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La nieve apenas había comenzado a caer horas atrás, silenciosa y constante, cubriendo Benwick con un manto pálido que apagaba los sonidos del pueblo de las hadas y distintas criaturas que ya se habían escondido hace tiempo buscando refugio en diversos lugares del árbol sagrado y demás flores que los protegían de la nevada.
Después de todo este bosque estaba la mayor parte de su vida en una eterna primavera, pero eso no significa que el invierno no sea bien recibido.
Al contrario, gran parte de las hadas lo amaban por la majestuosidad de las formas que podían hacer con la blanca y pura nieve, la forma tan hermosa en que los árboles quedaban cubiertos de copos de nieve, las fuentes de agua congelas con elegantes formas en los riachuelos.
Todo era tan hermoso que parecía irreal.
Cualquier humano que viera la escena la calificaría irónicamente como sacado de un cuento de hadas.
No había viento en el bosque, solo ese frío quieto que se cuela despacio por los árboles, como si el invierno quisiera comprobar si aún quedaba vida al otro lado.
En la habitación de los reyes de Benwick, sin embargo, el frío no existía.
La cama matrimonial ocupaba el centro del cuarto, ancha, firme, desordenada de una forma familiar.
Las mantas se amontonaban sin cuidado, formando un pequeño refugio donde tres cuerpos compartían el mismo calor. Ban estaba recostado boca arriba, un brazo doblado detrás de la cabeza; Elaine, de costado, con el rostro cerca de su pecho y entre ambos, protegido como el tesoro más frágil del mundo, dormía el pequeño Lancelot.
Ya con ocho meses cumplidos, su respiración era corta y rítmica en un pequeño vaivén que hacía subir y bajar la manta. Una de sus manos estaba aferrada a la tela de la camisa de Ban; la otra descansaba sobre el antebrazo de su madre, como si incluso dormido supiera que allí estaba a salvo.
Ni el hada ni el humano dormía del todo, simplemente no podían todavía.
Ban tenía los ojos entrecerrados, la mirada perdida en el techo de madera. No pensaba en nada concreto, y aun así, su mente estaba llena. Cada tanto, bajaba la vista apenas lo suficiente para asegurarse de que el bebé seguía ahí, tibio, real. Como si temiera que, al dejar de mirarlo, todo pudiera desvanecerse.
Elaine también estaba despierta, aunque su respiración imitaba la del sueño. Tenía una mano apoyada sobre la pequeña espalda de Lancelot y la otra entrelazada con los dedos de Ban.
Un suave crujido se escuchó cuando una nueva ráfaga de nieve se acumuló en las ramas del gran árbol, haciendo que el pequeño se removiera ligeramente en el pecho de su padre, pero pronto volvió a dormir sin ninguna complicación.
Ban fue el primero en romper el silencio en la cálida habitación, aunque lo hizo con una voz tan baja que apenas fue un murmullo.
—…Nunca pensé que el invierno pudiera ser así.
Elaine no abrió los ojos, pero sonrió un poco.
—¿Así cómo? —preguntó con calma.
Ban tardó en responder moviendo apenas su mano libre, acomodando mejor la manta sobre Lancelot, con un cuidado que contrastaba con la fama que había tenido toda su vida.
—Bueno, antes… el invierno siempre significaba pasar frío. Hambre. Soledad. Era asqueroso, lo odiaba.
Elaine abrió los ojos entonces. Levantó la vista hacia él, sin separarse del bebé.
—Y ahora… —susurró.
Ban exhaló despacio.
—Ahora da miedo, pero en el buen sentido.
Elaine frunció el ceño, suave, sin preocupación.
—¿Miedo?
—A perderlo —admitió—. A perderlos.
El silencio volvió a instalarse, pero no pesaba. Elaine se incorporó apenas lo suficiente para apoyar la frente contra el hombro de Ban. Su cabello rubio se desparramó sobre la almohada, atrapando la luz tenue de las flores luminosas que en la mesita de noche.
—Ban… —dijo con voz baja pero firme—. Este bosque no es frágil.
Él soltó una risa silenciosa, incrédula.
—Todo lo que toco lo es, siempre consigo encontrar la forma de dañarlo. —murmuró enterrando el rostro en el cabello rubio de su hada.
Esta calma casi le recordaba aquella ilusión que Cath le había mostrado hace dos años, y eso lo aterraba más de lo que podía admitir.
Elaine levantó la cabeza y lo miró directamente. Sus ojos dorados no tenían rastro de reproche, solo una certeza tranquila.
—Y aun así, sigue aquí, seguimos aquí juntos. —pronunció con tranquilidad, repasando el rostro de su amor con nada más que el dorso de su mano, haciendo que Ban tomara su mano antes de besarla con adoración.
Ban le sostuvo la mirada y luego, bajó los ojos hacia Lancelot, que se removió apenas, haciendo un pequeño sonido antes de volver a quedarse quieto, el corazón de Ban dio un vuelco con ese pequeño movimiento.
—Es… increíble —murmuró mirando al rubio—. Pensar que existe. Que nosotros hicimos esto.
Elaine llevó su mano a la mejilla de Ban, acariciándolo con el pulgar.
—Mucho más que un milagro—dijo—. El primer híbrido de una hada y un humano... También el primer bebé gestado por un hada, de seguro nuestro hijo es un caso excepcional, ni siquiera sabía que podría quedar embarazada... Y aquí estamos. —añadió Elaine con dulzura, justo ese tono suave que derretía el corazón del albino.
Ban cerró los ojos al sentir el contacto. La nieve seguía cayendo afuera, el mundo seguía girando, pero nada de eso parecía importar. Allí, entre las fuertes ramas del árbol sagrado, no había pasado ni futuro, solo un presente completo.
Entre palabras suaves, besos que poseían tantos sentimientos en uno, el calor compartido, el peso tranquilo del bebé entre ellos, y la certeza silenciosa de que, los reyes de Benwick sintieron que por primera vez en sus vidas, el invierno no era algo que hubiera que sobrevivir.
Era algo que podían atravesar juntos.
...
Elaine se había quedado dormida casi sin darse cuenta.
Ban lo notó primero por el cambio en su respiración; se había vuelto más lenta y profunda, el peso suave de su cuerpo abandonándose por fin al descanso. Su cabeza reposaba cerca de su hombro y una de sus manos aún estaba extendida entre él y su pequeño, como si incluso dormida se negara a soltar del todo lo que amaba.
Ban no tenía planeado dormir aún, pero tampoco era como si tuviera la más mínima intención de moverse, pero entonces notó como el pequeño híbrido comenzó a agitarse.
No lloró. O al menos todavía no. Solo hacía ese movimiento torpe y descoordinado de un cuerpo que despierta sin saber del todo dónde está. Soltó un pequeño quejido, un sonido casi imperceptible mientras sus dedos se abrían y cerraban buscando algo.
Ban reaccionó al instante.
Con una delicadeza que nadie habría imaginado en él años atrás, deslizó su brazo sobre el cuerpo de Lancelot y lo levantó apenas, lo justo para separarlo del centro de la cama.
El bebé frunció el ceño respirando hondo y luego volvió a moverse incómodo.
—Calma Lance, no despiertes a tu mamá... —murmuró Ban, tan bajo que parecía pensarlo más que decirlo.
Se incorporó con cuidado, evitando que el mullido lecho de materiales silvestres crujiera.
Tomó la frazada de lana y la enrolló mejor alrededor de Lancelot, envolviéndolo como en un pequeño capullo blanco, y luego se puso de pie.
Antes de salir, volvió la vista hacia la cama.
Elaine dormía profundamente ahora, el cabello rubio extendido sobre la almohada formando un perfecto halo, el rostro relajado de una manera que Ban nunca se cansaba de admirar.
El pecado se acercó despacio, inclinándose lo justo para besarle la frente, fue un beso casto, breve, lleno de una promesa silenciosa.
Antes de arroparla mejor, subiendo la manta hasta sus hombros.
—Descansa… —susurró.
Elaine no se movió.
Ban salió de la habitación con Lancelot entre sus brazos sin un rumbo como tal, solo esperaba poder calmar al pequeño príncipe, después de todo siempre se dormía después de una caminata por el bosque, pero ahora el clima limitaba un poco sus opciones.
El árbol sagrado estaba en penumbra, siendo iluminado solamente por la luz blanquecina que se filtraba desde afuera por algunas mariposas que almacenaban la luz del sol en sus alas.
Con calma se acercó a una de las "ventanas" del castillo, que no eran unas como tal, sino una abertura natural en la madera viva, una especie de claro tallado por el tiempo desde donde se podía ver el exterior.
La nieve caía lenta, casi reverente, posándose sobre las ramas antiguas del árbol y el suelo del bosque que lo rodeaba.
Ban se detuvo allí.
Lancelot volvió a moverse, esta vez con más fuerza. Un pequeño sonido escapó de sus labios, y Ban comenzó a balancearse suavemente, de un lado a otro.
—Ya… ya… Lance —murmuró, apoyando la mejilla contra la cabeza del bebé, dando pequeñas palmadas en la espalda del rubio.
Sin darse cuenta comenzó a tararear.
Era solo una melodía torpe, improvisada, nacida del instinto más puro. Pero se encontró sonriendo como un idiota al darse cuenta de que era la tonta canción que compuso cuando vino a robar la fuente de la juventud.
El sonido vibraba suave en su pecho, y Lancelot pareció notarlo.
Poco a poco, los movimientos del bebé se hicieron más lentos.
—Pa-pa... -balbuceó el pequeño príncipe estirando los brazos torpemente, buscándolo.
Ban entendió el gesto de inmediato y lo sostuvo más cerca, apoyando la cabecita del niño casi a la altura de su cuello. Sintió el calor tibio del cuerpo pequeño contra el suyo, el latido constante, vivo contra él, y esos pequeños brazos rodearle el cuello en un abrazo somnoliento.
—Estoy aquí… —susurró—. Siempre.
El tarareo continuó. Afuera, la nieve seguía cayendo. El árbol sagrado crujió levemente, como si respirara con ellos. Ban apoyó la espalda contra la madera viva, cerrando los ojos por un momento.
En esos instantes le era tan sencillo pensar que jamás había sido tan fácil quedarse despierto.
Porque esta vigilia no era cansancio.
Era cuidado.
Era amor.
Era su hogar.
Y mientras Lancelot se calmaba del todo, aferrando con sus deditos la tela de su ropa, Ban permaneció allí, sosteniéndolo contra su corazón, agradecido por esa vida pequeña que había aprendido a confiar en él sin reservas.
Al notar que Lancelot ya no estaba inquieto sino despierto de verdad, con esos ojos carmesí abiertos y curiosos que parecían absorberlo todo, lo sostuvo un poco más alto, acercándolo a la abertura por donde entraba el aire helado del exterior.
—Mira, pequeñín… —murmuró
Ban extendiendo apenas su mano libre lo justo para que algunos copos de nieve se colaran en su palma, deshaciéndose lentamente sobre su piel.
Lancelot siguió el movimiento con atención absoluta. Sus cejas claras se fruncieron primero en señal de concentración, y luego estiró las manitas con torpeza, intentando atrapar aquello que caía y desaparecía al mismo tiempo.
Un copo tocó sus dedos.
Lancelot se sobresaltó un segundo y luego rió.
Fue una risa corta, aún imperfecta, un sonido nuevo que no sabía bien cómo formarse pero que nació igual, brillante y sincero.
Agitó las manos otra vez, emocionado, buscando más. Otro copo se posó sobre su piel tibia, derritiéndose de inmediato.
La risa volvió, más fuerte.
Ban sintió que algo en su pecho se rompía por completo.
Se le quedó mirando, sin moverse, como si temiera que parpadear fuera a romper el momento.
El cabello rubio de Lancelot, tan parecido al de Elaine, brillaba débilmente con la luz blanca de la nieve.
Sus ojos rojos —los suyos— se entrecerraban cada vez que reía, llenos de vida.
Una mezcla perfecta.
De ambos.
De todo lo que habían sobrevivido.
Ban tragó saliva.
No podía recordar un solo momento en su vida en el que hubiera sido más feliz que este. Ni las risas robadas en tabernas, ni las victorias después de batallas infernales, ni siquiera los instantes robados al peligro.
Nada se comparaba con ver a su hijo reír, con esa felicidad pura que no conocía el miedo, alcanzando la nieve como si el mundo fuera algo amable.
—¿Sabes…? —susurró Ban, aunque Lancelot no pudiera entenderlo del todo, o quien sabe, ese hijo suyo es mucho más inteligente de lo que parece, es todo un genio—. Pasó mucho tiempo antes de que algo así pareciera posible.
Lancelot agitó las manos otra vez, fascinado, y Ban rió en silencio con él.
Pensó en Elaine.
En su risa suave.
En su paciencia.
La única mujer que había amado, la única a la que amará hasta el final de sus días, la única que había visto algo bueno en él cuando ni siquiera él mismo lo creía.
Después de tantos problemas…
Después de tanta pérdida…
Por fin estaban juntos.
Ban acercó a Lancelot a su pecho, protegiéndolo del frío, apoyando la mejilla contra su cabello rubio ya un poco más largo, al parecer iba a ser lacio como su madre, ah, las diosas lo oigan, porque su cabello solo se calma cuando le cae agua.
La risa del bebé se había apagado poco a poco, siendo reemplazada por un balbuceo contento del príncipe completamente absorto en los copos de nieve cayendo lentamente.
—Te lo prometo —murmuró Ban, con una certeza que no necesitaba palabras grandes—. Que esto va a ser para siempre. —prometió dejando un beso en la melena dorada de Lancelot, sosteniéndolo como si de el mundo entero se tratase, aunque en estos momentos así era.
Elaine apareció en silencio.
Ban la sintió antes de verla, como si su presencia tuviera un peso propio en el aire. Alzó la vista justo cuando ella se acercaba volando suavemente con aquellas enormes y preciosas alas doradas.
Todavía estaba envuelta en una manta con su cabello rubio algo desordenado por el sueño. Sus ojos aún estaban cargados de esa suavidad especial que tenía al despertar.
Lancelot fue el primero en llamarla.
Sus ojos se iluminaron al instante y estiró los brazos hacia ella, agitando las manos con entusiasmo mientras dejaba escapar un balbuceo torpe, algo entre una risa y una sílaba incompleta.
—¡Ma-ma! —llamó el rubio con una sonrisa estirando los bracitos hacia el hada con una sonrisa capaz de derretir el más grande témpano de hielo.
—Buenos días, mi amor —le respondió la reina de las hadas con una sonrisa aún mayor, sus ojos brillando ante el nuevo titulo que le habían otorgado.
"Mamá" aún recuerda la primera vez que Lancelot la llamó así, estuvo llorando casi que todo el día mientras abrazaba a su bebé.
Se acercó y tomó a Lancelot con cuidado, acomodándolo contra su pecho. Aunque era solo un bebé, era innegable que estaba muy grande para su edad: fuerte, alto, pesado de una forma saludable. Elaine sonrió de lado al sentir el peso del no tan pequeño.
—Esto es culpa tuya —murmuró, mirándole a Ban con fingido reproche.
Ban rió bajito.
—¿Qué puedo decir? Buena genética.
No hubo tiempo para más bromas. En cuanto Elaine lo tuvo en brazos, Ban la rodeó con los suyos, atrayéndola contra él.
El beso llegó solo, natural, cálido.
Fue breve, pero lleno de todo lo que no necesitaban explicar. Elaine lo correspondió de inmediato, apoyando una mano en su pecho.
Cuando se separaron, ambos sonrieron… esa sonrisa tonta, enamorada y honesta, que solo aparece cuando el corazón está completamente lleno.
—Te amo —dijo Ban.
—Te amo —respondió Elaine al mismo tiempo.
Se quedaron mirándose un segundo, sorprendidos y divertidos por la coincidencia, y luego rieron en silencio.
Elaine apoyó la cabeza en el hombro de Ban, sosteniendo a Lancelot entre ambos.
El pequeño, ahora tranquilo, seguía mirando hacia afuera, fascinado por la nieve que comenzaba a volverse dorada con la primera luz del amanecer.
El sol ya se empezaba a asomar entre las ramas del árbol sagrado.
La madrugada se retiraba despacio, sin prisa.
Ban pasó una mano por la espalda de Elaine, masajeando con delicadeza la unión de sus alas haciéndola suspirar de gusto, y ambos miraron a su hijo, ese pequeño milagro que respiraba entre ellos, mitad humano, mitad hada.
El niño más hermoso que podían pedirle a la vida
—Feliz Navidad, Lancelot —dijo Elaine en voz baja.
—Feliz Navidad, Lance —añadió Ban.
La nieve siguió cayendo un poco más.
La luz creció.
Y allí, en Benwick, bajo el árbol sagrado, la navidad los encontró juntos exactamente donde debían estar.
