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Lavander and blood

Summary:

Durante el festejo de la boda de su hermano, Sherlock conoce a un muchacho muy peculiar, con gafas para el sol, una chaqueta negra como la noche y una sonrisa magnética que casi le hace olvidarse de su hechizo...

Notes:

Hellow ~☆

Creí que no llegaría a tiempo para la noche de brujas, aunque apenas es el primer capítulo y es algo corto, pero quería publicarlo en este día tan especial que amo con todo corazón 🎃💜🖤🍁

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

                              Capítulo uno:

             Lo que pasa con la familia Holmes.


“Duda que las estrellas sean fuego, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes nunca de que amo”. 
William Shakespeare.
(aldea)


Las brujas suelen tener el don de la visión. Usualmente rebelan los buenos o malos presagios que se esconden en las hojas del té que toma la persona que pide saber lo prohibido. Lo que más se conoce es la clásica bola de cristal en la que solo ellas pueden disipar la niebla y encontrar la imagen perfecta. Sherlock sin embargo, tenía presagios en forma de sueños que ni siquiera podía recordar. Los vivían en el momento y después desaparecían. Los acontecimientos de su cabeza solían manifestarse en formas con el papel que yacía en su escritorio, formando origamis que se desplegaban en cuanto despertaba. Aquella noche en específico se arremolinaron encima de él como una pequeña tormenta encerrada en su cuarto y cayó al suelo en cuanto John lo despertó con un susurro, poniendo su patita encima de su pecho.

–Sherlock, Sherlock –le llamaba–. Alguien se ha metido a la casa.

Al joven brujo le costó regresar a la realidad. La voz de John apenas fue como un eco dentro de sus sueños que lo obligó a encontrar el camino lejos del humo en su cabeza.

-¿Mmm? –murmuró, frotándose los ojos.

–Escuché la madera crujir en el porche –insistió John.

No creyó que se tratase de un ladrón, no había nadie con las agallas suficientes para atreverse a ingresar a la casa de la familia Holmes. Pero no podía descartar la idea de un adolecente tonto cumpliendo un reto, porque claro que los había escuchado en el colegio cuando giraban aquella botella en su estúpido juego de “verdad o reto”, la idea de cruzar el césped de la “casa embrujada” era la opción más popular. Antes solían entrar otras entidades, los fantasmas o las sombras de ojos curiosos sin boca. Pero desde que sus tías pusieron una barrera contra ellos, raro era aquel que lograba traspasarla. Así que se levantó a ver de qué se trataba y llevó su confiable escoba consigo. Monstruo o humano, le daría una lección. Odiaba cuando interrumpían sus ideas, en especial sus sueños. Haría pagar al responsable de una manera mortificante, lo juró por su sangre. Sintió el papel en sus pies descalzos mientras cruzaba la habitación hasta la puerta, fijando la tarea de analizarlo después cuando regresase. 

John caminó a su paso sigiloso escaleras abajo. Solo quienes vivían ahí sabían bien donde pisar para que la madera no hiciera un tormentoso escándalo. Además de que Sherlock siempre había tenido pies ligeros; La tía Rosmary decía que era igual que un fantasma, podía pasar desapercibido si así lo deseaba. Se deslizó por el pasillo igual que una sombra y, con la mano cerca de su mentón, comenzó a confabular un hechizo.

Las ventanas de la sala se abrieron y un viento helado llegó a la casa junto con el peculiar extraño, trayendo consigo viejos recuerdos.

–El propósito es esclavo de la memoria, de nacimiento violento, pero de escasa validez –recitó una voz familiar a modo de contraseña. Y casi pudo percibir su sonrisa aún sin verlo.

Una contraseña que solo dos personas conocieron…

–¡Mierda, Mycroft! –exclamó Sherlock, saliendo de su escondite–. ¡Casi te convierto en una rana!

–¿Tú? –su hermano se quitó la capucha de la bata, posiblemente hechizada para pasar desapercibido en la noche a ojos ajenos. Alzó una ceja y formó una sonrisa burlona mientras su cuervo volaba sobre la cabeza de Sherlock para ir a encontrarse con John–. ¿Acaso has olvidado la vez en la que intentaste convertir un ratón en una taza? 

–Cuidado, aún estoy considerando seriamente la posibilidad –masculló el menor–. Aunque pensándolo bien, no sería un gran cambio; siempre ha sido verde y feo como esos anfibios. 

El silencio reinó durante unos segundos antes de que Mycroft se echara a reír y Sherlock torciera la boca en una sonrisa maliciosa. 

Ambos hermanos se encontraron en un abrazo cálido, con fuerza en las manos, como si temiesen volver a alejarse tan pronto se soltaran.

–Te he echado mucho de menos, hermanito –murmuró Mycroft.

–No mientas, tus cartas han sido menos frecuentes que antes –la voz de Sherlock se volvió más ronca, sentía que podía relajarse cada vez que alguien lo abrazaba pero no olvidaría los reproches que había estado guardando por dos años, sin importar cuanto amase a aquella persona–. Comenzaba a pensar que te habías olvidado de nosotros.

–No he hecho más que pensarlos en todos estos años. Hay tanto que quiero contarte, querido hermano, si es que no estás demasiado enojado conmigo. Te ruego que me perdones y escuchas lo que tengo por decir. Te prometo que te lo explicaré todo. Pero antes, ¿podrías ofrecerle alimento a esta pobre alma que suplica piedad ante tus ojos?

Ciertamente, Sherlock tenía la debilidad de ser alguien que no podía dejar sin comer a quien estuviese hambriento, por más enfadado que estuviese con esa persona. En la cocina había unos pastelillos de fresas cubiertos por un recipiente de cristal. Siempre había algo ahí, ya sean galletas, panecillos, pastel o una tarta: dependiendo de quién lo hubiera horneado, pero nunca debían dejar el recipiente vacío.

Con un chasquido, subió las luces del comedor y puso una tetera a hervir. Su hermano no mintió respecto a su hambre, ni siquiera espero a que el té estuviese listo y comenzó a hicarle el diente al primer pastelillo, pero sin dejar de lado sus modales, separando el envoltorio lo suficiente como para no devorarlo también.

Sherlock lo contempló en silencio, con los hombros recargados sobre la barra.

–Los he hecho yo –comentó.

Mycroft dejó de masticar.

–Has mejorado mucho desde la última vez. Debo felicitarte. Estos no estarán envenenados, ¿o me equivoco?

–No lo sé. ¿Cómo te sientes, querido hermano? –Sherlock comenzó a servir el té, había sacado la vieja taza blanca que nadie tocaba desde que Mycroft se fue. Aquella era otra de las reglas en la casa: lo que era de cada uno, era de cada uno–. Anda, toma un trago de esto para que no te haga efecto.

Con Sherlock uno nunca lo supo, así que le obedeció por si las dudas. Aunque incluso si estuviesen envenenados, el sabor era exquisito y la grosella de la bebida lo volvía aún mejor.

–Bueno, dime qué cuenta el mundo allá afuera –el menor de los Holmes se sentó a hacerle compañía y le dio un sorbo a su taza con forma de calavera. Tenía afición por esta clase de cosas. En su dormitorio descansaba un cráneo de verdad con la cual hablaba de vez en cuando ya la que había bautizado con su propio nombre también. Tenía uno un esqueleto de cuerpo entero en su armario y el anillo que siempre cargaba en su dedo anular que conoció todos sus secretos y le conoció más que él mismo pues nunca se lo quitaba–. ¿Es tan grande como imaginabas?

–Es mejor de lo que cuentan los libros. Hay millas de cosas, tantos idiomas. Te he traído un regalo también, ya lo verás después. Pero primero quiero hablarte sobre algo –y de pronto su expresión se volvió un poco más… tímida. Algo que nunca había visto en él, que siempre era sereno y dueño de sí mismo–. Conocí a alguien.

Sherlock detuvo su siguiente sorbo. Es probable que Mycroft estuviese esperando a que soltara su primer comentario burlón, pero como no recibió ninguno, prosiguió:

–Tiene cuatro años menos que yo. Es atractivo. Muy listo, por no decir que es un diablo cuando te descuidas. Pero no es alguien malo, de hecho duda mucho de su bondad, siendo alguien ciego a sus propias acciones que dicen todo lo contrario de sus malas palabras en contra de su persona –la mirada de Mycroft cae en el interior de la taza, recordando el rostro de aquella persona. El color rojo le recordaban a las rosas y las rosas lo llevaban a imagen de aquel muchacho–. Su sonrisa, al principio astuta y seductora, guarda más melancolía de la que te puedes imaginar. Y sus ojos, siempre cansados ​​pero no lo suficiente para negarte un consejo cuando te sientas mal.

–No estarás enamorado, ¿verdad? –finalmente Sherlock habló, un poco inseguro, tratando de ocultarlo con una pequeña risa, como quien desea que todo se trate de una broma.

Mycroft dejó de lado la taza y le dirigió la mirada más seria y profunda que había visto en su vida.

–Sherlock, voy a casarme con él.

El silencio volvió a cubrirlos como un manto sobre sus hombros, salvo por los grillos que cantaban afuera en el jardín. No es que fuese su intención, de hecho estaba buscando cuidadosamente las palabras adecuadas en su cabeza para tal situación. ¿Pero qué es lo que se dice exactamente? Lo normal sería darle la enhorabuena. Pero ahí estaba el problema: ninguno de los dos era una persona normal, por más que Mycroft terminó lejos de su hogar, pasando meses entre “los mundanos”.

–¿Sherlock? ¿Estás tomando un bocadillo nocturno? ¿Puedo acompañarte querido? –una voz interrumpió sus pensamientos, llegando desde detrás de ellos. Se trataba de la tía Mildred, posiblemente su sueño había sido dulcemente interrumpido por el aroma del té flotando por toda la casa. Llevaba su bata de seda verse y el pelo corto con forma de un hongo más despeinado de lo que debía. Tardó un poco en reconocer el ambiente ya su invitado–. Ay, cielos. ¿Eres tú, Mycroft? ¡Rosy, ven a ver! ¡Mycky ha regresado! Por todos los bastos, muchacho. Estás más alto que la última vez que te vi, y, ¡que guapo te has puesto!

Mycroft se levantó de la silla para darle un abrazo a la mujer y todo se volvió risas en la casa cuando la tía Rosmary se lanzó a sus brazos para ser cargada como una pluma. Y Sherlock contempló la escena distante en su propio mundo, mordiéndose la lengua pues había desperdiciado la oportunidad y ya nunca, o al menos en esos tres meses, pudo decirle a Mycroft lo que realmente pensaba de la situación.

Ahora bien, esto es lo que pasa con la familia Holmes: ellos están malditos.

O más bien: hechizados. Pero ha sido realmente difícil para cada miembro de la familia no verlo como una maldición atroz, puesto que, dictado por un llanto de dolor y un corazón roto, todo hombre que amase a alguien con el apellido Holmes, moriría indudablemente tras el brujo o la bruja escuchando el canto de un escarabajo.

 

 

Continuará…