. Claro que podían esperar. Porque su trabajo nunca había importado realmente. Solo era la sombra útil que mantenía las ruedas girando, el mecanismo invisible cuya ausencia solo se notaría cuando todo se detuviera. Incluso su excusa, siendo genuina, era tratada como otra muestra de su pereza patética.

“Pero… pero los íncubos son demonios de nivel alto” insistió, su máscara agrietándose para mostrar el puro terror, “este shidi no tiene las habilidades de combate necesarias para enfrentarlos, ni siquiera para asegurar…”

“Tonterías.” Liu Qingge cruzó los brazos sobre su poderoso pecho, impaciente. “Tienes talismanes de supresión y ataque. Y tienes piernas para correr, ¿no? Eso es todo lo que necesitas.”

“¿En serio vas a esconderte detrás de tus papeles y excusas otra vez?” Qi Qingqi soltó un bufido de desprecio, abanicándose con más fuerza. “¡Otros aquí tenemos amenazas reales que atender, batallas que pelear! ¡No solo números para contar! Además,” añadió, con una risa ligera que era como cristal rompiéndose, “An Ding solo sabe contar monedas. ¿Qué tan difícil puede ser asesinar a unos pocos demonios lujuriosos?”

Wei Qingwei, al menos, no dijo nada. Solo desvió su mirada pesada hacia Shang Qinghua, mirándolo no con desprecio activo, sino con la misma expresión con la que observarías una cucaracha flotando en tu taza de té.

Shang Qinghua apretó los puños con tanta fuerza bajo sus amplias mangas que sintió el dolor agudo y familiar de sus uñas clavándose en las marcas antiguas, una dolorosa ancla a la realidad.

“¡No… no es que este no quiera ir! Es solo que… ¿no sería más estratégico enviar a alguien con capacidad de combate, como mínimo? ¡Por el bien de la misión! ¡Debe de haber alguien más calificado que este inútil shidi!”

Qi Qingqi sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era una cosa afilada y venenosa, cargada con una verdad cruel que nunca antes habían verbalizado con tanta claridad. “Por eso mismo te enviamos a ti, Shang-Shidi.” Su voz goteaba una falsa dulzura. “Los Íncubos solo se sienten atraídos por aquellos que tienen una esencia que vale la pena corromper. No atacan a lo que no tiene valor.”

Un silencio incómodo, pesado, se apoderó de la sala por un segundo. Fue un momento de revelación brutal, un desnudamiento público de su irrelevancia absoluta. Y luego, las risas. No abiertamente burlonas, sino incómodas, nerviosas, de asentimiento. Unos pocos tosieron para disimular. Otros bajaron la mirada. Pero el mensaje estaba claro, aprobado por el silencio cómplice de todos.

Fue entonces que una voz inesperada se alzó, un débil remanso de cordura en el torrente de indiferencia. 

Mu Qingfang, el Señor de Qian Cao, el único que en ocasiones raras lo había mirado no como un estorbo, sino con algo vagamente parecido a la preocupación médica, habló a su favor. “Shang-Shixiong no ha… gozado de la mejor salud en los últimos días.” dijo, escogiendo las palabras con extrema cautela, como si diagnosticara una enfermedad rara y necesitara explicárselas lo más claro posibles. “Su complexión siempre ha sido débil. Zhangmen-Shixiong, quizás sería más prudente considerar enviar a un jefe de pasillo experimentado en su lugar. Solo como medida de precaución.”

Por un segundo, un único y frágil segundo, un rayo de esperanza insensata iluminó la oscuridad dentro de Shang Qinghua. Una salida. Una escalera de cuerda arrojada al pozo. Mu Qingfang lo había visto, había notado las ojeras, la palidez, el temblor casi imperceptible. Alguien, alguien, había visto.

Hasta que Yue Qingyuan, con su maldita voz imperturbable y calmada, esa voz que siempre sonaba razonable mientras sellaba destinos, respondió cortando de raíz cualquier posibilidad.

“Los jefes de pasillo están ocupados supervisando las clases de los nuevos discípulos. Shang-shidi es un Señor de la Cumbre como todos nosotros, un pilar de nuestra secta... Estoy seguro de que puede manejar una misión de esta naturaleza de manera óptima. No subestimemos su capacidad.”

Óptima.

La palabra resonó con amargura en los oídos de Shang Qinghua. Óptima para ellos.

Barata, desechable, eficiente—

Sus Shidis y Shixiong... Su manada... Todos ellos, incluido el benevolente Mu Qingfang, el práctico Liu Qingge, la despiadada Qi Qingqi, el amable Yue Qingyuan... Todos sabían que los incubi eran criaturas impredecibles. Un dolor de cabeza psíquico y físico. Sabían que, incluso para un Beta, inmune a sus feromonas más embriagadoras, no les impediría intentar... otras cosas... para drenar su energía, para jugar con su mente, para lastimarlo de maneras que no dejaban marcas visibles pero destrozaban el alma.

Todos sabían, en el fondo, que lo estaban enviando como carnada.

Carnada inútil y prescindible.

Y aun así, a pesar de saberlo, no les importaba en lo más mínimo.

Entonces, una pregunta surgió en su mente, fría y clara como una aguja hipodérmica: 

 

¿Por qué debería importarle a él?

 

Mientras las conversaciones continuaban a su alrededor, con murmullos de "Solo es identificar la guarida y marcar su ubicación", "No representa un peligro real para la fisiología de un beta", "Con suerte, vuelves en tres días, cuatro como máximo" Shang Qinghua sonrió.

Sonrió como siempre lo hacía: ancha, servil, vacía.

La máscara perfecta.

Pero bajo la mesa, oculto entre sus muslos y las amplias mangas de su túnica, sus dedos, pálidos y temblorosos, rasgaban la piel de sus antebrazos. Sus uñas seguían metódicamente el mapa de cicatrices antiguas, abriendo surcos frescos y ardientes sobre las marcas blanquecinas. Una tras otra. Un ceremonia sangrienta de autocastigo y lucidez.

Estúpido. Estúpido. ESTÚPIDO

¿Por qué, por qué después de todo, había albergado la más mínima esperanza? ¿Por qué había esperado algo diferente? Nunca lo habían protegido. Nunca lo escucharían. Nunca lo verían.

Y ahora, con una sonrisa y una palmada en la espalda, lo enviarían directo a las garras de—

“Shang-shidi.”

La voz serena de Yue Qingyuan lo arrancó de su trance sangrante.

“¿Aceptas la misión?”

La pregunta era una farsa. Una formalidad vacía.

Ja.

Como si tuviera opción. Como si pudiera negarse.

“Por supuesto, Zhangmen-Shixiong” dijo, su voz un hilo de seda falsa mientras se inclinaba en una reverencia tan profunda que su rostro quedó oculto en las sombras, escondiendo los ojos vidriosos y la mueca de dolor que no podía borrar. “Este Shidi vive para servir a la secta. No los defraudará.”

Esa noche, en la soledad ahogada de sus aposentos, Shang Qinghua hizo tres cosas:

Se inyectó una dosis doble de su poción supresora amarga, aunque el líquido espeso le quemó las venas como ácido y le nubló la visión con punzadas de dolor.

Escondió una serie de agujas finas, impregnadas con un veneno paralizante de acción lenta, en los dobladillos y puños de sus mangas, en la piel y en los labios. Por si acaso. Por si la opción de correr no era suficiente.

Escribió una nota breve. No una carta de despedida, sino un simple recordatorio de existencias bajas de tinta y pergamino de que hacer en caso de que desapareciera por mucho tiempo. Luego, la arrojó al brasero y observó cómo las llamas consumían el papel, convirtiéndolo en ceniza gris.

¿A quién le importaría una nota suya? ¿A quién le importaría él?

Al amanecer, cuando el cielo era aún de un gris mortecino, partió solo hacia la Guarida de los Incubi.

No como un héroe, ni siquiera como un mensajero.

Sino como lo que siempre había sido.

Un sacrificio aceptable.

...

El valle era una tumba viviente, demasiado silencioso. Un silencio agresivo que pesaba sobre los tímpanos como una losa. Los árboles, retorcidos como miembros necróticos, formaban un dosel tan espeso que ahogaba la luz del sol, filtrando solo una claridad verdosa y enfermiza que no iluminaba, solo deformaba. El aire, denso y pesado, estaba cargado con un dulzor podrido a flores desconocidas y néctar fermentado que le hacía arder la garganta con cada aspiración, a pesar de las capas de tela.

“Feromonas” murmuró para sí, su voz un hilito de pánico ahogado por la máscara de lino áspero empapada en una pócima de hierbas amargas que ya le quemaba la piel. “Feromonas concentradas... Maldita sea.

No eran bestias simples, los íncubos. Eran cazadores inteligentes, sádicos, que jugaban con su comida antes de consumirla. Y él, Shang Qinghua, el maestro del escondite, había cometido el error supremo.

Acababa de adentrarse temerariamente en el corazón de su territorio sin saberlo.

El primer error fue un suspiro de arrogancia desesperada: pisar el anillo perfecto de hongos bioluminiscentes que decoraban el suelo como una trampa de hadas. El segundo error, el más crucial, fue no darse cuenta de su significado hasta que fue demasiado tarde. Hasta que las sombras mismas, entre los árboles, se despegaron de los troncos y cobraron una vida viscosa y tangible.

Omega” susurró una voz a su espalda, un roce sedoso y corrupto que le erizó cada vello de la nuca. “Un dulce Omega... Huyendo de su propia piel.”

Shang Qinghua retrocedió instintivamente, el corazón galopándole contra las costillas, pero ya era tarde. Demasiado tarde. Manos frías, de una temperatura antinatural, surgieron del follaje y se cerraron como grilletes de hielo alrededor de sus tobillos. Otras, igual de gélidas y fuertes, agarraron sus muñecas, inmovilizándolo con una facilidad humillante. Eran demasiadas. Demasiadas para luchar.

“¡NO!” gritó, la voz quebrada por un pánico visceral, lanzando a ciegas un talismán de supresión que estalló en un puñado de chispas doradas e inútiles contra la oscuridad que se cernía. “¡Soy un beta! ¡No tengo lo que buscan! ¡No les intereso!”

La respuesta fue un coro de risas. Docenas de ellas, entrelazándose en una melodía grotesca que resonaba desde todas las direcciones. No eran risas de alegría, sino de burla profunda, de hambre anticipada.

De diversión garantizada.

“Mentiroso” murmuró otro incubo, su voz un zumbido directamente en su oído mientras una lengua larga y fría lamía una línea de sudor salado en su cuello, justo sobre la glándula vendada. “Hueles a miedo… y a flores marchitas bajo la tierra. A algo dulce… reprimido durante tanto, tanto tiempo… Un gran y adorable regalo, solo para nosotros... Cuéntanos, Omega, ¿A qué le tenías tanto miedo para vivir entre las sombras de tu naturaleza?”

No luchó bien.

No hubo habilidad en sus movimientos, ni gracia marcial, solo el terror crudo y animal de una presa acorralada.

Fue una derrota patética.

Arañazos ciegos que solo encontraban aire o una piel fría e impenetrable. Gritos desgarrados que se perdían en la espesura, sabiendo que nadie en el mundo vendría a escucharlos, mucho menos a salvarlo. Lágrimas calientes de rabia, humillación y un miedo tan profundo que le sabía a ceniza, mezclándose con la tierra húmeda mientras lo forcejeaban contra el suelo.

Hasta que el veneno lo alcanzó. No un veneno de dolor, sino de calor. Una oleada abrasadora y húmeda que le recorrió las venas como lava, anulando el efecto de sus supresores en un instante. Una necesidad biológica, visceral y vergonzosa que lo sofocó hasta la misma médula de su ser, haciéndose sentir con una intensidad que jamás había permitido experimentar. Era la traición definitiva de su propio cuerpo, de algo que siempre había rehuido.

“Por favor” suplicó, con la voz convertida en un hilo roto, cuando unos dientes afilados como agujas encontraron por fin la nuca de su cuello, mordiendo no para marcar, sino para intoxicar, para amplificar. “Lo que hagan… no me dejen recordar... Por favor...”

Los íncubos sonrieron, sus rostros bellos y perversos reflejando la lúgubre luz de los hongos. Y en su crueldad infinita, le concedieron su deseo. No con amnesia, sino con una sobrecarga sensorial tan brutal, tan abrumadora, que su frágil conciencia simplemente… se apagó. Se desvaneció en un torbellino de sensaciones distorsionadas, visiones caleidoscópicas y un dolor-placer que lo desgarró por dentro.

No supo cuánto tiempo pasó. Horas, días, un mes eterno. Solo que, en algún momento, en lo más profundo de ese pozo de sobreestimulación, algo en su interior, algo que había sido pisoteado, ignorado, envenenado y negado durante dos vidas enteras… explotó.

Fue una ruptura. La última defensa de un animal herido de muerte. Sus uñas, siempre cortas y mordidas por la ansiedad, se alargaron en garras oscuras y afiladas que destellaron con una energía sombría. Sus dientes, detrás de sus labios sangrantes, se afilaron hasta volverse puntiagudos. Y su qi, siempre dócil, domesticado, oculto, se volvió de repente ácido, venenoso, mortífero. Una niebla corrosiva de resentimiento puro y desesperación que emanó de su piel como un sudor tóxico.

Cuando volvió en sí, el mundo era silencio otra vez. Pero un silencio diferente. Estaba arrodillado en un charco espeso y pegajoso de sangre ajena que humeaba levemente. El dulzor podrido había sido reemplazado por el hedor metálico y agrio de las entrañas.

Los íncubos ya no sonreían.

Porque ya no tenían cabezas.

O extremidades que les quedaran.

Sus restos estaban esparcidos alrededor de él como muñecos rotos, desgarrados con una violencia que no parecía humana.

Su ropa colgaba de él en jirones, revelando un cuerpo marcado no solo por las nuevas heridas de sus captores, sino por un antiguo mapa de cicatrices de automutilación ahora superpuestas con marcas de garras que no recordaba haber infligido. Y su vientre… bajo el caos de sangre y rasgaduras, ardía con un dolor sordo y profundo, un fuego interno que no se apagaba.

No” suplicó, con una voz ronca que ya no le pertenecía, raspada por gritos que no recordaba haber dado. Miró sus manos, temblorosas, cubiertas de sangre seca y restos demoníacos que se pegaban bajo sus uñas ahora normales, pero manchadas. “Por favor, no.”

Cang Qiong brillaba bajo la luna fría y distante cuando regresó, días después. Sus torres blancas y sus puentes celestiales parecían un sueño de otro mundo, una pintura de la que él se había caído, arrastrando consigo la sangre y el fango del infierno. Cada paso hacia su pico era una agonía, no solo física, sino del alma. Había sobrevivido. Pero lo que regresaba no era Shang Qinghua, el Beta cobarde. Era un espectro cargado de un secreto demasiado horrible para contener, y de una nueva verdad monstruosa germinando en su vientre ardiente. La pesadilla, lejos de haber terminado, acababa de encontrar una nueva forma de arraigarse en él.

...

Llegó justo a tiempo para la reunión de seguimiento. Se deslizó por la puerta como una sombra, con la ropa menos rasgada que pudo encontrar—aun apestando a sangre seca, tierra y hierbas amargas quemadas—, justo cuando Yue Qingyuan comenzaba a hablar.

“¡Shidi!” La voz del Zhangmen-Shixiong sonó ligeramente tensa, y su ceño se frunció al posar sus ojos en él. “Estás… Intenta al menos estar presentable la próxima vez, por favor. Esto es una sala de reuniones oficiales.”

Shang Qinghua miró sus propias manos, entrelazadas sobre la mesa. Aún tenía sangre seca y oscura bajo las uñas, metida en cada pequeña ranura, una mancha violácea que el agua no había podido borrar por completo.

“Jeje… mil disculpas, Zhangmen-Shixiong...” dijo, con una voz ronca, plana, que no reconocía como propia. Era el cascarón de su antigua voz de siervo, pero vacío, como un instrumento roto. “Aquí está el informe. La guarida ha sido… neutralizada.”

Con un movimiento que carecía por completo de su usual nerviosismo calculado, arrojó el pergamino arrugado y manchado de marrones oscuros al centro de la pulcra mesa de ébano. Aterrizó con un golpe sordo, una mancha de suciedad y violencia en medio del orden impoluto de Cang Qiong.

Liu Qingge hizo una mueca de profundo disgusto, apartando la mirada como si la sola visión de Shang Qinghua le contaminara el aire. “¿Ni siquiera pudiste limpiarte la porquería de encima antes de venir a presentarte? Das asco.”

Shang Qinghua no necesitaba escuchar las palabras. El mensaje estaba grabado a fuego en la expresión del Dios de la Guerra de Bai Zhan.

Estás sucio. Contaminado. 

Eres una cosa repugnante que ha traído los despojos de su ineptitud a nuestro santuario.

Eres una

Y Shang Qinghua… rió. Fue una risa corta, seca, carente de toda alegría, que sonó más como el crujir de huesos. “Tienes razón, Liu-Shidi. Tienes toda la razón.”

Mientras los demás comenzaban a desenrollar el informe manchado y a discutir la ‘exitosa misión’ con voces satisfechas —Buen trabajo limpiando ese nido de alimañas. Los talismanes de supresión de An Ding deben ser efectivos después de todo— una voz nueva, fría y clara, surgió en la profundidad de la psique fracturada de Shang Qinghua. No era su propia voz, sino el sonido de su cordura desgarrándose, cristalizándose en algo afilado y venenoso.

"Míralos." susurró la voz, recorriendo su columna vertebral como hielo derretido. "Desenrollan tu informe escrito con mano temblorosa entre vómitos. Discuten tácticas... Y ni siquiera notan lo que te hicieron. No ven las marcas de dientes en tu nuca bajo el cuello alto... No huelen su propio veneno aun rezumando de tus poros... ¿Qué tan lamentables debemos ser, para recibir algo cómo esto?"

"Creen que la sangre en el pergamino es solo de los demonios." continuó la voz, con una precisión cruel, mientras Qinghua sentía el ácido de su estómago subir por su garganta. "No saben que es tuya también... Que te desangraste en ese valle y nadie vino... Que te rompieron y nadie escuchó tus gritos."

"Nadie te salvó." remató la voz, y era el golpe final, la verdad absoluta. "Nadie vendrá a salvarte. Nunca. Eres tuyo. Solo tuyo... Y lo que sea que haya crecido dentro de ti a raíz de esa violación… también es solo tuyo..."

Shang Qinghua seguía sonriendo. La misma sonrisa vacía, servil, que siempre había usado como escudo. Pero por fuera, tras la máscara, sus ojos—esos ojos que nadie se molestaba en mirar—estaban completamente muertos. No había miedo, ni ansiedad, ni siquiera dolor. Solo un vacío infinito, un paisaje yermo de nieve negra donde antes había habido un débil atisbo de esperanza.

“Zhangmen-Shixiong” dijo de repente, levantándose. Su voz no tembló. No titubeó. “Este Shidi tiene… trabajo atrasado que hacer. Inventarios. Los informes trimestrales no se escriben solos, ante la ausencia de este...”

Nadie lo detuvo. Ni una palabra de ‘descansa unos días’, ni un ‘que Qingfang te revise’, ni un ‘gracias’. Yue Qingyuan asintió distraídamente, ya absorto en otro tema. Liu Qingge ni siquiera lo miró. Qi Qingqi sopló como si se hubiera librado de un olor desagradable.

Nadie lo siguió.

Permanecieron en su círculo de luz y poder, discutiendo las hazañas de otros, de los que importaban. Él se deslizó de vuelta a las sombras de las que nunca debió salir, cerrando la puerta tras de sí sin hacer ruido. La soledad que lo recibió no era la de antes, la del marginado que anhelaba pertenecer. Esta era una soledad diferente. Era el silencio sepulcral que sigue a una sentencia.

Y él era tanto el verdugo como la tumba.

Al menos, se dijo, sería su decisión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El aire en el salón de los Señores de las Cumbre era espeso, saturado del aroma pretencioso del incienso de sándalo y de algo más penetrante: el olor acre de la arrogancia cultivada. Shen Qingqiu permanecía como una estatua de jade en su sitio, la postura impecable, los dedos pálidos y elegantes entrelazados sobre la seda oscura de sus mangas. Detrás del abanico de bambú que sostenía con estudiada languidez, sus ojos, afilados como esquirlas de vidrio, escudriñaban el tedioso teatro de absurdos que se desarrollaba ante él.

Había llegado tarde de forma deliberada; las discusiones cínicas sobre presupuestos y los llantos infantiles sobre disputas entre discípulos le parecían tan insignificantes como el zumbido de mosquitos en invierno. Sin embargo, hoy, una ironía agridulce teñía su tardanza: le había otorgado la perspectiva perfecta, un sitio entre las sillas talladas que enmarcaba al único espectáculo que valía la pena observar en toda esa sala de insensatos.

Shang Qinghua.

Su shidi de An Ding era una sombra habitual en la sala de reuniones. Siempre acurrucado en el rincón más oscuro, junto a la columna que parecía absorber toda la luz, encorvado sobre sus pergaminos como si anhelara que la madera lo tragara por completo y lo liberara de aquella farsa. Shen Qingqiu, con su ojo clínico para la miseria ajena, siempre había notado las extrañas manías que rodeaban el día a día de su Shidi: la rigidez perpetua que tensaba sus hombros hasta las orejas, el modo antinatural, casi doloroso, en que aferraba el pincel... La forma en que sus manos, pequeñas y siempre inquietas, desaparecían constantemente en las mangas holgadas de su túnica, buscando un refugio... El modo en que todo su cuerpo se encogía, una contracción visceral, cuando la voz de uno de sus hermanos marciales—especialmente Liu Qingge—resonaba con demasiada fuerza, como un animal esperando el golpe...

Sí, su Shidi era, por naturaleza, un ser nervioso. Un cobarde. Un adulador servil cuya única estrategia de supervivencia era agachar la cabeza y sonreír para aplacar la ira de los demás. O hacerse el muerto durante misiones importantes. Pero últimamente... se comportaba distinta.

Y todo había comenzado en ese preciso instante de aguda percepción cuando la pesada puerta de madera del salón se abrió con un chirrido que cortó todas las conversaciones de raíz.

Y Shang Qinghua entró.

O, para ser más exactos, se arrastró al interior.

La conversación no se detuvo de golpe, sino que se extinguió en un incómodo susurro que fue cediendo ante la presencia que acababa de cruzar el umbral. No era la interrupción de alguien esperado, sino la intrusión de un espectro que no debería haber estado allí. El aire, antes cargado de palabras banales, se espesó de repente con una pesadez tangible.

Por todos los dioses… Shen Qingqiu sintió cómo se le revolvía el estómago ante el hedor que lo precedía. Era un aroma tan brutalmente ajeno al entorno otoñal de An Ding que resultaba insoportable. El aire estaba plagado de aromas nauseabundos, como si el recién llegado se hubiera revolcado en una pescadería y después se hubiese dado una ducha en un matadero en descomposición.

Y la visión era aún peor que el olor.

Shang Qinghua estaba irreconocible. Había cambiado de ropa, sí, pero aquello pero los bordes de sus túnicas interiores estaban empapados en una sustancia oscura y viscosa que se había secado en capas quebradizas, desprendiendo un olor dulzón y metálico. No eran simples salpicaduras; era una saturación absoluta de días, como si lo hubieran sacado de un pozo de sangre coagulada y dejado al sol para que se secara. Sus manos, temblorosas y astilladas, estaban cubiertas de grietas profundas donde la sangre había quedado atrapada, surcos marrones que hablaban de violencia demasiado cercana.

Pero sus ojos... Shen Qingqiu se quedó helado.

No había en ellos ni un atisbo del nerviosismo habitual, ni de la ansiedad disfrazada de torpeza. Nada de la mirada rápida y calculadora del bufón que sabía exactamente cuándo reírse de sí mismo para evitar los problemas. Solo... vacío. Un vacío tan absoluto que... dolía mirarlo directamente a los ojos.

Dos pozos vidriosos, negros, inhumanos, carentes de cualquier chispa de conciencia.

Los ojos de un pez no solo varado en la orilla, sino reventado contra las rocas, con las entrañas expuestas a los cuervos.

“¡Shidi!” la voz de Yue Qingyuan sonó forzada, una reprimenda débil bañada de preocupación. “Estás… Intenta, al menos, mantener las apariencias la próxima vez, por favor. Esto es una sala de reuniones oficiales.”

Shang Qinghua parpadeó con una lentitud agonizante, como si cada pestañeo requiriera un esfuerzo monumental. Su mirada vagó por su propio cuerpo, inspeccionando el desastre con una curiosidad distante. Luego, una sonrisa se dibujó en sus labios pálidos: un espasmo fantasmagórico, un tic horrible que no llegó a tocar sus ojos muertos.

“Jeje… mil disculpas, Zhangmen-Shixiong” ...” dijo, y su voz, ronca y extrañamente plana, no parecía la de su Shidi en absoluto. “Aquí está el informe. La guarida ha sido… neutralizada.”

Con un movimiento flojo, como si su brazo pesara toneladas, arrojó un pergamino sobre la mesa en un gesto de abandono. El objeto, irreconocible bajo una costra de suciedad y fluidos secos, aterrizó con un golpe sordo y húmedo que resonó en el silencio expectante.

Liu Qingge frunció el ceño con genuino asco, su nariz alfa sensible se arrugó ante el tufo. “¿Ni siquiera pudiste limpiarte la porquería de encima antes de venir a presentarte? Das asco.”

Shen Qingqiu contuvo el impulso visceral de abrir la garganta de Liu Qingge con su abanico cerrado. ¿De verdad? ¿Ese era el foco de su preocupación? ¿La etiqueta en lugar de la evidente agonía que empapaba cada poro de su Shidi? ¿A qué infierno lo habían enviado esta vez? Podría jurar incluso ver heridas abrirse con cada respiración debajo de esas túnicas harapientas.

Fue cuando Qinghua pasó renqueando junto a su silla, arrastrando los pies en un intento por alcanzar su rincón habitual, que Shen Qingqiu lo olfateó.

El olor lo golpeó con la fuerza de un puñetazo.

Sangre. Eso era obvio, el dulce metálico y podrido de la muerte, denso y pesado.  Miedo. Un olor agrio, penetrante, que se había incrustado en la tela y empapado la piel, un sudor frío de terror puro. Y debajo de todo, ahogado pero persistente, como una nota discordante en una sinfonía de horror…

Flores marchitas.

Y un leve rastro de... lujuria.

El aroma era tenue, casi borrado por la intensidad de los olores encajonados de los alphas pomposos de la sala de reuniones, pero para los sentidos de Shen Qingqiu, afinados por la supervivencia y su extrañamente desarrollado sentido del olfato, era tan claro como un grito. Un aroma dulce y triste, como pétalos de ciruelo abandonados a pudrirse en la tierra húmeda, cargado de una melancolía profunda y… de angustia. Un aroma que ningún beta, por más afeminado que fuera, podría producir jamás.

Esto... no puede ser lo que estaba pensando, ¿verdad?

Para cuándo Qinghua, con una excusa vacía sobre trabajo atrasado—trabajo que ninguno de los presentes, su manada, se había dignado a asumir en su ausencia—consiguió arrastrarse fuera de la sala, Shen Qingqiu ya había hervido a fuego lento. La sospecha, alimentada por la actitud despreocupada y casi despectiva de sus hermanos, se había solidificado en una certeza fría y cortante en su pecho.

“Zhangmen-Shixiong.” dijo, y su voz era suave como la seda recién desenrollada, pero con el filo de una daga envuelta de insidioso veneno. “¿Qué exactamente le hicieron hacer a Shang Qinghua?”

El silencio que siguió fue absoluto, tan denso que se podía oír el crujido de la madera y el latido acelerado de sus propios oídos.

...

Shen Qingqiu lo supo.

La certeza fue un golpe frío y silencioso en el centro de su pecho, un veredicto irrevocable pronunciado en el instante mismo en que esa figura destrozada —demasiado quieta, demasiado vacía— cruzó el umbral. No fue una deducción, sino una intuición visceral, tan clara y cortante como el filo de su espada espiritual. Las evasivas previas, la descripción deliberadamente vaga de una 'simple misión de exterminio', la forma demasiado conveniente en que se había declarado que 'Qinghua era el único disponible' justo cuando Qi Qingqi deslizaba la conversación lejos de sí misma... Todo ese castillo de mentiras piadosas y egoísmo cómodo se derrumbó ante la evidencia sangrante que tenía delante.

El silencio pesado que siguió a su acusación no nació de la sorpresa ante un ataque inusual —todos estaban habituados a los arranques de Shen Qingqiu, aunque rara vez iban dirigidos a defender a otro—, sino de algo mucho más sórdido: la incómoda complicidad de quienes, al ser confrontados, se daban cuenta de que habían preferido la mentira conveniente a la verdad incómoda.

Pero fue la mirada de Mu Qingfang la que selló la sentencia. Una mirada rápida, cargada de una gravedad y una vergüenza personal que no necesitó palabras. El Señor de la Cumbre Médica se levantó de su asiento con movimientos tensos, sin pronunciar una sola sílaba, y se marchó con el claro propósito de buscar a Shang Qinghua.

No para regañarlo por su aspecto, sino con la débil, casi patética esperanza de que, por una vez, no se evadiera, de que permitiera ser atendido. Ese gesto, más que cualquier grito, lo confirmó todo.

Era mentira.

Todo era una mentira cuidadosamente construida, un pacto tácito de ceguera colectiva al que todos, por acción u omisión, habían suscrito.

Y Shen Qingqiu, desde fuera de ese círculo de complicidad, los vio con una claridad que le heló la sangre.

Un beta habría regresado intacto de enfrentarse a íncubos. Los betas no despiertan su interés, son invisibles para ellos, presas grises que no valen la pena cazar.

Un beta no desprendería ese hedor amargo, marchito y rechazado, que impregnaba la sala como flores podridas, el aroma de un omega angustiado.

Un beta no entraría así, no se desmoronaría en un silencio tan absoluto y aterrador, como si ya no quedara dentro de él nada que pudiera romperse más.

Y la secta lo había enviado, precisamente a él, al único que no debía.

A las fauces del lobo.

...

Los días que siguieron a la reunión se convirtieron en una danza fastidiosa de evasiones.

Cada intento de Shen Qingqiu por acercarse a Shang Qinghua fue saboteado, no por el propio Qinghua que solía rehuir cualquier interacción incomoda entre ambos, sino por el muro de desconfianza que ahora lo rodeaba.

En una ocasión, lo interceptó en los pasillos de An Ding, donde su Shidi supervisaba a un grupo de discípulos que cargaban lámparas para los estandartes del próximo festival.

“Shidi” llamó Shen Qingqiu, manteniendo su tono deliberadamente neutral, una hazaña que le costó más de lo que habría admitido.

Shang Qinghua se encogió visiblemente, como si las palabras fueran piedras lanzadas contra su espalda. Su sonrisa, cuando se volvió, fue una cosa espantosa: demasiado amplia, demasiado tensa, una máscara de dientes y labios estirados.

“¡Shen-Shixiong! Este Shidi no quiere ser grosero... Pero este Shidi se encuentra algo ocupado con los preparativos del siguiente festival. Shixiong sabe lo riguroso que es Zhangmen-Shixiong con cualquier festividad dentro de la secta.” murmuró, y su voz era de nuevo, plano, carente de toda emoción. “Los informes de los mercados del sur no se van a revisar solos, jeje... ¡Pero si Shixiong necesita algo, puede dirigirse a la discípula principal de este!

Antes de que Shen Qingqiu pudiera insistir, dos discípulos mayores de An Ding—jóvenes de rostros cetrinos y ojos duros por el trabajo prematuro—se interpusieron entre él y su Shidi, ansiosos por acaparar la atención de su Shifu.

“¡Shifu, los comerciantes del sur están protestando por los aranceles...! ”

“¡¡Shizun, necesitamos su firma para la entrega de los caballos...!!”

Uno a uno, formaron una barrera humana mientras distraían exitosamente a Shang Qinghua cada vez con más tareas por hacer, sus miradas lanzando advertencias claras a Shen Qingqiu. Se llevaron a su maestro, cuyo cuerpo flaco parecía encogerse aún más entre ellos, una silueta que se desvanecía en la penumbra del corredor hasta dejar el olor cítrico que, antes de esa misión, le era familiar.

Como si yo fuera una amenaza en su pequeña manada, pensó Shen Qingqiu, el sabor amargo de la ofensa quemándole la garganta. Como si mis intenciones fueran... hacerle daño, al igual que el resto de nuestros hermanos marciales.

Pasaron días. La residencia de Shang Qinghua se convirtió en una fortaleza. Sin embargo, los informes seguían llegando a las demás cumbres con la misma puntualidad. Nadie más volvió a verlo luego de que entró en aparente aislamiento por tiempo indefinido, su discípula principal siendo la portavoz de cualquier solicitud o demanda dirigida al Señor de la Cumbre An Ding.

“¿No es raro?” le comentó Mu Qingfang a Shen Qingqiu en un raro momento de privacidad, su voz un susurro cargado de preocupación. “Shang Qinghua no solía ser tan... obsesivo con el trabajo. De vez en cuando se quejaba de la sobrecarga de su cumbre durante las reuniones... O al menos me visitaba para tomar té y desahogarse... Pero ahora es como si estuviera trabajando demasiado para probar algo. Para probar que está bien...”

Shen Qingqiu no respondió. Solo apretó el mango de su abanico hasta que la fina madera crujió bajo la presión.

Algo estaba profundamente mal. Algo siempre estaba mal con Shang Qinghua. Pero ahora, era imposible no saber con certeza el qué.

Pero antes de que pudiera idear una forma de violar la paz autoimpuesta de Qinghua, que seguramente se merecía luego de lidiar con su estúpida manada, los rumores comenzaron a filtrarse:

"Elder Shang ya no responde a los mensajes espirituales” Murmuraban los jefes de pasillo.

"Ni siquiera los discípulos principales pueden cruzar el umbral de su residencia. Parece repeler cualquier contacto que venga del exterior."

"Hay talismanes de sellado de alto nivel en todas las puertas y ventanas."

Y entonces—

El estallido final llegó con un mensajero jadeante.

“¡Shen-Shibo!” gritó el discípulo más joven de An Ding, su rostro empapado en lágrimas y sudor, llegando a Qing Jing, siendo seguida por otros discípulos de túnicas amarillas. “¡Por favor, es Shifu! ¡Algo está terriblemente mal! ¡No responde! Intentamos romper la barrera, pero solo la fracturamos y... ¡y el olor que sale de allí…!”

Shen Qingqiu no recordaba haber corrido tan rápido en toda su vida.

El viento silbaba en sus oídos, borrando todo pensamiento excepto una urgencia primitiva.

Cuando llegó a An Ding, una grotesca parodia de reunión ya estaba teniendo lugar frente a la residencia sellada de Shang Qinghua. Liu Qingge, con el ceño fruncido en exasperación, y Yue Qingyuan, con su eterna expresión de preocupación impotente.

“¡No responde! ¡¡Shang Qinghua, abre ya!!” rugió Liu Qingge, y dando una patada que haría palidecer a un demonio de nivel medio, hizo añicos la puerta reforzada. “¡Qué drama más barato! ¡¿Qué demonios estás haciendo, para preocupar así a tus discípulos?!”

La madera cedió con un estruendo.

Y entonces, el olor los golpeó.

Era una mezcla nauseabunda: el hedor metálico de la sangre vieja, la acidez agria del vómito y, por encima de todo, el aroma denso y aplastante de la desesperación pura.

Dentro, la escena era un paisaje de pesadilla. Shang Qinghua yacía en el suelo, pálido como la cera de un cadáver, una soga burdamente trenzada—y milagrosamente rota—alrededor de su cuello magullado. Sus brazos estaban surcados de marcas de uñas frescas y antiguas, un testimonio silencioso de una agonía prolongada. Un tenue halo de qi residual, el último instinto de autoconservación de su cuerpo, era lo único que mantenía un hilo de aliento en sus pulmones.

El caos a su alrededor era... desconcertante incluso para el ruidoso y nervioso Shang Qinghua. Pergaminos desgarrados esparcidos como hojas muertas, muebles reducidos a astillas, y en la pared, manchas oscuras y secas donde se había golpeado la cabeza una y otra vez, a juzgar por como la sangre se derramaba en grandes cantidades desde su sien. Y en medio del destrozo, un pequeño charco de vómito, como si su propio cuerpo, en un último acto de traición, se hubiera negado a concederle el olvido que le habría otorgado los frascos vacíos de la mesita volcada de té.

Liu Qingge palideció, su arrogancia se desvaneció por primera vez en algo que se parecía al shock.

“¿Qué… qué demonios...?”

Shen Qingqiu lo empujó del camino, tirándolo al suelo con mucha facilidad. Se arrodilló en el suelo frío, entre los restos de la cordura de su shidi, y con una mano que no tembló—milagrosamente—le quitó la soga del cuello. Su piel estaba fría al tacto.

“Idiota” susurró, su voz tan áspera como el papel de lija. “Maldito idiota...”

Lo levantó en sus brazos. Qinghua no pesaba nada, como un pájaro muerto. Shen Qingqiu salió de la residencia a toda velocidad, ignorando las miradas de horror y los murmullos que brotaban a su paso. Corrió por los senderos de Cang Qiong como si los mismísimos fantasmas de su pasado lo persiguieran.

Cuando irrumpió en la sala de curaciones de Qian Cao, jadeante, con el cuerpo inerte de Qinghua en brazos, los otros Señores de Cumbre ya estaban allí, congregados por el rumor.

Qi Qingqi abrió la boca, quizás para hacer una pregunta estúpida o una observación inútil.

Shen Qingqiu la fulminó con una mirada que podría haber helado el magma.

“Si alguno de ustedes dice una sola palabra” dijo, con una calma tan absoluta que era más aterradora que cualquier grito “los quemo vivos donde están.”

El silencio que siguió fue sepulcral. Nadie habló. Ni siquiera Yue Qingyuan, cuyo rostro era una máscara de culpa y desconcierto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La habitación de Qian Cao estaba impregnada de un olor penetrante a hierbas medicinales amargas y el acre aroma del desinfectante que Mu Qingfang utilizaba para limpiar sus instrumentos. Un silencio tenso, roto solo por la respiración superficial de Shang Qinghua, llenaba el espacio. Yacía en la cama de curaciones, su figura parecía aún más pequeña y frágil contra las blancas sábanas, su palidez fantasmal un contraste macabro con la blancura inmaculada de los vendajes que le cubrían brazos y cuello.

Mu Qingfang terminó su minucioso examen, sus dedos expertos se apartaron de la muñeca del paciente. Con un rostro grave, se volvió hacia Shen Qingqiu, quien permanecía inmóvil junto al marco de la puerta. La presión de sus dedos alrededor del abanico cerrado era tan feroz que sus nudillos brillaban, blancos y tensos, bajo la piel.

“Está estable”, anunció Mu Qingfang. Su tono era profesional, impecable, pero había en él una vibración inquieta, como una cuerda demasiado tensa a punto de romperse. Nadie se sintió aliviado. “Pero…”

“¿Pero qué, Qingfang?”, interrumpió Shen Qingqiu, con una sequedad cortante. Su paciencia —legendariamente escasa— había desaparecido por completo tras una semana en vela. Mu Qingfang respiró hondo, como un hombre a punto de saltar al vacío. “Primera, aunque sospecho que ya lo intuían tras lo ocurrido... Shang Qinghua es un omega.”

El aire, previsiblemente, se contuvo.

“La segunda es...” La voz de Mu Qingfang descendió hasta un susurro, grave, irrevocable.
“Está embarazado.”

El silencio que cayó sobre la habitación fue tan denso, tan pesado, que pareció absorber la luz de las lámparas, devorar el sonido de la respiración, hundir los huesos de quienes lo escuchaban...

Shen Qingqiu no gritó. No lanzó maldiciones que hicieran temblar los cimientos de la montaña, como muchos esperarían de su Shixiong. Su reacción fue mucho más aterradora por su quietud absoluta.

Con una lentitud deliberada, giró sobre sus talones. Su mirada se clavó en Yue Qingyuan, quien observaba la escena con esa expresión de perpetuo pesar y negación responsable que tanto hacía hervir la sangre a Shen Qingqiu. La expresión culpable que gritaba "lo siento" sin decir una palabra le hizo vomitar.

“¿Lo sabías?” preguntó Shen Qingqiu. Su voz era peligrosamente suave.

“No, Xiao-Jiu... este—” intentó balbucear Yue Qingyuan, pero no tuvo oportunidad.

¡¿LO SABÍAS, YUE QINGYUAN?!”el grito de Shen Qingqiu estalló en el espacio cerrado, una detonación de rabia contenida que resonó en las paredes e hizo que, fuera de la habitación, los discípulos de Qian Cao se estremecieran y apartaran instintivamente.

Yue Qingyuan palideció, el color abandonó su rostro como si le hubieran drenado la sangre. “N-No. Pero…” tragó saliva, incapaz de sostener la mirada incandescente de Shen Qingqiu. “este Shixiong debería haberlo sospechado.”

Debiste...” escupió Shen Qingqiu, cada sílaba cargada de un desprecio glacial, recorrió entonces al resto de los Peak Lords presentes, repartiendo culpas y cobrando cuentas silenciosas. “Debieron haber sospechado muchas cosas, malditos perros incoherentes.”

Liu Qingge, quien, por primera vez, retrocedió un paso como si el grito lo hubiera golpeado físicamente, su arrogancia usual hecha añicos por el shock. Qi Qingqi, cuyos labios normalmente burlones se apretaron hasta formar una línea delgada y pálida, toda su actitud defensiva y alerta. Wei Qingwei, que abrió la boca solo para cerrarla de nuevo, sin que saliera sonido alguno, sin palabras por primera vez en su vida.

“Salgan” ordenó Shen Qingqiu, su voz había recuperado su tono plano y mortíferamente calmado. “Ahora. Antes de que haga algo de lo que me arrepienta después...”

Ninguno de los poderosos Señores de las Cumbres se atrevió a desobedecer. Salieron en un silencio avergonzado, dejando atrás el peso de la verdad y la ferviente ira de Shen Qingqiu.

...

Los primeros días de la recuperación fueron una pesadilla despierta.

Shang Qinghua se debatía entre una inconsciencia drogado por los sedantes y unos despertares bruscos, plagados de terrores invisibles. En más de una ocasión, despertó gritando, sus manos arañando las vendas o su propio rostro, los ojos velados por un pánico ciego que no reconocía su entorno. Shen Qingqiu, que se negaba a abandonar la estancia, fue el primero en contenerlo aquellas veces, sujetando sus muñecas, evitando que se hiciera más daño durante el sueño. Mu Qingfang, con rostro sombrío e igual de agotado, no tuvo más remedio que aplicar sedantes más fuertes cada día, atando sus extremidades a la cama con correas de suave algodón pero implacables en su propósito. La amarga hierba del sueño forzado era un mal menor comparado con la autodestrucción del Omega.

Cuando Shang Qinghua abrió los ojos con verdadera consciencia por primera vez, lo primero que registró fue el familiar techo de madera de Qian Cao, las vigas que conocía demasiado bien. Lo segundo, la figura esculpida a base resentimiento y cansancio sentada junto a su lecho.

Shen Qingqiu, cuyos ojos verdes lo observaban con una intensidad que parecía sopesar los méritos relativos del estrangulamiento versus una bofetada correctiva, le hizo sentirse... avergonzado, de alguna manera.

“S-Shen-Shixiong, este shidi—” comenzó a balbucear, la voz un hilillo ronco, instintivamente sumisa incluso en la convalecencia.

“Cállate” lo cortó Shen Qingqiu, sin calor ni veneno, solo una fatiga absoluta.

Shang Qinghua se calló de inmediato, tragando saliva.

Shen Qingqiu respiró hondo, un suspiro que pareció recorrerle todo el cuerpo, contando hasta diez en la quietud de su mente. El silencio solo era roto por el débil olor de las propias feromonas de Qinghua, que en la proximidad delataban una verdad que ambos conocían ahora.

“Eres un omega” declaró, sin preámbulos.

Shang Qinghua cerró los ojos, como si las palabras fueran golpes físicos. Un leve temblor recorrió sus miembros.

“Sí.”

“Estás embarazada.” continuó Shen Qingqiu, su voz plana, factual.

Esta vez, el temblor fue más violento, una sacudida involuntaria que hizo crujir la cama.

Sí.

“Y en lugar de pedir ayuda” la voz de Shen Qingqiu adquirió entonces un filo tenue, casi imperceptible, “intentaste matarte.”

Shang Qinghua no respondió. No podía. No había excusa que valiera.

El silencio fue su única confesión.

“Quedarás bajo mi cuidado de ahora en adelante.” anunció entonces Shen Qingqiu, con la autoridad que ejerce sobre sus propios discípulos. “En la Casa de Bambú.”

Shang Qinghua parpadeó, lentamente, procesando la orden. La confusión nubló su mirada.
“¿Por… qué?” logró articular, la voz quebrada por la desesperación y la incredulidad.

Shen Qingqiu lo miró entonces como si su estupidez fuera un insulto personal. “Porque necesitaras a un omega a tu alrededor que te cuide. Y, a parte de Qingfang quien será tu médico, no te expondrás a ningún ambiente tenso o perjudicial durante el embarazo mientras tu cuerpo siga siendo débil.”

Silencio.

Y luego, el leve atisbo de confusión en el aire.

“Un omega...”

“Sí.”

“Tengo que ser... vigilado y cuidado por... un omega.”

“¿Acaso escuchaste algo de lo que dije?” En este punto, Shen Qingqiu había abandonado cualquier tipo de formalidad dado el cansancio.

“Pero Shixiong es un—”

“Un omega.”

El mundo no solo se detuvo; se desvaneció.

“¿Eh?”

El aire fue expulsado de los pulmones de Shang Qinghua. Shen Qingqiu. El más orgulloso, el más distante, el más ácido y despiadado de todos ellos... No es un beta.

También era un omega.

Como él.

“Pero... ¿e-entonces por qué... Shixiong nunca...?” No pudo terminar la frase. Su garganta se sentía inesperadamente seca. “No entiendo...”

Y entonces, Shen Qingqiu continuó, su voz más baja, pero cargada de una amargura que era un eco de la de Qinghua.

“Porque ninguno de esos imbéciles” hizo un gesto vago hacia la puerta, abarcando a toda la secta “merece saber la verdad.” Su mirada se perdió un instante en la distancia, no viendo a Qinghua, sino sus propios fantasmas. “Ellos no protegen a los nuestros. Solo exigen, usan y desechan. Creen que el control es sinónimo de fuerza.” Una risa cortante, sin humor, escapó de sus labios. “He tomado supresores desde que presenté por primera vez. Solo me permito tener algunos calores cada tantos años para evitar que mi sistema colapse. Hasta Mu Qingfang solo sabe lo justo. Mi seguimiento y medicamentos... lo tiene una vieja médica de un burdel de la ciudad bajo la secta, a quien todos creen que visito por placer, por cierto. Porque no les cabe otra idea en la cabeza que sus estúpidos nudos, o la falta de ellos.” Sus ojos, verdes y fríos, se clavaron de nuevo en Qinghua. “Ninguno de nosotros está seguro aquí. Pero al menos, en mi cumbre, podré asegurarme de que no te maten ellos con explicaciones estúpidas antes de que tú mismo lo intentes de nuevo. Así que cierra la boca, y deja que este Shixiong se encargue.”

Shang Qinghua lo escuchó, y por primera vez en lo que sentía como una eternidad, algo dentro de él, algo profundamente quebrado y enterrado bajo capas de miedo y culpa, se sintió… comprendido.

No por bondad, sino por una rabia compartida, por un instinto de supervivencia que resonaba en su propio ser... No pudo evitarlo, cuando sonrisa se dibujó en sus labios. Era una sonrisa fea, temblorosa, llena de las cicatrices de su desesperación, una mueca torcida de alivio y dolor.

Pero era real.

“Cómo Shen-Shixiong desee...”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El traslado no fue una negociación. 

Shen Qingqiu no sugirió que las pertenencias de Shang Qinghua fueran llevadas a Qing Jing; simplemente lo ordenó. La noticia llegó a An Ding no como una petición, sino como una directiva directa del segundo al mando de la Secta Cang Qiong, entregada por un mensajero de Qing Jing que parecía llevar el mismo aire gélido de su maestro.

Cuando los discípulos de An Ding—un par de jóvenes con rostros marcados por la preocupación y el miedo—llegaron a las puertas de la Casa de Bambú, cargando unas modestas cajas de madera que contenían todas las posesiones mundanas de su Shifu, se encontraron con Shen Qingqiu esperándolos.

Estaba de pie en el porche, los brazos cruzados sobre el pecho, su silueta esbelta recortada contra la puerta abierta. No dijo una palabra de bienvenida. Su mirada, áspera y penetrante, se posó primero en la caja, luego en los discípulos, transmitiendo un mensaje tan claro como si lo hubiera gritado mientras les permitía el paso.

Toquen algo mal, muevan un objeto de más, y los uso de abono para mis bambúes.

Los jóvenes se estremecieron visiblemente, apretando los agarres de la caja.

“Pongan eso ahí” indicó Shen Qingqiu por fin, con un movimiento de mentón que señalaba un rincón específico de su propia habitación, un espacio que ya parecía haber sido despejado a propósito. “No lo revuelvan. No lo abran. Déjenlo como está.”

Los discípulos obedecieron. Colocaron la caja en el lugar indicado, hicieron una reverencia apresurada y casi tropezaron entre ellos en su retirada, ansiosos por poner distancia entre ellos y la opresiva presencia del Señor de la Cumbre Qing Jing.

Dentro de la habitación, apoyado contra el marco de la puerta que daba al jardín interior, Shang Qinghua observaba la escena. Aún estaba pálido, las vendas de Mu Qingfang envolviéndole el cuerpo como un recordatorio mudo de su reciente fracaso. La modestia de su caja de pertenencias, que cabía toda en un solo viaje, parecía avergonzarlo aún más que su estado físico.

“Shen-Shixiong” comenzó a decir, su voz un silbido débil de protesta, “no quiero ser una carga… No puedes… esto es demasiado… realmente, este Shidi puede tomar la habitación de al lado y desempacar…”

Cállate” lo interrumpió Shen Qingqiu, sin volverse siquiera a mirarlo, su atención aún fija en el rincón donde ahora residían las cajas. “Te quedas aquí. No es una sugerencia.”

La orden era plana, final, tallada en piedra. No dejaba espacio para la discusión, para la autoflagelación, para los argumentos de indignidad que Qinghua tenía preparados en la punta de la lengua.

Y así fue.

No hubo más debate.

La cajas de madera desgastadas se convirtieron en un nuevo elemento en la austera habitación de Shen Qingqiu, un punto discordante pero aceptado, mientras esperaban los muebles que solicitó de An Ding para guardar las cosas de su Shidi.

Estas iban a ser unas semanas muy largas.

...

Shang Qinghua construyó un nido.

No fue un acto de deliberación consciente, sino la rendición final de un cuerpo y un instinto demasiado agotados para seguir luchando contra sí mismos. Una mañana, Shen Qingqiu se despertó y descubrió que toda su ropa de dormir—las túnicas de seda más finas, las batas de lino—habían desaparecido.

Siguió el rastro silencioso de prendas esparcidas como pétalos—una manga asomando bajo una mesa, el rastro de un cinturón arrastrado por el suelo de bambú—hasta un rincón semioculto por la pantalla en la habitación. Allí, Shang Qinghua había amontonado todo en una estructura tosca pero inequívoca de lo era realmente.

Las mantas más suaves y pesadas, arrancadas de ambos lechos. Las túnicas de Shen Qingqiu, especialmente las más viejas, las que estaban impregnadas con la fragancia más intensa y familiar a loto fresco y tinta seca. Incluso el preciado abanico verde de Bambú de Shen Qingqiu, aquel que nunca permitía que tocaran, cuidadosamente colocado en el centro.

Y en medio de ese caos de telas y olores, anidado como un pájaro exhausto, Shang Qinghua dormía. No era el sueño inquieto y quejumbroso de las últimas semanas, sino un sopor profundo y pesado, su rostro finalmente relajado, una mano enroscada bajo su mejilla. Respirando por primera vez sin el fantasma de una pesadilla en los talones.

Shen Qingqiu debía haberse enfurecido. La invasión de su espacio, el robo de sus pertenencias más personales, la vulnerabilidad expuesta de ambos... Todo gritaba por una reacción violenta, por un estallido de esa ira que siempre llevaba tan cerca de la superficie.

En cambio, observó el nido—torpe, excesivo, desesperado—y algo extraño y quieto se movió dentro de su pecho. Sin hacer ruido, fue al almacén, tomó la manta más gruesa y suave que tenía, una que rara vez usaba pero que todavía tenía algunas de sus feromonas, y regresó. Con un movimiento que era casi un gesto de bendición, la arrojó sobre la figura dormida de Shang Qinghua, asegurándose de que cubriera bien un hombro que había quedado expuesto al aire frío de la mañana.

Luego se dio la vuelta y se fue a preparar té, como si nada hubiera pasado.

...

Pero la paz fue breve. Shen Qingqiu pronto notó que Qinghua, en el fondo, no entendía.

Había cedido a hacer un nido porque las opciones se le habían agotado, porque Shen Qingqiu se lo había sugerido—más bien, ordenado cuando llegó por primera vez a la casa de Bambú—que lo hiciera. Para Shang, sin embargo, la palabra ‘nido’ era un territorio minado, un concepto abstracto y peligroso que había pasado años evadiendo como si estuviera hecho de hierva venenosa.

Había negado esa parte de su naturaleza con tanta ferocidad durante tantos años que no tenía ni el más mínimo conocimiento práctico. Sus recuerdos eran vagos al respecto: rumores de omegas que rodeaban sus espacios con telas suaves, aromas dulces, cosas que prometían calor y protección, generalmente materiales que familiares o amantes debían concederles perfumados con sus feromonas para mejorar el sueño.

Pero le sonaba ridículo.

 ¿Él, haciendo eso? Absurdo.

Pero igual de absurdo era seguir temblando de frío interno sin poder dormir, con el llanto silencioso de su propia angustia, y el nuevo ser dentro de él, mordiéndole los nervios cada noche mientras contenía las lágrimas, la presión en el pecho aumentando hasta dejarlo sin aliento.

Así que, cuando finalmente cedió, su intento fue patético.

Se limitó a arrastrar mantas al azar, cojines sueltos, alguna que otra prenda doblada de cualquier manera que su Shixiong dejara alrededor de la casa, y se dejó caer encima de todo como si bastara con apilar objetos. El resultado fue un revoltijo irregular, frío en los huecos, áspero en las costuras y tan incómodo psicológicamente como físicamente, pero que le dio algunas horas de sueño hasta que la superficie se volviera inhabitable.

No se parecía en nada a la imagen que tenían los instintos en su cabeza, pero se dijo a sí mismo que era suficiente, porque, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Admitir que ni siquiera esto sabía hacerlo? ¿Qué era un Omega roto y sin valor?

Los primeros días trató de convencerse de que servía. Pero despertaba empapado en un sudor frío, con el cuello torcido y cada músculo en tensión, y la sensación de vacío, de falta, se hacía más insoportable que el propio cansancio. Se revolvía como un animal atrapado en una jaula incómoda, buscando a tientas una comodidad que no sabía nombrar ni crear. En un arranque de frustración pura, golpeó el montón de mantas con el puño mientras pateaba algunas almohadas, tragándose un sollozo áspero que no debía existir en voz alta.

Fue en ese estado de derrota cuando Shen Qingqiu lo encontró.

Su Shixiong se detuvo en el umbral de la habitación, su silueta recortada contra la luz de la ventana. Sus ojos serenos recorrieron el desastre con una ceja alzada. Shang Qinghua estaba medio sentado sobre el amasijo de telas, el cabello pegado a su frente sudorosa, las manos aferradas a la tela como si quisiera desgarrarla o aferrarse a ella y los ojos llenos de lágrimas.

“¿Esto… se supone que es?…” La voz de Shen Qingqiu era neutra, pero había una sombra de genuina perplejidad en ella, como si observara un fenómeno natural extraño.

“¡Es un... nido!” Soltó Shang, demasiado rápido, con un tono desafiante que sonó hueco y quebrado incluso para sus propios oídos.

Shen Qingqiu arqueó ligeramente ambas cejas ahora, un gesto minúsculo que decía más que un discurso. Avanzó unos pasos silenciosos, observando las arrugas profundas, la desproporción de las capas, la forma en que nada se sostenía. Suspiró, un sonido suave que no contenía burla ni condescendencia, sino una especie de... ¿resignación? Dejó caer al lado una pila de telas que traía dobladas bajo el brazo, eran más suaves, de una calidad superior, y olían ligeramente a hierbas calmantes. ¿De donde traía su Shixiong tantos materiales de anidación?

Además.

¿Eran... para él?

“No parece muy cómodo” comentó al fin, con el mismo tono que usaría para señalar un error en un trazo de caligrafía o una mala postura de espada. “¿Puedo…?”

La pregunta, simple y directa, desarmó por completo a Shang Qinghua. Abrió la boca para negarse, para cubrir su vergüenza con una capa más de sarcasmo, pero no salió nada. Su orgullo estaba tan agotado como su cuerpo. Solo asintió, bajando la mirada hacia sus propias manos, que seguían aferradas a una manta como a un salvavidas.

Shen Qingqiu se arrodilló junto a él luego de permiso para entrar a su nido. Sacudió mantas, extendió una tela grande y suave como base, dobló los bordes para crear paredes definidas, acomodó cojines y almohadas esponjosas en los bordes mientras los perfumaba con su propio olor. Incorporó los materiales nuevos que había traído, entretejiéndolas con las viejas. Todo lo hizo con una paciencia que Shang Qinghua no le conocía, pero que se detuvo a admirar mientras lagrimas de alivio se derramaban por los bordes.

Cuando terminó, se incorporó y retrocedió un paso fuera del nido. No había creado una obra de arte, sino una forma redonda, mullida, y acogedora, que podría sostener a su Shidi hasta que este se sintiera lo suficientemente cómodo y establecido para intentarlo de nuevo por su cuenta.

Shang Qinghua lo miró de reojo, un nudo de emociones contradictorias apretándole la garganta. Sintió la tentación casi irresistible de hundirse allí de inmediato, pero también el miedo infantil de que todo se desmoronara en cuanto lo intentara, revelando que era solo otra ilusión, se lo impedía.

“Pruébalo” dijo Shen Qingqiu, su voz era suave, mientras le daba un empujón.

Qinghua obedeció, casi a regañadientes. Se acomodó con torpeza en el centro del nuevo espacio. Y entonces, algo en su pecho cedió. El calor se acumuló alrededor de él de forma pareja, sin puntos fríos. Las telas suaves se moldearon a su cuerpo, sosteniendo el peso sin dejar huecos vacíos que recordaran el abismo en el que estuvo encerrado durante todo este tiempo. Por primera vez en días—quizás en años—su respiración se acompasó profundamente, perdiendo el ritmo jadeante del pánico. Se quedó completamente quieto, demasiado quieto, con los ojos fijos en el techo de bambú para no delatar la humedad que asomaba en ellos.

Shen Qingqiu no hizo ningún comentario. Simplemente recogió las mantas sobrantes y desechadas en silencio y las dejó ordenadas en un rincón, como si no hubiera hecho nada más importante que barrer el polvo. Pero Shang Qinghua, con las manos escondidas bajo la tela suave que ahora olía a los dos—a loto, a tinta, a hierbas calmantes y a su propio sudor secándose—apretó los puños con fuerza.

Porque sí, al final, solo era un montón de mantas reorganizadas.

Y, sin embargo, por primera vez, se parecía peligrosa, abrumadoramente, a algo que podía sentirse como un hogar.

“Gracias, Shixiong.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[INICIALIZANDO DIAGNÓSTICO...]

 

 

 

[ADVERTENCIA: Anomalía temporal #C-137 detectada en el Ancla Narrativa Principal. Huésped "Shang Qinghua" (ID: #SQH-BETA-OMEGA) ha alterado eventos del guion base "Proud Immortal Demon Way".]

 

 

 

[EVALUANDO CAMBIOS...]

Evento: "Misión Valle Incubi" (Cumplido. Resultado: SUPERVIVENCIA. Desviación: +400%).

Parámetro: "Salud Mental SQH" (Estado: CRÍTICO. Tendencia: Autodestrucción. Intervención externa detectada: "Shen Qingqiu").

Parámetro: "Vínculo Interpersonal SQH-SJ" (Nivel: "Cuidado Obligatorio". Previsión anterior: "Desprecio Tolerante"). DESVIACIÓN EXTREMA.

Evento: "Revelación de Naturaleza Omega" (Ocurrió. Canal: Forzado por trauma. Consenso secta: NEGATIVO).

Parámetro: "Embarazo" (Confirmado. Padre biológico: "NPC Íncubo" (Consorcio, Nivel B). Viabilidad fetal: ESTABLE, a pesar del estrés del huésped)

Nueva Variable: "Shen Qingqiu (ID: #SJ-OMEGA-REPRESSED)". Estado: ACTIVO. Modo: "Protección Agresiva". Previsión: IMPREDECIBLE. 

 

 

 

[ANÁLISIS DE CONSECUENCIAS...]

La trama "Abandono y Resentimiento de SQH" está siendo sobrescrita por la trama "Alianza de Supervivencia Omega".

El arco "Traición a Cang Qiong por MBJ" ahora tiene un 72.8% de probabilidad de desviación.

La variable "Transmigración Usuario #2 para sujeto Shen Qingqiu, Villano Escoria" ha sido descartada de la base de datos. 

 

 

 

[¡ADVERTENCIA! El protocolo de corrección "Castigo por Desviación" no puede ser implementado. Razón: El Huésped ya está experimentando un "Castigo Autoadministrado" en niveles máximos. Interferir podría resultar en la terminación del huésped y pérdida del cachorro, anulando toda la inversión narrativa.]

[RECALCULANDO...]

[NUEVA DIRECTIVA: OBSERVAR. Protocolo de No Intervención activado. La narrativa procederá de forma orgánica a partir de este punto. Las consecuencias son imprevisibles.]

[ESTADO FINAL: SUSPENDIDO. EN ESPERA...]

 

 

 

 

[Mensaje del Sistema: Esperando a ver qué demonios pasa ahora.]

[¡El sistema le desea la mejor de las suertes, anfitrión! (    ◕) ノ*: ・゚ ✧]