Chapter Text
—Parece que pronto tendremos terneritos nuevos correteando por el corral —murmuró Fernando con una media sonrisa, la voz baja pero con un tono de alegría.
No es que hubiera estado espiando, Dios lo librara, pero cuando dos animales se quieren mucho, como diría mamá y papá, las paredes de madera y la distancia no sirven de mucho, los mugidos y los gritos, habían cruzado el patio, se habían colado por las ventanas abiertas y hasta podía jurar que se escucharon hasta el gallinero.
Fernando estaba sentado en el último escalón del porche de su casa, la taza de café humeante entre sus manos, el sol se hundía despacio detrás de las montañas, tiñendo el cielo de naranja y violeta, y el aire olía fresco, ya se sentía el frío de la noche llegar, todo estaba en calma, una calma dulce, está es la parte favorita de Fernando en el día.
Dejó que su mirada se perdiera en el horizonte.
Que Checo hubiera encontrado a alguien que lo mirara como Max lo miraba le llenaba el pecho de una felicidad genuina, casi paternal, su vaquita ya no dormiría sola, ya no miraría la luna con tristeza, ahora tenía un toro que lo abrazaba fuerte y que, a juzgar por los sonidos, no pensaba soltarlo nunca.
Fernando dio un sorbo lento al café, amargo.
Y, como siempre que veía a otros felices, la pregunta se le escapó sola.
¿Habrá alguien también para él?
Toda la vida levantando esa granja de la nada, cuidando vacas, arreglando cercas, cargando sacos al amanecer, nunca hubo tiempo para citas, para romances de verano, para alguien que le calentara la cama en invierno o que se sentara a su lado en ese mismo escalón a ver cómo se iba el sol, siempre se dijo que ya era tarde, que los años no perdonan, que los hombres como él terminan solos y punto.
Se levantó despacio, sacudiéndose el polvo de los vaqueros con un gesto cansado, dio un último trago, dejó la taza en el escalón y respiró hondo el aire fresco de la noche que empezaba a caer.
—Buenas noches, Chequito —susurró hacia el corral, aunque sabía que nadie lo oía—. Y a ti también, grandullón, cuídalo bien.
Entró en casa y cerró la puerta con suavidad.
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Unos golpes fuertes se estrellaban contra la puerta principal, tan fuertes que Fernando se incorporó de golpe en la cama, el corazón en la garganta, por un segundo no supo dónde estaba; el sueño lo tenía todavía agarrado por los tobillos, la habitación estaba a oscuras, sólo iluminada por los relámpagos que entraban por la ventana y pintaban todo de blanco y sombras.
Miró el reloj y casi era medianoche, no era tan tarde, pero en plena tormenta parecía que era aún más tarde, ya sabía que lloveria, ya había tomado sus preocupaciones.
Otro golpe, más desesperado lo sacó de sus pensamientos.
Y luego otro más y otro.
Fernando tragó saliva, la lluvia azotaba los cristales como si quisiera entrar a la fuerza, se levantó en silencio, los pies descalzos sobre el suelo frío, y sacó la escopeta de debajo de la cama con la misma calma con la que había hecho ese gesto cientos de veces antes, cuando los coyotes rondaban demasiado cerca.
Cargó un cartucho con un chasquido seco que le sonó demasiado alto en la quietud.
Avanzó por el pasillo, la madera crujiendo apenas bajo su peso, la escopeta apoyada en el hombro, los golpes no paraban, rápidos, ansiosos, como si quien estuviera afuera no pudiera esperar ni un segundo más.
Se acercó a la puerta, respiró hondo, apoyó la mano en la perilla y, de un tirón, abrió de golpe mientras alzaba el cañón.
—¡Quieto ahí!
El relámpago iluminó la figura en el porche y Fernando bajó el arma al instante, con asombro en su semblante,
—¿Lance…?
Ahí estaba aquel gran toro, empapado hasta los huesos, las orejas gachas, la cola metida entre las patas traseras como un cachorro asustado, el agua le chorreaba del cabello, de las pestañas, temblaba, no solo de frío, y en sus ojos oscuros había miedo.
—Fernando… —la voz de Lance salió ronca, apenas audible bajo el rugido de la tormenta—. Yo….
Otro trueno retumbó y Lance se encogió entero, como si el cielo mismo lo estuviera regañando.
Fernando dejó la escopeta contra la pared sin pensarlo dos veces, abrió del todo la puerta y alargó la mano.
—Ven, entra antes de que te caiga un rayo encima, hombre.
Fernando cerró la puerta de un golpe y, sin pensarlo, puso una mano en la espalda baja del toro, justo entre los omóplatos temblorosos.
—Ven, por aquí, no te quedes ahí parado.
Lo guió hasta la cocina iluminada por la luz cálida de la lámpara de aceite, tiró de una silla con un chirrido y señaló.
Lance obedeció al instante, dejándose caer con todo su peso, la silla crujió, pero aguantó, se quedó ahí, enorme y encogido a la vez, las manos entre las rodillas, mirando el suelo como si buscara un agujero donde esconderse.
—Quédate quieto, ahora vuelvo.
Fernando salió corriendo al baño, abrió el armario y sacó las dos toallas más grandes que encontró, cuando regresó, Lance no se había movido ni un centímetro; solo temblaba, las orejas bajas, el agua goteando de su cabello.
Fernando se acercó delante de él sin decir nada y empezó a secarle el pelo con movimientos suaves, Lance cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, casi un sollozo.
—Tranquilo, grandote… ya pasó, ya estás aquí.
Mientras le frotaba la nuca, Fernando no pudo evitar que se le escapara una sonrisa tierna.
Porque era cómico y precioso a la vez, aquel toro limousin enorme, que podía tirar una cerca de un topetazo cuando se enfadaba, que pesaba fácil el doble que él, ahora sentado en su cocina como un cachorro asustado, buscando refugio.
Recordó la primera vez que lo trajo a la granja. “Es para Checo”, le había dicho al transportista y el muy sinvergüenza, en menos de una semana, ya lo seguía a él a todas partes, le ponía la cabezota en el regazo cuando estaba sentado, le robaba el sombrero, se metía entre él y cualquier tarea solo para que le rascara detrás de las orejas, una garrapata de casi quinientos kilos con ojos de enamorado.
Y ahora, temblando porque el cielo parecía caerse.
Fernando le pasó la toalla por el cuello, por los hombros, le quitó la camisa empapada con cuidado y le envolvió la manta por encima como si fuera un niño.
—Levanta los brazos.
Lance obedeció sin chistar, Fernando le secó el pecho, los brazos, hasta las manos grandes y callosas, cuando llegó a la cara, le alzó la barbilla con suavidad y le secó las mejillas, los ojos, la punta de la nariz.
—Aquí no te va a pasar nada, ¿me oyes? —le dijo bajito, casi en un susurro—. Estás a salvo.
Lance lo miró entonces y asintió despacio.
—Gracias, Fernando… —musitó, la voz ronca y pequeña.
Y, sin pedir permiso, apoyó la frente contra el hombro del granjero, como siempre hacía cuando quería una caricia.
Fernando soltó la toalla, rodeó ese cuerpo enorme con los brazos y lo apretó fuerte.
—Anda, vamos… hay que sacarte el resto de esa ropa antes de que pilles una pulmonía —murmuró Fernando, tirando suavemente de la toalla que cubría los hombros de Lance.
Lance asintió y lo siguió en silencio, aún que con él decía algunas palabras normalmente era así de callado.
Fernando lo llevó por el pasillo hasta su propia habitación, la luz de la lámpara del techo era tenue, cálida, y la lluvia seguía golpeando la ventana.
—Mi ropa te va a quedar chica —dijo mientras abría el armario—, pero cualquier cosa es mejor que quedarte empapado.
Lance no contestó, se quedó de pie en el centro de la habitación, no era la primera vez que entraba a casa de Fernando, pero si era la primera vez que entraba a su habitación, sus ojos oscuros recorrieron todo con curiosidad, la cómoda vieja, la foto descolorida de los padres de Fernando en la pared, el par de botas junto a la puerta, la manta arrugada a los pies de la cama… y la cama.
Una cama doble, grande, con sábanas oscuras y dos almohadas.
Lance se quedó mirando las almohadas como si fueran un misterio del universo. ¿Para qué quería Fernando una cama de dos si siempre dormía solo? La idea de que alguien más hubiera estado ahí le apretó el pecho con una punzada de celos.
Pero enseguida otro pensamiento lo barrió todo, esa cama olía a Fernando, seguro que olía mucho más fuerte que el resto de la casa, a sudor limpio después del trabajo, a la loción barata que se echaba, solo imaginar meterse bajo esas cobijas, hundir la cara en la almohada y respirar hondo le hizo mover la cola un poquito, casi sin darse cuenta.
Fernando, ajeno a la tormenta que se estaba formando dentro del pecho de Lance, sacó una camiseta de algodón y unos pantalones de chándal que probablemente le quedarían ridículamente cortos.
—Toma, ponte esto —dijo, tendiéndole la ropa con una sonrisa.
Lance asintió, serio, y sus dedos grandes empezaron a desabrocharse el cinturón sin ningún drama, el sonido metálico de la hebilla hizo que Fernando abriera los ojos como platos.
—¡Espera, espera! —casi gritó, poniéndose rojo—. ¡Te… te doy privacidad, hombre!
Se giró de golpe, dándole la espalda, con las orejas ardiendo. ¿Cómo no lo había pensado? Claro que Lance no tenía pudor; los híbridos no funcionaban así, para él quitarse la ropa delante de alguien era tan natural como dormir, pero para Fernando, joder, era Lance, el mismo Lance que lo seguía como sombra, que le apoyaba la cabezota en el hombro cuando quería mimos, que lo miraba como si fuera el centro del universo, verlo desnudo se sentía… íntimo.
Demasiado íntimo.
Se quedó de espaldas, mirando fijamente la pared como si de repente le hubiera salido muy interesante las manchas de la madera.
El toro lo miró confundido pero no dijo nada, simplemente siguió con su tarea de desvestirse.
—”No mires, no mires, no mires…” —se repetía mentalmente, cruzando los brazos con fuerza.
Fernando no era un mirón, claro que no, tenía sus principios y sabía cuando alguien necesitaba su privacidad.
Pero la curiosidad es mala compañera.
“Solo un poquito, solo un vistazo, nadie se va a enterar.”
Con un movimiento mínimo, casi imperceptible, o eso esperaba, giró apenas la cabeza.
Ya había visto a Lance muchas veces sin camisa, el toro tenía un cuerpo envidiable, no estaba tan marcado pero si ligeramente, tenía unos brazos grandes y fuertes que estaba seguro podrían romper huesos, Lance no tenía vello en el pecho, apenas muy poco pero donde sí había era en esa línea que decencia hacia su pelvis y que se escondía a través de sus pantalones.
Que hablando de, los pantalones ya en el suelo, los bóxers empapados pegados como una segunda piel, el agua los había vuelto casi transparentes.
Santa puta mierda.
No dejaba nada a la imaginación, la tela marcaba cada centímetro, el contorno del pene de Lance se marcaba perfectamente, el peso pesado descansando contra el muslo, era enorme, incluso en reposo.
Fernando sintió que se le secaba la boca y se le humedecía todo lo demás al mismo tiempo.
Lance enganchó los pulgares en la cintura de los bóxers y empezó a bajarlos, Fernando dio un respingo y volvió a mirar al frente tan rápido que casi se disloca el cuello.
Se quedó tieso, contando las grietas del techo, mientras oía el roce de la tela mojada cayendo al suelo y luego el susurro de la camiseta y el chándal subiendo por esas piernas largas y musculosas.
Un segundo después, la voz tranquila de Lance, ahora, un Lance vestido, y ridículamente apretado en ropa prestada, sonó a su espalda.
—Ya estoy.
Fernando se giró despacio, tratando de parecer lo más normal del mundo, la camiseta le quedaba a Lance por arriba del ombligo y los pantalones, bueno, parecían leggings, el bulto seguía ahí, perfectamente marcado, imposible de ignorar.
Carraspeó otra vez.
—Ehm… te… te queda… bien —mintió descaradamente.
Lance ladeó la cabeza, confundido, y luego miró hacia abajo y se encogió de hombros.
—Me gusta, huele a ti —dijo simplemente, como si eso lo explicara todo.
Y Fernando sintió que el corazón le daba un vuelco tan fuerte que tuvo que apoyarse disimuladamente en la cómoda.
—Vale, ya estás seco y… más o menos vestido —dijo Fernando, intentando sonar despreocupado mientras se rascaba la nuca—. Vamos a dormir lo que queda de noche, que no es mucho.
Señaló la cama con un gesto rápido, como si fuera lo más normal del mundo.
—La cama es grande, hay sitio de sobra, tú aquí, yo me voy al sillón de la sala, así estás cómodo y…
Ya estaba dando media vuelta cuando una mano enorme, cálida y firme le atrapó el brazo, Fernando se quedó congelado a medio paso.
Lance lo miraba con las orejas ligeramente gachas, los ojos oscuros brillando bajo la luz tenue, la lluvia seguía golpeando la ventana, pero dentro de la habitación el silencio era denso.
—¿Qué pasa, grandote? —preguntó Fernando en voz baja.
Lance tragó saliva, su voz salió ronca, casi un susurro tembloroso.
—Ya… ya te causé demasiados problemas esta noche, lo sé… pero… —bajó la mirada un segundo, luego la volvió a alzar, decidido—. ¿Puedo dormir contigo…aquí?
Fernando sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Lance no apartaba los ojos, había miedo ahí, sí, miedo a la tormenta que todavía rugía afuera, pero también miedo a lo que Fernando fuera a decir.
Fernando abrió la boca, la cerró, volvió a abrirla.
—No… no es ninguna molestia —dijo al fin, la voz más suave de lo que pretendía—. Ven.
Fernando sabía que Lance seguía asustado por la tormenta de afuera, le partía el alma dejarlo solo.
Lance soltó el brazo lentamente, como si temiera que Fernando fuera a cambiar de opinión, luego dio un paso, otro, hasta quedar al borde de la cama.
Fernando apagó la luz del techo y dejó solo la lamparita de noche, se metió en su lado de siempre, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que Lance lo oía.
Dio suaves palmadas a su costado invitando a Lance a acostarse junto a él.
El toro dudó un segundo más, luego avanzó, el suelo crujiendo bajo sus pies, y se acostó con mucho cuidado dándole la espalda a Fernando.
Se quedó rígido, de lado, ocupando lo menos posible, la cola enroscada contra su propia pierna como si quisiera hacerse pequeño, había soñado tantas noches con esto, con estar en esa cama, con oler las sábanas de Fernando, con sentirlo cerca, y ahora que lo tenía, el miedo a molestar, a ser demasiado, lo tenía paralizado.
Fernando lo notó al instante.
Sonrió en la penumbra.
Después de todo, solo era Lance, su toro torpe y dulce.
Se acercó un poco y, sin pedir permiso, pasó un brazo por encima de la cintura ancha de Lance y lo atrajo suavemente hasta pegarlo contra su pecho, el toro era enorme, parecía incluso ridículo que él fuese la cuchara grande, pero no parecía importarle a ninguno de los dos.
—Así está mejor —susurró contra su nuca.
Lance soltó un suspiro largo, tembloroso, y poco a poco se dejó ir, la espalda fuerte se relajó contra el pecho de Fernando; la cola se desenroscó y, con timidez, se enredó alrededor del muslo del granjero.
—Gracias… —musitó, tan bajito que casi se perdió entre los truenos.
Fernando le apretó un poco más, hundiendo la nariz en el cabello todavía húmedo.
—Duerme, Lance, aquí estás a salvo.
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Y ahí el problema, Lance no podía dormir.
Tenía a Fernando Alonso, su Fernando, el hombre que llevaba meses ocupando cada rincón de su cabeza y de su pecho, pegado a la espalda, un brazo fuerte rodeándole la cintura, la respiración tranquila y cálida rozándole la nuca, cada vez que el granjero se movía un poco en sueños, su mano se deslizaba un par de centímetros por el vientre de Lance y el toro sentía que le iba a dar algo.
El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro de que Fernando lo sentía retumbar contra las costillas, estaba feliz, joder, feliz era poco; estaba flotando, estaba en el cielo, estaba exactamente donde había soñado estar mil veces, pero también estaba muerto de nervios.
¿Qué pasaría si se giraba sin querer y lo aplastaba?
¿Y si roncaba y lo despertaba?
¿Y si… Dios no lo quisiera… se ponía duro, porque ya estaba a medio camino, y Fernando lo notaba?
La camiseta prestada era fina, los pantalones eran ridículamente ajustados y su cuerpo traidor no entendía de sutilezas.
Lance tragó saliva, cerró los ojos con fuerza, intentó contar ovejas, terneros, sacos de heno, nada funcionaba, cada vez que Fernando suspiraba en sueños y lo apretaba un poquito más, Lance sentía que se le iba a salir el alma por la boca.
“Cálmate, idiota, solo está siendo bueno contigo, no significa nada.”
Pero su cola no opinaba lo mismo, se había enroscado más fuerte alrededor de la pierna de Fernando y de vez en cuando daba un pequeño latigazo de pura ansiedad feliz.
Un trueno lejano retumbó, Lance se estremeció sin querer y, al instante, el brazo de Fernando se cerró más alrededor de él, instintivo, protector.
—Shh… tranquilo —murmuró Fernando medio dormido, la voz ronca y cálida contra su oreja—. Estoy aquí.
Lance se quedó sin aire, cerró los ojos, apretó los dientes y rezó, rezó de verdad, para que la tormenta no terminará nunca y aquella noche no tuviera fin.
Porque estar así, abrazado por el hombre que amaba en secreto, aunque fuera solo por miedo a los truenos, era lo más cerca del paraíso que jamás había estado.
Pero entonces Fernando se movió, medio dormido, un simple giro para acomodarse mejor, rodó sobre sí mismo, le dio la espalda y se alejó apenas unos centímetros.
El calor se fue con él.
Lance sintió el vacío como un golpe frío en el pecho.
“No, no, por favor.”
No quería perder eso, no ahora que lo había tenido tan cerca, se incorporó despacio, conteniendo la respiración, y giró en silencio para mirarlo.
La lamparita de noche apenas daba luz, pero era perfecta, la manta fina se había deslizado un poco hacia abajo y dibujaba la silueta de Fernando como si alguien la hubiera esculpido para volver loco a Lance.
Fernando no era delicado como las vaquitas, no, era puro hombre curtido por el sol y el trabajo, hombros anchos, cintura marcada sin exagerar, una curva suave que Lance había imaginado cientos de veces apretando con sus manos, había visto su torso sin camisa demasiadas veces, sudado, bronceado, con el sombrero ladeado y los vaqueros bajos en las caderas, y siempre había tenido que apartar la mirada para no babear como idiota.
Ahora lo tenía ahí, a medio metro, dormido y desprevenido.
La manta dejaba ver la línea de la espalda, la pequeña depresión en la cintura, y luego… Dios.
Luego estaba ese culo.
Redondo, firme, perfecto dentro de los pantalones de pijama que se le habían bajado un poco al moverse, no eran caderas anchas de vaquita fértil, pero joder si no eran invitadoras, Lance tragó saliva tan fuerte que le dolió la garganta, imaginó sus manos abarcando esas nalgas, separándolas, hundiendo los dedos, la cara, lo que fuera, había soñado con eso tantas noches que casi le parecía real.
Y, claro, su cuerpo reaccionó como era de esperarse.
El plan de «no te pongas duro» fracasó exitosamente.
Ahora tenía una erección dolorosa apretando contra los pantalones prestados, demasiado pequeños, demasiado finos, y no había forma de disimularla, se quedó quieto, respirando por la boca, las orejas ardiendo, la cola quieta de pura tensión.
“Mierda. Mierda. Mierda.”
No debía, no podía…¿cierto?
Fernando estaba profundamente dormido, la respiración lenta y tranquila, el cuerpo relajado, ni un solo músculo tenso.
“Solo un poquito.”
Se dijo Lance, la voz de la tentación susurrándole al oído como un demonio pequeño y cachondo.
“Solo un segundo, nadie se va a enterar, el universo te lo puso delante, no lo desperdicies.”
Con el corazón a mil, conteniendo el aliento, se movió despacio, muy despacio, el colchón apenas crujió cuando se acercó a la espalda de Fernando, centímetro a centímetro, hasta quedar pegado a él.
Con una delicadeza que nunca había usado en su vida, deslizó el brazo por encima de la cintura del granjero, exactamente como Fernando había hecho antes con él, y lo rodeó, tiró suavemente, solo un poco, hasta que la espalda de Fernando quedó contra su pecho y su erección, dura como piedra, se acomodó perfecta, deliciosamente, entre las nalgas firmes cubiertas por la tela fina del pijama.
Lance soltó un suspiro largo, tembloroso, de puro alivio y placer culpable.
Dios.
Era cálido, era suave, era perfecto, la curva de ese culo encajaba contra él como si hubiera sido hecha a medida, Lance se mordió el labio hasta casi hacerse sangre, luchando contra el impulso de empujar más, de frotarse, de marcarlo con algo más que un abrazo inocente.
Solo respiró, profundo, lentamente, inhalando el olor delicioso de Fernando.
“Solo esta noche”, se prometió, apretándolo un poquito más contra sí, la nariz hundida en su nuca, “solo un ratito.”
Lance se quedó completamente quieto, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper el hechizo, pero su cuerpo no obedecía razones, la polla le palpitaba ansiosa, hinchada, caliente, atrapada entre la tela y ese culo que llevaba meses torturándolo en sueños.
Fernando suspiró en sueños y, sin despertarse, se acomodó hacia atrás, un gesto inconsciente, natural, empujando las caderas apenas unos milímetros, fue suficiente, ese culo se apretó más contra él, donde la erección del toro se hundió como si hubiera nacido para estar ahí.
Ya está, no podía, ni quería dejar pasar esta oportunidad, si iba a morir que por lo menos fuese después de esto.
La mano que descansaba en la cintura de Fernando empezó a moverse sola, recorrió la curva de la cadera, memorizando cada centímetro, con cuidado deslizó los dedos bajo la camiseta, levantándola apenas lo suficiente para tocar la piel desnuda suave, mientras seguía acariciando su cintura, Lance empezó a dejar pequeños besos suaves en la nuca de Fernando, se sentía ebrio de amor, su colita se movía alegremente.
Mientras seguía besando aquella piel su mano bajó por el estómago plano, dibujando círculos lentos alrededor del ombligo, bajando más hasta la línea de la pelvis, ahí se detuvo, tentándolo todo, imaginando cosas imposibles, cómo sería verlo hinchado, lleno de él, llevando algo suyo dentro.
Mientras sus pensamientos volaban en fantasías, un Fernando Alonso bastante nervioso y consternado evitaba a toda costa hacer si quiera algún ruidito, había despertado desde que Lance empezó a acariciarlo, la sorpresa fue tan grande que no supo cómo reaccionar, solo podía morderse el labio para evitar soltar sonidos vergonzosos.
Las manos de Lance eran grandes, cálidas y pareciera que conocían muy bien su cuerpo, se estaba sintiendo demasiado bien con aquellas caricias y besos húmedos en su nuca, peligrosamente bien.
“No puede ser, no debe ser.”
Fernando no se podía permitir sentirse así con Lance, era un toro y el su granjero, se supone que Lance era para alguna vaquita, no para él.
Sabía que se estaba dejando llevar, sabía que estaba mal.
Por otro lado, Lance siempre había mostrado interés por el, siempre estaba ahí pegado, sabía que estaba enamorado de él, y aún que pensó que solo era algo pasajero del toro, tal parece que estaba equivocado, y no iba a mentir, se sentía bien cuando Lance se mostraba así, cuando lo buscaba por la granja solo para estar con él, con sus miradas coquetas y su forma de querer hacerlo reír siempre, no podía evitar esa punzada de dulzura que se formaba en su pecho.
Pero seguía pensando que no debía pasar esto, que no debía pasar nada, que esto estaba mal…
-Mmmgh…
Lance se quedó petrificado, la mano todavía bajo la camiseta de Fernando, los dedos abiertos sobre la piel caliente del vientre bajo, el gemido que acababa de escapar del granjero flotaba entre ellos como una bomba a punto de estallar.
Silencio, solo la lluvia y dos respiraciones que de pronto sonaban demasiado altas.
Fernando, rojo hasta las orejas, tenía ambas manos tapándose la boca, los ojos abiertos como platos, el cuerpo tenso como alambre, no se atrevía ni a moverse.
“Mierda, mierda, mierda”, repetía su cabeza en bucle.
Lance tragó saliva, el corazón le martilleaba tan fuerte que estaba seguro de que Fernando lo sentía contra su espalda, lentamente, muy lentamente, retiró la mano de debajo de la camiseta.
—Fer… —susurró, la voz ronca, temblorosa—. Lo… lo siento, yo…
Fernando no contestó, seguía con las manos en la boca, respirando rápido por la nariz, los hombros subiendo y bajando, pero no se apartó. Eso fue lo que detuvo a Lance en seco, Fernando no se había movido ni un centímetro hacia delante, seguía ahí, pegado a él, su trasero todavía rozando la erección que no había manera de esconder.
Otro segundo de silencio absoluto.
Entonces Fernando, muy despacio, bajó las manos, no se giró, solo habló, tan bajito que Lance tuvo que aguzar el oído.
—No… no te disculpes.
Lance sintió que el mundo se detenía.
Fernando tragó audiblemente, la voz temblorosa pero firme.
—No pares.
Lance soltó el aire que ni sabía que estaba conteniendo, un temblor le recorrió entero.
—¿Estás… estás seguro? —preguntó, apenas un hilo de voz.
Fernando asintió una sola vez, rápido, casi imperceptible, luego, como si le costara la vida misma, empujó las caderas hacia atrás, solo un poquito, apenas un roce, pero suficiente para que la polla de Lance se deslizara de nuevo entre sus nalgas.
Un segundo gemido,este voluntario. se le escapó al granjero.
Lance cerró los ojos, apretó los dientes y, con una lentitud que era casi dolor, volvió a deslizar la mano bajo la camiseta, esta vez más arriba, rozando los pectorales, el pezón que se endureció al instante bajo sus dedos, con la otra mano rodeó la cintura de Fernando y lo atrajo del todo contra sí, frotándose sin miedo.
—Fernando… —susurró contra su oído, la voz rota de deseo—. Si me dices que pare, paro, pero si no… no voy a poder contenerme más.
Fernando tembló, luego giró la cabeza lo justo para que sus labios rozaran la mejilla de Lance, húmedos, temblorosos.
—No pares —repitió, casi suplicando—. Por favor… no pares.
Eso fue todo lo que Lance necesitaba.
En un solo movimiento se incorporó sobre la cama y giró a Fernando boca arriba, el granjero ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, de pronto tenía al toro encima mirándolo como si fuera a devorarlo, Lance le abrió las piernas con las rodillas y se acomodó entre ellas, encajando perfecto.
Entrelazó sus dedos con los de Fernando y los clavó al colchón, a ambos lados de su cabeza, los ojos oscuros del toro brillaban en la penumbra.
Y entonces lo besó.
Por fin.
Si era un sueño, que nadie lo despertara jamás, Lance lo besaba con pasión, sus labios atrapaban cada suspiro que escapaba de Fernando, cada sonido húmedo y desesperado que él ni siquiera sabía que podía hacer y aun así, en esa habitación, eran los jadeos de Lance los que retumbaban más fuerte, los labios de Fernando, un poco agrietados pero para Lance eran como miel.
Lance quería más de esa miel.
Su lengua invadió la boca de Fernando sin pedir permiso, lamiendo, enredándose, chupando como si quisiera tragarse su alma por la garganta, Fernando sentía que se le derretía el cerebro, el calor le subió desde el estómago hasta la cara, le nubló la vista, le aflojó todos los huesos, el corazón le iba a estallar, era demasiado, joder, era demasiado bueno.
—Joder… —gimió contra su boca, apenas un hilo de voz, y Lance respondió mordiéndole el labio inferior, tirando un poco, lo justo para que doliera rico.
Fernando babeaba, no podía cerrar la boca, no podía pensar, no podía hacer otra cosa que abrirse más, que dejar que esa lengua lo follara la boca, cada roce era una chispa directa a su entrepierna; sentía la polla dura, palpitando contra la tela del pantalón, pidiendo atención que aún no llegaba.
Lance se separó apenas un segundo, solo lo suficiente para mirarlo a los ojos, sus ojos oscuros brillaban en la penumbra, y en ellos había mucho más que deseo, había amor, Fernando sintió un nudo en la garganta, era abrumador, demasiado, quiso llorar, reír, esconder la cara, todo al mismo tiempo, era una locura absoluta, pero una locura que no quería detener, no cuando era Lance quien lo tenía entre sus brazos, quien lo hacía sentir vivo, deseado, amado de una forma que nunca había creído posible.
Lance apoyó la frente contra la de Fernando, cerrando los ojos un instante como si necesitara reunir valor.
—Te haré mío —susurró contra su boca con la voz temblorosa—. ¿Lo entiendes cierto? Te reclamare como mío, te besare más…te tocaré…te haré el amor…¿esto es lo que realmente quieres?....
Hizo una pausa, el aliento cálido rozando los labios de Fernando, sus manos, grandes y cálidas, apretaron un poco más los dedos entrelazados del granjero, como si temiera que se escapara.
—Es tu última oportunidad —murmuró, casi con miedo—. Dime que pare y lo haré, te juro que lo haré, pero si no dices nada… si me dejas seguir… yo…
Fernando sintió que se le escapaba el aire, los ojos se le humedecieron, levantó la cabeza lo justo para rozar los labios de Lance con los suyos, un beso suave.
—Lo quiero —susurró —. Te quiero, Lance.
Lance sonrió, se inclinó sobre Fernando y lo besó de nuevo, pero esta vez más lento, sus labios se movían con ternura al principio, rozando apenas, memorizando la textura agrietada y suave de la boca del granjero, Fernando respondió con un suspiro tembloroso. Lance bajó poco a poco, dejando un reguero de besos húmedos y calientes por la mandíbula, la línea de la barba incipiente que raspaba deliciosamente contra sus labios, llegó al cuello y ahí se detuvo, inhalando el olor de Fernando, tan embriagador, besó la curva donde el pulso latía fuerte y rápido, lamió despacio esa piel salada, succionó con delicadeza hasta dejar una marca rosada que mañana sería morada.
—Mmmh Lance…
Ese sonido fue el mejor que Lance había oído en toda su vida, su cola azotó el colchón con entusiasmo, como si su cuerpo entero celebrara la victoria, necesitaba más, más de esos gemidos, redobló sus esfuerzos, lamidas largas y húmedas que dejaban rastro brillante de saliva, chupetones que adornarían el cuello del granjero por días y que todos en la granja verían y sabrían que este hermoso hombre ya no era libre, que pertenecía a un toro que lo amaba con cada fibra de su ser.
Soltó las manos de Fernando solo para bajarlas a sus caderas, las apretó con fuerza, masajeando la carne firme, sintiendo cómo los músculos se tensaban y relajaban bajo sus palmas, bajó más, hasta tomar ese trasero perfecto entre sus manos grandes, lo levantó ligeramente del colchón, amasándolo, separando las nalgas con los pulgares, explorando sin prisa, alzó sus caderas y empezó a embestir por encima de la tela, embestidas lentas, un roce constante y tortuoso que hacía que sus erecciones se frotaran una contra la otra a través de la ropa.
Fernando no pudo contener el gemido placentero que se le escapó, sus manos volaron al cabello de Lance, enredando los dedos en los mechones oscuros y tirando con desesperación, pidiéndole más sin palabras. Lance siguió lamiendo esa zona sensible del cuello, mordisqueando suave, succionando hasta que la piel quedó marcada y brillante, el roce de sus cuerpos era demasiado, Fernando echó la cabeza hacia atrás, ofreciendo más cuello, más piel, y entrelazó las piernas alrededor de las caderas del toro, atrayéndolo con fuerza, clavando los talones en sus nalgas para pegarlo más.
—Lance… —jadeó —. Más… joder, más…quítame la ropa… —susurró, casi suplicando—. Quítamela toda… y hazme tuyo.
Aunque acababa de descubrir lo devastador que era escuchar al granjero suplicarle así, Lance decidió que él tampoco podía, ni quería, esperar más.
Se separó apenas lo suficiente, el pecho subiéndole y bajándole con fuerza, y sus grandes manos fueron directas a la camisa de Fernando, no la desabrochó con delicadeza, la arrancó, los botones saltaron por la habitación como pequeñas explosiones mientras la tela cedía entre sus dedos, la tiró al suelo sin mirarla, no le importaba a donde cayera.
Bajó la cabeza y atacó con la boca el pecho desnudo de Fernando, besos húmedos, dientes que rozaban sin llegar a morder del todo, lengua que trazaba caminos lentos y calientes sobre la piel que se erizaba al instante, sus manos enormes recorrían la cintura, las costillas, los costados, todo lo que pudiera, Fernando soltó un gemido ronco y, con un movimiento rápido y algo de esfuerzo, giró sus cuerpos sobre el colchón.
De pronto estaba encima.
Sentado a horcajadas sobre la poderosa entrepierna del híbrido, pudo sentir la dureza, el calor que traspasaba la tela.
Dios.
Si ya se veía intimidante bajo los boxers cuando solo estaba dormido, ahora, completamente erecto y furioso contra él, era una locura, un destello de ego salvaje cruzó los ojos de Fernando.
“Yo hice esto, yo lo puse así.”
Se inclinó y lo besó con desesperación, mientras sus manos tiraban de la camisa de Lance con urgencia, la arrancó por encima de su cabeza y la lanzó.
Las palmas abiertas bajaron por el torso del toro limousin, explorando músculos que temblaban bajo sus dedos, arañando ligeramente, arrancándole suspiros graves y entrecortados.
—Fernando… —gimió Lance, el nombre sonando obsceno y reverente a la vez en esa voz profunda.
El híbrido no lo dejó disfrutar del poder mucho tiempo, con un gruñido bajo volvió a girarlos, atrapando a Fernando debajo de su enorme cuerpo.
Una lucha feroz y deliciosa, quién desnudaba al otro más rápido, quién demostraba más hambre, quién perdía el control primero, la habitación se llenó de sonidos sucios, jadeos, maldiciones ahogadas, el roce frenético de telas, gemidos que subían de tono sin vergüenza.
Los pantalones de Fernando por fin cayeron al suelo en un montón arrugado y justo cuando Lance iba a tirar de los boxers, Fernando lo empujó hacia arriba con ambas manos en su pecho, aprovechando la sorpresa para invertir posiciones otra vez, con dedos temblorosos de impaciencia bajó los pantalones prestados que apenas contenían al híbrido, la tela cedió con dificultad y entonces…
—Joder… —Fernando se quedó sin aire, los ojos clavados en la erección que acababa de liberar.
Gruesa, larga y pesada, la punta ya brillaba, hinchada y oscura, Fernando tragó saliva, una sonrisa lenta y peligrosamente satisfecha curvándose en sus labios mientras miraba a Lance a los ojos.
—Oh, cariño… me saqué el premio gordo.
Y se lamió los labios, sin apartar la vista ni un segundo.
Aunque Lance captó perfectamente el brillo hambriento en los ojos de Fernando al devorar con la mirada su erección, ya no podía esperar, el plato fuerte lo reclamaba a gritos, si no entraba en su granjero en los próximos segundos, iba a perder la cabeza por completo.
Con un movimiento fluido, tomó a Fernando por las caderas y lo volteó boca abajo sobre las sábanas revueltas, le dio tiempo justo para que acomodara la cabeza de lado, mejilla contra la almohada, para que pudiera respirar y para que esos gemidos deliciosos que estaba a punto de arrancarle no quedaran ahogados.
Las manos enormes del híbrido volvieron a las caderas, levantándolas con firmeza, tomó el elástico de aquellos bóxers y los bajó hasta que el trasero redondo y perfecto de Fernando quedó expuesto al aire, arqueado en una invitación obscena.
Fernando se sentía expuesto, vulnerable, como una vaquita en celo esperando a ser montada por el toro dominante de la manada y le gustaba.
Demasiado.
Arqueó la espalda aún más, empujando hacia atrás con descaro, ofreciéndose sin una pizca de vergüenza.
Giró la cabeza lo justo para mirarlo por encima del hombro, los ojos entrecerrados, brillantes de lujuria, suplicando en silencio, Lance soltó un bufido profundo por la nariz, el aire caliente escapando de sus pulmones como si acabara de ganar una pelea.
Estaba hipnotizado.
Nunca, ni en sus fantasías más salvajes, había imaginado que su granjero pudiera verse así.
Sus palmas ásperas se posaron en las nalgas de Fernando, abriéndolas despacio, rozó la gruesa cabeza de su polla contra la entrada sensible, solo un roce lento y torturante, y el gemido que escapó de Fernando fue casi animal.
Pero entonces Fernando tuvo un segundo de lucidez entre la niebla del deseo.
—¡Espera! —jadeó, la voz temblorosa—. Espera, Lance… tienes que…en el cajón de aquel mueble…
Con la mirada señaló el pequeño buró al lado de la cama, los ojos vidriosos pero insistentes.
Lance frunció el ceño, confuso, todavía perdido en la visión que tenía delante.
—Lubricante… —susurró Fernando, y el rojo que ya cubría su cuello y sus mejillas se extendió hasta las orejas—. Lo necesitamos… No soy una vaquita, cariño… no me lubrico solo…
La vergüenza y la urgencia se mezclaron en su voz, haciéndola sonar aún más ronca, más caliente.
Lance parpadeó.
La lujuria había estado a punto de cegarlo, de tomarlo así sin más, sin preparación y la idea de lastimar a Fernando, aunque fuera un poquito, le apretó el pecho.
—Entiendo —gruñó bajo—. Voy por él, no te muevas de ahí. ¿Entendido?
Se inclinó un segundo para morderle suavemente el lóbulo de la oreja, un aviso, luego se separó, el cuerpo enorme moviéndose con una rapidez sorprendente para su tamaño, directo al cajón.
Fernando, todavía en esa posición obscena, con las caderas alzadas y el corazón latiéndole en la garganta, no pudo evitar sonreír contra la almohada.
Un escalofrío delicioso le recorrió la espalda.
Lance volvió en menos de diez segundos, el tubito de lubricante apretado en su puño. El colchón se hundió bajo su peso.
Abrió el lubricante con los dientes y dejó caer el tapón al suelo sin importarle dónde aterrizara.
Primero fue solo una caricia, el dorso de sus nudillos grandes rozando apenas la piel sensible de la parte baja de la espalda de Fernando, bajando despacio, trazando la columna hasta detenerse justo donde empezaba la curva de sus nalgas.
—Relájate para mí… —susurró Lance, la voz grave y áspera como grava caliente—. Voy a prepararte bien… no quiero que te duela.
Fernando soltó el aire en un jadeo tembloroso.
Asintió, la mejilla hundida en la almohada, los dedos aferrándose a las sábanas.
El primer toque del lubricante fue frío, un contraste brutal contra el calor que ya los consumía a ambos.
Lance lo extendió con dedos lentos, deliberados, círculos suaves alrededor de la entrada, presionando apenas lo suficiente para que Fernando lo sintiera, pero sin entrar todavía.
—Mierda… —Fernando se mordió el labio inferior, las caderas moviéndose por instinto hacia atrás, buscando más.
Lance sonrió, dejando un beso, presionó con un dedo, despacio, girando con cuidado, la resistencia cedió poco a poco y Fernando soltó un gemido largo que vibró en todo su cuerpo.
—Así… muy bien… —murmuró Lance, la voz cargada de admiración y hambre—. Lo estás tomando muy bien.
Añadió un segundo dedo, moviéndolos con paciencia, entrando y saliendo, curvándolos ligeramente para rozar ese punto que hizo que la espalda de Fernando se arqueara aún más y un «¡Lance!» ahogado escapara de su garganta.
El híbrido se inclinó sobre él, el pecho ancho pegándose a la espalda sudorosa de Fernando, su boca encontrando la nuca, mordiendo suave, lamiendo el sudor que se acumulaba allí.
—¿Quieres más? —preguntó contra la piel, los dedos moviéndose más profundo, más rápido ahora, abriéndolo con cuidado, Fernando ya no podía hablar con coherencia, solo asintió con fuerza, empujando hacia atrás contra la mano de Lance, persiguiendo ese placer.
—Palabras, cariño —exigió Lance, deteniendo los dedos de golpe, justo cuando Fernando estaba a punto de perder la cabeza—. Dime qué quieres.
Fernando giró la cabeza lo justo para mirarlo con los ojos vidriosos, las pupilas dilatadas, los labios entreabiertos e hinchados.
—Quiero… quiero tu polla dentro —jadeó—. Ya, ahora, por favor, Lance… fóllame…
El bufido que salió del pecho del híbrido fue casi un rugido contenido, retiró los dedos con lentitud, solo para volver a lubricarse la erección con bastante lubricante, hasta que brillaba bajo la luz tenue de la habitación.
Se alineó, la cabeza gruesa presionando contra la entrada preparada y resbaladiza, no entró de golpe, se quedó ahí, solo la punta, dejando que Fernando lo sintiera.
—Respira… —susurró Lance, una mano enorme acariciando la cadera de Fernando en círculos calmantes, la otra sujetando la base de su propia erección—. Voy despacio…
—Lance… —jadeó—. Que bien ...que-e bien se siente..
Lance sonrió y entonces empujó, lento, centímetro a centímetro.
Fernando gimió alto, el sonido rompiéndose en la mitad cuando la sensación lo sobrepasó, lleno, estirado, invadido de la forma más deliciosa posible, cuando estuvo completamente dentro, los dos se quedaron quietos un segundo.
Solo respiraciones pesadas, el mundo reducido al punto donde sus cuerpos se unían.
Lance se inclinó y besó la nuca de Fernando con una ternura que contrastaba brutalmente con lo que acababa de hacer.
—Fernando… —susurró contra la piel caliente—. No sabes como deseaba esto.
Lance se quedó quieto un instante eterno, completamente enterrado en él, sintiendo cómo las paredes internas de Fernando lo envolvían como un puño caliente, el híbrido cerró los ojos con fuerza, respirando hondo por la nariz, intentando no perder el control ahí mismo.
—Estás… estás tan caliente…. —susurró con voz rota, casi reverente.
Fernando soltó un gemido largo y tembloroso, las uñas clavándose en las sábanas, la sensación de estar tan lleno, tan abierto, era abrumadora. Cada pulso del miembro grueso dentro de él se sentía como una caricia profunda y sucia al mismo tiempo.
—Muévete… por favor… —suplicó, la voz quebrada—.
Lance no necesitó más.
Comenzó despacio, porque quería saborear cada segundo, salió casi por completo, solo dejando la cabeza dentro, y luego volvió a entrar con un movimiento profundo. El sonido húmedo y obsceno que hizo al deslizarse dentro arrancó un jadeo simultáneo de los dos.
—Así… —gimió Fernando, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. Dios… justo así…
Lance mantuvo el ritmo lento pero implacable, cada vez que entraba volvía a rozar ese punto sensible que hacía que las piernas de Fernando temblaran sin control, las manos enormes del toro se clavaron en las caderas del granjero, no con violencia, sino con posesión absoluta, reclamándolo.
—Eres mío… —gruñó contra la nuca sudorosa, besando la piel caliente mientras aceleraba poco a poco—. Este cuerpo… este culo… todo esto es mío, ¿verdad?
Fernando asintió con desesperación, la mejilla frotándose contra la almohada.
—Tu-uyo… —jadeó.
El ritmo se volvió más rápido, más profundo, los golpes de cadera contra cadera resonaban en la habitación junto con los gemidos ahogados, los jadeos, los nombres susurrados como plegarias obscenas.
Lance deslizó una mano por debajo del torso de Fernando, buscando su erección dura y goteante, la envolvió con firmeza y empezó a masturbarlo al mismo tiempo que seguía follándolo, sincronizando ambos movimientos.
—Quiero que te corras así… —susurró al oído —. Quiero sentir cómo te aprietas alrededor de mi polla mientras te vienes… quiero que me dejes todo tu placer…
Fernando ya no podía hablar, solo sonidos rotos salían de su garganta, el placer lo atravesaba en oleadas brutales, subiendo desde los huevos hasta la base de la columna, concentrándose en ese punto que Lance seguía golpeando sin piedad.
—Voy a… Lance… voy a correrme… —advirtió entre jadeos entrecortados.
—Hazlo —ordenó el híbrido, mordiéndole el hombro con fuerza suficiente para dejar marca pero sin romper la piel—. Córrete para mí, amor… déjame sentirlo…
Y Fernando se deshizo.
El orgasmo lo atravesó como un rayo, violento y cegador, se tensó entero, el cuerpo temblando sin control mientras se derramaba caliente y espeso sobre la mano de Lance y las sábanas debajo. Los músculos internos se contrajeron alrededor de la polla que lo llenaba, apretando con fuerza rítmica, como si quisiera retenerlo dentro para siempre.
Lance perdió el control en ese mismo instante.
Sintió los espasmos de Fernando alrededor de él, la presión perfecta, el calor, y se dejó ir con un rugido grave que vibró en todo su pecho, empujó profundo una última vez, enterrándose hasta la raíz, y se corrió dentro de él. Chorros calientes y abundantes lo llenaron, marcándolo por dentro de la forma más íntima y primitiva posible.
Se quedaron así un largo momento, jadeando, temblando, pegados el uno al otro. Lance todavía dentro, negándose a salir todavía, besó con dulzura la nuca sudorosa, el hombro que había marcado, la mejilla enrojecida.
—Te amo… —susurró contra la piel, la voz suave ahora, casi vulnerable—. Te amo tanto, joder…
Fernando giró la cabeza lo justo para buscar sus labios. Se besaron lento, profundo, con sabor a sudor y dulzura.
—Y yo a ti, torito… —murmuró contra su boca, una sonrisa cansada y absolutamente satisfecha curvando sus labios.
Lance lo abrazó más fuerte, girándolos con cuidado para que quedaran de lado, él todavía dentro, abrazándolo por detrás como si fuera lo más preciado del mundo y se quedaron así, entrelazados, respirando juntos, mientras el mundo fuera de esa habitación simplemente dejaba de existir.
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La tormenta había pasado en algún momento de la madrugada.
Ahora solo quedaba el silencio húmedo y fresco de la granja después de la lluvia, el goteo lento desde el tejado, el canto tímido de algún pájaro que se atrevía a salir, y el olor a tierra mojada que se colaba por las fisuras, Fernando fue el primero en despertar o más bien, el primero en ser consciente de que estaba despierto, porque tenía un toro limousin de casi dos metros abrazándolo por detrás como si fuera su almohada favorita.
Lance respiraba profundo y lento contra su nuca, el pecho subiendo y bajando contra su espalda, un brazo enorme cruzado sobre su cintura y la otra mano posesivamente abierta sobre su abdomen y lo que más lo hizo sonreír a Fernando fue sentir que el híbrido todavía estaba medio dentro de él, no del todo duro, pero tampoco había salido por completo durante la noche, una conexión perezosa, íntima y un poco obscena que le arrancó un calorcito traicionero en el estómago.
Intentó moverse con cuidado para no despertarlo pero en cuanto se movió un centímetro, Lance soltó un ronroneo grave y lo apretó más contra su pecho.
—Nnn… no te vayas… —murmuró con voz de sueño, la nariz hundida en su cabello—. Cinco minutos más…o diez, o… toda la mañana.
Fernando soltó una risa baja, ronca por la noche anterior.
—Venga, Lance —dijo, dándole un suave empujoncito en el pecho—. Tengo que levantarme, los animales van a empezar a armar bulla si no aparezco y creo que se te olvidó salir antes de dormirte.
Lance tardó unos segundos en procesar, abrió un ojo, luego el otro, bajó la mirada hacia donde sus cuerpos seguían unidos y se puso rojo hasta las orejas.
—Oh… —susurró, mortificado pero sin hacer ni el más mínimo intento de separarse—. Yo… no me di cuenta… ¿Te duele?
Fernando negó con la cabeza, girándose lo justo para mirarlo por encima del hombro, con una sonrisa traviesa.
—No, cariño, me duele… en el buen sentido. —Le guiñó un ojo.
Lance gruñó bajito, avergonzado y excitado al mismo tiempo, salió con cuidado de Fernando pero no pudo evitar que este hiciera una pequeña mueca al sentirse vacío, enterró la cara en la nuca de Fernando otra vez, como si quisiera esconderse ahí para siempre.
Fernando rodó los ojos, divertido, y apoyó las manos en el colchón para impulsarse hacia arriba.
O al menos lo intentó.
En cuanto intentó sentarse de verdad, un dolor agudo, profundo y deliciosamente traicionero le recorrió la parte baja de la espalda, las caderas y bueno, todo lo que había entre ellas, se quedó congelado a medio camino, soltando un «¡Joder!» entre dientes mientras volvía a dejarse caer de golpe sobre la almohada.
Lance se incorporó de inmediato, alarmado, apoyándose en un codo.
—¿Qué pasa? ¿Te hice daño? —preguntó, los ojos muy abiertos, pasando de la preocupación a la culpa en medio segundo—. Fernando, dime. ¿Dónde te duele?
Fernando soltó una risa ahogada, mitad vergüenza, mitad incredulidad, cubriéndose la cara con un brazo.
—No es… no es que me hayas hecho daño —murmuró, la voz amortiguada—. Es que… bueno, torito… digamos que fuiste mucho para mis pobres caderas, no puedo ni sentarme derecho sin que me recuerde cada centímetro que me metiste anoche.
Lance se quedó callado un segundo.
Luego se le escapó una sonrisa lenta, culpable y un poquito orgullosa que no pudo esconder.
—¿En serio? —preguntó, intentando sonar serio pero fallando estrepitosamente.
—No me hagas repetirlo.
Lance se mordió el labio, claramente dividido entre la preocupación genuina y el ego que se le inflaba por segundos.
—Lo siento… —dijo, aunque no sonaba ni remotamente arrepentido—. O sea… no lo siento del todo, pero sí lo siento si te duele mucho.
Se inclinó y empezó a dejar besitos suaves por el hombro de Fernando, bajando por el brazo, como si con eso pudiera borrar el dolor.
Fernando suspiró, pero esta vez era de placer más que de resignación.
—Yo tampoco lo siento —murmuró, girándose un poco para poder mirarlo—. No me arrepiento de nada.
Lance sonrió contra su piel, sus corazones latiendo sintiendo una felicidad enorme, ahora estaban juntos, eso era lo importante.
—Entonces… ¿qué hacemos? ¿Te quedas aquí tirado y yo me encargo de todo hoy? —propuso, muy serio de repente—. Puedo dar de comer a los animales, revisar las cercas… Soy fuerte, ¿sabes?
Fernando dudo un poco, no es que no confiara en las habilidades de Lance, pero si de ahora en adelante el toro quería ayudarle con la granja preferiría estar ahí para enseñarle poco a poco.
—O… —Volviendo a abrazarlo con cuidado, esta vez acomodándose detrás de él como cucharita gigante—. Podemos… recuperar energías. Despacio, muy despacio. —Le besó la nuca—. Te masajeo la espalda, te traigo el desayuno a la cama y después, cuando puedas caminar sin hacer muecas, salimos juntos.
Fernando giró la cabeza lo justo para mirarlo, pareciera como si le leyera la mente y esa plan sonaba demasiado tentador, giró su cara hacia el reloj de la mesita de noche y vio que aún era relativamente temprano, los animales podían esperar un poco más, igual, sabía que podía confiar en Checo y Max si pasaba algo.
—Está bien, pero diez minutos más, solo diez. —dijo al fin, acomodándose mejor contra el pecho enorme que lo envolvía.
Lance soltó un ronroneo satisfecho y lo apretó un poquito más, con cuidado de no apretar demasiado.
—Hecho —susurró contra su pelo—. Diez minutos… que pueden convertirse en veinte… o treinta…
Fernando soltó una risa baja.
La granja podía esperar, despertarse así, enredados, riendo y todavía oliendo al otro, eso no tenía precio.
