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Category:
Fandoms:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 1 of Fan fiction
Stats:
Published:
2026-01-04
Completed:
2026-01-04
Words:
5,815
Chapters:
5/5
Hits:
24

Fate/Zero: Foreigner

Summary:

Que pasaria si una presencia que solo observa, decide intervenir?

Notes:

Espero que sea de su agrado

Chapter 1: El desperdicio y la mirada

Chapter Text

El primer día, Sakura no creyó que hubiera sido adoptada. La mansión Matou era grande, vieja y silenciosa. Los pasillos eran demasiado largos, y el eco de sus pasos no la acompañaba: la vigilaba. No hubo manos que la guiaran. No hubo explicaciones. Kariya no estaba allí. Aoi no estaba allí. Nadie le dijo qué hacer, ni qué esperar. Zouken Matou la observar como se observa una herramienta útil. —No llores —dijo, con una voz que parecía surgir desde la madera podrida de la casa—. Si lloras, duele más. Sakura no entendió el significado de esas palabras. Lo entendería esa misma noche. El sótano El sótano no era una habitación. Era un estómago. El aire olía a humedad, metal viejo y algo vivo. Las paredes parecían respirar. El suelo estaba cubierto de sombras que se movían sin origen claro, como si la oscuridad tuviera pulso propio. —Este es tu entrenamiento —dijo Zouken—. Tu cuerpo aprenderá. Los gusanos no llegaron todos a la vez. Primero uno. Luego otro. Después, demasiados para contarlos. Sakura gritó. Luego aprendí a no hacerlo. Ese fue el primer cambio del primer año: comprender que gritar no servía de nada. El tiempo dejó de tener forma. Al principio contó los días. Después, solo contó las veces que deseaba no despertar. El primer mes lloró en silencio, abrazándose las rodillas, grabando la voz de Rin, la casa Tohsaka, la luz del sol entrando por la ventana. Esos recuerdos eran lo único que las sombras aún no podían devorar. Luego, los gusanos comenzaron a tocarla. Primero la piel. Después de algo más profundo. No solo mordían: aprendían. Se deslizaban por su cuerpo como pensamientos ajenos, hurgando en sus miedos, alimentándose de su culpa, de su deseo desesperado de obedecer. —Es por tu bien —decían—. Si aguantas, serás útil. Útil. La palabra se clavó más hondo que cualquier colmillo. Cada sesión la dejaba más vacía. Su magia despertaba a la fuerza, arrancada como una herida abierta. El poder dentro de ella reaccionaba, vasto e incontrolable, y eso hacía que el dolor fuera peor. Zouken observaba con curiosidad clínica. —Increíble… Un pozo sin fondo. Sakura no sabía qué era el maná, pero lo sentía. Como un océano atrapado en un recipiente demasiado frágil. El segundo trimestre dejó de llorar. No porque doliera menos, sino porque llorar consumía fuerzas que necesitaba para sobrevivir. Aprendí a mirar el techo de piedra mientras algo se arrastraba bajo su piel. Aprendí a desaparecer sin morir. En la casa, Shinji la miraba como se mira algo roto. A veces la ignoraba. A veces la despreciaba. A veces sonreía. Sakura aprendió a temer esas sonrisas. Para el final del primer año, dejó de pensar en escapar. No porque no quisiera, sino porque su mente comprendió que no había a dónde ir. Ese fue el segundo cambio: aceptar la jaula. Su cuerpo cambió lentamente. Fibra. Dolor constante. Pesadillas sin forma. A veces sentía que algo dentro de ella respiraba cuando ella no quería hacerlo.—Te estás adaptando —decía Zouken—. Eres más resistente de lo que pensé. No era un elogio. Era una sentencia. En la escuela, Sakura sonreía. En la mansión, obedecía. En el sótano, sobrevivía. Pero había algo que no lograron destruir del todo. En el último mes de ese primer año, ocurrió algo distinto. No fue un milagro. No fue una salvación. Ni siquiera esperanza. Fue una sensación. En el sótano, donde el aire no era aire y el suelo parecía vivo, Sakura dejó de contar los días. Allí el tiempo no avanzaba: se arrastraba. Los insectos no solo la mordían; la rodeaban, como si ella fuera una raíz rota enterrada en tierra equivocada. Una plántula arrancada antes de crecer, obligada a alimentar algo que no debía existir. Ella no gritaba. Y entonces… algo cambió. Entre los sonidos viscosos y los movimientos que no quería aprender a reconocer, Sakura sintió algo nuevo. Sin manos. Sin voces. Sin órdenes. Una mirada. Pero no era como la de aquel anciano. No tenía hambre. No tenía urgencia. No tenía placer. Era distante. Antigua. Cansada. Como alguien que llega tarde a una tragedia escrita hace mucho… y aún así decide quedarse. La presencia no descendió. Sin intervino. No habló. Solo observar. Desde un lugar que no era un sitio físico, vio lo que realmente había allí: una rama joven, partida a la fuerza, rodeada de insectos que la vaciaban lentamente, no para matarla, sino para que siguiera viviendo mal. No había elección en su sacrificio. Nunca la hubo. Y eso fue lo que quebró algo. Aquello no era prueba. Ningún ritual de época. No era necesidad del mundo. Era desperdicio. Crueldad repetida tantas veces que había sido confundida con tradición. Sakura no entendía qué ocurría. Solo sentí que, por primera vez, el sótano no estaba completamente cerrado. No apareció la luz, pero el peso del techo parecía menor. Una pregunta nació en su mente sin ser aplastada de inmediato: Si estoy aquí para algo… ¿por qué duele tanto? La pregunta no fue respondida. Pero tampoco fue ignorada. Y ese fue el verdadero silencio. Porque el mundo había aceptado su sufrimiento como un costo inevitable. Y ahora… algo que no debía involucrarse había decidido quedarse mirando. No por justicia inmediata. No por misericordia. Sino porque incluso para una presencia antigua, cansada de finales, aquella rama rota no debía haberse ofrecido nunca. Sakura no lo supo esa noche. Pero desde ese instante, su dolor ya no estuvo completamente solo. Y el mundo, sin saberlo, acababa de cometer un error. No ocurrió de inmediato. La presencia no actuó por impulso. Observado durante días. Tal vez semanas. Desde un lugar donde el tiempo no se media igual. Vio los ciclos repetirse: descenso, dolor, extracción, abandono. Vio cómo la niña aprendía a no resistirse, porque resistirse solo prolongaba el castigo. Vio cómo su cuerpo se adaptaba demasiado bien. Eso era lo intolerable. No el sufrimiento en sí. Sino que el mundo lo hubiera incorporado como un proceso funcional. La primera intervención no fue violenta. Ni visible.Ni heroica. Fue... un error mínimo. Aquella noche, cuando los gusanos se movieron como siempre, algo no encajó del todo. Uno de ellos —solo uno— se detuvo. No murió. No huyó. Simplemente… no avanzó. Sakura lo sintió antes de entenderlo. Una pausa donde debería haber dolor. Un espacio vacío en la secuencia que su cuerpo ya conocía demasiado bien. Su respiración se trabó. Esperaba el castigo que siempre seguía a cualquier irregularidad. No llegó. El gusano permaneció inmóvil, como si hubiera olvidado qué debía hacer. Luego se retiró, arrastrándose torpemente hacia la sombra, dejando tras de sí una sensación extraña: no alivio, pero tampoco invasión. Sakura no se movió. No se permitió esperanza. Solo pensé, con una lucidez que no había tenido en meses: Esto no es normal. Desde fuera, nada había cambiado. Los demás continuarán su función. El ritual siguió su curso. Pero algo había sido desalineado. La presencia no celebró. No era una victoria. Era una prueba. Un ajuste ínfimo en un sistema cruelmente optimizado. Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.Si el mundo reaccionaba... significaba que estaba vigilando. Si no lo hacía… significaba que nadie estaba realmente prestando atención. Zouken frunció el ceño más tarde, revisando sus familiares. —Curioso… —murmuró—. La tasa de respuesta fue irregular. No sospechó intervención externa. Pensó en fatiga. En adaptación. En error acumulado. Pensó en todo, excepto en vigilancia. Esa noche, Sakura durmió unos minutos más de lo habitual. No soñó con gusanos. Soñó con algo indistinto: una carretera oscura, el sonido lejano de metal sobre piedra, y la sensación —débil, casi inexistente— de que alguien había decidido no apartar la mirada. No era consuelo. No era rescate. Era algo mucho más peligroso. Porque por primera vez desde que llegó a la mansión Matou, el sufrimiento no fue perfectamente eficiente. Y en un sistema construido sobre la repetición absoluta del dolor, una sola desviación era suficiente para que, algún día, todo se viniera abajo.