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Dando el crédito a quien lo merece
Lo más duro de todo es lo inesperado del suceso. Un minuto estaba su madre trabajando en su jardín y parloteando de las flores que quería plantar esa temporada aprovechando una oferta en semillas de su vivero local, y al siguiente se había desplomado sobre la tierra recién removida, apenas respirando o dando señales de que iba a recuperarse.
Apenas ese año iba a cumplir los 48, y su apariencia siempre juvenil seguía siendo la misma, al punto que una de las enfermeras confundió a Katsuki con su hermano en lugar de su hijo cuando la ingresó.
Por desgracia, aunque el aneurisma que había reventado en su cabeza no la había matado, sí la dejó con daño irreversible, y era de la opinión de la neurocirujana a cargo que le permitieran partir con dignidad.
—Por desgracia, ya no hay nada que podamos hacer por ella. Se ha ido. La esencia que era Bakugou Mitsuki ya no está más con nosotros —dijo la doctora Takano, experta en su área y por lo tanto, la más indicada para una recomendación de ese tipo.
Katsuki lo sabía, vaya si lo había asumido, pero ni con toda la lógica o argumentos de peso podía aceptarlo sin terror de venirse abajo.
Después de todo, la mujer que en terapia intensiva permanecía recostada en aquella cama y conectada a todo tipo de cables y tubos era la misma mujer que había curado sus rodillas raspadas (previo regaño por romper sus pantalones nuevos), la que alentó sus sueños de convertirse en héroe (recalcándole que si al menos no llegaba al top 10 todo sería en vano), y la que estuvo a su lado en las buenas y las malas como la mejor madre que Katsuki alguna vez pudiera pedir.
¿Cómo esperaba la doctora a cargo que Katsuki accediera a desconectarla así como así? La parte racional de su cerebro sabía de sobra que la esencia de la persona llamada Mitsuki ya no vivía más en ese cuerpo, se había desvanecido con aquel derrame tan severo, pero era imposible asimilarlo por completo cuando la mano que sostenía (y todavía llevaba tierra de su jardín en las uñas) seguía tan cálida como siempre.
—Mamá —exhaló Katsuki con pesadez, demasiado cansado tras 48 horas sin dormir y un diagnóstico que le había arrebatado cualquier atisbo de esperanza.
Y por desgracia, Katsuki estaba por su cuenta en aquello cuando Masaru escuchó el diagnóstico y se refugió en la capilla del hospital. Ninguno era realmente religioso, practicaban como la mayoría una mezcla entre el sintonismo y el budismo, y seguro que su padre lo que buscaba era más un sitio dónde poner sus pensamientos en orden y recomponer su fachada, pero antes de retirarse le había puesto la mano sobre el hombro y declarado que lo dejaba todo en sus manos.
Después de media vida juntos, Masaru ya había hecho las paces con la idea de perder a su mujer, y para él lo que quedaba era sólo la parte incómoda del proceso. Estar presente al momento de apagar el soporte de vida no tenía ningún mérito y por eso quería evitarlo. Katsuki lo comprendía a la perfección, aunque eso no hizo más simple el tener que estar a solas acariciando los nudillos de su madre y sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.
—Me vas a hacer tanta falta… —Murmuró Katsuki, pues incluso si Mitsuki no estaba más ahí para escucharlo, quería prolongar un poco más el tiempo que tenían juntos—. Tus consejos, tus riñas, tu necesidad por entrometerte en mi vida… Y en la mayoría de los casos tener razón. ¿Cómo se supone que seguiré adelante sin ti, vieja? ¿Cómo esperas que lo consiga?
Llorando sin poder controlarse y llevándose la mano inerte de su madre a la cara, Katsuki deseó como nunca sentir el contacto voluntario de su dedos sobre su cabello, alborotándolo como era su costumbre, pero Mitsuki siguió lánguida y él se sintió morir con ella.
Luego, la puerta automática que aislaba aquella suite del resto se abrió, y justo la persona que menos esperaba encontrar ahí hizo acto de aparición.
—Izuku…
—Kacchan —replicó éste de vuelta, vestido con la bata hospitalaria, gorro y cubrebocas que imperaba en terapia intensiva para garantizar esterilidad, aunque en el caso de Mitsuki era un esfuerzo en vano—. No sabía si querrías verme o…
La duda estaba presente, claro. Era lógico. Habían roto casi 3 años atrás cuando Izuku tuvo la oportunidad de concursar por una beca en estudios superiores en los Estados Unidos. All Might había movido sus conexiones para conseguirle aquel sitio, aunque también habían influido sus notas y el ensayo que redactó. En cualquier caso, Izuku se marchó por 12 meses, y Katsuki rompió con él porque de cualquier modo la distancia y la diferencia de horarios y objetivos se interpondrían entre ellos. ¿Era lo inevitable, no? Mejor actuar en consecuencia al más probable de los resultados y ahorrarse el mal trago ahora que podían, aunque desde entonces vivía con una insatisfacción perenne en la base del estómago.
Sobre todo porque al volver al final de aquel internado, Izuku pareció dispuesto a perdonar su falta de fe en ellos, pero Katsuki no actuó siguiendo sus pistas por simple orgullo. Una falla en su carácter que Mitsuki siempre le reclamó porque ella adoraba a Izuku y lo consideraba el único novio digno para él, pero que Katsuki no encontró cómo resarcir cuando al cabo de 6 meses de su retorno su ex comenzó a salir con un colega que también daba clases en UA.
Tsk, su única oportunidad con Izuku se había ido por el desagüe y desde entonces vivía amargado por su propia cobardía. Hasta ahí, todo era como lo esperaba, ¿pero entonces qué hacía Izuku ahí si él no se lo había informado?
—Shouto me contó todo —dijo Izuku, respondiendo la pregunta que Katsuki no había podido formular por sí mismo—. ¿Estás bien?
—¿Te parece acaso que lo estoy? —Siseó Katsuki con irritación, un tono que habría ahuyentado a cualquiera con sus aspereza, pero nunca a Izuku.
—Me dijeron que no has comido nada en 2 días.
Katsuki chasqueó la lengua. —No tengo hambre.
—Y que no te has duchado.
—Como si importara…
—A la tía Mitsuki le importaría —dijo Izuku con suavidad, avanzando hasta llegar al lado de Katsuki y colocarle una mano en el hombro—. Hazlo por ella, ¿sí?
Katsuki apretó la mandíbula y miró el cuerpo de su madre con intensidad. —N-No puedo. No quiero dejarla sola. Tengo que estar aquí por ella.
—Yo me quedaré a hacerle compañía. No soltaré su mano, y te llamaré si algo cambia.
A regañadientes, Katsuki aceptó el relevo el tiempo justo para asearse, comer algo, e incluso tomar una corta siesta en el taxi que lo llevó de regreso al hospital. Apenas habían pasado un par de horas, pero volver le dio la impresión de que el tiempo transcurría de manera distinta en aquella habitación y no le gustó nada.
Igual que había hecho antes él, Izuku tomaba la mano de Mitsuki entre las suyas y le acariciaba los nudillos, hablaba con ella en voz baja, y no parecía darse por enterado de todo el equipo médico que la rodeaba. Sin duda sabía del diagnóstico y que su madre ya no estaba más ahí para escucharlo, pero igual lo hacía por respeto, y Katsuki sintió el corazón a nada de estallarle en el pecho.
—Oh —parpadeó Izuku al percatarse de que ya no estaba a solas—. Le estaba contando de aquella excursión que tuvimos en primaria, cuando vimos aquel campo de flores, espero no te moleste.
—Nah, a ella le gustaban esas historias —dijo Katsuki, un poco más entero que antes pero por muy poco. Todavía llevaba la sensación de haberse resquebrajado tras la noticia de la muerte cerebral de su madre, y estar en pie sólo porque nadie se había atrevido a tocarlo para ver cómo se desmoronaba.
—Eras su favorito. Claro que le gustaba escuchar de tus aventuras.
—No siempre… A veces me reñía cuando actuaba como un pequeño cretino.
—Era… Es tu madre, Katsuki —se corrigió Izuku de último momento—. Claro que quería lo mejor para ti.
Katsuki gruñó, pero no dijo más.
En cambio, arrastró otra de esas incómodas sillas que el hospital les proveía y se sentó al lado de Izuku, no por buscar su compañía (mentira) sino para estar lo más cerca posible de su madre (verdad).
—Fue tan repentino —dijo Katsuki, acariciando el brazo pálido de Mitsuki—. Estaba rellanando formularios atrasados, pensando qué compraría para la cena, bebiendo un té pero distraído. No era un día muy distinto de cualquier otro hasta que sonó el teléfono y…
—Seh, lo sé —confirmó Izuku en voz baja, y mierda, vaya si lo sabía.
Casi 9 meses atrás, Inko había sucumbido a una corta pero letal enfermedad que la redujo a los huesos cuando se le diagnosticó cáncer de páncreas en etapa IV y no hubo mucho que el tratamiento pudiera hacer por ella. Durante su enfermedad, Katsuki la había visitado por su cuenta y asistió al funeral, pero nunca había tenido un acercamiento real con Izuku durante ese tiempo porque su ex salía con alguien más y le pareció impropio de su parte usurpar un sitio que no le correspondía.
Por terceros, se había enterado que Izuku y su pareja rompieron apenas 3 semanas después del funeral y siempre se preguntó si la muerte de la tía Inko había tenido algo que ver o sólo era una coincidencia. Que para el caso, poco importaba.
Katsuki había tenido intenciones de buscar a Izuku después del funeral. Presentar sus respetos a la tía Inko al quemar incienso en el butsudan y de paso corroborar si había algo que pudiera hacer por éste, pero su indecisión y miedo al rechazo habían podido más y nunca hizo nada. Ahora ya era demasiado tarde, y Katsuki sólo disfrutaba de Izuku con tiempo robado por una situación que los superaba a ambos.
—Vamos a ser miembros del mismo club de orfandad —dijo Katsuki sin pensarlo, casi dándose un golpe en el rostro por semejante imprudencia.
Menos mal por Izuku que siempre sabía en realidad lo que pensaba, y despacio asintió.
—Jamás imaginé que ellas serían las primeras en marcharse.
Después de todo, el padre de Izuku había sido 10 años mayor que Inko, pero seguía vivo y viajando por asuntos de trabajo, y ahora con mayor duración en vista de que no contaba con una familia esperando por él sino sólo un hijo que ya asumía su ausencia como hecho inevitable.
Katsuki en cambio tendría a su padre en casa, pero Masaru siempre había estado a la sombra de Mitsuki, así que era probable que resintiera su ausencia más de lo que dejaba entrever. El que no pudiera hacerle compañía a su cuerpo hablaba por sí solo, y Katsuki jamás se lo reclamaría porque era increíblemente duro estar al lado de su madre cuando no quedaba nada de ella más que una respiración forzada y el calor que despacio se iba a extinguir.
Para hechos prácticos, Bakugou Mitsuki ya había muerto 2 días atrás en su jardín, rodeada de sus flores, y ajena al hecho de que a quienes dejaba atrás la echarían tanto de menos que jamás volverían a ser los mismos tras su partida, y lo que quedaba era sólo el cascarón esperando a ser desenchufado.
—Solía visitar a la tía Mitsuki los domingos en la mañana —reveló Izuku—. Nos gustaba ir al mercado orgánico y comprar ingredientes frescos. Los domingos en la tarde-…
—Hacía una cena especial para nosotros —rellenó Katsuki el espacio en blanco, recordando que a veces le fastidiaba ese plan fijo cuando tenía otras cosas por hacer, pero al que nunca faltaba porque entonces su madre le habría armado una bronca.
—Sí —confirmó Izuku—. Seguido me invitaba. Insistía que de una vez por todas teníamos que hablar y solucionar nuestras diferencias. Creo que esperaba reunirnos de vuelta y-…
—Reclamar ese honor durante la boda —volvió Katsuki a completar la frase, y abochornado, Izuku asintió.
—Algunas veces llegué a cambiarme con mis mejores ropas y estar a nada de tomar el tren a su casa… Fantaseaba con la cara que pondrías al verme llegar, y si eso llevaría a más…
—Me habría muerto y revivido de la impresión ahí mismo.
—Ya. Creo que de haber tenido más tiempo yo habría acabado aceptando una de esas invitaciones.
—Y yo te habría pedido hablar en privado al final de esa cena.
—¿Sí?
—Por supuesto.
—Es una pena que-…
—De verdad, mi vieja se habría llevado todo el crédito por eso.
—No me habría importado —dijo Izuku, exhalando despacio y luego mirando a Katsuki de reojo—. Vernos en otras condiciones y hablar.
Muy a su pesar, Katsuki rió entre dientes. —Creo que mi vieja se hartó de nuestra indecisión e hizo todo lo posible por reunirnos. No tenías que morir para salirte con la tuya, ¿me oyes? —Dijo entonces al dirigirse al cuerpo de Mitsuki, y darle un apretón afectuoso en el brazo—. No tenías que llegar a tal extremo para tener la última palabra…
Y rompiendo a llorar, Katsuki se dejó abrazar con fuerza por Izuku.
Eligieron hacerlo a la mañana siguiente porque ni de broma querían lidiar con algo como eso en las horas más oscuras de la noche.
Katsuki solicitó que fuera la doctora Takano quien desconectara a su madre, y presentes estuvieron su padre, él e Izuku mientras las máquinas dejaban de respirar por ella y en cuestión de 10 minutos se establecía la hora de muerte oficial.
Sin ánimos de pedir más de lo que le correspondía como un ex, o un amigo venido a menos, o lo que fuera que pudieran catalogarse ahora, Katsuki le preguntó a Izuku si podía quedarse porque a nadie deseaba tener más a su lado que a él, y éste accedió sin dudar ni por un segundo que su sitio era a su lado.
Todavía tendrían que pasar por los ritos funerarios, y esa dolorosa etapa de duelo profundo que podía prolongarse por semanas, meses incluso, pero Katsuki e Izuku ya no iban a separarse.
Mitsuki se había encargado de reunirlos una última vez, y en honor a ese esfuerzo suyo, planeaban no desperdiciar esa oportunidad y permanecer juntos.
Después de todo, era lo menos que podían hacer para honrar su memoria.
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