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Nunca planeo el momento en que tomaría su mochila y saldría por la puerta de la casa que había estado llamando hogar fuera una noche cualquiera sin lágrimas o una despedida emotiva, cuando las estrellas eran fuertes y los búhos lo vigilaban desde los árboles.
Nadie lo buscaría, tampoco nadie lo esperaría de vuelta.
Así de simple era su realidad.
Sus pasos eran pesados sobre la tierra y graba bajo sus botas gastadas, los árboles a su alrededor eran considerados en su despedida al crear sombras por dónde caminar sin ser tocado por la luz que la luna era capaz de crear a esa hora. Le gustaría pensar que extrañaría ese lugar, que mientras más se alejaba más recuerdos llegaban a su mente, sin embargo nada sucedía, no en ese momento; en cambio un sentimiento desconocido empezaba a adueñarse de su pecho.
Su vida era corta, en comparación a quienes lo rodeaban; era simple, tomando en cuenta la falta de magia en su sangre, aburrida incluso según la opinión de los que conocían mejor el mundo que su propio hogar.
Podía fingir ser un caballero y vivir como aquel que corre de poblado en poblado buscando ayudar a los necesitados, aunque no necesitaba una armadura para hacerlo cuando las monedas de plata no durarían para siempre y conocía lo suficiente a su corazón como para ser sincero y admitir que unas cuantas sonrisas podían llegar a ser suficiente pago, así había aprendido desde que era un chiquillo.
Midió sus opciones, sus pocos planes de vida creando poco peso ante el futuro incierto; una vida sedentaria sentando mal en su corazón sin embargo no tenía la fuerza para blandir una espada contra aquellos mucho más grandes que él, ni tenía las monedas para traer a alguien consigo.
Con pesar dejó salir un suspiro, acomodando su cabello nuevamente en la coleta, levantando la mirada al cielo estrellado en búsqueda de una respuesta.
Ningún fragmento de estrella cayó a sus pies para revelar una solución, ni mucho menos algún planeta cambió su orbita solo para contentar a su alma confundida, en cambio la luna lo saludó haciéndolo recordar con amabilidad que ese mundo no era suyo para salvar.
Conocía las leyendas de aquellos que luchaban en las guerras, nombres que trascienden el paso del tiempo y la distancia entre los pueblos; no le gustaría ser uno de ellos, no sabía muy bien cómo tratar a las personas ajenas a lo que llamaba suyo —honestamente ¿Qué era suyo en verdad?— y sentía que el reconocimiento sería el primer clavo en su ataúd.
Era uno más de tantos seres vivos que lo acompañaban, uno que quizás no estaba destinado a tener su nombre escrito en libros o piedra, era algo intimidante pensarlo de esa manera, darse cuenta que las decisiones que tome solo afectarían su destino. Podía llevar varios años viviendo en soledad, a responsabilidad de su propio bienestar, pero nunca se había dejado a sí mismo entretener mucho el pensamiento de cómo no había nadie afectado por lo que decidía hacer y lo que no terminaba haciendo, era una línea algo extraña y por la cual no disfrutaba mucho divagar.
El viento de verano era húmedo al final del camino mientras los insectos del bosque se despedían de su presencia. Como un último acto egoísta en esas tierras donde nació, se acercó al árbol más cercano y con su cuchilla de mano marcó su nombre en la corteza, presionando su frente contra ella unos segundos en disculpas.
Una hoja cayó en su cabello segundos después. Era perdonado. Había sido tan adorado.
Se detuvo al final del camino, agachándose en una última reverencia. Sus manos contra la tierra al igual que su frente, respirando el aroma que reconocía como un refugio metálico antes de levantarse y darle la espalda por última vez, siguiendo su camino sin destino.
El sonido de la tierra con el paso de las horas se transformó en el suave susurro del pasto, llanuras abriéndose a sus pies mientras que una imagen poco esperada sin embargo bienvenida se abría ante sus ojos.
En verdad era un mundo tan grande.
¿Merecía la pena detenerse en un solo lugar?
La brisa fría golpeaba su rostro y revolvía su cabello, le daba una pequeña prueba de lo que muchos llamaban libertad.
De pie en la cima de una colina, sin linterna que le iluminara o arma que lo defendiera, se cuestionó si la vida en un pueblo o cuidad le daría esa misma satisfacción o si esto solo era una ilusión creada por sus primeros pasos fuera de todo lo que conocía.
Habían posibilidades de que así fuera, sería algo más tranquilo y sin dudas estable.
Pero ¿Era lo que quería?
Detuvo su ilusionado corazón al ser consciente que la maravilla delante suya era acompañada por curiosidad, la necesidad de más era igualada a esos bebedores de sangre humana que pasaban siglos alimentándose de animales, alimentándose lo suficiente para sobrevivir y luego maravillándose cuando se les ofrecía un poco más de aquello que siempre debieron haber tenido.
Negando con la cabeza siguió caminando, diciéndose a sí mismo que viajaría hasta la población más cercana antes de tomar una decisión de esa magnitud. Debía probar lo que era una vida en sociedad antes de negar totalmente su gusto a ella, y siendo realista sabía que también debía ahorrar unas cuantas monedas más antes de soñar en grande.
Aquellos con quienes se llegó a cruzar en el pasado le habían contado historias y dado consejos si en algún momento dejaba los terrenos que llamaba hogar, qué cosas comer, qué cosas no, cuales eran los sitios más seguros para cazar, las múltiples chozas perdidas en la nada donde personas de todos lugares y razas se detenían a descansar.
No sabía cómo identificar una ni tampoco creía que serían fáciles de encontrar, tomando en cuenta la basta imagen que la llanura presentaba a sus pies mientras bajaba de la colina, sin embargo en unos días estaba seguro que sería un recurso importante para poder descansar de manera correcta.
En momentos de tanta soledad le gustaría contar con la compañía de uno de esos seres de sombra que tantos magos parecían llevar de mascotas los últimos años. Sus historias en los libros eran maravillosas y si era sincero sonaba increíble crear un lazo tan fuerte con un ser mágico.
Los lazos son importantes, era una de las pocas cosas que el aislamiento le había enseñado con llamas contra su piel. En el mundo existían millones de lazos distintos, débiles y fuertes, algunos que incluso entrelazan las fuerzas vitales de aquellos que forman parte del trato. Es maravilloso, su pecho se llenaba de deseo para entender como funcionaba cada uno de ellos.
Algunos eran sencillos de descifrar, como los lazos más inculcados en la raza humana, otros aún parecían un misterio a sus ojos.
Él entendía lo que era amar a objetos inanimados, a pesar de eso las plantas y los libros nunca darán una respuesta a sus movimientos ni estado de ánimo, mucho menos son una solución confiable a la cual acudir cada vez que las noches se sientan más frías y los brazos alargados de las pesadillas se estiraran en su dirección, pero eran suficientes por el momento para su pequeña aventura.
Las criaturas traían mucho más a una relación y no culpaba a nadie que encontraba a su compañero ideal en cualquier ser de otra raza.
A veces se preguntaba qué tan lejos podías llegar a la hora de crear los lazos, sí, habían maniáticos que se lanzaban de frente a los dragones, pero ¿Y los zorros comunes? Esos que ahora mismo con el sonido no familiar de sus pisadas salían corriendo hacia un lugar seguro; desconocía si había una manera de ganarse la confianza de seres tan escurridizos, le gustaría que así fuera.
¿Qué tan seguido veían esos animalitos a los humanos por estas tierras? En una zona tan abierta como esa contaba con la suficiente oscuridad para que la luna fuera todo lo que necesitabas para moverte, esta era hermosa en su opinión, pero tanto espacio solo volvía el lugar más peligroso y él era terco, así que siguió su rumbo, perdiéndose en sus ideas y los recuerdos de historias que bardos cantaban por un par de monedas.
Le preocupaba un poco la idea de volver a una sociedad, o siquiera integrarse a una dado que la primera parte de su vida se vio llena de visitantes esporádicos y la segunda no era más que un largo historial de conversaciones con el bosque, consigo mismo ante la falta de otra alma en la cual buscar consuelo. Estaba un poco fuera de practica; esperaba poder hacerlo, no estaba listo para dar la cara de esa manera a las personas, y creía que nunca lo estaría en verdad.
Un estruendo quejumbroso a su derecha llamó su atención, rocas caían de una montaña cercana donde por esfuerzos de la luna pudo observar como un golem se levantaba con lentitud, rugiendo al cielo nocturno cuando logró erguirse en totalidad.
¿Habría alguien luchando con él?
Las criaturas naturales no suelen buscar pelea con aquellos más grandes, sin embargo a los seres humanos y razas aledañas parecía traerles un gusto dulce a la boca y energía que llenaba sus venas.
Se sentó en el césped frío, mirando expectante como el gigante se movía alrededor con torpeza por su peso. No debía preocuparse por que alguna roca se dirigiera a su persona, era poco probable, sin embargo desde su posición era privilegio de observar como desde la aparente nada una flecha en llamas fue disparada antes que una explosión golpeara al gigante en una de sus extremidades.
Hizo una mueca mientras veía como el ser perdía el equilibrio y caía hacia un costado causando que rocas más pequeñas hicieran camino bajo la montaña.
¿Qué tipo de vida lleva aquel que lucha contra esos monstruos a esas horas? ¿Esta batalla sería una de muchas otras o un evento que recordaría? ¿Por qué decidía luchar a esas horas y no esperar a la luz de la mañana?
Para el momento en que la misteriosa entidad que haya atacado al golem logró vencerlo, recogiendo lo que seguramente eran materiales preciosos del suelo, el cansancio empezaba a aferrarse a sus huesos al tiempo que el sol empezaba a aparecer en el horizonte.
No tenía un mapa, aquellos dejados por viajeros en el pasado fueron perdidos en cierto incidente del cual evitaba pensar, así que la presencia de otro ser posiblemente humano en esa zona le decía que habían posibilidades de encontrar una civilización.
Cierto fantasma amable de su pasado también invirtió tiempo en enseñarle a sobrevivir viajes que en ese momento parecían fantasías, guiándolo por los pasos de cómo encontrar agua fresca y la manera de identificar lugares seguros para descansar. Esas enseñanzas fueron sus canciones de cuna con cada parada y siesta que hacía, escondiéndose en la sombra de los árboles por algunas horas antes de empezar a moverse y recolectando algunas frutas silvestres en su camino hasta llenar la mitad de su bolsita de piel.
A momentos se preguntaba si lo que traía consigo era suficiente, si no se había dejado los libros importantes en casa y si extrañaría su cama o la textura de sus sábanas. También estaban sus pocos ahorros que significaron años de empleos hacia viajeros que no recibieron la paloma una década en el pasado o esos que decidían hacer el último intento de llegar a un lugar que creían seguro por historias del pasado. Esperaba que fueran suficientes para iniciar algo.
Al final de la tercera noche cruzó tranquilamente una de las colinas más bajas, revisando desde las alturas las cosas que se presentaban delante de él; podía ver el espacio de un lago en medio de algunos árboles, una familia de ciervos caminando en esa dirección y exactamente ocho pájaros volando en dirección del amanecer. Buscó un poquito más lejos con la poca luz disponible mientras mordisqueaba algunas de sus frutas, notando entonces como a la lejanía se levantaban distintas filas de humo que prometían la presencia de una aldea.
La luna ya se despedía al encontrar un escondite detrás de las montañas, dando pleno paso al sol que ayudaba a darle un poco más de energía para seguir, sintiendo el momento en que daba los primeros pasos dentro de una barrera mágica. Su madre le había enseñado cómo funcionaban, le había contado la forma en que sentirías un cambio en la temperatura, que un escalofrío te recorrería y tus preocupaciones desaparecerían.
No parecía ser gruesa ni estar preparada para detener a demonios o todas las criaturas con arsmas en sus venas, eso le alertaba de la presencia de los cazadores, lo que en verdad tenía sentido luego de su encuentro con el asesino de golems. Fuera de eso y quizás era su cansancio hablando, la barrera también creaba un ambiente acogedor que casi demandaba unas horas de descanso. Todavía estaba lejos del humo, las horas de caminata le esperaban ansiosas, y aunque intentara recortar el tiempo las actividades esforzándose un poco más su cuerpo poco acostumbrado a largas horas de ejercicio pedía merced.
Habían pocos árboles alrededor del claro, uno de ellos, grande y frondoso le dio la bienvenida con el suave canto del viento entre sus hojas y el revoloteo de algún pájaro que también descansaba en esa tentadora sombra. Abrazando su mochila contra su pecho deseó que fuera suficiente protección para cualquier mano malintencionada y confiando en la magia que vibraba en el aire para no ser levantado por un Aviari mientras descansaba.
El canto de los pájaros esa mañana sirviendo como nana durante las horas que reposó, un descanso sin sueños que fue roto por el sonido de un cabello caminando cerca. Abrió los ojos de manera perezosa, notando como un mercader se acercaba a un trote relajado.
Despidiéndose del árbol y dándole las gracias por prestar un refugio por las últimas horas esperó a que el mercader se acercara unos metros más, sonriendo de la forma más amigable e inocente que podía lograr sin sentir que su rostro se deformase, esperando no ser disparado o visto como un ladrón.
— ¿Vas a Fayya? —preguntó el hombre. Su respuesta vino en forma de un movimiento de su cabeza, su silencio siendo difícil de romper después de todos los años en el— Arriba muchacho.
No quiso esperar a que el hombre cambiara de opinión, saltando sobre la carreta y acomodándose para ocupar el menor espacio posible entre las bolsas de alimentos y otros objetos que transportaba, sus manos manteniéndose donde pudieran ser vistas en todo momento.
Ninguno de los dos parecía interesado en tener una conversación y eso estaba bien, dedicando esas horas para pensar qué haría una vez llegara al pueblo. Crear un plan y recoger todo su valor para poder llevarlo a cabo, repasando si esa idea casi infantil en verdad tenía la fuerza necesaria para guiar sus siguientes pasos.
La idea de probar vivir una pequeña época allí no sonaba mal, desde la lejanía y bajo el brillo del sol el lugar parecía ser cómodo, prometía un techo sobre su cabeza y algo de comida caliente en su estomago, cosa que luego de tantos días fuera de un hogar, notaba que extrañaba con locura.
Una sombra de tamaño considerable se mostraba en el césped, moviéndose a gran velocidad. Apenas le dio tiempo a levantar la mirada hacia cielo para ser capaz de ver la silueta de un dragón sobrevolar sobre la aldea antes de desaparecer en el horizonte, la velocidad en la que se movía no se lograba comparar en nada con la tranquila carreta donde ahora viajaba y eso le hacía preguntarse el estado mental de los que surcan los cielos en ellos.
Encogiéndose de hombros y con una idea de qué hacer con su futuro próximo, empezó a leer uno de los tomos que trajo consigo de la cabaña, estaba lleno de anotaciones en todos lados con tres tipos de letras distintas, además de algunas imágenes mágicas que un mago amable le encantó una vez cuando era pequeño, en ese momento siendo su manera de aprender a seguir las recetas con una guía visual.
Las páginas eran conocidas, las había estudiado por años y años hasta memorizar cada detalle, cada nombre y anotación. Eran cosas importantes, aún cuando requería tomar descansos por salud por algún dato que no estaba actualizado correctamente, era su trabajo, era su estudio de vida.
Cuando llegaron a la entrada de la aldea pudo bajar del carrito y agradecer múltiples veces al señor, quien está vez le ofreció una sonrisa. Cual niño pequeño tomó carrera alrededor de las calles desconocidas, escuchando a las personas hablar y reconociendo los lugares que luego le gustaría visitar aunque estaba seguro de que se olvidaría de la mitad de ellos para la caída del sol.
Ahí había un restaurante, ahí había una pequeña biblioteca, ahí estaba la posada.
Sonrió a los niños que lo saludaban, correteando hasta llegar a la única casa que contaba con el distintivo de los sanadores. Llevando sus manos a su frente mostró respeto antes de entrar, mirando con atención las cosas dentro de lo que en verdad parecía un hogar. Era una cabañita acogedora, con dos ventanas en la pared contraria a la puerta, más repisas de las que pensaba que pudieran entrar en un lugar así y un par de sillas de madera.
A la derecha había una zona un poco más alta, varias sillas acomodadas cerca de uno de los escritorios y una camilla; podía sentir un ligero aroma en el aire que le recordaba al bosque de su hogar, que hacía los cabellos de su nuca erizarse al sentirlo otra vez.
Era magia.
Una mujer se dio la vuelta al escucharlo entrar, era más alta que él con cabello negro y ojos amables.
— ¿Puedo ayudarte?
Su Pare siempre dijo que había que ser directo y sincero le ayudaría al conocer personas nuevas.
— Quiero ayudarle con medicinas, por un par de monedas.
La mujer pareció congelarse por unos segundos, algo raro mostrándose en sus ojos verdes antes de que estos tomaran un tono algo más brillante, si es que era posible para un humano.
¿Qué tantos jóvenes llegaban con ese cuento?
— He estudiado plantas toda mi vida, tengo mis notas conmigo —insistió mostrando su diario, ese donde durante los últimos años se dedico a dejar las mejores notas de todo lo que había aprendido— Puedo hacer búsqueda de materiales, incluso solo las mezclas por el tiempo que usted vea necesario, mis padres me enseñaron la medicina.
Era una de las cinco cosas que nunca dudó en su vida: era un sanador.
Desde la primera vez que trató una quemadura ligera en el brazo de mamá cuando cocinaban la cena. Lo amaba.
En silencio miraba como la mujer pasaba cada página del diario, leyendo y leyendo en silencio por lo que se sintió como horas enteras, sin embargo cuando la vio levantar la mirada algo había cambiado en ese bosque extenso.
— ¿Cuál es tu nombre?
— Kim Donghyun.
Se sintió vivir una vida entera antes de recibir una respuesta por parte de la mujer.
— Será un gusto trabajar contigo, Donghyun.
Y por primera vez desde el momento en que se quedó solo en la cabaña del bosque se dejó sonreír, sus ojos haciéndose dos lunas mientras los hoyuelos se marcaban en sus mejillas.
No había por qué tomar una decisión en ese momento, tenía toda su vida por delante.
