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Si te lo explicara palabra por palabra, nunca entenderías el dolor que me acalla

Summary:

—No es lo mismo —dice ella, entrecerrando los ojos, levantando la mirada para conectarla con Till—. No es igual.

—¿Qué cosa? —aventura, sólo porque tiene curiosidad sobre lo que sea que esté obligando al mutismo a desaparecer por un rato.

—Esto —afirma Mizi, y hay un enojo extraño en su voz, mezclado con desesperación. Mira a los lados, como si estuviera buscando algo, algo más que Till no sería capaz de ver—. No está bien. No es igual a las pruebas.

Algo en la cabeza de Till hace clic ante esa última afirmación. Se inclina ligeramente hacia el frente. El agua se mueve con él.

—¿Te refieres a… esa prueba del jardín? ¿La de la bañera llena de agua?

Mizi lo mira. Realmente lo mira. Y asiente.

O: Till ayuda (obliga) a Mizi a tomar un baño, y las cosas se llenan de no tan lindos recuerdos.

Notes:

Aprendí a amar la intimidad de los baños compartidos.

título sacado de "Deslocado" (NAPA)

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

—¡Mizi, luchar no te llevará a ninguna parte!

Till termina tosiendo dolorosamente tras soltar esas palabras, lo que le quita fuerza y hace que la mujer en sus brazos consiga retorcerse lo suficiente para librarse de su agarre, dando un salto demasiado ágil para un cuerpo casi hecho pedazos. Till no tiene tiempo de volver a atraparla, porque está más ocupado llevándose las manos al cuello para tratar de aminorar el ardor de su garganta, aunque no es muy eficaz.

Afortunadamente, cuando Mizi logra llegar a la puerta, ésta no cede a su intento de abrir la cerradura.

Los ojos de la mujer se llenan de horror, uno avellana, el otro gris y ciego, mientras mira hacia atrás de golpe, empujando en el aire los largos mechones negros de la pesada peluca que Till todavía no ha logrado quitársela de encima.

Mismo hombre termina de toser y se recompone, haciendo una mueca de dolor, tanto por sí mismo como por la imagen del animal asustado que evoca Mizi allí, aferrada a la puerta y viendo hacia él como si fuera alguna especie de verdugo que viene por su alma.

Till no viene por su alma, para que quede claro. Él sólo está intentando meterla a una bañera, desde hace ya media hora, si no cabe aclarar, para poder limpiarla como es debido. Por la imagen de mugre sobre la piel quemada, la aspereza del pelo falso y el hecho de que Till sabe que esta mujer ha estado encerrada en su habitación las últimas tres semanas, es claro que necesita una intervención higiénica muy necesaria.

Till también espera que, después de todo este forcejeo, el agua en la tina no se haya enfriado ya. No quiere tener que bañarla con agua helada.

Como un último recurso, levanta ambas manos enguantadas (porque al parecer es la única manera en la que ella es capaz de aceptar un toque ajeno sin querer arrancarle los dedos) en el aire, como un gesto de apaciguamiento, y camina lentamente hacia el frente. Muy lentamente. En el instante en el que la ve tensarse, se detiene.

—Mizi… —la llama, manteniendo una voz suave, aunque sabe que suena ronca tras ese grito. Sus cuerdas vocales ya no son lo de antes, y al parecer las de ella tampoco, porque no la ha escuchado soltar un sólo ruido en todo el tiempo que llevan aquí, lo cual es espeluznante. Su mirada se torna suplicante—. Por favor, sólo coopera…

La mirada de Mizi se mantiene fija sobre él, y luego de la nada se dirige a todas direcciones, como si estuviera buscando cualquier salida. Pero es inútil, las únicas salidas de este baño son la puerta por la que entraron, y una ventana diminuta que está demasiado alta para que ella lo alcance de un salto. El ducto de ventilación no cuenta, porque sólo un niño pequeño pasaría por allí. Así que ella está atrapada aquí.

Till se pregunta si darse cuenta de eso la llevará a querer atacarlo. Él sabe lo que es reaccionar a sentirse acorralado, tiene un montón de malas memorias de situaciones así.

No quiere que las mismas se superpongan con la imagen de Mizi.

—Mizi…

Mizi vuelve a mirarlo. Su expresión cargada de miedo cambia por un segundo, volviéndose triste y resignada, y su cuerpo entero casi parece perder fuerza. Sin embargo, eso dura poco, porque al segundo siguiente está dándole la espalda a Till y empuja la puerta con todo su cuerpo.

Till exhala un jadeo de horror y corre de inmediato hacia ella, abrazándola y deteniéndola justo antes de que vuelva a empujar su hombro contra la dura barrera.

—¡Mizi, basta! —gruñe, sintiéndola retorcerse de inmediato una vez más, tratando de librarse de sus brazos—. ¡No puedes romper esa puerta, está reforzada! Te vas a lasti…

Su frase se corta a la mitad en el instante en el que la cabeza de Mizi se empuja hacia atrás y golpea de lleno su nariz. Inmediatamente, los brazos de Till se sueltan y retrocede con pasos torpes, llevándose con prontitud las manos a la nariz y soltando un quejido sonoro, encogiéndose sobre sí mismo debido al dolor.

Augh… —masculla, con la voz amortiguada, sintiendo las lágrimas ensuciando los bordes de sus ojos cerrados—. Mierda. Qué fuerza…

Tarda un segundo de más en darse cuenta de que no debería estar cerrando los ojos mientras tiene a una mujer inestable intentando escapar, pero cuando mira hacia arriba de golpe, no encuentra a Mizi tratando de derribar la puerta otra vez. En lugar de ello, se topa con una expresión asustada, llena de culpa.

Rápidamente recuerda esos ojos de un lugar más lejano.

—Mizi… —la llama suavemente otra vez, irguiéndose y limpiando su nariz con la manga de su camisa. Hace caso omiso a la sangre que le queda en la ropa, cosa que los ojos de Mizi siguen con cautela. Ahora toda su postura es menos de defensa y huida, y más parecido a un animal en la carretera deslumbrado por los faros. Debido al dolor que le palpita en la cara (maldita sea, espera que ella no le haya roto totalmente la nariz) no puede pensar mucho en lo lamentable que se ve. Todavía tiene un trabajo importante que hacer—. Oye, en serio, no intentes echar esa puerta. Y métete a la bañera.

Incluso señala hacia atrás, a la tina de metal llena de agua. Espera sinceramente que siga caliente. Pero si está fría, supone que es castigo divino o algo así.

No, niega rápidamente con la cabeza. No puede bañar a Mizi con agua fría. Ella podría enfermarse. Eso es lo último que necesita. Si ella llega a pescar algo con gravedad, Isaac definitivamente la llevará a otro asentamiento humano. Mizi está aquí sólo por la terquedad de Till, después de todo, porque fue quien la encontró y la dejó esconderse en su cuarto hasta que su comportamiento de ermitaño consiguió ganar demasiada atención innecesaria, hasta el punto de esparcir rumores. Y también algo sobre su lamentable imagen que comenzó a asustar a todos los niños de la base.

Till no puede culpar a Isaac por querer alejar a Mizi de las miradas de la gente. La mujer no es exactamente la pintura más buena de contemplar. Till ni siquiera sabe cuánto tiempo realmente lleva Mizi sin tocar agua limpia, y la verdad es que no quiere saber. Ya es suficiente con ver la suciedad manchando los parches de piel blanca que le quedan, y las partes quemadas que sólo hacen que trague pesado al imaginar el dolor que debió haber sufrido al conseguirlas. Till sabe de dónde consiguió tales quemaduras, y sabe que debería hacer algo para ayudarla porque realmente necesitan atención, o al menos una limpieza mínima. Lamentablemente, parece que la mujer lleva siete años negándose ese trato.

Todavía le sorprende que ella haya sobrevivido todo estos años cargando con este tipo de heridas. Mizi es realmente alguien fuerte.

Se lleva una mano al cuello, apretando el costado en lugar de rascarlo, y suelta un suspiro cansado. No quita la mirada de ella.

—Por favor —ruega, porque no está por encima de ello cuando lo necesita. Y en este momento lo único que necesita es una prueba para que no vuelvan a separarlos.

Mizi se tensa por un instante, como si no estuviera contenta con escuchar esas palabras. Mira a Till a los ojos, apenas, a través del largo pelo oscuro que a Till le recuerda épocas más felices con otra chica más en la ecuación. El verde del único ojo funcional de Mizi se desvanece en la oscuridad, dando paso a un amarillo inquietante, pero no hay maldad detrás. O al menos, Till todavía no siente la hostilidad.

Ella no habla, porque al parecer todavía está pasando por las luchas que Till tuvo que pasar alguna vez, así que él la espera. Espera con paciencia mientras la ve de pie en mitad de un baño cualquiera, con la humedad de las baldosas mojándole las plantas de los pies y el aroma a jabón simple en el aire, el cuerpo firme a pesar de ser la epítome del desastre personal. Una criatura herida que se niega a rendirse.

(Excepto que Mizi siempre ha tenido en sí misma la suavidad que la ha llevado a su miseria.)

En el instante en el que la mujer le quita la mirada de encima para volverla a ver la puerta, Till se lanza hacia adelante, volviendo a agarrarla. Enreda un brazo en su cintura y sostiene su nuca antes de que le dé otro cabezazo, y entonces la arrastra hacia la bañera.

Por supuesto, Mizi forcejea todo el camino. Es silenciosa al patear y lanzar puñetazos, lo que lo vuelve un poco espeluznante, pero si no hay más opciones…

Mizi termina en el agua. Afortunadamente, gracias a las salpicaduras excesivas, Till puede confirmar que el agua está agradablemente tibia. Lo suficiente para que no haga daño a las quemaduras. Lamentablemente, la mitad del agua también acaba en el piso. Y eso podría empeorar si Mizi sigue luchando por salir.

—Quédate quieta… —pide, sonando forzado, haciendo uso de toda la energía y toda la delicadeza necesaria para no herirla accidentalmente mientras la empuja por los hombros hacia dentro del agua—. Mizi, deja de luchar.

Ella se remueve. Le golpea el brazo. Patea en el agua.

Así, Till nunca conseguirá bañarla adecuadamente.

—¿Sabes qué? ¡Bien! —exclama el muchacho, levantando las manos de golpe y retrocediendo dos pasos mientras lucha con las ganas de toser por alzar la voz. Su rostro se llena de rabia. Hay frustración en sus palabras, todo suena ronco y roto por el uso—. ¡Bien, no me importa! No te bañes. Después de todo no es mi problema.

Empuja las manos en el aire y se da la vuelta, caminando hacia la salida con pasos pesados, furioso. La impotencia le arde en la garganta, tanto por dentro como por fuera, y tiene que luchar con las ganas de rascarse la piel hasta abrirse algunas heridas. Está tan enojado, como no lo ha estado desde hace tiempo, y se siente exactamente como el mocoso del Jardín Anakt que no sabe regular una emoción tan simple. Es patético. Todo lo que puede hacer es resignarse al hecho de que no hay nada que pueda hacer.

Una vez más se llevarán lo último que queda de su familia.

Se detiene en la puerta, poniendo la mano en el pomo, parando antes de sacar la llave escondida en el bolsillo interior de su camisa. Frunce los labios y lucha con las ganas de llorar.

Es tan inútil. Ni siquiera puede ayudar a Mizi cuando tiene la oportunidad. Un tipo tan lamentable…

Pero antes de salir y resignarse a todo, se da cuenta de algo importante. No hay más ruidos. Y eso no significa exactamente las cosas más buenas, no cuando se trata de Mizi, al menos.

Cuando se da vuelta para asegurarse de que la mujer no está intentando trepar la pared para llegar a la ventana, o tal vez preparándose para atacarlo por la espalda, lo último que se espera es encontrarla en el mismo lugar donde la dejó.

Mizi está sentada en la bañera, mirándolo con unos ojos curiosos, confusos, apenas escondidos tras las cortinas del cabello falso y ahora también húmedo. Ella no se ha movido de allí.

Till inhala repentinamente, sorprendido.

—¿Estás…? —balbucea, pero entonces ella hace ademán de levantarse y Till se mueve rápidamente a su lado, negando con las manos en el aire—. No, no, no. Quédate ahí. Dame un momento.

Por alguna razón, ella le hace caso. Till siente un calor parecido al orgullo subiendo a su pecho, un poco similar a cómo se sintió la primera vez que los niños decidieron explorar por cuenta propia la base, sin estar sujetos a sus mangas como pollitos a su madre, siendo valientes ante los desafíos por primera vez. ¿Es esto lo mismo?, quiere preguntarse. Que Mizi muestre un buen comportamiento casi podría ser motivo de celebración, ¿no es así?

Mientras alcanza la botella de champú, Till se detiene un segundo a recordar cómo, en su juventud temprana, estaba muy dispuesto a seguir todas las órdenes de Mizi como si se tratara de una mascota obediente. Ahora, eso le hace arder la cara de vergüenza, pero en ese momento fue una idea maravillosa, que Mizi pudiera darle órdenes y él las seguiría sin chistar.

Pero Mizi nunca seguiría sus órdenes. Y Till en realidad no quiere ordenarle nada. Este instante juntos es sólo su desesperación tomando el control.

La culpa se instala nuevamente cuando regresa a ella y la encuentra todavía sentada en el agua. Ella ya no lo mira.

Till aprieta los labios, tragándose cualquier comentario de ánimo innecesario, y deja el champú junto al jabón corporal en la pared a un lado de la tina. Se inclina cuidadosamente hasta acomodarse en una rodilla, quedando a la altura de la mujer. Sus manos se extienden con cuidado, alcanzando la peluca.

Mizi se aferra repentinamente a la misma y se gira para mirar a Till con horror.

—Tengo que lavarte el cabello —explica Till, maldiciéndose interiormente por no haber asumido que tendría que avisar de cada movimiento que haría desde ahora. Con alguien en el estado mental de Mizi, esto es lo básico. Se muerde los labios antes de forzar una mirada más suave—. La peluca la lavaré después, ¿de acuerdo?

Mizi no muestra un cambio en su expresión, pero sus dedos finos y magullados dejan de aferrarse. Till lo toma como un permiso y comienza a apartar el pelo falso, hasta que consigue vislumbrar los cortos mechones rosas. Intenta no sobresaltarse ante el color opaco, tan distinto al de sus recuerdos, ni a la suciedad entre el cabello real. También hay quemaduras allí, ahora que lo nota. En la sien derecha, un parche arrugado sin pelo. Till reprime una mueca y aparta la peluca de una vez por todas, evitando mirar mucho cómo deja un rastro oscuro cuando la saca del agua y la pone sobre el lavabo.

Cuando vuelve a Mizi, ella está abrazándose a sí misma.

Traga pesado y vuelve a arrodillarse a su lado, sin importarle la humedad del suelo. A fin de cuentas, ya está mojado de pies a cabeza, su ropa le pesa y se enfría con cada minuto que pasa. No sirve de mucho preocuparse por sí mismo ahora.

Mizi lo mira una vez más. Ahora se ve cansada. Sus labios se abren, como si quisiera decirle algo, pero nada sale de su boca, ni un sonido, ni siquiera un suspiro. Ella parece una grabación sin sonido.

Till tuerce los labios.

—Te voy a lavar el cabello —anuncia, manteniendo un tono neutral, mientras alcanza el bote a su lado.

Mizi vuelve a cerrar la boca y a mirar hacia otro lado. Eso le hace sentirse culpable una vez más, como si acabara de ignorar sus palabras, aunque no hubiera ninguna.

Niega con la cabeza y comienza con el proceso de limpieza. Se sienta en el borde para tener mejor alcance, esperando no incomodar a la mujer. Afortunadamente, ella ni siquiera parece prestarle atención, manteniendo la cabeza gacha, enseñando su nuca. Till todavía le avisa de sus movimientos antes de hacerlos; cuando derrama algo de agua sobre su cabello desordenado, cuando deja caer un poco de champú con el tenue aroma a flores silvestres del desierto, cuando comienza a masajear el cuero cabelludo de Mizi y crea espuma, y luego la suciedad y la mugre caen con otro chorro de agua.

Mizi se acomoda una vez más cuando Till termina, y luego no se mueve de nuevo. Ella se queda quieta, sentada, una mano en el borde de la tina y la otra bajo el agua, las piernas extendidas y la columna encorvada hacia adentro. Till se pregunta si es porque le duele moverse después de todo ese forcejeo anterior, lo que le llena de más culpa. Cualquier moretón no se notaría entre las quemaduras, lo que solo empeora su situación. Till se siente como un monstruo.

Traga pesado nuevamente y aparta las manos. Una de ellas sostiene la simple pastilla de jabón.

—¿Puedes…? —comienza, esperando que su voz sea lo suficientemente fuerte como para que llegue a los oídos de Mizi. Para suerte suya, obtiene una reacción, porque ella gira apenas el cuello para verlo de reojo con su único ojo bueno, lo que lo anima enormemente—. ¿Puedes intentar seguir sola?

Aunque Till no es ajeno a bañar a otras personas (mayormente niños, ya que al parecer es una figura de confianza para ellos) en la base, donde la privacidad es realmente casi un lujo, no quiere imponer su ayuda en esta parte. Si ella no quiere que él la toque…

No obstante, la única respuesta que recibe es Mizi volviendo su vista al frente, lo cual no es en absoluto una respuesta.

Exhala un suspiro largo.

—Está bien —afirma, sonando resignado. Si siente un poco de calor en las orejas, es completamente problema suyo—. Te ayudaré.

Vuelve a bajar al piso, mientras intenta mantener una expresión serena, a pesar de que hay un hormigueo de incomodidad subiendo a su pecho. En realidad, ya ha hecho este trabajo con chicas antes y nunca le ha supuesto un verdadero problema, pero hacerlo con Mizi le sienta de una manera extraña, como si estuviera mal. ¿Es porque ella no le ha dicho que sí? Ella podría asentir, o podría negar. Tal vez eso aliviaría la carga mental de Till.

Mientras se pierde un poco en sus pensamientos sobre sí o no, consigue alcanzar el brazo derecho de Mizi. Ella se lo deja, dócil de una manera escalofriante, y Till sólo tiene que pasar la pastilla húmeda por su piel, con más cuidado de lo normal debido a las heridas. Frota el jabón tan delicadamente como puede, creando una pequeña capa blanca de espuma desde la palma hasta el antebrazo, pero se detiene al llegar casi a la axila.

Allí, con letras brillantes, como si fuera el único lugar que la suciedad no quiere tocar, está su marca. El nombre de Mizi impreso con el metal pegado a la piel.

Till traga pesado. De nuevo hay una picazón en su cuello, en el costado izquierdo, donde antes estuvo su propia marca antes de que se la tuviera que arrancar con sus propias uñas.

Espantando la sensación ominosa, continúa con su labor. Por un instante, se le pasa la idea de sugerirle a Mizi ayudar a quitárselo, pero lo descarta. Ella ya se lo habría quitado si así lo quisiera.

A Till le gustaría saber por qué lo conservó.

Cuando desliza el jabón por su cuello, se detiene en sus clavículas por un segundo. No tiene que mirar abajo porque sabe que no verá nada. Incluso si es un baño necesario, le ha permitido a Mizi quedarse con la ropa interior, sólo por el pudor y todo eso, aunque eso es sólo Till siendo un idiota que no piensa en las consecuencias. Aun así, tiene que luchar un poco para alcanzar el otro brazo, ya que ella es menos una humana y más una muñeca pesada y sin hilos que parece estar enfrascada en mirar el agua cada vez más sucia que la rodea, y trata de no pensar mucho en cómo habrá partes sucias que podrían terminar peor gracias a la humedad.

Till niega con la cabeza. Se ocupará de eso luego. Tal vez Mizi recobre el sentido y pueda lavarse sola cuando esto acabe.

Consigue enjabonar su brazo izquierdo, también su cuello. Le habla antes de tocar su vientre y su espalda. Mizi no contesta a ninguna de sus palabras, ni tampoco lo mira de nuevo.

Todo se siente mal. Se siente incorrecto.

Till se sienta al borde de la bañera otra vez, soltando un suspiro. Se limpia el sudor de la frente y alcanza el tobillo izquierdo de la mujer tras avisarle que lo haría. Al estirarlo para sacarlo del agua y enjabonarlo, ocurre lo que no se espera, y Mizi se hunde bajo la superficie del agua.

—¡Mizi! —chilla Till, soltando de golpe el jabón para lanzarse hacia el frente y agarrarla, sacándola del agua otra vez.

Sólo entonces, después de inhalar con fuerza tras dos segundos de estarse ahogando, Mizi parece despertar de su letargo. Sus manos se aferran con fuerza a los brazos de Till y sus ojos miran con miedo un punto perdido frente a ella.

—Mierda… —masculla Till, sintiendo de nuevo la pesadez del agua en la ropa, además de la peligrosa posición en la que se encuentra; si pisa mal ahora mismo sobre el suelo mojado, podría resbalar y eso sólo le hará caer sobre Mizi, lo que terminaría muy mal. Sus músculos arden por intentar mantener su posición, con uno de sus brazos sosteniendo la cintura de la mujer y el otro en sus hombros resbaladizos por los rastros de jabón—. Mierda, Mizi, ¿podrías…?

Mizi se gira lentamente a mirarlo. Con la corta distancia, Till puede vislumbrar otra vez el color verdoso en su iris dorado y el punto gris y muerto como las cenizas tras un incendio.

Ella parpadea.

—Till.

Till se queda estático. La voz de Mizi es…

No tiene tiempo de pensar en ello porque ella mueve los brazos y rápidamente lo rodean en un firme abrazo. Su rostro demacrado se oculta en el pecho de Till justo después.

Till siente que puede volver a respirar cuando ya no hay peligro de dejarla caer y permitirle ahogarse en la bañera, así que se mueve cuidadosamente. Pero cuando intenta apartarse del abrazo, Mizi le entierra las uñas en la nuca.

Se queda quieto entonces.

—... ¿Mizi…? —intenta llamar, y sólo entonces ella suaviza su agarre, soltando sus dedos pero sin soltarse del abrazo.

Se quedan así un rato. A Till comienza a dolerle la espalda por la posición inclinada, pero deja que el tiempo pase por unos minutos más. Apenas ha escuchado la primera palabra de Mizi en quién sabe cuánto tiempo. Su voz es rasposa, bajita, idéntica a la de Till cuando no podía hablar más allá que palabras torpes y llenas de dolor constante. Intenta no sentir lástima por ella, intenta no recordar las melodías hermosas que es capaz de crear, porque si se atreve, también estaría arruinándose a sí mismo.

Así que espera pacientemente. Sus manos encuentran su camino para colocarse cuidadosamente en la espalda cálida y con cicatrices prominentes. No le importan las cicatrices. Después de todo, es realmente lo único que les queda. A los dos. Con las yemas de los dedos, comienza a trazar distraídamente una de ellas, tal vez buscando una forma, o tal vez sólo para pasar el rato. Espera que su toque no la moleste.

Mizi no se molesta. Pero se aparta, finalmente quitando la cabeza de su escondite, volviendo a mirar a Till a los ojos. Ahora ya no parece una muñeca, pero su expresión no es mejor. La tristeza más profunda impregna cada rincón de su rostro demacrado.

Till se inclina por reflejo, sólo para frotar su frente en el lado sano de su sien; la misma caricia de consuelo que le ha dado alguien que ya no recuerda, la misma caricia que alguna vez le dio a alguien a quien ya no puede olvidar, la misma que se la dieron cuando no podía recordar y la misma que usa para consolar a sus hijos. Mizi parece necesitarlo ahora.

Una parte de sí mismo se reprocha tomarse estas libertades. Antes, ni siquiera pensaría en ponerle una mano encima a Mizi, no sin antes sufrir un paro cardíaco. Ahora, lo único que hace su corazón es repetir un ritmo tranquilo, dejando bombear calidez, esperando a que llegue a la otra persona.

Entonces, escucha una risa.

Cuando se aparta, Mizi ya no lo está viendo, pero al menos hay una diminuta sonrisa adornando sus labios rotos.

—De verdad ya no eres Till —murmura ella, como si fuera un secreto, con su voz entrecortada y seca por el desuso.

Till parpadea, confuso.

—¿Eso crees? —aventura. La mujer lo mira de reojo, y niega con la cabeza—. Bueno, si es así, entonces tú ya no eres Mizi.

Mizi aprieta los labios, y, tras unos lentos segundos, finalmente asiente.

Till sonríe sin querer.

—¿Pero aún puedo llamarte Mizi?

Ella parece dudar por un segundo, pero vuelve a asentir. Hay tristeza en su pupila al hacerlo. A Till le gustaría espantarla con una canción de ánimos, pero no cree que eso funcione en una mujer adulta que carga tantos o más traumas que él. Entonces guarda silencio. En lugar de hablar, vuelve a moverse. Aparta cuidadosamente los brazos de Mizi, quien se resigna a soltarlo y a volver a sentarse en la bañera, manteniendo un nuevo tipo de mudez; no asfixiante ni profundo, sino con expectativas. Ahora Till sabe que su voz sigue allí. Sabe que puede volver a escucharla. Saberlo sin tenerlo sigue siendo bueno.

Alcanza de nuevo el jabón, que de alguna forma terminó en el fondo del agua. Pero cuando está a punto de preguntarle a Mizi si puede continuar, ella levanta la cabeza hacia él, con una sonrisa cansada.

—¿Me acompañas?

Till se toma un momento para asimilar esa petición.

Por supuesto, no es tan idiota como para no saber a qué se refiere. Además, Mizi lo reafirma al sacar una mano del agua y presentar su palma abierta hacia él, como invitándolo a tomarla. Sin embargo, no siente que eso sea completamente correcto. No porque le desagrade la idea de un baño compartido (los baños compartidos siempre fueron comunes en sus vidas), ni siquiera si se trata de la chica que alguna vez fue un amor vergonzoso (que ya no lo es), sino por el hecho de que el espacio de la tina no tiene exactamente el tamaño necesario para permitir que dos cuerpos adultos se acomoden, no sin que haya una falta clara de espacio personal.

Till se pregunta si Mizi es consciente de ello.

—No cabemos —le explica, esperando que eso disipe la duda, y de paso la petición.

No ocurre. Mizi no titubea.

—No importa —dice, sin bajar la mano, sin temblar.

Till no puede evitar dudar, pero al final, no tiene muchas opciones. Quién sabe qué podría hacer ella si se niega; tal vez una rabieta. Con su estado mental errático, y recordando el accidente de hace pocos minutos, no cree que rechazarla sea algo bueno.

Suelta un suspiro y termina asintiendo.

—Bien —casi gruñe, resignado. No ve la sonrisa de Mizi, pero podría jurar que hay un brillo en sus ojos, no diversión, sino algo más parecido a una suave satisfacción—. Pero no hagas nada raro.

Ante eso, ella parpadea. Su sonrisa se borra. Parece preguntarle en silencio a Till si acaso acaba de decirle eso.

Till la ignora y se pone de pie.

—Me quitaré la ropa, pero sólo para poder caber. No te espantes.

Esa es una manera especial para espantarla, muy como tú, dice su yo interior, probablemente su voz de la razón, que suena un poco como Iván. Qué lamentable.

De cualquier forma, ella no parece molestarse por esa declaración. Sólo espera pacientemente, mientras Till comienza a luchar con sus prendas mojadas, dejándolas colgadas junto al lavabo y las toallas, quedando también en ropa interior, la única parte seca que termina mucho más húmeda que el resto una vez se mete al agua.

Está helada, nota de inmediato al entrar. Tiene que morderse los labios para evitar soltar un chillido de horror, y respira profundo mientras se sienta. Debido a todo lo que Mizi ya empujó al comienzo del viaje, el agua no se desborda mientras se acomoda.

Sus rodillas quedan por encima de la superficie, mientras se agarra de los lados de la tina, sintiendo el frío metal en sus antebrazos y en su espalda, provocándole escalofríos de pies a cabeza. No puede creer que Mizi haya estado soportando esto. De verdad necesita disculparse, y también terminar rápido con la hora del baño.

Cuando vuelve su atención a la chica, la encuentra jugando con sus dedos sobre sus rodillas, que también sobresalen un poco del agua. Ella se está llevando casi todo el espacio de la bañera, y sólo no está empujando la entrepierna de Till porque le queda algo de decencia, o eso espera él. Quién sabe si realmente quiera hacerlo. No sería muy difícil noquearlo. Ella podría dejarlo agonizar en el agua fría, levantarse, conseguir las llaves y huir del baño para ya nunca volver.

Till siente que el miedo se arrastra por su piel. Es peor que el frío.

Pero Mizi, en lugar de atacarlo, sólo se queda allí. Callada y pensativa.

Till comienza a contar los minutos que les quedan antes de que la temperatura se convierta en un verdadero problema.

—No se siente bien.

Las secas palabras de la mujer le llaman la atención. Mizi no le mira mientras habla.

—No es lo mismo —dice ella, entrecerrando los ojos, levantando la mirada para conectarla con Till—. No es igual.

—¿Qué cosa? —aventura, sólo porque tiene curiosidad sobre lo que sea que esté obligando al mutismo a desaparecer por un rato.

—Esto —afirma Mizi, y hay un enojo extraño en su voz, mezclado con desesperación. Mira a los lados, como si estuviera buscando algo, algo más que Till no sería capaz de ver—. No está bien. No es igual a las pruebas.

Algo en la cabeza de Till hace clic ante esa última afirmación. Se inclina ligeramente hacia el frente. El agua se mueve con él.

—¿Te refieres a… esa prueba del jardín? ¿La de la bañera llena de agua?

Mizi lo mira. Realmente lo mira. Y asiente.

Till sonríe un poco. Por supuesto, ambos lo recuerdan. Él recuerda que ella hizo esa prueba con Sua. Till la pasó con Iván. El momento más incómodo de su vida, sacó una nota miserable, a diferencia de Iván, que fue perfecto. Se pregunta si ellas sacaron una buena calificación.

Él sabe que Sua lo habría hecho.

—Sí —afirma, con la voz cargada de melancolía, mirando a los lados, a la falta de cables sobresalientes del agua, la falta de luces parpadeantes, la falsa privacidad de una cortina que no sirve si hay cámaras desde todos los ángulos. Aquí no hay nada de eso, y se siente extrañamente vacío—. No es lo mismo.

Cuando vuelve a mirar a Mizi, ella no está llorando todavía, pero la tristeza en sus ojos es desbordante. Y es irónico. Extrañar tan terriblemente un lugar de encierro y tortura.

Pero Till no puede decir que no la entiende. Tal vez, si se le presentara la oportunidad de volver al ambiente hostil de las miradas ajenas en un forzado momento íntimo, no echaría toda la culpa a la sonrisa ensayada de la otra persona. Tal vez se guardaría mejor la imagen de la piel mojada; no un abrigo blanco empapado de lluvia falsa.

Él puede imaginarlo. No podrá vivirlo.

Mizi, que lo ha vivido, aferra sus dedos a sí misma, a su garganta, mientras pesadas lágrimas caen por sus mejillas y se mezclan con el agua turbia de las penas que no puede soltar.

Till espera que esto sea suficiente para dar el primer paso.

 


 

Resulta que el agua fría es lo mejor para las cicatrices de quemadura. Tal vez Till debió investigar más antes de arrastrar a Mizi a un baño caliente desesperado, pero supone que las cosas han salido bien, si al final del día ha conseguido su cometido.

Termina de arropar cuidadosamente a Mizi bajo las mantas de su cama, que ahora es su único lecho de descanso, porque al parecer es esto o dormir en un rincón en el suelo. Till no quiere que ella vuelva a ensuciarse tan rápido, así que la deja tomar su puesto y se prepara para una noche de descanso en el sofá del salón.

Mizi duerme profundamente, al igual que en sus días de juventud inocente. Till solo la observa el tiempo suficiente para asegurarse de que realmente está dormida y no es una estratagema para huir apenas consiga salir de su vista. Sabe que es paranoico de su parte pensarlo, y que en realidad no tiene derecho a retenerla, pero es preferible que se quede aquí hasta que sanen sus heridas que dejarla pudrirse bajo el sol del desierto.

No quiere permitir algo así.

Con un suspiro bajo, termina su vigilancia y se da la vuelta. Sale silenciosamente de la habitación. No cierra con llave.

Allí afuera, se topa con Isaac y Dewey.

—Woah —susurra el enorme rubio, con una exagerada expresión de sorpresa—. ¿De verdad funcionó? ¿Ella se dejó bañar? ¿Y sigues intacto?

Till frunce el ceño.

—¿Qué mierda significa eso?

—¿Qué tal está? —inquiere Isaac, tomando la palabra antes de que comience alguna discusión sin sentido. Till se enoja un poco, pero se recuerda que hay cosas más importantes que el orgullo herido y los idiotas molestos.

Aun así, tiene que apretar los labios con impotencia antes de responder.

—Hoy volvió en sí por un instante, y luego estuvo alucinando por horas —finalmente exhala, sabiendo que de nada sirve ocultarle cosas a Isaac, quien siempre encontrará la manera de descubrir sus mentiras. No significa que se sienta mejor admitir las faltas—. No sé si mañana será igual.

Isaac tararea. Dewey, a su lado, sólo mira la puerta cerrada con atención, como si estuviera esperando a que algo extraño emerja de allí. Till quiere gruñirle que lo deje, que, a pesar de ser llamada bruja, Mizi no es más que una mujer traumatizada, que carga con sus errores con más fiereza que cualquiera de ellos.

No tiene tiempo de decir tales palabras, porque Isaac le pone una mano en el hombro, llamando su atención.

—Ya es un avance —declara, con la voz severa. No se oye como un consuelo, pero Till sabe que lo es, especialmente por las palmaditas en el hombro que le siguen—. Sólo mantenla lejos del arsenal de armas.

Y con eso, pasa de Till y sigue su camino por el corredor. Dewey le sigue, no sin antes despedirse con un zape en la nuca a Till, ganándose un gruñido y una maldición.

Al final, sólo queda Till en mitad del pasillo oscuro, un peso fantasma en el hombro, la frescura de un baño nocturno y la esperanza de conseguir algo bueno.

 

Notes:

Casi me quedo dormido a mitad de escribir el fic, no porque me aburriera, es que ya llevo dos días durmiendo dos horas. El cansancio me atacó justamente hoy.

Además, fue más corto de lo que esperaba.